jueves, 24 de septiembre de 2026

ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA

Las Cigarreras.

La antigua Real Fábrica de Tabacos de Sevilla, hoy sede del Rectorado de la Universidad de Sevilla, fue durante buena parte de los siglos XIX y XX mucho más que un centro de producción industrial. Sus enormes salas fueron el escenario de una profunda transformación social: la incorporación masiva de la mujer al trabajo fabril. De aquel proceso surgió una figura inseparable de la historia contemporánea de Sevilla: la cigarrera.

Cigarrera del siglo XIX en la Real Fábrica de Tabaco (ver) (CC BY 3.0)

La fábrica había comenzado su actividad en el siglo XVIII con una plantilla esencialmente masculina. Sin embargo, el cambio en los hábitos de consumo y el creciente éxito de los cigarros y cigarrillos hicieron necesaria una mano de obra especializada en su elaboración manual. La situación se modificó decisivamente a partir de 1812. Ese año se creó en Sevilla un “Establecimiento de mujeres”, y algunas trabajadoras experimentadas procedentes de la fábrica de Cádiz fueron encargadas de enseñar el oficio a las primeras operarias sevillanas. Las primeras incorporaciones se produjeron entre finales de 1812 y comienzos de 1813.

El proceso no fue inmediato. Durante algunos años coexistieron hombres y mujeres, pero en 1829 la Administración se inclinó definitivamente por la contratación femenina para la elaboración de cigarros y cigarrillos. Las razones fueron fundamentalmente económicas y productivas: se consideraba que las mujeres realizaban estas labores con mayor cuidado y habilidad, y, además, sus salarios eran inferiores a los de los trabajadores varones.

La documentación de la propia fábrica refleja con claridad esta valoración de la destreza femenina. Ya en 1731, cuando todavía predominaba el trabajo masculino en Sevilla, los cigarreros habían protestado ante el rey porque cobraban menos que las elaborantes de Cádiz. La respuesta de la Administración señalaba que las trabajadoras gaditanas eran “más cuidadosas”, trabajaban “con más pulcritud y menos desperdicios” y conseguían que su labor rindiera más. El argumento resulta revelador: la habilidad manual de las mujeres había comenzado a convertirse en un factor determinante de la producción tabaquera.

El oficio consistía esencialmente en transformar las hojas de tabaco en cigarros y, posteriormente, en cigarrillos. Era una tarea manual que exigía rapidez, precisión y una gran regularidad. El trabajo se efectuaba a destajo, es decir, la remuneración estaba relacionada con la cantidad de labor realizada. Las cigarreras debían manipular las hojas, seleccionar y preparar el tabaco y elaborar cada pieza con unas características determinadas de tamaño, forma y acabado. La especialización llegó a ser tan grande que las mujeres se hicieron prácticamente indispensables para determinadas fases de la manufactura.

El trabajo se desarrollaba en las grandes salas de la fábrica, conocidas como cuadras o talleres. Allí las operarias se distribuían en pequeños grupos llamados ranchos. Cada rancho estaba bajo la autoridad de una ama de rancho, generalmente una trabajadora experimentada que controlaba tanto la materia prima recibida como la cantidad y calidad de la producción realizada por sus compañeras. La documentación del Archivo Histórico Provincial de Sevilla señala que cada rancho solía estar formado por unas seis a diez operarias y que existía una organización rigurosa para controlar la entrega de la hoja y la labor terminada.

La experiencia y la antigüedad determinaban también una auténtica jerarquía profesional. Las maestras ejercían funciones de supervisión; las oficialas eran trabajadoras expertas y las aprendizas, generalmente jóvenes, se iniciaban en el oficio bajo la tutela de las más veteranas. De esta manera, el conocimiento no se transmitía solamente mediante normas escritas, sino también de una generación de mujeres a otra. Era frecuente que las hijas siguieran el camino laboral de sus madres, creando auténticas familias vinculadas a la fábrica

La magnitud que alcanzó este colectivo resulta extraordinaria. A finales del siglo XIX la Real Fábrica llegó a contar con unas 6.000 cigarreras, convirtiéndose en uno de los mayores núcleos de trabajo femenino de la España de su tiempo. No se trataba, por tanto, de un pequeño grupo de trabajadoras, sino de una verdadera comunidad femenina que tenía una presencia decisiva en la vida económica y social de Sevilla.

