martes, 21 de julio de 2026

ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA

El Trapero.

El trapero fue una de esas figuras humildes que durante siglos formó parte inseparable del paisaje urbano español y que alcanzó una importancia decisiva en los difíciles años de la posguerra. Su trabajo consistía en recoger y aprovechar todo aquello que los demás desechaban: trapos, ropa usada, papel, cartón, metales, huesos, pieles o cualquier objeto susceptible de recibir una segunda vida. En una época marcada por la escasez de materias primas y la necesidad de aprovechar hasta el último recurso, el trapero desempeñó un papel esencial en la economía de subsistencia y en el reciclaje mucho antes de que este concepto existiera como hoy lo entendemos.

Ilustración del oficio de trapero. (ver) (CC BY 3.0)

Sin embargo, el origen de este oficio es mucho más antiguo. Durante la Edad Media y buena parte del siglo XVI, la palabra “trapero” designaba al mercader de paños y tejidos, un comerciante dedicado a la compraventa de telas, muchas veces de gran valor. Con el crecimiento de las ciudades y el aumento de los residuos urbanos, el término fue cambiando de significado hasta identificar a quienes recogían los trapos viejos arrojados a la calle para venderlos posteriormente a los molinos papeleros. Estos tejidos, elaborados principalmente con lino y algodón, constituían la materia prima indispensable para fabricar papel de calidad, mucho antes de que la madera sustituyera a las fibras textiles como principal recurso papelero.

La importancia económica de los traperos aumentó de forma extraordinaria a partir de la Edad Moderna. En ciudades como Madrid llegaron a constituir un gremio perfectamente organizado, sometido a ordenanzas y licencias municipales. Desde mediados del siglo XVIII tuvieron incluso encomendada en exclusiva la retirada de animales muertos de las calles, una tarea imprescindible para mantener unas mínimas condiciones higiénicas en poblaciones donde la salubridad era un problema permanente. Cuando en 1792 se fundó la Real Escuela de Veterinaria de Madrid, fueron precisamente los traperos quienes suministraban los cadáveres animales destinados a las prácticas anatómicas, aprovechando posteriormente las pieles y encargándose del enterramiento de los restos.

Pero fue durante la posguerra española cuando este oficio adquirió su mayor relevancia social. La autarquía, el racionamiento y la falta de materias primas obligaban a reutilizar absolutamente todo. Los traperos recorrían diariamente calles, patios de vecinos, corrales y vertederos con carros, sacos o animales de tiro, recogiendo cualquier material que pudiera venderse posteriormente a almacenistas o industrias. Los trapos alimentaban las fábricas papeleras y textiles; los huesos servían para fabricar colas, gelatinas y fertilizantes; los metales eran reutilizados por la industria; el papel y el cartón volvían a incorporarse al circuito productivo, y hasta las pieles de conejo encontraban salida comercial en la fabricación de fieltros. Nada se desperdiciaba.

La labor del trapero exigía un profundo conocimiento de los materiales. No bastaba con recoger residuos; era necesario clasificarlos cuidadosamente según su naturaleza, limpiarlos cuando era preciso y venderlos por separado. El trabajo comenzaba antes del amanecer y requería recorrer largas distancias a pie o con carros cargados de mercancía. En muchas ocasiones se trataba de una actividad familiar: mientras los hombres realizaban la recogida, mujeres y niños colaboraban en la clasificación y preparación de los materiales para su venta. Existían incluso los llamados “traperos del alba”, que acudían a los vertederos antes de salir el sol para ser los primeros en seleccionar los desperdicios de mayor valor.

Trapería en barrio de chozas


Pese a la utilidad pública de su trabajo, el trapero nunca gozó de prestigio social. Su oficio estuvo siempre asociado a la pobreza, la marginalidad y los barrios más humildes de las grandes ciudades. La literatura reflejó con frecuencia esta realidad. Pío Baroja los retrató en La busca, donde aparecen como “buscadores”, símbolo de una existencia marcada por la miseria y la lucha diaria por sobrevivir entre los restos de la ciudad. También la novela El Trapero de Madrid, publicada en 1861, dejó constancia de la dureza de una profesión indispensable pero escasamente reconocida.

