miércoles, 12 de agosto de 2026

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Convento de San Acacio(Derribado). 

El convento de San Acacio situado en la actual calle Pedro Caravaca, en la esquina con Sierpes, tiene una historia vinculada a la actividad intelectual y religiosa de la Orden de San Agustín y, posteriormente, a la transformación urbana de esta zona del centro histórico.

Calle Pedro Caravaca

Los agustinos, establecidos en Sevilla desde la Edad Media en su Casa Grande de San Agustín, proyectaron durante el siglo XVI la creación de un colegio destinado a la formación de los miembros de la orden. El primer intento de establecerlo en Castilleja de la Cuesta no llegó a prosperar por falta de recursos. La situación cambió en 1593, cuando Leonor de Virués, viuda de Gaspar Ruiz de Montoya, caballero veinticuatro de Sevilla (ver), donó a los religiosos unas casas con jardín y huerta situadas extramuros, en las proximidades de la Cruz del Campo. Allí se fundó el Colegio de San Acacio, cuya iglesia quedó concluida en 1601. La propia Leonor de Virués se reservó en ella una capilla para enterramiento familiar.

En 1633 los agustinos trasladaron el colegio al interior de la ciudad, instalándose provisionalmente en unas casas frente al convento de Santa Paula. Al año siguiente adquirieron unas casas en la calle Sierpes, propiedad de Francisco Pérez de Meñacas, donde establecerían definitivamente el Colegio y Convento de San Acacio. Las obras fueron financiadas por Melchor de León Garavito, pariente de Leonor de Virués, y concluyeron hacia 1660.

El nuevo convento no fue únicamente un espacio de vida religiosa. Como colegio agustino, desempeñó también una importante función docente y cultural, y durante el siglo XVIII llegó a convertirse en uno de los focos intelectuales de la ciudad. Entre los religiosos vinculados a la institución destacó Gaspar de Molina y Oviedo, antiguo alumno del colegio, que llegó a ser general de la Orden de San Agustín, obispo y cardenal. A su muerte, en 1744, legó sus libros al colegio con la finalidad de que Sevilla dispusiera de una biblioteca pública. El Ayuntamiento costeó el traslado de los volúmenes desde Málaga y las obras necesarias para instalarla, de modo que en 1749 abrió sus puertas una biblioteca que se convirtió en una importante institución cultural de la ciudad. Sus fondos fueron creciendo durante el siglo XVIII mediante adquisiciones y donaciones, y en 1775 fueron ampliadas sus instalaciones bajo la dirección del maestro mayor del Alcázar, Ignacio Moreno.

La biblioteca sobrevivió incluso a los primeros momentos de la crisis del convento. Durante la invasión francesa de 1810, el bibliotecario fray José Govea y el Ayuntamiento lograron evitar su saqueo. Aunque la comunidad agustina fue exclaustrada y el edificio destinado a otros usos, la biblioteca continuó abierta bajo la custodia de un religioso, aunque con grandes dificultades económicas. Finalmente, la desamortización de 1835 supuso su desaparición y, en 1878, los fondos que aún permanecían en ella fueron entregados a la Universidad de Sevilla.

La historia del convento estuvo también relacionada con algunas de las grandes devociones y hermandades de la Sevilla barroca. En 1680 se instaló en su iglesia la Hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración y María Santísima del Rosario. Asimismo, entre finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, el convento fue sede de la Cofradía del Santo Cristo del Gran Poder y la Santísima Virgen del Traspaso, antecedente de la actual Hermandad del Gran Poder. Durante aquellos años la corporación permaneció vinculada a este templo antes de continuar su recorrido por otros espacios de la ciudad.

Azulejo que alude al Colegio de San Acacio. El Real Circulo de Labradores y la Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder

El convento fue asimismo escenario de manifestaciones de religiosidad popular. Desde 1728 partía de él un rosario masculino que recorría las calles en las primeras horas de la noche dedicado a la Virgen del Buen Aire. A partir de 1758 pudieron incorporarse también las mujeres, reflejo de la importancia que habían adquirido este tipo de procesiones de rosario en la religiosidad sevillana del siglo XVIII.

La invasión francesa supuso un punto de inflexión decisivo. En 1810 la comunidad fue exclaustrada y el edificio pasó a albergar la Oficina de Crédito Público. Tras la retirada de las tropas francesas, los usos civiles se multiplicaron. En 1813 se instaló en el antiguo colegio la Escuela de Tres Nobles Artes, destinada a la enseñanza artística, mientras otras dependencias fueron utilizadas por la Hacienda Pública. Los agustinos intentaron recuperar su colegio en 1819 y 1825, pero los acuerdos alcanzados permitieron que la institución artística continuara funcionando.

A partir de mediados del siglo XIX el antiguo convento adquirió una nueva función administrativa al convertirse en sede de Correos y Telégrafos. Permaneció destinado a este uso hasta que Correos se trasladó al nuevo edificio de la avenida de la Constitución, construido en 1930. Durante la década de 1860 el inmueble experimentó importantes transformaciones: algunas partes fueron derribadas y el sector central y el patio fueron restaurados según un proyecto del arquitecto provincial Balbino Marrón y Ranero.

Tras décadas de abandono y transformación, el edificio llegó al siglo XX en un estado muy deteriorado. En 1951 fue adquirido por el Real Círculo de Labradores, que decidió convertirlo en su sede social.

El arquitecto José María Benjumea proyectó una sede de carácter neobarroco. La intervención supuso la demolición de buena parte de las antiguas estructuras conventuales. De aquel complejo conventual, sometido a tantas transformaciones, ha llegado hasta nuestros días una parte de su antigua fachada y, sobre todo, su magnífico claustro barroco, en la que el antiguo patio pasó a convertirse en el gran espacio representativo de la institución.

Su construcción primitiva se sitúa hacia 1690 y se relaciona con Leonardo de Figueroa, uno de los grandes maestros de la arquitectura barroca sevillana. De planta cuadrada, sus galerías se articulan mediante cuatro arcos de medio punto en cada uno de sus lados y presentan una extraordinaria riqueza ornamental.

El lenguaje decorativo del claustro es característico del barroco sevillano de finales del siglo XVII y comienzos del XVIII. Columnas salomónicas, atlantes, rocallas y abundantes motivos vegetales cubren pilastras, enjutas, arcos y frontones, creando un conjunto de gran dinamismo. Su exuberancia recuerda, por su riqueza ornamental, otros grandes proyectos de Leonardo de Figueroa, como el Palacio de San Telmo, aunque con características propias.

Para adaptarlo a su nueva función de sede social del Real Círculo de Labradores, el claustro fue cubierto con una montera de cristal y sus galerías inferiores se cerraron mediante cristaleras. La nueva decoración, concebida en armonía con la arquitectura histórica, incorporó mármoles, columnas, vidrieras y lámparas que contribuyeron a crear un interior de marcada estética historicista. De este modo, un espacio concebido originalmente para la vida conventual se transformó en un escenario social sin perder por completo la huella de su pasado. En 1995 el claustro fue declarado Bien de Interés Cultural en la categoría de Monumento.

Patio barroco

El antiguo convento de San Acacio es, en definitiva, un magnífico ejemplo de la capacidad de Sevilla para conservar su pasado incluso cuando sus edificios han perdido su función original. Su claustro constituye hoy la principal huella material de aquel colegio agustino y permite descubrir, detrás de una institución contemporánea, un fragmento excepcional de la ciudad barroca que durante siglos permaneció oculto a la mirada cotidiana.