Aquella concentración de mujeres modificó incluso la relación entre trabajo y vida familiar. Muchas cigarreras eran madres y no podían abandonar a sus hijos durante las largas jornadas de trabajo. Por ello, los niños llegaron a estar presentes en el propio recinto fabril, en cunas o espacios próximos a los puestos de las madres. Con el tiempo se habilitaron servicios específicos relacionados con la atención a los hijos de las trabajadoras. La propia fábrica se convirtió así en un espacio donde se mezclaban producción, maternidad y vida cotidiana, una circunstancia excepcional dentro de la industrialización española.

Esta imagen de las cigarreras trabajando mientras cuidaban de sus hijos impresionó también a los viajeros extranjeros que visitaron Sevilla. Una viajera del siglo XIX describía la enorme sala de trabajo como un espacio lleno de mujeres dedicadas a fabricar cigarrillos, destacando al mismo tiempo la existencia de cunas y niños junto a las trabajadoras. Las cigarreras habían adquirido ya una identidad perfectamente reconocible en la ciudad.

Pero la cigarrera no debe contemplarse únicamente desde la imagen romántica que posteriormente difundieron los viajeros. Era una trabajadora industrial sometida a unas condiciones laborales exigentes. El sistema a destajo obligaba a mantener ritmos elevados de producción y la exposición continuada al polvo y a los residuos del tabaco podía generar problemas respiratorios y oculares

Precisamente por su enorme número y por la cohesión existente entre ellas, las cigarreras adquirieron una notable capacidad de protesta. Cuando se modificaban las tarifas, empeoraba la calidad de la hoja o se introducían máquinas que podían amenazar sus puestos de trabajo, las trabajadoras podían paralizar la producción. Uno de los episodios más conocidos tuvo lugar en marzo de 1883, cuando entre 3.000 y 4.000 cigarreras se amotinaron ante el temor de la introducción de máquinas Bonsack para fabricar cigarrillos. El conflicto se prolongó durante tres días y las manifestantes llegaron a destruir mobiliario de la fábrica.

Cigarreras en el embarcadero y cruzando el río para incorporarse a sus puestos de trabajo en la fábrica de Tabacos. De la Fototipia Laurent, año 1.903.  

Este episodio permite comprender mejor la verdadera naturaleza del colectivo. Las cigarreras no fueron simplemente las mujeres pintorescas que describieron algunos viajeros románticos, sino trabajadoras conscientes del valor de su oficio y de su capacidad colectiva. La historia de la fábrica registra otros conflictos durante el siglo XIX, relacionados con las condiciones laborales, las tarifas y la mecanización. La conflictividad acabaría formando parte de la evolución de un colectivo que, progresivamente, se acercó a las nuevas formas de organización obrera.

Cigarreras entrando en la Fábrica de Tabacos desde la calle San Fernando. Año 1.910.

Y es precisamente aquí donde aparece uno de los aspectos más interesantes de su historia: la distancia entre la cigarrera real y la cigarrera convertida en personaje literario. Los viajeros románticos quedaron fascinados por aquellas mujeres que veían salir de la fábrica, y su imagen —el vestido, la mantilla, la flor en el cabello, el cigarro y una supuesta independencia de carácter— pasó a formar parte del imaginario europeo. La Universidad de Sevilla señala expresamente la relación entre la historia de las cigarreras y el nacimiento del mito de Carmen.

