domingo, 15 de febrero de 2026

AREA DE LA MAGDALENA

Iglesia de San Buenaventura.

HISTORIA

El convento de San Buenaventura fue fundado en el año 1600 por la Orden Franciscana. Su creación estuvo impulsada por fray Luis de Rebolledo, destacado teólogo e historiador, que desempeñó un papel fundamental dentro de la provincia franciscana de Andalucía. A lo largo de su trayectoria ocupó cargos de gran relevancia, como guardián del convento de San Francisco de Sevilla, definidor y ministro provincial, lo que da idea de su peso intelectual y organizativo dentro de la orden.

La nueva institución inició su actividad en unas casas situadas en la actual calle García de Vinuesa, conocida entonces como calle de la Mar. Poco después, en 1605, el Convento Casa Grande de San Francisco, que hasta el siglo XIX ocupaba la totalidad del espacio que hoy corresponde a la Plaza Nueva y su entorno, cedió parte de su extensa huerta para que el colegio se estableciera en su emplazamiento definitivo.

El conjunto conventual se extendía entre las calles Catalanes, hoy Carlos Cañal, y Vizcaínos, actual Fernández y González, contando también con acceso por la calle Pajería, hoy Zaragoza.

El convento de san Francisco y el colegio de san Buenaventura en el plano de Olavide de 1771. (ver) (CC BY 3.0)

El recinto se organizaba en torno a tres patios y una iglesia que se comunicaba con el colegio mayor a través de la huerta. El acceso principal al compás se situaba junto al templo, aproximadamente en el punto donde se abre hoy la calle Bilbao, mientras que el claustro principal se localizaba junto a la cabecera de la iglesia. En ese lugar se levanta en la actualidad un edificio residencial de finales del siglo XX que recrea de manera aproximada el aspecto que pudo tener dicho claustro.

La finalidad del convento fue desde sus orígenes eminentemente docente. Albergaba un colegio destinado en exclusiva a la formación de los miembros de la Orden Franciscana, con especial atención a la preparación teológica de los misioneros enviados a América, Filipinas y Tierra Santa, así como a aquellos que participaban en las misiones populares desarrolladas en distintos territorios de la Península.

La documentación conservada permite afirmar que las obras de la iglesia comenzaron en 1622 conforme al proyecto del arquitecto Diego López Bueno (ver), activo como arquitecto, retablista y escultor. El templo original respondía a un esquema de una sola nave con capillas laterales, una tipología muy extendida en el ámbito conventual de la época.

En la construcción intervinieron otros maestros como Juan de Segarra y el alarife Juan Bernardo de Velasco, además del carpintero Felipe Nieto. La decoración de estucos fue concebida por Francisco Herrera el Viejo (ver) y ejecutada por Juan Bernardo de Velasco y Juan de Segarra, mientras que el propio Herrera se encargó de las pinturas al fresco de la cúpula y las bóvedas. El programa iconográfico del templo fue diseñado por fray Luis de Rebolledo, ya como ministro provincial, en colaboración con el teólogo franciscano fray Damián de Lugones. Las labores decorativas se desarrollaron principalmente entre los años 1626 y 1627.

Desde 1622, el patronazgo del colegio pasó a manos de Tomás Mañara de Leca, y su esposa Jerónima Vicentelo, padres de Miguel Mañara, figura clave del mecenazgo sevillano del siglo XVII y principal impulsor del Hospital de la Caridad. La implicación de la familia quedó reflejada de manera visible en la colocación de sus escudos de armas en las pechinas que sostienen la cúpula del presbiterio.

Las noticias sobre los primeros siglos de vida del colegio no son abundantes, aunque todo indica que alcanzó pronto un notable prestigio académico. Prueba de ello es que en 1633 fue designado como único centro de la Orden Franciscana con la categoría de Estudio General, lo que suponía su dependencia directa de Roma en materia académica.

El siglo XIX marcó el inicio de un prolongado periodo de decadencia. Durante la invasión francesa, a partir de 1810, el colegio fue transformado en cuartel y la iglesia utilizada como caballeriza. En ese contexto se destruyeron los retablos y se expoliaron las valiosas series pictóricas de Herrera el Viejo y de Zurbarán, que fueron sacadas de España. Tras la retirada de las tropas napoleónicas, el templo pudo reabrirse al culto en 1814, aunque prácticamente despojado de su patrimonio artístico.

Durante el Trienio Liberal, entre 1820 y 1823, los religiosos se vieron obligados nuevamente a abandonar el convento, que fue destinado a museo de pinturas y esculturas. La restauración absolutista de Fernando VII permitió el retorno de los frailes y la recuperación de sus bienes, aunque esta situación sería solo temporal.

En 1835 tuvo lugar una nueva exclaustración como consecuencia de la desamortización de los bienes eclesiásticos. Desde entonces, la iglesia permaneció abierta bajo la atención de un capellán, mientras que el resto de las dependencias del antiguo colegio se destinaron a usos civiles, entre ellos viviendas, oficinas administrativas y servicios de carácter militar.

Estos hechos se enmarcan en una profunda transformación urbana impulsada por los principios liberales y heredera de la Ilustración. Sevilla, que desde la Edad Media se había configurado como una ciudad densamente conventual, comenzó a perder de forma acelerada muchos de sus espacios religiosos.

El Ayuntamiento promovió una reorganización del entramado urbano, con la apertura de nuevas calles y plazas, lo que conllevó la demolición de numerosos edificios históricos. Así ocurrió con la Casa Grande de San Francisco, derribada a partir de 1840 para dar lugar a la actual Plaza Nueva. Más tarde, en 1863, la apertura y ensanche de la calle Bilbao supuso la desaparición del antiguo compás de acceso al colegio de san Buenaventura, de varias dependencias anexas y de las capillas del lado del evangelio de la iglesia. Para la segunda mitad del siglo XIX, del vasto conjunto original apenas subsistían la iglesia, aunque ya mutilada, y el claustro principal junto a su cabecera.

Extensión aproximada del antiguo convento “Casa Grande” de san Francisco en el entorno de la actual Plaza Nueva. (ver) CC BY 3.0)

Extensión aproximada del antiguo colegio de san Buenaventura entre las calles actuales de Carlos Cañal , Madrid y Zaragoza (ver) (CC BY 3.0)


La restauración de la Provincia Bética de la Orden Franciscana en 1881 permitió el regreso de los frailes a San Buenaventura. No obstante, estos no se instalaron en las escasas dependencias conservadas del antiguo colegio, sino que adquirieron varios inmuebles situados en el lado de la epístola del templo. En ese espacio se levantó un nuevo convento, el que hoy se conserva en la calle Carlos Cañal. Las obras concluyeron en 1892 y aprovecharon para acometer una reforma de la iglesia, que alteró parcialmente su fisonomía original y añadió la pequeña nave lateral que puede contemplarse en la actualidad.

