jueves, 2 de julio de 2026

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Calle Goyeneta.

La calle Goyeneta es una de las vías con mayor personalidad del casco histórico de Sevilla. Su trazado irregular y quebrado, fruto de la evolución espontánea del urbanismo medieval, conserva el carácter de calle secundaria que ha desempeñado durante siglos, aunque su historia refleja algunos de los episodios más significativos de la evolución de la ciudad.

Esquina de Goyeneta con Puente y Pellón

Las primeras referencias documentales a esta vía se remontan a finales del siglo XV, cuando era conocida como calle del Tajador Mal Lavado, denominación que probablemente hacía referencia a algún establecimiento o actividad artesanal relacionada con el curtido o tratamiento de pieles. Algunos autores también la identifican en esa época con los nombres de Almona Vieja o Almona del Jabón, aludiendo a la existencia de instalaciones destinadas a la fabricación de jabón, una de las industrias tradicionales de la Sevilla bajomedieval.

A partir de la segunda mitad del siglo XVI, tras el establecimiento de la Casa Profesa de la Compañía de Jesús en la cercana calle Compañía, la vía comenzó a conocerse popularmente como calle de la Sopa. El origen de este curioso nombre se encontraba en una puerta secundaria del edificio jesuita que se abría hacia esta calle. Desde ella se repartía diariamente sopa y otros alimentos a los más necesitados, convirtiéndose este lugar en uno de los principales centros de asistencia benéfica de la ciudad. Durante muchos años, la calle estuvo asociada a esta labor caritativa desarrollada por los jesuitas.

Lateral de la Iglesia de la Anunciación

Vista de la cúpula de la Iglesia ce la Anunciación

La denominación actual fue acordada por el Ayuntamiento en 1864 para rendir homenaje a Joaquín Goyeneta y Jacobs, destacado miembro de la administración municipal sevillana. Goyeneta desempeñó el cargo de procurador mayor de Sevilla y tuvo un papel decisivo durante la ocupación francesa, negociando la capitulación de la ciudad ante las tropas napoleónicas el 1 de febrero de 1810. Obligado por el rey José Bonaparte, ejerció como corregidor de Sevilla entre 1810 y 1812, cargo que aceptó bajo la amenaza de ser expulsado de España y de sufrir la confiscación de sus bienes. Durante aquellos años se emprendieron importantes reformas urbanísticas, entre ellas la demolición del convento de la Encarnación para construir el Mercado de Abastos de la Encarnación, así como la desaparición de las antiguas parroquias de Santa Cruz y de la Magdalena para crear nuevos espacios públicos. Tras la restauración de Fernando VII, volvió a ocupar responsabilidades municipales como asistente interino entre 1814 y 1816.

No obstante, algunos documentos municipales del siglo XIX justifican el cambio de nombre en memoria de Manuel de Goyeneta, personaje conocido por su profunda religiosidad y por los servicios prestados a la ciudad en momentos especialmente difíciles. Esta circunstancia ha dado lugar a distintas interpretaciones históricas sobre el verdadero origen del nombre de la calle.

La calle presenta dos tramos claramente diferenciados. El primero, algo más ancho, forma un ligero quiebro y crea un pequeño ensanche en la confluencia con las calles Compañía y Buiza y Mensaque. El segundo tramo se estrecha notablemente y conserva el aspecto sinuoso característico del entramado urbano medieval. Durante los siglos XVI y XVII fueron frecuentes las quejas por la acumulación de escombros y suciedad, agravada en ocasiones porque algunos accesos permanecían cerrados. Existen noticias de su empedrado desde finales del siglo XVII y de posteriores obras de adoquinado realizadas en 1876 y entre 1913 y 1915.

Tradicionalmente ha sido una calle sin apenas tráfico rodado y con escasas aceras, conservando todavía algunos antiguos guardacantones o salvarruedas de piedra y hierro colocados para proteger las esquinas de las viviendas del paso de carros y carruajes. 

