martes, 7 de julio de 2026

AREA CENTRO 2

Plaza del Salvador.

La Plaza del Salvador constituye uno de los espacios urbanos más emblemáticos y concurridos del casco histórico de Sevilla. En ella confluyen las calles Córdoba, Villegas, Blanca de los Ríos, Álvarez Quintero, Sagasta y Cuna, formando un amplio recinto peatonal que desde hace siglos ha desempeñado un papel fundamental en la vida religiosa, comercial y social de la ciudad. Su privilegiada ubicación, junto a la antigua mezquita mayor almohade y a la actual Iglesia Colegial del Divino Salvador, la ha convertido en uno de los grandes centros de la Sevilla histórica.

Plaza del Salvador

Plaza del Salvador

Los orígenes de este espacio se remontan a la época islámica. Situada junto a la mezquita aljama construida por Ibn Adabbás a finales del siglo IX, la plaza fue uno de los lugares de mayor actividad de la Sevilla andalusí. Diversos estudios apuntan a que en sus inmediaciones pudo encontrarse parte del zoco principal de la ciudad, donde se desarrollaba una intensa actividad comercial. Tras la conquista castellana de 1248, la mezquita fue consagrada al culto cristiano y el espacio abierto que se extendía frente a ella pasó a desempeñar nuevas funciones, conservando, no obstante, su importancia como lugar de reunión y de mercado.

Durante la Baja Edad Media y buena parte de la Edad Moderna fue conocida como plaza del Cementerio o del Cementerio de San Salvador, ya que una parte de su superficie estaba ocupada por el camposanto de la parroquia. En aquellos siglos era habitual enterrar a los difuntos en el interior de los templos o en los terrenos inmediatos a ellos, considerados igualmente sagrados. El antiguo cementerio permaneció en uso hasta el siglo XVII, aunque el topónimo “Plaza del Salvador” terminó imponiéndose de manera definitiva.

La actual Iglesia Colegial del Divino Salvador (leer mas) domina todo el conjunto urbano con su monumental fachada barroca. El edificio comenzó a levantarse en 1674 sobre los restos de la antigua mezquita, cuya fábrica se encontraba muy deteriorada, y las obras concluyeron en 1712 tras la intervención de diversos maestros de obras. Del templo islámico únicamente se conserva el Patio de los Naranjos y parte de la base del antiguo alminar, integrado posteriormente en la torre campanario. La grandiosidad del templo convirtió la plaza en uno de los escenarios monumentales más destacados de la Sevilla barroca.

Iglesia Colegial del Divino Salvador

Frente a la colegial se alza el Hospital de Nuestra Señora de la Paz (leer mas), perteneciente desde el siglo XVI a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. El edificio ocupa el solar de antiguos hospitales medievales dedicados sucesivamente a San Cosme y San Damián, al Salvador y a la Misericordia. Su iglesia y las dependencias que dan a la plaza forman uno de los conjuntos arquitectónicos más característicos del lugar.

Hospital de Nuestra Señora de la Paz

Uno de los elementos más singulares de la plaza son los soportales conservados en su lado occidental. Constituyen el único vestigio de las galerías porticadas que durante siglos rodearon gran parte del recinto y que acogían tiendas y talleres. Originalmente muchos de estos soportales eran de madera, aunque progresivamente fueron sustituidos por columnas de mármol. Bajo ellos desarrollaban su actividad numerosos artesanos y comerciantes, convirtiendo la plaza en un importante centro económico de la ciudad.

Soportales

Soportales

Desde la Edad Media se establecieron aquí diversos gremios especializados. En distintos momentos ocuparon sus frentes los cordoneros, chapineros, cereros, candeleros, cinteros, sederos, talabarteros y zapateros, además de numerosos pequeños comerciantes. Con el paso del tiempo la plaza se convirtió también en un destacado mercado de frutas, verduras y otros productos de consumo cotidiano, al que acudían vendedores procedentes tanto de Sevilla como de las poblaciones cercanas. La intensa actividad mercantil atraía igualmente a porteadores, aguadores, mozos de cordel y animales de carga, creando un ambiente bullicioso que numerosos cronistas describieron como uno de los más animados de la ciudad.

Cerería del Salvador

Cerería del Salvador

A mediados del siglo XIX comenzaron las grandes transformaciones urbanísticas que dieron a la plaza un aspecto más acorde con las nuevas ideas de embellecimiento de la ciudad. En 1840 se instaló una fuente procedente del convento del Carmen y pocos años después el arquitecto Balbino Marrón proyectó un elegante paseo central arbolado con bancos y zonas ajardinadas. La solución no convenció plenamente y en 1861 fue sustituida por un nuevo diseño elaborado por Manuel Heredia Tejada. Durante las décadas siguientes continuaron las reformas del pavimento, el alumbrado y las alineaciones de los edificios.

