RUTAS POR SEVILLA: Vírgenes
Virgen de las Fiebres. Iglesia de la Magdalena.
Retablo de la Virgen de las Fiebres
En la nave del crucero de la iglesia de la Magdalena, junto a la puerta que conduce a la sacristía, se encuentra la imagen de la Virgen de las Fiebres.
La escultura fue realizada en 1564 por el escultor Juan Bautista Vázquez el Viejo y constituye una recreación de la antigua imagen que se veneraba en la desaparecida iglesia de San Pablo, perdida tras el hundimiento de aquel templo.
Aquella primitiva
talla fue considerada una de las representaciones marianas más sobresalientes
del Renacimiento sevillano, lo que explica el interés por reproducirla y
mantener viva su devoción.
Virgen de las Fiebres
La imagen muestra a la Virgen
sosteniendo al Niño Jesús sobre el brazo izquierdo, mientras con la mano
derecha recoge suavemente un pliegue del manto. Este gesto sencillo aporta
elegancia a la composición y contribuye a dotarla de una notable naturalidad.
La serenidad de los rostros y el refinado tratamiento de los paños revelan la
influencia de los modelos clásicos y el gusto estético propio del Renacimiento,
muy presente en la escultura sevillana del siglo XVI.
Detalle de la Virgen de las Fiebres
Detalle dela mano derecha de la Virgen de las Fiebres
Uno de los aspectos más admirables de
la obra es la delicada expresión del vínculo maternal entre la Virgen y el
Niño. María sostiene al pequeño con gesto protector, envolviéndolo con su
manto, mientras el Niño dirige su mirada hacia el rostro de su Madre como
buscando amparo. La expresión de ambos transmite una ternura contenida que
resume de manera magistral el sentido humano de la maternidad. Esa primera
sonrisa del Niño al contemplar a su Madre evoca el célebre verso de Virgilio:
“Incipe, parve puer, risu cognoscere matrem”, que puede traducirse como
“empieza, pequeño niño, a reconocer a tu madre con la sonrisa”.
Detalle de la Virgen de las Fiebres
La expresión de estos sentimientos
constituye una de las características más destacadas de la escuela escultórica
sevillana, que supo conjugar la emotividad con una elegante sobriedad. En esta
obra de Juan Bautista Vázquez el Viejo la ternura de los rostros alcanza una
intensidad especialmente lograda, sin caer nunca en el exceso expresivo. A ello
se suma el magnífico tratamiento de los pliegues de las vestiduras, tallados
con sobriedad y equilibrio, que contribuyen a reforzar la armonía general del
conjunto. La escultura transmite, en definitiva, una sensación de cercanía y
acogimiento que explica el profundo arraigo devocional que llegó a alcanzar.
Detalle del Niño
Durante siglos la imagen gozó de gran
veneración en Sevilla. A ella acudían especialmente las mujeres para implorar
protección frente a las fiebres y complicaciones tras el parto, mientras que el
resto de la población también solicitaba su intercesión contra las enfermedades
febriles que con tanta frecuencia afectaban a la sociedad de la época. De esta
tradición procede la antigua advocación de Virgen de las Fiebres con la que fue
conocida.
La tradición
piadosa vincula esta devoción con un episodio relacionado con la muerte de
Alfonso XI de Castilla y los acontecimientos que siguieron a su fallecimiento.
En 1350 el monarca se encontraba sitiando el Peñón de Gibraltar cuando la
epidemia de peste que desde hacía años se extendía por la península alcanzó
también el campamento cristiano. Muchos soldados enfermaron y, pese a las
precauciones adoptadas, el propio rey contrajo la enfermedad. Fue apartado del
frente con la esperanza de favorecer su recuperación, pero finalmente falleció
en marzo de ese mismo año.
La muerte del
monarca obligó a levantar el cerco de Gibraltar, pues el ejército castellano se
encontraba muy debilitado por la epidemia. El cadáver de Alfonso XI fue
trasladado a Sevilla para recibir sepultura. En la comitiva fúnebre viajaban,
entre otros, Leonor de Guzmán (perteneciente a una destacada familia sevillana
y amante del rey) y los hijos de ambos, Enrique y Fadrique.
En Sevilla
aguardaban la reina legítima, María de Portugal, y el joven príncipe Pedro I de
Castilla, de sobrenombre el Cruel para unos y el Justiciero para potros, que
fue proclamado rey con apenas dieciséis años. Poco después de su proclamación,
el nuevo monarca enfermó gravemente, hasta el punto de temerse por su vida.
Según la tradición, su madre imploró entonces la intercesión de la Virgen de
las Fiebres, cuya primitiva imagen era una escultura de terracota situada en el
claustro del convento dominico de San Pablo.
La
leyenda cuenta que, tras varios días de oración, el joven rey experimentó una
inesperada mejoría y logró recuperarse de la enfermedad. En agradecimiento por
la curación, la reina prometió ofrecer una escultura de plata que representara
a su hijo arrodillado en actitud orante ante la Virgen. Una vez restablecido,
el propio monarca cumplió el voto y la estatua fue colocada a los pies de la
imagen mariana como exvoto de gratitud.
Sin embargo, los cambios políticos
posteriores alteraron el destino de aquella ofrenda. Tras la victoria de
Enrique II de Castilla y el final del reinado de Pedro I, la presencia de una efigie
del monarca derrotado dejó de ser conveniente. Por este motivo la estatua fue
retirada y con el paso del tiempo se perdió su rastro, sin que se conserve
noticia cierta de su paradero.
Pese a la
desaparición de aquel exvoto, la devoción a la Virgen de las Fiebres continuó
viva durante siglos, enriquecida por la tradición popular y por los relatos
históricos que acompañaron a esta advocación mariana. La actual imagen de la
Virgen de las Fiebres conserva así la memoria de una devoción profundamente arraigada
en la historia religiosa de Sevilla.
