RUTAS POR SEVILLA: Vírgenes
Inmaculada Concepción.
Fuera de la Biblia canónica, un evangelio
apócrifo denominado Protoevangelio de Santiago contiene un extenso
relato sobre los orígenes y la vida de María que ha sido aceptada en gran parte
por la tradición cristiana. Por ejemplo, de ahí se tomó el llamar Joaquín y
Ana a los progenitores de María, de la Tribu de
Judá y descendientes del Rey David.
San Joaquín. Simón Gutiérrez, Juan. Hacia 1700. Óleo sobre tela. 162,5 x 120 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala VI. Procede de la Desamortización (1840)
Santa
Ana. Simón Gutiérrez, Juan. Hacia 1700. Óleo sobre tela. 158,5 x 119 cm. Museo
de Bellas Artes de Sevilla. Sala VI. Procede de la Desamortización (1840)
Así, María fue una mujer judía de
Nazaret de Galilea que, vivió entre fines del siglo I a. C. y mediados del
siglo I d. C.
También el Corán (siglo VII),
libro sagrado del Islam, la presenta como madre de Jesús (Isa), bajo su nombre
en árabe romanizado como Maryam.
Santa Ana enseñando a leer a la Virgen. Roelas, Juan de.
Hacia 1615. Óleo sobre lienzo. 230 x 170 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla.
Sala IV. Desamortización (1840) del convento de la Merced Calzada.
La fecha del 8 de septiembre es convencional.
Considerando que las jóvenes contraían matrimonio a edad muy temprana, es
decir, desde que eran capaces de engendrar, se puede calcular que María nació
entre los años 18-16 antes de Cristo.
Según la tradición judía de
aquel momento, los jóvenes varones se desposaban entre los dieciocho y
veinticuatro años, mientras que las jóvenes mujeres a partir de los doce años
eran consideradas doncellas (na'arah); a partir de esa edad podían
desposarse. El matrimonio judío tenía dos momentos, desposorio y matrimonio
propiamente dicho. El primero era celebrado en la casa de la novia y traía
consigo acuerdos y obligaciones, aunque la vida en común era posterior. Si la
novia no había estado casada antes se esperaba un año después del desposorio
para llegar a la segunda parte, el matrimonio propiamente dicho, donde el novio
llevaba solemnemente a la novia desde la casa de sus padres a la de él.
El casamiento de María y José es relatado con rasgos
milagrosos en el Protoevangelio de Santiago. Un ángel le dijo al sumo sacerdote
Zacarías que reuniese a todos los viudos del pueblo. "Aquel al que el
Señor envíe un prodigio, de aquel será María la esposa".
Así, María se casa con José, de
acuerdo con la costumbre judía, en la casa de María, en las afueras de Nazaret,
cuando José contaba veintiún años de edad. Esta boda fue la culminación de un
noviazgo normal de casi dos años.
Los desponsorios de la Virgen. Rafael Sanzio. 1504. Temple y
óleo sobre madera. 175x120 cm. Pinacoteca de Brena. Milán
(ver)
Pero antes de que ellos convivieran, María se halló
embarazada y el ángel Gabriel, en el sexto mes, le
anuncia que va a ser la madre de Jesús.
Este episodio aparece narrado en el
Evangelio de Lucas (Lc 1: 26-38): “Y al sexto mes, el ángel
Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una
virgen desposada con un hombre que se llamaba José, de los descendientes de
David; y el nombre de la virgen era María. Y entrando el ángel, le dijo: “¡Alégrate,
llena de gracia! El Señor está contigo. No temas María, concebirás en tu seno y darás a luz un hijo,
y le pondrás por nombre Jesús”. “Sera grande y será llamado Hijo del Altísimo”.
“Y su reino no tendrá fin”. María le dijo al ángel: ¿De qué modo se hará esto,
pues no conozco varón? Respondió el ángel y le dijo: El Espiritu santo
descenderá sobre ti, y el poder del altísimo te cubrirá con su sombra, por eso
el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios”. Dijo entonces María: He aquí la
esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.
Anunciación. Fernández, Alejo. Hacia 1508. Pintura sobre
tabla. 72 x 49,5cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala II. Desamortización
(1840) del Monasterio de San Isidoro del Campo.
Este episodio se relaciona con una profecía de
Isaías al decir:
“la
Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emmanuel,
que traducido significa: "Dios con nosotros"”.
José, como era justo y no quería ponerla en evidencia y crear un conflicto, pues la denuncia supondría la “lapidación”, decidió abandonarla en secreto, pero un ángel del Señor se le apareció en un sueño diciendo: “José hijo de David, no temas reconocer a María por esposa, pues lo que en ella fue engendrado es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, pues él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1: 18-25).
El evangelista Lucas dice que María, tras viajar a Belén con su esposo José, debido a un censo, "dio a luz a su hijo primogénito". Esa palabra podría llevar a pensar que tuvo otros hijos después de Jesús.
Es un debate interminable, que divide a los
cristianos, ya que los católicos sostienen que no y los protestantes que sí. En
algunos pasajes de los Evangelios se habla de "los hermanos de
Jesús", pero no es prueba concluyente, ya que la palabra tiene un sentido
amplio.
Del punto
anterior surge que José era viudo, por lo que pudo haber tenido hijos de su
anterior matrimonio, en concreto se plantea que tuvo
cuatro hijos (Judas, José, Santiago y Simón) y dos hijas (Assia y Lidia).
Algunos piensan que esos eran los hermanos de Jesús a los que aluden los
Evangelios.
Pues, María no tuvo más hijos y permaneció virgen durante toda su vida. Así, en 649 el
Concilio de Letrán declaró sin vacilar el dogma de la virginidad perpetua de
María. Hasta la Reforma, ningún escritor cristiano ortodoxo sostenía que María
tuviera hijos propios que no fueran el Señor.
Esto
constituye la doctrina del “nacimiento virginal de Jesús”, que sostiene que fue
concebido sin intervención de varón mientras que María permaneció
virgen antes, durante y después del parto.
Las primeras representaciones de María con
su hijo están en las catacumbas romanas de Priscilla que datan del siglo
II.
El Evangelio de Lucas es el que más datos proporciona sobre la vida María, en el desarrollo de la infancia de Jesús, la Presentación de Jesús en el Templo, y la pérdida de Jesús y su hallazgo en el templo.
En el Evangelio de Juan, Jesús hace su primer milagro a petición de ella, en Caná. Y en la cruz, la entrega como madre al "discípulo amado", y él es entregado a María como hijo.
También se la
menciona brevemente en los Hechos de los Apóstoles como miembro de la familia
de Jesús en la comunidad cristiana primitiva.
La mayor parte de los relatos ubica la muerte de María
en Jerusalén, pero también hay una hipótesis que sostiene que falleció en Éfeso
(territorio de la actual Turquía), donde también habría muerto el evangelista
Juan. Según esta versión, María vivió en un sitio cercano al lugar donde siglos
más tarde tuvo lugar el célebre Concilio del año 431, y murió a los 64 años.
Su muerte no está registrada en las
Escrituras, pero la tradición ortodoxa, tolerada también por los católicos,
dice que primero murió de muerte natural, conocida como la Dormición de María,
y luego, poco después, su cuerpo fue asumido al cielo.
Morte della Vergine.Caravaggio. 1606. Óleo sobre lienzo.
