miércoles, 8 de julio de 2026

RUTAS POR SEVILLA: Ruta de las Cruces

Cruz de Cerrajería.

Cruz de Cerrajería

La Cruz de la Cerrajería, considerada una de las obras maestras de la forja barroca sevillana, es uno de esos monumentos que, pese a su reducido tamaño, atesoran varios siglos de historia, devoción y tradición popular. Aunque hoy preside la Plaza de Santa Cruz, su emplazamiento original se encontraba en la antigua plazuela de la Cerrajería, en la confluencia de las actuales calles Sierpes y Rioja, un lugar que durante siglos constituyó uno de los espacios más transitados de la ciudad.

Primera ubicación de la cruz, en la confluencia de Cerrajería, Sierpes y Rioja

Sus orígenes se remontan a comienzos del siglo XVII, cuando los vecinos levantaron en aquel lugar una sencilla cruz de madera vinculada a un retablo callejero dedicado a la Virgen de Regla. La creciente devoción que despertó aquella cruz, unida al deterioro que sufría por permanecer a la intemperie, motivó que en 1692 se encargara una nueva cruz de hierro al maestro rejero Sebastián Conde, natural de Almonte. La obra fue costeada mediante suscripción popular y trasladada solemnemente desde las Gradas de la Catedral hasta la plaza de la Cerrajería el 1 de noviembre de ese mismo año, donde comenzó a recibir culto público. Cada 3 de mayo, festividad de la Invención de la Santa Cruz, el lugar se convertía en escenario de celebraciones religiosas y populares.

A lo largo de los siglos XVIII y XIX la cruz protagonizó un continuo ir y venir por las calles de Sevilla. En varias ocasiones fue retirada para facilitar el paso de comitivas reales o mejorar la circulación de carruajes. En 1729 se desmontó con motivo de la visita de Felipe V y fue trasladada al cercano convento de las Mínimas. 

La cruz en el convento de las Mínimas

Cinco años después, una prolongada sequía castigó Andalucía y la tradición cuenta que el franciscano fray Sebastián de Jesús anunció que las lluvias regresarían cuando la cruz recuperara su emplazamiento original. Los vecinos solicitaron su restitución y, según relatan las crónicas, poco después comenzaron las esperadas precipitaciones, hecho que alimentó aún más la fama milagrosa del monumento.

La cruz volvería a ser retirada en distintas ocasiones, hasta que en 1840 fue desmontada definitivamente debido a las quejas de quienes consideraban que obstaculizaba el intenso tráfico de carruajes de la calle Sierpes. Aquella decisión provocó un notable descontento entre numerosos sevillanos, que incluso promovieron campañas para recuperar el monumento, convencidos de que protegía a la ciudad de calamidades y epidemias. Tras su retirada fue depositada en el entonces Museo Provincial, instalado en el antiguo convento de la Merced, actual Museo de Bellas Artes de Sevilla.

No sería hasta las primeras décadas del siglo XX cuando la cruz volvería a ocupar un espacio público. En 1916 el escritor e historiador Santiago Montoto propuso su recuperación y, tras varios debates sobre su ubicación, la Real Academia de Bellas Artes recomendó instalarla en la Plaza de Santa Cruz. Finalmente, en 1921 quedó colocada en el centro de la plaza, dentro del proyecto de remodelación diseñado por el arquitecto Juan Talavera, convirtiéndose desde entonces en uno de los símbolos más reconocibles del antiguo barrio de Santa Cruz.

Desde el punto de vista artístico, la Cruz de la Cerrajería constituye una extraordinaria muestra del barroco sevillano aplicado al hierro forjado. Sebastián Conde concibió una obra de gran riqueza ornamental, en la que la estructura queda prácticamente oculta bajo una exuberante decoración de hojas de acanto, flores, roleos y elementos vegetales trabajados con una delicadeza que recuerda más a la labor de un orfebre que a la de un herrero.

