martes, 22 de septiembre de 2026

 AREA CENTRO 1

Plaza Nueva.

La Plaza Nueva constituye uno de los espacios urbanos fundamentales de Sevilla y, al mismo tiempo, uno de los ejemplos más significativos de la transformación experimentada por la ciudad entre los siglos XIX y XX. Su configuración responde a un ambicioso proyecto de renovación urbana que convirtió el antiguo solar de la Casa Grande de San Francisco en una gran plaza representativa, concebida como una auténtica plaza mayor moderna y destinada a convertirse en uno de los principales centros administrativos, comerciales, sociales y ceremoniales de la ciudad.

Convergen en ella las calles Tetuán, Jaén y Méndez Núñez por el norte; Bilbao y Madrid por el oeste; Badajoz, Barcelona y Joaquín Guichot por el sur; Granada y la avenida de la Constitución por el este.

Plaza Nueva

Plaza Nueva vista desde lo alto del actual Hotel Inglaterra


Del brazo del Guadalquivir al convento de San Francisco

Hasta la época visigoda, los terrenos que forman la actual Plaza Nueva formaron parte del cauce de un brazo desaparecido del río Guadalquivir, que partía de una zona próxima a la Barqueta, atravesaba la Alameda de Hércules, la plaza de la Campana, la calle Sierpes, la plaza Nueva y se unía al cauce principal a la altura del barrio del Arenal. A pesar del cerramiento de este cauce, esta zona siguió siendo un área con frecuentes inundaciones, razón por la que era conocida como “laguna de la Pajería”.

Los visigodos desecaron este terreno, que se urbanizó durante la etapa almorávide. Su progresiva colmatación y desecación permitió la ocupación urbana del espacio, aunque su antigua condición hidráulica siguió dejando huella. Con la ampliación almorávide de la muralla se accedía a ella por la puerta de los Alfareros. Tras su desecación se convertiría en un cementerio. Durante distintas obras realizadas en el subsuelo aparecieron restos de estructuras portuarias, tablazones y clavazones de barcos romanos, anclas y otros restos de naves hundidas, así como restos de la cimentación de muelles, lo que acredita que ahí se encontraban instalaciones portuarias

En el siglo XIII, después de la conquista cristiana de la ciudad, Fernando III cedió estos terrenos a los franciscanos. La Orden estableció allí su Casa Grande de San Francisco (Leer mas), un vastísimo complejo conventual que llegó a convertirse en uno de los establecimientos religiosos más importantes de Sevilla.

Su extensión superaba ampliamente la superficie de la actual plaza y comprendía iglesia, claustros, dependencias conventuales, espacios docentes y otras instalaciones vinculadas a la orden. Durante siglos, la Casa Grande mantuvo una estrecha relación con la vida religiosa, intelectual y social de Sevilla. El conjunto llegó a albergar una importante comunidad franciscana y estuvo vinculado asimismo a la actividad evangelizadora desarrollada por miembros de la orden en América.

La Guerra de la Independencia supuso el comienzo del fin del complejo. Durante la ocupación napoleónica sufrió graves daños y en 1810 un incendio agravó extraordinariamente su deterioro. Se intentó posteriormente reconstruirlo, pero la lentitud de las obras coincidió con el proceso desamortizador iniciado en la década de 1830. Finalmente, el antiguo convento fue demolido y su enorme solar quedó disponible para una profunda transformación urbana.

De aquel inmenso complejo franciscano apenas subsisten hoy algunos testimonios. El más importante en relación directa con la Plaza Nueva es la pequeña capilla de San Onofre (leer mas), integrada en el caserío decimonónico del lado meridional. También permanece el arquillo renacentista (leer mas) que comunica la Plaza de San Francisco con el entorno del antiguo convento. Ambos elementos constituyen auténticos fragmentos materiales de la memoria del desaparecido conjunto franciscano.

