lunes, 9 de febrero de 2026

RUTAS POR SEVILLA: Santos y Santas 

San Juan de la Cruz.

San Juan de la Cruz, Zurbarán (atribuido). 1656. Óleo sobre lienzo. 100 x 77 cm. Archdiocesan Museum in Katowice. (ver) (CC BY 3.0)

Juan de la Cruz nació en 1542 en Fontiveros, localidad abulense situada en la amplia meseta castellana entre Madrigal de las Altas Torres, Arévalo y Ávila. Su nombre secular fue Juan de Yepes Álvarez y, al ingresar en la vida religiosa, se identificó en un primer momento como fray Juan de Santo Matía. Procedía de una familia humilde marcada por la precariedad y la movilidad social descendente. Su padre, Gonzalo de Yepes, pertenecía a un linaje de judeoconversos que había gozado de cierta posición económica y nobleza menor en Torrijos, con propiedades agrícolas y un molino de aceite, además de vínculos en Toledo y Yepes. Sin embargo, al casarse con Catalina Álvarez, una mujer pobre dedicada al oficio del tejido, rompió con su entorno familiar, lo que supuso la pérdida de apoyos y recursos.

Los padres de Juan trabajaban como tejedores de buratos, unos velos de seda extremadamente finos y delicados, considerados artículos de lujo en los siglos XV y XVI, generalmente de color blanco y utilizados por damas acomodadas. A pesar del carácter refinado del producto, el trabajo estaba mal remunerado, lo que situó a la familia en una situación económica muy frágil. El matrimonio se celebró hacia 1527 y tuvo varios hijos, entre ellos Francisco, Juan y Luis.

La muerte prematura del padre, ocurrida hacia 1543 tras una larga enfermedad, agravó la pobreza familiar. Catalina Álvarez intentó entonces asegurar el futuro de sus hijos buscando la ayuda de sus cuñados. Logró que el mayor, Francisco, quedara al cuidado de Juan de Yepes, médico en la villa de Gálvez, mientras ella regresaba a Fontiveros con los más pequeños. Poco después falleció Luis, cuando contaba alrededor de diez años, y Juan tenía apenas seis, probablemente a causa de la mala alimentación y las duras condiciones de vida.

Francisco, aunque no llegó a aprender a leer y escribir con soltura, adquirió destreza en el oficio paterno del tejido de buratos. Juan, en cambio, gracias a su condición de pobre de solemnidad, pudo ingresar como interno en el Colegio de los Niños de la Doctrina. Esta oportunidad educativa llevaba aparejadas diversas obligaciones: asistir en conventos, ayudar en la misa y en los oficios litúrgicos, acompañar entierros y pedir limosna. A pesar de la dureza de estas tareas, el contacto con la vida religiosa y con la instrucción básica dejó una huella profunda en su vocación.

Durante su adolescencia fue aprendiz de carpintero, entallador e impresor, aunque mostró escasa habilidad para los trabajos manuales, lo que le valió el rechazo de varios talleres. Encontró, sin embargo, un lugar adecuado en la sacristía de un convento, donde su carácter aplicado y su sensibilidad espiritual agradaron a las monjas. Gracias a su recomendación, fue admitido como trabajador en el hospital de Medina del Campo dedicado a la atención de enfermos pobres de sífilis, conocida entonces como “bubas”. Allí también residía, y el director del hospital, Antonio Álvarez de Toledo, advirtió su afición por la lectura y su capacidad intelectual.

Por iniciativa de este protector, Juan ingresó en el colegio de los jesuitas de Medina del Campo, fundado en 1551, donde comenzó estudios formales en 1559, con diecisiete años. Compaginó la formación académica con su trabajo hospitalario, lo que fortaleció su disciplina y su sensibilidad hacia el sufrimiento humano. Tras cuatro años de estudios, en 1563 decidió ingresar en la Orden del Carmen en el convento de Santa Ana de Medina del Campo. Profesó al año siguiente con el nombre de fray Juan de Santo Matía, y su alegría por la consagración religiosa quedó reflejada en un poema hoy perdido.

En 1564 se trasladó a la Universidad de Salamanca, donde residió en el Colegio de San Andrés de los carmelitas. Allí recibió una sólida formación teológica y filosófica y destacó por su agudeza intelectual, hasta el punto de ser nombrado prefecto de estudiantes en su tercer curso. Aunque es posible que coincidiera con fray Luis de León, no consta que mantuvieran trato personal. Ordenado sacerdote en 1567, regresó a Medina del Campo para celebrar su primera misa en presencia de su madre.

