EXCURSIONES
Domen de Soto. 2026.
El Dolmen de Soto es uno de los
conjuntos megalíticos más sobresalientes de la península ibérica y una de las
construcciones prehistóricas más singulares del occidente europeo. Desde su
descubrimiento en 1922 ha despertado un enorme interés entre arqueólogos,
historiadores y visitantes, tanto por sus dimensiones como por la complejidad
simbólica y artística que encierra.
Se localiza en la finca La Lobita, en
el término municipal de Trigueros, en la provincia de Huelva, entre las
localidades de Niebla y Moguer, a unos quinientos metros de la ribera del
arroyo Candón.
Foto de loma de planta casi circular “el cabecillo o cabezo
del Zancarrón”
El monumento se encontraba oculto bajo una pequeña elevación artificial conocida como "el cabecillo o cabezo del Zancarrón", una loma de planta casi circular, de unos 75 metros de diámetro y aproximadamente 3,5 metros de altura.
Este montículo, visible desde varios kilómetros en la llanura circundante, estaba formado por la acumulación deliberada de tierras blanquecinas, capas de arcilla y fragmentos de piedra transportados desde otros lugares, y rematado con cantos rodados de río.
Su silueta destacaba claramente sobre la campiña, y en su punto
más elevado se construyó en 1919 una pequeña casa para el guarda de la finca.
Foto de la Casita del guarda (ver) (CC BY 3.0)
El dolmen fue descubierto de manera
fortuita en 1922 por el propietario de la finca, Armando de Soto Morillas,
durante las obras de cimentación de dicha vivienda. Inicialmente creyó haber
hallado la tumba de Mohamed Ben Musa, a quien una tradición local atribuía la
autoría de una importante obra algebraica del siglo XIII, según un acta
capitular de Trigueros fechada en 1823. Sin embargo, tras varias semanas de
excavación, quedaron al descubierto grandes losas de piedra y apareció un hacha
pulimentada prehistórica, lo que le llevó a sospechar que se encontraba ante un
monumento megalítico.
El 5 de octubre de 1923, Armando de Soto
se puso en contacto por carta con Hugo Obermaier, prestigioso arqueólogo alemán
nacionalizado español, solicitándole que asumiera la dirección científica de la
excavación.
Los resultados de sus investigaciones
fueron publicados en marzo de 1924 en el Boletín de la Sociedad Española de
Excursiones.
Boletín de la
Sociedad Española de Excursiones (ver) (CC BY 3.0)
Paralelamente, la Casa de Alba actuó
como mecenas, contribuyendo a la financiación de los trabajos arqueológicos.
Obermaier subrayó dos aspectos
fundamentales del monumento: la grandiosidad de su arquitectura y la
extraordinaria riqueza de grabados presentes en los ortostatos y en estelas
reutilizadas, lo que lo convertía en un caso excepcional dentro del megalitismo
europeo.
El Dolmen de Soto fue declarado
Monumento Nacional el 3 de junio de 1931, reconocimiento que consolidó su
relevancia patrimonial y lo situó al nivel de otros grandes conjuntos del sur
peninsular, como los dólmenes de Antequera. Desde entonces ha sido objeto de
diversas campañas de restauración y conservación. La primera intervención fue
realizada por el Ministerio de Cultura en 1957. Posteriormente, en 1981, el
arquitecto Ismael Guarner inició un ambicioso proyecto de restauración, cuya
segunda fase se desarrolló en 1982 y cuya memoria final fue presentada en 1985.
En 1986, la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía puso en marcha un
programa de protección arqueológica que incluyó mejoras en el cerramiento, el
interior, el entorno y los accesos al monumento. Desde 1987 el dolmen es de
titularidad pública y depende de dicha consejería.
Entrada al
dolmen con la primitiva casita del guarda demolida (ver) (CC BY 3.0)
Anillo
Perimetral
Las investigaciones arqueológicas más
recientes han documentado, en torno al dolmen, la existencia de un gran círculo
de piedras de cronología neolítica, fechado entre los milenios V y IV antes de
nuestra era. Este anillo perimetral, de unos 60 metros de diámetro, está
compuesto por bloques de piedra de diversas materias primas, como
calcoarenitas, conglomerados ferruginosos, pizarras y grauvacas, además de
menhires de distintas formas y tamaños. Las piedras fueron dispuestas
verticalmente, organizadas en pequeños grupos y distribuidas de manera
equidistante, conformando un recinto ceremonial de gran complejidad.