Toponimia

El nombre de Plaza Nueva nació, en principio, como una expresión descriptiva para distinguir este espacio de las plazas históricas del centro sevillano. Con el tiempo, sin embargo, aquella denominación popular terminó imponiéndose sobre los sucesivos nombres oficiales y acabó convirtiéndose en el nombre propio de la plaza. Su historia toponímica constituye, de hecho, un pequeño reflejo de las profundas transformaciones políticas experimentadas por Sevilla y por España durante los siglos XIX y XX.

El espacio recibió en 1849 la denominación de Plaza de la Princesa María Isabel, en referencia a María Isabel de Orleans, primogénita de los duques de Montpensier, nacida en el Alcázar de Sevilla en 1848. En 1857 pasó a denominarse Plaza de la Infanta Isabel. Tras la Revolución de 1868 fue rebautizada como Plaza de la Libertad y, con la proclamación de la Primera República en 1873, como Plaza de la República y, durante un breve periodo, Plaza de la República Federal. En 1875, después de la Restauración monárquica, adoptó oficialmente el nombre de Plaza de San Fernando, en homenaje al conquistador y patrón de Sevilla.

Durante la Segunda República recuperó una denominación republicana y, desde 1931, el nombre de Plaza Nueva comenzó a adquirir nuevamente carácter oficial. Tras la Guerra Civil volvió a utilizarse el nombre de San Fernando, aunque la denominación popular de Plaza Nueva continuó plenamente vigente. Finalmente, fue esta última la que terminó consolidándose institucionalmente. La persistencia del nombre demuestra hasta qué punto el uso ciudadano puede sobrevivir a los cambios políticos y administrativos.

La creación de una nueva plaza mayor

La desaparición del convento ofreció a Sevilla una oportunidad excepcional para transformar el centro urbano. La idea de aprovechar el solar para crear una gran plaza había sido planteada ya durante las primeras décadas del siglo XIX, pero no fue hasta los años cuarenta cuando comenzó a adquirir verdadera consistencia.

En 1849 un grupo de intelectuales y personalidades sevillanas defendió ante el Ayuntamiento la creación de una gran plaza que actuase como espacio representativo y como auténtica plaza mayor de la ciudad. El proyecto se insertaba en una concepción moderna del urbanismo, inspirada en la transformación de otras grandes ciudades europeas: se pretendía crear un espacio amplio, regular, monumental y capaz de articular la circulación y la vida pública.

El primer proyecto correspondió al arquitecto Ángel de Ayala y fue remitido para su examen a la Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría. Sin embargo, las dificultades económicas y administrativas retrasaron su ejecución. El proyecto fue reformado y finalmente Balbino Marrón y Ranero, arquitecto municipal, asumió un papel decisivo en la configuración definitiva de la plaza y de su entorno.

La intervención coincidió además con la transformación de la fachada del Ayuntamiento orientada hacia el nuevo espacio. De esta manera, la plaza no se concibió simplemente como un vacío urbano, sino como un escenario arquitectónico presidido por la Casa Consistorial.

Las obras avanzaron durante la década de 1850. La configuración esencial estaba ya definida a mediados del siglo y las edificaciones que cerraban los lados norte, oeste y sur quedaron prácticamente terminadas hacia 1856. La inauguración oficial tuvo lugar en 1857, aunque algunos trabajos de urbanización y ornamentación continuaron posteriormente.

Plaza de San Fernando. 1880

Plaza Nueva. Fotografía de Rafael Garzón del año 1.885


Desde el principio se pretendió dotarla de las características propias de una plaza mayor: una planta rectangular, fachadas homogéneas, una edificación de altura relativamente uniforme y un gran espacio central destinado al paseo. El Ayuntamiento constituía la pieza institucional dominante y otorgaba al conjunto una clara dimensión representativa.

El salón central

Uno de los rasgos más característicos de la Plaza Nueva fue su concepción como salón urbano. El espacio central estaba destinado al paseo, la conversación, la contemplación y la sociabilidad. En sus primeros años se plantaron naranjos y palmeras y se instalaron varias hileras de bancos de mármol con respaldos de hierro.

