lunes, 12 de enero de 2026

ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA

Estigmas. 

Sobre la estigmatización podemos comentar que después de la crucifixión y según el Evangelio de Juan (Jn, 20:27-29) cuando Jesús entra en el Cenáculo, con las puertas cerradas, y saluda a los discípulos, muestra los estigmas para identificarse y luego dice a Tomás: “Mete tu dedo aquí, y ve mis manos y alarga acá tu mano, y métela en mi costado y no seas incrédulo, sino fiel”.

La palabra estigma proviene del latín “stigma” y este a su vez del griego “στίγμα”. Son heridas de aparición espontánea y que son similares las que infligieron a Jesús durante la Pasión.

Tradicionalmente, se presentan en el costado (donde Jesús fue atravesado con la lanza para confirmar que estaba muerto) y en ambas manos y ambos pies (las heridas causadas por los clavos de la crucifixión). 

Es curioso que las heridas son similares a las mostradas en la iconografía cristiana tradicional, o sea suelen ser marcas en las palmas de las manos y no en el antebrazo, donde debió producirse el enclavado de los miembros superiores. 

Excepcionalmente, incluyen representaciones de las heridas de la espalda causadas por la flagelación y de las heridas de la cabeza causadas por la corona de espinas.

Además de su localización en las áreas de la Pasión de Jesús, tienen otras características especiales, tales como que aparecen de forma instantánea, causando gran sorpresa e impresión en quienes las reciben, sangran copiosamente y por largos periodos o en determinadas fechas, su sangre se mantiene siempre fresca y limpia, no se infectan, no emiten olores fétidos o incluso desprenden aromas, se acompañan de fuertes dolores tanto físicos como morales y  no se curan nunca con ningún procedimiento médico, por lo que permanecen un gran número de años sin que pueda darse una explicación médica o científica.

Los estigmatizados lo consideran una inmensa gracia, pero se siente indignos y ocultan sus lesiones.

Se considera que el primer estigmatizado fue Francisco de Asís (ver), pero en realidad el primer caso en la historia es el de la beata María de Oignies (1177-1213) que recibió los estigmas en su cuerpo doce años antes que Francisco de Asís.

María de Oignies pertenecía a las beguinas, una asociación de mujeres contemplativas y activas que dedicaron su vida al cuidado de los enfermos y a los necesitados. Trabajaban para mantenerse y eran libres de dejar la asociación en cualquier momento para casarse.

La segunda persona en recibir los estigmas fue efectivamente Francisco de Asís, que en las heridas de las manos y de los pies presentaban raspaduras de carne en forma de clavos. Los de un lado tenían cabezas redondas y las del otro tenían puntas largas que se doblaban para arañar la piel. 

Por considerarse indigno de ser portador de las señales de la Pasión de Cristoocultaba sus heridas llevando las manos dentro de las mangas del hábito y usando medias y zapatos, pero muchos de sus hermanos en la Orden fueron testigos de la existencia de tales heridas.

Desde entonces hasta el beato Pío de Pietrelcina (1887-1968), uno de los últimos casos, cuyas llagas permanecían cerradas todos los días y sólo se abrían y sangraban los viernes, se han dado unos 250 casos de personas con estigmas, en la mayoría de los casos con comprobación científica.

Algunos médicos, tanto católicos como librepensadores, han sostenido que las heridas pueden haber sido causadas de modo enteramente natural, aunque científicamente inexplicables.

La psiquiatría experimental afirma que la imaginación puede acelerar o retardar las corrientes nerviosas, pero no hay constancia de su acción sobre los tejidos.

Schnabel (1993) encontró un paralelismo entre los estigmas y el Síndrome de Munchaussen, que es un trastorno emocional en que se finge o provoca enfermedades.

En conjunto representan un fenómeno místico extraordinario y por tanto se han convertido en el centro de un debate teológico y científico muy importante.

Santa Lutgarda 

En Bélgica, Cristo le concedió otro tipo de estigmas a una santa cisterciense de nombre Lutgarda. En 1235 ella quedó ciega tras rogar por vivir más profundamente la pasión del Señor.

Cierto día, Santa Lutgarda, rezando a su santa favorita Santa Inés, sintió que una vena que estaba por su corazón se reventó y la sangre se derramó hacia el exterior a través de una herida abierta en su costado. En otras ocasiones, sudaba gotas de sangre al pensar en la Pasión de Cristo.

Santa Catalina de Siena

Hay dos tipos de estigmas, las visibles y las invisibles, en los que se padecen “los sufrimientos, sin mostrar señal externa alguna”. Esto último le sucedió a Santa Catalina de Siena (1347-1380), laica dominica y gran Doctora de la Iglesia. Ella “comenzó teniendo estigmas visibles, pero, por humildad, oró para que le fueran cambiadas por unas invisibles y su oración fue escuchada.

Santa Rita de Casia

Santa Rita de Casia (1381-1457) tenía en la frente “una herida causada por una espina arrancada de la corona del Crucificado” y que el olor que se desprendía de allí era insoportable. Además, indica que esta es una excepción porque las heridas de los estigmatizados “no emiten olores fétidos”, por ello, la religiosa agustina permanecía alejada de la gente pero cuando murió el estigma desapareció, quedando en su lugar “una mancha roja como un rubí, la cual tenía una deliciosa fragancia”.

Santa Catalina de Ricci

En 1542 la dominica Santa Catalina de Ricci tuvo un desposorio místico con Cristo en la Pascua de Resurrección. Según indica el dominico Fray Paulino Alvarez, más adelante Cristo le otorgó los estigmas, pero la de la lanza del costado se le apareció en el lado izquierdo “sobre el corazón” y era tan dolorosa que ella sentía que iba a morir. El sacerdote cuenta que los que vieron los estigmas de la santa afirmaban que “las de las manos eran coloradas, tenían como un borde levantado y que en el medio se veía una cosa negra, redonda, como la cabeza de un clavo; y las de los pies tenían la carne hundida y desigual, en una parte baja y en otra alta, y que entre la carne y la piel se veían hilos de sangre, y que salía de ellas olor suavísimo”. 

San Carlos de Sezze

Otro santo varón que recibió estigmas fue San Carlos de Sezze. La colección de libros Año Cristiano de la Biblioteca de Autores Católicos (BAC) señala que este franciscano ostenta el título de “Serafín de la Eucaristía”. En el libro se describe que cierto día el santo entró a la Iglesia de San José, que queda por la actual plaza de España en Roma, y participó de la Santa Misa. Cuando llegó el momento de la elevación “un rayo luminoso partió de la Hostia Sagrada hiriendo el costado del Santo hasta penetrar su corazón”. Más adelante, precisa que la marca de la cruz quedó impresa en su corazón, el cual permanece incorrupto.

Santa Verónica Giuliani

La clarisa capuchina Santa Verónica Giuliani (1660-1727) es otra de las impresionantes místicas en la historia de la Iglesia. La web italiana de vidas de santos Santi e Beati indica que en 1694 la santa “recibió la impresión de espinas en la cabeza”. Antes de morir, ella contó que imágenes de algunos elementos de la Pasión de Cristo habían aparecido en su corazón. Cuando se le hizo la autopsia, varios fueron los testigos del extraordinario milagro.

San Pío de Pietrelcina

De acuerdo al escritor Francesco Castelli, en el libro titulado “El Padre Pío bajo interrogatorio: La autobiografía secreta”, el santo recibió los estigmas el 20 de septiembre de 1918, tras celebrar la Eucaristía. De esta manera se convirtió en el primer sacerdote estigmatizado. Todos los anteriores fueron laicos y consagrados. “Me sentí lleno de compasión por los dolores del Señor y le pregunté qué podía hacer. Oí esta voz: “te asocio a mi Pasión”. Y en seguida, desaparecida la visión, he vuelto en mí, en razón, y vi estos signos de los que salía sangre. No los tenía antes", narró San Pío de Pietrelcina, según lo que refiere Castelli.

El Padre Pío de Pietrelcina con los estigmas de sus manos expuestos. Se trata de una de las primeras fotos de las heridas, hecha en un estudio fotográfico de la zona en el verano de 1919. (ver) (CC BY 3.0)

AREA MUSEO

Museo de Bellas Artes.

Sala V

Vista general de la sala IV desde la cabecera

Vista general de la sala IV desde los pies

Una vez en la sala la describimos siguiendo la dirección contraría a las agujas del reloj.

1) Triunfo de san Hermenegildo. Alonso Vázquez y   Juan de Uceda. Hacia 1603-1604. Óleo sobre lienzo. 492 x 340 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V. Procede de la Iglesia del Hospital de San Hermenegildo de Sevilla, también llamado Hospital del Cardenal o de los Heridos. Depósito de la Diputación Provincial

Este lienzo de grandes dimensiones fue encargado por el cardenal Rodrigo de Castro Cervantes para el retablo mayor de la iglesia del desaparecido Hospital de San Hermenegildo y confiado al pintor sevillano Alonso Vázquez, figura destacada de la escuela local de finales del siglo XVI. La pintura, junto con el resto del retablo, fue trasladada hacia 1837 al Hospital de las Cinco Llagas, y entre 1897 y 1912 ingresó definitivamente en el Museo de Bellas Artes.

La obra introduce un modelo compositivo que tendría una amplia fortuna entre los pintores barrocos sevillanos del siglo XVII, basado en la división del espacio en dos grandes ámbitos superpuestos: uno terrenal y otro celestial.

