domingo, 16 de agosto de 2026

ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA

General Polavieja.

Camilo García de Polavieja y del Castillo (Madrid, 1838-1914), conocido como el general Polavieja, fue uno de los militares españoles más destacados de la segunda mitad del siglo XIX. Su larga trayectoria estuvo vinculada a las campañas militares de España en África, Cuba y Filipinas, así como a la reorganización del Ejército y, en sus últimos años, a la política y a los estudios históricos. Su figura, compleja y controvertida, quedó especialmente marcada por la crisis colonial de 1898 y por el movimiento regeneracionista que surgió tras la pérdida de las últimas posesiones españolas de Ultramar.

Hijo de Camilo José García de Polavieja, comerciante gaditano, y de María de los Ángeles del Castillo, nacida en México, recibió una educación que transcurrió entre Madrid, Málaga, Alcoy y el Reino Unido. La ruina económica de su padre le obligó a regresar a España cuando tenía diecisiete años y a buscar su futuro en la carrera militar.

General Polavieja fotografiado por Kaulak en la Esfera (ver) (CC BY 3.0)

Su bautismo de fuego tuvo lugar en la Guerra de África de 1859-1860. Participó en acciones como Castillejos, donde destacó por su actuación en el paso de Cabo Negro y obtuvo el empleo de sargento primero, y posteriormente estuvo presente en las batallas de Tetuán y Wad Ras. En esta última resultó herido, iniciando así una larga trayectoria militar caracterizada por su participación directa en numerosos conflictos y por una sucesión de ascensos y condecoraciones.

Tras su paso por África fue destinado a las Antillas. En Cuba participó en las operaciones desarrolladas durante la Guerra de los Diez Años y posteriormente desempeñó diferentes responsabilidades militares. También intervino en la ocupación española de Santo Domingo. Una herida sufrida en Cuba le produjo una ligera cojera que conservaría durante el resto de su vida. De regreso a la Península, combatió durante el convulso Sexenio Democrático contra los movimientos cantonales y, posteriormente, contra los carlistas en Cataluña y el norte de España.

Uno de los episodios más importantes de su carrera tuvo lugar en Cuba entre 1879 y 1880, durante la llamada Guerra Chiquita. Polavieja organizó una intensa campaña militar y de información para hacer frente a la insurrección. Prestó especial atención a la organización de las tropas, la intendencia y la sanidad, al tiempo que creó una amplia red de información que incluía al Ejército, la Guardia Civil y los representantes consulares. La campaña terminó con la pacificación de la provincia, aunque sus métodos fueron considerados posteriormente por algunos historiadores como excesivamente duros.

Más tarde fue destinado a Filipinas, donde alcanzaría una notoriedad aún mayor. Allí tuvo que enfrentarse a la revolución independentista y adoptó una política de gran dureza. Durante su mandato se produjo el proceso contra José Rizal, intelectual y principal figura del nacionalismo filipino, que fue ejecutado en 1896. La responsabilidad de Polavieja en aquella decisión ha sido objeto de diferentes interpretaciones históricas: mientras algunas fuentes la presentan como una consecuencia de su política represiva, otras han señalado que pudo incluso desaconsejar la ejecución.

De regreso a España, Polavieja ocupó importantes cargos, entre ellos el de capitán general de Andalucía, responsabilidad que desempeñó hasta enero de 1888. Su vinculación con Sevilla fue además de carácter familiar: en 1885 contrajo matrimonio con María de la Concepción Castrillo y Medina, perteneciente a una familia sevillana.

Sin embargo, fue la crisis de 1898 la que transformó profundamente su imagen pública. La pérdida de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y las islas Marianas provocó una profunda conmoción en la sociedad española. Polavieja se presentó entonces como una alternativa al sistema político de la Restauración y publicó el 10 de septiembre de 1898, en el periódico El Heraldo, una carta-manifiesto en la que defendía un programa de reformas inspirado en el regeneracionismo. Propugnaba la renovación de la Administración, una mayor descentralización y el abandono de las prácticas políticas que consideraba responsables de la decadencia del país. Su propuesta encontró apoyos especialmente entre determinados sectores de la burguesía catalana.

Durante aquellos años llegó a convertirse en una de las figuras políticas más populares del país. Su proyecto, sin embargo, no consiguió consolidarse como una alternativa política estable. El llamado “polaviejismo” combinaba elementos regeneracionistas, conservadores, católicos y militaristas, reflejando las contradicciones de una sociedad española que buscaba respuestas a la crisis del 98.