El centro estuvo ocupado inicialmente por un quiosco destinado a la música. Las bandas militares y municipales desempeñaron un papel fundamental en la animación de la plaza, especialmente durante las tardes y noches de verano. La música transformó el espacio en uno de los principales lugares de encuentro de la sociedad sevillana.

Plaza Nueva en 1948

Plaza Nueva 

Plaza Nueva antes del quiosco de música

Plaza Nueva con el quiosco de música

Quiosco musical en la plaza Nueva. Fotografía de Ramón Almela de la década de 1.890 
  

La organización de la plaza quedó claramente diferenciada entre el salón peatonal central y el arrecife o calzada perimetral destinado primero a carruajes y posteriormente al tráfico rodado. Esta separación constituye una de las claves de su diseño original y explica buena parte de las transformaciones posteriores.

La plaza como otras del XIX tuvo quioscos y urinarios (éstos últimos hoy desaparecidos) siendo modernos los otros, dedicados a prensa, flores y golosinas infantiles.

Puesto ambulante de bebidas en la plaza Nueva. Año 1.930.


El plano de 1872 permite conocer bastante bien aquella organización: el espacio central aparecía diferenciado de las vías de circulación, rodeado de árboles y bancos, mientras que el arbolado de las aceras reforzaba el carácter de paseo. La vegetación no era, por tanto, un elemento secundario, sino parte esencial de la concepción paisajística de la plaza.

Las palmeras y el paisaje urbano

Entre los elementos vegetales adquirieron especial protagonismo las palmeras. Su introducción en la Plaza Nueva tuvo una importancia que excede lo meramente ornamental, pues contribuyó a consolidar una imagen vegetal que posteriormente se convertiría en característica del paisaje sevillano.

En 1880 llegaron alrededor de veinte palmeras procedentes de Elche. Su presencia contribuyó a transformar el carácter del salón y a reforzar la imagen de una plaza abierta, luminosa y mediterránea. Con ellas se inició una tradición de utilización de palmeras en los espacios públicos sevillanos que alcanzaría posteriormente una extraordinaria difusión.

Los naranjos también formaron parte desde muy pronto de la imagen de la plaza. Su presencia introducía uno de los elementos vegetales más característicos de Sevilla: sombra, verdor, floración primaveral y aroma de azahar.

Plaza Nueva en 1885. Quiosco de música en el centro. Palmeras en las esquinas y naranjos en doble hilera (J. Levy et Cie)


La organización actual mantiene, aunque profundamente modificada, aquella concepción vegetal. Los parterres, los setos, los naranjos, los plátanos de sombra y las palmeras establecen una especie de marco verde alrededor del gran espacio central.

Reformas y transformación del espacio

La Plaza Nueva ha sufrido numerosas modificaciones a lo largo de su historia. El principal agente transformador ha sido el progresivo aumento del tráfico.

En 1880 se adoquinó la calzada perimetral, inicialmente empedrada. En 1911 se modificó el espacio central mediante la incorporación de jardines y parterres, perdiendo el salón parte de la diafanidad que había caracterizado su diseño inicial.

En 1920 se redujo nuevamente el espacio central para ampliar la calzada y facilitar la circulación. Al mismo tiempo desapareció una de las hileras exteriores de bancos. En 1924 se instalaron farolas artísticas de hierro y se produjo una de las intervenciones más importantes de la historia de la plaza: la colocación del monumento a San Fernando.

Durante la década de 1930 se volvió a reducir el salón central y se incorporaron nuevos parterres delimitados por una balaustrada de mármol. En los años cuarenta la balaustrada desapareció y se modificó nuevamente la pavimentación. El mármol adquirió entonces un protagonismo que todavía conserva.

La calzada fue finalmente asfaltada en 1961, culminando un proceso que refleja la progresiva sustitución del espacio concebido para el peatón y el paseo por un espacio condicionado por la circulación motorizada.