La iconografía de la Cruz de Cerrajería convierte este monumento en un auténtico compendio de simbolismo cristiano, donde cada detalle ornamental posee un significado espiritual. Lejos de ser un simple ejercicio decorativo, la rica labor de forja desarrolla un elaborado programa iconográfico centrado en la Pasión, la Redención y la victoria de Cristo sobre el pecado.

Cruz de Cerrajería

El repertorio vegetal está dominado por las hojas de acanto, que recorren el fuste y los brazos de la cruz, además de extenderse por la base en forma de roleos y grandes rosetas. Este motivo, heredado de la tradición clásica, adquirió en el arte cristiano un profundo valor simbólico al asociarse con la vida eterna y el sacrificio redentor de Cristo.

Detalle de los brazos de la cruz

En los lugares donde se clavaron las manos y los pies de Jesús aparecen representados los clavos, insertos en grandes lirios que sobresalen de la estructura. El lirio, tradicional símbolo de pureza, esperanza y resurrección, adquiere aquí un significado aún más profundo al surgir de las llagas de Cristo, evocando la redención de la humanidad. La tradición cristiana también relaciona esta flor con las lágrimas derramadas por Eva tras la expulsión del Paraíso, de las que, según una antigua leyenda, brotaron lirios como promesa de salvación. Sobre la cartela del INRI aparecen otros tres lirios que aluden a la Santísima Trinidad.

Detalle del INRI

Detalle de los lirios en los brazos de la cruz

En la parte superior de la cruz pueden apreciarse estilizadas representaciones de pasifloras o flores de la Pasión. Desde el siglo XVII esta planta fue interpretada como una imagen natural de la Pasión de Cristo, pues sus distintas partes recuerdan los instrumentos del suplicio: la corona floral se identifica con la corona de espinas, los estambres con los clavos, los estigmas con los tres clavos de la Crucifixión y los zarcillos con los azotes. Su disposición rodeando el cuerpo superior de la cruz parece reforzar precisamente esa evocación de la corona de espinas que ciñó la cabeza de Cristo.

También están presentes las rosas, otra flor cargada de simbolismo cristiano, vinculada a la sangre derramada por Cristo, al sacrificio redentor y a la promesa de una nueva vida.

En el centro de la cruz sobresale uno de los elementos más expresivos del conjunto: un corazón atravesado por el dolor y rodeado por la corona de espinas. Esta composición remite tanto al sufrimiento de Cristo durante la Pasión como al dolor compartido por la Virgen María al pie de la Cruz, convirtiéndose en una poderosa imagen del amor llevado hasta el sacrificio.

Detalle del centro de la cruz

La base del monumento completa este discurso simbólico con varias representaciones figurativas. Las serpientes que se enroscan en el pedestal personifican el pecado y el mal, definitivamente vencidos por la Cruz, mientras que los cuatro evangelistas ocupan las esquinas como testigos y custodios del mensaje de Cristo. Finalmente, los elegantes ángeles lampareros que sostienen los faroles acentúan el carácter devocional del monumento, concebido desde su origen como una auténtica cruz de humilladero o altar urbano, destinada a presidir y santificar el espacio público.

Detalle de la base del monumento

Detalle de la cabeza de una serpiente

Detalle de apóstol

Detalle de apóstol
Detalle de apóstol
Detalle de apóstol

Ángel lamparero

Durante mucho tiempo fue conocida indistintamente como Cruz de la Cerrajería y Cruz de las Sierpes. Sin embargo, diversos investigadores sostienen que esta última sería su denominación históricamente más precisa, ya que la cruz de hierro estuvo siempre situada junto a la calle Sierpes, mientras que la auténtica Cruz de la Cerrajería habría sido una cruz de madera distinta, hoy desaparecida. Sea cual sea el origen exacto de su nombre, lo cierto es que esta magnífica obra de Sebastián Conde continúa siendo uno de los grandes iconos de la Sevilla barroca y un magnífico testimonio de la importancia que tuvieron las cruces públicas en la religiosidad y la vida cotidiana de la ciudad.

ALGUNAS LEYENDAS DE SEVILLA

La calle Barrabas y la calle de los Melgarejos.

