domingo, 12 de abril de 2026

ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA

Leopoldo O´Donnell y Joris.

Leopoldo O’Donnell y Jorís (Santa Cruz de Tenerife, 12 de enero de 1809 – Biarritz, 5 de noviembre de 1867) fue un militar, político y noble español. Ostentó los títulos de duque de Tetuán, conde de Lucena y vizconde de Aliaga, todos ellos con grandeza de España. Desempeñó en varias ocasiones la presidencia del Consejo de Ministros durante el reinado de Isabel II, en distintos periodos entre 1856 y 1866, tras el bienio progresista encabezado por Baldomero Espartero.

Leopoldo O´Donnell en 1867. Raimundo Madrazo. Comandancia General de Ceuta (CC BY 3.0)

Era el hijo menor de Carlos Manuel O’Donnell y Anhetan y de Josefa Joris de Casaviella. Su linaje, de origen irlandés, se remontaba a los antiguos jefes del clan O’Donnell en Tyrconnell durante el siglo XVI. Creció en un entorno marcado por la tradición castrense: su padre, de firmes convicciones absolutistas, ejerció como comandante general de Canarias, y entre sus familiares se encontraba Enrique José O’Donnell, conde de La Bisbal. Siguiendo esa trayectoria, ingresó en el ejército como subteniente en el regimiento de infantería Alejandro.

Tras la muerte de Fernando VII en 1833, estalló la Primera Guerra Carlista. O’Donnell, entonces capitán, se alineó con el bando isabelino, a pesar de que parte de su familia apoyaba la causa carlista. Su actuación en la guerra le valió sucesivos ascensos hasta alcanzar el grado de mariscal de campo en 1837. Dos años más tarde fue nombrado capitán general de Aragón, Valencia y Murcia. Su victoria sobre el general carlista Ramón Cabrera en Lucena del Cid le reportó el título de conde de Lucena y el ascenso a teniente general.

Por sus ideas moderadas, tuvo que exiliarse en Francia tras la revolución de 1840 que provocó la caída de la regencia de María Cristina. Participó en la fallida conspiración de 1841 contra el regente Espartero, lo que le obligó a permanecer en el exilio hasta su regreso en 1844, cuando el general Narváez le nombró capitán general de La Habana. Ocupó este cargo hasta 1848, periodo en el que tuvo lugar la dura represión conocida como “La Escalera”, con graves consecuencias para la población esclava y afrodescendiente en Cuba. De vuelta a la península, fue designado senador y director de la Academia de Infantería de Toledo, y poco después director general de Infantería.

A partir de 1853 intensificó su implicación política. En 1854 encabezó un pronunciamiento militar que dio lugar a la llamada Vicalvarada. Aunque el enfrentamiento inicial fue indeciso, el posterior Manifiesto de Manzanares, redactado por Antonio Cánovas del Castillo, atrajo a amplios sectores del ejército y facilitó el triunfo del movimiento. Durante el gobierno resultante, presidido por Espartero, O’Donnell asumió el Ministerio de la Guerra.

En las Cortes impulsó la creación de la Unión Liberal, un proyecto político orientado a integrar a moderados y progresistas. En 1856 protagonizó un golpe que puso fin al bienio progresista y le llevó por primera vez a la presidencia del Gobierno, aunque su mandato fue breve y ese mismo año fue sustituido por Narváez.

Regresó al poder en 1858. Durante este periodo promovió una política exterior activa, destacando la guerra contra Marruecos iniciada en 1859. O’Donnell dirigió personalmente las operaciones militares, logrando la ocupación de Tetuán en 1860. El conflicto concluyó con el Tratado de Wad-Ras, que consolidó la presencia española en el norte de África y amplió el territorio de Ceuta. Por esta victoria recibió el título de duque de Tetuán.

Su gobierno también impulsó el desarrollo de la red ferroviaria y organizó una expedición científica a América del Sur en 1862, acompañada por unidades navales, en un contexto de afirmación internacional que desembocaría en la Guerra Hispano-Sudamericana. Sin embargo, en 1863 dimitió presionado por el Partido Moderado.