En el ámbito militar desempeñó también importantes responsabilidades. Con la reforma del Ejército y la creación del Estado Mayor Central fue nombrado jefe de este organismo, dedicado a estudiar la defensa del territorio. En 1906 pasó a presidir el Consejo Supremo de Guerra y Marina y fue nombrado consejero de Estado. Estos cargos le permitieron recuperar otra de sus grandes aficiones: la investigación histórica. Entre sus trabajos se encuentra Hernán Cortés. Estudio de un carácter.

En 1910 alcanzó finalmente la dignidad de capitán general, después de haber permanecido durante más de veintinueve años como teniente general. Ese mismo año fue enviado a México como embajador extraordinario y plenipotenciario con motivo de las celebraciones del primer centenario de la independencia mexicana. Como reconocimiento a su trayectoria y a los servicios prestados a la Corona, Alfonso XIII le concedió el título de marqués de Polavieja.

Su interés por la historia culminó con su ingreso en la Real Academia de la Historia, donde ocupó la medalla número 34 desde 1912. En su discurso de ingreso defendió la necesidad de que España conociera y reivindicara su propia historia, especialmente su actuación en América. Su concepción de la historia estaba estrechamente relacionada con su visión patriótica y con el deseo de contrarrestar las interpretaciones negativas de la presencia española en el continente americano.

Camilo García de Polavieja murió en Madrid el 15 de enero de 1914, a consecuencia de una enfermedad cardíaca, y fue enterrado dos días después en la Sacramental de Santa María.

La presencia de su nombre en el callejero sevillano recuerda así a un personaje estrechamente relacionado con la historia política y militar de la España de la Restauración. General, capitán general de Andalucía, protagonista de las guerras coloniales y figura destacada del regeneracionismo posterior al desastre de 1898, Polavieja encarna algunas de las contradicciones de aquella época: la defensa de la tradición imperial junto al deseo de modernizar el Estado, el prestigio militar junto a la intervención política y una intensa preocupación por la historia nacional. Su recuerdo en Sevilla se vincula, además, a los años en que ejerció como máxima autoridad militar de Andalucía y a sus relaciones familiares con la ciudad.

Calle General Polavieja

ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA

Ramón de Bonifaz.

Ramón de Bonifaz, conocido también como Ramón de Bonifaz y Camargo, fue un marino, mercader y hombre de armas del siglo XIII, considerado tradicionalmente el primer almirante de Castilla y una figura fundamental en la conquista cristiana de Sevilla. Su lugar de nacimiento continúa siendo objeto de debate entre los historiadores, aunque la documentación medieval lo vincula estrechamente con Burgos, donde aparece ya establecido desde las primeras décadas del siglo XIII. La tradición lo ha presentado asimismo como uno de los principales artífices de la creación de la Marina Real de Castilla.

Retrato de Ramón Bonifaz. Anónimo. Siglo XIX. Óleo sobre lienzo. 98,5 x 79,5 cm. Museo Naval de Madrid (ver) (CC BY 3.0)

Su nombre quedó unido para siempre a la historia de Sevilla en 1247, cuando el rey Fernando III le confió la organización y dirección de una flota destinada a colaborar en el largo asedio de la ciudad, entonces capital del poder almohade. Bonifaz tuvo que reunir hombres y embarcaciones en los puertos del Cantábrico, especialmente en las Cuatro Villas de la Costa —Laredo, Castro Urdiales, Santander y San Vicente de la Barquera—, reforzando posteriormente su escuadra durante el recorrido hacia el sur. Llegó a reunir trece naves de vela y cinco galeras construidas expresamente para la empresa a expensas de la Corona.

Ramón Bonifaz, Alcalte. Miniatura del Libro de la Real Cofradía de los Caballeros del Santísimo y de Santiago, fol. 23 recto, año 1338. (Archivo de la Real Cofradía de los Caballeros del Santísimo y de Santiago, Catedral de Burgos. Wikipedia).(ver) (CC BY 3.0)

La armada alcanzó la desembocadura del Guadalquivir a comienzos de agosto de 1247, después de una navegación difícil que puso a prueba la experiencia marinera de Bonifaz. Allí tuvo que enfrentarse a las embarcaciones musulmanas que intentaban impedir su avance y a los refuerzos enviados desde el norte de África. Una vez dominado el curso del río, la flota cristiana pudo cooperar con el ejército de Fernando III y facilitar el paso de las tropas hacia la margen derecha del Guadalquivir. Esta operación resultó esencial para intensificar el ataque sobre Triana y completar el cerco de Sevilla.

El principal obstáculo para el avance de la flota era el famoso Puente de Barcas, que comunicaba Sevilla con Triana y permitía mantener las comunicaciones y el abastecimiento de la ciudad desde el Aljarafe. La estructura estaba formada por embarcaciones unidas mediante gruesas cadenas y constituía una auténtica barrera para las naves cristianas. Mientras el puente permaneciera intacto, Sevilla podía continuar recibiendo víveres y mantener abierta una vía fundamental de comunicación.