Interior de la Fábrica de Tabacos. Boceto 1911.Bilbao Martínez, Gonzalo. Óleo sobre lienzo. 81 x 64 cm. Museo de Bellas Artes. Sala XII. Adquisición de la Junta de Andalucía en 1994 (ver)

Las Cigarreras. Bilbao Martínez, Gonzalo. 1915. Óleo sobre lienzo. 305 x 402 cm. Museo de Bellas Artes. Sala XII. Donación de Doña María Roy Lhardy en 1939 (ver)


Prosper Mérimée publicó Carmen en 1845, según algunas referencias, aunque la primera publicación apareció en 1845 y posteriormente la obra se difundió ampliamente; Georges Bizet la transformó en ópera, estrenada en París en 1875. La protagonista es una cigarrera de la fábrica sevillana, pero Carmen no constituye el retrato documental de una mujer concreta. Es, más bien, una construcción literaria y artística alimentada por la fascinación que las cigarreras reales despertaron en el imaginario romántico. La propia Universidad de Sevilla advierte de la diferencia entre aquella realidad histórica —trabajo, lucha y vida obrera— y su transformación posterior en mito. 

Calle Candilejo

Calle Pasaje del agua

Paseo Cristóbal Colon

Paseo Cristóbal Colon

Torre del Oro

Torre del Oro

La Carmen literaria, por tanto, no debe confundirse con las miles de mujeres que trabajaron en la fábrica. Detrás del personaje sensual, rebelde y libre de Mérimée y Bizet existía una realidad mucho más compleja: mujeres que necesitaban un salario, que trabajaban a destajo, que criaban a sus hijos en unas condiciones difíciles, que transmitían el oficio de madres a hijas y que, cuando consideraban amenazados sus intereses, eran capaces de enfrentarse colectivamente a la Administración.

El último gran desafío para las cigarreras llegó con la mecanización. Durante las primeras décadas del siglo XX las máquinas fueron sustituyendo progresivamente muchas de las operaciones que antes requerían una gran cantidad de mano de obra. Una máquina liadora Vilaseca, conservada actualmente en la Universidad de Sevilla, podía fabricar entre 30 y 40 cigarrillos por minuto, un ritmo imposible de alcanzar mediante el procedimiento manual tradicional. La mecanización redujo progresivamente la necesidad de mano de obra femenina y transformó radicalmente la naturaleza del oficio. 

Antigua máquina de liar cigarrillos de la firma Vilaseca

La desaparición de la cigarrera manual fue, por tanto, lenta. La producción tabaquera permaneció en la antigua fábrica hasta mediados del siglo XX, y la salida definitiva de la actividad industrial abrió el camino para la transformación del edificio en sede universitaria. La antigua fábrica había dejado de ser el gran centro manufacturero que durante generaciones había dado trabajo a miles de sevillanos.

Sin embargo, la memoria de aquellas mujeres permanece inseparable del edificio. La Universidad de Sevilla reconoce actualmente a las cigarreras como uno de los elementos fundamentales de la historia social de la antigua fábrica y de la propia ciudad. Su historia representa uno de los primeros grandes ejemplos de incorporación masiva de mujeres al trabajo industrial sevillano y permite observar cómo el desarrollo económico produjo también profundas transformaciones en las relaciones sociales y en la condición femenina.

También la Hermandad de las Cigarreras mantiene viva esa memoria. La relación entre la corporación de la Sagrada Columna y Azotes y las trabajadoras de la fábrica se hizo especialmente estrecha durante el siglo XX, cuando la hermandad tuvo su sede en la antigua fábrica de la calle San Fernando. Posteriormente, tras el traslado de la industria tabaquera a Los Remedios, la corporación siguió vinculada a las instalaciones de la nueva fábrica.

Así, cuando hoy atravesamos los patios, galerías y grandes espacios del antiguo edificio de la Real Fábrica de Tabacos, resulta difícil imaginar que aquellos lugares estuvieron durante generaciones llenos del movimiento de miles de mujeres. El sonido de sus conversaciones, el trabajo repetitivo de sus manos, el olor del tabaco, las cunas de sus hijos y las protestas colectivas formaron parte durante más de un siglo del paisaje cotidiano de Sevilla.

La cigarrera terminó desapareciendo como oficio, pero no como figura histórica. Quedó en la literatura, en la pintura, en la fotografía, en la ópera y, sobre todo, en la memoria de Sevilla. La Carmen de Mérimée y Bizet convirtió aquella imagen en un mito universal; la historia real de las cigarreras, mucho más amplia y compleja, permite reconocerlas como protagonistas de la industrialización sevillana y como uno de los colectivos femeninos más importantes de la historia social de la ciudad.