Fachada a la calle Carlos Cañal de la Iglesia y el convento, desde la esquina de la calle Bilbao


EXTERIOR

El exterior del edificio se caracteriza por una notable sobriedad, con una decoración prácticamente inexistente. El acceso se efectúa desde la actual calle Carlos Cañal, a través de una portada de líneas muy sencillas, enmarcada por una sucesión de franjas en hueco relieve. Estos elementos parecen responder a un planteamiento previo que contemplaba la colocación de una portada pétrea, proyecto que finalmente no llegó a materializarse. 

Iglesia de san Buenaventura

Detalle de la portada


En la zona superior de los muros se abren un total de siete vanos destinados a la iluminación interior. Uno de ellos se sitúa centrado en la fachada principal, justo sobre la puerta de acceso, mientras que los otros seis se disponen en el lateral oriental del edificio, orientados hacia la calle Bilbao, contribuyendo a la ventilación y entrada de luz natural en el templo.

Detalle de los siete vanos


Coronando la fachada principal, por encima de la cornisa, se localiza un espacio abuhardillado que adopta la forma de una espadaña, rematada por un frontón curvo. Esta solución arquitectónica se repite en otros cuatro volúmenes similares: dos abiertos hacia la calle Bilbao y otros dos orientados hacia el convento anexo. En estos casos, sin embargo, los remates se resuelven mediante frontones triangulares. La estrechez de las calles circundantes dificulta notablemente la observación y la captación fotográfica de estos elementos.

A la izquierda de la puerta de entrada se encuentra, prácticamente como único elemento ornamental del exterior del templo, el retablo cerámico dedicado a la Virgen de la Soledad, titular de la hermandad establecida en este lugar. La obra fue encargada y donada por Enrique Piñal de Castilla y Márquez, que ejercía entonces el cargo de Hermano Mayor, y se colocó en el año 1952 con motivo del primer centenario de la incorporación de la advocación de la Soledad a la antigua hermandad de la Cruz del Caño Quebrado.

Retablo cerámico

El retablo es obra del pintor, ceramista y escultor Enrique Orce Mármol, quien realizó aquí uno de los ejemplos más sobresalientes de su producción artística. Se trata, además, de la última obra documentada de este autor, circunstancia que permite considerarla como una auténtica síntesis de su trayectoria, en la que confluyen su dominio de la cerámica y su sensibilidad escultórica.

Para su ejecución empleó la técnica del aguarrás sobre azulejos de formato 20 por 20 centímetros, logrando una representación de Nuestra Señora de gran fuerza expresiva, con una policromía rica y delicada que transmite realismo y emotividad.

Detalle de la Virgen de la Soledad


El conjunto cerámico se encuentra enmarcado por una moldura tallada en un estilo neobarroco, en la que se combinan roleos, hojas y otros motivos vegetales. En la parte superior del retablo se dispone un escudo timbrado con corona real, mientras que en la zona inferior dos ángeles, uno a cada lado, completan y enriquecen la escena. 

Detalle del Ángel de la derecha

Detalle del Ángel de la izquierda

Cerrando el conjunto, en la base aparece una inscripción con una silueta que recuerda a la forma de un corazón, en la que se deja constancia del motivo conmemorativo de su instalación: “1851 – 1951. Retablo conmemorativo del 1er centenario de la incorporación de la Stma. Virgen de la Soledad a la Hermandad de la Santa Cruz, fundada en el año 1656.”

Detalle de la inscripción


En la esquina con la calle Bilbao, la pared está protegida por un guarda esquina. 

Esquina con la calle Bilbao

Detalle de guarda esquina de mármol


INTERIOR

La iglesia presenta una planta rectangular en la que el crucero apenas se manifiesta al exterior o en la articulación general del espacio. Tras las importantes transformaciones acometidas en el siglo XIX, el templo quedó configurado como un edificio de dos naves —la principal y la de la epístola— separadas por robustos pilares de considerable anchura, que organizan y jerarquizan el espacio interior.

Vista general desde el sotocoro a los pies del templo

Vista general desde los pies del templo

Vista general desde la cabecera del templo

La nave principal, de amplias proporciones, alcanza aproximadamente los 34 metros de longitud por unos 12 metros de anchura. Se cubre mediante una bóveda de cañón con lunetos, reforzada por cinco arcos fajones de medio punto que estructuran el espacio en tramos regulares. Estos arcos descargan sobre una cornisa de potente desarrollo, muy marcada visualmente, que recorre longitudinalmente la nave y se apoya en sólidas pilastras de orden clásico adosadas a los muros.

Entre las pilastras se abren una serie de arcos de medio punto que, en el lado del evangelio, acogen cinco altares laterales, mientras que en el lado de la epístola permiten la comunicación con la nave secundaria. Esta nave lateral se cubre con bóvedas de arista, de menor altura y complejidad que la nave principal.

Bóveda de la nace principal

Vista del muro del evangelio

Vista de la nave de la epístola desde los pies del templo

La zona del presbiterio se distingue por un leve ensanchamiento que evoca la forma de un crucero poco acusado. Este ámbito se cubre con una cúpula semiesférica sobre pechinas, que alcanza los 24 metros de altura en su punto más elevado. Aunque no resulta perceptible desde el exterior, la cúpula constituye uno de los elementos espaciales y simbólicos más destacados del interior del templo.

Detalle de la cúpula semiesférica sobre pechinas

A los pies de la iglesia, sobre el acceso principal, se sitúa un amplio coro alto, concebido como un espacio luminoso y abierto, sostenido por arcos rebajados de gran luz, que permiten una adecuada integración visual con el resto del interior.

Vista del coro alto

El templo conserva, en líneas generales, su decoración original de yeserías y pinturas al fresco, concebida como un conjunto unitario por Francisco Herrera el Viejo (ver). Este ambicioso programa iconográfico fue ideado para resaltar los valores de la orden franciscana y para representar, de manera simbólica y doctrinal, el itinerario espiritual que el alma debe recorrer para alcanzar a Dios, cuya morada es la Iglesia. El conjunto decorativo se ejecutó entre 1626 y 1627 y constituye uno de los ejemplos más sobresalientes de la decoración interior del barroco sevillano.

