miércoles, 13 de mayo de 2026

 RUTAS POR SEVILLA: Santos y Santas  

San Millán.

San Millán, conocido en latín como Æmilianus y llamado también Emiliano de la Cogolla, es una de las figuras más representativas del eremitismo hispano. Su vida transcurrió entre los siglos V y VI en las tierras montañosas situadas entre La Rioja, Castilla y Aragón, en un tiempo marcado por la inestabilidad política tras la caída del Imperio romano y el establecimiento de los visigodos en la península. La tradición lo presenta como un hombre humilde, hijo de pastores y dedicado desde joven al cuidado del ganado, oficio que desempeñó hasta aproximadamente los veinte años.

Movido por una profunda inquietud espiritual, abandonó la vida ordinaria para buscar la soledad y la penitencia. Su formación religiosa comenzó junto al ermitaño Félix o Felices de Bilibio, considerado por las crónicas antiguas un varón de extraordinaria santidad. Durante varios años vivió con él en los riscos de Bilibio, cerca de Haro, aprendiendo las prácticas ascéticas propias de los primeros eremitas cristianos: el ayuno, la oración constante y el apartamiento del mundo. Aquella experiencia marcaría definitivamente su vocación.

Más tarde se retiró a los montes de la Sierra de la Demanda, en una zona agreste y cubierta de abundante vegetación. Allí excavó con sus propias manos una pequeña celda en la roca y permaneció durante décadas entregado a la contemplación y la penitencia.

La fama de su santidad comenzó a extenderse por toda la comarca, hasta llegar al obispo Dídimo de Tarazona, quien decidió ordenarlo sacerdote y encomendarle la parroquia de Berdejo. Sin embargo, su paso por el ministerio parroquial fue breve. Su generosidad hacia los pobres y necesitados provocó las críticas de otros clérigos, que lo acusaron de distribuir en exceso los bienes de la Iglesia. Cansado de disputas y deseoso de recuperar la vida retirada, abandonó el cargo y volvió a las montañas.

En las cuevas de Aidillo, lugar donde más adelante surgiría el monasterio de Suso, San Millán reunió a su alrededor a un pequeño grupo de discípulos atraídos por su ejemplo. Entre ellos se recuerdan nombres como Aselo, Geroncio, Sofronio o Potamia, una mujer llegada desde Narbona. Aquel núcleo de eremitas terminó convirtiéndose en una auténtica comunidad monástica. Cerca del año 550 se excavaron nuevas cuevas superpuestas en distintos niveles de la montaña, comunicadas por estrechos pasadizos y pozos, configurando uno de los conjuntos rupestres más singulares del cristianismo peninsular.

San Millán murió hacia el año 573, alcanzando según la tradición la extraordinaria edad de ciento un años. Fue enterrado en el mismo lugar donde había vivido como ermitaño, y muy pronto su sepulcro comenzó a recibir peregrinos. Condes, nobles y monarcas acudían para encomendarse a su intercesión antes de emprender campañas militares contra al-Ándalus. La devoción hacia el santo creció especialmente en los territorios castellanos y navarros, hasta el punto de ser considerado protector y patrono de ambas tierras.

La tradición medieval atribuye a San Millán una aparición milagrosa junto a Santiago Apóstol durante la batalla de Simancas, en el año 939. Según el relato legendario, ambos santos combatieron en favor de los ejércitos cristianos frente a las tropas del califa Abd al-Rahman III. A raíz de esta creencia surgieron los llamados “Votos de San Millán”, tributos ofrecidos al monasterio por reyes y señores castellanos. El conde Fernán González favoreció especialmente al cenobio riojano con privilegios y donaciones, consolidando su importancia política y religiosa.

San Millán en la batalla de Simancas. Monasterio de san Millán de Yuso. (ver) (CC BY 3.0)

La fama del santo se acrecentó aún más en el siglo XI, cuando el rey García Sánchez III de Navarra quiso trasladar sus reliquias al monasterio de Santa María la Real de Nájera. Las crónicas cuentan que, durante el trayecto, los bueyes encargados de transportar el cuerpo quedaron inmóviles sin que nadie pudiera hacerlos avanzar. El hecho fue interpretado como señal de la voluntad divina de que el santo permaneciera en aquel lugar. Por ello el monarca ordenó levantar allí el Monasterio de Yuso, destinado a custodiar sus reliquias. Desde entonces, los monasterios de Suso y Yuso quedaron unidos inseparablemente a la memoria de San Millán y se convirtieron en uno de los grandes focos espirituales y culturales de la España medieval.

La importancia histórica de estos monasterios fue enorme. En ellos se copiaron manuscritos fundamentales y aparecieron las célebres Glosas Emilianenses, consideradas uno de los primeros testimonios escritos en lengua romance hispánica y en euskera. Gracias a ello, la figura de San Millán quedó vinculada no solo a la espiritualidad, sino también al nacimiento de la cultura escrita en castellano.

Durante siglos, Castilla mantuvo una intensa devoción hacia el santo, llegando incluso a reclamarlo como patrón propio frente al predominio de Santiago. En el siglo XVII volvió a proponerse oficialmente como copatrón de España, dignidad que conservó en los misales hasta las reformas litúrgicas posteriores al Concilio Vaticano II. Su figura continúa siendo símbolo de vida austera, espiritualidad eremítica y profunda raíz histórica en las tierras riojanas y castellanas.

Iglesia del Sagrario

La Capilla de San Millán está cerrada por una reja que presenta un cuadro muy deteriorado por lo que no se pude apreciar su contenido. 

San Millán

Detalle de san Millán
Detalle de la cabeza del moro a sus pies