En este caso, ambos registros aparecen separados de forma muy marcada y desarrollan escenas temáticas distintas, sin una conexión visual directa. Esta dualidad responde a la autoría compartida del lienzo: Alonso Vázquez realizó la escena inferior, mientras que Juan de Uceda se habría encargado de la parte superior tras la marcha de Vázquez a México, formando parte del séquito del marqués de Montesclaros. Esta circunstancia explicaría que la cartela situada en la zona baja quedara sin firmar.

En el registro inferior, san Hermenegildo aparece arrodillado en el centro de la composición, con un sitial ante él y la herida del hachazo que le causó la muerte visible en la cabeza. En su tránsito hacia la gloria está acompañado por un grupo de ángeles, que pueden interpretarse como alegorías de la Constancia y la Fe, encargadas de armar al santo con la espada, la rodela y el yelmo, o bien identificarse con los arcángeles san Miguel, san Gabriel y san Rafael. 

Detalle de la zona inferior

Detalle de san Hermenegildo rodeado por un grupo de ángeles

A la izquierda se disponen san Leandro y san Isidoro, que confortan a Ingunda, esposa de san Hermenegildo.

Detalle de San Leandro, San Isidoro e Ingunda

A la derecha, arrodillado en actitud orante, figura el cardenal Cervantes, fundador del hospital para el que se realizó la obra, acompañado por un personaje en segundo plano. Este último ha sido identificado tradicionalmente con Juan Fernández, capellán de santa Lucía y benefactor del hospital, aunque también podría tratarse del doctor don Diego de Rivera. Según Francisco J. Cornejo, se trataría del benefactor que reunía los méritos necesarios para ser representado junto al cardenal en una obra de esta relevancia.

Detalle del cardenal Cervantes, acompañado de un personaje que aparece en segundo plano

En la parte superior, la Virgen María, ataviada con túnica roja y manto azul, ofrece a san Hermenegildo la corona de gloria reservada a los santos. A ambos lados se disponen ángeles músicos, con instrumentos representados con gran minuciosidad, así como ángeles niños que participan jubilosos en la escena. Todo el conjunto configura un rompimiento de gloria que anticipa claramente el lenguaje visual del barroco sevillano.

Detalle de la parte superior

Detalle de la Virgen con la corona

2) Visión de san Basilio. Francisco Herrera el Viejo. 1639. Óleo sobre lienzo. 540 x 283 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala V. Procede del Colegio de san Basilio el Magno

En torno a 1638–1639, Francisco Herrera el Viejo recibió el encargo de realizar las pinturas del retablo mayor de la iglesia del convento de San Basilio Magno (ver), en la Sevilla del Siglo de Oro. Aquel ambicioso conjunto constituyó un ciclo pictórico completo, integrado por varias escenas en el banco, diez lienzos destinados a los nichos dispuestos entre las pilastras laterales, dos tarjas decorativas y dos grandes composiciones principales. Entre estas últimas sobresale de manera excepcional la monumental Visión de san Basilio (ver), concebida como eje visual y teológico del programa iconográfico.

La pintura representa el episodio místico en el que san Basilio, arrodillado ante el altar, recibe una revelación celestial. El santo contempla a Cristo, que aparece glorificado y rodeado por los doce apóstoles en un amplio rompimiento de gloria de carácter apoteósico.

La escena combina el ámbito terrenal y el sobrenatural sin una separación rígida, integrándolos mediante una composición dinámica que marca un claro avance respecto a fórmulas anteriores del autor.

La disposición oblicua de los elementos, la pincelada suelta y enérgica y la intensidad expresiva de las figuras anuncian una decidida aproximación al pleno Barroco. Estas características, unidas a la monumentalidad del conjunto, convierten el lienzo en una de las propuestas más innovadoras de Herrera en su madurez artística. 

En el ángulo inferior derecho se sitúa san Basilio, arrodillado ante un altar sobre el que se disponen un cáliz y un candelero de plata. Ataviado con ricos ornamentos pontificales, el santo abre las manos en actitud orante y eleva la mirada hacia el cielo, estableciendo un vínculo directo con la visión sobrenatural que se despliega ante él.

Detalle del área inferior

Detalle de san Basilio

En la zona superior, entre nubes y resplandores luminosos, aparece Cristo, que alza la mano derecha mostrando la herida de la Pasión, mientras sostiene con la izquierda la cruz de su sacrificio. 

Detalle de Jesucristo

A su alrededor se agrupan los doce apóstoles, dispuestos en primer plano dentro del ámbito celestial y caracterizados por una notable variedad de actitudes, gestos y expresiones.

Detalle de apóstoles

Detalle de apóstoles

El rompimiento de gloria se completa con querubines y serafines que revolotean en torno a Cristo y a los apóstoles, aportando movimiento y ligereza a la escena.

Tres ángeles jóvenes descienden hacia el espacio terrenal: dos ocupan el ángulo inferior izquierdo, uno de pie portando una fuente con panes y otro sentado sosteniendo un libro, mientras que el tercero, situado tras el santo, lleva el báculo episcopal, reforzando la identificación iconográfica de san Basilio.

Los dos ángeles del ángulo inferior izquierdo

El tercer, situado tras el santo, lleva el báculo episcopal

La composición se caracteriza por un acusado dinamismo, especialmente visible en la zona de la gloria, donde las figuras parecen vibrar de vitalidad y energía. El colorido es intenso y expresivo, aunque el tratamiento del claroscuro aún no alcanza un pleno equilibrio, lo que no resta impacto a la fuerza visual del conjunto. Por su ambición, escala y calidad, la Visión de san Basilio puede considerarse una de las obras más destacadas y representativas de la producción de Francisco Herrera el Viejo.

3) Apoteosis de San Hermenegildo. Herrera el Viejo, Francisco. Hacia 1620-40. Óleo sobre lienzo. 523 x 326 cm. Museo de Bellas Arts. Sala V. Procede del Colegio de san Hermenegildo tras la desamortización de 1840

El gran lienzo representa la glorificación celestial del príncipe visigodo san Hermenegildo (ver), hijo del rey Leovigildo y de su primera esposa, y hermano del futuro rey Recaredo. Educado inicialmente en el arrianismo, doctrina mayoritaria entre la nobleza visigoda frente al catolicismo de la población hispanorromana, su vida estuvo marcada por un profundo conflicto religioso y político.

Nombrado por su padre gobernador de la provincia Bética, contrajo matrimonio con la princesa franca Ingunda, ferviente católica. Bajo la influencia doctrinal de san Leandro, arzobispo de Sevilla, Hermenegildo abrazó el catolicismo, decisión que tuvo importantes consecuencias. Su conversión, unida a su proclamación como rey en el sur peninsular, provocó el enfrentamiento abierto con Leovigildo, que lo derrotó tras una dura campaña militar. El príncipe fue capturado y encarcelado, iniciándose así el tramo final de su martirio.

El 13 de abril del año 585, al negarse a abjurar de su fe y rechazar la comunión administrada por un obispo arriano, fue condenado a muerte por orden de su padre. La tradición señala que fue ejecutado mediante un violento golpe de hacha. El lugar exacto de su fallecimiento no está plenamente determinado: Sevilla y Tarragona se disputan el hecho. Una versión sitúa su muerte en una celda cercana a la Puerta de Córdoba de Sevilla; otra afirma que, tras una tentativa de fuga, fue trasladado a Tarragona, donde habría sido finalmente ejecutado.

San Hermenegildo fue canonizado en 1585 como mártir de la Iglesia católica. Es considerado patrono de los conversos y su festividad se celebra el 13 de abril, aniversario de su muerte.

Detalle sin marco

Francisco Herrera el Viejo (ver) es una de las figuras más destacadas del barroco sevillano del siglo XVII. Formado en un ambiente manierista heredero de la tradición impuesta por Francisco Pacheco, su pintura evolucionó progresivamente hacia un naturalismo de gran fuerza expresiva.

 Además de pintor, dominó el arte del grabado. En torno a 1624 se vio envuelto en un proceso judicial por falsificación de moneda y, huyendo de la justicia, se refugió en el Colegio de San Hermenegildo de los jesuitas, donde ejecutó este imponente lienzo.

Según la tradición, el rey Felipe IV, durante su estancia en Sevilla ese mismo año, contempló la obra y concedió el perdón al artista, pronunciando la célebre frase: “Quien sabe manejar así los pinceles, no necesita fabricar moneda para ser poderoso”.

La composición responde a una concepción plenamente barroca, de extraordinaria grandiosidad, caracterizada por el dinamismo de las figuras, la agitación de los ropajes y una rica y contrastada gama cromática. La escena se articula en dos ámbitos claramente diferenciados: el celestial y el terrenal.

San Hermenegildo

En el registro superior, en un amplio rompimiento de gloria, aparece san Hermenegildo en el centro, representado como un guerrero de inspiración clásica, a modo de legionario romano, con coraza azulada y una amplia capa roja que ondea tras él. Apoya su peso sobre la pierna izquierda mientras adelanta la derecha sobre una nube, presentándose frontalmente al espectador. En su mano derecha sostiene un crucifijo, concebido como única arma, junto al cual puede leerse el lema “ERAT” (“Será”), en alusión profética a la futura conversión del pueblo visigodo al catolicismo. 

Detalle de la cruz con el lema “ERAT”

A su alrededor, querubines y serafines revolotean entre las nubes, mientras dos de ellos lo coronan con rosas, símbolo de su martirio y victoria espiritual.