Las yeserías fueron realizadas por los maestros alarifes Juan Bernardo de Velasco y Juan de Segarra, quienes tradujeron los diseños de Herrera en un rico repertorio ornamental basado en motivos vegetales y geométricos, combinados con cabezas de querubines, cartelas, guirnaldas de flores y frutos. Este delicado trabajo escultórico se integra de manera armónica con las pinturas al fresco, ejecutadas por el propio Herrera el Viejo, que, a pesar de su notable deterioro, han llegado hasta nuestros días permitiendo reconstruir el sentido general del programa iconográfico.

En la cúpula, alrededor de un medallón central en relieve con la representación del Espíritu Santo, se disponen las figuras de los principales santos de la orden franciscana: San Buenaventura, San Antonio de Padua, San Juan de Capistrano, San Luis de Tolosa, San Pedro de Alcántara, San Jacobo de la Marca, San Bernardino de Siena y San Francisco de Asís.

La presencia de ocho santos franciscanos en torno al Espíritu Santo subraya la idea de que el grado supremo del conocimiento solo es alcanzable por aquellos que han llegado a la santidad.

Las pinturas están muy deteriorados, muy oscuras, y además la poca luz del templo hace difícil obtener buenas fotografías. 

Medallón central

San Jacobo de la Marca

San Bernardino de Siena

San Francisco de Asís

San Luis de Tolosa

San Antonio de Padua

San Buenaventura


En las pechinas que sostienen la cúpula aparecen cuatro cartelas con los escudos de la familia Mañara, que desempeñó un papel fundamental como mecenas en la construcción y ornamentación del templo.

Escudos en pechina

Escudos en pechina
Escudos en pechina

A lo largo de los cinco tramos de la bóveda de la nave principal se representan, dispuestos por parejas, algunos de los más relevantes teólogos y filósofos franciscanos. 

Estas figuras simbolizan la importancia que la orden franciscana concede al saber y al estudio, inseparables de la santidad, como parte del camino hacia Dios. 

Comenzando desde los pies del templo, se identifican Francisco Titelman, Nicolás de Lyra, Francisco Lycheto, Pedro Crisólogo, Guillermo de Ockham, Juan Maior, Francisco Mayronis, Ricardo de Mediavilla, Juan Duns Escoto y Alejandro de Hales.

Petro Averol

Francisco Lycheto

Joannes Maior

Guillermo de Ockham

Ricardo de Mediavilla

Francisco Mayronis

Alejandro de Hales

Juan Duns Escoto

El franciscano y teólogo Chavero Blanco ha propuesto una interpretación del conjunto de la bóveda y la cúpula basada en el esquema de los grados del saber desarrollado por San Buenaventura en las “Collationes in Hexaemeron”. Según esta lectura, el programa iconográfico representaría un itinerario intelectual y espiritual, de una visualización del camino hacia la auténtica sabiduría cristiana, entendida como la búsqueda de Dios para conocerlo, amarlo y gozar de Él.

En el centro de cada uno de los cinco tramos de la bóveda se sitúan óvalos con emblemas alegóricos que remiten a las distintas etapas de ese itinerario espiritual, siempre fundamentado en la unión entre conocimiento y santidad.

La secuencia comienza en los pies del templo y culmina en la clave de la cúpula, donde aparece el Espíritu Santo. Los doctores franciscanos de la bóveda y los santos de la cúpula actúan como figuras históricas que encarnan esos ideales y refuerzan el significado del conjunto.

En el primer tramo, el óvalo central muestra una lira coronada por una corona real abierta y atravesada por una palma. Una filacteria recoge la inscripción “Vincit acordata concordia” (“La unión armoniosa triunfa”). El emblema expresa la idea de armonía, entendida como concordia entre la razón y la fe, entre la filosofía y la teología. 

Primer óvalo

El segundo óvalo presenta una fuente de dos tazas en torno a la cual revolotean cinco aves que se acercan a beber. La inscripción “Aqua sapientiae salutaris potavit” (el agua de la sabiduría le da de beber), tomada del libro del Eclesiástico 15, 3, alude a la sabiduría como don divino concedido a quienes la buscan con esfuerzo y perseverancia. La sabiduría se convierte así en agua viva para quienes sienten sed de verdad.

Segundo óvalo

El tercer emblema representa una granada abierta, de cuyo interior surgen siete espigas, acompañadas de la inscripción “spicae pullulant in culmo uno” (siete espigas subían de una sola caña), en referencia al Génesis 41, 5 y 22. La granada simboliza la fecundidad y la riqueza interior, mientras que el conjunto alude a la inteligencia alimentada por la Sagrada Escritura, concebida como fuente de vida y de conocimiento, comparable a la tierra fértil que produce abundantes frutos.

Tercer óvalo

El cuarto óvalo, de gran complejidad simbólica, muestra un libro cerrado en la parte inferior y un ojo abierto en la superior, ambos envueltos en nubes. Desde un lateral emerge una mano que sostiene un cetro, apuntando al ojo, del que parten rayos de luz que iluminan la escena. La inscripción “Abscondita in lucem produxit” (saca a la luz lo oculto), tomada del libro de Job (28, 11), remite a la iluminación de la inteligencia a través de la contemplación. En esta fase, el amor silencia las demás potencias del alma y supera el conocimiento discursivo, simbolizado por el libro cerrado.

Cuarto óvalo

El quinto óvalo, próximo al presbiterio, representa un águila que se eleva con fuerza hacia el sol, sin temer su resplandor. La inscripción, hoy incompleta, debió de ser “Non palluit fulgore” (no teme a la luz). El águila es símbolo tradicional del alma que busca a Dios y de la contemplación directa de la luz divina, asociada en la mística medieval a la visión de Dios y al misterio de la resurrección.

Quinto óvalo

La secuencia culmina en la clave de la cúpula con la representación del Espíritu Santo, símbolo del último grado del conocimiento según San Buenaventura: “el rapto místico, en el que la inteligencia queda plenamente absorta en Dios”.

El programa iconográfico original se encuentra hoy incompleto debido al expolio sufrido durante la ocupación francesa de 1810, tras el cual muchas obras fueron dispersadas y se conservan actualmente en museos de distintos países. Originalmente, el conjunto se completaba con ocho grandes lienzos dedicados a la vida de San Buenaventura, realizados por Herrera el Viejo y Francisco de Zurbarán, destinados a colocarse sobre los arcos laterales de la nave principal.

En la actualidad, los cuadros que ocupan esos espacios son obras de diversos autores de los siglos XVIII y XIX, con temáticas generalmente relacionadas con la orden franciscana,  e igual que el resto de pinturas de poca calidad fotográfica por la falta de luz. 