El 3 de mayo de 1248 se produjo el episodio que la tradición convirtió en la gran hazaña de Bonifaz. Aprovechando las condiciones favorables de viento y marea, dos de las naves de mayor porte de la flota fueron preparadas para embestir el puente. Sus proas fueron reforzadas para soportar el impacto y las embarcaciones se lanzaron contra la estructura. El choque de la primera nave hizo estremecerse el puente, mientras que el segundo impacto terminó por quebrarlo. La nave en la que se encontraba Bonifaz fue precisamente la que culminó la ruptura.

La rotura del puente tuvo consecuencias decisivas. Sevilla y Triana quedaron definitivamente aisladas de una de sus principales vías de abastecimiento y los defensores perdieron la posibilidad de recibir nuevos socorros por aquella ruta. Aunque la resistencia musulmana continuó durante varios meses, el cerco cristiano pudo estrecharse hasta hacer inevitable la capitulación. Finalmente, el rey Axataf entregó Sevilla a Fernando III el 23 de noviembre de 1248. La conquista de la ciudad puso fin a la etapa almohade y abrió un nuevo capítulo en la historia sevillana.

La importancia de Bonifaz no terminó con la conquista. La experiencia adquirida durante el asedio demostró a la Corona castellana la necesidad de disponer de una fuerza naval permanente. En este contexto se desarrolló la Marina Real de Castilla y se impulsó la construcción de instalaciones navales en Sevilla. Las posteriores Atarazanas Reales, levantadas en el Arenal durante el reinado de Alfonso X, serían una consecuencia de aquella nueva importancia estratégica del Guadalquivir y de Sevilla como puerto marítimo y fluvial.

Como reconocimiento a sus servicios, Fernando III nombró a Ramón Bonifaz almirante de Castilla en 1250. El título lo convirtió en la máxima autoridad naval de la Corona y consolidó su condición de fundador de una tradición militar marítima que tendría una enorme importancia en la expansión castellana. Sin embargo, los grandes esfuerzos realizados durante la organización de la primera marina de guerra castellana terminaron afectando a su salud, por lo que solicitó retirarse a Burgos. Allí continuó desempeñando diversas funciones relacionadas con la administración de las rentas reales de los puertos castellanos. Murió en Burgos en 1256.

Su memoria quedó ligada durante siglos a la conquista de Sevilla. Fue enterrado en el monasterio de San Francisco de Burgos, fundado por él, donde su sepulcro llevaba una inscripción que lo recordaba como “primer Almirante de Castilla” y destacaba su participación en la conquista de Sevilla. El monasterio desapareció posteriormente, destruido durante la Guerra de la Independencia y demolido en el siglo XIX.

Monumento a San Fernando en la Plaza Nueva

Detalle del Almirante Bonifaz llevando en su mano derechas las cadenas del puente de barcas

La huella de aquella gesta también quedó incorporada a la heráldica de numerosas localidades del norte peninsular que participaron en la expedición. En los escudos de Cantabria y de localidades como Santander, Laredo, Comillas o Santoña aparecen representaciones relacionadas con la Torre del Oro y una nave que rompe las cadenas del Guadalquivir, evocando la intervención de las naves cántabras en la conquista de Sevilla. La tradición conserva incluso en Laredo una sección de las antiguas cadenas, junto a una reproducción de la nave atribuida a Bonifaz; dichas cadenas fueron trasladadas temporalmente a Sevilla en 1984 con motivo de la exposición La Torre del Oro y el río de Sevilla.

En Sevilla, su recuerdo permanece además en el callejero. En 1845 el Ayuntamiento sustituyó la antigua denominación de la vía por la de Bonifaz y, en 1876, añadió el título de Almirante, dando lugar al nombre de calle Almirante Bonifaz que ha llegado hasta nuestros días. De este modo, la ciudad reconocía la trascendencia de aquel marino que, al frente de su escuadra, desempeñó un papel decisivo en el acontecimiento que cambió para siempre la historia de Sevilla. En la propia calle puede contemplarse también su escudo heráldico, aunque actualmente se encuentra parcialmente oculto por el toldo de un establecimiento.

Calle Almirante Bonifaz con parte de su escudo

ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA

Gaspar Melchor de Jovellanos.