Detalle de la corona con rosas

El santo se presenta, como un auténtico soldado de Cristo, un “Miles Christi”, encarnación del triunfo de la Iglesia católica sobre el arrianismo, aquí personificado en la figura de su padre Leovigildo, pero también como alegoría del triunfo de la Contrarreforma frente a la Reforma protestante. A ambos lados del mártir, jóvenes ángeles muestran los instrumentos de su martirio: el hacha y la cadena.

Ángel con el hacha

Ángel con la cadena

En el plano inferior, correspondiente al ámbito terrenal, se disponen san Leandro y san Isidoro.

San Leandro, situado a la izquierda, señala con gesto elocuente al mártir glorificado, presentándolo a un niño que se identifica con Recaredo, hermano menor de Hermenegildo y futuro rey, quien arrodillado eleva su mirada hacia el santo, prefigurando su decisivo papel en la implantación del catolicismo en el reino visigodo.

San Leandro con el niño

En el ángulo inferior derecho, san Isidoro contempla absorto la escena mientras retiene suavemente a Leovigildo. El monarca aparece abatido, encorvado y casi caído, en una actitud impropia de su dignidad real, con el rostro marcado por la derrota moral. Esta postura humillante simboliza la derrota de la herejía arriana y la victoria definitiva de la Iglesia, subrayando el mensaje doctrinal y político que impregna toda la obra.

San Isidoro

Leovigildo

4) Jesús Crucificado expirante. Zurbarán, Francisco de. Hacia 1640. Óleo sobre lienzo. 255 x 193 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala V. Desamortización del convento de Capuchinos de 1840. 

La escena la protagoniza Jesús crucificado expirante, sobre un fondo oscuro que realza la figura luminosa de Cristo crucificado. 

Este fondo oscuro no implica necesariamente que sea el cuadro de la etapa más tenebrista, ya que, al morir Cristo, el cielo oscureció durante tres horas: “Hacia el mediodía las tinieblas cubrieron toda la región hasta las tres de la tarde” (Lc.  23: 44).

Es una composición poco sangrienta porque los sufrimientos morales de Jesús superan en este momento sus padecimientos físicos. El sufrimiento que expresa aquí es de índole psíquica, denotando su total abandono (Leer mas).

5) Santa Catalina. Bartolomé Esteba Murillo. Hacia 1650 y 1657. Óleo sobre lienzo. 75 x 58,2 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla, Sala V. Adquisición de la Junta de Andalucía en 2022

La pintura fue realizada originalmente para la iglesia de Santa Catalina de Sevilla (ver), donde se encontraba situada junto a la entrada de la capilla sacramental. Las numerosas referencias bibliográficas que la mencionan, así como la existencia de al menos dos copias realizadas en el siglo XVII, evidencian el notable prestigio que alcanzó esta obra en la ciudad desde fechas tempranas.

Durante la invasión napoleónica, el cuadro fue expoliado y pasó a integrar la colección reunida en Sevilla por el mariscal Soult en torno a 1810. Tras la muerte del militar francés, la pintura fue vendida en 1852 y adquirida por el hispanista escocés William Stirling-Maxwell. En 1950 pasó a manos de un coleccionista suizo, procedente de los descendientes de Stirling-Maxwell, figurando aún entonces atribuida a Francisco de Zurbarán. En 1999 reapareció en el mercado de arte londinense, donde fue presentada como obra de Alonso Cano. Finalmente, en 2003, Benito Navarrete restituyó con sólidos argumentos su autoría a Bartolomé Esteban Murillo, antes de su ingreso en la colección de la Fundación Focus en 2009. Desde esta institución fue adquirida por la Junta de Andalucía en 2022.

La literatura artística del siglo XVIII señalaba que la obra era un retrato de la Tarca, mujer que, según la tradición, Murillo utilizaba con frecuencia como modelo.

Santa Catalina de Alejandría (ver), mártir del siglo IV según la tradición cristiana, fue condenada por orden del emperador Majencio y finalmente decapitada.

La iconografía se reduce aquí a los elementos esenciales que permiten su identificación: la espada de su martirio, que sostiene con la mano derecha, y la palma que se insinúa en la izquierda.

Detalle sin marco

La santa aparece representada de medio cuerpo, con la mirada dirigida al espectador, aislada sobre un fondo oscuro y carente de elementos secundarios, lo que concentra toda la atención en la figura. Una intensa iluminación lateral procedente de la izquierda modela el rostro y el busto, realzando la serenidad de la expresión y la nobleza del gesto. 

Como hemos comentado, con su mano derecha sujeta una espada, de la que sólo se aprecia la empuñadura y en su izquierda se insinúa la palma de su martirio

El brillante colorido, con el destacado contraste entre el morado del vestido y el amarillo del manto, contribuye a que la figura emerja con fuerza del fondo sombrío.

Este tratamiento de la luz y la composición sobria revelan la persistencia de influencias del naturalismo tenebrista de la generación anterior, circunstancia que explica las antiguas atribuciones de la obra tanto a Zurbarán como a Alonso Cano.

6) Piedad. Murillo, Bartolomé Esteban. Hacia 1665-1666. Óleo sobre lienzo. 183 x 213 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala V. Desamortización del convento de los Capuchinos

El grupo de la Virgen de la Piedad se compone, estrictamente, de dos personajes, María y su Hijo desclavado de la cruz.

La obra representa a Cristo muerto, con su cuerpo inanimado reposando sobre un blanco sudario en el suelo, y apoyado sobre la sobre las rodillas de la Virgen (Leer mas)

7) Santo Tomas de Villanueva dando limosna. Murillo, Bartolomé Esteban. Hacia 1668-1682. Óleo sobre lienzo. 283 x 188. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala V. Desamortización del convento de los Capuchinos. 

Hacia 1665 Murillo recibió el encargo de decorar la Iglesia de los Capuchinos de Sevilla. La realización del trabajo le llevó varios años, al final de los cuales el templo se convirtió prácticamente en un museo.

Este lienzo fue ubicado en el cuarto altar del lado de la Epístola y, de toda la serie, fue el cuadro favorito del pintor, el cuál siempre se refería a él como “mi cuadro” (Leer mas).

8) San Félix de Cantalicio con la Virgen y el Niño. Murillo, Bartolomé Esteban. Hacia 1668-1669. Óleo sobre Lienzo. 283 x 188 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala V. Desamortización del convento de los Capuchinos

En esta obra de Murillo aparecen, a tamaño natural, las figuras de san Félix, la Virgen y el Niño.

San Félix (ver), ya anciano, aparece arrodillado sosteniendo en sus brazos al Niño y dirigiendo su mirada, llena de ternura y de agradecimiento, hacia la Virgen. Ésta se encuentra situada en el extremo superior izquierdo del lienzo, flotando sobre nubes y en actitud de ofrecer a su hijo al santo depositándolo en sus brazos.

El Niño Jesús es representado en un amplio escorzo, envuelto solo por un pañal blanco y jugueteando en sus brazos con el santo a quien mira.

Detalle de san Félix de Cantalicio con el Niño

La escena consta de dos áreas. La superior que se corresponde con el rompimiento de Gloria, donde está la Virgen rodeada de ángeles, de gran luminosidad, y la terrena, donde están el santo y el Niño, envuelta en luces mortecinas de un atardecer.

Detalle de la Virgen

En un segundo plano, cierra la zona terrena un oscuro paisaje con un árbol y crepúsculo que, a juicio de Alejandro Guichot y Sierra, parece cortarse bruscamente a la derecha del árbol, cosa que indicaría la presencia de otra mano en la obra.

En un primer plano, en la parte inferior central del lienzo, un saco con panes.

Detalle del saco con panes

 

9) Adoración de los pastores. Murillo, Bartolomé Esteban. 1668-1669. Óleo sobre lienzo. 292 x 192 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala V. Procede de la desamortización del Convento Capuchinos de Sevilla

La escena representa el momento en que los pastores acuden a adorar al Niño Jesús en el pesebre. Murillo construye la composición a partir de una iluminación diagonal que organiza el espacio y guía la mirada del espectador hacia el núcleo espiritual del cuadro. El uso magistral del claroscuro y la gradación de la luz refuerzan la sensación de intimidad y subrayan la carga emotiva de la escena, dominada por una ternura serena y profundamente humana, rasgo característico del pintor.

La composición se articula en dos planos claramente diferenciados. En la zona superior aparece un rompimiento de gloria, donde unos angelillos, envueltos en una luz etérea, anuncian el carácter divino del acontecimiento. En el plano inferior se desarrolla la acción principal, en un espacio cercano y casi doméstico, que acerca el misterio de la Natividad al espectador.

A la derecha destaca la figura de la Virgen, representada con una elegancia sencilla, sosteniendo al Niño en su regazo. Su actitud es recogida y protectora, y su presencia actúa como eje visual y emocional de la escena. Con la tradicional ropa roja (coparticipe de la Pasión de su hijo) y manto azul (la esperanza en el cielo) y su padre representado por un anciano (los Evangelios Apócrifos lo relación a con un hombre mayor, viudo con varios hijos, circunstancia de la que no se tiene constancia, pero con lo que se quiere insistir en la virginidad de María).