Pintura de los muros laterales

Pintura de los muros laterales
Pintura de los muros laterales
Pintura de los muros laterales

Inmaculada

Pintura de los muros laterales

Pintura de los muros laterales

Pintura de los muros laterales
Pintura de los muros laterales
Pintura de los muros laterales
Pintura de los muros laterales

Sin embargo, gracias a los estudios de Enrique Valdivieso y Gonzalo José Martínez, publicados en 2012 por la Universidad de Sevilla, es posible reconstruir la disposición original de los lienzos del Siglo de Oro.

En el lado del evangelio se situaban los cuatro cuadros pintados por Herrera el Viejo hacia 1628, centrados en la infancia y juventud de San Buenaventura: la aparición de Santa Catalina de Alejandría a la familia del santo, hoy en la Bob Jones University Collection; San Buenaventura niño curado por San Francisco, conservado en el Museo del Louvre; el ingreso de San Buenaventura en la orden franciscana, actualmente en el Museo del Prado; y San Buenaventura recibiendo la comunión de manos de un ángel, también en el Louvre.

La aparición de Santa Catalina de Alejandría a la familia de san Buenaventura (ver) (CC BY 3.0)

San Buenaventura niño curado por San Francisco. (ver) (CC BY 3.0)

El ingreso de San Buenaventura en la orden franciscana (ver) (CC BY 3.0)

San Buenaventura recibiendo la comunión de manos de un ángel (ver) (CC BY 3.0)

En el lado de la epístola se encontraban los cuatro lienzos realizados por Zurbarán entre 1629 y 1630, dedicados a la madurez y muerte del santo: San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino ante el Crucifijo, destruido en Berlín durante la Segunda Guerra Mundial; San Buenaventura en oración, conservado en el Museo de Dresde y considerado uno de los momentos más logrados de la serie; San Buenaventura en el Concilio de; y la muerte de San Buenaventura, ambos en el Museo del Louvre.

San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino ante el Crucifijo (ver) (CC BY 3.0)

San Buenaventura en oración (ver) (CC BY 3.0)

San Buenaventura en el Concilio de Lyon (ver) (CC BY 3.0)

La muerte de San Buenaventura (ver) (CC BY3.0)

Nave de la Epístola

En el muro de la Epístola, junto a la puerta de acceso al templo, se venera el Crucificado de la Salvación, cotitular de la Real, Ilustre y Franciscana Hermandad y Cofradía de Nazarenos de la Santa Cruz en el Monte Calvario, Santísimo Cristo de la Salvación y Nuestra Señora de la Soledad, corporación que tiene su sede canónica en esta iglesia.

Crucificado de la Salvación

La imagen fue encargada en 1935 por la Comunidad Franciscana al escultor e imaginero Manuel Cerquera Becerra, nacido en Alcalá de Guadaíra en 1906. La autoría queda acreditada por la inscripción que el propio artista dejó grabada en el sudario del Crucificado. Las dificultades económicas que atravesaba entonces la comunidad religiosa motivaron que la Hermandad de la Soledad asumiera el coste de la obra, abonando su importe al escultor y cediendo posteriormente la imagen a los franciscanos para su culto.

Con el paso de los años, y atendiendo a la solicitud elevada por el Director Espiritual de la Hermandad y Guardián del Convento de San Buenaventura, fray Joaquín Sánchez Hernández, mediante escrito fechado el 28 de marzo de 1967, la imagen fue incorporada oficialmente como Titular de la Hermandad. Esta decisión quedó refrendada por Decreto del Ilustrísimo señor Vicario General del Arzobispado, con fecha 17 de julio de 1967, quedando establecida la advocación del Santísimo Cristo de la Salvación.

Desde el punto de vista artístico e iconográfico, se trata de un crucificado ya muerto en la cruz, sujeto con tres clavos, sin corona de espinas y con la cabeza vencida hacia el lado derecho, en una composición de serena expresividad y acusado carácter devocional.

Crucificado de la Salvación

Detalle del rostro

Detalle del rostro
Detalle del rostro

Detalle del paño de pureza

Visión frontal de los pies 

Visón lateral de los pies

En 1978 la imagen sufrió un lamentable acto vandálico, cuando un individuo desconocido la atacó con un arma blanca, provocándole numerosos arañazos, especialmente visibles en las piernas. A consecuencia de estos daños fue retirada del culto y sometida a una primera restauración por el escultor Manuel Domínguez. Posteriormente, en 1993, fue nuevamente intervenida por Manuel Tobajas Villegas, y en el año 2002 se llevó a cabo una restauración integral a cargo del profesor, escultor y restaurador Juan Manuel Miñarro.

En el ámbito de la vida corporativa, el Cabildo General Extraordinario celebrado el 26 de octubre de 2001 aprobó, por amplia mayoría, la incorporación del Santísimo Cristo de la Salvación en su paso para realizar la Estación de Penitencia en la tarde del Viernes Santo, quedando, desde entonces, esta decisión supeditada a la preceptiva autorización de la Comunidad Franciscana del Convento de San Buenaventura.

En compensación, cada primer sábado de Cuaresma la sagrada imagen preside el Vía Crucis que la Hermandad celebra anualmente por las calles de las feligresías del Sagrario y de la Magdalena, constituyendo uno de los actos devocionales más significativos de la corporación.

En uno de los pilares que articulan los arcos de separación entre la nave central y la lateral de nuestra iglesia se conserva un notable altorrelieve dedicado a la Estigmatización de San Francisco

La obra remite a uno de los episodios más significativos de la vida del santo, cuando, retirado en oración, recibe en su propio cuerpo las llagas de la Pasión de Cristo como signo de su unión espiritual con Él.

Estigmatización de San Francisco


La escena se desarrolla en un paisaje abrupto que evoca el monte Alverna, lugar donde, según la tradición, tuvo lugar este acontecimiento. A la izquierda se dispone la figura de San Francisco, erguido y absorto en una intensa actitud contemplativa, con los brazos abiertos en gesto de entrega y asombro ante la aparición sobrenatural. En el ángulo superior derecho, emergiendo entre nubes, se representa un querubín con la figura de Cristo crucificado, del que parten los rayos que transmiten los estigmas al santo. Bajo esta visión celestial, aparece otro fraile de la orden, dormido en posición sedente y protegido por un saliente rocoso. Todo parece indicar que se trata de fray León, fiel compañero de San Francisco, quien, según las fuentes, fue testigo cercano de este suceso y le acompañó hasta el final de su vida.

