viernes, 13 de marzo de 2026

ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA

Tenebrario.

El término “tenebrario” procede del latín “tenebrarius”, palabra derivada de “tenebrae”, que significa “tinieblas” o “oscuridad”. 

Con este nombre se designa un candelabro de carácter litúrgico y gran carga simbólica empleado tradicionalmente en los llamados Oficios de Tinieblas, conocidos en latín como “Officium Tenebrarum”, celebrados durante la Semana Santa.

Hay testimonios de que este tipo de candelabro  se usaba ya en el siglo VII, pues se menciona en un "ordo" de esa época publicado por Jean Mabillon.

Estos oficios formaban parte de la antigua liturgia de la Iglesia católica y se celebraban en los últimos días de la Semana Santa, concretamente el miércoles, el jueves y el Viernes Santo, generalmente en las primeras horas de la mañana o anticipados a la tarde-noche del día anterior. Tras la reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II en la década de 1960, esta celebración dejó de realizarse de forma habitual en su forma tradicional, aunque su recuerdo y algunos de sus elementos simbólicos han permanecido en determinadas comunidades.

Durante el Oficio de Tinieblas se cantaban diversos salmos y las célebres Lamentaciones del profeta Jeremías, textos bíblicos que evocan el dolor, el abandono y el sufrimiento, y que la tradición cristiana ha interpretado también como una meditación sobre la pasión y muerte de Jesucristo. A medida que avanzaba la celebración, se iban apagando progresivamente las velas del tenebrario. Este gesto se realizaba de forma alterna a ambos lados del candelabro, comenzando por las más bajas. Cada vela extinguida simbolizaba el progresivo abandono de Cristo por parte de sus discípulos y la creciente oscuridad espiritual que precede a su muerte.

La gradual desaparición de la luz creaba en el templo una atmósfera de profunda solemnidad y recogimiento. La iglesia quedaba sumida en una penumbra cada vez más intensa hasta alcanzar una oscuridad casi total, evocando simbólicamente tanto la muerte de Cristo como las tinieblas que, según los relatos evangélicos, cubrieron la tierra en el momento de la crucifixión.

Al término del oficio tenía lugar un momento particularmente expresivo conocido como “strepitus”, palabra latina que significa “estrépito” o “gran ruido”. Este sonido se producía golpeando libros, bancos u otros elementos del coro. El estrépito simbolizaba el terremoto descrito en el Evangelio tras la muerte de Cristo, así como la confusión y el desconcierto de los discípulos ante los acontecimientos de la Pasión. Con este gesto se daba por concluida la ceremonia, que anticipaba litúrgicamente el paso de la oscuridad a la luz de la Resurrección.

Entre las velas del tenebrario destacaba una de color blanco que permanecía encendida. Esta vela representaba a Cristo y, en el momento en que el templo quedaba completamente oscuro, era retirada y ocultada temporalmente tras el altar o en otro lugar del presbiterio. Su posterior reaparición al final del oficio simbolizaba la victoria de la vida sobre la muerte y el triunfo de la luz sobre las tinieblas, anuncio anticipado de la Resurrección.

La forma triangular del tenebrario posee asimismo un significado simbólico. El triángulo ha sido interpretado tradicionalmente como una alusión a la Santísima Trinidad. Dentro de este esquema, algunos autores consideran que la vela situada en la parte superior representa a Cristo, mientras que otras interpretaciones señalan que simboliza a la Virgen María, considerada la única que mantuvo intacta su fe en la Resurrección cuando los demás discípulos se hallaban sumidos en la duda y el temor. En cualquier caso, la extinción progresiva de las demás luces se relaciona con el debilitamiento de la fe y el abandono que rodeó a Jesús en las horas de la Pasión.

El tenebrario suele portar quince velas, cada una de ellas con un significado simbólico. Tradicionalmente se ha interpretado que representan a los doce apóstoles, junto con la Virgen María, san Juan Evangelista y Jesucristo.

Aunque el Oficio de Tinieblas ya no se celebra con la misma frecuencia que en épocas pasadas, el tenebrario continúa siendo un elemento de gran valor simbólico dentro de la espiritualidad y la tradición de la Semana Santa. En algunas iglesias y comunidades religiosas se mantienen adaptaciones de esta antigua ceremonia, en las que se conserva el rito de apagar gradualmente las velas como recordatorio de la Pasión y muerte de Cristo.