La calle Cerrajería mantiene un curioso vínculo con otra vía del barrio de Santa Cruz: la actual calle Lope de Rueda. Hasta 1840 esta recibió el nombre de calle Barrabás y, con anterioridad, fue conocida como calle de los Melgarejo, por encontrarse allí la residencia de esta poderosa familia de la nobleza sevillana del siglo XVII.

Calle Lope de Rueda a principios del siglo XIX

Rotulo de la calle Lope de Rueda

El origen del nombre de Barrabás se encuentra en una de las leyendas más célebres de la Sevilla barroca. Según la tradición, durante la procesión del Corpus Christi de 1627, don Fernando Ortiz de Melgarejo, caballero veinticuatro de la ciudad y miembro de una de las familias más influyentes de la época, contempló el desfile desde un balcón situado en la confluencia de las calles Cerrajería y Cuna. Lo hizo acompañado de doña Dorotea de Sandoval, una mujer casada con la que mantenía una relación amorosa, a pesar de estar él mismo casado con la noble doña Luisa Maldonado.

Balcón donde los dos amantes se exhibieron

En una sociedad donde las infidelidades de la aristocracia no eran infrecuentes, lo verdaderamente escandaloso fue la exhibición pública de aquella relación durante uno de los actos religiosos más solemnes del calendario sevillano. La noticia llegó pronto a oídos de doña Luisa, quien, siempre según la leyenda, decidió vengarse envenenando a la amante de su marido.

La tragedia no terminó ahí. Don Fernando, hombre de temperamento violento, ordenó asesinar a su propia esposa. Poco tiempo después, el viudo de doña Dorotea desafió a Melgarejo a un duelo en el que, con la ayuda de un criado mulato, logró darle muerte. La sucesión de crímenes y venganzas causó una enorme conmoción entre los sevillanos y dio origen a una copla popular que durante mucho tiempo se transmitió de generación en generación:

"En la calle de Escarpín
mataron a Barrabás.
Si vives como él vivió,
lo mismo que él morirás."

La figura de "Barrabás" terminó identificándose con el propio Fernando Ortiz de Melgarejo, hasta el punto de que la antigua calle de los Melgarejo acabó adoptando popularmente ese sobrenombre, conservándolo de forma oficial hasta mediados del siglo XIX. Así, una leyenda nacida en un balcón de la calle Cerrajería terminó dejando su huella en la toponimia del barrio de Santa Cruz, demostrando cómo la memoria popular ha sido capaz de convertir episodios reales o legendarios en parte del paisaje histórico de Sevilla.

Casa de la familia Melgarejo

AREA CENTRO 2

Calle Cerrajería.

La calle Cerrajería constituye una de las vías con mayor tradición comercial del centro histórico de Sevilla. Une las calles Cuna y Sierpes y, aunque su longitud es reducida, ha desempeñado durante siglos un papel destacado en la vida económica, social y ceremonial de la ciudad. Su situación privilegiada, en pleno corazón del antiguo recinto urbano, la convirtió desde época medieval en un lugar de intenso tránsito y en una referencia para el comercio sevillano.

Calle Cerrajería

Su origen se remonta al menos al siglo XV. En la documentación aparece inicialmente con el nombre de calle de los Arqueros, debido a que en ella residían soldados pertenecientes a este cuerpo. Poco después también fue conocida como calle de los Freneros, en alusión a los artesanos dedicados a fabricar frenos y otros elementos para la caballería. Sin embargo, sería el gremio de los cerrajeros el que acabaría otorgándole el nombre definitivo. Desde comienzos del siglo XVI ya aparece citada como Cerrajería o Cerrajeros, reflejando la concentración de talleres especializados en la forja del hierro, la fabricación de cerraduras, llaves, rejas y otros trabajos metálicos de gran calidad.

Calle Cerrajería

El historiador Santiago Montoto menciona igualmente la denominación popular de calle de los Tiznados, probablemente relacionada con el aspecto ennegrecido de aquellos artesanos que trabajaban diariamente junto a las fraguas. No obstante, este nombre nunca alcanzó carácter oficial y la documentación histórica mantiene de forma casi ininterrumpida el de Cerrajería. Tan solo entre 1911 y 1938 la calle fue rebautizada como Pi y Margall, en homenaje al político y presidente de la Primera República Española, recuperando posteriormente su histórica denominación.

