viernes, 13 de marzo de 2026

RUTAS POR SEVILLA: Vírgenes

Virgen del Buen Consejo. Iglesia de la Magdalena.

El retablo que hoy preside la advocación de Nuestra Señora del Buen Consejo forma parte del conjunto retablístico concebido para ornamentar el renovado templo conventual de San Pablo de Sevilla. Este programa decorativo, realizado para enriquecer los espacios devocionales del convento dominico, articulaba distintos altares dedicados a figuras especialmente vinculadas a la espiritualidad de la orden y a diversas devociones marianas.

Retablo de la Virgen del Buen Consejo

En la actualidad, la hornacina central del cuerpo principal está ocupada por un relieve dedicado a la Virgen del Buen Consejo, que constituye el elemento devocional principal del conjunto.

Hornacina con la Virgen del Buen Consejo 

Sin embargo, diversos indicios sugieren que el retablo tuvo originalmente otra dedicación. Se ha planteado que estuvo consagrado a la beata Juana de Aza, madre de Santo Domingo de Guzmán. Esta hipótesis se basa principalmente en el relieve que se conserva en la hornacina central del ático. En él aparece representada una figura femenina perteneciente a la orden dominica, recostada ante un altar y asistida por un ángel, en una escena de carácter visionario o místico. La iconografía podría relacionarse con episodios de la vida de Juana de Aza, particularmente con las visiones que, según la tradición hagiográfica, precedieron al nacimiento de su hijo. No obstante, la identificación no es completamente segura, ya que falta uno de los elementos más característicos de su iconografía: el perro que porta una antorcha encendida en la boca, símbolo del futuro predicador que “encendería” el mundo con la luz de la fe.

Sueño de la madre de Santo Domingo Santa Juana de Aza

La hornacina principal del retablo acoge en la actualidad un relieve de escaso resalte que representa a la Virgen del Buen Consejo. La obra, de aproximadamente 90 por 80 centímetros, fue realizada en madera, estofada y policromada por el escultor Sebastián Santos Rojas en 1950. En ella se representa a la Virgen sosteniendo al Niño Jesús en brazos, en una composición de gran intimidad y delicadeza. Ambos rostros se aproximan con suavidad, transmitiendo una sensación de ternura y profunda comunicación afectiva, rasgo característico de muchas de las creaciones marianas del artista.

Detalle de la Virgen del Buen Suceso

Desde el punto de vista estilístico, la obra revela la influencia de la tradición iconográfica oriental, especialmente en la disposición de las figuras y en la actitud de recogimiento que preside la escena. No obstante, estos rasgos han sido reinterpretados por Sebastián Santos Rojas conforme a su propio lenguaje artístico, suavizando la rigidez propia de los iconos y dotando al conjunto de una mayor naturalidad expresiva. Como detalle personal, el escultor aprovechó la cabeza del Niño Jesús para retratar los rasgos de su propio hijo, gesto que introduce una dimensión íntima y familiar en la obra.

Detalle de la Virgen del Buen Suceso

La advocación de la Virgen del Buen Consejo presenta a María como guía y consejera espiritual de los fieles, aquella que orienta al creyente en la toma de decisiones y le ayuda a discernir el camino correcto, especialmente en momentos de duda o dificultad.

Esta devoción posee una larga tradición en el ámbito de la espiritualidad católica y se originó en la región italiana del Lacio. Su difusión se vincula al célebre icono venerado en la localidad de Genazzano, que desde el siglo XV se convirtió en centro de una intensa devoción mariana.

Según una antigua tradición o leyenda, el 25 de abril de 1467, durante la celebración de la festividad de la Virgen del Buen Consejo, los habitantes de Genazzano escucharon una música celestial que parecía descender del cielo. Al mismo tiempo, un rayo de luz iluminó el muro del fondo de una capilla perteneciente a una iglesia de la orden agustiniana. Las campanas comenzaron a sonar de forma repentina y, según el relato transmitido por la tradición, los campanarios de la localidad respondieron al unísono. Cuando la nube luminosa se disipó lentamente, apareció sobre el muro una pintura de la Virgen con el Niño en brazos, imagen que pronto comenzó a ser venerada por los fieles como la Virgen del Buen Consejo. La noticia del prodigio llegó a Roma y el papa Paulo II ordenó investigar los hechos para verificar la autenticidad del fenómeno.

La veneración hacia esta imagen ha perdurado a lo largo de los siglos y ha sido reforzada por numerosos acontecimientos vinculados a su santuario. Durante la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, una explosión provocada por una bomba dañó gravemente el altar mayor de la basílica de Genazzano, destruyendo gran parte de su estructura. Sin embargo, la imagen de la Virgen permaneció intacta, hecho que fue interpretado por muchos fieles como una señal de especial protección.

A lo largo de la historia, diversos pontífices han manifestado una particular devoción hacia esta advocación mariana. El papa Pío V envió como exvoto un corazón de oro en señal de gratitud. Urbano VIII peregrinó al santuario en 1630 para implorar la intercesión de la Virgen durante una grave epidemia. Inocencio XI promovió la coronación de la imagen, mientras que Benedicto XIV aprobó la Cofradía de Nuestra Señora del Buen Consejo, de la que fue su primer miembro. Posteriormente, Pío IX introdujo esta invocación en las letanías del Rosario, y León XIII incorporó el título “Madre del Buen Consejo” a las letanías lauretanas. Pío XII llegó incluso a considerarla patrona de su pontificado.

La devoción ha continuado viva hasta la actualidad. El primer papa perteneciente a la Orden de San Agustín, León XIV, visitó el santuario de Genazzano apenas dos días después de su elección para orar ante la imagen, repitiendo así un gesto que ya había realizado en momentos decisivos de su vida, como cuando fue elegido superior de los agustinos o cuando recibió el nombramiento episcopal y posteriormente el cardenalato. No es extraño, por tanto, que la Orden de San Agustín haya mantenido una especial devoción hacia esta advocación, muy difundida en sus iglesias, parroquias y centros educativos, y venerada también por numerosos santos y beatos a lo largo de la historia.

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