Asociadas a este círculo se han
identificado diversas estructuras, entre ellas cabañas, hogares y posibles espacios
votivos o rituales, lo que indica que el lugar fue utilizado durante largo
tiempo como escenario de prácticas ceremoniales, culturales y probablemente
astronómicas, antes de la construcción del dolmen propiamente dicho.
Esquema del anillo perimetral
Construcción y contexto histórico
Cuando Hugo
Obermaier llevó a cabo las excavaciones comprobó que el interior del dolmen se
encontraba intacto. El corredor y la cámara estaban rellenos hasta casi el
techo por una durísima masa de arcilla, cuyo origen exacto se desconoce, pero
que en cualquier caso impidió el saqueo del monumento a lo largo de milenios,
aunque dificultó notablemente los trabajos arqueológicos.
Las
dataciones por carbono 14 sitúan la construcción del dolmen a finales del
tercer milenio antes de Cristo, en el período conocido como Eneolítico, Calcolítico
o Edad del Cobre.
Desde
aproximadamente el 4000 a.C., comunidades humanas se establecieron de forma
estable en esta zona de Huelva. Durante el Neolítico, el clima era más húmedo
que el actual y el paisaje estaba dominado por densos bosques de encinas. Los
análisis polínicos indican que la progresiva expansión de la agricultura y la
ganadería provocó la reducción de la masa forestal, dando lugar, en la
transición al Calcolítico, a un paisaje de dehesas y campos de cultivo
cerealista.
El Dolmen de Soto fue construido con
piedra y arcilla y pertenece al tipo de dólmenes de corredor largo (conjunto de
dólmenes yuxtapuestos), siendo el mayor de los más de doscientos documentados
en la provincia de Huelva. Forma parte del amplio fenómeno megalítico que se
desarrolló en el occidente europeo.
El monumento destaca especialmente por
su largo corredor enlosado, que conduce a una gran cámara funeraria. El
conjunto alcanza casi 21 metros de longitud, con una anchura que varía desde
los 0,82 metros en la entrada hasta los 3,10 metros en la cámara, y una altura
que oscila entre 1,45 metros y más de 3 metros en la cabecera.
El dolmen está compuesto por 64
monolitos verticales, algunos de ellos con un peso superior a las 21 toneladas.
Treinta de estas piedras forman la pared derecha del corredor y treinta y tres
la izquierda. Varias de ellas son antiguas estelas y menhires pertenecientes al
círculo neolítico original, reutilizadas durante la construcción del dolmen. La
cabecera de la cámara está cerrada por una gran losa de 3,41 metros de altura,
3,10 metros de anchura y unos 0,72 metros de grosor, con un peso aproximado de
21,3 toneladas.
El acceso al interior se realiza por
una puerta orientada al este, situada en un atrio exterior abierto. Tras la
entrada se desarrolla un corredor con suelo de arcilla compactada, ligeramente
descendente en su tramo inicial y progresivamente más amplio y alto. A cuatro
metros de la entrada se accede a una antecámara, y a unos catorce metros y
medio comienza la cámara principal, cuyo interior se sitúa a unos diecinueve
metros del acceso.
Entrada al Dolmen
Corredor
Zona de menor altura
Zona de menor altura. Hay que agacharse para poder pasar
Detalle de los megalitos laterales verticales y gran
placa del techo
Detalle de pilar libre
Detalle de la antecámara
Detalle de la cámara funeraria
Detalle de la cámara funeraria
Vista de la puerta de entrada desde la cámara
En el centro de la cámara, delante de
la cabecera, se documentó una pequeña estructura rectangular a modo de mesa o
pileta, de 115 cm de largo, 75 cm de ancho y 15 cm de alto. construida con dos
capas superpuestas de guijarros blancos unidos con arcilla.
Cámara funeraria con la pileta al fondo (Obermaier)
Los materiales empleados en el dolmen
proceden de distintos puntos del territorio: calizas, pizarras y conglomerados
de la zona de Niebla; areniscas de Lucena; rocas volcánicas del Andévalo y
granitos extraídos a más de cuarenta kilómetros. El transporte de estos enormes
bloques se realizó mediante arrastre, utilizando rodillos y planos inclinados
de tierra prensada. Para la construcción de este colosal megalito se emplearon
técnicas rudimentarias, como perforaciones alineadas en las que se introducían
cuñas de madera que, que al dilatarse por efecto del agua, provocaban la
fractura de la roca.