No debe confundirse esta calle con la antigua plaza de la Cerrajería, hoy integrada en las calles Rioja y Sierpes. Allí se levantó durante siglos la célebre Cruz de la Cerrajería, una extraordinaria obra de forja realizada en el siglo XVII que constituye una de las piezas más representativas de la rejería sevillana. La cruz, trasladada en 1920 a la plaza de Santa Cruz, reconstruida por el arquitecto Juan Talavera, y continúa siendo uno de los elementos más conocidos del patrimonio artístico de la ciudad. Tradicionalmente se ha relacionado esta cruz con el gremio de los cerrajeros que dio nombre a la calle, aunque también existió en ella una cruz de madera que desapareció a mediados del siglo XIX.

Cruz de Cerrajería

Primera ubicación de la cruz, en la confluencia de Cerrajería, Sierpes y Rioja

La calle Cerrajería mantiene también un curioso vínculo con otra vía del barrio de Santa Cruz: la actual calle Lope de Rueda. Hasta 1840 esta recibió el nombre de calle Barrabás y, con anterioridad, fue conocida como calle de los Melgarejo, por encontrarse allí la residencia de esta poderosa familia de la nobleza sevillana del siglo XVII.

El origen del nombre de Barrabás se encuentra en una de las leyendas más célebres de la Sevilla barroca. Según la tradición, durante la procesión del Corpus Christi de 1627, don Fernando Ortiz de Melgarejo, caballero veinticuatro de la ciudad y miembro de una de las familias más influyentes de la época, contempló el desfile desde un balcón situado en la confluencia de las calles Cerrajería y Cuna. Lo hizo acompañado de doña Dorotea de Sandoval, una mujer casada con la que mantenía una relación amorosa, a pesar de estar él mismo casado con la noble doña Luisa Maldonado.

Balcón, donde los dos amantes se exhibieron.

En una sociedad donde las infidelidades de la aristocracia no eran infrecuentes, lo verdaderamente escandaloso fue la exhibición pública de aquella relación durante uno de los actos religiosos más solemnes del calendario sevillano. La noticia llegó pronto a oídos de doña Luisa, quien, siempre según la leyenda, decidió vengarse envenenando a la amante de su marido.

La tragedia no terminó ahí. Don Fernando, hombre de temperamento violento, ordenó asesinar a su propia esposa. Poco tiempo después, el viudo de doña Dorotea desafió a Melgarejo a un duelo en el que, con la ayuda de un criado mulato, logró darle muerte. La sucesión de crímenes y venganzas causó una enorme conmoción entre los sevillanos y dio origen a una copla popular que durante mucho tiempo se transmitió de generación en generación:

"En la calle de Escarpín
mataron a Barrabás.
Si vives como él vivió,
lo mismo que él morirás."

La figura de “Barrabás” terminó identificándose con el propio Fernando Ortiz de Melgarejo, hasta el punto de que la antigua calle de los Melgarejo acabó adoptando popularmente ese sobrenombre, conservándolo de forma oficial hasta mediados del siglo XIX. Así, una leyenda nacida en un balcón de la calle Cerrajería terminó dejando su huella en la toponimia del barrio de Santa Cruz, demostrando cómo la memoria popular ha sido capaz de convertir episodios reales o legendarios en parte del paisaje histórico de Sevilla.

Casa de la familia Melgarejo

Urbanísticamente, Cerrajería presenta un trazado prácticamente rectilíneo, aunque una suave curvatura en su parte central y un ligero ensanchamiento hacia su extremo rompen la rigidez de la perspectiva. El plano elaborado por Pablo de Olavide en 1771 muestra una configuración muy semejante a la actual, si bien durante los siglos XIX y XX se realizaron diversas alineaciones para regularizar las fachadas y mejorar el tránsito.