Desde el punto de vista artístico, el relieve destaca por su extraordinaria calidad técnica y expresiva. El tratamiento de los paños es especialmente cuidado, con pliegues amplios y bien definidos que se enriquecen con un delicado estofado dorado, aportando profundidad y solemnidad a las figuras. El rostro de San Francisco transmite una emoción contenida, cercana al éxtasis místico, en marcado contraste con la expresión serena y ajena al prodigio del fraile que duerme, lo que refuerza el carácter sobrenatural de la escena.

No se conoce con certeza ni la autoría ni la fecha exacta de realización de esta pieza, aunque por sus características estilísticas puede situarse con bastante seguridad entre finales del siglo XVI y el siglo XVII. Todo apunta, además, a que procede del desaparecido convento Casa Grande de San Francisco. Esta procedencia ha llevado a algunos investigadores, como María José del Castillo, a plantear la posible intervención de Juan Martínez Montañés, ya que existe constancia documental de que el célebre escultor barroco ejecutó un relieve con este mismo tema para la portería del convento franciscano. Por su parte, Matilde Fernández Rojas sugiere la autoría de López Bueno, quien habría seguido de cerca el modelo creado por Martínez Montañés para dicha portería, fechado en 1594, apenas unos años antes.

Finalmente, en el muro de la Epístola, se abre la Capilla Sacramental, un espacio de notable riqueza ornamental y devocional. 

En ella se disponen dos arcosolios profusamente decorados con pinturas al fresco, que cubren tanto el intradós de los arcos como las pilastras y la bóveda de media naranja con pechinas que estas sustentan. 

El conjunto se completa con un zócalo de azulejería que recorre las paredes, donde aparecen representados santa Clara, el monograma IHS y la cruz templaria, así como dos pequeños ángeles lampadarios que refuerzan el carácter simbólico y litúrgico del recinto.

Ángel lampadario derecho

Ángel lampadario izquierdo

Cúpula

Pinturas al fresco

Pinturas al fresco
Pinturas al fresco

Detalles del zócalo de azulejería

Detalles del zócalo de azulejería
Detalles del zócalo de azulejería

La capilla cuenta con dos retablos de estilo neoclásico, fechables en el siglo XIX, cuya autoría ha sido atribuida por María José del Castillo, de manera plausible, al escultor José Fernández.

El retablo lateral está presidido por una elegante imagen barroca de la Virgen del Patrocinio, datada en el siglo XVII y procedente del desaparecido convento de San Francisco. 

En el ático se dispone una pintura con la representación de la Virgen del Perpetuo Socorro. 

Bajo este retablo, correspondiente a la antigua capilla de san Antonio, reposan los restos mortales de la marquesa de Lebrija.

Retablo de la Virgen del Patrocinio

Virgen del Patrocinio

Detalle de la Virgen del Patrocinio

Detalle de las cabezas de querubines

Virgen del Perpetuo Socorro

El retablo central alberga la venerada imagen de la Virgen de Guadalupe, obra realizada en 1960 por Juan Abascal Fuentes, discípulo de Sebastián Santos Rojas. 

Se trata de una réplica de la patrona de Extremadura y titular de su propia hermandad, que tiene igualmente su sede canónica en esta iglesia. 

Retablo de la Virgen de Guadalupe

La imagen negra de la Virgen de Guadalupe, de reducido formato —102 centímetros de altura sin contar la corona, perteneciente al taller de Borrero—, está tallada en su totalidad, aunque tradicionalmente se presenta revestida con una rica variedad de sayas, mantos y aditamentos. 

Virgen de Guadalupe

Virgen de Guadalupe

Detalle de la Virgen de Guadalupe

Está flanqueada por una imagen anónima de San José del siglo XVIII y por un San Francisco de Asís del siglo XVII, atribuido a Diego López Bueno. Esta última escultura ha sido identificada por Matilde Fernández Rojas como procedente de la desaparecida iglesia conventual de San Francisco, donde recibiría culto en uno de los altares laterales situados en la base del arco toral que enmarcaba el presbiterio.

San José

San Francisco de Asís

Custodia

Su devoción en Sevilla fue impulsada, como suele ocurrir en estos casos, por un colectivo de extremeños residentes en la ciudad, cuyas reglas fueron aprobadas en 1959. La Hermandad de Gloria resultante realiza su procesión anual por las calles de la feligresía a comienzos del mes de septiembre.

Presbiterio y Altar Mayor

En el ámbito del presbiterio se dispone una interesante serie de lienzos datables a finales del siglo XVII, que enriquecen notablemente el espacio litúrgico, y que hemos mostrado al estudiar las naves del templo. Entre ellos se encuentran La Inmaculada contemplada por Duns Scoto, teólogo franciscano tradicionalmente vinculado a la formulación doctrinal del dogma de la Inmaculada Concepción, así como representaciones de San Antón, Santa Catalina de Alejandría, San Pascual Bailón, San Diego de Alcalá y San Luis, obispo. Estas pinturas conforman un conjunto homogéneo tanto desde el punto de vista cronológico como devocional, reflejando la espiritualidad y las preferencias iconográficas propias de la época.

Bajo los lienzos se abren dos hornacinas, una a cada lado del presbiterio, que albergan sendos grupos escultóricos. En una de ellas se representa a San José con el Niño Jesús, en el lado del evangelio, mientras que, en la opuesta, de la epístola, aparece una figura identificada tradicionalmente con San Francisco Solano, aunque esta atribución no resulta del todo segura y plantea algunas dudas desde el punto de vista iconográfico.

En el arco toral dos ángeles lampararios.

San José con el Niño Jesús

San Francisco Solano

Ángel lamparario

Detalle


El retablo mayor que preside actualmente la iglesia no es el primitivo, ya que el original fue destruido durante la invasión francesa. El que hoy contemplamos es un espléndido retablo barroco realizado en el último tercio del siglo XVIII, en torno a 1775. Procede del convento de San Francisco de Osuna y fue trasladado a este templo tras el hundimiento de aquel edificio en 1943. Su adaptación al nuevo emplazamiento, de menores dimensiones que el original, obligó a modificar su estructura, lo que confiere al conjunto un acusado efecto cóncavo que acentúa su teatralidad.

Retablo mayor

El retablo se organiza en banco, cuerpo principal dividido en tres calles y ático. Destaca por el predominio de líneas curvas y por la abundancia de esculturas de ángeles y santos, que en muchos casos sustituyen a las columnas, reforzando así su carácter plenamente barroco.  

En el centro del banco se sitúa un destacado templete manifestador de plata, flanqueado por las esculturas de San Juan Nepomuceno y San Lorenzo, sobre el sagrario que muestra en la puerta a San Juanito con el cordero.