Guardacantones o salvarruedas entre Goyeneta y Compañía

Guardacantones o salvarruedas entre Goyeneta y Cuna

El caserío está formado principalmente por edificios tradicionales de dos y tres plantas, muchos de ellos levantados entre los siglos XVIII y XIX. Aunque algunos inmuebles han sido rehabilitados en las últimas décadas, otros conservan el aspecto propio de una calle que durante mucho tiempo estuvo vinculada a almacenes y pequeños comercios del entorno de las calles Sierpes, Puente y Pellón y la plaza de la Encarnación. Buena parte de la acera de los números pares corresponde a la parte trasera del edificio que hoy ocupa la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Sevilla, antiguo colegio jesuita.

Entre sus inmuebles más interesantes sobresale la casa número 15, una antigua casa-palacio del siglo XVIII que, tras diversos usos como almacén, constituye uno de los mejores ejemplos de la arquitectura residencial que aún sobrevive en la calle. También son dignos de mención algunos azulejos comerciales conservados en determinadas fachadas, testimonio del intenso movimiento mercantil que caracterizó esta zona durante buena parte del siglo XX.

Casa número 15

Detalle de la casa número 15

Casa numero 11

Detalle de la casa numero 11

La historia social de la calle también experimentó importantes cambios. Tras haber sido durante siglos una vía asociada a la beneficencia de los jesuitas, pasó a convertirse en una de las entradas secundarias de la antigua Universidad de Sevilla cuando esta ocupó la Casa Profesa. La presencia cotidiana de estudiantes transformó su ambiente, aunque a finales del siglo XIX y comienzos del XX la calle adquirió una notable fama por la proliferación de la prostitución, circunstancia que motivó que en 1917 algunos vecinos solicitaran al Ayuntamiento el cambio de nombre. La petición fue rechazada por el cronista oficial de la ciudad, quien defendió que el prestigio del personaje homenajeado no debía verse empañado por una situación que correspondía solucionar mediante medidas de orden público y no modificando el nomenclátor.

En la actualidad, la calle Goyeneta mantiene ese carácter discreto que la ha acompañado durante siglos. Alejada de los grandes itinerarios turísticos, continúa funcionando como una vía de servicio para el intenso comercio del entorno de la plaza de la Encarnación y de las principales calles comerciales del centro histórico, conservando al mismo tiempo la memoria de una Sevilla donde convivieron la asistencia a los pobres, la actividad universitaria, el comercio y las profundas transformaciones urbanísticas de la ciudad.



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Calle Compañía.

Antes de recibir su nombre actual, esta vía fue conocida por distintas denominaciones relacionadas con su situación a espaldas de la antigua Casa Profesa de la Compañía de Jesús, uno de los conjuntos religiosos más importantes de la Sevilla moderna. Desde finales del siglo XVI aparece citada en documentos y planos como Segunda de la Compañía, Compañía Chica, Detrás de la Compañía o Espaldas de la Compañía, nombres que reflejaban su carácter secundario y de servicio respecto al gran edificio jesuita. No sería hasta 1845 cuando el Ayuntamiento oficializó el nombre de calle Compañía, que ha conservado hasta la actualidad. En el plano elaborado por Sartorius en 1848 figura, probablemente por un error de rotulación, con el nombre de Ballestilla, mientras que algunos autores del siglo XIX, como Álvarez-Benavides, señalaron que en épocas anteriores también fue conocida como Tajador Mal Lavado.

La calle une hoy la plaza de la Encarnación con la calle Goyeneta, recorriendo la parte posterior del antiguo colegio e iglesia de la Anunciación. Su trazado responde al urbanismo medieval sevillano, caracterizado por calles estrechas y sinuosas. A pesar de las reformas urbanísticas acometidas entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, especialmente los proyectos de alineación de 1881 y de 1912-1914, todavía conserva parte de su primitiva fisonomía. El más llamativo de sus rasgos es el ángulo recto que forma junto a la plaza de la Encarnación, así como los pequeños entrantes y salientes de sus fachadas, vestigios de un parcelario muy antiguo que apenas ha sido alterado.

Ya en 1839 el historiador Félix González de León la describía como una calle "angosta, con tres o cuatro vueltas" y escasamente cuidada, impresión que durante mucho tiempo compartieron numerosos cronistas. Su condición de vía trasera, alejada de los grandes itinerarios comerciales y procesionales de la ciudad, hizo que durante siglos presentara un aspecto humilde y poco transitado. Existen referencias al deterioro de su empedrado desde mediados del siglo XIX, prueba de la antigüedad de su pavimento, y aún hoy conserva algunos elementos tradicionales del viario sevillano, como un guardacantón situado en la esquina del inmueble número 1, destinado a proteger las esquinas de los edificios del roce de carros y carruajes.