Detalle de la Virgen el Niño y san José

Detalle de la Virgen

Detalle del Niño

Detalle de san José

Respecto a la mula y el buey, es una tradición que se remonta a los inicios del “Belenismo” en el año 1223, cuando San Francisco de Asís creo la representación del nacimiento de Cristo. La mula representa el animal más humilde de la creación y el buey sigue la tradición que surge en los relatos apócrifos de la infancia de Jesús, mantiene la misión de mantener caliente con su aliento la cuna del niño Jesús, y ambos representan la unidad del antiguo y nuevo, en el cumplimiento de la profecía en Cristo, porque son una alusión a una frase del profeta Isaías: “El buey conoce a su señor y el asno el pesebre de su dueño”

A la izquierda se agrupa el conjunto de pastores, representados en una variada gama de edades que va desde la infancia hasta la madurez. Sus posturas y gestos son diversos: algunos aparecen arrodillados en actitud devota, mientras otros conversan entre sí o contemplan al Niño con asombro contenido. Todos ellos están tratados con un acusado realismo, que no excluye la dignidad ni una cierta nobleza natural.

Detalle de pastores de distintas edades y actitudes

Detalle de pastores de distintas edades y actitudes

Detalle de pastores de distintas edades y actitudes

Murillo presenta a estos personajes populares con una mezcla de espontaneidad, delicadeza y equilibrio compositivo, alejándose de cualquier idealización excesiva. La pobreza material y la austeridad espiritual promovidas por los capuchinos impregnan toda la escena, visibles en la sencillez de los atuendos y en la humildad de las actitudes. En este momento de su trayectoria, vinculado ya al ideario caritativo impulsado por Miguel de Mañara, Murillo concibe la religiosidad como una experiencia cercana y accesible, enraizada en el pueblo llano, que no solo da sentido a la devoción, sino que también sirve de inspiración directa para sus composiciones.

10) San Leandro y san Buenaventura. Murillo, Bartolomé Esteban. Óleo sobre lienzo. 200 x 176 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V. Procede del Retablo Mayor del Convento de los Capuchinos

El cuadro representa a dos grandes santos pertenecientes a dos órdenes religiosas diferentes: los capuchinos y los franciscanos.

El convento capuchino se emplazó en el lugar que ocupo una ermita dedicada a las santas Justa y Rufina (ver) levantada por san Leandro. Después allí estuvo ubicado el Monasterio de san Leandro de monjas agustinas hasta su traslado. El lienzo reúne, a través de los dos santos representados, las dos comunidades religiosas que a lo largo de la historia ocuparon este solar y alude a la continuidad entre la primitiva fundación de San Leandro en el siglo VI y el convento capuchino.

Ambas figuras, de tamaño natural, ocupan casi la totalidad de la composición. Un niño que porta la mitra de san Leandro, arzobispo de Sevilla en el siglo VI, se esconde tras la capa de éste, el cual, es representado con sus ornamentos pontificales blancos y con un pergamino, que hace referencia a su defensa de la divinidad de Cristo contra las herejías arrianas. 

Detalle del niño

Detalle del pergamino

Por su parte, san Buenaventura con traje monástico, con la museta roja cardenalicia, sostiene sobre un libro una maqueta arquitectónica de una iglesia, alusiva a su condición de fundador de monasterios.

Detalle de san Buenaventura 

Esta obra nos recuerda a san Buenaventura como un destacado santo de la orden franciscana y a san Leandro como fundador del templo construido en el lugar donde fueron martirizadas las santas sevillanas Justa y Rufina, para el que se realizó este lienzo.

La obra de Murillo nos relata la cesión del histórico templo por parte de san Leandro a san Buenaventura.
Igualmente, existe un movimiento en la composición destacado por la fuerte luminosidad sobre la figura de san Leandro y la mayor oscuridad en el resto de lo representado. 

11) San Juan Bautista en el desierto. Murillo, Bartolomé Esteban. 1665-1666. Óleo sobre lienzo. 197 x 116 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala V. Procede de la Iglesia del Convento de los Capuchinos

Sobre un fondo de paisaje, aparece la figura de san Juan Bautista, aislado y como anacoreta (persona que vive en un lugar solitario, dedicado a la contemplación y a la penitencia) en el desierto, de pie y mirando hacia el cielo como pidiendo a Dios poder cumplir bien su misión de anunciar al Mesías.

Su indumentaria viene referida en los evangelios, así viste una túnica corta o sayo o áspero cilio tejido de pelo de camello, que le cubre hasta la mitad de las piernas y los brazos, y un ceñidor de piel de cabra a la cintura (Leer mas)

12) Retablo Mayor de la Iglesia de Capuchinos. Murillo, Bartolomé Esteban. Museo de Bellas Artes. Sala V. Desamortización del Convento de Capuchinos. 

El Retablo Mayor de la Iglesia de Capuchinos incluía siete lienzos, entre ellos, San Antonio de Padua y el Niño, San Félix de Cantalicio con el Niño y Virgen de la Servilleta, que se conservan en el Museo de Bellas Artes de Sevilla.

Reconstrucción del retablo mayor de la iglesia de los capuchinos de Sevilla

12a) El jubileo de la Porciúncula. Murillo, Bartolomé Esteban. Hacia 1665-1666. Óleo sobre lienzo. 430 x 295 cm. Retablo Mayor de la Iglesia de Capuchinos. Wallraf-Richarz Museum. Colonia.

"El Jubileo de la Porciúncula", se expone en el Wallraf-Richarz Museum de Colonia y ha sido depositada temporalmente en Sevilla, hasta 2026, y el propio Murillo lo eligió para que presidiera estos siete lienzos del retablo mayor de la iglesia de los Capuchinos (Leer mas).

12b) San Antonio de Padua y el Niño. Murillo, Bartolomé Esteban. Hacia 1665-1666. Óleo sobre lienzo. 90 x 120 cm. Retablo Mayor de la Iglesia de Capuchinos. Museo de Bellas Artes. Sala V

Esta pintura que representa el milagro de la aparición del Niño Jesus a san Antonio de Padua (ver), es una de las obras más conmovedoras del artista y refleja su espiritualidad popular.

La devoción hacia el Niño Jesus, protagonista de este lienzo, está muy ligada a la Orden franciscana desde su origen. Se remonta a los tiempos de san Francisco de Asís que, al promover la tradición de los belenes para celebrar la fiesta de la Natividad, rinde culto de manera entusiasta al nacimiento de Jesus y su infancia.

La necesidad de adaptar esta obra a la curvatura del arco del presbiterio obligó al pintor a plantear su composición acomodando su forma al espacio al que esta pintura y su pareja (San Félix de Cantalicio con el Niño) iban destinadas. Murillo proyecta la figura del santo inclinada hacia el Niño Jesus, lo que le permite dibujarla visiblemente arqueada, siguiendo así la obligada corvadura de la superficie disponible.

 

12c) San Félix de Cantalicio con el Niño. Murillo, Bartolomé Esteban. Óleo sobre lienzo. Hacia 1665-1666. Museo de Bellas Artes. Sala V. Desamortización del convento de Capuchinos. Es parte del antiguo Retablo Mayor

San Antonio de Padua y san Félix de Cantalicio (ver) son los únicos santos que encontramos repetido en el ciclo de capuchinos, duplicidad quizás debida al proceso cronológico de creación de la serie. Es posible que terminado el retablo se decidiera dar a ambos santos un mayor protagonismo dedicándoles además una capilla propia.

12d) Virgen con el Niño. Virgen de la Servilleta. Murillo, Bartolomé Esteba. Hacia 1668-1669. Óleo sobre lienzo. 67 x 72,8 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V. Desamortización del convento de Capuchinos de 1840. Retablo Mayor de la Iglesia de Capuchinos.


La pintura formó parte del retablo mayor de la iglesia del convento de los frailes capuchinos de Sevilla durante más de siglo y medio, desempeñando un papel destacado dentro del conjunto devocional del templo. Su permanencia en este espacio se vio amenazada durante la Guerra de la Independencia, cuando muchas obras de arte fueron requisadas por el ejército napoleónico. El mariscal francés Jean de Dieu Soult, conocido por su especial admiración por la obra de Murillo, mostró interés en hacerse con la pintura. Conscientes de su extraordinario valor artístico y espiritual, los religiosos decidieron ponerla a salvo y, en 1810, la trasladaron junto a otras obras a Gibraltar, donde permaneció protegida hasta la finalización del conflicto en 1814.

Tras la guerra, la obra regresó al convento, aunque su destino cambió definitivamente a raíz de la desamortización de los bienes eclesiásticos promovida por el gobierno de Juan Álvarez Mendizábal. En 1836 pasó a manos del Estado y se incorporó al recién creado Museo de Bellas Artes de Sevilla, institución en la que se conserva desde entonces como una de sus piezas más emblemáticas (Leer mas).

13) San José con el Niño. Murillo, Bartolomé Esteba. 1665-1666. Óleo sobre lienzo. 197 x 116 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V.

El lienzo representa a san José con el Niño, ambas figuras de cuerpo entero y de tamaño natural.

Murillo nos muestra un san José (ver) majestuoso, a la manera de la estatuaria clásica, acogiendo en actitud paternal al Niño Dios. San José, pensativo, parece presagiar el trágico futuro del Niño, al que Murillo ha inundado de luz y ternura.

El Niño posado sobre un pedestal en ruinas se apoya tiernamente en el santo y porta en la mano izquierda una vara de azucenas.

En un segundo plano, a la derecha, restos de una columna clásica sobre pedestal y a la izquierda un fondo arquitectónico levemente abocetado (Leer mas).