Gaspar Melchor de Jovellanos (Gijón, 1744-Puerto de Vega, 1811) fue una de las figuras más destacadas de la Ilustración española. Jurista, escritor, pensador y político, dedicó buena parte de su vida a promover la modernización económica, educativa y cultural de España, defendiendo la necesidad de superar los privilegios y las estructuras que dificultaban el progreso del país. Entre sus obras más importantes destacan el Informe sobre la Ley Agraria y la Memoria sobre la educación pública.

Gaspar Melchor de Jovellanos. Francisco de Goya y Lucientes. 1798. Óleo sobre lienzo. 205 x 133 cm. Museo del Prado. Sala 036 (ver) (CC BY 3.0)

Su vinculación con Sevilla comenzó en 1767, cuando, después de completar su formación jurídica, fue nombrado alcalde de la Sala del Crimen de la Real Audiencia. Durante los años sevillanos entró en contacto con el ambiente ilustrado que comenzaba a cobrar fuerza en la ciudad y participó en las tertulias promovidas por Pablo de Olavide en los Reales Alcázares. Aquel círculo, frecuentado por intelectuales y reformistas, se convirtió en uno de los principales focos de difusión de las nuevas ideas ilustradas en la Sevilla del siglo XVIII. En estas reuniones Jovellanos tuvo ocasión de presentar su comedia El delincuente honrado, una de las obras más representativas de su producción literaria.

Su actividad sevillana no se limitó al ejercicio de la magistratura. En 1774 fue nombrado oidor de la Real Audiencia y, al año siguiente, participó en la creación de la Sociedad Patriótica Sevillana, de la que ejerció como secretario de Artes y Oficios. Esta institución respondía al espíritu reformador de las Sociedades Económicas de Amigos del País, orientadas a fomentar la agricultura, la industria, el comercio y la educación. La experiencia sevillana contribuyó así a consolidar sus inquietudes económicas y sociales y a ponerle en contacto directo con algunos de los principales representantes de la Ilustración española.

En 1778 se trasladó a Madrid, donde desarrolló una intensa actividad política, jurídica y cultural. Fue miembro de la Real Academia de la Historia, de la Real Academia de San Fernando y de la Real Academia Española, y participó activamente en instituciones destinadas al fomento de la economía y la educación. Su pensamiento reformista quedó especialmente reflejado en el Informe sobre la Ley Agraria, donde defendió la liberalización de la propiedad y explotación de la tierra y cuestionó privilegios que consideraba incompatibles con el desarrollo económico.

La evolución política de España durante los últimos años del siglo XVIII dificultó la aplicación de muchas de sus ideas. Tras un periodo de alejamiento de la Corte, regresó a Asturias, donde continuó trabajando por la modernización del Principado. Impulsó la creación en Gijón del Real Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía, fundado en 1794, concebido como un centro de enseñanza práctica inspirado en los principios de la Ilustración. También estudió las posibilidades de explotación del carbón asturiano y defendió la mejora de las comunicaciones y de las infraestructuras necesarias para favorecer el desarrollo económico.

En 1797 fue nombrado ministro de Gracia y Justicia, desde donde intentó introducir reformas en la administración de justicia y limitar determinados privilegios eclesiásticos. Su permanencia en el Gobierno fue breve y en 1798 tuvo que abandonar el cargo. Poco después, en 1801, fue detenido por orden de Godoy y enviado a Mallorca, donde permaneció encarcelado hasta 1808, primero en la Cartuja de Valldemosa y posteriormente en el castillo de Bellver. Aquellos años de prisión estuvieron marcados por el aislamiento, el deterioro de su salud y una creciente religiosidad.

Liberado tras el motín de Aranjuez, Jovellanos rechazó colaborar con el gobierno de José Bonaparte y se incorporó a la Junta Central como representante del Principado de Asturias. Desde esta institución participó en los esfuerzos políticos destinados a organizar la resistencia frente a la invasión napoleónica y a preparar la convocatoria de Cortes. Cuando las tropas francesas avanzaron por Andalucía, la Junta hubo de abandonar Sevilla y trasladarse a Cádiz. Este episodio explica la segunda gran vinculación de Jovellanos con Sevilla: décadas después de su primera estancia en la ciudad, regresó a ella como miembro de la Junta Central Suprema durante uno de los momentos más dramáticos de la Guerra de la Independencia.

Finalmente, después de una vida marcada por el estudio, la actividad política y la defensa de las reformas ilustradas, Jovellanos murió en Puerto de Vega, Asturias, el 27 de noviembre de 1811, cuando trataba de regresar a su tierra en medio de la guerra y de la presencia de las tropas francesas. Su figura quedó asociada a la defensa de una España más culta, próspera y abierta a las ideas de modernización propias de la Ilustración.