También los sistemas de iluminación fueron modificándose continuamente: primero gas, después electricidad y posteriormente diferentes modelos de farolas y báculos. Las actuales farolas de fundición evocan, en buena medida, modelos históricos y contribuyen a mantener la imagen tradicional del espacio.

El monumento a San Fernando

La presencia de un monumento monumental en el centro de la plaza fue prevista prácticamente desde su origen. En un primer momento se pensó dedicarlo a Murillo. Posteriormente se planteó erigir una estatua de Isabel II, coincidiendo con la visita de la reina a Sevilla y con la inauguración oficial de la plaza.

La propia Isabel II prefirió que el monumento se dedicara a san Fernando, patrón de Sevilla y conquistador de la ciudad en 1248. La decisión dotó al espacio de un significado histórico y simbólico relacionado directamente con la identidad de Sevilla.

Alfonso XII colocó la primera piedra en 1877, pero aquel proyecto no llegó a materializarse. Hubo que esperar varias décadas hasta que se retomó la iniciativa. El proyecto definitivo fue realizado por Juan Talavera y Heredia y el monumento quedó inaugurado en 1924.

Monumento a San Fernando en la Plaza Nueva. Año 1.930.

La figura ecuestre de Fernando III fue realizada por Joaquín Bilbao, mientras que las esculturas del pedestal fueron ejecutadas por diversos artistas: Sánchez Cid, Pérez Comendador, López Rodríguez y Lafita Díaz. El conjunto convierte el centro de la plaza en un espacio de memoria histórica, donde la figura del monarca aparece asociada a personajes y episodios fundamentales de la conquista cristiana de Sevilla.

Monumento a San Fernando

Monumento a San Fernando


La arquitectura del perímetro

Quizá la transformación más profunda experimentada por la Plaza Nueva ha sido la pérdida de la uniformidad arquitectónica que caracterizó su origen.

Los edificios que inicialmente rodeaban el espacio fueron concebidos como un conjunto homogéneo. Predominaban las construcciones de tres plantas, con fachadas relativamente uniformes y remates mediante azoteas. Esta regularidad perseguía crear un recinto urbano coherente, en el que la arquitectura actuase como marco del gran salón central.

Sin embargo, aquella homogeneidad comenzó a romperse en las primeras décadas del siglo XX y sólo se mantiene en pie como testigo el tramo comprendido entre el edificio de la Telefónica y la calle Barcelona. La incorporación de edificios de mayor altura y de lenguajes arquitectónicos diferentes transformó progresivamente la imagen de la plaza. Hoy conviven en ella testimonios del neoclasicismo, regionalismo, neobarroco, racionalismo y arquitectura contemporánea.

Edificio del Ayuntamiento

El edificio del Ayuntamiento constituye su principal referencia monumental. La fachada que mira hacia la plaza fue configurada durante el siglo XIX, en el contexto de la transformación del antiguo edificio consistorial, con intervención de Balbino Marrón y Demetrio de los Ríos. Su lenguaje clasicista establece un contrapunto con la diversidad arquitectónica posterior.

Plaza de San Fernando, actual Plaza Nueva, con el antiguo Convento Franciscano, que acababa de ser rehabilitado con destino a acoger la Casa Consistorial, futuro ayuntamiento hispalense

Fachada del actual Ayuntamiento a la Plaza Nueva


Casa Longoria

En la esquina con la calle Badajoz destaca la Casa Longoria, proyectada por Vicente Traver entre 1917 y 1920. Su composición regionalista y neobarroca rompe deliberadamente con la regularidad decimonónica. Este fue el primer edificio que se salió de las proporciones habituales de la plaza, incorporando un torreón.

Casa Longoria


Es una espléndida obra cuya fachada a la plaza se dispone con perfecta simetría, realizada toda ella en ladrillo de color claro, donde incluye finos detalles en azulejo azul. Con tres plantas de altura, su composición focaliza la atención en la gran balconera de forja situada en el eje de la fachada, en el centro de la segunda planta.