Guardacantón en la esquina de Compañía con Goyeneta

Uno de los lados de la calle está ocupado íntegramente por la fachada posterior de la iglesia de la Anunciación y por el lateral de la actual Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Sevilla, edificio que ocupa las dependencias del antiguo colegio jesuita. En el lado opuesto se alinean viviendas de dos a cuatro plantas, muchas de ellas levantadas entre los siglos XIX y XX, que conservan el carácter residencial tradicional de la zona.

A diferencia de otras calles del centro histórico, Compañía nunca destacó por su intensa actividad comercial ni por un elevado tránsito de peatones. Su reducido tamaño y su condición de vía secundaria han hecho que mantenga un ambiente tranquilo, utilizado principalmente por los residentes y por quienes acceden a los edificios cercanos.

Sin embargo, durante buena parte del siglo XIX la calle alcanzó cierta notoriedad por la presencia de varias casas de prostitución. La proximidad del antiguo edificio universitario provocó numerosas quejas en la prensa de la época, que consideraba perjudicial la convivencia de estos establecimientos con los estudiantes. Un artículo publicado en La Andalucía el 25 de agosto de 1860 afirmaba que el rector había realizado gestiones para impedir que aquellas mujeres residieran en la calle, al entender que suponían un foco de escándalo y una influencia negativa para la juventud. Este episodio constituye un reflejo de las preocupaciones morales de la sociedad sevillana decimonónica y aporta un interesante testimonio sobre la vida cotidiana en el entorno universitario de la ciudad.

En la actualidad, la calle Compañía sigue siendo una vía discreta, de escasa longitud y alejada del bullicio de las principales arterias comerciales, aunque posee un notable interés histórico por conservar la memoria de la presencia de la Compañía de Jesús en Sevilla y por mantener, en buena medida, la estructura urbana heredada de la ciudad de los siglos XVI y XVII.

Año 1925. Vista de la calle Compañía. Un señor con su borrico, vendiendo a quienes están en el balcón o a alguien tras la rejas el famoso "Pan de Alcalá".(CC BY 3.0)

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Calle Laraña.

La calle Laraña constituye una de las principales arterias del centro histórico de Sevilla. Se extiende desde la plaza de la Encarnación hasta la confluencia con las calles Orfila y Cuna y la plaza de Villasis, formando parte del histórico eje que comunica la Campana con la Puerta Osario. Su trazado, amplio y rectilíneo, es hoy el resultado de las grandes reformas urbanísticas desarrolladas durante el siglo XX, aunque su historia se remonta a varios siglos atrás y refleja la evolución religiosa, universitaria y comercial de la ciudad.

Desde finales del siglo XVI fue conocida como calle de la Compañía o de la Casa Profesa, debido al establecimiento en este lugar de la Casa Profesa de la Compañía de Jesús, fundada en 1557. Los jesuitas levantaron aquí uno de sus conjuntos religiosos más importantes, presidido por la iglesia de la Anunciación, concluida en 1579, cuya imponente fachada continúa dominando la calle. La presencia de la orden convirtió este espacio en uno de los más transitados de la Sevilla barroca, pues hasta él acudían carruajes, literas y numerosos fieles para asistir a los oficios religiosos y a las predicaciones de los jesuitas.

Calle Laraña 1925

Calle Laraña 1928

La expulsión de la Compañía de Jesús decretada por Carlos III en 1767 marcó un punto de inflexión en la historia de la calle. En 1771 el antiguo colegio jesuita pasó a albergar la Universidad Literaria de Sevilla, circunstancia que hizo que progresivamente comenzara a conocerse como calle de la Universidad. Ambas denominaciones convivieron durante décadas hasta que la reforma del callejero de 1845 oficializó este último nombre. Durante casi dos siglos la vía estuvo estrechamente vinculada a la vida universitaria sevillana, convirtiéndose en lugar de paso cotidiano para profesores y estudiantes. Las crónicas de la época describen incluso la solemne procesión con la que fue trasladada la Universidad al antiguo edificio jesuita, un cortejo académico presidido por el rector, doctores y estudiantes que recorrió las principales calles del centro de Sevilla.