La ciudad de Sevilla quiso perpetuar su memoria dedicándole una de sus calles. La denominación definitiva se estableció en 1845, cuando el Ayuntamiento acordó honrar a quien había mantenido una relación especialmente estrecha con la ciudad durante sus primeros años de actividad pública. El nombre de Jovellanos en el callejero sevillano recuerda así no solo al gran reformista asturiano, sino también la importancia que tuvo Sevilla en su formación intelectual y en la difusión de las ideas ilustradas en la España del siglo XVIII.

Calle Jovellanos

sábado, 15 de agosto de 2026

ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA

Francisco de Rioja.

Francisco de Rioja ocupa un lugar singular en la historia cultural de Sevilla. Poeta, humanista, erudito y eclesiástico, nació en la ciudad en 1583 y murió en Madrid en 1659. Su trayectoria vital estuvo estrechamente vinculada a la Corte de Felipe IV y, sobre todo, a la figura del conde-duque de Olivares, pero su fama posterior se debe principalmente a su obra poética, en la que la belleza de la naturaleza se convierte en una profunda meditación sobre la fugacidad de la existencia.

Retrato de un clérigo (1622), supuesto retrato de Francisco de Rioja atribuido a Diego Velázquez. Colección particular. Madrid (ver) (CC BY 3.0)

Nacido en el seno de una familia de origen modesto, fue bautizado el 22 de noviembre de 1583 en la iglesia de Omnium Sanctorum. Desde muy joven se encaminó hacia la carrera eclesiástica y recibió una sólida formación en Teología y Humanidades. Llegó a dominar el latín, el griego y el hebreo y desarrolló una extraordinaria actividad intelectual. Sus intereses fueron muy amplios: la teología, la historia, la literatura, la filosofía, la arqueología y también las artes plásticas. Su erudición le permitió relacionarse con algunos de los principales círculos intelectuales de la Sevilla de comienzos del siglo XVII.

Entre ellos destacó el entorno del pintor Francisco Pacheco, auténtico centro de la vida artística y literaria sevillana. Rioja fue uno de los hombres de confianza intelectual de Pacheco, quien recurrió a sus conocimientos para cuestiones relacionadas con la iconografía y la teoría artística. De esta colaboración nació, entre otros trabajos, el discurso en defensa de la representación de Cristo crucificado con cuatro clavos, una cuestión que interesaba especialmente a Pacheco y que tendría también importancia en la obra de su yerno Diego Velázquez. Los escritos de Rioja fueron recogidos por Pacheco en sus Tratados de erudición de varios autores y utilizados posteriormente en su Arte de la pintura.

Su prestigio literario comenzó a extenderse muy pronto. Mantuvo relaciones con escritores de la talla de Miguel de Cervantes, Lope de Vega y Juan Pérez de Montalbán. Cervantes lo elogió en su Viaje del Parnaso y Lope de Vega le dedicó una conocida epístola en La Filomena. Rioja formaba parte, por tanto, de aquella brillante tradición intelectual sevillana heredera de Fernando de Herrera y vinculada a la llamada escuela sevillana de poesía.

Su vida experimentó un cambio decisivo en 1621, cuando Felipe IV llegó al trono y Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, alcanzó una posición dominante en la Corte. La amistad entre ambos se había iniciado años antes en Sevilla y Olivares reclamó a Rioja para que se trasladara a Madrid. Allí se convirtió en uno de sus colaboradores más cercanos, actuando como consejero, redactor y bibliotecario personal. Su conocimiento de las letras y su capacidad intelectual hicieron de él una figura de considerable influencia en los círculos cortesanos.

A lo largo de los años siguientes acumuló importantes responsabilidades. Fue nombrado cronista de Su Majestad y, en 1634, bibliotecario real de Felipe IV. También formó parte del Consejo de la Suprema Inquisición, después de haber ejercido como inquisidor del tribunal sevillano. Llegó incluso a desempeñar funciones relacionadas con la interpretación iconográfica de las obras destinadas al Real Sitio del Buen Retiro. De este modo, detrás del poeta que posteriormente recordaría la historia literaria existió un personaje de gran peso en la administración cultural y política de la Monarquía Hispánica.

En 1640, ante las graves dificultades políticas provocadas por las rebeliones de Cataluña y Portugal, Rioja participó en la defensa intelectual de su protector. Su Aristarco fue una de las obras destinadas a responder a las críticas contra el conde-duque. Sin embargo, la caída de Olivares era ya inevitable y en enero de 1643 fue obligado a abandonar el poder. Rioja lo acompañó inicialmente en su destierro a Loeches. Cuando el antiguo valido fue trasladado posteriormente a Toro, Rioja decidió regresar a Sevilla.