369x245 cm. Museo del Louvre. Paris (ver)
Asunción de la
Virgen. Valdés Leal, Juan de. Hacia 1680-1685. Óleo sobre lienzo. 36, 5 x 54
cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala VIII. Procede de la adquisición de
la Junta de Andalucía en 1987
Sin embargo, la Biblia NO enseña que María
estuviera libre del pecado original (Salmo 51:5, Romanos 5:12). De hecho, María
reconoció que era pecadora cuando ofreció el sacrificio para el perdón de los
pecados que, según la Ley de Moisés, debían ofrecer las madres (Levítico
12:2-8, Lc 2:21-24).
La inmaculada concepción de María ha
sido debatida por teólogos medievales. El Concilio de Trento (1545-1563) afirmó
que María era libre de pecado, pero no fue reconocida como dogma hasta el 8 de diciembre de 1854,
por el papa Pio IX en la bula papal “Ineffabilis Deus”:
“[...] Para honra de la Santísima Trinidad, para la
alegría de la Iglesia católica, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo,
con la de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra: declaramos,
afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, que
debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que
sostiene que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de
culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y
privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo,
salvador del género humano. Por lo cual, si alguno tuviere la temeridad, lo
cual Dios no permita, de dudar en su corazón lo que por Nos ha sido definido,
sepa y entienda que su propio juicio lo condena, que su fe ha naufragado y que
ha caído de la unidad de la Iglesia y que si además osaren manifestar de
palabra o por escrito o de otra cualquiera manera externa lo que sintieren en
su corazón, por lo mismo quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho”.
Muchas iglesias protestantes rechazan
la doctrina de la Inmaculada Concepción por considerarla contraria a las
Escrituras, aunque algunos anglicanos la aceptan como una devoción piadosa.
La iglesia Ortodoxa Oriental está
dividida: Shenouda III, Papa de la Iglesia Ortodoxa Copta, y el patriarca
Ignacio Zaqueo I de la Iglesia Ortodoxa siríaca se opusieron a la
doctrina, mientras que la Iglesia Ortodoxa de Etiopía y la Iglesia
Ortodoxa de Eritrea la aceptan.
En Sevilla, el proceso de reconocimiento
de la pureza virginal de María se inició, en la ciudad que lleva entre sus
títulos el de "Muy Mariana", siglos antes de la proclamación desde Roma.
Se sabe que ya existían cultos a la
Inmaculada concepción desde el siglo XIII en apuntes de actas capitulares de la
catedral, que incluso reconocen la celebración del día de la Inmaculada en el
siglo XVI.
En 1613 se produjo un hecho
desencadenante. El día de Navidad, el dominico Fray Diego de Molina, de la
comunidad del Convento de Regina Angelorum, que se encontraba en la calle
Regina, en su prédica llegó a decir “que se concibió la Virgen, como vos y como
yo y como Martin Lutero” provocando un gran revuelo en una ciudad eminentemente
Inmaculista.
Se inició un enfrentamiento con los
franciscanos, con Fray Francisco de Santiago a la cabeza, que dejó versos
contundentes:
Aunque le pese a
Molina
Y a los frailes de
Regina,
Al prior y al
provincial,
Y al padre de los
anteojos
Sacados tenga los ojos
Y el colgado de un
peral
Maria fue concebida
Sin pecado original
Calle Miguel Cid
O aquellos versos eternos de Miguel del Cid,
que se canturreaban por las calles, que decían:
Todo el mundo en
general
A voces reina escogida
Diga que sois
concebida
Sin pecado original
El
trasfondo era una lucha de poderes entre dos órdenes religiosa, cuyo punto de
inflexión se provocó el 29 de septiembre de 1615 cuando la Hermandad del
Silencio formula y proclama su voto de sangre para defender la Inmaculada
concepción de María.
Para
evitar los disturbios callejeros el Papa Gregorio XV (1554-1623), seis años
después, decretó el silencio de las predicas dominicas y el Papa Clemente XIII (1693-1769), en
una bula, declara a la Inmaculada Patrona de España.
Museo Lázaro Galdiano
La Inmaculada del zodiaco. Espinal, Juna de. 1783. Óleo
sobre lienzo. 45 x 62 cm. Museo Lázaro Galdiano. Madrid.
La Virgen, en pie sobre el creciente de
la luna y con el sol rodeando su cabeza, aparece coronada de doce estrellas y
encima, en una cinta en forma de anillo, van los doce signos del zodiaco.
A sus pies aparece la serpiente infernal.
Pero lo más nuevo es la presencia del Espíritu
Santo, no volando sobre su cabeza, como es habitual, sino entre las manos de la
Virgen, y ofreciéndole con el pico un anillo de desposorios.
Del ángulo superior derecho, donde se sitúa un triángulo
equilátero, símbolo de la Trinidad, parte un haz de luz que, tras atravesar a
la Virgen se refleja en un espejo que, a la izquierda, sostienen unos ángeles
niños, y enciende una vela que aparece a la derecha rodeada también de ángeles.
Uno, en el ángulo inferior derecho, con
los ojos vendados, parece apagar una antorcha.
Museo del Prado
Fue encargado por Justino Neve para el
Hospital de los Venerables sacerdotes de Sevilla.. Durante su carrera, Murillo pintó
alrededor de dos docenas de obras con este tema, posiblemente más que ningún
pintor español de su época. La de los Venerables se distingue de la mayoría de
las Inmaculadas de Murillo por su actitud triunfante, el acusado
movimiento de ascensión y por carecer absolutamente de sus atributos
tradicionales.
La Virgen María aparece sobre la bola del Mundo y la media luna,
pisando la serpiente del Pecado Original, coronada por la paloma del Espíritu
Santo y rodeada por ángeles y por algunos de los símbolos marianos. Éstos son
la vara de azucenas, la palmera, la fuente y el espejo.
Figura de medio cuerpo; delante, el creciente de la luna y a
los lados, seis serafines. Los colores de la túnica y el manto, el pelo suelto,
las manos entrecruzadas sobre el pecho y la mirada elevada y devota nos indican
que estamos en presencia de la Virgen, y la luna creciente nos asegura que
estamos ante la Inmaculada Concepción, que en las versiones de cuerpo entero se
representa siempre a sus pies.
La imagen de la Virgen está muy convincentemente modelada mediante el claroscuro, y se asienta de una manera firme y estática sobre una media luna. Emerge de un cielo encendido con luz de atardecer. Aparece con las manos unidas en oración sin estar rodeada de cabezas de ángeles que son sustituidos por los símbolos de las letanías que recuerdan las virtudes que acompañan a la Virgen.
Fue un boceto para el cuadro del altar mayor de la iglesia
del Colegio de la Inmaculada de la Orden de Calatrava, en la Universidad
de Salamanca, destruido durante la guerra de la Independencia
(1808-1812).
Rubens pintó
este cuadro durante su segunda visita a Madrid (1628-1629), por encargo
del marqués de Leganés. Se colocó en
el oratorio del rey del Alcázar de Madrid, donde se documenta ya en 1636 y,
posteriormente en el Monasterio del Escorial, donde estuvo hasta 1837.La
Virgen, coronada de estrellas, pisa la serpiente con la manzana, símbolo del
pecado.
La Inmaculada de El
Escorial recibe este apelativo porque se exhibió en la
Casita del Príncipe de ese complejo monástico hacia 1787 tras su adquisición,
la cual se llevaría a cabo probablemente en Sevilla por Carlos IV, barajándose
las hipótesis de que hubiera pertenecido hasta entonces al ebanista Baltasar
Angelo o al naturalista Pedro Franco Dávila (1711-1786). Se data
convincentemente tras la promulgación por Alejandro VII de las dos bulas a
favor del dogma de la Inmaculada, hacia 1665, cuando se considera que el pintor
recibió numerosos encargos.