En 1903 la calle recibió el nombre de Laraña en homenaje a Manuel Laraña y Fernández (1815-1903), ilustre abogado, catedrático, rector de la Universidad de Sevilla y senador del Reino. No obstante, el nombre de calle de la Universidad continuó utilizándose durante varios años en documentos oficiales y entre los propios sevillanos, hasta que la nueva denominación terminó imponiéndose definitivamente. En 1935 pasó a denominarse oficialmente Laraña y Fernández, recuperándose en 1949 la forma abreviada de calle Laraña, que conserva en la actualidad.

Calle Laraña. Finales de los años 40

La calle ha sido históricamente objeto de numerosas intervenciones urbanísticas. Ya en 1585 el Ayuntamiento solicitó a los jesuitas que retranquearan la fachada de su edificio para ampliar el espacio público y facilitar el tránsito, una actuación que dio origen a largos litigios con los propietarios de los terrenos colindantes y que no quedó completamente resuelta hasta finales del siglo XIX. Sin embargo, la transformación definitiva llegaría durante el siglo XX. Los proyectos de ensanche del eje Campana-Osario, aprobados en 1906 y 1911, comenzaron a ejecutarse por fases durante las décadas siguientes. En los años veinte se remodeló el tramo comprendido entre la Encarnación y la calle Arguijo, mientras que durante los años cincuenta se completó la alineación hasta la plaza de Villasis, otorgando a Laraña el aspecto amplio y despejado que presenta en la actualidad.

El patrimonio monumental de Laraña constituye uno de sus mayores atractivos. En la acera de los impares se alza la iglesia de la Anunciación, una de las mejores muestras del manierismo sevillano y antigua iglesia de la Casa Profesa de los jesuitas. Bajo ella se encuentra el Panteón de Sevillanos Ilustres, creado en 1970, donde reposan destacadas figuras de la historia y la cultura andaluzas, entre ellas Benito Arias Montano, Gustavo Adolfo Bécquer, Alberto Lista, Rodrigo Caro, José Gestoso y Amador de los Ríos, además de miembros de las familias Ponce de León y Perafán de Ribera.

Iglesia de la Anunciación

Junto al templo se levanta la actual Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Sevilla, inaugurada en 1975 sobre el solar que durante casi dos siglos ocupó la antigua Universidad Literaria. Completa este frente urbano el palacio de los marqueses de la Motilla, construido en la década de 1920 según proyecto de los arquitectos Gino Coppedè y Vicente Traver. Inspirado en los palacios renacentistas toscanos, constituye uno de los ejemplos más singulares de la arquitectura regionalista sevillana, destacando especialmente su esbelta torre.

Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Sevilla

Años 40. Paso del Cristo de la Buena Muerte de la Hermandad  de los Estudiantes. Gira desde Laraña por la plaza de Villasís hacia Orfila

En la acera opuesta sobresalen varios edificios representativos de la arquitectura del siglo XX. Entre ellos figura el inmueble regionalista proyectado por Juan Talavera y Heredia y Ramón Balbuena en 1922, el antiguo teatro Álvarez Quintero, inaugurado en 1950 con el estreno de la comedia Lo que hablan las mujeres, y el edificio de viviendas diseñado por Luis Gómez Estern en 1957, bajo cuyo subsuelo apareció un pozo de noria de época islámica, testimonio del rico pasado arqueológico de la ciudad.

Laraña esquina con Cuna

La proximidad del antiguo mercado de la Encarnación convirtió durante mucho tiempo a Laraña en una calle muy animada. Sus aceras acogían numerosos vendedores ambulantes que abastecían a quienes acudían al mercado, mientras los comercios tradicionales se mezclaban con cafés, pequeños negocios y establecimientos de toda índole. A finales del siglo XIX incluso funcionó aquí la fábrica de cerveza y gaseosas alemana de Dekinder y Unzalu, reflejo del dinamismo económico que caracterizó a esta zona del casco histórico.