 

14) Santas Justa y Rufina. Murillo, Bartolomé Esteban. Hacia 1666. Óleo sobre lienzo. 200 x 176 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V. Procede del Convento Capuchino tras la Desamortización de 1840


Esta obra se encontraba en un lugar destacado del retablo mayor, en el primer cuerpo del lado del evangelio, formando pareja con San Leandro y San Buenaventura.

Los capuchinos la incluyeron en dicho retablo en virtud de la escritura de donación de la ermita a ellas dedicada que les fue cedida para levantar el convento y que se situaba en el mismo solar en el que habían sido martirizadas.

Justa y Rufina (ver), dos jóvenes hermanas vendedoras de cerámica de la puerta de Triana, fueron arrestadas y torturadas por el prefecto romano Diogeniano en el año 287 por negarse a realizar el donativo a la diosa Salambona que les exigió el cortejo que paseaba su imagen.

La negativa motivó el destrozo de sus vasijas cerámicas y que, en consecuencia, ellas rompieran la imagen pagana, siendo acusadas de sacrilegio, torturadas y encarceladas hasta su muerte.

La palma del martirio y los modestos objetos de barro que aparecen a sus pies, que simbolizan la fragilidad humana por su modestia, son dos de los atributos de las santas a los que en la iconografía sevillana se añade la Giralda, elemento que centra esta composición y cuya maqueta ambas sostienen entre ellas. 

Detalle sin marco


Según la leyenda, la intervención de Justa y Rufina impidió su derrumbe en el terremoto que sacudió la ciudad en el año 1503 e incluso en el posterior de Lisboa en 1755. Se da la curiosidad de que la torre que sostienen contiene una representación de ellas mismas, ya que, en la época en que se pintó esta obra, la Giralda todavía conservaba los frescos de Luis de Vargas, uno de los cuales representaba a las dos hermanas.

La Giralda simboliza la ciudad, cuya protección está encomendada a las santas que, convertidas en patronas de la Sevilla, fueron así representadas siguiendo una orden del Cabildo catedralicio y consolidando una tradición iconográfica que se plasmará en azulejos, escultura y en pintura, desde el Maestro de Moguer (1520) hasta el Goya de la catedral de Sevilla (1817), pasando por Esturmio, Ignacio de Ríes o Miguel de Esquivel, obra la de este último autor más cercana a Murillo y en la que este pudo inspirarse.

La composición de la obra de Murillo es en extremo sencilla y adolece de cierto estatismo y de una simetría apenas rota por los cacharros situados en la zona inferior derecha y por la amplitud y el movimiento de los volados paños y los amplios pliegues de la vestimenta de rico colorido. Destacando el contraste de la túnica rosada y el manto dorado de santa Justa con el rojo y verde de santa Rufina.

El pintor, tal y como acostumbra en sus representaciones femeninas, pinta dos figuras de delicada y popular belleza, pero con dos actitudes complementarias que marcan tanto su condición de jóvenes alfareras sevillanas como la de santas, ya que mientras una de ellas se dirige al espectador con una mirada serena, la otra eleva sus ojos hacia lo alto como buscando el amparo y la protección divina.

Detalle de las vasijas de barro 

Detalle de las vasijas vidriadas en blanco


Las vasijas de barro y vidriadas en blanco dispuestas en el suelo, nos conducen en profundidad, hacia un sencillo paisaje que acoge y enmarca la escena, formado por un camino que desemboca en dos arcos y un torreón en ruinas (Web Oficial del Museo de Bellas Artes).

15) San Antonio de Padua y el Niño. Murillo, Bartolomé Esteban. Hacia 1668-1669. Óleo sobre lienzo. 283 x 188 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala V. Desamortización del convento de los Capuchinos


Para ocupar uno de los altares laterales de la nave del evangelio, al lado izquierdo de la pintura de la Anunciación, junto al presbiterio, pintó Murillo, entre los años 1668 y 1669, este San Antonio de Padua y el Niño.

San Antonio (ver) representa el ideal de espiritualidad popular propugnado por los primeros franciscanos, y por ello los capuchinos, surgidos de la necesidad de volver a la forma de vida original de la orden, lo incluyen en el programa iconográfico contratado al pintor.

A pesar de las numerosas veces -en torno a una decena- que el pintor representa al fraile franciscano a lo largo de su dilatada carrera, la sencillez con la que aborda esta composición la convierte, de entre las conocidas hoy, en una de las más conmovedoras.

Desde la Vita prima o Assidua, primer testimonio conocido sobre su vida, hasta el Liber miraculorum Sancti Antonii, son muchas las fuentes textuales que van acrecentando su devoción y configurando, por extensión, su iconografía para el arte.

La obra se distribuye en un plano superior de gloria con diferentes angelitos y un plano inferior con el santo y el Niño Jesús. (Leer mas)

16) Inmaculada del Padre Eterno. Murillo, Bartolomé Esteban. Hacia 1668-1669. Óleo sobre lienzo. 283 x 188 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V

Iconográficamente esta Inmaculada con el Padre Eterno es singular con respecto a las demás representaciones de la Concepción de María de Murillo, al que se le denomina como el pintor de las Inmaculadas.

Esta obra responde como pocas al deseo de la reforma católica de despertar el amor fervoroso del creyente con la contemplación de escenas más o menos humanizadas, sentimentales y tiernas de la vida de Cristo, María y los santos.

El misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María se resume en que la Madre de Dios fue concebida sin pecado original, lo mismo que Cristo.

Estas representaciones se sustentaban en las palabras del Apocalipsis: "Y una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol y la luna debajo de sus pies y sobre su cabeza una corona de doce estrellas". (Revelación 12,1).

Detalle de la Inmaculada y Dios Padre

Detalle del globo terráqueo con el dragón

Este cuadro presenta dos notables novedades, dentro de las numerosas Inmaculadas que realizó Murillo, que son la presencia en la zona superior de Dios Padre y en la inferior el globo terráqueo con el dragón. La Virgen está vista de frente, sin torsión apenas en el cuerpo, excepto su cabeza que gira hacia el lado derecho y la mirada hacia el rompimiento de gloria donde la acoge Dios Padre (Leer mas). 

17) San Francisco abrazado a Cristo. Murillo, Bartolomé Esteban. Hacia 1717-1682. Óleo sobre lienzo. 277 x 181 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala V. Desamortización del convento de los Capuchinos

En esta obra, Murillo nos muestra al Crucificado que desclava su brazo derecho de la cruz para apoyar la mano, iniciando el abrazo, en la espalda del santo franciscano.

Por ello aparece la mano izquierda enclavada sobre la palma, mientras que en el lado derecho nos muestra el madero con el clavo aislado, y los pies están fijados con un solo clavo con el pie derecho sobre el izquierdo (Leer mas)

18) Anunciación. Murillo, Bartolomé Esteban. Hacia 1665-1666. Óleo sobre lienzo. 321 x 218 cmMuseo de Bellas Artes. Sala V. Procede del Convento de Capuchino tras la desamortización de 1840

Esta obra fue realizada por Bartolomé Esteban Murillo para el Convento de Capuchinos de Sevilla, donde estuvo situada en el retablo colateral de la capilla mayor, en el lado del Evangelio. Tras la desamortización pasó a formar parte de las colecciones públicas, integrándose en el actual Museo de Bellas Artes.

El lienzo representa uno de los episodios fundamentales de la iconografía cristiana: el momento en que el arcángel san Gabriel anuncia a la Virgen María que será la madre de Jesucristo. El relato procede del Evangelio de san Lucas, capítulo 1, versículos 26 al 37, texto que inspiró innumerables interpretaciones artísticas a lo largo de los siglos y que Murillo abordó en diversas ocasiones a lo largo de su carrera.

Esta versión se diferencia de otras Anunciaciones del pintor por la actitud de la Virgen. María no inclina la cabeza con recogimiento, como es habitual, sino que dirige su mirada al arcángel con un gesto de sorpresa contenida. Las figuras, de composición equilibrada, permanecen prácticamente inmóviles, y sus rostros transmiten una emoción serena, más interior que expresiva, acorde con el carácter contemplativo de la escena.

Detalle sin marco

San Gabriel aparece descendiendo sobre una nube, portando una vara de azucenas, símbolo tradicional de la pureza y virginidad de María. En el eje central de la composición, la paloma rodeada de una intensa luz dorada representa al Espíritu Santo, cuya presencia divina queda subrayada por el resplandor que inunda la estancia. En la zona superior, un grupo de pequeños ángeles se eleva en el ámbito celestial, manifestando con su júbilo la trascendencia del mensaje anunciado.

Detalle de san Gabriel

Detalle de la vara de azucenas

Detalle de la zona superior

Murillo presta especial atención a los elementos cotidianos que rodean a la Virgen, dotándolos de un profundo significado simbólico. Se distinguen una mesa cubierta con un tapete, un libro de meditación abierto y un jarrón con azucenas, que refuerzan la idea de recogimiento y pureza. 

Detalle de la Virgen

Detalle de la Virgen

Detalle de la Virgen

En primer término, destaca una canastilla con los útiles de costura, clara alusión a la dignidad del trabajo doméstico. 

Detalle de la canastilla

En ella se aprecian una almohadilla de color carmesí, un paño blanco que anticipa el sudario y la aguja con el hilo prendido, detalles que revelan la extraordinaria sutileza de Murillo como pintor de naturalezas muertas y su capacidad para integrar lo simbólico en lo cotidiano con gran delicadeza (Leer mas).

