lunes, 18 de mayo de 2026

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Archivo General de Indias.

HISTORIA

Archivo General de Indias

Paralelamente al funcionamiento de la Casa de la Contratación, en 1543 quedó constituido en Sevilla el Consulado de Mercaderes, también conocido en la documentación de la época como Universidad de Mercaderes. La institución nació para defender los intereses de los comerciantes vinculados al tráfico con las Indias. En los documentos sevillanos del siglo XVI se la menciona frecuentemente como Casa Lonja, mientras que numerosos viajeros europeos la denominaron simplemente la Bolsa de Sevilla. Ya en el siglo XIX, el edificio sería conocido sobre todo por albergar el Archivo General de Indias.

La creación del Consulado supuso una importante reducción de las competencias que hasta entonces ejercía la Casa de la Contratación sobre los asuntos mercantiles. Desde entonces, buena parte de los pleitos civiles y litigios comerciales pasaron a ser resueltos por el propio Consulado, cuyas principales ordenanzas quedaron fijadas en 1556.

En esta poderosa corporación estaban representados todos los comerciantes autorizados a tratar con las Indias, siempre que no fuesen extranjeros ni dependientes de firmas foráneas. Sus recursos económicos procedían principalmente de la “avería”, un impuesto o seguro marítimo obligatorio que gravaba las mercancías destinadas al comercio americano. Esta contribución permitía financiar la organización de armadas encargadas de proteger las flotas de Indias frente a corsarios y piratas, especialmente franceses e ingleses, cuya actividad constituía una amenaza constante para la navegación atlántica.

Precisamente para garantizar una mayor seguridad marítima, el Consulado impulsó el sistema de “flotas”, obligando a los barcos que viajaban entre España y América a navegar agrupados bajo protección militar. Este modelo sustituyó progresivamente al sistema de navíos sueltos y se convirtió en una de las bases del monopolio comercial sevillano durante los siglos XVI y XVII.

En sus primeros años, el Consulado careció de sede propia y compartió dependencias con la Casa de la Contratación. La actividad mercantil se desarrollaba habitualmente en las Gradas de la Catedral de Sevilla, e incluso dentro del propio templo cuando el mal tiempo impedía negociar al aire libre. Aquella situación generó frecuentes abusos con las consiguientes protestas por parte de las autoridades eclesiásticas. El arzobispo Cristóbal de Rojas denunció ante Felipe II la “indecencia y poca conveniencia” de aquellos tratos comerciales celebrados junto al recinto sagrado, donde no era raro ver entrar cabalgaduras y mercancías. Para evitar este ingreso de cabalgaduras, el Cabildo eclesiástico acordó el 19 de enero de 1565 poner cadenas alrededor de la Catedral.

Para solucionar este problema, Felipe II decidió promover la construcción de una lonja permanente destinada exclusivamente a las contrataciones mercantiles. El nuevo edificio se levantó en un espacio situado entre la Catedral, el Real Alcázar y la Casa de la Contratación, es decir, en el auténtico centro político, religioso y económico de la Sevilla imperial, pues el monarca pretendía crear un edificio representativo que alejase definitivamente las actividades mercantiles del interior de la Catedral.

Para ello fue necesario reorganizar una amplia zona urbana ocupada anteriormente por casas, almacenes y dependencias menores vinculadas al Cabildo catedralicio, junto a la Herrería Real parte de la Casa de la Moneda y el hospital de la Cruz, fundado en 1543 por Pedro Pecador, seguidor de San Juan de Dios, también conocido como el hospital de las Tablas, debido a la sencillez de sus camas, formadas por tarimas de madera.

Así nació la Lonja de Mercaderes, levantado entre 1585 y 1598, una de las obras más destacadas de la arquitectura civil del Renacimiento español. El proyecto fue diseñado por Juan de Herrera, arquitecto de El Escorial y máximo representante del clasicismo herreriano. Las obras comenzaron en 1583 y fueron dirigidas inicialmente por Juan de Minjares, continuándolas posteriormente Alonso de Vandelvira y Miguel de Zumárraga, quien introdujo algunas modificaciones respecto al diseño original, especialmente en el sistema de cubiertas y abovedamientos de la planta superior. La construcción se prolongó durante varias décadas, hasta quedar esencialmente concluida hacia 1646.