Hoy la calle Laraña mantiene su condición de importante eje comercial y de comunicación. Las antiguas viviendas han dado paso en buena medida a oficinas, establecimientos comerciales y locales de hostelería, mientras la Facultad de Bellas Artes conserva el carácter universitario heredado de siglos anteriores. A pesar de las profundas transformaciones urbanísticas experimentadas durante el siglo XX, Laraña sigue siendo una calle donde conviven el legado de la Sevilla jesuítica, la memoria de la antigua Universidad y el intenso dinamismo comercial que continúa definiendo el corazón histórico de la ciudad.

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Calle Imagen.

Calle Imagen 

Antes de adquirir su aspecto actual, la calle Imagen fue una de las vías más características del entramado histórico de Sevilla. Durante siglos constituyó un estrecho corredor urbano que enlazaba la plaza de la Encarnación con la collación de San Pedro, formando parte del intenso eje comercial que comunicaba la antigua Puerta Osario con el corazón de la ciudad. 

La profunda transformación urbanística acometida a mediados del siglo XX modificó por completo su fisonomía, convirtiéndola en la amplia avenida que hoy conocemos.

La calle Imagen se extiende desde la plaza de la Encarnación hasta la confluencia de las calles Sor Ángela de la Cruz, San Pedro, Cristo de Burgos y Mercedes de Velilla. Constituye uno de los principales ejes de comunicación del casco histórico de Sevilla, aunque su aspecto actual es el resultado de una de las más profundas transformaciones urbanísticas llevadas a cabo en la ciudad durante el siglo XX.

El origen de su nombre se remonta al siglo XVII. Hasta entonces la vía era conocida simplemente como “la calle que va de San Pedro a la Encarnación”, apareciendo por primera vez documentada en 1684 con la denominación de calle Imagen. El nombre procedía de un retablo o pintura de la Virgen María colocado en una de sus fachadas, una imagen de gran devoción popular que dio identidad a la calle durante siglos. El erudito Félix González de León, en su "Noticia histórica del origen de los nombres de las calles de esta ciudad de Sevilla" (1839), recordaba que aquella pintura ya había desaparecido pocos años antes, aunque el nombre había quedado definitivamente arraigado entre los sevillanos.

Como ocurrió con muchas calles de Sevilla durante el siglo XIX, la denominación sufrió diversos cambios por motivos políticos. 

En 1848 pasó a llamarse calle Almirante Valdés, en honor del marino Cayetano Valdés y Flores (1767-1835), héroe de la batalla de Trafalgar, que había residido en esta vía. 

Tras la Revolución de 1868 recuperó brevemente el nombre tradicional de Imagen, aunque en 1869 volvió a modificarse para rendir homenaje al periodista y político Fernando Calvo Asensio, fundador del periódico "La Iberia". 

Finalmente, en 1875 recuperó definitivamente el histórico nombre de Imagen, con el que ha llegado hasta nuestros días.

Durante siglos fue una calle muy distinta de la actual. Su trazado era extraordinariamente estrecho y sinuoso, con pequeñas viviendas y comercios que prácticamente se tocaban de una acera a otra. El paso del tranvía por su centro hacía aún más angosta la circulación, hasta el punto de que en distintas épocas fue necesario prohibir el tránsito simultáneo de carruajes mediante la colocación de postes o marmolillos para evitar accidentes. 

Numerosos escritores sevillanos, como José Más, Joaquín Romero Murube o José Peyré, evocaron aquella calle bulliciosa donde el tranvía parecía rozar las fachadas y donde el incesante movimiento de personas constituía una de las estampas más populares del centro histórico.

La cercanía del mercado de la Encarnación convirtió a Imagen en una prolongación natural del mismo. Desde comienzos del siglo XIX, especialmente tras la instalación del mercado en 1820, la calle se llenaba diariamente de vendedores ambulantes, tenderetes y pequeños puestos donde podía encontrarse prácticamente cualquier producto: frutas, verduras, hierbas aromáticas, utensilios domésticos, flores, ropa usada o pequeños objetos de ocasión. El periodista Fausto Botella describía en 1957 aquel ambiente como un lugar lleno de vida, donde convivían escaparates modestos, comercios tradicionales y un incesante trasiego de compradores entre las viejas casas que parecían sostenerse milagrosamente en pie.

