martes, 20 de octubre de 2026

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Quinta de Bellaflor (Derribada).

La Quinta de Bellaflor fue una de las propiedades de recreo más destacadas del entorno de Sevilla durante el siglo XVI. Vinculada a la casa nobiliaria de Belalcázar, constituyó un lugar de descanso y esparcimiento situado fuera del recinto urbano, en un paisaje de huertas, arboledas y jardines que contrastaba con la densidad de la ciudad histórica. Su recuerdo está asociado a la estancia de Felipe II en Sevilla en 1570 y a la tradición literaria que relaciona este paraje con Miguel de Cervantes.

El origen de la propiedad se vincula a Teresa de Zúñiga y Manrique de Lara, duquesa de Béjar y condesa de Belalcázar, quien, tras su matrimonio en 1518 con Alonso Francisco de Sotomayor y Portugal, incorporó la finca al patrimonio de la casa nobiliaria. Según las referencias conservadas, su configuración como quinta de recreo se desarrolló a mediados del siglo XVI, en una etapa de gran prosperidad para Sevilla, cuando comerciantes, nobles y miembros de la aristocracia establecían residencias campestres en las inmediaciones de la ciudad. En su creación también se relaciona la intervención de Cristóbal Francesquín, un toscano enriquecido y asentado en la capital hispalense.

La finca se encontraba en un paraje próximo al río Guadaíra, antes de su desembocadura en el Guadalquivir, en el camino que conducía hacia Dos Hermanas. Algunas referencias sitúan su entorno en las inmediaciones de la antigua aceña de Doña Urraca.

El conjunto comprendía una residencia señorial rodeada de una frondosa alameda, jardines y huertas en las que abundaban los naranjos. La belleza de la vegetación y el carácter apacible del lugar explican la adopción del nombre de Bellaflor, evocador de la exuberancia de sus espacios ajardinados.

Aunque no existen planos detallados o ilustraciones directas de la estructura original del palacio de la Quinta de Bellaflor debido a que fue una hacienda de recreo rural de los Condes de Belalcázar en Sevilla que desapareció hace siglos.

La quinta experimentó distintas transformaciones durante los siglos XVII y XVIII, en sucesivas etapas de reforma y adaptación. Sin embargo, su episodio histórico más célebre tuvo lugar en mayo de 1570, cuando Felipe II la visitó Sevilla por primera y única vez. Después de los actos oficiales y las ceremonias organizadas para recibir al monarca, Bellaflor se convirtió en un lugar de descanso para el rey y su séquito.

El cronista Juan de Mal Lara, que relató los acontecimientos de aquella visita, describió la preparación de un alojamiento especialmente dispuesto para aliviar el cansancio y el calor de las jornadas sevillanas.

La historia de la quinta se relaciona asimismo con el mundo del espectáculo y las letras. En sus terrenos practicaba el toreo Juan Guardiola, célebre torero sevillano del siglo XVI, lo que demuestra que el recinto y sus inmediaciones pudieron acoger actividades de ocio más allá del descanso y la vida cortesana.

También se ha propuesto una vinculación con Miguel de Cervantes. Según una interpretación historiográfica recogida por Alfonso de Castro en su obra Varias obras inéditas de Cervantes, publicada en 1874, el escritor pudo conocer en Bellaflor a Alfonso López de Zúñiga y Pérez de Guzmán, noveno conde de Belalcázar. Esta relación se ha puesto en conexión con la dedicatoria de la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, publicada en 1605. No obstante, esta hipótesis debe considerarse con cautela, pues las referencias disponibles no permiten afirmar de manera concluyente que el encuentro tuviera lugar en la quinta.

Con el paso del tiempo, el crecimiento urbano y las transformaciones del entorno sevillano modificaron profundamente el paisaje en el que se encontraba Bellaflor. Los antiguos caminos rurales, las huertas y los terrenos expuestos a las inundaciones fueron integrándose progresivamente en la expansión de la ciudad. El histórico camino que conducía hacia la quinta dio lugar a la formación del Paseo de las Delicias actuales, cuya transformación en avenida ajardinada se desarrolló a partir de las intervenciones urbanísticas de los siglos XVIII y XIX, especialmente las impulsadas por José Manuel de Arjona durante su etapa como asistente de Sevilla, entre 1825 y 1833.

La identificación exacta de los restos de la finca y de su extensión original requiere, no obstante, cautela, ya que las referencias disponibles ofrecen localizaciones distintas y no permiten establecer con plena seguridad la correspondencia entre la quinta histórica y los espacios actuales. Su recuerdo se ha relacionado con el entorno del Patio de Banderas y las inmediaciones de los Reales Alcázares, mientras que otras descripciones la sitúan en el paisaje periurbano próximo al Guadaíra.

Aunque la Quinta de Bellaflor ha desaparecido como conjunto residencial y paisajístico, su historia permite, comprender la evolución de los antiguos espacios rurales situados al sur de Sevilla, donde las villas de recreo, las huertas y los caminos campestres terminaron dando paso a los paseos y avenidas de la ciudad contemporánea.