RUTAS POR SEVILLA: Vírgenes
Asunción de la Virgen.
La creencia en la
Asunción de la Virgen María, entendida como su elevación al cielo en cuerpo y
alma al término de su vida terrenal, se halla profundamente arraigada en la
tradición cristiana desde los primeros siglos. Aunque este acontecimiento no
aparece descrito de forma explícita en los textos canónicos del Nuevo
Testamento, su formulación teológica se apoya en una lectura global de la
Revelación, en la tradición viva de la Iglesia y en antiguos testimonios
literarios de carácter apócrifo que reflejan una fe ampliamente compartida por
las comunidades cristianas primitivas.
Entre los
pasajes bíblicos que han sido interpretados en clave mariana destaca el
capítulo 12 del Apocalipsis, donde se describe a “una mujer revestida de sol,
con la luna bajo sus pies y coronada por doce estrellas”. Si bien la exégesis
contemporánea identifica a esta figura con el pueblo de Israel y la Iglesia, la
tradición patrística y devocional ha visto en ella una imagen de María
glorificada, asociando su victoria sobre el dragón a la participación plena en
el triunfo de Cristo sobre el mal y la muerte.
En esta misma
línea simbólica se ha entendido el Salmo 132:8, donde se alude al traslado del
Arca de la Alianza como signo de la presencia divina, interpretado por la
teología cristiana como una prefiguración de María, nueva Arca por haber
llevado en su seno al Verbo encarnado.
Desde los
primeros Padres de la Iglesia se desarrolló una reflexión teológica que situó a
María en un papel esencial dentro de la historia de la salvación. San Ireneo de
Lyon subrayó el paralelismo entre Eva y María, afirmando que la obediencia de
esta última deshizo la desobediencia de la primera. En este contexto, la
Asunción se comprende como consecuencia lógica de la singular relación de María
con Cristo y de su condición de preservada del pecado original, participando
anticipadamente en la glorificación prometida a los redimidos.
A partir de los
siglos IV y V se difundieron relatos sobre el tránsito o dormición de la
Virgen, textos no canónicos que, pese a su carácter legendario, testimonian una
convicción cada vez más firme: la Madre de Dios no habría conocido la
corrupción del sepulcro. Esta creencia fue reforzada por autores como san Juan
Damasceno, quien en el siglo VIII argumentó que aquella que había sido morada
viva de Dios no podía quedar sometida a la descomposición del cuerpo tras la
muerte.
La doctrina de la Asunción fue solemnemente proclamada como dogma por el papa Pío XII en 1950, mediante la constitución apostólica “Munificentissimus Deus”. En este documento, se establece que María fue asunta al cielo en cuerpo y alma al final de su vida terrenal. El Papa declaró: “Por tanto, después de haber elevado a Dios muchas y reiteradas plegarias, y de haber invocado la luz del Espíritu de la Verdad, proclamamos, declaramos y definimos como dogma divinamente revelado que, cuando terminó el curso de su vida terrena, la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.
Desde entonces,
este misterio se ha presentado como signo de esperanza para los creyentes, tal
como subrayó san Juan Pablo II al destacar su dimensión escatológica y su valor
como anticipo de la resurrección futura.
La fiesta litúrgica de la Asunción, celebrada el 15 de agosto, ocupa un lugar central dentro del calendario mariano y ha dado lugar a una intensa devoción popular, especialmente en países de tradición católica como España, donde se integra en la vida religiosa y cultural de numerosas ciudades. En ciudades como Sevilla y Toledo se realizan elaboradas procesiones que atraen a miles de fieles.
Este misterio ha
inspirado de manera constante al arte cristiano, generando un vasto repertorio
iconográfico presente en pintura, escultura y otras manifestaciones visuales.
Grandes maestros de la historia del arte, como
Tiziano y Rubens, plasmaron la Asunción como una escena de exaltación
celestial, en la que María aparece elevada entre nubes y ángeles, envuelta en
una luz que simboliza su glorificación y su condición singular dentro del plan
divino.
Museo
de Bellas Artes
Asunción
de la Virgen. Castillo, Juan del. Hacia 1634-36. Óleo sobre lienzo. 487 x 285 cm. Museo de Bellas Artes de
Sevilla. Sala V.
Procede de la Desamortización (1840) del Retablo Mayor del Convento de
Montesión.
En este contexto
se inscribe la pintura de Juan del Castillo conservada en el Museo de Bellas
Artes de Sevilla. El lienzo representa la Asunción de la Virgen conforme al
modelo iconográfico consolidado tras el Concilio de Trento, con una clara
intención didáctica y devocional.
La
composición se estructura en dos ámbitos claramente diferenciados pero
estrechamente relacionados: el plano terrenal, ocupado por los apóstoles, y el
plano celestial, protagonizado por la figura glorificada de María. Ambos
espacios se articulan mediante un eje vertical ascendente que conduce la mirada
desde el sepulcro vacío hasta la figura de la Virgen, reforzando visualmente la
idea de elevación y trascendencia.
En la zona
inferior, los apóstoles se disponen en torno al sepulcro, aludiendo a la
tradición que narra su reunión tras la desaparición del cuerpo de María. Sus
actitudes y gestos, variados y expresivos, transmiten sorpresa, veneración y
recogimiento, con miradas dirigidas hacia lo alto que subrayan el carácter
sobrenatural del acontecimiento. El sepulcro, apenas sugerido, adquiere un
fuerte valor simbólico al aparecer vacío, como signo de la victoria sobre la
muerte y de la esperanza en la resurrección.
Registro inferior
Detalle de apóstol
El registro superior está dominado por
la figura de la Virgen, elevada sobre un rompimiento de gloria y sostenida por
ángeles. María viste los colores tradicionales, con túnica clara y manto azul,
alusivos a su pureza, humildad y dignidad celestial. Su actitud es serena y
equilibrada, con un gesto abierto que expresa aceptación y plenitud, y un
rostro de suave recogimiento, acorde con el ideal de belleza apacible
característico del estilo de Juan del Castillo.
Los ángeles que la rodean no solo
cumplen una función compositiva, sino que refuerzan el carácter festivo y
triunfal de la escena, acompañando a la Virgen en su ascenso hacia la gloria.
Registro superior
La obra ofrece así una síntesis visual del dogma de la Asunción, presentando a María como figura triunfante y mediadora, elevada en cuerpo y alma como anticipo del destino último prometido a los fieles, y constituye un destacado ejemplo de la pintura sevillana del siglo XVII al servicio de la fe y la devoción.