Azulejo

El cronista sevillano Diego Ortiz de Zúñiga dejó constancia de la inauguración del edificio en sus Anales de Sevilla, señalando que el 14 de agosto de 1598 comenzaron oficialmente las contrataciones en la nueva Lonja, cuando la planta baja, se supone, ya estaba terminada. Sobre la portada principal se colocó una inscripción que recordaba que Felipe II había mandado construir aquel edificio “a costa de la Universidad de los Mercaderes”, subrayando así el protagonismo financiero del Consulado en la obra: “El católico y muy alto y poderoso don Pheliphe Segundo rey de las Españas mando hazer esta lonja a costa de la Universidad de Mercaderes, de la cual hizo administradores perpetuos al prior y cónsules de la dicha Universidad. Comenzose a negociar en ella en 14 días del mes de Agosto de 1598 años”.

Durante los siglos XVII y comienzos del XVIII, la Lonja acogió la intensa actividad comercial vinculada al tráfico con las Indias. En sus salas se cerraban contratos, se registraban cargamentos, se negociaban seguros marítimos y se reunían los cargadores a Indias, protagonistas del comercio atlántico sevillano. Sin embargo, pese a la magnificencia de la nueva sede, muchos comerciantes continuaron utilizando las gradas de la Catedral para sus negocios, manteniendo una costumbre profundamente arraigada.

Con el paso del tiempo, además, el papel económico de Sevilla comenzó a transformarse. La ciudad dejó de exportar principalmente productos andaluces y pasó a actuar como gran centro distribuidor de manufacturas europeas destinadas a América. Los miembros del Consulado sevillano se convirtieron entonces, en gran medida, en representantes y comisionistas de importantes casas comerciales extranjeras, aunque siguieron defendiendo con firmeza el monopolio sevillano del comercio americano, incluso cuando las limitaciones del puerto interior del Guadalquivir empezaban a evidenciar el progresivo declive de la ciudad frente a Cádiz.

La segunda mitad del siglo XVII trajo consigo una profunda decadencia política y comercial del imperio español, circunstancia que afectó directamente a la actividad de la Lonja. El golpe definitivo llegó en 1717, cuando la Casa de la Contratación y la sede principal del comercio ultramarino fueron trasladadas a Cádiz. En Sevilla permaneció únicamente una Diputación de Comercio, mientras que el gran edificio de la Lonja comenzaba a perder la función para la que había sido concebido.

A lo largo del siglo XVIII el inmueble conoció usos muy diversos. Bartolomé Esteban Murillo fundó allí la Academia Pública de Pintura, con la participación de destacados artistas barrocos, entre otros, Francisco de Herrera el Mozo y Juan de Valdés Leal, una de las instituciones artísticas más importantes de la Sevilla barroca. De aquella época aún se conservan algunos “vítores” pintados sobre las fachadas.

Con el paso del tiempo y la pérdida de actividad institucional, algunas zonas del edificio llegaron incluso a utilizarse como casa de vecinos. Varias familias ocuparon antiguas oficinas y salas comerciales adaptándolas como residencias improvisadas, circunstancia que alteró parcialmente ciertos espacios interiores y evidenció el deterioro sufrido por el edificio durante aquellos años de decadencia.

Finalmente, en 1785, el rey Carlos III decidió destinar la antigua Lonja de Mercaderes a un nuevo uso de enorme trascendencia histórica: la creación del Archivo General de Indias. El proyecto fue impulsado por José de Gálvez, ministro de Indias, y organizado por el historiador y cosmógrafo Juan Bautista Muñoz. Su finalidad era reunir en un único lugar toda la documentación relacionada con la administración española en América y Filipinas, dispersa hasta entonces entre diversos archivos y dependencias oficiales.

Desde finales del siglo XVIII comenzaron a llegar sucesivamente los fondos documentales del Consejo de Indias, la Casa de la Contratación, los consulados mercantiles y diferentes secretarías de Estado.

Durante los siglos XIX y XX se llevaron a cabo nuevas reformas destinadas a mejorar la conservación de los documentos y adaptar el inmueble a las necesidades archivísticas modernas. Finalmente, en 1987, la UNESCO declaró Patrimonio Mundial al conjunto formado por la Catedral de Sevilla, el Real Alcázar y el Archivo General de Indias, reconociendo el extraordinario valor histórico y artístico de este enclave monumental.

