ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA
José de Velilla.
José de
Velilla y Rodríguez nació en Sevilla el 14 de diciembre de 1847, en el seno de
una familia acomodada y profundamente vinculada al ámbito cultural. Su padre,
José de Velilla y Pons, ejercía como procurador de los tribunales, profesión
que el propio Velilla terminaría adoptando, mientras que su madre, María de los
Dolores Rodríguez, pertenecía a un entorno social favorecido. Desde muy joven
creció rodeado de libros y de inquietudes intelectuales, en una casa situada en
la calle Manteros que pronto se convertiría en un destacado foco de vida
literaria en la ciudad.
En ese
ambiente doméstico cultivado, desempeñó un papel fundamental en la formación de
su hermana, la también escritora Mercedes de Velilla, a quien enseñó a leer
utilizando textos del Romancero español y obras clásicas del teatro, alejándose
de métodos más convencionales. Aquella misma casa familiar fue, durante años,
punto de encuentro de jóvenes escritores sevillanos, que acudían a tertulias
literarias conocidas como “el Parnaso”, donde se compartían lecturas, ideas y
proyectos creativos.
Realizó
sus estudios de Bachillerato, obteniendo el título en 1864, y posteriormente cursó
Derecho en la Universidad de Sevilla, licenciándose en 1869. Paralelamente a su
formación jurídica, se interesó intensamente por la literatura, recibiendo
enseñanzas de figuras como José Fernández Espino y Francisco Rodríguez Zapata,
lo que le permitió entrar en contacto con la tradición de la escuela poética
sevillana y conocer la obra de autores como Herrera, Jáuregui o Lista, que
influyeron en su estilo.
Su
vocación literaria se manifestó de forma temprana. Con apenas diecisiete años
estrenó su primer drama, Don Jaime el desdichado, que obtuvo una favorable
acogida y marcó el inicio de una carrera dramática que se desarrollaría con
notable éxito. Años más tarde, en 1873, otra de sus obras fue elegida para la
inauguración del Teatro Cervantes de Sevilla, lo que evidencia el
reconocimiento que ya había alcanzado en los círculos teatrales. A lo largo de
su vida compaginó esta actividad creativa con su trabajo como procurador,
manteniendo ambas facetas de manera constante.
Además
de su producción teatral, Velilla cultivó la poesía y el ensayo. En 1875
publicó Meditaciones y recuerdos, su primer libro de poemas, donde ya se
perciben tanto su sensibilidad lírica como su inclinación hacia temas sociales
y reflexivos. Su obra poética se inscribe en la tradición sevillana, aunque
muestra influencias de autores contemporáneos como Gaspar Núñez de Arce, Ramón
de Campoamor o Gustavo Adolfo Bécquer. También participó en numerosas
publicaciones periódicas de Sevilla y Madrid, colaborando en revistas y
periódicos de diversa orientación, desde los de carácter literario hasta los de
tono político y satírico.
Comprometido
con las ideas de progreso de su tiempo, tras la Revolución de 1868 se integró
en círculos de pensamiento liberal junto a otros intelectuales sevillanos. Esta
implicación se reflejó tanto en sus escritos como en su participación en la
vida cultural de la ciudad. Fue miembro activo de instituciones como la Real
Academia Sevillana de Buenas Letras, en la que ingresó en 1875 con un discurso
sobre la evolución del teatro español, el Ateneo de Sevilla y la Real Sociedad
Económica de Amigos del País.
Como
dramaturgo e historiador del teatro, dejó obras en las que abordó tanto la
creación literaria como el análisis histórico, entre ellas estudios sobre la
escena española y textos dramáticos como Una herida en el alma o Fondo y
superficie. Sus contemporáneos lo consideraron una figura relevante dentro de
la continuidad de la escuela poética sevillana en la segunda mitad del siglo
XIX.
En sus
últimos años, afectado por la enfermedad, mantuvo una actitud serena y
reflexiva. Solía pasear por los alrededores de Sevilla, especialmente por la
ribera del Guadalquivir y los campos de Tablada, en lo que parecía una
despedida consciente de la ciudad que había marcado toda su vida y su obra.
Falleció
en Sevilla en agosto de 1904, dejando tras de sí una producción literaria
amplia y variada. Fue enterrado en una tumba sin inscripción, junto al pintor
José Jiménez Aranda. Años después, en 1914, el Ayuntamiento de Sevilla decidió honrar
su memoria dando su nombre a una calle cercana a su lugar de nacimiento,
reconociendo así la huella que dejó en la vida cultural sevillana.
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