En ese momento decisivo de su vida se encontró con Teresa de Jesús, que había llegado a la ciudad para fundar su segundo convento de carmelitas reformadas. El encuentro fue determinante: ambos acordaron colaborar en la reforma del Carmelo, y Juan expresó su deseo de que la rama masculina no tardase en ponerse en marcha. En 1568 abandonó Salamanca y se unió a Teresa, primero en Medina del Campo y luego en Valladolid, donde pudo conocer de cerca el estilo de vida austero de las comunidades reformadas. Allí adoptó el hábito de carmelita descalzo y tomó definitivamente el nombre de Juan de la Cruz.

Poco después se dirigió a una casa semiderruida en Duruelo, elegida por Teresa como primer asentamiento de los carmelitas descalzos. El 28 de noviembre de 1568 se fundó oficialmente el convento, y Juan fue nombrado subprior y maestro de novicios. La fama de austeridad y fervor de aquella comunidad atrajo a numerosos visitantes, entre ellos la propia familia de Juan, que se instaló temporalmente para ayudar en las tareas domésticas. El crecimiento de la comunidad obligó al traslado a Mancera de Abajo en 1570.

Ese mismo año, Juan fue enviado a Pastrana como primer maestro de novicios y vivió durante un tiempo en una cueva cercana al convento. Allí entró en contacto con el príncipe de Éboli, quien financió la fundación de un colegio carmelita descalzo en Alcalá de Henares, inaugurado el 1 de noviembre de 1570. Juan fue su primer rector y desempeñó el cargo hasta 1572, cuando pasó a servir como confesor y director espiritual en el monasterio de la Encarnación de Ávila.

Las tensiones con los carmelitas calzados se intensificaron a partir de 1575, cuando un capítulo general celebrado en Piacenza decidió suprimir las fundaciones descalzas no autorizadas. Juan fue detenido brevemente, pero liberado gracias a la intervención del nuncio. Sin embargo, en diciembre de 1577 fue nuevamente apresado y trasladado primero a Ávila y luego, en secreto, al convento calzado de Toledo, donde sufrió malos tratos, incomunicación y una condena a prisión indefinida por desobediencia. Durante este cautiverio padeció graves enfermedades, pero también compuso algunos de sus textos espirituales más profundos.

En la noche del 14 al 15 de agosto de 1578 logró una arriesgada fuga y, tras diversas peripecias, encontró refugio entre las carmelitas descalzas de Toledo. Con ayuda de amigos de la reforma, pudo recuperarse y retomar su actividad. Fue nombrado prior del monasterio del Monte Calvario, cerca de Beas de Segura, y ejerció una intensa labor espiritual como confesor y formador, recorriendo a pie largas distancias cada semana.

A partir de 1579, con el reconocimiento oficial de la rama descalza, Juan asumió nuevas fundaciones y cargos: fundó el colegio de Baeza, fue definidor y prior en Granada, y más tarde prior en Segovia, donde residía la Consulta de la congregación. Sin embargo, en el capítulo de 1591 perdió todos sus cargos y fue destinado al monasterio de La Peñuela, en un contexto de tensiones internas y sospechas doctrinales, incluso con denuncias ante la Inquisición por su énfasis en la oración interior.

Poco después enfermó gravemente. Trasladado finalmente al convento de Úbeda, sufrió intensos dolores a causa de infecciones y tumores. Murió en la noche del 14 de diciembre de 1591, pronunciando palabras que reflejaban su esperanza escatológica: “Hoy estaré en el cielo diciendo maitines”. Fue enterrado en Úbeda, aunque sus restos fueron trasladados posteriormente a Segovia en circunstancias controvertidas.

El proceso de beatificación se inició en 1627 y concluyó en 1630. Fue beatificado en 1675 y canonizado en 1726. En 1926, el papa Pío XI lo proclamó Doctor de la Iglesia Universal, reconociendo así la profundidad teológica y espiritual de su obra, que lo sitúa como una de las grandes figuras místicas de la tradición cristiana.

Poetas de extracción diversa como Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Paul Valéry y T. S. Eliot consideraron los poemas de Juan de la Cruz no solo como la cumbre de la mística española, sino de la poesía en esta lengua y desde 1952 es el patrono de los poetas en lengua española.

Museo del Prado

San Juan de la Cruz, Estrada, Nicolás. 1801. Aguada, Pluma sobre papel, 264 x 154 mm. Museo del Prado. No expuesto. (ver) (CC BY 3.0)


Iglesia del Santo Ángel

A los lados del camarín del Altar Mayor, en sendas hornacinas, se disponen las imágenes de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.

San Juan de la Cruz

Detalle de San Juan de la Cruz