miércoles, 5 de agosto de 2026

ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA

Nicolás María Rivero. 

La calle dedicada a Nicolás María Rivero recuerda a una de las personalidades más destacadas del liberalismo español del siglo XIX. Médico, abogado, periodista, brillante parlamentario y político de primer orden, fue uno de los fundadores del Partido Democrático, alcalde de Madrid, ministro de la Gobernación y presidente del Congreso de los Diputados durante el Sexenio Democrático. Su trayectoria representa el triunfo del esfuerzo personal y el compromiso con las libertades públicas en una España marcada por los profundos cambios políticos del Ochocientos.

Aunque nació en Morón de la Frontera el 6 de diciembre de 1814 —si bien existen algunas discrepancias documentales sobre la fecha exacta y sus orígenes familiares—, su vida estuvo estrechamente vinculada a Sevilla desde la infancia. De origen muy humilde, fue criado por una familia de artesanos y conoció desde niño las dificultades económicas. Gracias a su inteligencia, a una extraordinaria capacidad de trabajo y a la ayuda de algunos protectores pudo estudiar en el Colegio de Santo Tomás y posteriormente cursar Medicina en la Universidad de Sevilla. Durante la epidemia de cólera de 1833-1834 colaboró en la atención a los enfermos, dando ya muestras de una profunda vocación de servicio público. Más tarde abandonó la práctica de la medicina para estudiar Derecho, licenciándose en 1845, convencido de que la política y la jurisprudencia constituían el mejor camino para impulsar las reformas que reclamaba la sociedad española.

Nicolás María Rivero, en un grabado de Bernardo Rico para La Ilustración de Madrid, 27 de marzo de 1870. (ver) (CC BY 3.0)

Su brillante oratoria le abrió muy pronto las puertas de la vida parlamentaria. Elegido diputado por Écija, destacó por la firme defensa de las libertades constitucionales y por su capacidad para construir un proyecto político basado en la soberanía nacional y la ampliación de los derechos ciudadanos. En 1849 fue uno de los principales promotores del Partido Democrático, formación que defendía principios extraordinariamente avanzados para su tiempo: sufragio universal, libertad de imprenta, libertad de conciencia, independencia judicial, elección popular de los ayuntamientos, enseñanza primaria gratuita y obligatoria, derecho de asociación y una profunda reforma de la administración pública y del sistema tributario.

Paralelamente desarrolló una intensa labor periodística. Fue colaborador de El Siglo y fundador, en 1856, del periódico La Discusión, órgano de expresión del Partido Democrático y uno de los diarios políticos más influyentes del reinado de Isabel II. Desde sus páginas defendió la libertad de pensamiento y reunió a destacados intelectuales y políticos como Emilio Castelar, Francisco Pi y Margall, Estanislao Figueras o Cristino Martos, convirtiendo el periódico en una de las principales tribunas del pensamiento democrático español.

Comprometido con la transformación política del país, participó en diversos movimientos revolucionarios contra el régimen isabelino, sufrió encarcelamientos y tuvo que exiliarse tras el fracaso de algunas insurrecciones. El triunfo de la Revolución de Septiembre de 1868 lo situó entre los principales protagonistas del nuevo régimen. Fue nombrado alcalde de Madrid, donde desarrolló una eficaz gestión para combatir el desempleo y garantizar el abastecimiento de la capital mediante programas de obras públicas y medidas sociales que reforzaron notablemente su prestigio político.

En 1869 fue elegido presidente de las Cortes Constituyentes encargadas de elaborar la nueva Constitución, una de las más avanzadas de la historia constitucional española. Poco después ocupó el Ministerio de la Gobernación en el gobierno presidido por el general Prim, desde donde hubo de afrontar una etapa especialmente compleja marcada por conflictos sociales, levantamientos republicanos y problemas de orden público. Durante el reinado de Amadeo I volvió a presidir el Congreso de los Diputados y desempeñó un papel decisivo en uno de los episodios más trascendentales de la historia contemporánea española: la sesión conjunta de diputados y senadores que aceptó la abdicación del monarca y proclamó la Primera República el 11 de febrero de 1873.

Tras el fracaso de la insurrección radical de junio de 1873 marchó temporalmente al exilio y, una vez regresó a España, se retiró prácticamente de la vida política, dedicando sus últimos años al estudio y a la actividad intelectual en el Ateneo de Madrid. Falleció en la capital de España el 5 de diciembre de 1878.

La ciudad de Sevilla quiso perpetuar su memoria dedicándole una de sus calles, reconocimiento plenamente justificado por los estrechos vínculos que mantuvo con la ciudad durante su juventud y formación universitaria, así como por la relevancia nacional de su trayectoria. Nicolás María Rivero simboliza el esfuerzo de quien, partiendo de una infancia marcada por la pobreza, alcanzó las más altas responsabilidades del Estado gracias a su talento, su capacidad de trabajo y su firme compromiso con la libertad, la representación parlamentaria y los principios democráticos que contribuyeron a modernizar la España del siglo XIX.

Calle Rivero