El caserío ofrece una interesante mezcla de edificios de distintas épocas. Predominan las viviendas levantadas durante la primera mitad del siglo XX, aunque sobreviven algunos inmuebles tradicionales con balcones y cierros acristalados. Entre ellos destaca el edificio de la antigua Ciudad de Londres, situado en la esquina con la calle Cuna. Diseñado por el arquitecto José Espiau y Muñoz entre 1912 y 1914, constituye uno de los mejores ejemplos de la arquitectura regionalista con influencias neomudéjares aplicada a edificios comerciales en Sevilla.

Ciudad de Londres

La calle también conserva elementos devocionales que recuerdan la religiosidad popular sevillana, como el retablo cerámico dedicado a Nuestro Padre Jesús del Gran Poder situado junto a la esquina de Sierpes.

A lo largo de su historia, Cerrajería ha sido escenario de algunos de los acontecimientos públicos más importantes de la ciudad. Por ella han transitado procesiones religiosas, entradas triunfales, desfiles militares y ceremonias oficiales desde la Edad Moderna. En 1625 figura entre las calles que el Ayuntamiento ordenó limpiar especialmente para facilitar el paso de las cofradías de Semana Santa. Cinco años más tarde se levantó en su esquina un arco triunfal para celebrar la canonización de San Fernando. También discurrieron por ella las procesiones organizadas con motivo de proclamaciones reales, funerales de monarcas, rogativas por la lluvia y otras grandes solemnidades.

Pero si existe una celebración inseparable de Cerrajería esa es la procesión del Corpus Christi. Cada año, desde hace siglos, la calle se convierte en uno de los tramos más vistosos del recorrido.

El comercio ha sido la otra gran seña de identidad de Cerrajería desde la Edad Media. Primero fueron los talleres de herreros y cerrajeros; después llegaron los almacenes, mercerías, ferreterías, librerías, joyerías, perfumerías y establecimientos especializados que hicieron de esta calle uno de los ejes comerciales más prestigiosos de Sevilla. Ya en 1873 el escritor Álvarez Benavides afirmaba que prácticamente todos sus edificios estaban ocupados por negocios fabriles o comerciales, mientras que la prensa de la época elogiaba la calidad de sus establecimientos y la animación constante de sus noches gracias a la moderna iluminación de gas.

Durante buena parte del siglo XX convivieron aquí comercios históricos muy populares. Entre ellos sobresalía la tienda de ultramarinos Los Tres Leones, célebre por los ingeniosos versos que exhibía en sus escaparates, así como una conocida ferretería identificada por una gigantesca llave de hierro suspendida sobre su fachada.

El establecimiento fue fundado en 1900 por Antonio Gómez y Sáinz de la Maza en el número 32 de la calle Cerrajería —aunque algunas referencias antiguas lo sitúan en el número 28 debido a las sucesivas renumeraciones de la vía—. Tras el fallecimiento de su fundador, el negocio pasó a ser propiedad de su viuda y, posteriormente, fue heredado por dos empleados que llevaban muchos años trabajando en la casa, una circunstancia poco habitual que demuestra el fuerte vínculo existente entre los propietarios y quienes dedicaron gran parte de su vida al establecimiento.

Como era habitual en los comercios de la época, el edificio constaba de dos plantas. La baja estaba destinada a la atención al público, mientras que la superior servía de almacén donde se guardaban las mercancías antes de ser despachadas. El local de ventas, de planta rectangular, estaba rodeado por estanterías de madera pintada que cubrían prácticamente todo el perímetro de la tienda y permitían exponer una enorme variedad de productos coloniales y ultramarinos. Un amplio mostrador de madera con encimera de mármol, dispuesto en forma de L, separaba la zona reservada a los dependientes del espacio destinado a la clientela, evocando la imagen de aquellos comercios donde el trato personal y la venta asistida eran parte esencial de la experiencia de compra.

Sin embargo, lo que convirtió a Los Tres Leones en un comercio inolvidable fue, sobre todo, su magnífica fachada. Estaba revestida con una rica decoración de azulejos cerámicos realizados en los talleres de Triana, reflejo del esplendor que alcanzó la cerámica sevillana entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Sobre el dintel figuraba el nombre de la propietaria, "Vda. de A. Gómez y Sáinz de la Maza", acompañado por un escudo ornamental, mientras que en las jambas del acceso dos elegantes tondos anunciaban las especialidades del establecimiento con las inscripciones "Coloniales al por menor" y "Ultramarinos".

