ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA
Las Cigarreras.
La antigua
Real Fábrica de Tabacos de Sevilla, hoy sede del Rectorado de la Universidad de
Sevilla, fue durante buena parte de los siglos XIX y XX mucho más que un centro
de producción industrial. Sus enormes salas fueron el escenario de una profunda
transformación social: la incorporación masiva de la mujer al trabajo fabril.
De aquel proceso surgió una figura inseparable de la historia contemporánea de
Sevilla: la cigarrera.
Cigarrera del siglo XIX en la Real Fábrica de
Tabaco (ver) (CC BY 3.0)
La fábrica había comenzado su actividad en el siglo XVIII
con una plantilla esencialmente masculina. Sin embargo, el cambio en los
hábitos de consumo y el creciente éxito de los cigarros y cigarrillos hicieron
necesaria una mano de obra especializada en su elaboración manual. La situación
se modificó decisivamente a partir de 1812. Ese año se creó en Sevilla un “Establecimiento
de mujeres”, y algunas trabajadoras experimentadas procedentes de la fábrica de
Cádiz fueron encargadas de enseñar el oficio a las primeras operarias
sevillanas. Las primeras incorporaciones se produjeron entre finales de 1812 y
comienzos de 1813.
El proceso no fue inmediato. Durante algunos años
coexistieron hombres y mujeres, pero en 1829 la Administración se inclinó
definitivamente por la contratación femenina para la elaboración de cigarros y
cigarrillos. Las razones fueron fundamentalmente económicas y productivas: se
consideraba que las mujeres realizaban estas labores con mayor cuidado y
habilidad, y, además, sus salarios eran inferiores a los de los trabajadores
varones.
La documentación de la propia fábrica refleja con claridad
esta valoración de la destreza femenina. Ya en 1731, cuando todavía predominaba
el trabajo masculino en Sevilla, los cigarreros habían protestado ante el rey
porque cobraban menos que las elaborantes de Cádiz. La respuesta de la Administración
señalaba que las trabajadoras gaditanas eran “más cuidadosas”, trabajaban “con
más pulcritud y menos desperdicios” y conseguían que su labor rindiera más. El
argumento resulta revelador: la habilidad manual de las mujeres había comenzado
a convertirse en un factor determinante de la producción tabaquera.
El oficio consistía esencialmente en transformar las hojas
de tabaco en cigarros y, posteriormente, en cigarrillos. Era una tarea manual
que exigía rapidez, precisión y una gran regularidad. El trabajo se efectuaba a
destajo, es decir, la remuneración estaba relacionada con la cantidad de labor
realizada. Las cigarreras debían manipular las hojas, seleccionar y preparar el
tabaco y elaborar cada pieza con unas características determinadas de tamaño, forma
y acabado. La especialización llegó a ser tan grande que las mujeres se
hicieron prácticamente indispensables para determinadas fases de la
manufactura.
El trabajo se desarrollaba en las grandes salas de la
fábrica, conocidas como cuadras o talleres. Allí las operarias se distribuían
en pequeños grupos llamados ranchos. Cada rancho estaba bajo la autoridad de
una ama de rancho, generalmente una trabajadora experimentada que controlaba
tanto la materia prima recibida como la cantidad y calidad de la producción
realizada por sus compañeras. La documentación del Archivo Histórico Provincial
de Sevilla señala que cada rancho solía estar formado por unas seis a diez
operarias y que existía una organización rigurosa para controlar la entrega de
la hoja y la labor terminada.
La experiencia y la antigüedad determinaban también una
auténtica jerarquía profesional. Las maestras ejercían funciones de
supervisión; las oficialas eran trabajadoras expertas y las aprendizas,
generalmente jóvenes, se iniciaban en el oficio bajo la tutela de las más
veteranas. De esta manera, el conocimiento no se transmitía solamente mediante
normas escritas, sino también de una generación de mujeres a otra. Era
frecuente que las hijas siguieran el camino laboral de sus madres, creando auténticas
familias vinculadas a la fábrica
La magnitud que alcanzó este colectivo resulta
extraordinaria. A finales del siglo XIX la Real Fábrica llegó a contar con unas
6.000 cigarreras, convirtiéndose en uno de los mayores núcleos de trabajo
femenino de la España de su tiempo. No se trataba, por tanto, de un pequeño
grupo de trabajadoras, sino de una verdadera comunidad femenina que tenía una
presencia decisiva en la vida económica y social de Sevilla.