Una de las modificaciones más importantes tuvo lugar en la década de 1920, cuando el derribo de varias casas permitió ampliar el extremo meridional de la plaza y mejorar la comunicación con la calle Blanca de los Ríos. En esos mismos años se instaló el monumento dedicado al gran escultor Juan Martínez Montañés (leer mas), realizado por Agustín Sánchez Cid. Aunque la escultura fue trasladada durante algunos años a la avenida de la Constitución, regresó definitivamente a la Plaza del Salvador tras la gran remodelación llevada a cabo en la década de 1980.

Monumento a Martínez Montañez

Monumento a Martínez Montañez

La configuración actual es fruto de esa profunda intervención urbanística. Después de haber permanecido durante décadas ocupada por el tráfico rodado y por un gran aparcamiento, la plaza fue peatonalizada, recuperándose el tradicional pavimento de adoquines, reinstalándose el monumento a Martínez Montañés y plantándose los característicos naranjos que hoy forman parte inseparable de su imagen. También se restauró el alumbrado con farolas inspiradas en modelos históricos y se reorganizó todo el espacio para favorecer nuevamente su uso ciudadano.

En uno de los ángulos del templo se encuentra la conocida Cruz del Cementerio Parroquial del Salvador, situada en un pequeño templete junto al chaflán de la calle Villegas. Esta cruz recuerda el antiguo camposanto parroquial y sustituyó a otra que originalmente se levantaba en el centro de la plaza. Es denominada popularmente como “Cruz de las Culebras” (leer mas), aunque históricamente esta denominación corresponde realmente a la antigua Cuesta de las Culebras, nombre que recibía el primer tramo de la actual calle Villegas, y no a la propia cruz.

Chaflán de la calle Villegas

Cruz de las Culebras

La Plaza del Salvador ha sido igualmente escenario de numerosas celebraciones religiosas y acontecimientos festivos. Desde hace siglos forma parte del recorrido de la procesión del Corpus Christi, una de las ceremonias más solemnes de Sevilla, y por ella discurren también algunas de las cofradías más destacadas de la Semana Santa, especialmente las del Amor y Pasión, cuyas sedes se encuentran en la Iglesia del Salvador. En épocas pasadas acogió veladas populares, festejos en honor de la Virgen de las Aguas, mercados temporales, conciertos e incluso festejos taurinos.

Este papel de punto de convivencia, de centro de la vida sevillana, ha sido recogido por diversos autores y ensayistas como Montoto, Chaves Nogales, Sánchez del Arco, Romero Murube, Mas, Cortines Murube, Guillén, M. Chaves Rey, M. Diez Crespo, Ferrand o Burgos.

En la actualidad, la Plaza del Salvador continúa siendo uno de los principales lugares de encuentro de los sevillanos. Sus terrazas, bares tradicionales y comercios conviven con algunos de los edificios más representativos del patrimonio histórico de la ciudad. En este escenario lleno de historia, La Antigua Bodeguita del Salvador o la Alicantina forma parte del alma de la Plaza del Salvador. 

La Alicantina en la plaza del Salvador. Década de 1.950.

A cualquier hora del día, las gradas de la colegial y el entorno del monumento a Martínez Montañés reúnen a vecinos y visitantes, prolongando una vocación de convivencia que este espacio ha mantenido, con diferentes formas, desde hace más de mil años. Pocas plazas reflejan con tanta claridad la evolución histórica de Sevilla, desde la ciudad islámica hasta la gran urbe contemporánea, conservando intacto su carácter de auténtico corazón del casco antiguo.

San Cristóbal. Pequeño azulejo en la casa numero 14


lunes, 6 de julio de 2026

AREA CENTRO 2

Calle Vargas Campos.

La calle Vargas Campos es una discreta vía del casco histórico de Sevilla que une la plaza de Villasís y la calle Martín Villa con la confluencia de Santa María de Gracia y Francisco de Pelsmaeker. A pesar de su escasa longitud y de pasar casi inadvertida para muchos sevillanos, su historia refleja la transformación urbana del centro de la ciudad y conserva el recuerdo de un héroe de la Guerra de Melilla de 1909.

Calle Vargas Campos

Hasta comienzos del siglo XX esta calle fue conocida como calle de la Pasión o calleja de las Monjas de Pasión. Esta denominación aparece documentada desde mediados del siglo XVII y hacía referencia al desaparecido convento de Santa María de la Pasión (leer mas), fundado en el siglo XVI, cuyo extenso recinto ocupaba buena parte de esta zona del centro histórico. En realidad, el antiguo trazado estaba formado por dos estrechas callejas que dibujaban un ángulo recto alrededor del convento, configuración que todavía puede apreciarse parcialmente en el recorrido actual.