La Virgen, con su presencia vertical ligeramente curvada, preside un espacio que se organiza a base de círculos de distinta densidad que van pautando la composición y "enmarcando" a María: el formado en la parte inferior por los angelitos que parecen rotar a los pies de la Virgen; el compuesto por los angelitos que flanquean a María a partir de su rodilla izquierda; y el apenas esbozado de cabezas que hacen de corona.
La composición se configura en tres registros
interdependientes. El espacio superior lo ocupa el Padre Eterno, rodeado por
ángeles. Debajo, la Virgen, revestida del atuendo tradicional, manto azul que
ondea tras ella y túnica blanca, eleva los ojos al cielo y cruza las manos
sobre el pecho. Los ángeles del área inferior portan algunos elementos
simbólicos tradicionales como los lirios, el espejo o la rosa y ocultan en
parte una esfera terráquea sobre la que serpentea un ofidio, casi segmentado
por un emergente cuerno de creciente lunar. Con la boca muerde la manzana del pecado
original y semeja extrañamente ahuyentado por un ángel, en el ángulo inferior
derecho, que lleva en sus manos el collar de la Real Orden de Carlos III.
Iconográficamente se ciñe al modelo tradicional de la
Inmaculada, como Mujer de Apocalipsis (cap. XII, 1) erguida,
caminando sobre el globo de la luna, coronada de doce estrellas, con túnica
blanca y manto azul y acompañada de ángeles niños que portan los atributos de
la letanía, las azucenas, la palma, las rosas, los lirios, el olivo y el
laurel. Otros portan el arca sellada y el espejo. A los lados, al fondo, se
distinguen también la puerta del Cielo (Porta Coeli), y la
Escala de Jacob (Scala Dei), advirtiéndose además la
estrella matutina y el arco iris.
La Virgen aparece en primer término, invadiendo gran parte de la superficie pictórica. En la zona superior destaca un haz triangular cuyo vértice superior se sitúa fuera del cuadro y que evoca la Sabiduría Divina que abarca a la Virgen, tras cuya cabeza se expande una corona de rayos. Ángeles de cuerpo entero aparecen a ambos costados de María y ostentan atributos vegetales: un lirio, una azucena, una palma y un ramo de olivo, símbolos marianos habituales y alusivos a conceptos como la pureza, la paz y la gloria. María apoya sus pies sobre una luna y en la parte inferior vemos al dragón infernal. Bajo la Virgen, se muestra la tierra. A la derecha, una fuente y una torre evocan las Letanías marianas, y a la izquierda un paisaje fluvial con un puente, que se identifica con el famoso puente romano de Córdoba, defendido por la torre de la Calahorra, que constituye una de las principales señas de identidad de la ciudad.
María mira hacia lo alto en vez de recogerse en un gesto
devoto e introspectivo, como fue más habitual entre sus obras de este tema. La
Virgen, con el acusado despliegue de su manto, invade gran parte de la
composición, y a su alrededor los ángeles portadores de los símbolos de las
letanías crean una trama de gran densidad. Llama la atención el cuidado
que ha puesto su autor en la descripción de los atributos de las letanías.
Especialmente la corona, el cetro y el espejo se conciben como piezas de
orfebrería extraordinariamente delicadas y muy ricas.
Museo Sorolla
Museo de Bellas Artes de Bilbao
La
Inmaculada Concepción. José Antolínez. 1665. Óleo sobre lienzo. Museo de Bellas
Artes de Bilbao
Museo de Bellas Artes de Sevilla
Inmaculada Concepción del coro, “La Niña”. Murillo, Bartolomé Esteban. Hacia 1668-1669. Óleo sobre lienzo. 229 x 171,5 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V. Procede del Convento de Capuchinos tras la desamortización de 1840
Inmaculada. Alonso Vázquez. Hacia 1590. Óleo sobre
lienzo. 268 x 206 cm. Museo de Bellas Artes. Sala III. Desamortización de 1840
Inmaculada. Murillo, Bartolomé Esteban. Hacia 1675. Óleo sobre cobre. 70 x 54 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VII. Adquisición del Estado (2013)
Esta
obra tiene la particularidad de que su soporte es una lámina de cobre.
Su ventaja es que, al no ser un material absorbente, agiliza la
preparación y precisa de menor carga matérica. El material proporciona también
cualidades estéticas por el brillo esmaltado que aporta a los acabados de óleo
y la calidez que concede a los tonos.
La Virgen aparece sobre una masa de nubes, rodeada de querubines y ángeles, coronada por doce estrellas. Sigue la tradicional iconografía de las Inmaculadas de Murillo: joven, casi una niña, de largos cabellos, vestida con vaporosa túnica blanca y manto azul que rodea su brazo y se recoge en el hombro. Los ángeles sostienen sus atributos: el espejo, la palma, las rosas, las azucenas y la rama de olivo.
Inmaculada Concepción. La Colosal. Murillo, Bartolomé
Esteban. Hacia 1650. Óleo sobre lienzo. 436 x 297 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla.
Sala V. Desamortización (1840) del Convento de san Francisco
Murillo
pintó esta obra por encargo de los franciscanos, grandes defensores de la
devoción de la Inmaculada Concepción de María desde la Edad Media.
Recibe
el nombre de la Colosal por sus grandes proporciones ya que se realizó para ser
colocada sobre el arco de la capilla mayor, a gran altura y distancia del
espectador. Con las manos unidas, la Virgen dirige la mirada hacia abajo
acentuando la sensación de profundidad de quien la contempla.
Inmaculada
del Padre Eterno. Murillo, Bartolomé Esteban. Hacia 1668-1669. Óleo sobre
lienzo. 283 x 188 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala V
Este cuadro presenta dos notables novedades, dentro de las
numerosas Inmaculadas que realizó Murillo, que son la presencia en la zona
superior de Dios Padre y en la inferior el globo terráqueo con el
dragón. La Virgen está vista de frente, sin torsión apenas en el cuerpo,
excepto su cabeza que gira hacia el lado derecho y la mirada hacia el
rompimiento de gloria donde la acoge Dios Padre.
Apoteosis de la Inmaculada. Martínez, Domingo. Hacia
1740. Óleo sobre lienzo. 543 x 276 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala
XI. Desamortización (1840) del Convento de san Francisco.
La Inmaculada es representada monumentalmente, sobre
un trono de nubes, con las manos unidas hacia el lado derecho mientras mira
hacia el lado izquierdo. A sus pies aparecen, rodeándola, multitud de angelotes
que portan atributos marianos. Desde el lado izquierdo adoran a la Virgen Duns
Scoto y otros varios santos franciscanos, pontífices, santos padres y doctores
de la Iglesia, que se distinguieron por su devoción y sus escritos sobre el
dogma de la Inmaculada Concepción. En el lado derecho vemos a la
venerable sor María Agreda y a los monarcas españoles Felipe IV, Carlos II y
Felipe V, que aparecen coronados y con cetros regios en las manos y vestidos
con mantos de armiño.
Inmaculada. Ríes, Ignacio de. Siglo XVII. Óleo sobre tela.