A finales de la década de 1950 y, sobre todo, durante los años sesenta y setenta, el oficio inició un rápido declive. La modernización económica, la expansión de los servicios municipales de limpieza, la aparición de nuevos materiales como el plástico y el desarrollo de sistemas organizados de recogida de residuos hicieron innecesaria la figura tradicional del trapero. Muchos se reconvirtieron en chatarreros o recuperadores de materiales, mientras otros abandonaron definitivamente una profesión que había acompañado durante siglos la historia de las ciudades españolas.

Aunque hoy prácticamente ha desaparecido, el trapero puede considerarse uno de los grandes pioneros del reciclaje. Su labor contribuyó a mantener activas numerosas industrias, favoreció el aprovechamiento integral de los recursos y ayudó a sobrevivir a miles de familias en algunos de los momentos más difíciles de la historia contemporánea de España. Su figura constituye el testimonio de una sociedad donde la necesidad convirtió el ingenio y el reaprovechamiento en una auténtica forma de vida.

ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA

Los Lateros.

El latero fue uno de esos oficios humildes que durante décadas formó parte del paisaje de pueblos y ciudades españolas. Su figura alcanzó especial importancia durante la posguerra, entre las décadas de 1940 y 1960, cuando la escasez de recursos, el racionamiento y las dificultades económicas obligaban a aprovechar hasta el último utensilio doméstico. En una sociedad donde comprar un objeto nuevo era un lujo al alcance de muy pocos, reparar era una necesidad, y el latero se convirtió en un profesional imprescindible para la economía familiar.

El oficio de latero (ver) (CC BY 3.0)

Conocido en muchos lugares también como lañador —aunque ambos oficios presentaban algunas diferencias—, el latero era un artesano ambulante que recorría las calles con un pequeño taller portátil a cuestas. Como el afilador, el colchonero o el paragüero, anunciaba su llegada mediante un pregón inconfundible que aún permanece en la memoria de muchas personas mayores. En Sevilla era habitual escuchar el prolongado grito de “¡Niñaaa... el lateroooo!”, una llamada que hacía salir a las vecinas con ollas, barreños, peroles, sartenes o lebrillos dañados, confiando en que aquel artesano les devolviera la utilidad.

Imagen de 1950 (ver) (CC BY 3.0)

Su lugar de trabajo podía ser una acera, un portal, un patio de vecinos o cualquier rincón donde pudiera instalar su improvisado taller. Allí extendía cuidadosamente sus herramientas: un pequeño hornillo o brasero de carbón donde calentaba el soldador de cobre, barras de estaño, pasta para soldar, martillos, limas, tijeras para chapa y otros útiles sencillos, pero extraordinariamente eficaces. Sentado en un taburete o trabajando en cuclillas, reparaba cada pieza delante del cliente con una habilidad adquirida tras años de experiencia.

Hojalatero trabando en la calle. España 1948. Nicolás Müller (ver) (CC BY 3.0)


Su labor consistía principalmente en devolver la vida a recipientes metálicos agujereados o deteriorados por el uso. Soldaba con estaño ollas, cazuelas, sartenes, peroles, barreños de zinc, cántaros para aceite o leche y multitud de utensilios de cocina que, de otro modo, habrían quedado inservibles. También reparaba paraguas artesanales, muy comunes hasta mediados del siglo XX, e incluso fabricaba pequeños objetos domésticos —como embudos, jarras, candiles, faroles o moldes para churros— reutilizando antiguas latas de conserva, en un ejemplo admirable de reciclaje cuando esa palabra ni siquiera existía en el vocabulario cotidiano.