Actualmente, el Archivo de Indias aloja más de 43.000 documentos de 80 millones de paginas y unos 8.000 mapas de los territorios de ultramar.

El espacio destinado a la investigación y a la gestión del Archivo General de Indias se encuentra hoy fuera del edificio histórico de la Lonja, aunque adosado a uno de sus laterales. El inmueble conocido como la “Cilla” fue remodelado para hacer compatibles las tareas administrativas y de consulta documental con el creciente desarrollo de las visitas públicas y las exposiciones organizadas en la antigua Lonja de Mercaderes.

Inmueble conocido como la “Cilla”

Detalle de la “Cilla”

Este edificio se apoya sobre el paño de muralla que enlaza el Real Alcázar de Sevilla con la Torre del Oro. Presenta planta rectangular, con una estructura organizada en torno a una planta baja sustentada por pilares y un piso principal articulado mediante columnas, cubiertos ambos por bóvedas vaídas. A ello se suman dos niveles posteriores, uno habilitado bajo cubierta y otro subterráneo destinado a sótano.

La comunicación entre la Cilla y la sede histórica del Archivo se realiza a través de un pasadizo subterráneo que discurre bajo la calle Santo Tomás. A lo largo de su historia, este inmueble ha desempeñado funciones muy diversas: perteneció inicialmente al cabildo catedralicio, fue utilizado desde 1972 por el Ayuntamiento de Sevilla como sede del Museo de Arte Contemporáneo y, en la actualidad, forma parte de las dependencias del Archivo General de Indias.

Hoy, el Archivo General de Indias representa mucho más que un gran depósito documental. La antigua lonja mercantil promovida por los comerciantes sevillanos, que llegó a convertirse en academia artística e incluso en casa de vecinos durante épocas de decadencia, terminó transformándose en el principal custodio de la memoria escrita de la expansión española en América y Filipinas y en uno de los símbolos culturales más universales de Sevilla.

CONSTRUCCIÓN

Las capitulaciones entre la Corona y el Consulado de Mercaderes se habían firmado años antes, pero las obras no comenzaron realmente hasta la primavera de 1583, entre marzo y abril de ese año. Tradicionalmente se ha atribuido el edificio únicamente a Juan de Herrera y a Juan de Minjares, aunque la documentación histórica demuestra que en su construcción intervinieron numerosos arquitectos y maestros mayores a lo largo de más de seis décadas de trabajos.

El proyecto original fue trazado por Juan de Herrera, arquitecto de El Escorial y máximo representante del clasicismo herreriano en España. Herrera concibió un edificio de líneas severas y monumentales, plenamente acorde con los ideales renacentistas de equilibrio, proporción y claridad arquitectónica. Frente a la exuberancia decorativa que más tarde caracterizaría al barroco sevillano, la nueva Lonja debía transmitir orden, estabilidad y autoridad institucional.

El primer maestro mayor encargado de ejecutar la obra fue Juan de Ochoa, que trabajó entre marzo y diciembre de 1583. Poco después fue sustituido por Juan de Minjares, recién llegado de las obras de El Escorial, quien dirigió los trabajos hasta su muerte en 1599. Durante aquellos años participaron también diversos aparejadores, entre ellos Juan Bautista de Zumárraga, Juan de la Maestra y, especialmente, Alonso de Vandelvira, hijo del gran arquitecto Andrés de Vandelvira.

La participación de Alonso de Vandelvira resultó fundamental en esta etapa. Desde 1589 ocupó el cargo de aparejador y más tarde, en 1610, el de arquitecto mayor de la Lonja. A él se atribuyen las espléndidas galerías superiores y buena parte del complejo sistema de cubiertas abovedadas que otorgan al edificio uno de sus rasgos más característicos.

Para salvar el desnivel del terreno se construyó sobre amplias gradas, lo que reforzaba todavía más su aspecto monumental. Su planta, prácticamente cuadrada, alcanza unos cincuenta y seis metros de lado y se organiza alrededor de un gran patio central porticado. El conjunto responde con claridad al lenguaje del Renacimiento herreriano: muros sobrios, ritmo geométrico, predominio de la masa sobre los vanos y una estudiada combinación de piedra y ladrillo que produce delicados contrastes de luces y sombras.