203 x 158,5 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala VI. Desamortización
(1840)
En 1963 se
incorporó a las colecciones del Museo de Bellas Artes de Sevilla una Inmaculada
que ingresó como donación de Antonio Bojollo Fernández en memoria de Concepción
Cano Sánchez y José Marín Cano. Se trata de una delicada pieza de madera
policromada atribuida al círculo de Pedro Duque Cornejo (1678-1757). Pero, sus
características formales y técnicas permiten situarla en el contexto del arte
sevillano del último cuarto del siglo XVII y, más concretamente, en la
producción del escultor Francisco Antonio Gijón (1653 - hacia 1705). La Virgen
se dispone de pie sobre un coro de serafines y una luna creciente invertida,
con las manos unidas en oración y los ojos ligeramente entornados en gesto de
recato. Su túnica alba y manto celeste están bellamente estofados con motivos
punteados y en espiral.
Fundación Focus. Hospital de los Venerables
Inmaculada con san Joaquín y santa Ana. Herrera el Viejo,
Francisco de. Hacia 1625-1630. Óleo sobre lienzo. 241 x 165,5 cm. Fundación
Fondo de Cultura de Sevilla (FOCUS). Hospital de los Venerables Sacerdote.
Procede del Hospital de la Encarnación de Triana
Recientemente
se ha propuesto una identificación de este cuadro con el que presidió el
retablo de la capilla de la Encarnación de Triana, contratado por el maestro en
1635.
Inmaculada Concepción. Velázquez, Diego. Hacia 1617. Óleo
sobre lienzo. Fundación Fondo de Cultura de Sevilla (FOCUS)
Esta Inmaculada constituye una obra clave del entorno artístico
que se formó en el taller Francisco Pacheco entre 1616 y 1618. Se creó un gran
debate en torno a su atribución, entre Alonso Cano y el joven Velázquez, cuando
ambos compartían aprendizaje en el taller de Pacheco. Por los últimos estudios técnicos
realizados en el Museo Nacional del Prado parece que esta obra está en directa
relación con las primeras composiciones de Velázquez. Siguiendo las
directrices iconográficas establecidas en el tratado de pintura de su suegro y
maestro, el pintor representa a la Virgen como una joven en pie sobre un globo
transparente que simboliza la luna, suspendida en una masa luminosa de nubes, y
ante un paisaje casi nocturno en el que se advierten los símbolos marianos
tradicionales.
Inmaculada. Zurbarán, Francisco de. Hacia 1640. Óleo
sobre lienzo. Fundación Fondo de Cultura de Sevilla (FOCUS). Ayuntamiento de
Sevilla
Zurbarán puede ser considerado como Murillo, el
pintor de las Inmaculadas, pues las pintó a lo largo de toda su carrera, desde
sus primeros años sevillanos hasta sus últimos años madrileños. La obra ingresó
en el Ayuntamiento en 1837 procedente del convento del Pópulo. La Virgen,
estática y con mirada dirigida al cielo, gravita sobre una media luna y cuatro
cabezas de querubines ante una masa luminosa de nubes doradas que resaltan su
movida silueta, más alargada respecto a sus versiones anteriores.
Inmaculada. Martínez Montañés, Juan. 1623-1624. Escultura
en madera policromada. 168 x 64 x 49 cm. Fundación Fondo de Cultura de Sevilla
(FOCUS). Arzobispado de Sevilla
Esta
Inmaculada es el precedente inmediato de la Cieguecita de la Catedral de
Sevilla. La escultura procede, junto a su compañera dedicada a san Juan
Bautista, de los retablos colaterales de la iglesia del convento de Santa Clara
de Sevilla, ejecutados por el maestro a partir de 1622. La Virgen se presenta
con las manos unidas en oración, mirada baja, expresión candorosa y
ensimismada, y pisando el creciente lunar, sobre cuyo frente emergen dos
cabezas de querubines. El tratamiento del manto es técnicamente magistral, con
plegados amplios y profundos que difieren ligeramente de la disposición que el
artista utilizó con anterioridad.
Catedral de Sevilla
Concepción Grande. Martínez, Alonso. 1656-1658. Madera
policromada. 200 cm. Capilla de la Inmaculada Concepción. Catedral de Sevilla
La capilla había sido el lugar
escogido por el cabildo en 1520 para sepultar los restos de los caballeros que
lucharon al lado del rey Fernando III en la reconquista de Sevilla
En 1654 Gonzalo Núñez de Sepúlveda (quien fallecería el 24 de noviembre del
año siguiente) donó 150 000 ducados para la fiesta y octava de la Inmaculada
Concepción, motivo por el que el cabildo cedió este espacio para su
enterramiento, retirando en consecuencia los huesos de los caballeros
sepultados el siglo anterior, los cuales fueron inhumados en la sacristía de
los cálices.
Tras el entierro de Núñez de Sepúlveda el 25 de noviembre de 1655, su
viuda Mencía de Andrade, junto con los albaceas de Gonzalo, encargó la
fabricación del retablo que preside la imagen de la Concepción Grande,
quedando la capilla bajo la advocación de la Inmaculada y figurando en la
misma una tarja de jaspe negro fechada en 1664, diseñada por Juan Valdes
Leal y labrada por Juan Donaire, en la que consta
una inscripción relativa a estos hechos:
“A la buena memoria de Gonzalo
Núñez de Sepúlveda, caballero del Orden de Santiago y 24 de Sevilla, que
ilustró esta capilla dedicándola a la Pura Concepción de Nuestra Señora,
instituyendo su solemnísima octava a este santo misterio en la capilla mayor
desta Santa Iglesia, manifiesto el Santísimo Sacramento en ella con el adorno
de altares y grandeza con que se celebra la del Corpus, y fundó otras
dotaciones de capellanías y dotes para doncellas naturales de Sevilla y un
aniversario, desposeyéndose en vida de más de 150.000 ducados para estas
perpetuas memorias, y doña Mencía de Andrade, su mujer, partícipe en todas
ellas, y Andrés de Arriola y Isidro Blázquez, sus albaceas, pusieron esta
inscripción para honra y gloria de Dios y su SSa madre y
exemplo a los venideros, en el año de 1664”.
Actualmente también se
encuentra enterrado el cardenal fray Carlos Amigo Vallejo.
La talla de la Concepción Grande, así llamada por su tamaño y para
distinguirla de la conocida como “la Chica” (La Cieguecita de Martínez
Montañés), posee un rostro alargado con una nariz fina y una boca pequeña, con
ambos ojos entreabiertos. El cabello cae suelto sobre los hombros
dibujando suaves ondulaciones y enmarcando tanto la cara como el
cuello. Sobre la cabeza porta una corona real de orfebrería circundada por
una aureola de rayos con dieciocho estrellas en vez de doce, como suele ser
habitual en las imágenes inmaculistas, para hacer referencia a las doce tribus
de Israel. Los brazos están flexionados y las manos juntas en actitud
orante, destacando en ambas extremidades un desplazamiento lateral que delata
la influencia de Montañés.
Presenta una túnica blanca ornamentada con motivos florales y ceñida por
encima de la cintura, y queda oculta en gran parte por el manto, de color azul
en la parte exterior y rosa en la interior. El manto se halla suspendido
del brazo izquierdo y cruza el cuerpo de la Virgen para quedar colgando por
debajo del brazo derecho, creando con ello una profusión de pliegues en cascada
y permitiendo la visión del envés a la vez que contrasta con la caída casi
vertical del lado izquierdo.
La imagen se apoya en un escabel conformado por las cabezas aladas de siete
serafines en cuyos extremos sobresalen las puntas de una media luna invertida.
Inmaculada. Murillo, Bartolomé Esteban Murillo. 1667.
Óleo sobre tabla. Sala Capitular. Catedral de Sevilla.