La vuelta a su ciudad natal significó para él un largo alejamiento de la Corte. Instalado cerca del convento de San Clemente el Real, disfrutó de una existencia retirada y dedicada a sus intereses intelectuales.

Sin embargo, en 1654 regresó a Madrid como agente del cabildo sevillano. Allí permaneció hasta su muerte, ocurrida el 8 de agosto de 1659.

El Ayuntamiento de Sevilla quiso perpetuar la memoria de este ilustre hijo de la ciudad. En 1845 acordó dedicarle una calle, y en 1869 el nombre de Rioja se hizo extensivo a toda la vía, denominación que ha llegado hasta nuestros días. La calle se convierte así en un pequeño homenaje urbano a uno de los intelectuales sevillanos más destacados del Siglo de Oro.

Calle Rioja

ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA

Pedro Caravaca Rogé.

Pedro Caravaca Rogé ocupa un lugar destacado en la historia contemporánea de Sevilla y, de manera especial, en la memoria de la calle que lleva su nombre.

Calle Pedro Caravaca

Ingeniero industrial, empresario y representante de los intereses económicos de la ciudad, estuvo estrechamente vinculado a la Exposición Iberoamericana de 1929 y desempeñó el cargo de secretario de la Federación Económica de Andalucía (FEDA), además de participar activamente en las organizaciones empresariales sevillanas. Su figura quedó asociada a una época de profunda transformación económica y social, pero también a los difíciles años que precedieron a la consolidación de la Segunda República.

Caravaca contrajo matrimonio en Madrid, el 25 de noviembre de 1918, con María Catalina Chacón-Manrique de Lara y de la Calzada, con quien tuvo cuatro hijos.

El 20 de mayo de 1933, en un ambiente de creciente conflictividad social y política, Pedro Caravaca fue asesinado a plena luz del día en una calle de Sevilla. El crimen causó una profunda conmoción entre los medios empresariales, comerciales y sociales de la ciudad. Sevilla atravesaba entonces una etapa especialmente turbulenta, marcada por huelgas, atentados, amenazas y enfrentamientos entre grupos de diferente signo político y sindical. El asesinato de Caravaca fue percibido por amplios sectores de la sociedad sevillana como una manifestación extrema de aquella violencia y como un nuevo golpe contra la seguridad de la actividad económica.

Las crónicas de la época concedieron una gran relevancia al suceso. El entierro reunió a representantes de las instituciones y de las organizaciones económicas y empresariales, convirtiéndose en una expresión pública de la preocupación existente ante el deterioro del orden social.

Siete días después del asesinato, el diario ABC informaba de la detención de Pedro Leira Benítez, delegado de la Unión Local de Sindicatos, y de Antonio Barba Berenjena, ambos como presuntos responsables del crimen.

Crónica del asesinato de Pedro Caravaca (ver) (CC BY 3.0)

viernes, 14 de agosto de 2026

ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA

Café Suizo.

En la historia de la calle Sierpes, los cafés ocuparon un lugar fundamental como espacios de sociabilidad, conversación y entretenimiento. Junto a establecimientos de marcada significación política como el Café del Turco, otros adquirieron fama por su ambiente elegante, sus espectáculos y su capacidad para reunir a una clientela vinculada a la burguesía y a las nuevas formas de ocio que caracterizaron la Sevilla de la segunda mitad del siglo XIX. Entre ellos destacó el Café Suizo, también conocido como Café Teatro Suizo.

Calle Sierpes

El establecimiento se encontraba en los números 27 y 29 de la calle Sierpes y desarrolló su actividad, aproximadamente, entre 1860 y 1899. Su local ocupaba un espacio especialmente significativo dentro de la trama comercial del centro sevillano y disponía, además, de comunicación con las calles Cuna y Limones, circunstancia que favorecía el acceso a un establecimiento concebido no solo como café, sino también como lugar de reunión y espectáculo.

El nombre de “Suizo” respondía a una denominación muy extendida en la hostelería española del siglo XIX. Los cafés suizos evocaban establecimientos de carácter europeo, asociados al refinamiento, la modernidad y una determinada cultura urbana. En Sevilla, como en Madrid y otras grandes ciudades, estos locales se convirtieron en puntos de encuentro de una sociedad burguesa cada vez más interesada por las novedades culturales y por las nuevas formas de ocio.

El Café Suizo acogían en sus salones reuniones y tertulias, y La música, las actuaciones y las veladas contribuyeron a convertirlo en uno de los espacios de ocio característicos de la Sierpes decimonónica.