La necesidad de mejorar las comunicaciones del centro de Sevilla llevó a plantear ya en 1911 un ambicioso proyecto para abrir un gran eje viario entre la Campana y la Puerta Osario. Sin embargo, las obras no comenzaron hasta finales de la década de 1940, una vez abierta la calle Laraña y demolida parte del antiguo mercado de la Encarnación. En 1956 se iniciaron los derribos de prácticamente toda la edificación situada a ambos lados de la antigua calle Imagen y de la pequeña barreduela que discurría paralela a ella. La transformación fue tan radical que desapareció por completo la imagen urbana que había permanecido casi inalterada durante siglos.

Las fotografías realizadas entre 1955 y 1957 muestran una Sevilla hoy desaparecida: una calle estrecha recorrida por los tranvías, viviendas de escasa altura, pequeños comercios y un ambiente popular que quedó definitivamente borrado tras el ensanche. Únicamente algunos elementos, como la fachada de la iglesia de San Pedro o el retablo cerámico del Cristo de Burgos, permiten reconocer aquellos antiguos escenarios.

Calle Imagen ayer y hoy. (ver) (CC BY 3.0)

Cruce de una estrecha calle Imagen con Alcázares, actualmente Santa Ángela de la Cruz. Año 1904

La nueva calle Imagen fue abierta al tráfico en 1958 y terminó de urbanizarse a comienzos de los años sesenta. Surgió entonces una vía completamente distinta, amplia y rectilínea, con edificios de seis y siete plantas destinados tanto a viviendas como a oficinas y locales comerciales. Entre las nuevas construcciones destaca el edificio de oficinas del número 2, proyectado entre 1958 y 1961 por los arquitectos Rafael Arévalo Camacho e Ignacio Costa Valls, durante cuyas obras aparecieron importantes restos de una vivienda romana con mosaicos, testimonio de la riqueza arqueológica que aún conserva el subsuelo sevillano.

Desde entonces la calle Imagen ha mantenido su vocación comercial, aunque con un carácter muy diferente al tradicional. Los pequeños tenderetes y el bullicio del antiguo mercado dieron paso a establecimientos de mayor tamaño, entidades bancarias y oficinas, convirtiéndose en una de las principales arterias comerciales y de circulación del casco histórico. Con el ensanche se ganó en amplitud, funcionalidad y capacidad para el tráfico, pero también desapareció una de las calles más pintorescas y populares de la Sevilla antigua, cuya memoria permanece únicamente en las fotografías, en la literatura costumbrista y en el recuerdo de quienes llegaron a conocer aquella entrañable calle estrecha que durante siglos unió la Encarnación con San Pedro.

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Palacio del marqués de la Motilla.

El palacio del marqués de la Motilla ocupa una privilegiada esquina entre las calles Laraña y Cuna, en pleno centro histórico de Sevilla. Se trata de uno de los edificios más singulares de la arquitectura sevillana del siglo XX, cuya inconfundible silueta, presidida por una elevada torre almenada de inspiración florentina, constituye uno de los perfiles más reconocibles de esta zona de la ciudad.

Palacio del marqués de la Motilla

Palacio del marqués de la Motilla

Su construcción está estrechamente ligada a las grandes reformas urbanísticas emprendidas en Sevilla durante las primeras décadas del siglo XX. El ensanche de la calle Laraña obligó a modificar profundamente la antigua residencia de los marqueses de la Motilla, levantando una nueva fachada adaptada a la alineación de la vía. Para ello, el propietario encargó el proyecto al prestigioso arquitecto italiano Gino Coppedè, uno de los máximos representantes del eclecticismo europeo, mientras que la dirección técnica de las obras recayó en el arquitecto valenciano Vicente Traver y Tomás. El proyecto fue concebido entre 1921 y 1924, aunque las obras avanzaron lentamente debido a las dificultades derivadas de la remodelación urbana y no concluyeron hasta 1931.

La construcción responde plenamente al gusto historicista que caracterizó buena parte de la arquitectura de comienzos del siglo XX. Frente al predominio del regionalismo sevillano de aquellos años, el marqués optó por un lenguaje arquitectónico inspirado en la Italia medieval y renacentista, dando lugar a un edificio absolutamente excepcional dentro del panorama urbano hispalense.