La construcción utilizó materiales procedentes de numerosas canteras de Andalucía y Portugal. Buena parte de la piedra llegó desde Jerez de la Frontera y San Cristóbal, aunque también se emplearon mármoles y piedras de Palomares, Puerto Real, Lebrija, Morón, Cádiz, Espera, Setúbal o Castro Marim. El resultado fue un edificio de enorme calidad constructiva, enriquecido con mármoles de distintos colores en pavimentos, escaleras y revestimientos decorativos.

En el interior, Herrera concibió un espacio inspirado en los grandes modelos clásicos italianos y escurialenses. El patio central, de doble arquería, presenta cinco arcos de medio punto por cada lado. Las columnas inferiores son dóricas y las superiores jónicas, evocando el célebre Patio de los Evangelistas del Monasterio de El Escorial. En torno a este patio se desarrollan amplias galerías cubiertas por bóvedas decoradas con casetones geométricos de gran sobriedad y elegancia.

Sin embargo, las obras sufrieron importantes dificultades económicas. La crisis que afectó al comercio sevillano a finales del siglo XVI provocó la paralización de los trabajos entre 1601 y 1609. Cuando la construcción se reanudó, la planta baja estaba prácticamente terminada y comenzaba a levantarse el cuerpo superior. Alonso de Vandelvira, que durante aquellos años había marchado a Cádiz para trabajar en sus fortificaciones, se negó a regresar, por lo que el Consulado nombró nuevo maestro mayor a Miguel de Zumárraga.

Zumárraga introdujo algunas modificaciones respecto al proyecto original y dejó una de las piezas más admiradas del edificio: la escalera que conduce a las azoteas, una elegante “escalera al aire”, sin caja cerrada, probablemente inspirada en modelos palladianos venecianos. Esta escalera se cubrió con una singular bóveda escamada presidida por el monograma JHS, símbolo de Jesucristo, cuya presencia continúa siendo uno de los elementos más curiosos del conjunto.

Cuando Zumárraga murió en 1629, la Lonja estaba casi concluida, aunque todavía faltaban remates y elementos exteriores. Tras él intervinieron Marcos Soto, Juan Bernal de Velasco y finalmente Pedro Sánchez Falconete, quien terminó definitivamente el edificio en 1646. Falconete añadió los paseos que rodean la Lonja y los característicos obeliscos piramidales que coronan las esquinas de las azoteas, concebidos para reforzar la verticalidad del conjunto frente a la inmensa mole de la Catedral.

Paradójicamente, cuando la Lonja quedó terminada, Sevilla ya había iniciado su decadencia comercial. El tráfico americano disminuía y el edificio apenas llegó a utilizarse plenamente para el fin con el que había sido creado. Con el paso del tiempo, el edificio fue degradándose hasta convertirse parcialmente en casa de vecinos. Cuando en 1784 el arquitecto Lucas Cintora visitó la antigua Lonja por orden de la Corona, encontró el interior dividido en numerosas habitaciones improvisadas para los empleados del Consulado y otras familias que residían allí.

Poco después, en 1785, el rey Carlos III decidió dar al edificio una función mucho más trascendental: reunir en un único lugar toda la documentación relacionada con la administración española en América y Filipinas. Nacía así el Archivo General de Indias. Para adaptar el edificio a su nueva función fue necesario desalojar a las once familias que habitaban la planta alta, derribar tabiques, limpiar techos ennegrecidos y restaurar las antiguas galerías renacentistas.

Lucas Cintora dirigió además la construcción de la actual escalera principal y reorganizó los espacios interiores para transformarlos en grandes salas de archivo. En las galerías se instalaron monumentales estanterías de roble sobre bancos de mármol rojo, destinadas a custodiar millones de documentos procedentes de la administración imperial española.

Desde entonces, el edificio quedó definitivamente unido a la memoria histórica del mundo hispánico. Su arquitectura renacentista, austera y majestuosa, terminó convirtiéndose en el marco ideal para conservar uno de los archivos documentales más importantes del planeta. Restaurado nuevamente entre 1999 y 2005, el antiguo edificio de la Lonja de Mercaderes sigue siendo hoy una de las grandes obras maestras de la arquitectura civil del Renacimiento español y uno de los símbolos monumentales más destacados de Sevilla.