En 1910 el Ayuntamiento acordó cambiar su nombre por el de Vargas Campos para rendir homenaje a Rafael Vargas Campos, soldado sevillano nacido en el barrio de Triana y perteneciente al Cuarto Escuadrón del Regimiento de Cazadores de Alfonso XII. Falleció heroicamente el 20 de septiembre de 1909 durante la célebre Carga de Taxdirt, una de las acciones más destacadas de la Guerra de Melilla o Segunda Guerra del Rif. En aquella arriesgada carga de caballería, las tropas españolas consiguieron romper las posiciones rifeñas tras un duro combate que causó numerosas bajas en ambos bandos. Rafael Vargas Campos fue uno de los siete soldados españoles que perdieron la vida durante la acción, motivo por el que Sevilla decidió perpetuar su memoria dando su nombre a esta calle apenas un año después de su muerte.

La configuración urbana de Vargas Campos cambió profundamente durante las primeras décadas del siglo XX. La apertura del gran eje formado por Martín Villa y Laraña obligó a ensanchar parte de la calle en los años veinte, integrándola en la gran remodelación que transformó este sector del centro histórico. Aun así, continúa siendo una vía estrecha, con planta en forma de T y un pequeño ramal que desemboca en la calle Francisco de Pelsmaeker. Desde este tramo se accede a un pasaje comercial que comunica directamente con la calle Sierpes, una conexión muy utilizada por quienes recorren el centro comercial sevillano.

Las edificaciones que la flanquean corresponden, en su mayor parte, a las fachadas posteriores de inmuebles con entrada principal por Martín Villa, Cuna o la plaza de Villasís. Esta circunstancia contribuye a que conserve un ambiente más reservado que las calles vecinas, aunque la altura de los edificios acentúa la sensación de estrechez. En el extremo próximo a Santa María de Gracia se encuentra el obrador de la histórica confitería La Campana, uno de los establecimientos más emblemáticos de la repostería sevillana, cuyo aroma acompaña diariamente el tránsito de vecinos y visitantes. En este mismo entorno funcionan también algunos establecimientos de hostelería que aportan animación a una calle esencialmente residencial.

En el numero 28 podemos contemplar un curioso azulejo cofrade.

Numero 28

Azulejo cofrade

A lo largo del siglo XIX la vía albergó un pequeño teatro, testimonio de la intensa actividad cultural que caracterizó a este sector del casco histórico. Sin embargo, también conoció épocas menos favorables. A comienzos del siglo XX el Ayuntamiento emprendió actuaciones para clausurar varias casas de lenocinio que se habían instalado en sus inmediaciones, reflejo de los problemas sociales que afectaban a algunas calles del centro antes de las grandes reformas urbanísticas.

Aunque hoy permanece eclipsada por la intensa actividad comercial de Sierpes, Martín Villa o Campana, Vargas Campos constituye un interesante ejemplo de cómo las pequeñas calles sevillanas conservan la memoria de distintas etapas de la historia de la ciudad. Su antiguo nombre recuerda la presencia de uno de los conventos más importantes de la Sevilla barroca, mientras que su denominación actual mantiene vivo el recuerdo de Rafael Vargas Campos, un joven trianero cuya muerte en la campaña de Melilla quedó unida para siempre al callejero sevillano. Así, en apenas unos metros conviven la historia religiosa de la ciudad, las reformas urbanísticas del siglo XX y la memoria de uno de los episodios más significativos del ejército español en el norte de África.

AREA CENTRO 2

Calle Martín Villa.

La calle Martín Villa constituye uno de los principales ejes comerciales y de comunicación del centro histórico de Sevilla. Une la plaza de Villasís y la calle Vargas Campos con la confluencia de las calles Santa María de Gracia y Campana, enlazando la zona de la Encarnación con la Campana, punto de inicio de la carrera oficial de la Semana Santa. Aunque hoy se presenta como una vía amplia, rectilínea y muy transitada, su origen fue muy distinto, pues durante siglos fue una estrecha calle medieval conocida como calle de la Plata.

