ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA
El afilador.
Durante siglos, cuando las herramientas
no se sustituían al primer signo de desgaste y cada cuchillo, tijera, navaja o
instrumento de trabajo representaba un objeto que debía conservarse durante
años, el afilador desempeñó una función esencial. Su oficio consistía en
devolver el filo a los útiles de corte mediante piedras abrasivas, esmeriles y
una técnica adquirida fundamentalmente a través de la experiencia. Pero el
afilador fue mucho más que un especialista en sacar filo: fue un personaje
característico de las calles y caminos, un pequeño comerciante ambulante,
reparador de objetos domésticos y, en muchos lugares, transmisor de noticias
entre pueblos.
La antigüedad
del afilado se remonta a los propios orígenes de las herramientas. Desde la
Prehistoria, el ser humano aprendió que determinadas piedras podían producir
bordes cortantes mediante golpes, abrasión y desgaste. Con la aparición de los
metales, la conservación del filo adquirió todavía mayor importancia.
Cuchillos, navajas, tijeras, hoces, instrumentos agrícolas y numerosas
herramientas de los oficios artesanales necesitaban ser periódicamente afilados
para recuperar su capacidad de trabajo. En las sociedades tradicionales, donde
predominaba la reparación y el aprovechamiento frente a la sustitución, esta
tarea adquirió una importancia extraordinaria.
El origen concreto de la profesión de
afilador resulta difícil de establecer. Existen referencias a cuchilleros y
afiladores en la Europa medieval y, al menos desde el siglo XIII, está
documentada en París la existencia de actividades relacionadas con estos
oficios. El afilado estuvo inicialmente vinculado a herreros, cuchilleros y
otros artesanos que trabajaban el metal. Con el perfeccionamiento de las
piedras y ruedas abrasivas surgió progresivamente una especialización propia.
En España, la
tradición del afilador quedó especialmente vinculada a Galicia y, sobre todo, a
la provincia de Ourense. Una antigua tradición sitúa uno de los episodios
fundamentales de esta historia en Nogueira de Ramuín, en Ourense. Según la
leyenda, un afilador extranjero llegó con su rueda deteriorada y solicitó la
ayuda de un carpintero de Luintra. El artesano no solo consiguió repararla,
sino que estudió su mecanismo y realizó un modelo que podía reproducirse en su
propio taller. De esta tradición procede la expresión “Ourense, terra de
chispas”, evocadora de los destellos producidos por las piedras de afilar
cuando entraban en contacto con el metal.
La rueda de
afilar, conocida en Galicia con nombres como tarazana o gacheira, fue durante
mucho tiempo el elemento fundamental del oficio. Los primeros modelos podían
ser transportados a hombros o desplazados haciendo rodar la propia estructura.
Más tarde aparecieron carritos de madera que permitieron transportar con mayor
facilidad la pesada piedra abrasiva y los restantes utensilios.
Antiguo
oficio, el afilador de tijeras y cuchillos. (ver) (CC BY 3.0)
Antiguo
oficio, el afilador de tijeras y cuchillos. (ver) (CC BY 3.0)
El mecanismo era ingenioso y sencillo.
Una gran rueda hacía girar, mediante una correa, el eje de la piedra de afilar.
El movimiento se conseguía con un pedal accionado por el pie del artesano, de
modo que las manos quedaban libres para sujetar y orientar la pieza que debía
afilarse. En determinados modelos, la rueda podía levantarse de su posición de
transporte y convertirse en una pequeña estación de trabajo. El agua, contenida
en un recipiente, servía para refrigerar la pieza y la piedra, evitando un calentamiento
excesivo del metal durante la operación.
Rueda de afilar primitiva movida por un pedal. (ver)
(CC BY 3.0)
La itinerancia fue una de las
características más singulares del oficio. La expansión de la actividad
ambulante se hizo más importante a partir del siglo XVIII y alcanzó una gran
difusión durante el XIX, cuando el crecimiento de las ciudades y la mejora de
las comunicaciones facilitaron los desplazamientos.