EXTERIOR

Glorieta Americanista Luis Navarro Gracia

Delante del Archivo General de Indias se sitúa la Glorieta Americanista Luis Navarro Gracia ocupando parte de unos terrenos cargados de historia, vinculados durante siglos al desaparecido Colegio de Santo Tomás. Este importante conjunto conventual y docente fue fundado en 1517 por la orden dominica, estableciéndose extramuros de la antigua Sevilla medieval, en una zona que con el tiempo acabaría integrada en el corazón monumental de la ciudad. El colegio alcanzó pronto un notable prestigio intelectual y teológico, hasta el punto de que el emperador Carlos I le concedió en 1545 el rango de universidad, convirtiéndose así en uno de los precedentes más destacados de la posterior Universidad de Sevilla. Durante los siglos XVI y XVII el centro desempeñó un importante papel en la formación de religiosos, juristas y humanistas, siendo además foco de actividad cultural y académica de la ciudad.

El edificio permaneció en pie durante más de cuatro siglos, aunque sus usos fueron transformándose profundamente tras la Desamortización de Mendizábal de 1835. Con la exclaustración de los dominicos, el antiguo colegio perdió definitivamente su función religiosa y educativa, pasando a utilizarse con fines civiles y militares. Sus amplias dependencias sirvieron como cuartel, almacén y oficinas administrativas, iniciándose un progresivo deterioro que acabaría desembocando en su desaparición.

El derribo del antiguo Colegio de Santo Tomás se produjo finalmente en 1927, dentro del ambicioso proyecto de modernización urbana impulsado por el Ayuntamiento de Sevilla a comienzos del siglo XX. La demolición estaba contemplada en el plan de alineación y reforma de la actual Avenida de la Constitución, diseñado en 1906 por el arquitecto municipal José Sáez López. Aquella intervención urbanística transformó profundamente el entorno de la Catedral y del Archivo de Indias, creando amplios espacios abiertos y nuevas perspectivas monumentales acordes con la imagen de gran capital regional que Sevilla deseaba proyectar en vísperas de la Exposición Iberoamericana de 1929.

Sobre parte de los solares resultantes se proyectaron en 1928 los jardines que hoy conforman la glorieta, diseñados bajo la dirección del arquitecto Juan José Villagrán. El conjunto responde al gusto regionalista y paisajístico propio de la Sevilla de la Exposición del 29, apostando por una composición sencilla y armónica.

El jardín se estructura mediante una sucesión de arriates geométricos delimitados por setos bajos, organizados en torno a una fuente central que actúa como eje visual y ornamental del espacio. La vegetación, cuidadosamente distribuida, suaviza el entorno monumental y crea un pequeño oasis urbano junto al intenso tránsito de la avenida.

Vista de los jardines y la fuente desde la puerta del Archivo General de Indias

Vista de los jardines y la fuente desde la Avda. de la Constitución

La fuente constituye el elemento artístico más destacado de la glorieta. Su origen es anterior a la creación de los jardines, pues fue concebida inicialmente como pieza decorativa para uno de los patios interiores del Palacio del Conde de las Cinco Torres, en Chiclana de la Frontera, en la provincia de Cádiz. En abril de 1928 el Ayuntamiento de Sevilla adquirió la fuente a través de la casa de antigüedades de Francisco Piñares, incorporándola posteriormente a este nuevo espacio urbano como parte del embellecimiento de la ciudad con motivo de la Exposición Iberoamericana.

El conjunto escultórico se organiza en torno a una alberca poligonal de mármol, en cuyo centro se eleva un pedestal balaustrado que sostiene una taza circular. Sobre ella emerge el surtidor principal, formado por una composición de delfines entrelazados cuyos cuerpos sirven de soporte a los juegos de agua. La iconografía marina, muy frecuente en las fuentes barrocas y regionalistas andaluzas, enlaza simbólicamente con la tradición atlántica y americanista de Sevilla.

Detalle de la fuente

Detalle del surtidor principal

Detalle de un surtidor inferior

La decoración se completa con varias esculturas animales distribuidas alrededor de la fuente: dos leones, dos leonas y dos perros colocados sobre pedestales independientes, reforzando el carácter escenográfico y señorial del conjunto. Tanto la fuente como las figuras de los leones están realizadas en mármol, mientras que los perros fueron ejecutados en piedra de distinta factura. 

Imagen de la leona

Detalle de la leona

Imagen del león

Imagen de un perro

Imagen del otro perro

Todo ello configura uno de los rincones más singulares del entorno de la Avenida de la Constitución, donde el recuerdo del desaparecido Colegio de Santo Tomás convive con el urbanismo monumental surgido en la Sevilla de comienzos del siglo XX.