Detalle de la gran balconera de forja


Pero sin duda su elemento más sobresaliente y que más llama la atención es su bella torre-mirador situado en esquina. Es este un cuerpo de gran singularidad para el que su autor recupera elementos propios del barroco como son los roleos o los pináculos, y los combina sabiamente con otros más clasicistas como son los frontones curvos y los óculos. 

Detalle de la torre-mirador

Detalle del patio central

Detalle del patio central

Detalle de la fuente en el centro del patio

Detalle de la escalera

Detalle de azulejo

Detalle de azulejo


Edificio de la Compañía Telefónica

Mayor impacto tuvo aún el edificio de la Compañía Telefónica, proyectado por Juan Talavera y Heredia entre 1926 y 1928. Se trata de una de las obras más representativas del regionalismo sevillano. Su fachada de ladrillo rojizo, ornamentada con elementos blancos, incorpora un repertorio neobarroco inspirado en edificios emblemáticos de la ciudad, como San Luis de los Franceses, San Pablo y el Palacio de San Telmo. La fachada es de ladrillo rojizo con elementos decorativos de color blanco. En esta etapa colaboró con el decorador Manuel de la Cuesta y Ramos. La torre de esquina, concebida como una interpretación regionalista del remate de la Giralda, constituye uno de los elementos visuales más reconocibles de la plaza. Esta torre fue el segundo elemento, tras la torre del edificio de Vicente Traver, que se salió de los estándares habituales de los edificios del entorno.

Solar en el cual se levantaría posteriormente el Edificio de Telefónica en la Plaza Nueva. Mitad de los años veinte.


El estado que en abril de 1927 llevaban las obras del Edificio de la telefónica levantado en la Plaza Nueva, cuyo palmeramen asoma por la derecha.


La construcción de estos edificios provocó en su momento un intenso debate precisamente porque rompían la unidad arquitectónica que había caracterizado el proyecto original. A partir de entonces, la Plaza Nueva dejó de ser un conjunto unitario para convertirse en una especie de catálogo de la arquitectura sevillana de los siglos XIX y XX.

Edificio de Telefónica

Detalle del torreón

Detalle de la veleta

Detalle de la veleta

Detalle de una ventana

Trabajadoras de Telefónica en la Plaza Nueva. Año 1.930


Antiguo inmueble de Philips

Otros edificios posteriores, como el antiguo inmueble de Philips, esquina con la calle Méndez Núñez, proyectado por Alfonso Toro Buiza en 1960, o las construcciones corporativas de mediados del siglo XX, acentuaron todavía más esa diversidad.

Edificio de La Unión y el Fénix

A comienzos del siglo XX se levantó al sureste de la plaza el Gran Cinema Plaza Nueva. Este fue derribado en los años 30 y en esa parcela se construyó el edificio de La Unión y el Fénix, que era una empresa aseguradora que también acostumbraba a colocar edificios emblemáticos en las capitales españolas, siendo un buen ejemplo el de Madrid.

Edificio de La Unión y el Fénix

Edificio de La Unión y el Fénix

Detalle del logotipo

Detalle del logotipo

Edificio del Banco de Bilbao

El edificio del Banco de Bilbao de Sevilla se levanta en una de sus esquinas. Data de 1950 y responde a la corriente racionalista clasicista propia de esta época, que se lleva a cabo especialmente en la arquitectura asociada a los edificios corporativos de las grandes entidades, tanto públicas como privadas. 