19) Inmaculada Concepción del coro, “La Niña”. Murillo, Bartolomé Esteban. Hacia 1668-1669. Óleo sobre lienzo. 229 x 171,5 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V. Procede del Convento de Capuchinos tras la desamortización de 1840

La obra tuvo como emplazamiento original el coro bajo del convento de Capuchinos de Sevilla.

La Inmaculada Concepción constituye uno de los temas más reiterados en la producción de Murillo, quien representa a la Virgen María libre del pecado original, envuelta en un resplandor luminoso y acompañada por querubines.

En esta versión, la figura alcanza una notable armonía formal, definida por el suave movimiento ascensional de su silueta, el rostro juvenil de grandes ojos elevados al cielo y las manos cruzadas sobre el pecho. Estos rasgos conforman un modelo iconográfico que el pintor desarrolla en múltiples ocasiones, siempre con variaciones que evitan la repetición literal.

Detalle sin marco

Según la tradición, el rostro de esta Inmaculada estaría inspirado en Francisca María, hija del artista, quien ingresó siendo muy joven en el convento de Madre de Dios. La imagen se concibe como una doncella, lo que explica el sobrenombre de “La Niña”, con una expresión serena y una actitud de recogimiento interior acentuada por la mirada elevada.

Detalle de la Inmaculada

Detalle de la Inmaculada

A los pies de la Virgen se disponen la luna y las nubes, sostenidas por un numeroso grupo de ángeles que parecen elevarla suavemente, mientras en la parte superior otros angelillos revolotean con alegre dinamismo.

En la zona inferior, una nube poblada de pequeños ángeles rodea los pies de María, que permanecen ocultos, creando un delicado juego de movimiento y ligereza. Sus rostros infantiles, de formas redondeadas y carnaciones claras, refuerzan el tono amable y luminoso de la escena.

Uno de estos ángeles dirige la mirada al espectador y sostiene unas rosas, estableciendo un vínculo directo con quien contempla la obra. Otros portan una palma, un espejo o azucenas blancas, atributos que remiten a los símbolos marianos de las Letanías (ver)

Detalle de los angelitos con palma

Detalle de los angelitos con espejo
Detalle de los angelitos con azucena

De este modo, Murillo presenta a la Virgen sobre las nubes, envuelta por un coro de angelillos que no solo la acompañan, sino que subrayan su pureza mediante un lenguaje simbólico cargado de delicadeza y devoción (Leer mas).

20) Inmaculada Concepción. La Colosal. Murillo, Bartolomé Esteban. Hacia 1650. Óleo sobre lienzo. 436 x 297 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V. Desamortización (1840) del Convento de san Francisco 


Murillo pintó esta obra por encargo de los franciscanos, grandes defensores de la devoción de la Inmaculada Concepción de María desde la Edad Media. 

Recibe el nombre de la Colosal por sus grandes proporciones ya que se realizó para ser colocada sobre el arco de la capilla mayor, a gran altura y distancia del espectador. Con las manos unidas, la Virgen dirige la mirada hacia abajo acentuando la sensación de profundidad de quien la contempla. 

Detalle de la Inmaculada


Este cuadro presenta dos notables novedades, dentro de las numerosas Inmaculadas que realizó Murillo, que son la presencia en la zona superior de Dios Padre y en la inferior el globo terráqueo con el dragón. La Virgen está vista de frente, sin torsión apenas en el cuerpo, excepto su cabeza que gira hacia el lado derecho y la mirada hacia el rompimiento de gloria donde la acoge Dios Padre. 

Detalle de angelitos


Murillo estableció un nuevo tipo iconográfico para esta representación, vistiendo a María con túnica blanca y manto azul, en composiciones de gran dinamismo, caracterizadas por un resplandeciente fondo dorado y el acompañamiento de una gloria de ángeles revoloteando. 

Introduce elementos típicos del Barroco como el dinamismo y movimiento, que se puede percibir en el vuelo de los ropajes y la cabellera (Leer mas).

21) Apoteosis de Santo Tomas de Aquino. Zurbarán, Francisco de. Hacia 1631. Óleo sobre lienzo. 486 x 385 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala V. Procede de la desamortización de 1840 del Colegio de Santo Tomas 

La pintura fue concebida para el retablo mayor del Colegio Mayor de Santo Tomás de Aquino de Sevilla, institución fundada en 1516 por el arzobispo dominico Diego de Deza con el fin de promover la enseñanza superior de la teología.

El encargo a Francisco de Zurbarán se formalizó el 21 de enero de 1631 por un importe de 400 ducados, por iniciativa de fray Alonso Ortiz Zambrano, prior y rector del colegio. A este religioso debe atribuirse la compleja concepción del programa iconográfico, mientras que su desarrollo visual y plástico corresponde íntegramente al pintor.

Durante la invasión francesa, la obra fue trasladada al Alcázar en 1810 y ofrecida a Napoleón, permaneciendo en el Museo del Louvre hasta 1814. En 1835 regresó a Sevilla y, tras la clausura del colegio y la expropiación derivada de la desamortización de Mendizábal, ingresó en el entonces Museo de Sevilla, hoy Museo de Bellas Artes.

Santo Tomás de Aquino (ver), figura capital del pensamiento cristiano y miembro de la Orden de Predicadores, es conocido como el “Doctor Angélico”. Fue canonizado en 1323 y proclamado doctor de la Iglesia en 1567. Su festividad se celebra el 28 de enero.

El término apoteosis alude a la elevación o glorificación del santo, entendida como su plena configuración con Dios. En esta obra, Tomás aparece como cima intelectual y espiritual, modelo supremo para maestros y estudiantes del colegio. Zurbarán ofrece un retrato equilibrado, humano y solemne, que refleja con fidelidad la doctrina tomista, en la que razón y fe se distinguen sin oponerse y la gracia perfecciona la naturaleza sin anularla.

La composición, basada en modelos grabados, responde a un esquema tradicional de registros superpuestos, organizado en tres niveles, con una clara influencia de la escenografía teatral. El programa iconográfico se articula en un amplio espacio terrenal inferior y un grandioso rompimiento de gloria que separa lo humano de lo celestial mediante un eficaz recurso perspectivo, con un fondo de nubes en tonos azules y dorados, dividido a su vez en dos planos.

Obra sin marco

En el centro del registro inferior, que se corresponde con el ámbito terrenal, se dispone una mesa cubierta por un lujoso mantel de terciopelo de color rubí. Sobre ella se muestran la bula fundacional del Colegio Mayor de Santo Tomás, que incluye la fecha y la firma de Zurbarán, el libro de estatutos de la institución y una birreta doctoral, símbolos de la formación teológica superior impartida en el colegio.

Detalle de la mesa

A la izquierda, en un interior intensamente iluminado, aparece un grupo de clérigos arrodillados que dirigen su mirada devota hacia el santo. Preside el conjunto fray Diego de Deza, inquisidor general, arzobispo de Sevilla, protector de Cristóbal Colón y fundador del colegio en 1517. Junto a él se representan tres dominicos, entre los que se identifica en posición central al rector fray Alonso Ortiz Zambrano, acompañado al fondo por sus consiliarios fray Pedro de Ballesteros y fray Diego Pinel.

Grupo de clérigos arrodillados presidido por fray Diego de Deza

En el lado derecho se representa al emperador Carlos V, ricamente ataviado con manto, espada y la corona del Sacro Imperio Romano Germánico, en el acto de firmar la bula. Su inclusión responde al papel decisivo que desempeñó al facilitar los terrenos y la dotación económica necesarios para la creación y funcionamiento del colegio, así como a su constante protección a la orden dominica y a sus estudiantes.

Tras él se sitúan tres personajes con muceta doctoral, uno de ellos dominico, mientras que otro ha sido interpretado como un posible autorretrato del propio Zurbarán.

Detalle del emperador Carlos V y tres personajes

Al fondo, un gran pilar divide la escena y abre un espacio bañado por la luz, donde se distinguen figuras de pequeño tamaño y algunos edificios levantados sobre los terrenos concedidos por Carlos I, reforzando la dimensión histórica y fundacional del conjunto.

Detalle de las figuras de pequeño tamaño y algunos edificios


El nivel intermedio, verdadero eje de la composición, está dominado por la figura monumental de santo Tomás de Aquino. De cuerpo robusto y actitud solemne, viste el hábito dominicano, eleva la mirada hacia lo alto y se dispone a escribir la “Summa theologiae”. Un detalle especialmente significativo es la posición de la mano que sostiene la pluma, más cercana al gesto del pintor con el pincel que al del escritor ante el manuscrito. Este recurso, además de conferir elegancia a la figura, sugiere una sutil identificación entre el artista y el teólogo, ambos instrumentos de una verdad superior.

Detalle de santo Tomás de Aquino

A ambos lados del santo se sientan los cuatro grandes doctores de la Iglesia latina. A su derecha, san Ambrosio, con mitra episcopal, y san Gregorio Magno, con tiara papal; a su izquierda, san Jerónimo, vestido de cardenal, y san Agustín, también con mitra. Cada uno sostiene un voluminoso libro y dialoga con los demás, estableciendo un intercambio intelectual que subraya la continuidad doctrinal, mientras santo Tomás, aislado en su verticalidad, dirige la mirada al cielo.

Detalle de san Ambrosio y san Gregorio Magno

Detalle san Jerónimo y san Agustín

Sobre él, en el nivel superior, se manifiesta el Espíritu Santo en forma de paloma, de la que parten rayos luminosos que inspiran la redacción de la “Summa theologiae”, síntesis monumental de la doctrina católica.