Cruz de los Juramentos

En el lateral del Archivo de Indias, en la calle Fray Ceferino González, se sitúa la Cruz de los Juramentos, pero este no fue su enclave original. Según los grabados antiguos se colocó en la fachada principal, en la esquina, en una plazoleta conocida como “Plaza de la Lonja” (leer mas)

Lateral del Archivo de Indias

Cruz de los Juramentos

Monumento a Nuestra Señora del Patrocinio

Fechado en 1756, este monumento se alza en la Plaza del Triunfo, a espaldas del Archivo General de Indias y frente al monumento de la Inmaculada. Está formado por una columna barroca coronada por una imagen de Nuestra Señora del Patrocinio, erigida como acción de gracias por la protección dispensada a Sevilla tras el devastador terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de 1755.

Aquel seísmo provocó un gran incendio en la capital portuguesa y, poco después, un maremoto que, aunque sofocó las llamas, arrasó gran parte de la ciudad baja de Lisboa. Sus efectos también se dejaron sentir con intensidad en Sevilla y en numerosos templos de la archidiócesis.

El terremoto ocurrió cerca del mediodía, mientras se celebraba el solemne pontifical de la festividad de Todos los Santos en la Catedral de Sevilla, lo que obligó a concluir la ceremonia en el exterior del templo. En recuerdo de aquel acontecimiento, el Cabildo Catedralicio hizo voto perpetuo de cantar un solemne “Te Deum” cada 1 de noviembre en acción de gracias, tradición que continúa celebrándose en la actualidad.

Asimismo, se acordó levantar un monumento en honor de la Virgen en el lugar exacto donde finalizaron los oficios divinos de aquel día memorable. La obra fue ejecutada en 1757 por José Tomás Zambrano. El templete que corona la columna alberga una imagen de la Virgen con el Niño, conocida indistintamente como Virgen del Triunfo o Virgen del Patrocinio.

Fachada este del Archivo de Indias mostrando el monumento de la Virgen del Patrocinio

Detalle del Monumento

Detalle 

Virgen del Patrocinio

Exterior del Archivo General de Indias

Archivo de Indias y la Catedral

El edificio se levanta sobre una amplia plataforma ligeramente elevada respecto al entorno urbano, rodeada por cadenas, lo que aumenta su presencia visual.

Presenta una planta cuadrada organizada en torno a un gran patio central, aunque desde el exterior lo que más llama la atención es la regularidad de sus fachadas y la pureza geométrica de sus líneas. Frente a la exuberancia ornamental del barroco sevillano posterior, la antigua Lonja ofrece una imagen austera y racional, inspirada en la arquitectura italiana renacentista y en los modelos herrerianos difundidos desde El Escorial.

Detalle del Archivo de Indias

Las cuatro fachadas mantienen una notable uniformidad. Están articuladas mediante dos cuerpos principales separados por una imposta corrida, mientras que una elegante cornisa remata el conjunto.

En la planta baja se abren amplios vanos rectangulares enmarcados por molduras de piedra, protegidos originalmente con rejas de hierro.

El piso superior reproduce el ritmo compositivo mediante balcones sobrios y regularmente distribuidos, concebidos más para proporcionar iluminación y ventilación que para servir como elementos ornamentales.

Uno de los rasgos más característicos del exterior es la sucesión de pilastras adosadas que ordenan verticalmente las fachadas. Todo el diseño responde a una estricta búsqueda de proporción y simetría, principios esenciales del Renacimiento.

Detalle del Archivo de Indias

Cara oeste a la Avda. de la Constitución

En las cuatro esquinas, destacan, unos soberbios pináculos troncopiramidales, sobre los que se sitúan unas hermosas veletas (leer mas).

Detalle de una de las esquinas

Detalle de uno de los pináculos

Detalle de la cruz y veleta

Las portadas, aunque relativamente discretas en comparación con otros edificios sevillanos de la época, poseen una elegante monumentalidad. En ellas se aprecia el uso de frontones, columnas y entablamentos clásicos, siguiendo un lenguaje arquitectónico depurado y académico. La ausencia de abundante decoración escultórica no supone pobreza artística, sino una voluntad consciente de transmitir orden, estabilidad y prestigio comercial.