Orientación y significado astronómico
El corredor
del Dolmen de Soto está orientado de levante a poniente, lo que permite que
durante los equinoccios de primavera y otoño los rayos del sol penetren en el
interior y recorran casi veinte metros hasta iluminar la cámara funeraria
durante unos instantes. Esta alineación exige una gran precisión técnica y
revela un profundo conocimiento de los ciclos solares. Este fenómeno ha llevado
a interpretar el dolmen no solo como un espacio funerario, sino también como un
lugar de observación astronómica y culto solar, asociado a ideas de
renacimiento y continuidad de la vida tras la muerte.
También inspira a numerosas leyendas, entre ellas,
la creencia de que el dolmen era un portal hacia otros mundos, abierto solo
durante los momentos en que la luz del sol alcanzaba su punto máximo de poder.
Grafismo y arte simbólico
Los
ortostatos (bloques verticales de piedra) y las losas de cubierta presentan una
extraordinaria riqueza de grabados y restos de pintura, realizados mediante
técnicas de piqueteado, incisión, abrasión y bajo relieve. Se trata de un
conjunto de arte rupestre esquemático que incluye motivos geométricos,
antropomorfos, bandas, cazoletas, círculos, hachas, puñales, figuras
serpentiformes y armas enmangadas. Estos símbolos guardan estrecha relación con
los documentados en otros megalitos de la Europa atlántica y se han
interpretado como representaciones de divinidades, rituales o concepciones
cosmológicas.
No existe
consenso sobre la cronología exacta de estas manifestaciones artísticas, ya que
algunas podrían ser anteriores a la construcción del dolmen y otras
posteriores. Un ejemplo destacado es la losa número 21 de la pared izquierda,
en la que aparece grabado un posible ídolo oculado. La figura se encuentra
invertida, lo que indica que la piedra fue reutilizada desde el antiguo círculo
neolítico y recolocada en el corredor del dolmen y correspondería a la época
neolítica.
Estas inscripciones han dado lugar a diversas teorías sobre su significado. Algunos creen que los grabados representan a deidades o seres de otro mundo, mientras que otros sugieren que podrían ser representaciones simbólicas de rituales o prácticas chamanísticas.
La presencia de estas figuras ha contribuido a la percepción del dolmen como un
lugar sagrado, donde se rendía culto a fuerzas sobrenaturales o se buscaba la
protección de los ancestros.
Ortostatos con inscripciones
Detalle de inscripción
Investigaciones recientes han
demostrado que muchas de estas piedras estuvieron decoradas con pigmentos rojos
y negros. Los estudios dirigidos por Antonio Hernanz Gismero y Primitiva Bueno
han puesto de relieve la complejidad simbólica del conjunto, que habría sido
pintado miles de años antes de la construcción de las pirámides egipcias. El
uso del color refuerza la idea de que la decoración tenía un profundo
significado ritual y espiritual.
Contenido funerario
En el
interior del dolmen, Obermaier localizó los restos de ocho individuos, hombres
y mujeres adultos y un niño. Los cuerpos fueron depositados en posición
flexionada y agachada (en cuclillas), atados y envueltos en pieles o tejidos, y
colocados sentados, con la espalda apoyada en los ortostatos. Esta disposición
permitía aprovechar el espacio y es habitual en los enterramientos megalíticos.
Junto a cada individuo se hallaron ajuares funerarios del tercer milenio antes
de Cristo, compuestos por cerámicas, herramientas de sílex, hachas
pulimentadas, conchas marinas y restos de ofrendas alimentarias.
Simbolismo
General
Por sus dimensiones, monumentalidad,
variedad de materiales, riqueza iconográfica y complejidad arquitectónica, el
Dolmen de Soto debió desempeñar una función mucho más amplia que la de simple
sepulcro colectivo. Todo apunta a que fue un gran santuario utilizado durante
siglos, posiblemente vinculado a una élite social o a un grupo dirigente,
reflejo de una sociedad ya estratificada. La presencia de un enterramiento
infantil y la edad de los restos óseos permiten intuir una elevada mortalidad
infantil y una esperanza de vida limitada durante el Calcolítico.
El Dolmen de Soto fue, en definitiva, un espacio sagrado donde se entrelazaban la muerte, el culto a los ancestros, la observación astronómica y la expresión simbólica de la cosmología de estas comunidades prehistóricas. Más que una tumba, fue un lugar de conexión entre el mundo de los vivos y el de los muertos, cuyo uso se prolongó durante toda la Edad del Cobre como santuario dedicado a la memoria, a las divinidades y al ciclo eterno de la vida y la muerte.




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