En el plano más elevado, flanqueando al santo, aparecen entronizados Cristo y la Virgen a su derecha, y a su izquierda san Pablo, considerado patrono de la Orden de Predicadores, junto a santo Domingo de Guzmán, su fundador. 

Detalle de Cristo y la Virgen

Detalle de san Pablo y Domingo de Guzmán

Este conjunto culmina la ascensión visual y espiritual de la escena, integrando a santo Tomás en la jerarquía celestial y confirmando su papel como puente entre el saber humano y la verdad divina.

22) La venida del Espíritu Santo. Roelas, Juan de. Hacia 1615. Óleo sobre lienzo. 363 x 329 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V. Procede de la Iglesia del Hospital del Espíritu Santo de Sevilla, tras la Desamortización de 1840

La venida del Espíritu Santo es una obra de notable efecto escenográfico y extraordinaria riqueza cromática, concebida para impresionar al espectador tanto por su intensidad visual como por la profundidad de su mensaje teológico.

En el registro inferior de la composición se dispone la Virgen María, sentada en el centro y rodeada por el colegio apostólico, en el instante solemne en que tiene lugar la efusión del Espíritu. Las lenguas de fuego que se posan sobre las cabezas de los apóstoles constituyen el signo visible de este acontecimiento, tal como lo describe la tradición cristiana al relatar el episodio de Pentecostés (Leer mas).

23) Martirio de San Andrés. Roelas, Juan de. Hacia 1606-1610. Óleo sobre lienzo. 520 x 346 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala V. Procede de la Desamortización (1840) de la Capilla de los Flamencos del Colegio de Santo Tomas de Aquino

Andrés (ver) era el hermano mayor del apóstol Pedro y ambos eran hijos de Jonás y eran pescadores en Cafarnaúm, aunque procedían de Betsaida (Jn 1:44),   una localidad junto al Mar de Galilea.

El nombre Andrés proviene del griego “ἀνδρείος” (valeroso/viril) y era común entre judíos, cristianos y pueblos helenizados de la provincia de Judea, pues no hay ningún nombre arameo o hebreo que se corresponda con Andrés. (Leer mas). 

 

24) Sagrada cena. Vázquez, Alonso. 1588. Óleo sobre lienzo. 318 x 402 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V. Procede de la desamortización de 1840 del Monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla

Alonso Vázquez, discípulo del cordobés Pablo de Céspedes, desarrolla un lenguaje plenamente inscrito en el Manierismo, perceptible tanto en la monumentalidad de las figuras como en la complejidad compositiva y espacial de sus obras. Su actividad en Sevilla está documentada al menos desde 1588, año de realización de esta pintura, y se prolonga hasta 1603, cuando se traslada a México formando parte del séquito del III marqués de Montesclaros. Allí ejerció su oficio hasta su fallecimiento, ocurrido el 13 de abril de 1607 (Leer mas).

25) Retablo Mayor del Convento de Monte Sión. Castillo, Juan de. Hacia 1634-36. Museo de Bellas Artes. Sala V. Procede de la desamortización de 1840.

Esquema

El Convento de Monte-Sión fue un establecimiento de la Orden de los Dominicos fundado en Sevilla en el siglo XVI, situado en la actual calle Feria. Su construcción comenzó alrededor de 1576 y la iglesia se concluyó en 1601. Junto al convento se levantó, desde 1577, la capilla de Monte-Sión (Capilla de Nuestra Señora del Rosario) (ver), que hoy continúa existiendo como sede de la Hermandad de Monte-Sión. El convento fue exclaustrado en 1835 durante las políticas desamortizadoras del siglo XIX, y su iglesia e instalaciones sufrieron sucesivos cambios de uso (fábrica, archivos, etc.) y abandono.

El retablo mayor de la iglesia del convento, desaparecido tras la desamortización, estaba compuesto por un ciclo pictórico dedicado a la vida y exaltación de la Virgen María, realizado entre 1634 y 1636 por Juan del Castillo. Las escenas del retablo mayor fueron:

·        La Visitación

·        La Anunciación

·        La Adoración de los Pastores

·        La Adoración de los Reyes Magos

·        La Asunción de la Virgen

·      Además, en el ático figuraba una Coronación de la Virgen, que no se ha conservado.

Este conjunto representaba un ciclo iconográfico completo sobre la vida de la Virgen, en consonancia con la espiritualidad dominica y la importancia de la devoción mariana en el barroco sevillano.

Tras la desamortización del convento en 1835, las obras del retablo mayor fueron trasladadas y conservadas y se encuentran en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, en la Sala V, donde constituyen uno de los núcleos principales de pintura barroca sevillana del siglo XVII.

El retablo mayor no era simplemente un elemento decorativo, Cumplía una función catequética al narrar visualmente la vida de la Virgen para la contemplación y enseñanza de los fieles. Estaba concebido para reforzar la devoción mariana en el contexto de la Contrarreforma, donde la exaltación de María ocupaba un lugar central en la espiritualidad dominica y en la iconografía de los retablos barrocos.

25a) Asunción de la Virgen. Castillo, Juan del. Hacia 1634-36. Óleo sobre lienzo.  487 x 285 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala V. Procede de la Desamortización (1840) del Retablo Mayor del Convento de Montesión. 

La creencia en la Asunción de la Virgen María, entendida como su elevación al cielo en cuerpo y alma al término de su vida terrenal, se halla profundamente arraigada en la tradición cristiana desde los primeros siglos. Aunque este acontecimiento no aparece descrito de forma explícita en los textos canónicos del Nuevo Testamento, su formulación teológica se apoya en una lectura global de la Revelación, en la tradición viva de la Iglesia y en antiguos testimonios literarios de carácter apócrifo que reflejan una fe ampliamente compartida por las comunidades cristianas primitivas (Leer mas).

25b) Anunciación de la Virgen. Castillo, Juan de. Hacia 1634-36. Óleo sobre lienzo. Museo de Bellas Artes. Sala V. Procede de la desamortización de 1840 del Retablo Mayor del Convento de Montesión. 

La pintura recrea el pasaje evangélico en el que el arcángel Gabriel es enviado por Dios para anunciar a la Virgen María que ha sido escogida para concebir un hijo por obra del Espíritu Santo, al que deberá poner por nombre Jesús. Este episodio, conocido como la Anunciación, culmina con la respuesta libre y obediente de María, expresada en sus célebres palabras: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 26-38). Con este consentimiento se inicia el misterio de la encarnación, eje central de la fe cristiana.

La creencia en la virginidad de María, en su maternidad sin intervención humana y en la doble naturaleza de Cristo como verdadero hombre y verdadero Hijo de Dios constituye uno de los pilares de la teología cristiana, especialmente en el ámbito del catolicismo. La Anunciación no solo anuncia el nacimiento de Jesús, sino que simboliza el momento en que Dios entra en la historia humana a través de la aceptación consciente de María.

Por esta razón, el episodio ocupa un lugar fundamental tanto en la Sagrada Escritura como en los ciclos iconográficos dedicados a la vida de la Virgen. Tradicionalmente se sitúa al comienzo de las escenas relativas a Cristo, ya que marca el inicio de su presencia terrenal y el cumplimiento de las promesas divinas. Desde los primeros siglos del cristianismo, la Anunciación ha sido uno de los temas más representados en el arte sacro. Ya en el siglo IV aparece en las catacumbas de Priscila, en Roma, donde se conserva el fresco más antiguo conocido sobre este acontecimiento.

Las figuras de María y del arcángel Gabriel, asociadas a los ideales de pureza, gracia y obediencia a la voluntad divina, se convirtieron en referentes esenciales del arte mariano. A través de esta escena, los artistas no solo ilustran el relato evangélico, sino que refuerzan doctrinas fundamentales como la virginidad perpetua de María y la naturaleza divina del niño que ha de nacer.

Detalle sin marco


La composición de la obra se organiza de manera vertical y ligeramente asimétrica. Las dos figuras principales ocupan el espacio central, aunque dispuestas de tal modo que se establece entre ellas un diálogo visual cargado de significado.

El arcángel San Gabriel aparece situado a la izquierda, generalmente representado con un cuerpo en actitud dinámica, como si acabara de irrumpir en la estancia para transmitir el mensaje celestial. En esta versión atribuida a Castillo, su postura resulta más serena y contenida, lo que acentúa el carácter solemne del anuncio.

Detalle del arcángel San Gabriel


La Virgen María se dispone a la derecha, mostrada en una actitud de recogimiento, humildad y aceptación. Su gesto y su postura transmiten silencio interior y reflexión ante la palabra divina. La presencia de una mesa cubierta con un tapete, un libro abierto de meditación y un jarrón con azucenas refuerzan la idea de pureza espiritual y vida contemplativa. En primer plano, una canastilla con útiles de costura alude a la vida doméstica de María y a la dignidad del trabajo cotidiano, integrando lo humano y lo divino en un mismo espacio.

Detalle de la Virgen María con el libro abierto sobre la mesa y el ramo de azucenas

Detalle de la canastilla con útiles de costura

En la parte superior de la composición, la paloma del Espíritu Santo, envuelta en una intensa luz dorada, desciende como signo visible de la acción divina. 

Detalle de la paloma del Espíritu Santo y el grupo de ángeles situados en el ámbito celestial

El resplandor que inunda la estancia subraya la naturaleza sobrenatural del acontecimiento, mientras un grupo de pequeños ángeles, situados en el ámbito celestial, expresa con su presencia jubilosa la grandeza y trascendencia del mensaje anunciado. De este modo, la escena se convierte en una síntesis visual del misterio de la encarnación y de la relación entre el cielo y la tierra.

