ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA
Estigmas.
Sobre la estigmatización podemos comentar que después
de la crucifixión y según el Evangelio de Juan (Jn, 20:27-29) cuando Jesús
entra en el Cenáculo, con las puertas cerradas, y saluda a los discípulos,
muestra los estigmas para identificarse y luego dice a Tomás: “Mete tu dedo
aquí, y ve mis manos y alarga acá tu mano, y métela en mi costado y no seas
incrédulo, sino fiel”.
La palabra estigma proviene del latín “stigma” y
este a su vez del griego “στίγμα”. Son heridas de aparición espontánea y que
son similares las que infligieron a Jesús durante la Pasión.
Tradicionalmente, se presentan en el costado (donde
Jesús fue atravesado con la lanza para confirmar que estaba muerto) y en ambas
manos y ambos pies (las heridas causadas por los clavos de la
crucifixión).
Es curioso que las heridas son similares a las
mostradas en la iconografía cristiana tradicional, o sea suelen ser marcas en
las palmas de las manos y no en el antebrazo, donde debió producirse el
enclavado de los miembros superiores.
Excepcionalmente, incluyen representaciones de las
heridas de la espalda causadas por la flagelación y de las heridas de la cabeza
causadas por la corona de espinas.
Además de su localización en las áreas de la Pasión de
Jesús, tienen otras características especiales, tales como que aparecen de
forma instantánea, causando gran sorpresa e impresión en quienes las
reciben, sangran copiosamente y por largos periodos o en determinadas
fechas, su sangre se mantiene siempre fresca y limpia, no se
infectan, no emiten olores fétidos o incluso desprenden aromas, se
acompañan de fuertes dolores tanto físicos como morales y no se
curan nunca con ningún procedimiento médico, por lo que permanecen un gran
número de años sin que pueda darse una explicación médica o científica.
Los estigmatizados lo consideran una inmensa gracia,
pero se siente indignos y ocultan sus lesiones.
Se considera que el primer estigmatizado fue Francisco
de Asís (ver), pero en realidad el primer caso en la
historia es el de la beata María de Oignies (1177-1213) que recibió los
estigmas en su cuerpo doce años antes que Francisco de Asís.
María de Oignies pertenecía a las beguinas, una
asociación de mujeres contemplativas y activas que dedicaron su vida al cuidado
de los enfermos y a los necesitados. Trabajaban para mantenerse y eran libres
de dejar la asociación en cualquier momento para casarse.
La segunda persona en recibir los estigmas fue
efectivamente Francisco de Asís, que en las heridas de las manos y de los pies
presentaban raspaduras de carne en forma de clavos. Los de un lado tenían
cabezas redondas y las del otro tenían puntas largas que se doblaban para
arañar la piel.
Por considerarse indigno de ser portador de las
señales de la Pasión de Cristo, ocultaba
sus heridas llevando las manos dentro de las mangas del hábito y usando
medias y zapatos, pero muchos de sus hermanos en la Orden fueron
testigos de la existencia de tales heridas.
Desde entonces hasta el beato Pío de
Pietrelcina (1887-1968), uno de los últimos casos, cuyas llagas
permanecían cerradas todos los días y sólo se abrían y sangraban los viernes,
se han dado unos 250 casos de personas con estigmas, en la mayoría de los casos
con comprobación científica.
Algunos médicos, tanto católicos como librepensadores,
han sostenido que las heridas pueden haber sido causadas de modo enteramente
natural, aunque científicamente inexplicables.
La psiquiatría experimental afirma que la
imaginación puede acelerar o retardar las corrientes nerviosas, pero no hay
constancia de su acción sobre los tejidos.
Schnabel (1993) encontró un paralelismo entre los
estigmas y el Síndrome de Munchaussen, que es un trastorno emocional en que se
finge o provoca enfermedades.
En conjunto representan un fenómeno místico
extraordinario y por tanto se han convertido en el centro de un debate
teológico y científico muy importante.
Santa Lutgarda
En
Bélgica, Cristo le concedió otro tipo de estigmas a una santa cisterciense de
nombre Lutgarda. En 1235 ella quedó ciega tras rogar por vivir más
profundamente la pasión del Señor.