Aquella concentración de mujeres
modificó incluso la relación entre trabajo y vida familiar. Muchas cigarreras
eran madres y no podían abandonar a sus hijos durante las largas jornadas de
trabajo. Por ello, los niños llegaron a estar presentes en el propio recinto
fabril, en cunas o espacios próximos a los puestos de las madres. Con el tiempo
se habilitaron servicios específicos relacionados con la atención a los hijos
de las trabajadoras. La propia fábrica se convirtió así en un espacio donde se
mezclaban producción, maternidad y vida cotidiana, una circunstancia
excepcional dentro de la industrialización española.
Esta imagen de las cigarreras trabajando mientras cuidaban
de sus hijos impresionó también a los viajeros extranjeros que visitaron
Sevilla. Una viajera del siglo XIX describía la enorme sala de trabajo como un
espacio lleno de mujeres dedicadas a fabricar cigarrillos, destacando al mismo
tiempo la existencia de cunas y niños junto a las trabajadoras. Las cigarreras
habían adquirido ya una identidad perfectamente reconocible en la ciudad.
Pero la cigarrera no debe contemplarse únicamente desde la
imagen romántica que posteriormente difundieron los viajeros. Era una
trabajadora industrial sometida a unas condiciones laborales exigentes. El
sistema a destajo obligaba a mantener ritmos elevados de producción y la
exposición continuada al polvo y a los residuos del tabaco podía generar
problemas respiratorios y oculares
Precisamente por su enorme número y por la cohesión
existente entre ellas, las cigarreras adquirieron una notable capacidad de
protesta. Cuando se modificaban las tarifas, empeoraba la calidad de la hoja o
se introducían máquinas que podían amenazar sus puestos de trabajo, las
trabajadoras podían paralizar la producción. Uno de los episodios más conocidos
tuvo lugar en marzo de 1883, cuando entre 3.000 y 4.000 cigarreras se
amotinaron ante el temor de la introducción de máquinas Bonsack para fabricar
cigarrillos. El conflicto se prolongó durante tres días y las manifestantes
llegaron a destruir mobiliario de la fábrica.
Cigarreras
en el embarcadero y cruzando el río para incorporarse a sus puestos de trabajo
en la fábrica de Tabacos. De la Fototipia Laurent, año 1.903.
Este episodio permite comprender mejor la verdadera
naturaleza del colectivo. Las cigarreras no fueron simplemente las mujeres
pintorescas que describieron algunos viajeros románticos, sino trabajadoras
conscientes del valor de su oficio y de su capacidad colectiva. La historia de
la fábrica registra otros conflictos durante el siglo XIX, relacionados con las
condiciones laborales, las tarifas y la mecanización. La conflictividad
acabaría formando parte de la evolución de un colectivo que, progresivamente,
se acercó a las nuevas formas de organización obrera.
Cigarreras
entrando en la Fábrica de Tabacos desde la calle San Fernando. Año 1.910.
Y es precisamente aquí donde aparece uno de los aspectos más
interesantes de su historia: la distancia entre la cigarrera real y la
cigarrera convertida en personaje literario. Los viajeros románticos quedaron
fascinados por aquellas mujeres que veían salir de la fábrica, y su imagen —el
vestido, la mantilla, la flor en el cabello, el cigarro y una supuesta
independencia de carácter— pasó a formar parte del imaginario europeo. La Universidad
de Sevilla señala expresamente la relación entre la historia de las cigarreras
y el nacimiento del mito de Carmen.