El elemento más llamativo del conjunto es su torre-mirador, de planta rectangular y unos veinticinco metros de altura, realizada en ladrillo visto y rematada por una poderosa corona de almenas. Su diseño está inspirado directamente en la célebre torre del Palazzo Vecchio de Florencia, uno de los edificios civiles más emblemáticos del medievo italiano. Esta influencia se aprecia no solo en las almenas, sino también en el característico denticulado del voladizo superior y en las ventanas geminadas de arcos apuntados, separadas por delicadas columnillas, que evocan la arquitectura gótica florentina.

Torre-mirador

Torre-mirador

El resto de la fachada que se abre a la calle Laraña mantiene el mismo lenguaje arquitectónico. Un coronamiento almenado recorre todo el edificio y, bajo él, una elegante galería de arcos de medio punto aporta al conjunto el aspecto de un palacio urbano italiano. La combinación de ladrillo, piedra y elementos decorativos cuidadosamente proporcionados dota a la fachada de una notable monumentalidad, muy diferente a la arquitectura tradicional sevillana.

Galería

Detalle de la puerta de entrada por la calle Laraña

Detalle de la puerta de entrada por la calle Laraña
Detalle de la puerta de entrada por la calle Laraña

La fachada a la calle Cuna, presenta un cuerpo de carácter regionalista presidido por un elegante mirador. Ambos frentes quedaron unidos mediante un original muro en ángulo, inspirado igualmente en modelos medievales, abierto por una sucesión de arcos apuntados y presidido por un amplio balcón volado con antepecho de piedra calada. 

Detalle del balcón

Tras este cerramiento se dispuso un pequeño patio-jardín, una solución poco habitual en la arquitectura doméstica sevillana, ya que rompe con el tradicional esquema del patio central para convertir el jardín en un elemento visible desde el espacio urbano.

Aunque su aspecto recuerda a un castillo medieval, el edificio incorpora soluciones constructivas propias de la arquitectura contemporánea de su tiempo, convirtiéndose en una brillante síntesis entre tradición e innovación. 

Detalle de ventana germinada

El interior del palacio conserva amplios salones, patios, escalinatas y una importante colección artística reunida por la familia durante generaciones. Entre las obras que tradicionalmente albergó destacan un retrato del general Antonio Ricardos realizado por Francisco de Goya y un lienzo de la Crucifixión atribuido a El Greco, además de valioso mobiliario histórico, pinturas y artes decorativas. El hecho de haber permanecido habitado durante casi un siglo contribuyó a la excelente conservación de buena parte de este patrimonio.

Galería de entrada 

Patio de entrada

Patio Principal (CC BY 3.0)

Detalles decorativos sobre los capiteles del patio principal (CC BY 3.0)

Escultura de mármol en la galería del patio (CC BY 3.0)

Escalera principal (CC BY 3.0)

Detalles decorativos en la escalera principal del interior del patio (CC BY 3.0)

Armadura de la escalera principal (CC BY 3.0)

Patio secundario (CC BY 3.0)

Estancia anexa al patio secundario (CC BY 3.0)

Salón Coppedè (CC BY 3.0)

Por su extraordinario valor arquitectónico, el edificio ha despertado también el interés del mundo cinematográfico. Sus estancias sirvieron como escenario para varias producciones audiovisuales, entre ellas la serie La Peste, cuya recreación de la Sevilla del siglo XVI encontró en este palacio un marco de gran autenticidad y belleza.

Durante décadas fue la residencia de la familia Solís, marqueses de la Motilla, convirtiéndose en uno de los palacios privados más conocidos de Sevilla. Desde sus balcones numerosas personalidades han contemplado el paso de las procesiones de Semana Santa, mientras que sus salones han acogido acontecimientos familiares y sociales de la aristocracia sevillana. En 2023 el inmueble cambió de propietario tras ser adquirido por el empresario cordobés Mario López Magdaleno, poniendo fin a casi un siglo de vinculación con la familia que impulsó su construcción.

Hoy, el palacio del marqués de la Motilla continúa siendo una residencia privada y no puede visitarse habitualmente.