Esta antigua denominación aparece documentada al menos desde 1435. Su origen no está completamente esclarecido, aunque probablemente estuvo relacionado con la presencia de artesanos o comerciantes vinculados al trabajo de la plata o con establecimientos dedicados a este metal. En 1893 la calle recibió el nombre actual en homenaje a Antonio Martín Villa, destacado jurista, catedrático, rector de la Universidad de Sevilla e historiador de la propia institución universitaria. Hombre de gran prestigio intelectual y reconocido por su modestia, rechazó importantes cargos tanto en la administración del Estado como en la Santa Sede, dedicando buena parte de su vida a la enseñanza y a la investigación.

Durante la Edad Moderna, la antigua calle de la Plata era una vía corta y extremadamente estrecha. Junto a ella existía una pequeña barreduela denominada González de Zúñiga, documentada desde finales del siglo XV. La estrechez de la calle ocasionó numerosos problemas al convento de Santa María de Gracia, cuya extensa fachada lateral ocupaba toda la acera oriental. Las religiosas solicitaron reiteradamente al Ayuntamiento que ampliara la vía, consiguiendo únicamente una actuación parcial en 1595, cuando se autorizó ensanchar la entrada de la calle. Años más tarde, en 1645, las monjas volvieron a protestar por el intenso paso de carruajes, asegurando que las vibraciones hacían temblar los muros del convento y amenazaban la estabilidad del edificio. Para limitar el tráfico se instalaron marmolillos durante el siglo XIX, aunque continuaron circulando caballerías y carros.

El aspecto actual de Martín Villa es consecuencia de la profunda transformación urbana emprendida por el Ayuntamiento durante las primeras décadas del siglo XX. La apertura del gran eje Campana-Laraña-Encarnación exigió la demolición de numerosas viviendas de la antigua calle de la Plata y la alineación de nuevas fachadas, creando una avenida mucho más ancha y recta que facilitara la circulación y dignificara uno de los principales accesos al corazón comercial de Sevilla.

La renovación urbanística vino acompañada por la construcción de destacados edificios pertenecientes al regionalismo sevillano, estilo arquitectónico que alcanzó su máximo esplendor en los años previos a la Exposición Iberoamericana de 1929. Entre ellos sobresale el inmueble situado en el número 6, esquina con Santa María de Gracia, proyectado por Aníbal González entre 1907 y 1908 para Manuel Nogueira. Considerado una de las primeras obras neomudéjares del arquitecto para uso privado, constituye un auténtico punto de inflexión en su trayectoria artística, al abandonar el modernismo para desarrollar el lenguaje regionalista que más tarde alcanzaría su máxima expresión en la Plaza de España. Su fachada de ladrillo visto, enriquecida con arcos de herradura, cerámica vidriada, columnas y abundante decoración inspirada en el arte almohade, recuerda algunos elementos de la Giralda y de la arquitectura histórica andaluza. En la actualidad el edificio (Bankinter) mantiene prácticamente intacta su imagen exterior gracias a una respetuosa rehabilitación.

Actual edificio Bankinter


También destacan otros edificios levantados tras el ensanche, como la casa número 1, obra de Ignacio Sanz y Valdecantos; el número 3, nuevamente proyectado por Aníbal González, donde se instaló el célebre Hotel Biarritz, que amplió la capacidad hotelera de Sevilla con motivo de la Exposición Iberoamericana; el edificio número 4, diseñado por Román Balbuena; el número 9, construido por Juan José López Sáez entre 1931 y 1933, cuya estética incorpora interesantes influencias modernistas y cierto aire gaudiniano; y el número 11, de Pedro Sánchez Núñez, igualmente representativo del regionalismo sevillano. Buena parte de la acera de los números pares está ocupada por un gran edificio bancario levantado sobre el solar del antiguo colegio de los jesuitas.

Numero 1

Numero 3

Numero 3. Antiguo Hotel Biarritz

Numero 3 actual

Numero 4

Numero 4

Numero 9

Numero 9

Numero 11

La calle desempeñó también un importante papel en la historia cultural de Sevilla. A finales del siglo XVI y comienzos del XVII trabajaron aquí varios impresores de prestigio, entre ellos Clemente Hidalgo, en cuyo taller se imprimió en 1604 la primera edición de las “Rimas” de Lope de Vega, una de las obras fundamentales de la poesía del Siglo de Oro. También desarrolló su actividad el impresor Pedro García, mientras que, ya en el siglo XX, residió durante algunos años el poeta sevillano Rafael Montesinos.

Desde antiguo, este espacio fue uno de los lugares más animados del centro urbano. Incluso cuando aún era una calle estrecha, registraba un constante tránsito de comerciantes, vendedores ambulantes, mendigos, viajeros y vecinos que acudían a las numerosas tabernas y modestos establecimientos de comidas que daban vida al barrio. A comienzos del siglo XX alcanzó especial fama el café cantante Novedades (leer mas), uno de los locales más populares del entorno, donde el ambiente castizo de la Sevilla tradicional convivía con artistas, aficionados al flamenco y clientes de toda condición.