Ignacio el latero a la puerta de su taller. Años 70. Tomás L. Chaves Antolín (ver) (CC BY 3.0)


Una de sus técnicas más características era el empleo de la laña, una pequeña grapa de cobre o hierro que servía para unir las partes fracturadas de recipientes de barro o de metal. Estas reparaciones permitían prolongar durante años la vida útil de objetos que hoy serían sustituidos sin pensarlo. La economía doméstica de la época no admitía desperdicios: nada se tiraba si todavía podía arreglarse.

En numerosas ocasiones el trabajo del latero no se pagaba únicamente con dinero. En los años más duros de la posguerra era frecuente que recibiera alimentos, aceite, huevos, legumbres o cualquier otro producto básico mediante el trueque, una práctica habitual en una sociedad donde el efectivo escaseaba tanto como los bienes de consumo.

La presencia del latero reflejaba una forma de entender la vida basada en el aprovechamiento máximo de los recursos. Cada reparación suponía un pequeño alivio para las economías familiares y evitaba un gasto que muchas veces resultaba imposible afrontar.

Sin embargo, el desarrollo económico iniciado a finales de los años cincuenta transformó profundamente aquella realidad. La aparición de utensilios fabricados en aluminio y, posteriormente, en plástico, mucho más baratos y fáciles de sustituir, hizo que la reparación dejara de ser rentable. La producción industrial y la progresiva implantación de una sociedad de consumo cambiaron los hábitos domésticos, relegando estos oficios tradicionales a un lento e inevitable declive. Muchos lateros abandonaron la profesión o encontraron empleo en actividades relacionadas, como la fontanería o la reparación industrial.

Hoy el latero prácticamente ha desaparecido, pero su recuerdo permanece como símbolo de una época marcada por la escasez y el ingenio. Representa la cultura del aprovechamiento frente a la del consumo inmediato y nos recuerda un tiempo en el que la habilidad de unas manos expertas podía prolongar durante muchos años la vida de un simple cacharro de cocina. Su figura constituye, en definitiva, un valioso testimonio de la historia cotidiana de la España de la posguerra y de la extraordinaria capacidad de adaptación de quienes aprendieron a sobrevivir cuando reparar era, sencillamente, la única opción.

ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA

Los Diteros.

El ditero fue uno de los personajes más característicos de la Sevilla popular y de la Andalucía de la posguerra. Su figura surgió en un contexto marcado por la escasez, el racionamiento y las enormes dificultades económicas que siguieron a la Guerra Civil española. En una sociedad donde muchas familias carecían de liquidez para adquirir incluso los bienes más básicos, estos vendedores ambulantes desempeñaron una función que trascendía la mera actividad comercial, convirtiéndose en una auténtica red de crédito popular basada en la confianza y en el conocimiento directo de los vecinos.

Oficios antiguos: Los diteros. (ver) (CC BY 3.0)

El nombre de ditero procede de la palabra “dita”, denominación que recibía cada uno de los pequeños plazos en los que se fraccionaba el pago de las mercancías. En otras regiones españolas eran conocidos como teleros o ropavejeros, pero en Sevilla el término ditero acabó identificando a estos comerciantes que recorrían semanalmente los barrios y corrales de vecinos ofreciendo ropa, telas y multitud de artículos para el hogar. Su actividad fue especialmente intensa entre las décadas de 1940 y 1970, aunque en algunos pueblos andaluces sobrevivió hasta finales del siglo XX.

El Ditero. Personaje del ayer sevillano en un corral de vecinos (ver) (CC BY 3.0)

El ditero visitaba periódicamente las viviendas cargado con una maleta o un fardo repleto de mercancías: vestidos, faldas, camisas, ropa interior, sábanas, manteles, hules, cortinas, paños para el sofá, mantas, utensilios de cocina e incluso pequeños muebles o electrodomésticos. La familia elegía aquello que necesitaba y se comprometía a abonarlo poco a poco mediante pequeñas cantidades semanales o mensuales. Cada pago recibía el nombre de dita y quedaba anotado en una libreta de cartón con tapas de anillas, símbolo del oficio. En sus páginas aparecían los nombres de los compradores, los artículos adquiridos, los importes satisfechos y las cantidades pendientes, todo ello escrito a mano.