Esta Inmaculada que
preside la Sala Capitular de la Catedral de Sevilla es quizás una de las más
bellas y menos conocidas de las muchas pintadas por Murillo. Pintada sobre
tabla, se sitúa a la altura de los óculos que dan luz a la sala elíptica. Fue
la primera pintura encargada a Murillo por el Cabildo Catedral en 1662.
Presenta la mirada baja y las manos juntas, destacando la
delicadeza de su rostro y la belleza de su figura aparece envuelta por un fondo de nubes de variadas tonalidades,
entre las que se mueven grupos de ángeles que portan símbolos de las letanías
lauretanas.
Inmaculada Concepción. Zurbarán, Francisco de. Hacia
1650. Óleo sobre lienzo. 323 x 190 cm. Catedral de Sevilla
Dentro
de las Inmaculadas realizadas por Zurbarán, esta es la de mayor
tamaño, y su iconografía es inusual. La Virgen reposa no solamente
sobre la luna creciente, con la habitual peana de angelitos, sino también sobre
un Sagrado Corazón, cuya punta se apoya en la parte central del
paisaje subyacente. Ello posiblemente se explique por una petición
especial de los comitentes, tal vez miembros de los "esclavos
concepcionistas del sagrado corazón". Otra rareza iconográfica es la
corona imperial, recomendada por Francisco Pacheco, inclinada sobre la cabeza.
Inmaculada.
La Cieguecita. Martínez Montañés, Juan. 1629-1631. Madera de cedro policromada.
1,64 m de altura
La policromía está realizada por Francisco Pacheco y Baltazar Quintero y
esculpida según el modelo descrito por Francisco Pacheco en su obra “Tratado del
arte dela pintura”.
Se trata de una Virgen con aspecto de niña, con faz
redondeada, mirada dirigida hacia abajo, con los ojos entreabiertos (lo que da
origen al apelativo de la Cieguecita) y una larga melena dividida que cae sobre
su espalda. La cabeza está adornada con una corona de 12 estrellas que aluden a
las doce tribus de Israel.
Viste una túnica larga, ceñida
con un cíngulo, y un manto sobre los hombros que se recoge con el brazo
izquierdo produciendo numerosos pliegues. La pierna derecha está ligeramente
flexionada y las manos permanecen unidas.
A los pies, a modo de peana, aparecen tres rostros de ángeles y media luna con las puntas hacia arriba.
Durante
el siglo XVIII, la escultura estuvo revestida con telas y en una
restauración del año 1779, volvió a su estado original y se renovó la
policromía, especialmente en los ropajes y el cuerpo.
Capilla de San Andrés (ver)
En la
pared de la Epístola, debajo, al lado del arco de medio punto que da acceso a
la capilla mayor, una imagen anónima de la inmaculada fechada en el siglo XVIII.
Iglesia de San Andrés (ver)
La portada del Evangelio,
se abre a la plaza de San Andrés y fue modificada en los años 1952-53 para
permitir la salida y entrada de los pasos de la Hermandad de Santa Marta. El
diseño original quedó borrado y no se pueden intuir los trazos del mismo.
Posee un arco de medio punto
con pilastras toscanas molduradas, que sostiene un segundo cuerpo en cuyo
centro se sitúa un vano de medio punto que cobija la imagen de la
Inmaculada.
En la cabecera de la nave de la epístola se presenta la Capilla
Sacramental, que posee dos tramos de planta cuadrada.
Al primer tramo se accede a través de un arco apuntado, que muestra en la pared derecha un cuadro de la “Animas benditas del purgatorio” y "Santa Catalina” y una “Inmaculada” en la pared izquierda.
El retablo mayor, obra barroca en madera tallada y
dorada, fue realizado por Felipe Fernández del Castillo y
su sobrino Benito de Hita y Castillo entre 1732 y 1739, que debió ser
reformado en el último cuarto del siglo XVIII, por lo que ya apunta formas de
la pureza de la transición al academicismo. Mide 9,86 de alto por 6,81 de
ancho.
Está formado por banco, cuerpo dividido por columnas
en tres calles, y ático donde destacan unas pequeñas columnas en forma de
estípites.
En el centro del retablo destaca una escultura de la
Inmaculada que se considera obra de Jerónimo Hernández (ver) de
hacia 1570.
Realizada en madera con las técnicas de tallado,
estofado y policromado, mide 1,69 metros y fue realizada en estilo
manierista.
Se cree que proviene del antiguo retablo mayor diseñado por Antonio Maeda en 1594.
En la nave del
Evangelio, tras la puerta que da a la calle San Andrés, un excelente
retablo de la Inmaculada de 1587.
En el centro del retablo, la imagen de bulto redondo de la Inmaculada, de
1,78 metros de alto, en madera tallada, policromada y estofada, atribuida a
Gaspar Núñez Delgado.
La Virgen posee un rostro juvenil, aunque no aniñado, como muchas
Inmaculadas posteriores. Las facciones poseen cierto grado de angulosidad y en
ellas destacan una nariz prominente y unos ojos entrecerrados con la vista
dirigida al suelo. El cabello cae sobre los hombros formando pronunciados
rizos, los cuales enmarcan tanto el cuello como la cara, girada a la derecha, y
dejan a la vista la oreja izquierda.
Los brazos están flexionados y las manos juntas en actitud orante, con
ambas palmas tocándose y los dedos ligeramente doblados. En ambas extremidades
se aprecia un desplazamiento hacia el lado opuesto al que gira la cabeza, gesto
estrechamente vinculado a la tendencia artística que Martínez Montañés pondría
en práctica en la Inmaculada llamada La Cieguecita.
La talla, cuya policromía corresponde a Francisco Pacheco (aunque también
se le atribuye a Alonso Vázquez, quien habría policromado la escultura en
1598), viste túnica con motivos florales y manto azul sin apenas adornos (tan
solo unos ornamentos en el borde).
Este manto, cuyo envés muestra delgadas franjas horizontales de color negro
sobre un fondo dorado, presenta una serie de pliegues angulosos desde la doblez
de la cintura hasta los pies, donde destaca una peana conformada por una media
luna y dos cabezas aladas de serafines en el frente.
La imagen, descrita como “arrogante y muy original”, posee fuertes lazos con el estilo artístico de Montañés, quien como discípulo de Núñez pudo haberse inspirado en ella para la creación de algunas de sus imágenes concepcionistas.
Iglesia de Ómnium Sanctorum (ver)
En la cabecera, de la nave del Evangelio, un retablo neoclásico del siglo
XVIII, procedente de Osuna o Estepa, que, según la información recabada, estuvo
presidida por una imagen de la Virgen de Fátima y posteriormente por la Virgen
de Belén, que antiguamente presidía el altar de la parroquia de Belén de la
calle Calatrava, hoy desaparecida.
A sus lados estaban dos tallas modernas de santa Rita y san Antonio de
Padua.
Actualmente, el retablo está presidido por una talla de la Inmaculada
Concepción, atribuida a Alonso Cano, con una Virgen de Fátima en el ático y dos
imágenes laterales no claramente identificadas.
Dos cuadros a los lados del retablo y una ventana cegada.
Detalle de la Inmaculada
A los
pies de la nave del Evangelio se encuentra, normalmente, el altar de la
Inmaculada Concepción, cotitular de la Hermandad de los Javieres, obra de
Manuel Escamilla basándose en la talla de Alonso Cano que se conserva en la
parroquia de san Julián.