La campana después del ensanche y antes de la apertura a la calle Martín Villa. En el centro el edificio de "El Novedades". (CC BY 3.0)

11 de septiembre de 1922. Al fondo el Café-Cantante "Novedades" (CC BY 3.0)

Tras las grandes reformas urbanísticas del siglo pasado, Martín Villa consolidó su carácter de arteria comercial. Durante décadas albergó hoteles tan conocidos como el Biarritz y el Luz Sevilla, además de establecimientos emblemáticos como el popular bar El Plata y numerosos comercios dedicados a tejidos, electrodomésticos, fotografía y otros sectores que hicieron de esta calle uno de los centros comerciales más dinámicos de la ciudad.

En la actualidad, Martín Villa continúa siendo una de las vías más transitadas del casco histórico. Miles de sevillanos y visitantes la recorren diariamente camino de la Campana, la Encarnación o la plaza del Duque. Durante la Semana Santa adquiere un protagonismo excepcional al convertirse en el último tramo antes de la Campana para las hermandades que realizan estación de penitencia a la Catedral. Su fisonomía actual resume la evolución de Sevilla desde la estrecha trama medieval hasta la gran ciudad comercial del siglo XX, conservando al mismo tiempo un valioso conjunto arquitectónico que testimonia uno de los periodos de mayor transformación urbanística de la capital andaluza.

sábado, 4 de julio de 2026

AREA CENTRO 2

Casa Cuna.

La calle Cuna debe su nombre al año 1558, cuando el arzobispo Fernando de Valdés promovió la creación de la Casa Cuna o Hospicio de Niños Expósitos, institución destinada a recoger y atender a los recién nacidos abandonados.

La Casa Cuna se ubicaba en el tramo comprendido entre las actuales calles Goyeneta y Acetres. El edificio, que disponía de iglesia y dependencias asistenciales, fue uno de los principales centros benéficos de la ciudad. El escritor británico Richard Ford describió el lugar como un espacio de tristeza y compasión, recordando la inscripción que podía leerse junto al torno donde se depositaban los niños abandonados: “Porque mi padre y mi madre me abandonaren, pero el Señor me acogió”, que actualmente podemos contemplar en la fachada de Galerías Madrid. Es una cita del libro de los Salmos de la Biblia, del rey David, en referencia a la protección divina en situaciones de desgracia y desamparo.

Fachada de Galerías Madrid

“Porque mi padre y mi madre me abandonaren, pero el Señor me acogió”

A lo largo de su historia, la Casa Cuna fue una institución marcada por la escasez de recursos económicos y por una constante dependencia de las limosnas, donaciones particulares y ayudas de instituciones benéficas. Esta frágil situación financiera se agravó notablemente durante el siglo XVIII y las primeras décadas del XIX, cuando las crisis económicas y los cambios políticos redujeron aún más los ingresos destinados al sostenimiento del establecimiento, poniendo en peligro su capacidad para atender a los menores acogidos.

La profunda reorganización de la beneficencia pública emprendida durante el siglo XIX transformó también la administración de la Casa Cuna. En 1837, con la creación de la Junta Municipal de Beneficencia, la asistencia a huérfanos, niños abandonados, enfermos y personas necesitadas pasó a depender de la administración civil, iniciándose así un proceso de secularización de estos servicios. Poco después, la gestión del establecimiento quedó bajo la autoridad de la Junta Provincial de Beneficencia. Sin embargo, el funcionamiento cotidiano y el cuidado directo de los niños continuaron en manos de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl desde 1838, congregación que desempeñó una labor esencial durante más de un siglo.

En 1848 el centro adoptó oficialmente la denominación de Casa de Expósitos, consolidándose como el principal establecimiento benéfico de la provincia dedicado a la acogida de menores abandonados. La reforma administrativa de 1868 transfirió las competencias asistenciales a las diputaciones provinciales y, veinte años más tarde, la Diputación Provincial asumió la gestión directa de los establecimientos de beneficencia. Durante esta etapa, la Casa Cuna prestó acogida a niños de muy diversa procedencia: huérfanos, recién nacidos abandonados, hijos de madres solteras o de relaciones extramatrimoniales, hijos de viudas sin recursos, de viudos incapaces de atenderlos, de matrimonios sumidos en la pobreza o de mujeres que, por enfermedad, falta de leche o exigencias laborales, no podían hacerse cargo de su crianza. La institución se convirtió así en uno de los pilares de la asistencia social sevillana durante buena parte del siglo XIX y principios del XX.