Cierto día, Santa Lutgarda, rezando a su santa favorita Santa
Inés, sintió que una vena que estaba por su corazón se reventó y la sangre se
derramó hacia el exterior a través de una herida abierta en su costado. En
otras ocasiones, sudaba gotas de sangre al pensar en la Pasión de Cristo.
Santa Catalina de Siena
Hay dos
tipos de estigmas, las visibles y las invisibles, en los que se padecen “los
sufrimientos, sin mostrar señal externa alguna”. Esto último le
sucedió a Santa Catalina de Siena (1347-1380), laica dominica y gran Doctora de
la Iglesia. Ella “comenzó teniendo estigmas visibles, pero, por humildad, oró
para que le fueran cambiadas por unas invisibles y su oración fue escuchada.
Santa Rita de Casia
Santa Rita de Casia (1381-1457)
tenía en la frente “una herida causada por una espina arrancada de la corona
del Crucificado” y que el olor que se desprendía de allí era insoportable.
Además, indica que
esta es una excepción porque las heridas de los estigmatizados “no emiten
olores fétidos”, por ello, la
religiosa agustina permanecía alejada de la gente pero cuando murió el estigma
desapareció, quedando en su lugar “una mancha roja como un rubí, la cual tenía
una deliciosa fragancia”.
Santa Catalina de Ricci
En 1542 la dominica Santa
Catalina de Ricci tuvo un desposorio místico con Cristo en la Pascua de
Resurrección. Según indica el dominico Fray Paulino Alvarez, más adelante Cristo le otorgó los estigmas,
pero la de la lanza del costado se le apareció en el lado izquierdo “sobre el
corazón” y era tan dolorosa que ella sentía que iba a morir. El sacerdote
cuenta que los que vieron los estigmas de la santa afirmaban que “las de las
manos eran coloradas, tenían como un borde levantado y que en el medio se veía
una cosa negra, redonda, como la cabeza de un clavo; y las de los pies tenían
la carne hundida y desigual, en una parte baja y en otra alta, y que entre la
carne y la piel se veían hilos de sangre, y que salía de ellas olor
suavísimo”.
San Carlos de Sezze
Otro santo varón que recibió
estigmas fue San Carlos de Sezze. La colección de libros Año Cristiano de
la Biblioteca de Autores Católicos (BAC) señala que este franciscano ostenta el
título de “Serafín de la Eucaristía”. En el libro se describe que cierto día el
santo entró a la Iglesia de San José, que queda por la actual plaza de España
en Roma, y participó de la Santa Misa. Cuando llegó el momento de la elevación
“un rayo luminoso partió de la Hostia Sagrada hiriendo el costado del Santo
hasta penetrar su corazón”. Más adelante, precisa que la marca de la cruz
quedó impresa en su corazón, el cual permanece incorrupto.
Santa Verónica Giuliani
La clarisa capuchina Santa
Verónica Giuliani (1660-1727) es otra de las impresionantes místicas en la
historia de la Iglesia. La web italiana de vidas de santos Santi e Beati indica
que en 1694 la santa “recibió la impresión de espinas en la cabeza”. Antes de
morir, ella contó que imágenes de algunos elementos de la Pasión de
Cristo habían aparecido en su
corazón. Cuando se le hizo la autopsia, varios fueron los testigos del
extraordinario milagro.
San Pío de Pietrelcina
De acuerdo al escritor
Francesco Castelli, en el libro titulado “El Padre Pío bajo interrogatorio: La
autobiografía secreta”, el santo recibió los estigmas el 20 de
septiembre de 1918, tras celebrar la Eucaristía. De esta manera se convirtió en
el primer sacerdote estigmatizado. Todos los anteriores fueron laicos y
consagrados. “Me sentí lleno de compasión por los dolores del Señor y le
pregunté qué podía hacer. Oí esta voz: “te asocio a mi Pasión”. Y en seguida,
desaparecida la visión, he vuelto en mí, en razón, y vi estos signos de los que
salía sangre. No los tenía antes", narró San Pío de Pietrelcina, según lo
que refiere Castelli.
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