Templete con las imágenes de San Juan Nepomuceno y San Lorenzo

Puerta del sagrario

La hornacina central del cuerpo principal acoge la venerada imagen de la Inmaculada conocida como la Sevillana. Se trata de una imagen de vestir cuyo autor y fecha exacta de realización se desconocen, aunque ha sido relacionada con el entorno artístico de Juan de Mesa, mientras que las manos se atribuyen a Juan de Astorga. Las numerosas y profundas restauraciones sufridas a lo largo de su historia dificultan enormemente una datación precisa de la talla original.

Inmaculada la Sevillana

Detalle


La imagen procede de la iglesia del desaparecido convento Casa Grande de San Francisco de Sevilla, donde ocupó la hornacina central del retablo mayor desde 1718 hasta la demolición del templo. Tras este hecho fue trasladada a la iglesia de San Andrés y posteriormente a la residencia sevillana de los marqueses de Casa Ulloa. Desde allí pasó a la iglesia de San Buenaventura hacia 1890, coincidiendo con el regreso de la comunidad franciscana al templo.

La tradición devocional sostiene que la imagen perteneció originalmente a una piadosa mujer que tomó el hábito franciscano en torno a 1649, con el nombre de María de San Francisco, donándola ese mismo año al convento tras un hecho milagroso, según el cual la propia Virgen le habría solicitado la entrega de la imagen. Esta escena fue recogida en un grabado del siglo XVIII reproducido en la monografía de María José del Castillo sobre la Casa Grande de San Francisco, publicada en 1988.

No obstante, tal como indica Matilde Fernández Rojas, la procedencia real de la imagen parece estar vinculada al hospital de la Asunción, situado en la antigua calle Vizcaínos, hoy calle Fernández y González. Desde allí habría sido trasladada a la iglesia conventual de San Francisco en 1597, ocupando inicialmente un retablo lateral, hasta su traslado al altar mayor en 1718.

Detalle de la Inmaculada


El sobrenombre de la Sevillana parece estar relacionado con varios robos sufridos por el ajuar de la imagen. José María de Mena recoge este episodio en su obra Tradiciones y leyendas sevillanas, donde relata cómo, tras uno de estos robos, se organizaron cultos de desagravio y se solicitó al vecindario que contribuyera con donativos para reponer las joyas sustraídas. En medio de la predicación, una voz del público exclamó que la Virgen era tan bonita y tan sevillana que no necesitaba alhajas, quedando desde entonces fijado este apelativo popular.

Flanquean a la Inmaculada las esculturas de San Diego de Alcalá, atribuida a Martínez Montañés, y San Buenaventura. 

San Diego de Alcalá

San Buenaventura

En la parte superior del retablo se dispone un relieve que representa la Santísima Trinidad y la Coronación de la Virgen, mientras que en un nivel inferior aparece otro relieve con la escena de la Asunción. Ambos están acompañados por las esculturas de Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís, reforzando el diálogo simbólico entre las grandes órdenes mendicantes.

Parte superior del retablo

Santísima Trinidad y la Coronación de la Virgen

Detalle

Asunción

Santo Domingo de Guzmán

San Francisco de Asís

El conjunto se completa con numerosas figuras escultóricas repartidas por toda la arquitectura del retablo, entre las que se reconocen ángeles, San Roque, San Pascual Bailón, San Luis de Tolosa, San Miguel, San José, San Lorenzo, San Diego de Alcalá y San Buenaventura, dos tondos con la “Presentación al templo” y la “Visitación” configurando un rico programa iconográfico que subraya la espiritualidad franciscana.

Presentación al templo

Visitación

Calle derecha

Calle izquierda


Nave del Evangelio

Como ya se ha señalado, en el lado del evangelio del templo, entre las pilastras y encuadrados en arcos de medio punto, se disponen cinco retablos realizados entre los siglos XIX y XX. Estas estructuras vinieron a sustituir a los antiguos altares de las capillas primitivas, desaparecidos a raíz de los daños sufridos durante la ocupación francesa, que supuso una profunda transformación del conjunto interior del edificio.

El primero de estos retablos, situado más próximo al Altar Mayor, alberga a la imagen titular de la Hermandad, la Virgen de la Soledad, advocación que dio continuidad al culto de la antigua Hermandad de la Cruz del Caño Quebrado. Tras la imagen mariana se alza la Santa Cruz en el Monte Calvario, también conocida como Cruz del Caño Quebrado, una notable pieza de hierro forjado fechada en el siglo XVII, en torno a la cual se constituyó la Hermandad en el año 1656.

Retablo

Retablo

La Virgen de la Soledad es una imagen de candelero realizada en madera de cedro por el escultor Gabriel de Astorga en 1851. Fue concebida originalmente para procesionar en actitud de profunda aflicción, arrodillada en postura de prostación. Cuando con el paso del tiempo se decidió modificar su disposición para adaptarla a la posición erguida que presenta actualmente en el paso procesional, fue necesario intervenir la talla. De esta labor se encargó Sebastián Santos Rojas en 1954, quien retalló el cuello de la imagen para adecuarlo a la nueva postura. Posteriormente, en 1967, el imaginero Manuel Domínguez Rodríguez completó la obra con la ejecución de las manos.

Detalle

Detalle

Por su parte, la Santa Cruz constituye, desde un punto de vista histórico y devocional, el primer titular de la corporación. Su origen se remonta a mediados del siglo XVII y está íntimamente ligado a uno de los episodios más dramáticos vividos por la ciudad de Sevilla: la epidemia de peste de 1649. A consecuencia de aquella catástrofe, fue necesario habilitar espacios públicos como lugares de enterramiento, entre ellos la plaza del Caño Quebrado, próxima al ámbito de Montesión. En dicho enclave se erigió una cruz de hierro ante la que se rendía culto por el eterno descanso de los fallecidos. En su forja figuraba un texto del himno litúrgico dedicado a la Santa Cruz, alusivo al reinado de Cristo desde el madero redentor sobre todas las naciones.

Detalle de la Santa Cruz

Con el paso del tiempo, familiares de los difuntos y vecinos movidos por la devoción decidieron organizarse en torno a aquella cruz, dando lugar a la fundación de una Hermandad bajo su advocación. El 5 de julio de 1656, encabezados por Francisco Sánchez y acompañados por veintiocho hermanos, redactaron unas Reglas compuestas por trece capítulos, en las que se establecía, entre otros cultos, la celebración anual de una función en honor de la Santa Cruz. Dichas Reglas fueron presentadas el 22 de agosto de ese mismo año y aprobadas oficialmente el 13 de septiembre por el Provisor del Arzobispado, don Diego del Castillo, y por la Notaría de don Diego de Guzmán.