Tras permanecer durante siglos en la calle Cuna, el histórico establecimiento abandonó definitivamente esta sede en 1914 para instalarse en un edificio de nueva planta proyectado por el arquitecto Antonio Gómez Millán. El inmueble, concebido en un elegante estilo regionalista, fue levantado sobre terrenos pertenecientes a antiguas huertas cedidas por Regla Manjón Mergelina, condesa de Lebrija. En esta nueva etapa la institución alcanzó un importante prestigio sanitario gracias a la labor de destacados pediatras como José González-Meneses Jiménez e Ignacio Gómez de Terreros, quienes impulsaron la modernización de la atención infantil, siempre con la colaboración de las Hermanas de la Caridad.

La Casa Cuna mantuvo su actividad hasta 1987, año en que desapareció como institución independiente al integrarse sus funciones en los Servicios de Atención a la Infancia de la Diputación Provincial, en colaboración con la Junta de Andalucía. Tres años más tarde, en 1990, el emblemático edificio inaugurado en 1914 fue cedido a la Fundación San Telmo, iniciando una nueva etapa con un uso muy distinto al asistencial que había desempeñado durante gran parte de su historia. Hoy, el recuerdo de la Casa Cuna permanece estrechamente ligado a la evolución de la beneficencia y de la protección a la infancia en Sevilla, siendo testimonio de una institución que, pese a sus dificultades, prestó amparo a miles de niños a lo largo de varios siglos.

 AREA CENTRO 2

Calle Cuna.

La calle Cuna es una de las vías más representativas y concurridas del casco histórico de Sevilla. Une la plaza de Villasís con la plaza del Salvador, atravesando el corazón comercial de la ciudad y enlazando algunos de sus espacios urbanos más emblemáticos. Desde la Edad Media ha desempeñado un papel fundamental como eje mercantil, función que ha conservado hasta la actualidad, convirtiéndose en una calle donde conviven la historia, la arquitectura y la intensa actividad comercial.

Numero 35

Cuartel A. Barrio 5. Manzana 4

Su origen se remonta a los primeros años de la Sevilla cristiana. En el siglo XIII aparece documentada con el nombre de calle Arqueros y, desde finales del siglo XIV, era conocida indistintamente como calle de los Carpinteros o de las Carpinterías. Esta denominación respondía a la abundancia de talleres y comercios relacionados con la madera, establecidos en ella gracias a su estratégica situación dentro de la ciudad. Los carpinteros ocupaban buena parte de la vía con sus bancos y materiales, hasta el punto de que un documento de 1540 afirmaba que apenas podía transitarse por la calle debido a la intensa actividad de estos artesanos: “la calle está tan ocupada por los bancos de los oficios que no ay quien pase por ella”

El nombre actual nació en 1558, cuando el arzobispo Fernando de Valdés promovió la creación de la Casa Cuna o Hospicio de Niños Expósitos, institución destinada a recoger y atender a los recién nacidos abandonados. Inicialmente, el nuevo topónimo solo designaba el tramo comprendido entre las actuales calles Goyeneta y Acetres, donde se encontraba el hospicio, en un emplazamiento aproximado donde se situaba el cine Pathé, mientras que el resto de la vía continuó llamándose Carpinterías. No fue hasta 1845 cuando el nombre de Cuna pasó a identificar toda la calle. Entre 1903 y 1938 recibió oficialmente la denominación de Federico de Castro, en homenaje al prestigioso jurista y catedrático de la Universidad de Sevilla, aunque tras la Guerra Civil recuperó definitivamente su histórica denominación.

A lo largo de su historia, la Casa Cuna fue una institución marcada por la escasez de recursos económicos y por una constante dependencia de las limosnas, donaciones particulares y ayudas de instituciones benéficas. Esta frágil situación financiera se agravó notablemente durante el siglo XVIII y las primeras décadas del XIX, cuando las crisis económicas y los cambios políticos redujeron aún más los ingresos destinados al sostenimiento del establecimiento, poniendo en peligro su capacidad para atender a los menores acogidos.

La profunda reorganización de la beneficencia pública emprendida durante el siglo XIX transformó también la administración de la Casa Cuna. En 1837, con la creación de la Junta Municipal de Beneficencia, la asistencia a huérfanos, niños abandonados, enfermos y personas necesitadas pasó a depender de la administración civil, iniciándose así un proceso de secularización de estos servicios. Poco después, la gestión del establecimiento quedó bajo la autoridad de la Junta Provincial de Beneficencia. Sin embargo, el funcionamiento cotidiano y el cuidado directo de los niños continuaron en manos de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl desde 1838, congregación que desempeñó una labor esencial durante más de un siglo.

