RUTAS POR SEVILLA: Santos y Santas
San Juan de la Cruz.
Juan de
la Cruz nació en 1542 en Fontiveros, localidad abulense situada en la amplia
meseta castellana entre Madrigal de las Altas Torres, Arévalo y Ávila. Su
nombre secular fue Juan de Yepes Álvarez y, al ingresar en la vida religiosa,
se identificó en un primer momento como fray Juan de Santo Matía. Procedía de
una familia humilde marcada por la precariedad y la movilidad social
descendente. Su padre, Gonzalo de Yepes, pertenecía a un linaje de
judeoconversos que había gozado de cierta posición económica y nobleza menor en
Torrijos, con propiedades agrícolas y un molino de aceite, además de vínculos
en Toledo y Yepes. Sin embargo, al casarse con Catalina Álvarez, una mujer
pobre dedicada al oficio del tejido, rompió con su entorno familiar, lo que
supuso la pérdida de apoyos y recursos.
Los
padres de Juan trabajaban como tejedores de buratos, unos velos de seda
extremadamente finos y delicados, considerados artículos de lujo en los siglos
XV y XVI, generalmente de color blanco y utilizados por damas acomodadas. A
pesar del carácter refinado del producto, el trabajo estaba mal remunerado, lo
que situó a la familia en una situación económica muy frágil. El matrimonio se
celebró hacia 1527 y tuvo varios hijos, entre ellos Francisco, Juan y Luis.
La
muerte prematura del padre, ocurrida hacia 1543 tras una larga enfermedad,
agravó la pobreza familiar. Catalina Álvarez intentó entonces asegurar el
futuro de sus hijos buscando la ayuda de sus cuñados. Logró que el mayor,
Francisco, quedara al cuidado de Juan de Yepes, médico en la villa de Gálvez,
mientras ella regresaba a Fontiveros con los más pequeños. Poco después
falleció Luis, cuando contaba alrededor de diez años, y Juan tenía apenas seis,
probablemente a causa de la mala alimentación y las duras condiciones de vida.
Francisco,
aunque no llegó a aprender a leer y escribir con soltura, adquirió destreza en
el oficio paterno del tejido de buratos. Juan, en cambio, gracias a su
condición de pobre de solemnidad, pudo ingresar como interno en el Colegio de
los Niños de la Doctrina. Esta oportunidad educativa llevaba aparejadas
diversas obligaciones: asistir en conventos, ayudar en la misa y en los oficios
litúrgicos, acompañar entierros y pedir limosna. A pesar de la dureza de estas
tareas, el contacto con la vida religiosa y con la instrucción básica dejó una
huella profunda en su vocación.
Durante
su adolescencia fue aprendiz de carpintero, entallador e impresor, aunque
mostró escasa habilidad para los trabajos manuales, lo que le valió el rechazo
de varios talleres. Encontró, sin embargo, un lugar adecuado en la sacristía de
un convento, donde su carácter aplicado y su sensibilidad espiritual agradaron
a las monjas. Gracias a su recomendación, fue admitido como trabajador en el
hospital de Medina del Campo dedicado a la atención de enfermos pobres de sífilis,
conocida entonces como “bubas”. Allí también residía, y el director del
hospital, Antonio Álvarez de Toledo, advirtió su afición por la lectura y su
capacidad intelectual.
Por iniciativa
de este protector, Juan ingresó en el colegio de los jesuitas de Medina del
Campo, fundado en 1551, donde comenzó estudios formales en 1559, con diecisiete
años. Compaginó la formación académica con su trabajo hospitalario, lo que
fortaleció su disciplina y su sensibilidad hacia el sufrimiento humano. Tras
cuatro años de estudios, en 1563 decidió ingresar en la Orden del Carmen en el
convento de Santa Ana de Medina del Campo. Profesó al año siguiente con el
nombre de fray Juan de Santo Matía, y su alegría por la consagración religiosa
quedó reflejada en un poema hoy perdido.
En 1564 se
trasladó a la Universidad de Salamanca, donde residió en el Colegio de San
Andrés de los carmelitas. Allí recibió una sólida formación teológica y
filosófica y destacó por su agudeza intelectual, hasta el punto de ser nombrado
prefecto de estudiantes en su tercer curso. Aunque es posible que coincidiera
con fray Luis de León, no consta que mantuvieran trato personal. Ordenado
sacerdote en 1567, regresó a Medina del Campo para celebrar su primera misa en
presencia de su madre.