Café Suizo (ver) (CC BY 3.0)

Aunque en ocasiones se le ha relacionado con los cafés cantantes, su trayectoria presenta una particularidad interesante: el Café Teatro Suizo alcanzó mayor notoriedad como espacio dedicado a los espectáculos y, especialmente, como salón cinematográfico que como café cantante propiamente dicho. No obstante, también ofreció actuaciones de flamenco en directo, participando así de aquella intensa transformación del ocio sevillano que llevó a la música y al espectáculo a ocupar un lugar cada vez más destacado en los cafés y salones públicos.

Su historia adquiere una importancia extraordinaria por su relación con la llegada del cinematógrafo a Sevilla. El 17 de septiembre de 1896 tuvo lugar allí la primera sesión cinematográfica de la que se tiene noticia en la ciudad. Apenas unos meses después de las primeras exhibiciones públicas del cinematógrafo Lumière en París, las imágenes en movimiento llegaban a este céntrico establecimiento de la calle Sierpes, convirtiendo al Café Suizo en uno de los escenarios pioneros de la modernidad tecnológica y del nuevo espectáculo cinematográfico en Sevilla.

La evolución del inmueble continuó después de la desaparición del Café Suizo. Sobre aquel espacio se desarrollaría posteriormente una importante tradición teatral y cinematográfica, vinculada al edificio que acabaría siendo conocido como Teatro Imperial, uno de los establecimientos culturales más destacados de la calle Sierpes.

La historia del Café Suizo es, en definitiva, la historia de una Sevilla que comenzaba a cambiar. Una ciudad que conservaba el gusto por la tertulia y la conversación en torno a una mesa, pero que se mostraba cada vez más receptiva a las novedades procedentes de Europa. Y la calle Sierpes, corazón comercial y social de la ciudad, fue una vez más el escenario privilegiado donde esa transformación pudo contemplarse.

ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA

Café del Turco.

Si el comercio convirtió la calle Sierpes en uno de los principales ejes económicos de Sevilla, sus cafés, casinos y tertulias hicieron de ella, durante buena parte de los siglos XIX y XX, uno de los grandes escenarios de la vida social, política y cultural de la ciudad. Entre estos establecimientos destacó de manera singular el Café del Turco, también conocido como Café de la Cabeza del Turco, cuya memoria está estrechamente vinculada a uno de los periodos más agitados de la historia contemporánea sevillana.

El establecimiento se encontraba en el número 35 de la calle Sierpes y ya existía en los primeros años del siglo XIX. Las referencias históricas permiten situar su actividad, al menos, en la época constitucional de 1820-1823, aunque algunas fuentes señalan su fundación en torno a 1822. Fue, por tanto, uno de los cafés más antiguos y célebres de la ciudad, anterior incluso a la gran proliferación de cafés y cafés cantantes que se produciría en Sevilla a partir de mediados del siglo XIX.

Interior del Café del Turco (ver) (CC BY 3.0)

Su denominación más popular, Cabeza del Turco, no parece proceder de una moda orientalista, como a veces se ha señalado, sino de un elemento muy concreto del propio inmueble: una pintura que representaba la cabeza de un turco y que figuraba en la fachada, sobre la portada. Aquel motivo terminó identificando al establecimiento hasta el punto de convertirse en una referencia habitual para los sevillanos.

Más que un simple lugar donde tomar café, el Turco fue desde sus primeros tiempos un espacio de reunión, conversación y controversia. En sus mesas se reunían escritores, periodistas, abogados, profesores, comerciantes y destacados representantes del liberalismo sevillano. Allí se hablaba de negocios, literatura, toros y actualidad, pero también de aquello que en determinados momentos podía resultar mucho más peligroso: política.

El protagonismo político del Café del Turco alcanzó especial intensidad durante el Trienio Liberal (1820-1823). Sevilla fue entonces uno de los principales escenarios de la revolución liberal española y el café se convirtió en lugar de reunión de los sectores más exaltados del liberalismo. Luis Montoto, en su conocida obra La calle de las Sierpes, recordaba que allí se reunían los partidarios de la Constitución, los conspiradores y aquellos liberales a los que sus adversarios absolutistas denominaban despectivamente “negros”.

El propietario del establecimiento, Luis Tolva, compartía aquellas ideas políticas y fue un ferviente partidario de Rafael del Riego y de Antonio Quiroga. Su esposa, María Josefa Piñalosa, participaba igualmente de aquel ambiente liberal. Tolva organizó en el establecimiento una especie de cátedra o sala de lectura en la que, diariamente, se leían en voz alta los periódicos que llegaban de Sevilla, Madrid y otras ciudades españolas. La importancia de estas sesiones fue tal que Luis Tolva llegó a establecer un reglamento específico, aprobado en abril de 1820, que organizaba el funcionamiento de aquellas lecturas.