En 1848 el centro adoptó oficialmente la denominación de Casa de Expósitos, consolidándose como el principal establecimiento benéfico de la provincia dedicado a la acogida de menores abandonados. La reforma administrativa de 1868 transfirió las competencias asistenciales a las diputaciones provinciales y, veinte años más tarde, la Diputación Provincial asumió la gestión directa de los establecimientos de beneficencia. Durante esta etapa, la Casa Cuna prestó acogida a niños de muy diversa procedencia: huérfanos, recién nacidos abandonados, hijos de madres solteras o de relaciones extramatrimoniales, hijos de viudas sin recursos, de viudos incapaces de atenderlos, de matrimonios sumidos en la pobreza o de mujeres que, por enfermedad, falta de leche o exigencias laborales, no podían hacerse cargo de su crianza. La institución se convirtió así en uno de los pilares de la asistencia social sevillana durante buena parte del siglo XIX y principios del XX.

Tras permanecer durante siglos en la calle Cuna, el histórico establecimiento abandonó definitivamente esta sede en 1914 para instalarse en un edificio de nueva planta proyectado por el arquitecto Antonio Gómez Millán. El inmueble, concebido en un elegante estilo regionalista, fue levantado sobre terrenos pertenecientes a antiguas huertas cedidas por Regla Manjón Mergelina, condesa de Lebrija. En esta nueva etapa la institución alcanzó un importante prestigio sanitario gracias a la labor de destacados pediatras como José González-Meneses Jiménez e Ignacio Gómez de Terreros, quienes impulsaron la modernización de la atención infantil, siempre con la colaboración de las Hermanas de la Caridad.

La Casa Cuna mantuvo su actividad hasta 1987, año en que desapareció como institución independiente al integrarse sus funciones en los Servicios de Atención a la Infancia de la Diputación Provincial, en colaboración con la Junta de Andalucía. Tres años más tarde, en 1990, el emblemático edificio inaugurado en 1914 fue cedido a la Fundación San Telmo, iniciando una nueva etapa con un uso muy distinto al asistencial que había desempeñado durante gran parte de su historia. Hoy, el recuerdo de la Casa Cuna permanece estrechamente ligado a la evolución de la beneficencia y de la protección a la infancia en Sevilla, siendo testimonio de una institución que, pese a sus dificultades, prestó amparo a miles de niños a lo largo de varios siglos.

Así, durante siglos, la Casa Cuna marcó profundamente la identidad de la calle. El edificio, que disponía de iglesia y dependencias asistenciales, fue uno de los principales centros benéficos de la ciudad. El escritor británico Richard Ford describió el lugar como un espacio de tristeza y compasión, recordando la inscripción que podía leerse junto al torno donde se depositaban los niños abandonados: “Porque mi padre y mi madre me abandonaren, pero el Señor me acogió”, que actualmente podemos contemplar en la fachada de Galerías Madrid. Es una cita del libro de los Salmos de la Biblia, del rey David, en referencia a la protección divina en situaciones de desgracia y desamparo.

Fachada de Galerías Madrid

“Porque mi padre y mi madre me abandonaren, pero el Señor me acogió”

Desde el punto de vista urbanístico, la calle presenta un trazado largo, relativamente rectilíneo, aunque con numerosos retranqueos y salientes fruto de sucesivas reformas y alineaciones realizadas especialmente durante los siglos XIX y XX. Desde antiguo desembocaban en ella pequeños adarves y callejones, algunos hoy desaparecidos, mientras que en la actualidad desembocan en ella por la derecha Francisco de Pelsmaeker, Rivera, Cerrajería y Oropesa y por la izquierda, Goyeneta, Acetres y Lagar.

El patrimonio arquitectónico de Cuna constituye uno de sus principales atractivos. El edificio más sobresaliente es, sin duda, el Palacio de la Condesa de Lebrija (leer mas), situado en el número 8. Aunque su origen se remonta a un palacio renacentista, adquirió su aspecto actual a finales del siglo XIX gracias a las reformas impulsadas por doña Regla Manjón, condesa de Lebrija. La aristócrata convirtió la residencia en un auténtico museo, incorporando mosaicos romanos, esculturas, columnas, pavimentos de mármol y piezas arqueológicas procedentes en gran parte de Itálica, además de artesonados mudéjares, azulejos renacentistas y elementos decorativos recuperados de conventos y palacios andaluces. Hoy constituye una de las casas-palacio más importantes de Sevilla y uno de los mejores ejemplos del coleccionismo artístico español.