En 1865 volvió a la presidencia tras las protestas estudiantiles y la represión conocida como la Noche de San Daniel. Su última etapa en el poder estuvo marcada por la inestabilidad, incluida la sublevación del cuartel de San Gil en 1866. Tras estos acontecimientos y su enfrentamiento con la reina Isabel II, abandonó el gobierno y se retiró a Francia, donde falleció al año siguiente.

Sus restos fueron trasladados en 1870 a la iglesia de Santa Bárbara de Madrid, en el convento de las Salesas Reales.

Calle O´Donnell

AREA DE LA MAGDALENA

Calle José de Velilla.

Calle José de Velilla

Desde al menos 1691 esta vía era conocida como calle de la Encomienda, denominación cuyo origen no está claro y que se mantuvo hasta 1914. Ese año pasó a recibir su nombre actual en recuerdo del poeta sevillano José de Velilla y Rodríguez (Leer mas), autor de obras como Poesías líricas y Meditaciones y Recuerdos.

La calle presenta un trazado ligeramente curvo, probablemente más acentuado en épocas anteriores, como sugieren diversos proyectos de alineación de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Por su lado derecho desemboca la calle Itálica.

Su fisonomía es irregular. Apenas se conservan edificaciones de principios del siglo XX, de dos y tres alturas, mientras que predominan construcciones más recientes, en general de escaso valor arquitectónico. En el tramo final, ya en contacto con la plaza de la Magdalena, la calle queda definida por los laterales de los edificios comerciales que conforman dicho espacio.

Aunque se sitúa en una zona de intensa actividad comercial, su carácter es principalmente residencial y el tránsito suele ser reducido. Existen algunos establecimientos y bares, pero sin gran concentración.

En el pasado, sin embargo, tuvo una reputación muy distinta. Durante el siglo XIX fue conocida por su ambiente nocturno degradado y por la presencia de prostitución, como ocurría en otras calles cercanas. La prensa de la época recoge numerosos testimonios de esta situación. A modo de ejemplo, un artículo publicado en El Porvenir el 20 de julio de 1859 denunciaba los escándalos frecuentes en las calles de Velázquez y Encomienda, solicitando a las autoridades que se trasladaran los establecimientos de ese tipo a zonas más apartadas, al considerar que su ubicación en un área tan céntrica perjudicaba gravemente la moral pública y la convivencia vecinal.

ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA

José de Velilla.

José de Velilla. (CC BY 3.0)

José de Velilla y Rodríguez nació en Sevilla el 14 de diciembre de 1847, en el seno de una familia acomodada y profundamente vinculada al ámbito cultural. Su padre, José de Velilla y Pons, ejercía como procurador de los tribunales, profesión que el propio Velilla terminaría adoptando, mientras que su madre, María de los Dolores Rodríguez, pertenecía a un entorno social favorecido. Desde muy joven creció rodeado de libros y de inquietudes intelectuales, en una casa situada en la calle Manteros que pronto se convertiría en un destacado foco de vida literaria en la ciudad.

En ese ambiente doméstico cultivado, desempeñó un papel fundamental en la formación de su hermana, la también escritora Mercedes de Velilla, a quien enseñó a leer utilizando textos del Romancero español y obras clásicas del teatro, alejándose de métodos más convencionales. Aquella misma casa familiar fue, durante años, punto de encuentro de jóvenes escritores sevillanos, que acudían a tertulias literarias conocidas como “el Parnaso”, donde se compartían lecturas, ideas y proyectos creativos.

Realizó sus estudios de Bachillerato, obteniendo el título en 1864, y posteriormente cursó Derecho en la Universidad de Sevilla, licenciándose en 1869. Paralelamente a su formación jurídica, se interesó intensamente por la literatura, recibiendo enseñanzas de figuras como José Fernández Espino y Francisco Rodríguez Zapata, lo que le permitió entrar en contacto con la tradición de la escuela poética sevillana y conocer la obra de autores como Herrera, Jáuregui o Lista, que influyeron en su estilo.