Iglesia de San Julián (ver)
El
excepcional retablo Mayor de Felipe de Ribas se perdió en el incendio de 1932
y, en la actualidad se sitúa en el presbiterio una recomposición de piezas de
fines del XVII y comienzos del XVIII, conformando una estructura de banco
inferior y un cuerpo superior de tres calles y ático. Las calles se
compartimentan mediante cuatro columnas salomónicas de la segunda mitad del
siglo XVII. En una de las calles laterales, lienzos del siglo XVIII de la
Inmaculada Concepción.
En el ático un gran lienzo del franciscano San Francisco
Solano del siglo XVIII y encima un relieve de la Inmaculada Concepción del
siglo XVII.
En la nave del Evangelio, sobre una repisa, se sitúa una
imagen pequeña de la Inmaculada Concepción. La Virgen se apoya en un escabel
con forma de media luna en la que destaca el rostro alado de un querubín.
En el muro de la nave del Evangelio un sencillo y sobrio retablo moderno
dorado, en cuya hornacina se encuentra la Inmaculada Concepción.
La imagen de talla completa, de bulto redondo, de 1,41
metros, está realizada en madera de cedro policromada y estofada
Muestra una Virgen muy joven, casi aniñada, con la
cabeza agachada, los ojos entornados, la boca pequeña de labios finos, los
brazos están flexionados y las manos unidas en gesto de recogimiento y
oración, se sitúan delante del pecho. La melena está dividida y caen
mechones a ambos lados del rostro y sobre los hombros, mostrando el cabello
unas leves ondulaciones.
Su aspecto de frontalidad se rompe por el
“contraposto” creado por el discreto desplazamiento de la pierna derecha con
flexión de la rodilla.
La vestimenta ayuda a dotar de gran movimiento a la
escultura; la túnica, apenas visible por el manto, posee una estructura de
pliegues verticales los cuales se arquean a medida que la tela cae hasta los
pies, mientras que el manto muestra una doblez a la altura del pecho que
contribuye a acentuar el arqueamiento de los drapeados y el “contraposto”,
contrastando a su vez con la caída vertical del otro extremo.
La Virgen se apoya en un escabel con forma de media
luna en la que destacan los rostros alados de dos querubines.
Su autoría es motivo de controversia. Juan Agustín
Ceán Bermúdez la vinculó con Alonso Cano, una atribución que ha venido
manteniéndose hasta nuestros días. Esta opinión se fundamenta en el hecho de
que Cano contrató, el 18 de agosto de 1629, un retablo sobre la vida de la
Virgen para la parroquia de La Campana que debía llevar en la hornacina central
una imagen de la Inmaculada Concepción. De esta manera, la cronología de la
imagen estaría enmarcada entre 1632 y 1634, antes de 1638, debido a que
ese año Cano fue llamado a la corte en Madrid por el conde-duque de
Olivares.
No obstante, Emilio Gómez Piñol,
catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Sevilla, ha propuesto su
autoría a Juan Martínez Montañés (ver), y además sitúa la obra próxima al
círculo escultórico de san Isidoro. Para este experto su fecha de ejecución
estaría entre las de otras dos Inmaculadas de Montañés, la de El Pedroso
(1606-1608) y la “Cieguecita” de la catedral (1631).
Según el conde del Águila, la escultura procedía de la
parroquia de La Campana y recibió culto inicialmente en la Iglesia de santa
Lucía hasta que, durante la Revolución Gloriosa de 1868 (ver), la Junta Revolucionaria clausuró el
templo y la imagen de la Inmaculada fue enviada, junto con otros objetos
litúrgicos, a la Iglesia de San Julián, donde pasó a presidir la Capilla
Sacramental.
Este templo sufrió la madrugada del 8 de abril de 1932 un grave incendio provocado que causó serios daños en la talla, aunque fue rescatada, más de tres horas después de declararse el fuego, por fray Sebastián de Ubrique, guardián del Convento de los capuchinos, con ayuda de varios bomberos. Fue restaurada, aunque sus manos tuvieron que ser reemplazadas, por Sebastián Santos Rojas y posteriormente por Antonio Castillo Lastrucci, hacia 1940, convirtiéndose en la única imagen de la iglesia que logró salvarse del fuego.
En el límite del Presbiterio, una repisa
con una inmaculada del siglo XVII.
La inmaculada formaba parte del retablo mayor antes de la reforma a que fue
sometido éste en el primer cuarto del siglo XX.
Esta imagen es una obra en madera policromada de 1,41 m. fechable en el
siglo XVII, y está atribuida a Alonso Cano o a su círculo, mientras que otros
estudiosos la señalan como obra del autor del retablo mayor, Diego López Bueno,
de entre los años 1625 y 1629.
Ha sido sometida a varias restauraciones, como la efectuada por el escultor
Ricardo Comas que le retalló el brazo derecho, o la más reciente con motivo de
la reapertura del templo, por el equipo Sur Restauración.
La imagen, de acusada verticalidad, presenta la cabeza ligeramente
inclinada hacia su derecha, con un gesto de humildad y sencillez acorde al
misterio representado. Presenta sus manos unidas en actitud de oración,
levemente dirigidas hacia la izquierda, contrarrestando la dirección de la
cabeza, consiguiendo así un efecto que le dota de un movimiento contenido,
reforzado por la pierna derecha adelantada y el pliegue del manto.
Destaca en esta imagen su esbeltez, que le confiere una gran elegancia. La Virgen,
que presenta larga cabellera, viste túnica blanca y manto azul, ya que con
estos colores se apareció a Santa Beatriz de Silva, fundadora de la Orden de la
Inmaculada Concepción, como especifica el pintor Francisco Pacheco al dictar
las directrices sobre cómo debe ser representado este misterio mariano en su
obra “Tratado de la Pintura”. Tanto la túnica como el manto están adornados con
flores y otros motivos vegetales, ricamente estofados en oro, haciendo
referencia a la mujer vestida de sol del capítulo 12 del Apocalipsis, ya que a
partir de interpretaciones como la de San Bernardo de Claraval, la mujer
apocalíptica que presenta San Juan es identificada con la Virgen María. A
partir de este pasaje, muestra también la media luna bajo sus pies, donde encontramos
igualmente dos cabezas de ángeles, y un aro de doce estrellas que rodean su
cabeza. Completa su iconografía con una hermosa peana de plata que es imagen de
la fortaleza y de la firmeza de la fe de María, haciendo alusión a la Torre de
David de la letanía lauretana.
En la cabecera de la Capilla
Sacramental, un retablo de Felipe Fernández del Castillo y Benito Hita del
Castillo de 1753. Está presidido por una talla de la Inmaculada, con ángeles
atlantes, ménsulas, rocallas, volutas y todo tipo de elementos
ornamentales. La imagen de la Inmaculada es de Benito Hita del Castillo
entre 1748 y 1756. Porta corona y está sustentada sobre ángeles de cuerpo
entero que revolotean en sus pies.
Finalmente,
a los pies de la capilla Sacramental y encima de la reja que da acceso a la
nave del evangelio, “La Apoteosis de la Inmaculada” de Pedro Tortolero en 1768.
El retablo mayor es obra de Cayetano de Acosta, quien
lo realizó entre 1761 y 1763, al igual que los restantes retablos que adornan
el templo. En la
hornacina central destaca la suntuosa imagen de la Inmaculada de
Cayetano de Acosta. Posee corona y sus ropajes están hábilmente
policromadas con estofados. Se posa sobre una peana con dos angelotes y un
pelicano. A su espalda resplandecen unos rayos a modo de irradiación, algo que
no suele ser habitual en estas imágenes.