De este modo, el tenebrario no es únicamente un objeto litúrgico destinado a sostener velas. Se trata de un símbolo profundamente expresivo que, mediante la luz y la oscuridad, recuerda el drama de la Pasión y al mismo tiempo anuncia la esperanza cristiana en la Resurrección.

Iglesia de San Vicente

En los pies de la nave está colocado un tenebrario. Está incompleto (faltan tres soportes de velas), pero no está exento de calidad. Elaborado en madera tallada y policromada, el clásico triángulo se sitúa sobre una columna corintia de fuste estriado. Aunque el Oficio de Tinieblas esté prohibido desde el Concilio Vaticano II, no por ello se deben eliminar estos elementos artísticos (a poca calidad que tengan) de la zona pública de los templos. 

Tenebrario

Detalle

Iglesia de la Magdalena

El tenebrario de la Real Parroquia de Santa María Magdalena en Sevilla es una pieza destacada de la segunda mitad del siglo XVIII, elaboradaen madera tallada y policromada. Se sitúa en un nivel superior, por encima de la capilla de la Virgen del Rosario, y muestra en el centro el perro con la antorcha en la boca símbolo de Santo Domingo de Guzmán. 

Tenebrario

Detalle

Catedral

El candelabro mide 7,80 metros de altura, y fue proyectado entre 1559 y 1564 por el arquitecto Hernán Ruiz, el Joven; y fue fundido por los rejeros Pedro Delgado y Bartolomé Morel. Las esculturas que lo adornan fueron talladas por Juan Giralte y Juan Bautista Vázquez, el Viejo, siendo policromadas por Juan Marín.

Las esculturas representan al apostolado, a los evangelistas Marcos y Lucas, y en la cúspide la Virgen.

Tenebrario

Detalle del pie

Detalle del pie
Detalle del pie
Detalle del pie

Detalle de la porción inferior del fuste

Detalle de la porción media del fuste

Detalle de la parte inferior del triangulo

Triangulo
Detalle central del triangulo
Detalle del apostolado derecho

Detalle del apostolado central

Detalle del apostolado izquierdo

Detalle de dos apóstoles

RUTAS POR SEVILLA: Vírgenes

Virgen del Buen Consejo. Iglesia de la Magdalena.

El retablo que hoy preside la advocación de Nuestra Señora del Buen Consejo forma parte del conjunto retablístico concebido para ornamentar el renovado templo conventual de San Pablo de Sevilla. Este programa decorativo, realizado para enriquecer los espacios devocionales del convento dominico, articulaba distintos altares dedicados a figuras especialmente vinculadas a la espiritualidad de la orden y a diversas devociones marianas.

Retablo de la Virgen del Buen Consejo

En la actualidad, la hornacina central del cuerpo principal está ocupada por un relieve dedicado a la Virgen del Buen Consejo, que constituye el elemento devocional principal del conjunto.

Hornacina con la Virgen del Buen Consejo 

Sin embargo, diversos indicios sugieren que el retablo tuvo originalmente otra dedicación. Se ha planteado que estuvo consagrado a la beata Juana de Aza, madre de Santo Domingo de Guzmán. Esta hipótesis se basa principalmente en el relieve que se conserva en la hornacina central del ático. En él aparece representada una figura femenina perteneciente a la orden dominica, recostada ante un altar y asistida por un ángel, en una escena de carácter visionario o místico. La iconografía podría relacionarse con episodios de la vida de Juana de Aza, particularmente con las visiones que, según la tradición hagiográfica, precedieron al nacimiento de su hijo. No obstante, la identificación no es completamente segura, ya que falta uno de los elementos más característicos de su iconografía: el perro que porta una antorcha encendida en la boca, símbolo del futuro predicador que “encendería” el mundo con la luz de la fe.