Presidiendo la composición aparecía un gran panel decorativo con los tres leones que daban nombre al comercio. El escaparate, enmarcado por carpintería de madera y apoyado sobre un zócalo de mármol, completaba una fachada de extraordinaria calidad artística que unía funcionalidad y belleza.

Los Tres Leones fue mucho más que una tienda de alimentación. En una época en la que los ultramarinos constituían el principal lugar de abastecimiento de las familias, ofrecía cafés, chocolates, conservas, especias, legumbres, vinos, aceites y una amplia gama de productos llegados de otros lugares del mundo, conocidos entonces como "coloniales". Estos establecimientos eran también espacios de encuentro, donde el comerciante conocía a sus clientes por su nombre y el trato cercano formaba parte inseparable de la actividad cotidiana.

Los Tres Leones

Los Tres Leones

Otro establecimiento emblemático es la Confitería Ochoa, una de las más antiguas de Sevilla, que continúa elaborando dulces tradicionales y logró reabrir sus puertas tras el incendio que sufrió en 2001.

Los orígenes de la histórica Confitería Ochoa se remontan a finales del siglo XIX, una época de profundas transformaciones para Sevilla. Fue entonces cuando abrió sus puertas en la emblemática calle Sierpes, esquina a Cerrajería, bajo el nombre de Granja Victoria, iniciando una trayectoria que, con el paso de los años, la convertiría en uno de los establecimientos más prestigiosos de la repostería sevillana.

Aquella primera confitería, de carácter familiar, fue ganándose poco a poco el favor de la clientela gracias a la calidad de sus elaboraciones y a un trato cercano que pronto la hicieron formar parte de la vida cotidiana de varias generaciones de sevillanos.

Con el paso del tiempo, el negocio adoptó el nombre de Ochoa, en homenaje a su propietario, Rafael Ochoa Vila, cuya dedicación y saber hacer consolidaron el prestigio de la casa. Desde entonces, el apellido Ochoa quedó estrechamente ligado a la tradición confitera de Sevilla, convirtiéndose en un referente de la pastelería artesanal y en una firma reconocida por la calidad de sus dulces y por su larga vinculación con la historia comercial de la ciudad.

Confitería Ochoa

Hoy, Cerrajería mantiene intacta su vocación comercial. Tiendas de moda, ópticas, joyerías, librerías, perfumerías, establecimientos de regalos y cafeterías ocupan los bajos de sus edificios, mientras muchas de las plantas superiores se destinan a oficinas o almacenes.

Pocas calles del centro histórico sevillano reúnen con tanta claridad la tradición artesanal, la actividad mercantil y el protagonismo urbano de Cerrajería, una vía que desde hace más de quinientos años forma parte inseparable del pulso cotidiano de Sevilla.

AREA CENTRO 2

Calle Rivero.

La calle Rivero, que une las calles Cuna y Sierpes en pleno corazón del casco histórico de Sevilla, es una vía de reducido recorrido que, pese a su discreto tamaño, atesora una interesante evolución histórica.

Calle Rivero

Hasta finales del siglo XIX fue conocida como calle Limones, nombre documentado al menos desde 1471 y que, en algunos documentos decimonónicos, aparece también con la variante de Limoneros. En 1883 recibió su denominación actual en homenaje al sevillano Nicolás María Rivero (1814-1878), destacado médico, abogado, periodista y político, fundador del Partido Democrático y presidente del Congreso de los Diputados durante el Sexenio Democrático.

Su trazado presenta una singularidad que rompe la apariencia de calle recta. Aproximadamente a la altura del número 8 describe un acusado quiebro que estrecha considerablemente el paso, formando un codo que constituye una de sus señas de identidad. Aunque esta disposición ya aparece reflejada en el plano de Pablo de Olavide de 1771, la documentación municipal demuestra que antiguamente fue aún más estrecha e irregular. A lo largo del siglo XIX el Ayuntamiento aprobó diversos proyectos de alineación y ensanche, especialmente en 1867 y 1899, con el objetivo de mejorar la circulación y el aspecto urbano de una calle que la prensa de la época calificaba de angosta y poco funcional.