El Retablo
Mayor de la Iglesia es del siglo
XVII y consta de sotobanco y banco (parte inferior o basamento de
un retablo, en ocasiones puede estar dividido en dos pisos, en cuyo caso
se denomina el más próximo al suelo sotabanco), dos pisos de tres
calles y un ático.
Levantado por los hermanos Felipe y Gaspar de
Ribas, puede considerarse como una de las mejores creaciones
barrocas sevillanas. Sin embargo, el dorado y el estofado, la
policromía, o bien no quedó terminada del todo, o no se llegó a hacer y, habrá
que esperar años, para que todo esté concluido. Será Valdés Leal quien se
comprometa a hacerlo, a partir de diciembre de 1680, debiendo dorar y estofar
todo el conjunto como lo vemos hoy.
En la parte alta está la Inmaculada con San Fernando
que entró en la ciudad el día de san Clemente de 1248 y San Hermenegildo, que
murió decapitado en la muralla de la Macarena.
La virgen se yergue sobre una nube formada por tres
angelotes. Tiene las manos unidas en actitud de oración y un rico estofado en
sus vestiduras. Es una imagen de gran calidad de Felipe de Ribas y policromada
y estofada por Valdés Leal.
El Retablo Mayor está
profusamente decorado y es un espectáculo de formas, espejos, luces y colores. En
el ático se manifiesta un gran dosel, rematado por la corona real, sobre un
ovalo con el retrato de san Ignacio. Debajo un retrato de Luis IX de la
escuela de Zurbarán, escoltado por las representaciones de medio cuerpo de san
Fernando y san Hermenegildo. Bajo él, una Inmaculada de Duque
Cornejo y un cuadro de la Virgen de Belén con el Niño, de estilo
manierista y autor anónimo, que debió de realizarse a finales del
siglo XVI.
El presbiterio de la Capilla Domestica está cubierto por una
cúpula elíptica, sobre pechinas, decorada por el fresco de la “Exaltación o
Apoteosis de la Virgen”, obra de Lucas Valdés, rodeada de los Apóstoles, a sus
pies en la parte inferior, y un grupo de ángeles y querubines en la parte superior.
El retablo realizado por Duque Cornejo
que presenta una rica ornamentación que incluye numerosas pinturas,
cornucopias de madera tallada y medallones de yeso policromado. En el centro se
encuentra una pequeña imagen de la Virgen María, que fue regalada por san
Francisco de Borja, bajo un dosel sostenido por dos ángeles y rematado por la
corona real.
En la nave derecha de la Epístola, en el crucero, el retablo
neoclásico de la Inmaculada, una imagen de vestir del siglo XVIII, flanqueada
por esculturas de San Diego de Alcalá y San Francisco. La advocación alude a la
Limpia Concepción y sin mancha desde el primer instante. Su tamaño es algo más
reducido de lo habitual y su autoría anónima, aunque se le atribuye a Cristóbal
Ramos. Estaba en el Altar Mayor hasta bien entrado el siglo XX, en los años
noventa pasó a la ubicación actual, después del tránsito por varios altares.
Fue restaurada en el siglo XX por el fraile fray Francisco Javier de Córdoba,
dentro del propio convento, quien le puso nuevo candelero y le rectificó las
manos y la cabellera.
En la cabecera del lado del
evangelio, se sitúa el Retablo de la Inmaculada Concepción, imagen
de vestir de Cristóbal Ramos, realizada en barro cocido, policromada y con
cabellera de pelo natural, del año 1.794, titular de la hermandad
Sacramental del Santo Crucifijo del Amor, que procedía
del convento desaparecido de Regina Angelorum, cuyo crucificado se conserva hoy en una parroquia de El Viso del Alcor.
En la nave
de la Epístola. El retablo de la Inmaculada es del siglo XVII (1630)
y la imagen de la titular, es obra de José Pimentel de 1630,
procedente del convento Casa Grande del Carmen (ver),
acompañada por lienzos con santo Domingo, san Francisco, los santos
Juanes y, en el ático, el Dios Padre.
En su
construcción participaron Bartolomé de la Puerta, Blas de Castilla y Jacinto
Pimentel, mientras que las tablas pictóricas son obra de Juan Sánchez Cotán.
El altar está cubierto de azulejos procedentes de la escuela de Hernando de Valladares, en el siglo XVI.
Según cuenta la leyenda, esta Inmaculada, fue una de
las imágenes que ocultaron los visigodos cuando los musulmanes invadieron
la Península.
Se fundamenta en el hecho de que la efigie
apareció en una cueva, al realizarse los cimientos para hacer la Capilla Mayor
de la antigua iglesia del Carmen, debajo de una campana, colocada
posteriormente en la torre.
Iglesia de San Andrés (ver)
En la cabecera de la nave de la epístola se presenta la
Capilla Sacramental, que posee
dos tramos de planta cuadrada. Al primer tramo
se accede a través de un arco apuntado, que muestra en la pared derecha un
cuadro de la “Animas benditas del purgatorio” y Santa Catalina de Francisco
Pacheco y una “Inmaculada” en la pared izquierda.
En el centro del Retablo Mayor destaca una escultura de la
Inmaculada que se considera obra de Jerónimo Hernández de
hacia 1570. Realizada en madera con las técnicas de tallado, estofado y
policromado, mide 1,69 metros y fue realizada en estilo manierista. Se cree que
proviene del antiguo retablo mayor diseñado por Antonio Maeda en 1594.
Tras la puerta que da a la calle San Andrés, un
excelente retablo de la Inmaculada de 1587.
Parece, que el administrador parroquial Cristóbal
Rodríguez Calvo y su esposa Leonor Nuño de Cabrera contrataron el retablo con
el artista cordobés Andres de Castillejos.
El estilo del retablo es manierista y mide 5,95 metros
de alto por 4,33 metros de ancho.
En el centro del retablo, la
imagen de bulto redondo de la Inmaculada, de 1,78 metros de alto, en madera
tallada, policromada y estofada, atribuida a Gaspar Núñez Delgado.
La Virgen posee un rostro
juvenil, aunque no aniñado, como muchas Inmaculadas posteriores. Las facciones
poseen cierto grado de angulosidad y en ellas destacan una nariz prominente y
unos ojos entrecerrados con la vista dirigida al suelo. El cabello cae sobre
los hombros formando pronunciados rizos, los cuales enmarcan tanto el cuello
como la cara, girada a la derecha, y dejan a la vista la oreja izquierda.
Los brazos están flexionados y
las manos juntas en actitud orante, con ambas palmas tocándose y los dedos
ligeramente doblados. En ambas extremidades se aprecia un desplazamiento hacia
el lado opuesto al que gira la cabeza, gesto estrechamente vinculado a la
tendencia artística que Martínez Montañés pondría en práctica en la Inmaculada
llamada La Cieguecita.
La talla, cuya policromía
corresponde a Francisco Pacheco (aunque también se le atribuye a Alonso
Vázquez, quien habría policromado la escultura en 1598), viste túnica con
motivos florales y manto azul sin apenas adornos (tan solo unos ornamentos en
el borde).
Este manto, cuyo envés muestra
delgadas franjas horizontales de color negro sobre un fondo dorado, presenta
una serie de pliegues angulosos desde la doblez de la cintura hasta los pies,
donde destaca una peana conformada por una media luna y dos cabezas aladas de
serafines en el frente.
La imagen, descrita como
“arrogante y muy original”, posee fuertes lazos con el estilo artístico de
Montañés, quien como discípulo de Núñez pudo haberse inspirado en ella para la
creación de algunas de sus imágenes concepcionistas.