Banco de Bilbao. 7 de marzo de 1951


Hotel Inglaterra

Hotel Inglaterra de Sevilla abrió sus puertas en 1857 tras el derribo del antiguo Convento Casa Grande de San Francisco, convirtiéndose en el hotel decano y uno de los alojamientos más emblemáticos de la ciudad. Se llamó inicialmente Fonda de Londres,  regentada por Carlos Antonio Ricca Miazza. A la muerte de su propietario el 13 de junio de 1873, sus herederos cierran el establecimiento no teniendo continuidad el mismo, ni relación alguna con los posteriores establecimientos establecidos como el Hotel de Londres (1893) regentado por Aurora Fernández. Posteriormente, en 1895 es Bernardino Ricca Manini, quién tras una importante reforma del mismo edificio, regenta hasta 1903 el Gran Hotel de Europa, y nace el Hotel Inglaterra que abre sus puertas en 1903 regentado por Pedro Tudury. En 1967 el Hotel Inglaterra fue reconstruido por completo.

La capilla de San Onofre

En el lado sur pasa casi inadvertida la capilla de San Onofre (Leer mas), uno de los vestigios más valiosos de la antigua Casa Grande de San Francisco.

La pequeña construcción barroca quedó literalmente absorbida por el nuevo caserío surgido tras la desaparición del convento. Su integración en las edificaciones decimonónicas es precisamente lo que explica que pueda pasar desapercibida para quien recorre la plaza.

Su presencia introduce una dimensión histórica excepcional: bajo la apariencia de una gran plaza burguesa y decimonónica permanece un fragmento físico del antiguo paisaje conventual de Sevilla.

Capilla de San Onofre

Una plaza mayor de la vida sevillana

Desde su creación, la Plaza Nueva asumió funciones que superaban ampliamente las de un simple espacio de circulación. Su ubicación central, la presencia del Ayuntamiento y la conexión con las principales calles comerciales hicieron de ella una verdadera plaza mayor.

Durante décadas fue uno de los principales lugares de paseo de la sociedad sevillana. Se instalaron sillas que podían alquilarse y que favorecieron la formación de tertulias. Las bandas de música amenizaban las noches de verano y la plaza se convertía en un gran escenario de sociabilidad.

La prensa de la época describe la concentración de familias, jóvenes, niños y paseantes. Los grupos sociales podían compartir el mismo espacio, aunque manteniendo sus propios ámbitos y círculos de relación. La plaza funcionaba así como un verdadero teatro cotidiano de la sociedad sevillana.

En torno a ella surgió asimismo una importante actividad hostelera. También aparecieron cafés, casinos y círculos recreativos. El Café La Perla, en las proximidades de la calle Tetuán, se convirtió en uno de los lugares de reunión vinculados a este espacio urbano.

Fiestas, espectáculos y celebraciones

La Plaza Nueva fue también escenario privilegiado de fiestas y espectáculos. Durante la segunda mitad del siglo XIX acogió actuaciones de bandas, ejercicios gimnásticos, espectáculos ambulantes, circos, funciones de entretenimiento y, posteriormente, proyecciones cinematográficas al aire libre.

El Carnaval tuvo una especial importancia. Durante décadas el Ayuntamiento engalanaba la plaza, donde se concentraban máscaras, sociedades carnavalescas y cabalgatas. También se celebraban conciertos y otras actividades festivas.

El Corpus Christi era otra de las grandes ocasiones de transformación del espacio. La plaza recibía iluminación especial y distintos actos vinculados a la celebración.

En este ambiente proliferaron aguaduchos, vendedores de refrescos, heladeros, barquilleros y vendedores ambulantes. La plaza se convirtió así en un espacio donde la vida social y el pequeño comercio callejero se mezclaban con el paseo y el entretenimiento.

Exhibición del cuerpo de Bomberos en Plaza Nueva. Año 1.929.

Plaza Nueva. Procesión de la Divina Pastora. Año 1.951.


Las descripciones literarias y periodísticas permiten reconstruir una imagen especialmente viva de aquel mundo: las tertulias familiares, los niños jugando, las sillas ocupadas al atardecer, las bandas de música, los vendedores ambulantes y los carruajes que circulaban alrededor del salón.