El afilador
caminaba de pueblo en pueblo llevando consigo su pequeño taller y acudía
directamente hasta la puerta de las casas o de los establecimientos.
Para anunciar su llegada, el afilador
disponía de uno de los reclamos sonoros más reconocibles de la cultura popular
española: el chiflo, chifle, chifro, pito o xipro. Se trataba de un pequeño
instrumento de viento, relacionado con la flauta de Pan, compuesto
tradicionalmente por varios tubos de caña o madera y, posteriormente, fabricado
también en plástico. Su característica sucesión de notas graves y agudas,
semejante a una pequeña escala musical, podía escucharse desde bastante
distancia. A veces el sonido se acompañaba del pregón: “¡El afilador!”, “¡Se
afilan tijeras y navajas!”.
El afilador
tampoco se limitaba siempre a afilar. Muchos eran también paragüeros y reparaban varillas, mangos y otros
componentes de los paraguas. Algunos realizaban pequeñas reparaciones de
utensilios domésticos, como remendar recipientes metálicos o solucionar
desperfectos de ollas y calderos.
Por ello se convirtió en un personaje que comunicaba indirectamente unos pueblos con otros. Su presencia aportaba noticias, conversaciones y novedades de lugares lejanos. El afilador era, en cierto modo, una figura de enlace dentro de un mundo rural en el que la información circulaba mucho más lentamente que en la actualidad.
La evolución tecnológica modificó
progresivamente la apariencia del oficio. Durante el siglo XIX la pesada rueda
podía transportarse todavía a la espalda; posteriormente se generalizaron los
carros. A mediados del siglo XX comenzó una transformación decisiva: la
bicicleta permitió instalar el mecanismo de afilado en su parte posterior y
aprovechar la fuerza del propio pedaleo.
El afilador en bicicleta (ver) (CC BY 3.0)
Más adelante,
la bicicleta fue sustituida en muchos casos por la motocicleta, cuyo motor
proporcionaba la energía necesaria para hacer girar el esmeril. También
existieron adaptaciones a automóviles y otros vehículos, aunque fueron menos
características que las realizadas sobre bicicletas y motocicletas.
El afilador en motocicleta (ver)
(CC BY 3.0)
La importancia del oficio quedó
reflejada incluso en la pintura. El llamado Afilador callejero, atribuido al
pintor orensano Antonio de Puga y fechado hacia 1640, conservado en el Museo
del Hermitage de San Petersburgo, constituye uno de los testimonios pictóricos
asociados a esta actividad.
Más conocido aún es El afilador pintado
por Francisco de Goya hacia 1808-1812, actualmente en el Museo de Bellas Artes de
Budapest. Estas representaciones demuestran que el personaje del afilador había
adquirido ya una presencia reconocible dentro del imaginario europeo.
También la
literatura se hizo eco de él. Benito Pérez Galdós incorporó a sus Episodios
Nacionales la figura del amolador madrileño Pacorro Chinitas, personaje que
comparte conversaciones con el joven Gabriel de Araceli. La presencia del
afilador en la pintura y en la literatura demuestra que no era únicamente un
trabajador anónimo, sino una figura perfectamente reconocible dentro de la vida
cotidiana de la sociedad tradicional.
El oficio alcanzó su mayor desarrollo durante los siglos XVIII y XIX y comenzó a declinar de forma acelerada durante el siglo XX. La transformación de las sociedades rurales, la mecanización de las tareas agrícolas, la aparición de nuevas herramientas y el abaratamiento de los utensilios de corte redujeron progresivamente la necesidad de recurrir al artesano ambulante. A ello se añadió un cambio fundamental en los hábitos de consumo: la sustitución de la cultura de reparar y conservar por la de comprar un objeto nuevo cuando el antiguo deja de funcionar correctamente.