Calle Rivero

Desde comienzos del siglo XVII la vía estaba empedrada, siendo sustituido este pavimento por losas en 1858 y, posteriormente, por un firme de cemento en 1900. En la actualidad conserva el mismo tipo de losetas que caracterizan a la cercana calle Sierpes, carece de aceras y mantiene un uso exclusivamente peatonal. La iluminación se resuelve mediante brazos de fundición fijados a las fachadas, una solución muy habitual en las calles más estrechas del centro histórico.

El caserío responde, en su mayor parte, a edificios de viviendas levantados durante la primera mitad del siglo XX, que conviven con algunas casas tradicionales de tres plantas conservadas de épocas anteriores. El conjunto contrasta con el edificio de líneas modernas situado en la esquina con Sierpes, revestido de mármol y destinado desde hace décadas a uso bancario.

Pese a encontrarse en una de las zonas más céntricas de Sevilla, durante buena parte del siglo XIX la calle Rivero tuvo una imagen muy distinta a la actual. Los periódicos denunciaban con frecuencia la falta de limpieza, la acumulación de residuos y la existencia de un urinario público que contribuía a deteriorar su aspecto. También eran habituales las quejas vecinales por la inseguridad nocturna y por la presencia de establecimientos relacionados con la prostitución, una circunstancia que llegó a convertir la calle en un lugar de escasa reputación.

Con el paso del tiempo ese ambiente fue desapareciendo y la calle se transformó en un espacio de intensa actividad comercial y hostelera. Durante buena parte del siglo XX albergó bares, pequeños hoteles, casas de juego y numerosos negocios que atraían a una clientela muy diversa. El poeta Manuel Machado dejó constancia de algunos de estos establecimientos en sus Estampas sevillanas, mientras que la escritora Mercedes Formica, que pasó parte de su infancia en un edificio de la antigua Compañía Catalana de Gas situado en esta calle, evocó en sus memorias el animado ambiente que se respiraba en torno a 1931. Recordaba un constante ir y venir de vendedores de lotería, limpiabotas, marisqueros, corredores de fincas, tratantes de ganado, cantaores flamencos y personajes populares que llenaban la calle de voces, pregones y bullicio.

En las últimas décadas Rivero ha ido perdiendo parte de esa intensa vida cotidiana, aunque continúa siendo una calle eminentemente comercial. Muchos de sus locales mantienen un carácter tradicional, con establecimientos especializados en corsetería, óptica, grifería, mobiliario o librerías de viejo, actividades que le confieren una personalidad distinta a la de otras calles próximas dominadas por las grandes franquicias.

Entre sus comercios históricos destacó durante muchos años La Preventiva, situada en el número 13, una antigua tienda dedicada a productos de higiene personal que llegó a ser una referencia en Sevilla por la singularidad de su oferta. A pesar de sufrir un importante incendio en 1984, el establecimiento reabrió sus puertas y continuó formando parte del paisaje urbano de la calle.

En la esquina con Sierpes fue durante décadas muy conocido el Bar Rivero, célebre por sus calamares fritos, cuyo aroma se extendía por toda la zona y quedó grabado en la memoria de muchos sevillanos. La calle posee además un pequeño valor biográfico, ya que en una de sus viviendas nació en 1922 el pintor Baldomero Romero Ressendi, uno de los artistas sevillanos más personales del siglo XX.

Hoy, la calle Rivero constituye un discreto pasaje entre Cuna y Sierpes donde conviven la memoria de la Sevilla más popular con un comercio tradicional que aún resiste el paso del tiempo. Su reducido tamaño contrasta con la riqueza de las historias que han transcurrido entre sus fachadas, convirtiéndola en una de esas calles que mejor reflejan la evolución urbana y social del centro histórico sevillano.