No existían contratos escritos ni garantías jurídicas. Todo descansaba sobre el valor de la palabra, el conocimiento personal y la reputación tanto del vendedor como del comprador. El ditero conocía la situación económica de cada familia, sabía cuándo el cabeza de familia había encontrado trabajo o cuándo atravesaban una mala racha. Esa cercanía le permitía mostrar una flexibilidad impensable en las modernas entidades financieras. Si una familia no podía afrontar un pago, bastaba muchas veces con una explicación sincera para aplazar la siguiente dita. Aunque el vendedor obtenía un pequeño beneficio mediante un recargo que solía rondar el diez por ciento sobre el precio del artículo, su actitud estaba frecuentemente marcada por la comprensión y la paciencia.

La llegada del ditero constituía todo un acontecimiento en los corrales de vecinos sevillanos. Su visita estaba tan perfectamente organizada que muchos conocían el día y la hora aproximada en que aparecería. Por esa puntualidad algunos recibieron los apodos humorísticos de “Longines2 o “Omega”, en alusión a conocidas marcas de relojes. Sin embargo, aquella puntualidad también despertaba cierto temor entre quienes llevaban retraso en los pagos. Todavía permanece en la memoria colectiva el grito que anunciaba su presencia por los patios y galerías:

“¡El diteroooooo!”

Ese aviso provocaba escenas pintorescas en caso de dificultades económicas. Algunas vecinas fingían no encontrarse en casa, enviaban a los niños a responder que sus madres habían salido o prolongaban cualquier excusa para evitar el encuentro. El ditero, acostumbrado a estas situaciones, regresaba la semana siguiente con la misma serenidad y con la inseparable libreta bajo el brazo.

Más allá de estas anécdotas costumbristas, la importancia social del ditero fue enorme. Durante la posguerra muchas familias carecían de acceso al crédito bancario, reservado prácticamente para determinados sectores sociales. Gracias a estos vendedores pudieron vestir a sus hijos, renovar la ropa de cama, adquirir utensilios de cocina o comprar un televisor, una lavadora o un pequeño mueble sin tener que desembolsar de una sola vez cantidades imposibles de reunir. En cierto modo, el ditero representó una forma primitiva de financiación al consumo, muy semejante a los actuales sistemas de compra a plazos, aunque sustentada exclusivamente en la confianza mutua y en el trato humano.

Con el desarrollo económico de las décadas de 1960 y 1970, la expansión de los grandes almacenes, la generalización del crédito bancario y, posteriormente, la aparición de las tarjetas de crédito, la figura del ditero comenzó a desaparecer. Las nuevas formas de financiación, mucho más impersonales y reguladas, sustituyeron progresivamente aquel modelo basado en la palabra y en la relación directa con el cliente. A diferencia de las actuales entidades financieras, el ditero conocía personalmente a quienes atendía y, en muchas ocasiones, prefería esperar antes que poner en peligro la economía doméstica de una familia.

Hoy el ditero forma parte de la memoria sentimental de la Andalucía popular. Su figura simboliza una época de privaciones, pero también de solidaridad cotidiana y de relaciones humanas construidas sobre la confianza. Aunque su recuerdo suele ir acompañado de escenas humorísticas y de la imagen del cobrador que recorría incansablemente los patios de vecinos, lo cierto es que desempeñó una función esencial en la supervivencia de miles de hogares durante algunos de los años más difíciles del siglo XX. En la libreta donde anotaba las modestas ditas no solo quedaban registradas deudas y pagos: también se escribía, semana tras semana, una pequeña parte de la historia social de Andalucía.

El ditero con su libreta bajo el brazo y sus mercancías (ver) (CC BY 3.0)