lunes, 20 de enero de 2025

RUTAS POR SEVILLA: Ruta Flamenca

Enrique Jiménez Mendoza "Enrique el Cojo". 

Dibujo de Miguel Alcalá (Museo del baile flamenco). (CC BY 3.0)

Enrique Jiménez Mendoza, más conocido por Enrique el Cojo nació en Cáceres, el 31 de marzo de 1912. Hijo de Enrique Jiménez Ávalos y de Julia Mendoza Espino, tenía dos hermanas.

Es larga la lista de bailaores cojos que ha dado la Historia del flamenco, una singular pléyade que asombra por su afán de superación y por el valor de sus aportaciones, así como por el irresistible carisma de algunos de ellos.

En este sentido, Enrique Jiménez Mendoza es quizá la persona con discapacidad física que ha llegado no sólo a figura, sino a maestro del baile, demostrando claramente que la discapacidad física no es un freno para el arte.

Su familia se trasladó a vivir a Sevilla cuando Enrique tenía tres años y a los ocho años sufrió un tumor en la pierna izquierda que no terminó de sanar, dejándole como secuela una cojera permanente.

Su madre le aplicaba un ungüento conocido como el purgante de la calle Relator, por venderse en una botica de esa calle Sevillana. Poco a poco sanó la calentura, pero su cuerpo quedó contrahecho y en sus andares permaneció la cojera.

Intentó ganarse la vida como enfermero y fotógrafo, pero desde muy temprana edad había sentido la llamada del flamenco, a pesar de que su padre, empleado en una cervecería de la calle Sierpes, se negaba a respaldar esta vocación por considerarla de baja categoría.

Así comentaba: "Cuando yo tenía seis o siete años bailaba mucho con una chiquilla que se llamaba Angelita la de la Escalera Ancha”

Se formó con Frasquillo y Pericet, pero con un estilo propio y un fuerte toque autodidacta lejos del academicismo. Para él, “El baile sale de lo profundo de uno, y da lo mismo donde se exprese, porque su expresión es válida siempre que uno la deje brotar”.

Enrique el cojo en una de sus actuaciones. (CC BY 3.0)

En 1925 ganó un concurso celebrado en el salón sevillano Zapico (ver), cuyo premio consistía en un reloj de pulsera, donado por el guitarrista, cantaor y escritor “Fernando el de Triana”. Este éxito constituyó su revelación artística. Fue contratado para bailar en Salón Kursaal (ver), alternó con grandes figuras, como “La Macarrona” y “La Pompi” y estuvo muy ligado a el tablao “El Guajiro”.  

Su fama fue creciendo y comenzó a tener propuestas de alumnos, por lo que compaginó su presencia en los escenarios con la enseñanza. 

Baile de Enrique “El Cojo”. (CC BY 3.0)

Así abrió su primera academia de baile en Sevilla en la calle Peral (ver), y se trasladó definitivamente a la calle Espíritu Santo (ver) donde permaneció trabajando cincuenta y tres años, hasta su fallecimiento.

Durante más de medio siglo formaría a algunas de las mayores figuras de su tiempo, desde Lola Flores a Cristina Hoyos, Merche Esmeralda o Manuela Vargas, e incluso a alguna alumna ilustre, como la Duquesa de Alba.

Bailando con la Duquesa de Alba. (CC BY 3.0)

Bailó en Estoril para los Condes de Barcelona porque era requerido por aristócratas y señoritos de manera constante, lo que reforzó con anécdotas una vida que ya era rica en situaciones pintorescas y respuestas castizas.

Participó en la película “La Carmen” (1976) del cineasta gaditano Julio Diamante, protagonizada por Sara Lezana y con banda sonora de Manolo Sanlúcar.

También trabajó bajo las órdenes del gran director italiano Francesco Rosi en una adaptación del mito de la cigarrera, en la película “Carmen” (1984), compartiendo reparto con Plácido Domingo y Ruggero Raimondi, que estuvo nominada a los “Globos de Oro”. 

Mito y memoria de los bailaores cojos. (CC BY 3.0)

Recibió multitud de galardones a lo largo de su carrera: el Premio a la Enseñanza, la Medalla de Oro de las Bellas Artes, la Medalla del Trabajo y el Premio Puente de Plata, entre otros.

Alfredo Relaño, respecto a su estilo, señaló que destacaba en el “movimiento de los brazos, el dominio con ellos del espacio, el dibujo de arabescos según un concepto personal y artístico de la geometría”.

El autor teatral Alejandro Casona dijo de él: “Sevilla tiene un duende con ángel y un cojo con duende”.

Jose Luis Ortiz Nuevo le dedicó un libro titulado “De las danzas y andanzas de Enrique el Cojo: según la memoria del maestro”, en que evocaba a un hombre que "no era un 'esaborío'" pero que cuando terminaba de bailar se iba a su casa sin escuchar los requerimientos de los otros artistas para prorrogar la fiesta, del que destacamos algunas frases:

 “La silueta, los brazos, la intención, la gracia, el desparpajo y la desvergüenza están ahí”.

"No debe ser considerado como una anécdota en la historia del baile flamenco".

“Sólo por su dimensión humana se le debería conocer como artista".

"No se puede decir que hay una escuela sevillana de baile por el braceo y por lo femenino, cuando todo eso era Enrique El Cojo",

"Era todo lo contrario del maestro Otero, que tapaba las procacidades del tango para que no se vieran".

"Fue un rebelde, un revolucionario con canon, y eso está en sus brazos y en ese movimiento de las manos".

Enrique El Cojo, además de serlo, era sordo, calvo, feo, gordo y bajito, pero cuando se ponía a bailar hacía invisibles a sus compañeras de baile, por lo general jóvenes bellísimas, espigadas y elegantes, de ahí que algún crítico describiera como "un fabricante de milagros" al maestro sevillano.

Cristina Hoyos, una de sus grandes alumnas, recuerda que “Curiosamente, el hombre cuya cojera nunca supuso una limitación, ni mucho menos un complejo, padeció por su homosexualidad, que acaso le pareció un estigma social demasiado difícil de asumir. "Cuando salía a bailar se transformaba, era impresionante; zapateaba a su manera, con el pie cojo; en el fondo se creía una mujer y bailaba de una forma maravillosa".

Hoyos ha recordado, igualmente, la desbordante creatividad de Enrique, y aquella vez que les hizo una coreografía para estrenar en Nueva York y tuvo la ocurrencia de que las bailaoras salieran cubriéndose la cabeza con la falda negra del vestido, como las antiguas "cobijadas" de Vejer de la Frontera (cuya vestimenta heredada de los moriscos las cubría por completo para protegerse del sol y el viento).

Murió en Sevilla, 29 de marzo de 1985, y está enterrado en el Cementerio de San Fernando de Sevilla (ver).

Cementerio de san Fernando

En 1985, a propuesta de la Asociación de Comerciantes Feria-Regina, se rotuló en su nombre una barreduela de la calle Espíritu Santo (ver) donde tenía su academia en la casa núm. 26 A.

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