Espacio político y escenario de la historia contemporánea

La condición representativa de la Plaza Nueva hizo que también se convirtiera en escenario de acontecimientos políticos. Desde el siglo XIX acogió celebraciones monárquicas, proclamaciones, actos patrióticos, concentraciones y manifestaciones.

El balcón del Ayuntamiento adquirió en este contexto una especial importancia. Las ceremonias relacionadas con la monarquía transformaban temporalmente la fachada municipal en un escenario institucional.

La plaza también fue escenario de acontecimientos políticos durante la Segunda República y la Guerra Civil. El 18 de julio de 1936 se produjeron allí enfrentamientos armados y llegaron a emplazarse piezas de artillería, convirtiendo temporalmente este espacio de paseo en un escenario de confrontación.

15 de agosto de 1936. Tropas de la Guardia Civil desfilando sobre los raíles del tranvía y ante el edificio del Ayuntamiento, en cuyo balcón y pocos momentos antes, el general Queipo de Llano había izado la bandera bicolor como enseña oficial de la España llamada “nacional”, en aquéllos comienzos de la cruenta guerra “incivil”.  

15 de agosto de 1936 se produjo el cambio de bandera en el Ayuntamiento de Sevilla. El general Franco cedió al general Queipo de Llano la retirada de la tricolor y él izó la bicolor

Durante la dictadura franquista acogió igualmente concentraciones políticas y actos oficiales. En sentido muy diferente, durante la Transición volvió a ser espacio de expresión colectiva. Entre las concentraciones más significativas figura la celebrada el 4 de diciembre de 1978, vinculada a las reivindicaciones autonomistas andaluzas.

Así, la plaza ha funcionado sucesivamente como salón de paseo, escenario festivo, espacio ceremonial, lugar de protesta y punto de encuentro ciudadano.

Del automóvil al transporte público

La progresiva motorización de Sevilla modificó radicalmente el equilibrio entre peatones y vehículos. El espacio central fue reduciéndose mientras aumentaba la superficie destinada a la circulación y al estacionamiento.

En el proyecto del Metro de 1975 se planificó una estación en la Plaza Nueva. Las obras se iniciaron excavando un profundo pozo de acceso a la futura estación, igual a los construidos en la Puerta de Jerez y la Alameda de Hércules. Durante la excavación aparecieron restos de un barco, probablemente vikingo, que confirmaron la antigua condición hidráulica y portuaria del subsuelo.

Décadas después, las intervenciones relacionadas con el Metrocentro volvieron a afectar al espacio. En 2006 se paralizaron temporalmente las obras al aparecer restos relacionados con el antiguo complejo franciscano. La plaza volvió a revelar así, bajo su apariencia contemporánea, las distintas capas de la historia urbana de Sevilla.

La gran restauración de los años noventa permitió recuperar y reorganizar diversos elementos del conjunto, entre ellos el pavimento, las farolas y el monumento a San Fernando. Posteriormente se renovaron determinadas zonas de pavimentación y se replantó buena parte del arbolado.

La Plaza Nueva contemporánea

En la actualidad, la Plaza Nueva conserva su papel como uno de los principales nudos urbanos de Sevilla. El Ayuntamiento continúa otorgándole una función institucional esencial, mientras que la proximidad de las grandes calles comerciales mantiene su importancia como espacio de tránsito y actividad económica.

El transporte público ocupa buena parte de su perímetro y la convierte en uno de los principales puntos de conexión de la red urbana. A ello se suma la presencia del Metrocentro, cuya terminal se encuentra en este sector.

El espacio central conserva la estructura fundamental del antiguo salón, aunque profundamente transformada por las sucesivas intervenciones. Los parterres, setos de arrayán, naranjos, palmeras y plátanos de sombra forman un cinturón vegetal que contrasta con la gran superficie pavimentada.

El mármol de diferentes tonalidades utilizado en la solería contribuye a reforzar su carácter monumental. Las farolas de fundición, los bancos y los elementos de mobiliario urbano completan una imagen que busca conciliar la funcionalidad contemporánea con la evocación de la plaza histórica.