25c) Visitación de la Virgen. Castillo, Juan de. Hacia 1634-36. Óleo sobre lienzo. 346 x 188 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V. Procede de la desamortización de 1840 del Retablo Mayor del Convento de Montesión. 

La pintura formó parte del retablo mayor de la iglesia del convento dominico de Monte-Sion, una de las instituciones religiosas más influyentes de la Sevilla del siglo XVII. Este gran conjunto pictórico articulaba visualmente un programa mariano destinado a presidir el altar mayor, con escenas dedicadas a los principales episodios de la vida de la Virgen. Junto a la Visitación se integraban composiciones como La Anunciación, La Asunción, La Adoración de los Pastores y La Adoración de los Reyes, todas ellas ejecutadas por Juan de Castillo en fechas cercanas y concebidas como un ciclo unitario, tanto en lo narrativo como en lo estilístico.

La exclaustración y venta de bienes eclesiásticos derivadas de la desamortización de 1840 provocaron la dispersión del patrimonio artístico conventual. En ese contexto, las pinturas del retablo de Monte-Sion pasaron a engrosar los fondos del Museo de Bellas Artes de Sevilla, instalado en el antiguo convento de la Merced Calzada, donde hoy se conservan y exhiben como testimonio destacado de la pintura sevillana del primer Barroco.

El tema representado es la Visitación de María, episodio narrado en el Evangelio de Lucas (Lc: 1, 39-56), en el que la Virgen, recién encinta de Jesús, visita a su prima Isabel, que se halla en el sexto mes de gestación de Juan el Bautista. La tradición cristiana ha interpretado este encuentro como una manifestación temprana del reconocimiento del Mesías y como un ejemplo de servicio, humildad y caridad. De este pasaje derivan dos elementos fundamentales de la liturgia y la devoción cristianas: el saludo del Ave María y el cántico del Magníficat. La Iglesia celebra esta festividad el 31 de mayo, aunque en calendarios antiguos se conmemoraba el 2 de julio.

Fresco cristiano oriental de la Visitación en la Iglesia de san Jorge en Kurbinovo, Macedonia del Norte. (ver) CC BY 3.0)

Según el relato evangélico, María se puso en camino con prontitud hacia una ciudad de la región montañosa de Judea, identificada tradicionalmente con Ein Karem, en las proximidades de Jerusalén. Permaneció allí unos tres meses, probablemente hasta el nacimiento de Juan. La exégesis histórica y las costumbres sociales de la época permiten suponer que José pudo acompañarla en el viaje inicial y regresar después a Nazaret, volviendo más tarde para llevarla de regreso, momento en el que habría tenido lugar la revelación angélica que disipó sus dudas sobre la maternidad de María.

Juan de Castillo traduce este núcleo teológico —el reconocimiento del misterio de la Encarnación— en una composición de apariencia sencilla, pero de gran densidad simbólica.

El abrazo entre María e Isabel se aleja de cualquier gesto enfático o teatral. Es contenido, grave y profundamente humano, lo que desplaza el acento desde la emoción externa hacia la revelación interior. Ambas figuras se inclinan levemente una hacia la otra, generando una estructura casi circular que concentra la atención y aísla el encuentro del entorno. El contacto se produce a la altura del vientre, subrayando con discreción que el verdadero diálogo se establece entre los hijos aún no nacidos, un recurso visual que convierte el gesto cotidiano en afirmación teológica.

Detalle de María e Isabel


María aparece serena, erguida y bañada por una luz más intensa, como portadora consciente del Verbo encarnado. Isabel, de mayor edad, adopta una postura de acogida y respeto, con una ligera inclinación que refuerza su reconocimiento espiritual. El cromatismo contribuye decisivamente a esta lectura: el azul y el rojo del atuendo de María aluden a su pureza y a su elección celestial, así como al amor y a la carne asumida por Cristo, mientras que los tonos terrosos y dorados de Isabel remiten a la humanidad, la espera y la antigua alianza.

La iluminación, dirigida de manera sutil, incide con mayor fuerza sobre la figura de María y parece expandirse desde ella hacia Isabel, sugiriendo que la gracia no procede del exterior, sino que irradia desde el misterio que María contiene. Este planteamiento responde plenamente a la teología mariana del siglo XVII, muy arraigada en la espiritualidad sevillana.

El fondo arquitectónico, sobrio y despojado de elementos anecdóticos, actúa como un espacio de transición simbólica entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. 

Detalle de José y Zacarías

En un plano secundario aparecen José y Zacarías, figuras discretas que refuerzan el carácter íntimo y contemplativo de la escena sin restarle protagonismo al encuentro central.

 

25d) Adoración de los pastores. Castillo, Juan de. Hacia 1634-36. Óleo sobre lienzo. 368 x 198 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V. Procede de la desamortización de 1840 del Retablo Mayor del Convento de Montesión. 

La Adoración de los Pastores de Juan del Castillo, hoy conservada en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, constituye un ejemplo significativo de la pintura barroca sevillana de la primera mitad del siglo XVII. La obra se inscribe en un contexto profundamente marcado por la espiritualidad de la Contrarreforma, en el que las imágenes sagradas desempeñaban una función esencial como medio de instrucción religiosa y como apoyo a la devoción popular. En este marco, la pintura no solo debía narrar un episodio evangélico, sino también provocar una respuesta emocional y espiritual en el fiel.

El lienzo representa el instante en que los pastores, figuras humildes y cercanas al pueblo llano, acuden al portal para adorar al Niño recién nacido. La escena se desarrolla en un ambiente íntimo y silencioso, cargado de recogimiento, que responde plenamente a la sensibilidad de la escuela sevillana. La cercanía física y afectiva entre los personajes subraya la humanidad del episodio y favorece una lectura contemplativa de la Natividad.

Desde el punto de vista estilístico, la obra se adscribe al naturalismo barroco, con una clara atención al estudio de la realidad y a la expresión contenida de los afectos. Se advierten ecos de la enseñanza de Francisco Pacheco, así como la influencia de la tradición flamenca, especialmente en el cuidado del detalle y en la representación veraz de los tipos populares.

La composición se articula en torno al pesebre, convertido en eje visual y espiritual de la escena, mientras una iluminación selectiva destaca la figura del Niño y de la Virgen, generando un centro de atención cargado de intensidad emotiva. 

Detalle del Niño y de la Virgen

El uso del claroscuro, de ascendencia tenebrista, permite modelar volúmenes y rostros con sobriedad y eficacia, sin caer en excesos dramáticos. Los gestos pausados de los pastores, la presencia del buey y la mula y la inclusión de objetos simbólicos, como el cordero apoyado sobre los hombros o la cesta con aves, enriquecen la lectura teológica del conjunto y remiten a ideas fundamentales del cristianismo, como la humildad, el sacrificio y la promesa de redención.

Detalle del cordero apoyado sobre los hombros de un pastor

Detalle del niño con la cesta con aves

Detalle de la cesta con aves

El simbolismo desempeña un papel relevante en la obra. El cordero alude de manera explícita a Cristo como víctima sacrificial, "Agnus Dei", mientras que las aves recuerdan las ofrendas humildes permitidas por la ley mosaica a quienes carecían de recursos.

La arquitectura sencilla del establo, la indumentaria rústica de los pastores y las expresiones de asombro y veneración establecen un vínculo directo con la realidad cotidiana del espectador sevillano del siglo XVII, facilitando su identificación con la escena sagrada. 

Detalle de pastores

Detalle de pastores

Detalle de san José

La gama cromática, dominada por tonos cálidos y terrosos, junto con la equilibrada disposición de las figuras, contribuye a crear una atmósfera de armonía visual y profundidad espiritual, acorde con los ideales devocionales de su tiempo.

25e) Adoración de los Reyes Magos. Castillo, Juan de. Hacia 1634-36. Óleo sobre lienzo. 368 x 198 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V. Procede de la desamortización de 1840 del Retablo Mayor del Convento de Montesión. 

La obra se inscribe en el lenguaje barroco, reconocible por su interés en la representación veraz de la realidad, el uso de un colorido rico e intenso y el empleo de acusados contrastes de luz y sombra que contribuyen a modelar volúmenes y organizar el espacio.

En el primer plano destaca la figura de la Virgen María, sentada sobre un escalón y sosteniendo al Niño Jesús en su regazo, mientras San José, situado tras ella, contempla la escena con actitud serena y recogida. 

Detalle del Niño, la Virgen y San José

Frente a la Sagrada Familia aparecen los tres Reyes Magos: dos de ellos se presentan arrodillados en gesto de adoración, mientras el tercero permanece en pie. Cada uno porta los dones destinados al recién nacido. Sus anatomías y rostros transmiten una sensación de solidez y monumentalidad que remite a la tradición de la escultura clásica, equilibrada aquí por una expresión de ternura y humanidad.

Detalle de Melchor y Gaspar

Detalle de Baltazar

En un plano intermedio se disponen diversas figuras, algunas montadas a caballo y otras a pie, que integran el séquito real y enriquecen la escena con movimiento y profundidad.

Al fondo se abre un paisaje nocturno sobre el que resplandece la estrella de Belén, símbolo y guía del camino seguido por los Magos hasta el lugar del Nacimiento (Leer mas).

Detalle del fondo