A lo largo del siglo XIX, la Santa Cruz experimentó diversos traslados. En 1840 fue retirada del Caño Quebrado y llevada en procesión nocturna a la cercana iglesia de Monte-Sión, donde quedó situada en el primer altar del lado izquierdo. Al año siguiente, en la noche del 2 de mayo, fue trasladada a la iglesia del entonces suprimido convento de las monjas de la Concepción, junto a San Juan de la Palma. Posteriormente, debido al mal estado del edificio, la Hermandad se estableció en dicha parroquia, ocupando la Santa Cruz el último altar de la nave de la Epístola. Desde allí pasó al templo de San Pedro, hasta que en enero de 1968 quedó definitivamente entronizada en el altar propio de la Cofradía.

Conviene señalar que la cruz de hierro forjado que hoy se venera es una reproducción de la primitiva cruz de madera, y que una fiel réplica de la misma es la Cruz de Guía procesional que la Hermandad utiliza desde el año 1947. Asimismo, en 1851 la corporación se estableció en la iglesia del convento de San Buenaventura, etapa que forma parte de la compleja historia devocional de esta Hermandad sevillana.

Retablo de la Virgen del Carmen

A continuación, se sitúa el retablo dedicado a la Virgen del Carmen, una de las advocaciones marianas de mayor arraigo y difusión tanto en las iglesias sevillanas como en el resto del territorio nacional. Su devoción, estrechamente vinculada a la espiritualidad carmelita, ha gozado de una presencia constante en templos, hermandades y ámbitos populares.

La imagen es de vestir y alcanza aproximadamente un metro y medio de altura. Representa a la Virgen sosteniendo al Niño Jesús sobre el brazo izquierdo, mientras que con la mano derecha porta un cetro rematado por el escapulario, símbolo esencial de esta advocación y de las promesas asociadas a su culto. 

Virgen del Carmen


No se conserva documentación que permita identificar con certeza a su autor ni fijar una fecha exacta de ejecución, si bien el análisis de sus rasgos formales y de su modelado permite situarla entre los siglos XVIII y XIX. Por sus características estilísticas, no se descarta su procedencia del taller del escultor sevillano Gabriel de Astorga, activo en la transición al siglo XIX.

Diversos estudiosos han advertido una diferencia apreciable entre el tratamiento escultórico de la Virgen y el del Niño Jesús, cuyo rostro y proporciones muestran un carácter más arcaizante. Esta circunstancia ha llevado a plantear la posibilidad de que el Niño perteneciera originalmente a una imagen mariana anterior, reutilizada o adaptada en una intervención posterior, práctica relativamente habitual en la imaginería devocional.

En la actualidad, la imagen se presenta ricamente ataviada conforme a los colores tradicionales de la advocación carmelita: túnica de tonalidad marrón y manto blanco. Completa su iconografía una corona real cerrada, realizada en plata, así como unas ráfagas del mismo material que rodean la totalidad de la figura, reforzando su carácter regio y devocional.

Detalle de la Virgen del Carmen


De manera tradicional, esta imagen ha sido conocida popularmente como la Virgen del Carmen “de la Batata”, denominación cuyo origen se encuentra en su antigua ubicación y en el entorno social que sostuvo su culto. Antes de su llegada a la iglesia de San Buenaventura, la imagen recibía veneración en una modesta capilla situada en las inmediaciones del Postigo del Aceite. La cofradía responsable de su culto estaba integrada principalmente por agricultores y pescadores que comercializaban sus productos en el mercadillo que se formaba en aquella zona de la ciudad. Se trataba de personas de escasos recursos que, según la tradición, sufragaban los gastos del culto mediante rifas de sus propias mercancías, entre las que alcanzaron especial notoriedad las batatas, dando lugar así al apelativo popular con el que la imagen ha pasado a la historia.

Tras la desaparición de aquella primitiva capilla, la imagen fue trasladada a la iglesia de San Buenaventura. Se tiene constancia de su presencia en este templo desde el regreso de la comunidad franciscana, acontecido entre los años 1890 y 1895, permaneciendo desde entonces como uno de los referentes devocionales más singulares del conjunto artístico y religioso del templo.

Detalle de la Virgen del Carmen


A continuación, se presenta un notable relieve que representa la Coronación de la Virgen, cuya autoría y fecha de ejecución son desconocidas. No obstante, el análisis de sus rasgos formales y compositivos permite situarlo con bastante seguridad en el  barroco del siglo XVIII.

Retablo

El tema de la Coronación de la Virgen ocupa un lugar destacado dentro de la tradición iconográfica del catolicismo occidental, al entenderse como el episodio glorioso que sigue inmediatamente a la Asunción. En él se proclama a María como Reina del Cielo, culminando así su papel singular en la historia de la salvación.

La Virgen se dispone en el eje central de la escena, elevada sobre un denso grupo de querubines que emergen entre nubes, creando una sensación de ascenso y gloria celestial. Su iconografía recuerda de manera evidente a las representaciones tradicionales de la Inmaculada Concepción y de la Asunción: aparece con las manos cruzadas sobre el pecho, vestida con túnica blanca y manto azul, ambos profusamente policromados. El rostro, de expresión contenida y humilde, dirige la mirada hacia lo alto en una actitud de recogimiento y asombro reverente. Una abundante y cuidada cabellera enmarca su semblante y se prolonga incluso por la espalda, aportando mayor naturalismo y movimiento a la figura.

En un nivel superior se sitúan las otras personas de la Trinidad. A un lado aparece Cristo, portando la cruz como símbolo de su sacrificio redentor, mientras que al otro se representa a Dios Padre, quien sostiene la esfera, emblema de su dominio universal. Ambos sostienen conjuntamente una corona real cerrada y dorada, en el instante previo a colocarla sobre la cabeza de la Virgen, subrayando el carácter solemne y trascendente del momento.

Sobre la corona, y proyectándose ligeramente hacia el marco que encierra el relieve, se dispone la figura del Espíritu Santo en forma de paloma. Su presencia completa la representación trinitaria como agente de la Coronación, reforzando el sentido teológico de la escena y equilibrando visualmente la composición.