Su vocación literaria se manifestó de forma temprana. Con apenas diecisiete años estrenó su primer drama, Don Jaime el desdichado, que obtuvo una favorable acogida y marcó el inicio de una carrera dramática que se desarrollaría con notable éxito. Años más tarde, en 1873, otra de sus obras fue elegida para la inauguración del Teatro Cervantes de Sevilla, lo que evidencia el reconocimiento que ya había alcanzado en los círculos teatrales. A lo largo de su vida compaginó esta actividad creativa con su trabajo como procurador, manteniendo ambas facetas de manera constante.

Además de su producción teatral, Velilla cultivó la poesía y el ensayo. En 1875 publicó Meditaciones y recuerdos, su primer libro de poemas, donde ya se perciben tanto su sensibilidad lírica como su inclinación hacia temas sociales y reflexivos. Su obra poética se inscribe en la tradición sevillana, aunque muestra influencias de autores contemporáneos como Gaspar Núñez de Arce, Ramón de Campoamor o Gustavo Adolfo Bécquer. También participó en numerosas publicaciones periódicas de Sevilla y Madrid, colaborando en revistas y periódicos de diversa orientación, desde los de carácter literario hasta los de tono político y satírico.

Comprometido con las ideas de progreso de su tiempo, tras la Revolución de 1868 se integró en círculos de pensamiento liberal junto a otros intelectuales sevillanos. Esta implicación se reflejó tanto en sus escritos como en su participación en la vida cultural de la ciudad. Fue miembro activo de instituciones como la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, en la que ingresó en 1875 con un discurso sobre la evolución del teatro español, el Ateneo de Sevilla y la Real Sociedad Económica de Amigos del País.

Como dramaturgo e historiador del teatro, dejó obras en las que abordó tanto la creación literaria como el análisis histórico, entre ellas estudios sobre la escena española y textos dramáticos como Una herida en el alma o Fondo y superficie. Sus contemporáneos lo consideraron una figura relevante dentro de la continuidad de la escuela poética sevillana en la segunda mitad del siglo XIX.

En sus últimos años, afectado por la enfermedad, mantuvo una actitud serena y reflexiva. Solía pasear por los alrededores de Sevilla, especialmente por la ribera del Guadalquivir y los campos de Tablada, en lo que parecía una despedida consciente de la ciudad que había marcado toda su vida y su obra.

Falleció en Sevilla en agosto de 1904, dejando tras de sí una producción literaria amplia y variada. Fue enterrado en una tumba sin inscripción, junto al pintor José Jiménez Aranda. Años después, en 1914, el Ayuntamiento de Sevilla decidió honrar su memoria dando su nombre a una calle cercana a su lugar de nacimiento, reconociendo así la huella que dejó en la vida cultural sevillana.

 

Calle José de Velilla

RUTAS POR SEVILLA: Ruta Flamenca

Pastora Imperio.

Pastora Imperio, nombre artístico de Pastora Rojas Monge (Sevilla, 13 de abril entre 1885 y 1892 – Madrid, 14 de septiembre de 1979), fue una de las grandes figuras del baile flamenco y del folclore escénico español. Su personalidad artística, marcada por la elegancia, la fuerza expresiva y un estilo inconfundible, la convirtió en un referente esencial de su tiempo.

Pastora imperio fotografiada en 1914. (CC BY 3.0)

La fecha exacta de su nacimiento ha sido objeto de debate. Algunas fuentes la sitúan en 1892, mientras que otros estudiosos proponen años anteriores como 1885, 1887, 1888 o 1889. A pesar de estas discrepancias, existe consenso en que nació en Sevilla, concretamente en el barrio de la Alfalfa. Era hija de la bailaora Rosario Monge Monge “La Mejorana”, figura destacada del flamenco, y su segundo marido, el del sastre de toreros Víctor José Rojas Teresa “Vito”. Creció en un entorno artístico que favoreció su temprana inclinación hacia el baile.

Inició su carrera a comienzos del siglo XX, adoptando inicialmente el nombre de Pastora Monge. Más tarde utilizó Pastora Rojas, hasta consolidarse definitivamente como Pastora Imperio, denominación vinculada tanto al dúo que formó con Margarita la Retoña como a una célebre frase atribuida al dramaturgo Jacinto Benavente, quien afirmó que “esta Pastora vale un imperio”. Con ese nombre alcanzó una enorme popularidad y prestigio.