Sueño de la madre de Santo Domingo Santa Juana de Aza

La hornacina principal del retablo acoge en la actualidad un relieve de escaso resalte que representa a la Virgen del Buen Consejo. La obra, de aproximadamente 90 por 80 centímetros, fue realizada en madera, estofada y policromada por el escultor Sebastián Santos Rojas en 1950. En ella se representa a la Virgen sosteniendo al Niño Jesús en brazos, en una composición de gran intimidad y delicadeza. Ambos rostros se aproximan con suavidad, transmitiendo una sensación de ternura y profunda comunicación afectiva, rasgo característico de muchas de las creaciones marianas del artista.

Detalle de la Virgen del Buen Suceso

Desde el punto de vista estilístico, la obra revela la influencia de la tradición iconográfica oriental, especialmente en la disposición de las figuras y en la actitud de recogimiento que preside la escena. No obstante, estos rasgos han sido reinterpretados por Sebastián Santos Rojas conforme a su propio lenguaje artístico, suavizando la rigidez propia de los iconos y dotando al conjunto de una mayor naturalidad expresiva. Como detalle personal, el escultor aprovechó la cabeza del Niño Jesús para retratar los rasgos de su propio hijo, gesto que introduce una dimensión íntima y familiar en la obra.

Detalle de la Virgen del Buen Suceso

La advocación de la Virgen del Buen Consejo presenta a María como guía y consejera espiritual de los fieles, aquella que orienta al creyente en la toma de decisiones y le ayuda a discernir el camino correcto, especialmente en momentos de duda o dificultad.

Esta devoción posee una larga tradición en el ámbito de la espiritualidad católica y se originó en la región italiana del Lacio. Su difusión se vincula al célebre icono venerado en la localidad de Genazzano, que desde el siglo XV se convirtió en centro de una intensa devoción mariana.

Según una antigua tradición o leyenda, el 25 de abril de 1467, durante la celebración de la festividad de la Virgen del Buen Consejo, los habitantes de Genazzano escucharon una música celestial que parecía descender del cielo. Al mismo tiempo, un rayo de luz iluminó el muro del fondo de una capilla perteneciente a una iglesia de la orden agustiniana. Las campanas comenzaron a sonar de forma repentina y, según el relato transmitido por la tradición, los campanarios de la localidad respondieron al unísono. Cuando la nube luminosa se disipó lentamente, apareció sobre el muro una pintura de la Virgen con el Niño en brazos, imagen que pronto comenzó a ser venerada por los fieles como la Virgen del Buen Consejo. La noticia del prodigio llegó a Roma y el papa Paulo II ordenó investigar los hechos para verificar la autenticidad del fenómeno.

La veneración hacia esta imagen ha perdurado a lo largo de los siglos y ha sido reforzada por numerosos acontecimientos vinculados a su santuario. Durante la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, una explosión provocada por una bomba dañó gravemente el altar mayor de la basílica de Genazzano, destruyendo gran parte de su estructura. Sin embargo, la imagen de la Virgen permaneció intacta, hecho que fue interpretado por muchos fieles como una señal de especial protección.

A lo largo de la historia, diversos pontífices han manifestado una particular devoción hacia esta advocación mariana. El papa Pío V envió como exvoto un corazón de oro en señal de gratitud. Urbano VIII peregrinó al santuario en 1630 para implorar la intercesión de la Virgen durante una grave epidemia. Inocencio XI promovió la coronación de la imagen, mientras que Benedicto XIV aprobó la Cofradía de Nuestra Señora del Buen Consejo, de la que fue su primer miembro. Posteriormente, Pío IX introdujo esta invocación en las letanías del Rosario, y León XIII incorporó el título “Madre del Buen Consejo” a las letanías lauretanas. Pío XII llegó incluso a considerarla patrona de su pontificado.

La devoción ha continuado viva hasta la actualidad. El primer papa perteneciente a la Orden de San Agustín, León XIV, visitó el santuario de Genazzano apenas dos días después de su elección para orar ante la imagen, repitiendo así un gesto que ya había realizado en momentos decisivos de su vida, como cuando fue elegido superior de los agustinos o cuando recibió el nombramiento episcopal y posteriormente el cardenalato. No es extraño, por tanto, que la Orden de San Agustín haya mantenido una especial devoción hacia esta advocación, muy difundida en sus iglesias, parroquias y centros educativos, y venerada también por numerosos santos y beatos a lo largo de la historia.