Uno de los episodios más célebres asociados al establecimiento tuvo como protagonista al general Rafael del Riego. En diciembre de 1821, los clientes del café organizaron una procesión civil en la que se llevó por las calles de Sevilla un retrato del militar convertido en símbolo de la revolución liberal. El episodio se repitió al día siguiente con el retrato de Riego colocado en un coche de caballos, acompañado de luces y criados. El propio Instituto de la Cultura y las Artes de Sevilla ha señalado este curioso acontecimiento como uno de los episodios que muestran la especial intensidad con que la ciudad vivió el Trienio Liberal.

La caída del régimen constitucional puso fin abruptamente a aquel ambiente. En abril de 1823 comenzaron a penetrar en España los llamados Cien Mil Hijos de San Luis, enviados por las potencias absolutistas europeas para restaurar a Fernando VII en el ejercicio pleno de su poder. La suerte del Café del Turco quedó ligada a la derrota del liberalismo. El 13 de junio de 1823 un grupo de realistas irrumpió en el establecimiento, destrozó el mobiliario y arrojó a la calle o destruyó los documentos y papeles que encontró. Según la descripción de Luis Montoto, también se abrieron las espitas de los toneles, dejando correr el vino por el local: una imagen casi esperpéntica para cerrar la breve, pero intensa etapa revolucionaria del café.

Sin embargo, la destrucción de 1823 no borró su memoria. El Café del Turco continuó vinculado durante décadas a la vida de la calle Sierpes y fue cambiando de denominación con el paso del tiempo. En el siglo XX llegó a conocerse como Café Madrid, nombre con el que permaneció hasta mediados de la década de 1950. La importancia del inmueble tampoco se limitó a su función hostelera: en torno a 1915 las plantas superiores estuvieron relacionadas con la sede del Sevilla Fútbol Club.

El edificio conservó además algunos de sus elementos arquitectónicos más característicos, entre ellos un patio interior cubierto por una cúpula o lucernario de cristal. Hoy no queda rastro material del Café del Turco, pero su recuerdo permanece ligado a la memoria de la calle Sierpes

Situación actual

AREA CENTRO 2

Grandes Almacenes el Águila (Derribado). 

Los Grandes Almacenes El Águila fueron fundados en 1850 en la confluencia de las calles Sierpes, Jovellanos y Sagasta y se convirtieron en un auténtico referente del comercio local como bazar de ropa hecha.

Su edificio albergó una de las mayores innovaciones comerciales de la ciudad al incorporar el primer ascensor de uso público instalado en unos grandes almacenes de Sevilla, un adelanto que causó gran expectación entre los clientes de la época.

El establecimiento permaneció en funcionamiento hasta 1975, cuando cerró sus puertas, poniendo fin a una de las firmas comerciales más representativas de la Sevilla de los siglos XIX y XX.

El edificio fue proyectado por el arquitecto José Gómez Millán en 1909. Aunque la inscripción situada en el chaflán lleva la fecha de 1910, las obras no concluyeron hasta 1912. Tras el cierre de los almacenes, el inmueble fue profundamente reformado en 1975 para adaptarlo como sede del Banco Industrial del Mediterráneo.

Arquitectónicamente constituye uno de los mejores ejemplos de la arquitectura comercial sevillana de comienzos del siglo XX. Su composición responde a un lenguaje clasicista, enriquecido con una elegante decoración modernista que se despliega mediante relieves de inspiración vegetal y composiciones geométricas de líneas curvas y rectas. Entre sus motivos ornamentales destacan diversos elementos de inspiración náutica, como timones y rosas de los vientos, integrados tanto en la piedra como en la magnífica forja que decora balcones, remates y otros elementos de la fachada.

Grandes Almacenes El Águila. (ver) (CC BY 3.0)


El edificio conserva los esbeltos pilares de hierro fundido que en otro tiempo enmarcaban los grandes escaparates del establecimiento, testimonio del esplendor comercial que alcanzó este inmueble. Como detalle más singular sobresalen las águilas de forja que coronan la azotea, representadas con las alas desplegadas, como si estuvieran a punto de emprender el vuelo, un guiño al nombre del histórico establecimiento que todavía hoy constituye uno de los elementos más característicos de este edificio de la calle Sierpes.

Almacenes El Águila (ver) (CC BY 3.0)

La segunda mitad del siglo XX supuso un profundo cambio en los hábitos de consumo. La aparición de los grandes almacenes, los centros comerciales y, posteriormente, la grande cadena internacional alteró el modelo tradicional del comercio urbano. Muchos establecimientos históricos desaparecieron tras décadas de actividad, incapaces de competir con las nuevas formas de distribución.