sábado, 17 de enero de 2026

RUTAS POR SEVILLA: Vírgenes

Nuestra Señora de Monserrat. 

Altar Mayor de la Capilla de Monserrat

Se trata de una imagen dolorosa de autoría desconocida, cuya paternidad ha sido atribuida tradicionalmente, y sin respaldo documental definitivo, a algunos de los grandes maestros de la escultura sevillana del primer tercio del siglo XVII, como Juan Martínez Montañés, Gaspar de la Cueva, Juan de Mesa o Guerrero, discípulo directo del primero. La ausencia de documentación concluyente ha mantenido abierta esta cuestión a lo largo del tiempo, favoreciendo diversas hipótesis basadas en el análisis estilístico y en noticias indirectas.

La historia de la imagen resulta especialmente compleja y está marcada por un pleito iniciado el 24 de febrero de 1619 en torno a su propiedad. En dicho litigio, Catalina Román demandó a la Hermandad alegando haber sufragado los gastos de la hechura de la imagen de lágrimas de la cofradía. Según su declaración, la escultura habría sido realizada por su hijo, Fernando Manuel, clérigo, mayordomo de la corporación en ese momento y descrito en los documentos como “mulato”, afirmando que la obra se había ejecutado “había quince años poco más o menos”, lo que situaría su realización en torno a 1604.

Entre los testimonios recogidos durante el proceso judicial destaca uno especialmente revelador, en el que se afirma que el año 1606 fue el primero en que la cofradía realizó su estación de penitencia desde la parroquia de San Ildefonso. Según esta declaración, la imagen de la Virgen fue costeada mediante limosnas de los hermanos y realizada inicialmente por un escultor que tenía su taller en la calle de la Ballestilla, actual Buiza y Mensaque. Al no satisfacer plenamente a los cofrades, la escultura fue trasladada al taller de Juan Martínez Montañés, situado en la entonces calle de la Muela, hoy O’Donnell, donde uno de sus oficiales la perfeccionó. Posteriormente fue llevada al taller del pintor Pagés, identificado como Gaspar de Raxis, en la calle Colcheros, actual Tetuán, para su encarnación.

En 1954, Francisco Caballero publicó un artículo en la revista La Pasión en el que, a partir del análisis del citado pleito, defendía que el oficial responsable de la mejora integral de la imagen fue Juan de Mesa. Según este autor, no se trataría de una intervención parcial, limitada a las manos, sino de una actuación de mayor alcance, propia de un oficial plenamente formado. Caballero argumentaba que las características formales de la escultura respaldan esta atribución, considerando a Juan de Mesa como autor principal de la imagen de Nuestra Señora de Montserrat.

La talla, de notable calidad artística y gran fuerza expresiva, está realizada en madera de cedro. En su rostro, de mujer madura, sobresalen especialmente los grandes ojos morenos, cargados de interrogación y angustia, que miran de frente al espectador con una intensidad fija y directa. La boca, ligeramente entreabierta, refuerza esa expresión contenida de dolor, en la que parecen confluir la sorpresa y la desolación ante el drama que contempla. Las manos, tradicionalmente atribuidas a Juan de Mesa, son de una delicadeza excepcional, finas y cuidadosamente modeladas, con dedos largos y bien proporcionados que contribuyen decisivamente a la elegancia del conjunto.

Nuestra Señora de Monserrat

Detalle de la cara con diadema

Detalle de la cara con corona

Detalle de la cara

A lo largo de su historia, la imagen ha sido objeto de varias intervenciones de importancia. Tras el incendio del paso de palio en 1899, se procedió a la colocación de ojos de cristal y a una restauración y nueva encarnación realizadas por Manuel Gutiérrez Reyes Cano, actuaciones que alteraron parcialmente la expresión original de la talla. Posteriormente fue restaurada por Francisco Buiza Fernández en 1968 y por José Rodríguez Rivero-Carrera en 1991, trabajos encaminados a la conservación y recuperación de sus valores artísticos.

El manto de la Virgen constituye una de las piezas textiles más antiguas que se conservan en la Semana Santa de Sevilla. Fue confeccionado en el taller de Patrocinio López y se estrenó en la Semana Santa de 1866. Su diseño se inspira claramente en los mantos de carácter regio propios de la corte española. En la zona exterior se representan el gran collar de la Orden de Carlos III y el collar de la Orden del Toisón de Oro, mientras que en el campo central aparecen castillos y leones, símbolos de la Casa Real española, flores de lis en recuerdo de Antonio de Orleans, duque de Montpensier, destacado benefactor de la hermandad cuya heráldica incorpora este emblema, así como cruces de Calatrava, en alusión a la histórica vinculación de la Orden de Calatrava con la corporación.

Existe una tradición legendaria que atribuye el manto a un supuesto regalo de la reina Isabel II. Sin embargo, la documentación conservada desmiente esta creencia, ya que consta el pago de la obra a la bordadora Patrocinio López, lo que permite conocer con certeza el origen real de esta valiosa pieza.

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