Dotada de un amplio repertorio, destacó especialmente en estilos como la soleá y el garrotín. Su manera de mover los brazos y las manos, basada en giros suaves y líneas redondeadas, se convirtió en modelo del llamado buen braceo flamenco. Además, contribuyó decisivamente a popularizar la bata de cola como elemento distintivo del vestuario de la bailaora.

Pastora Imperio (BB CY 3.0)

Su arte trascendió los escenarios y despertó el interés de intelectuales y creadores de la época. Fue retratada por pintores como Julio Romero de Torres y sirvió de inspiración a escultores como Mariano Benlliure. Escritores como Ramón Pérez de Ayala o los hermanos Serafín Álvarez Quintero y Joaquín Álvarez Quintero destacaron su talento y su presencia escénica. También mantuvo relación con la corte, siendo apreciada por la reina Victoria Eugenia de Battenberg y por el rey Alfonso XIII.

Pastora Imperio por Julio Romero de Torres en 1913 (CC BY 3.0)

En el ámbito personal, contrajo matrimonio en 1911 con el torero Rafael Gómez Ortega “El Gallo”, aunque la unión fue breve y terminó en separación al poco tiempo; el divorcio se formalizó años más tarde. Tuvo una hija, Rosario Gómez Rojas, cuya paternidad biológica se atribuye a Fernando de Borbón y Madán. En segundas nupcias se casó en 1937 con Rafael Vega de los Reyes, Gitanillo de Triana, y tuvo cinco nietos: Curro, Carmen, Pastora, Rafael y Charo.

Su trayectoria profesional fue intensa y variada. A partir de 1905 se situó entre las figuras destacadas del teatro musical y la zarzuela, compartiendo cartel con artistas como Amalia Molina. Actuó en escenarios relevantes de Madrid y emprendió giras internacionales que la llevaron a ciudades como París y a diversos países de América.

Uno de los hitos más importantes de su carrera fue su participación en el estreno de El amor brujo, obra de Manuel de Falla, en 1915 en el Teatro Lara. Esta colaboración, impulsada por Jacinto Benavente, supuso su consagración definitiva como figura central del panorama escénico.

Tras un periodo de menor actividad, regresó a los escenarios en la década de 1930 con nuevos espectáculos. Durante los años cuarenta y cincuenta alternó sus apariciones con la gestión de espacios dedicados al flamenco, como la venta La Capitana, un lugar frecuentado por diversos artistas y que era propiedad del torero Gitanillo de Triana. Más adelante participó en montajes teatrales y revistas musicales, hasta retirarse definitivamente en 1959 tras varias actuaciones en Barcelona.

También desarrolló una carrera cinematográfica, interviniendo en diversas películas entre 1914 y 1959, lo que amplió aún más su proyección pública.

Recibió muchos galardones por su carrera artística entre los que destaca el Lazo de Dama de la Orden de Isabel la Católica y la primera medalla de oro de la Segunda Semana de Estudios Flamencos, celebrada en Málaga en 1964.

Se retiró definitivamente en 1959, después de una serie de actuaciones en Barcelona. Una vez retirada, fundó en Madrid, junto con su yerno, el tablao “El Duende”, y en 1964 abrió otro en Marbella (Málaga), “Los Monteros”, contribuyendo a la difusión del género.

Falleció en Madrid en 1979. Su legado artístico perdura tanto en la historia del flamenco como en la memoria cultural española. En su honor se erigió un monumento en Sevilla, financiado por Cayetana Fitz-James Stuart e inaugurado en 2006. La escultura, obra de Luis Álvarez Duarte, la representa en actitud de baile y se sitúa en el cruce de las céntricas calles sevillanas Velázquez y O'Donnell, evocando su profunda vinculación con la tradición sevillana y el arte flamenco. Durante el acto de inauguración del monumento, sus familiares agradecieron emocionados el emplazamiento escogido para ubicar el monumento ya que desde allí “Pastora podría ver cada año pasar al Gran Poder”.

Monumento a Pastora Imperio financiado por Cayetana Fitz-James Stuart y obra de Luis Álvarez Duarte

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