INTERIOR

La visita al interior del Archivo General de Indias comienza tras franquear la sobria portada renacentista y atravesar el control de acceso instalado en el vestíbulo principal. A la izquierda se abre una de las primeras salas expositivas, donde el visitante puede detenerse a contemplar diversas pinturas y documentos relacionados con la historia de la institución y del comercio con América. La estancia conserva la elegancia arquitectónica del edificio original, destacando especialmente la bóveda que cubre la sala, ejemplo de la sobriedad monumental característica del Renacimiento sevillano de finales del siglo XVI.

Bóveda vaída de la sala adjunta al vestíbulo

Hernán Cortés. Copiado del retrato del Museo del Prado bajo el título de Hombre desconocido.

Hernán Cortés

Desde aquí se accede al corazón del edificio atravesando un arco cerrado por una artística verja de hierro forjado. 

Arco que comunica el vestíbulo con el patio

Tras ella aparece el gran patio central, de forma cuadrada con doble arquería, con cinco arcos de medio punto por lado, siendo las columnas inferiores dóricas y las superiores jónicas. Distintos autores han querido ver muchas coincidencias entre este patio y el de los Evangelistas del Escorial, y en otros casos con el patio del convento de la Caridad de Venecia de Palladio. La luz natural inunda el recinto y resalta la desnudez ornamental del edificio, concebido más como un espacio funcional y representativo para los comerciantes que como un palacio decorativo.

Patio central

Patio central

El aspecto actual del patio es bastante distinto al que tuvo durante siglos. En el centro existió originalmente una fuente rematada por un pináculo semejante a los que coronan las fachadas exteriores del edificio. Con el paso del tiempo el conjunto fue deteriorándose hasta quedar únicamente la base del remate. Con motivo de las celebraciones del IV Centenario del Descubrimiento de América, en 1892 se instaló sobre dicha base una estatua de Cristóbal Colón, buscando dotar al patio de una mayor carga simbólica americanista. Décadas después, en 1965, la escultura fue sustituida por una esfera terrestre debido al deterioro de la imagen. Finalmente, en 1970 se eliminaron tanto la bola del mundo como los restos de la antigua fuente, dejando el patio con el aspecto diáfano y austero que presenta en la actualidad.

Detalle del patio con la estatua de Cristóbal Colón

Entre las piezas históricas expuestas en el edificio destaca un impresionante cañón de bronce fundido en Sevilla perteneciente al célebre galeón Nuestra Señora de Atocha, nave almiranta de la Flota de Indias. El barco naufragó en 1622 frente a las costas de Florida tras ser sorprendido por un huracán cuando regresaba a España cargado de oro, plata, esmeraldas y otras riquezas procedentes de América. Durante siglos el pecio permaneció perdido bajo las aguas hasta que, en 1985, el cazatesoros estadounidense Mel Fisher logró localizarlo gracias, en buena medida, a la información obtenida en los documentos conservados en el Archivo de Indias. El hallazgo constituyó uno de los descubrimientos arqueológicos submarinos más famosos del siglo XX. Buena parte del tesoro recuperado puede contemplarse hoy en el museo marítimo fundado por Fisher en Florida.

Cañón de bronce

Cañón de bronce

Detalle

Detalle

Subiendo por la monumental escalera principal se alcanza la planta alta, donde se encuentran las salas más importantes de exposición y consulta. La escalera de Lucas Cintora constituye por sí misma uno de los espacios más bellos del edificio, cubierta por una magnífica techumbre y decorada con mármoles y elementos clasicistas que acentúan la sensación de solemnidad.

Escalera principal

Escalera principal

Detalle

Detalle
Detalle

Bóveda de la escalera

Ya en las galerías superiores, el visitante descubre las salas donde se exhiben mapas, manuscritos, instrumentos náuticos y documentos originales relacionados con la administración de los territorios españoles en América y Filipinas.

Detalle de una de las galerías superiores con bóvedas vaídas de casetones

Detalle de la cúpula de las esquinas

Destaca la escalera que conduce a las azoteas, obra de Zumárraga, una elegante “escalera al aire”, sin caja cerrada, probablemente inspirada en modelos palladianos venecianos. Esta escalera se cubrió con una singular bóveda escamada presidida por el monograma JHS, símbolo de Jesucristo, cuya presencia continúa siendo uno de los elementos más curiosos del conjunto.

Escalera que conduce a las azoteas, obra de Zumárraga

Detalle del monograma JHS