En ese
momento decisivo de su vida se encontró con Teresa de Jesús, que había llegado
a la ciudad para fundar su segundo convento de carmelitas reformadas. El
encuentro fue determinante: ambos acordaron colaborar en la reforma del
Carmelo, y Juan expresó su deseo de que la rama masculina no tardase en ponerse
en marcha. En 1568 abandonó Salamanca y se unió a Teresa, primero en Medina del
Campo y luego en Valladolid, donde pudo conocer de cerca el estilo de vida
austero de las comunidades reformadas. Allí adoptó el hábito de carmelita
descalzo y tomó definitivamente el nombre de Juan de la Cruz.
Poco
después se dirigió a una casa semiderruida en Duruelo, elegida por Teresa como
primer asentamiento de los carmelitas descalzos. El 28 de noviembre de 1568 se
fundó oficialmente el convento, y Juan fue nombrado subprior y maestro de
novicios. La fama de austeridad y fervor de aquella comunidad atrajo a numerosos
visitantes, entre ellos la propia familia de Juan, que se instaló temporalmente
para ayudar en las tareas domésticas. El crecimiento de la comunidad obligó al
traslado a Mancera de Abajo en 1570.
Ese mismo año,
Juan fue enviado a Pastrana como primer maestro de novicios y vivió durante un
tiempo en una cueva cercana al convento. Allí entró en contacto con el príncipe
de Éboli, quien financió la fundación de un colegio carmelita descalzo en
Alcalá de Henares, inaugurado el 1 de noviembre de 1570. Juan fue su primer
rector y desempeñó el cargo hasta 1572, cuando pasó a servir como confesor y
director espiritual en el monasterio de la Encarnación de Ávila.
Las
tensiones con los carmelitas calzados se intensificaron a partir de 1575,
cuando un capítulo general celebrado en Piacenza decidió suprimir las
fundaciones descalzas no autorizadas. Juan fue detenido brevemente, pero
liberado gracias a la intervención del nuncio. Sin embargo, en diciembre de
1577 fue nuevamente apresado y trasladado primero a Ávila y luego, en secreto,
al convento calzado de Toledo, donde sufrió malos tratos, incomunicación y una
condena a prisión indefinida por desobediencia. Durante este cautiverio padeció
graves enfermedades, pero también compuso algunos de sus textos espirituales más
profundos.
En la
noche del 14 al 15 de agosto de 1578 logró una arriesgada fuga y, tras diversas
peripecias, encontró refugio entre las carmelitas descalzas de Toledo. Con
ayuda de amigos de la reforma, pudo recuperarse y retomar su actividad. Fue
nombrado prior del monasterio del Monte Calvario, cerca de Beas de Segura, y
ejerció una intensa labor espiritual como confesor y formador, recorriendo a
pie largas distancias cada semana.
A partir
de 1579, con el reconocimiento oficial de la rama descalza, Juan asumió nuevas
fundaciones y cargos: fundó el colegio de Baeza, fue definidor y prior en
Granada, y más tarde prior en Segovia, donde residía la Consulta de la
congregación. Sin embargo, en el capítulo de 1591 perdió todos sus cargos y fue
destinado al monasterio de La Peñuela, en un contexto de tensiones internas y
sospechas doctrinales, incluso con denuncias ante la Inquisición por su énfasis
en la oración interior.
Poco
después enfermó gravemente. Trasladado finalmente al convento de Úbeda, sufrió
intensos dolores a causa de infecciones y tumores. Murió en la noche del 14 de
diciembre de 1591, pronunciando palabras que reflejaban su esperanza
escatológica: “Hoy estaré en el cielo diciendo maitines”. Fue enterrado en
Úbeda, aunque sus restos fueron trasladados posteriormente a Segovia en
circunstancias controvertidas.
El
proceso de beatificación se inició en 1627 y concluyó en 1630. Fue beatificado
en 1675 y canonizado en 1726. En 1926, el papa Pío XI lo proclamó Doctor de la
Iglesia Universal, reconociendo así la profundidad teológica y espiritual de su
obra, que lo sitúa como una de las grandes figuras místicas de la tradición
cristiana.
Poetas de extracción diversa
como Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Paul Valéry y T.
S. Eliot consideraron los poemas de Juan de la Cruz no solo como la cumbre
de la mística española, sino de la poesía en esta lengua y desde 1952 es
el patrono de los poetas en lengua española.
Museo
del Prado
Iglesia del Santo Ángel
A los lados del camarín del Altar Mayor, en sendas hornacinas, se disponen las
imágenes de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.
San Juan de la Cruz
Detalle de San Juan de la Cruz
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