Inmaculada
Junto a la sacristía, sobre pedestal, una
imagen de la Inmaculada Concepción de escuela sevillana
del siglo XVII. Del taller de Duque Cornejo (ver).
En la parte inferior del retablo Mayor destaca
una talla pequeña de la Inmaculada.
Inmaculada
En el
coro bajo.
Inmaculada
Iglesia de la Misericordia (ver)
En el Alta Mayor, debajo de la Virgen del
Pozo Santo, un pequeño templete con una pequeña Inmaculada.
Templete con Inmaculada
Detalle de la Inmaculada y de los querubines de sus pies
Iglesia del Hospital del Pozo Santo (ver)
La parte superior del Retablo Mayor está
coronado por una Inmaculada con ráfaga y corona de plata, del último
tercio del XVII.
Inmaculada
Detalle de la Inmaculada
El coro se sitúa en alto, a los pies de la
nave, y presenta un cuadro de la Inmaculada, posiblemente del circulo de
Domingo Martínez (ver).
Inmaculada
Iglesia del Hospital del Pozo Santo. Museo (ver)
Convento de San José del Carmen (ver)
Inmaculada del Carmen. Juan de Mesa. 1610. Convento de San José del Carmen. Sevilla.
Inmaculada del Carmen. Detalle
Inmaculada del Carmen. Detalle
Monasterio de Santa Rosalía
El retablo de la Inmaculada
presidido por la imagen en madera tallada y policromada de la Inmaculada
Concepción de María, obra de Martínez Montañés realizada en 1623, anterior por
tanto a la Cieguecita, tallada entre 1629 y 1631.
Pared izquierda del presbiterio con el retablo de la Inmaculada
Capilla de la Orden Tercera (ver)
En el muro de la epístola, un gran cuadro anónimo de “La Inmaculada Concepción”.
Inmaculada
Inmaculada
Iglesia de los Terceros (ver)
La Capilla Sacramental tiene un retablo central
neoclásico, de mármol jaspeado, fechado en el
siglo XIX, dedicado a la Inmaculada,
magnífica imagen anónima del siglo XVII.
En el segundo cuerpo del Altar Mayor, se sitúa la imagen de la
Inmaculada Concepción de la Virgen, datada de mediados del siglo XVII, aunque
el contrato original especificaba que debería representar a la Asunción.
Aunque la historiografía tradicional la ha vinculado
a Felipe de Ribas, por su factura no se puede descartar la colaboración de
otros maestros vinculados a su taller, como su hermano Francisco Dionisio (ver) o como José́ de Arce, quien introdujo el Barroco en la
escultura sevillana a mediados de esta centuria.
Inmaculada
Detalle de la Inmaculada
En la cabecera de la nave del Evangelio, en el lado izquierdo del altar
mayor, junto a la puerta de la sacristía, se sitúa el Altar de la
Inmaculada. Está presidido por una imagen de la Purísima de taller mesino a la
que se le ha añadido un cuerpo de telas encoladas.
La Virgen está rodeada por tablas, pintadas por Rafael Blas
Rodríguez en el siglo XIX, representando a los arcángeles San Miguel, San
Gabriel y San Rafael , junto al Santo Ángel de la Guarda en los
lados y una escena de la Sagrada Familia, en el ático.
Altar de la Inmaculada
Inmaculada
Detalle de la Inmaculada
En el tabernáculo inferior del retablo de la Capilla de la
Virgen del Rosario se alberga una pequeña
Inmaculada, de autor desconocido, fechable a final del siglo XVII.
Retablo de la Virgen del Rosario
Pequeña Inmaculada
Detalle de angelitos
Capillita de San José
En el
brazo derecho del crucero, a la izquierda de la puerta de acceso a la sacristía, vemos el retablo de la Inmaculada.
Retablo de la Inmaculada
Inmaculada
Detalle de la Inmaculada
Detalle de la media luna y los querubines a los pies de la Inmaculada
En el
Altar Mayor, bajo el camarín de san José, se crean el manifestador y el
Sagrario, sobre el cual se colocó posteriormente una imagen de la Inmaculada.
Camarín de la Inmaculada rodeada de ángeles
Inmaculada
Detalle del pedestal de la Inmaculada
Santuario de
Nuestro Padre Jesús de la Salud y María Santísima de las Angustias Coronada. Hermandad de los Gitanos
La Capilla Sacramental está presidida por
un retablo de estilo barroco realizado en 1955 por el escultor José Vázquez
Sánchez, según diseño del padre Ardales. Es el antiguo retablo que, en la
iglesia de san Román, acogía a los titulares de la hermandad y actualmente lo
sigue haciendo cuando el Altar Mayor está ocupado por otra actividad
litúrgica.
Está presidido por una Inmaculada
confeccionada con barro y telas encoladas por Francisco Fernández Enríquez y
Rubén Fernández Parra en el año 2000. La corona y la media luna son de plata,
de Manuel de los Ríos.
Detalle del retablo
Inmaculada
Detalle de la Inmaculada
Detalle de la Inmaculada
Capilla de los Servitas
En el
Altar Mayor, en los años 60 se sustituyó en la hornacina del ático una imagen
de Santo Domingo por una Inmaculada de barro cocido realizada por
Antonio Armenta Ramos.
Hornacina de la Inmaculada en el ático
Inmaculada
Detalle de las cabezas de Querubines a los pies de la Inmaculada
Iglesia de san Román.
El retablo mayor, obra de gran interés tanto por su categoría
artística como por su historia material.
En la reordenación actual el primer cuerpo
está presidido una inmaculada, María Madre de la Iglesia, de la escuela de Martínez
Montañez (ver) del siglo XVII, en el cuerpo central, flanqueada por el
arcángel San Rafael y San Fernando.
Camarín de la
Inmaculada
Inmaculada
Detalle de la Inmaculada
Detalle de los querubines a los pies de la Inmaculada
En la nave del Evangelio podemos observar
una urna acristalada con una escultura de la Inmaculada del siglo XVIII.
Vitrina
de la Inmaculada
Inmaculada
Detalle
de la Inmaculada
Detalle de las cabezas de querubines
Iglesia de la Trinidad.
En la nave de la epístola, el retablo dorado de
María Inmaculada, del siglo XVII y estilo barroco. La imagen de la Inmaculada
que lo preside es también del siglo XVII.
Retablo de la Inmaculada
Inmaculada
Detalle de la Inmaculada
En la
nave del evangelio, el retablo de San Francisco de Sales y en el ático una
imagen de una Inmaculada.
Retablo de san Francisco de Sales
Inmaculada del ático
Capilla de la Hermandad de la Divina Pastora de las Almas y Santa Marina.
En el lateral un cuadro de la Inmaculada.
Cuadro de Inmaculada
Iglesia de santa Isabel.
El segundo cuerpo del Retablo Mayor, muestran la Inmaculada
en el centro que sustituyen a la imagen expoliada por el ejército francés, por
el mariscal Soult en 1810.
En la pared del Presbiterio, hay varias pinturas: una Inmaculada del
XVIII, copia de un original de Antonio Palomino de Castro y Velasco.
En el coro, entre las esculturas destacan una Inmaculada de
candelero del siglo XVIII.
En la nave del evangelio, un retablo barroco realizado por Bernardo Simón
de Pineda en 1678 y que está presidido por la Inmaculada Concepción del
siglo XVIII, de la escuela de Martínez Montañés.
En la parte alta de la nave central
cuelgan lienzos de mediados del siglo XVII, atribuidos a Bernabé
de Ayala, de la escuela de Zurbarán.
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