Área superior del relieve

Área inferior del relieve

No se conservan noticias documentales acerca del recorrido histórico de este relieve, aunque resulta evidente que no fue concebido originalmente para el emplazamiento que ocupa en la actualidad. La construcción de los altares laterales de la iglesia de San Buenaventura es posterior a la cronología atribuida a la obra, lo que indica un traslado o reutilización posterior. Además, un examen atento revela que la parte superior del relieve no se adapta de manera exacta al espacio definido por el retablo que hoy lo enmarca. Todo ello sugiere que el conjunto fue concebido para presidir un lugar más elevado, donde su composición ascensional y su simbolismo alcanzarían una mayor coherencia espacial y visual.

Santa Gema

El retablo de San Antonio de Padua muestra al santo sosteniendo al Niño Jesús con los dos brazos. Es una talla moderna mientras que el relieve de Dios Padre, del ático, bendiciendo es del siglo XVIII.  

Retablo de San Antonio de Padua

San Antonio de Padua

Dios Padre

Continua con el retablo de la Inmaculada Concepción, obra también de Manuel Guzmán Bejarano  (ver), que se presenta actualmente sin dorar. Su diseño toma como referencia directa el camarín del retablo mayor del templo, reinterpretando sus formas y proporciones en un conjunto de menor escala, pero de notable coherencia con el espacio arquitectónico en el que se inserta.

Retablo de la Inmaculada

En él se venera una sobresaliente imagen de la Inmaculada Concepción fechable en el siglo XVIII, de autor desconocido y sin una datación precisa. La documentación conservada sobre esta escultura es escasa, limitándose a breves menciones en descripciones del templo realizadas a partir del siglo XIX, lo que dificulta reconstruir con exactitud su historia y procedencia.

Inmaculada Concepción

Detalle de la Inmaculada Concepción

Sí consta, no obstante, que esta imagen ocupó originalmente la hornacina central del retablo mayor, hasta que hacia 1890 fue reemplazada por otra Inmaculada, conocida como “la Sevillana”, que continúa presidiendo dicho espacio en la actualidad. Esta circunstancia ya fue recogida por González de León (ver) en su "Noticia artística" de 1844, donde deja constancia de la relevancia que tuvo la talla dentro del conjunto litúrgico del templo.

En época más reciente, diversos estudiosos han propuesto su vinculación con el círculo de Cayetano de Acosta (ver), destacado escultor de origen portugués afincado en Sevilla durante el siglo XVIII. 

Sin embargo, un examen formal detenido de la escultura parece apuntar con mayor claridad hacia un origen italiano, hipótesis que ya ha sido defendida por otros autores, pues la concepción general de la figura, y determinados recursos técnicos y expresivos, se alejan de los modelos sevillanos del momento y remiten a planteamientos propios de talleres italianos.

La Virgen aparece representada con los atributos tradicionales de la Inmaculada Concepción: viste túnica blanca y manto azul, se ciñe la cabeza con una aureola de estrellas y se alza sobre una nube poblada por tres ángeles. 

A sus pies se dispone la luna y la serpiente con la manzana en la boca, clara alusión a su victoria sobre el pecado original del que fue preservada desde el primer instante de su concepción.

La composición adopta una postura de marcado dinamismo. Las manos, unidas en actitud orante, se inclinan hacia su izquierda, mientras la cabeza se ladea suavemente en sentido contrario, creando un elegante juego de contrapesos. Los amplios ropajes, ricamente estofados, refuerzan esta sensación de movimiento ascensional, dotando al conjunto de una notable ligereza y expresividad.

Resulta especialmente destacable la exquisita finura con la que están tallados el rostro y las manos de la Virgen, así como la cuidada anatomía de los ángeles que la acompañan, todos ellos dotados de rostros de gran belleza y naturalismo. Llama poderosamente la atención la figura central, que no adopta la habitual apariencia de ángel infantil, sino la de un joven de rasgos delicados, con las manos cruzadas sobre el pecho y una expresión de turbada contemplación dirigida hacia María, un detalle poco frecuente y de gran originalidad.

La calidad técnica y el minucioso tratamiento de estos ángeles refuerzan la hipótesis de un origen italiano para la imagen. Aunque algunos autores la han calificado como “napolitana”, desde un punto de vista estilístico parece más cercana a los modelos de la escuela genovesa. En este sentido, la Inmaculada de San Buenaventura muestra afinidades claras con el entorno del escultor Anton Maria Mariagliano, uno de los principales representantes de dicha escuela.

A la luz de todos estos elementos, resulta razonable considerar que nos encontramos ante una obra de la escuela genovesa, una más de las numerosas esculturas de este origen que llegaron a Andalucía a lo largo del siglo XVIII, enriqueciendo notablemente el panorama artístico local.

Sea cual sea su autoría exacta, lo que no admite discusión es la extraordinaria calidad artística de la imagen. Se trata, sin duda, de una de las Inmaculadas más bellas que se conservan en Sevilla, afirmación especialmente significativa si se tiene en cuenta que la ciudad atesora algunas de las representaciones marianas de esta advocación más sobresalientes de toda la Cristiandad.

Detalle de los ángeles a los pies y la serpiente con la manzana en la boca

Finalmente, en el ámbito del sotocoro, se expone una imagen moderna del Sagrado Corazón de Jesús, de factura contemporánea, concebida como pieza de devoción y plenamente integrada en el discurso iconográfico del templo, aunque sin un valor artístico comparable al de las obras históricas que la rodean.

Retablo 

Detalle del Sagrado Corazón

Pie

A ambos lados de la puerta principal, abiertas en el mismo paramento, donde se dispone el acceso, se localizan dos hornacinas de carácter escultórico. 

Detalle de los pies del templo

En una de ellas se representa un santo ataviado con indumentaria de inspiración bizantina, que porta en la mano izquierda un hacha de largo mango, atributo poco habitual en la iconografía occidental. Este detalle ha llevado a identificarlo de manera hipotética con san Judas Tadeo, aunque dicha atribución no puede considerarse segura y plantea no pocas dudas desde el punto de vista iconográfico.

Hornacina con Santo 

Detalle del Santo


La hornacina opuesta alberga la imagen de una santa que sostiene un báculo episcopal en la mano derecha y un cáliz en la izquierda. Estos atributos han motivado su identificación tradicional con santa Clara de Asís, si bien dicha propuesta resulta igualmente problemática, ya que la santa no suele representarse con insignias episcopales. Todo ello sugiere que ambas esculturas podrían corresponder a advocaciones hoy mal identificadas o a interpretaciones iconográficas tardías, quizá fruto de devociones locales o de adaptaciones posteriores, lo que añade un interesante interrogante al conjunto escultórico que flanquea la entrada del templo.

Hornacina con Santa 

Detalle de la Santa

Vía Crucis

I y II


III y IV
V y VI
VII y VIII

IX y X

XI y XII

XIII y XIV

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