Palacio de la Condesa de Lebrija

También merece especial atención el Palacio del Marqués de la Motilla (leer mas), situado en la esquina con la calle Laraña y la plaza de Villasís. Construido entre 1921 y 1931 según proyecto del arquitecto italiano Gino Coppedè y desarrollado por Vicente Traver, constituye una de las obras más singulares del historicismo sevillano. Su fachada inspirada en el gótico florentino contrasta con la vertiente regionalista que presenta hacia la calle Cuna, donde destacan su elegante galería de arcos y su característico torreón mirador.

Palacio del Marqués de la Motilla

Frente a este edificio se alza otro magnífico ejemplo del regionalismo sevillano: el inmueble proyectado por Aníbal González entre 1912 y 1913 para Ignacio Sanz, que junto con otros edificios de la calle refleja el extraordinario desarrollo arquitectónico experimentado por Sevilla durante las décadas previas a la Exposición Iberoamericana de 1929.

Laraña esquina con Cuna

Igualmente, notable es el edificio conocido como Ciudad de Londres, situado en la confluencia con Cerrajería. Fue diseñado por José Espiau y Muñoz entre 1912 y 1914 para albergar unos grandes almacenes textiles. De estilo neomudéjar, sobresale por su espectacular mirador semicircular volado sobre la esquina, organizado en dos niveles, solución arquitectónica que anticipa algunos de los recursos que el propio Espiau desarrollaría posteriormente en el célebre edificio de La Adriática, en la avenida de la Constitución.

Ciudad de Londres

Junto a estos inmuebles monumentales, la calle conserva un interesante conjunto de edificios de los siglos XVIII, XIX y comienzos del XX, con balcones modernistas, elegantes herrajes, patios porticados y fachadas regionalistas que reflejan la evolución de la arquitectura doméstica sevillana. Destacan especialmente las casas de los números 35, 41, 42, 45, 47, 48, 49 y 51, muchas de ellas con patios de gran valor artístico, escaleras revestidas de azulejos y magníficos trabajos de forja.

La actividad comercial ha sido una constante en la historia de Cuna. Durante los siglos XVII y XVIII albergó talleres de impresores, fabricantes de guitarras y numerosos artesanos. En el siglo XIX experimentó un extraordinario auge gracias a la apertura de cafés muy frecuentados, como el Nuevo Suizo o el Café del Correo, donde se reunían intelectuales y escritores como Luis Montoto o Francisco Rodríguez Marín. También tuvo aquí su sede el Ateneo Hispalense y diversas asociaciones mercantiles.

Especial relevancia alcanzó la apertura, en 1925, del Pathé Cinema, proyectado por Juan Talavera Heredia. Fue el primer edificio construido expresamente como cinematógrafo en Sevilla, convirtiéndose durante décadas en uno de los principales centros culturales y de ocio de la ciudad. Tras diversas transformaciones, el inmueble alberga actualmente el Teatro Quintero.

Las descripciones de escritores como Pedro Antonio de Alarcón o Rafael Laffón reflejan el ambiente popular que caracterizó la calle durante el siglo XIX y principios del XX, con freidurías, pequeñas tiendas de calzado, mercerías, cesterías y otros comercios tradicionales que daban vida a una de las arterias más animadas de Sevilla.

En los años de 1960 en la calle Cuna nos podíamos encontrar con este almacén

La Colchona

Por su privilegiada ubicación entre la plaza del Salvador y la antigua calle Sierpes, Cuna ha sido también escenario habitual de procesiones religiosas y comitivas civiles. Durante siglos formó parte del recorrido de la procesión del Corpus Christi, para cuyo paso se instalaban toldos y arcos triunfales. Asimismo, numerosas hermandades de Semana Santa han transitado históricamente por esta vía, reforzando su carácter simbólico dentro del entramado urbano sevillano.

Placa en memoria de José Luis Luque Rodríguez-Almansa

Placa en memoria de José García González

Azulejo en el número 31. Pasaje a la calle Puente y Pellón

Azulejo en el número 31. Pasaje a la calle Puente y Pellón

En la actualidad, la calle Cuna continúa siendo una de las principales arterias comerciales del centro histórico. Totalmente peatonal, concentra establecimientos de moda, complementos, decoración, joyerías y, especialmente, comercios especializados en vestidos de novia, convirtiéndose en un referente para este sector en Sevilla. Pese a la intensa actividad diurna, conserva aún el encanto de sus fachadas históricas, sus antiguos patios y algunos comercios tradicionales que evocan el ambiente de la Sevilla de otros tiempos, manteniendo el equilibrio entre el dinamismo comercial contemporáneo y un rico patrimonio histórico y arquitectónico acumulado a lo largo de más de siete siglos.