Prosper Mérimée publicó Carmen en 1845,
según algunas referencias, aunque la primera publicación apareció en 1845 y
posteriormente la obra se difundió ampliamente; Georges Bizet la transformó en
ópera, estrenada en París en 1875. La protagonista es una cigarrera de la
fábrica sevillana, pero Carmen no constituye el retrato documental de una mujer
concreta. Es, más bien, una construcción literaria y artística alimentada por
la fascinación que las cigarreras reales despertaron en el imaginario
romántico. La propia Universidad de Sevilla advierte de la diferencia entre
aquella realidad histórica —trabajo, lucha y vida obrera— y su transformación
posterior en mito.
Calle Candilejo
Calle Pasaje del agua
Paseo Cristóbal Colon
Torre del Oro
La Carmen literaria, por tanto, no debe confundirse con las
miles de mujeres que trabajaron en la fábrica. Detrás del personaje sensual,
rebelde y libre de Mérimée y Bizet existía una realidad mucho más compleja:
mujeres que necesitaban un salario, que trabajaban a destajo, que criaban a sus
hijos en unas condiciones difíciles, que transmitían el oficio de madres a
hijas y que, cuando consideraban amenazados sus intereses, eran capaces de
enfrentarse colectivamente a la Administración.
El último gran desafío para las
cigarreras llegó con la mecanización. Durante las primeras décadas del siglo XX
las máquinas fueron sustituyendo progresivamente muchas de las operaciones que
antes requerían una gran cantidad de mano de obra. Una máquina liadora
Vilaseca, conservada actualmente en la Universidad de Sevilla, podía fabricar
entre 30 y 40 cigarrillos por minuto, un ritmo imposible de alcanzar mediante
el procedimiento manual tradicional. La mecanización redujo progresivamente la
necesidad de mano de obra femenina y transformó radicalmente la naturaleza del
oficio.
Antigua máquina de liar cigarrillos
de la firma Vilaseca
La desaparición de la cigarrera manual fue, por tanto,
lenta. La producción tabaquera permaneció en la antigua fábrica hasta mediados
del siglo XX, y la salida definitiva de la actividad industrial abrió el camino
para la transformación del edificio en sede universitaria. La antigua fábrica
había dejado de ser el gran centro manufacturero que durante generaciones había
dado trabajo a miles de sevillanos.
Sin embargo, la memoria de aquellas mujeres permanece
inseparable del edificio. La Universidad de Sevilla reconoce actualmente a las
cigarreras como uno de los elementos fundamentales de la historia social de la
antigua fábrica y de la propia ciudad. Su historia representa uno de los
primeros grandes ejemplos de incorporación masiva de mujeres al trabajo industrial
sevillano y permite observar cómo el desarrollo económico produjo también
profundas transformaciones en las relaciones sociales y en la condición
femenina.
También la Hermandad de las Cigarreras mantiene viva esa
memoria. La relación entre la corporación de la Sagrada Columna y Azotes y las
trabajadoras de la fábrica se hizo especialmente estrecha durante el siglo XX,
cuando la hermandad tuvo su sede en la antigua fábrica de la calle San
Fernando. Posteriormente, tras el traslado de la industria tabaquera a Los
Remedios, la corporación siguió vinculada a las instalaciones de la nueva
fábrica.
Así, cuando hoy atravesamos los patios, galerías y grandes
espacios del antiguo edificio de la Real Fábrica de Tabacos, resulta difícil
imaginar que aquellos lugares estuvieron durante generaciones llenos del
movimiento de miles de mujeres. El sonido de sus conversaciones, el trabajo
repetitivo de sus manos, el olor del tabaco, las cunas de sus hijos y las
protestas colectivas formaron parte durante más de un siglo del paisaje
cotidiano de Sevilla.
La cigarrera terminó desapareciendo como oficio, pero no como figura histórica. Quedó en la literatura, en la pintura, en la fotografía, en la ópera y, sobre todo, en la memoria de Sevilla. La Carmen de Mérimée y Bizet convirtió aquella imagen en un mito universal; la historia real de las cigarreras, mucho más amplia y compleja, permite reconocerlas como protagonistas de la industrialización sevillana y como uno de los colectivos femeninos más importantes de la historia social de la ciudad.