RUTAS POR SEVILLA: Ruta Artística. Pintores
Bartolomé Esteban Murillo.
La calle
Murillo se extiende desde la confluencia de la plaza de la Magdalena y Josefa
Reina Puerto hasta la de San Pablo y Bailén. En la década de 1940 recibió el
nombre de Murillo, en atención a la antigua tradición que sitúa en una de sus
casas el nacimiento del pintor Bartolomé Esteban Murillo (1618-1682).
Estatua de Murillo en la plaza del Museo (leer mas)
Detalle de Murillo
Bartolomé Esteban Murillo nació en Sevilla
a finales de diciembre de 1617 y fue bautizado el 1 de enero de 1618. Último de
los catorce hijos del matrimonio formado por Gaspar Esteban, barbero-cirujano
de profesión, y María Pérez Murillo, creció en el seno de una familia modesta
pero estable. Sin embargo, su infancia quedó marcada por la tragedia cuando, en
1626, perdió a ambos padres en un corto espacio de tiempo. Huérfano con apenas
nueve años, quedó bajo la tutela de su cuñado Juan Agustín de Lagares, esposo
de su hermana Ana, quien asumió su cuidado.
Placa conmemorativa del bautismo de Murillo en la Capilla
Bautismal de la Iglesia de la Magdalena
De su juventud se conocen pocos
detalles, aunque consta que, en 1633, con quince años, intentó viajar a
América, proyecto que finalmente no se realizó. Su verdadera vocación se
orientó hacia la pintura, iniciando su formación artística en el taller de Juan
del Castillo, pariente de su familia, donde adquirió una sólida base en el
dibujo y en una pintura de formas elegantes y expresivas. Esta etapa fue
decisiva para el desarrollo de su sensibilidad artística, especialmente en el
tratamiento amable de las figuras y en su interés por temas infantiles, rasgos
que definirían gran parte de su obra futura.
En 1645 contrajo matrimonio con Beatriz
Cabrera y ya figuraba profesionalmente como pintor. Durante estos años comenzó
a consolidarse como artista en Sevilla, realizando importantes encargos
religiosos. Su primer gran reconocimiento llegó con la serie de pinturas para
el claustro del convento de San Francisco de Sevilla, donde mostró una notable
evolución técnica y una creciente riqueza cromática.
A lo largo de su carrera, Murillo supo
asimilar influencias de maestros como Zurbarán, Herrera el Viejo, Herrera el
Joven y Juan de Roelas, integrando además elementos de la pintura flamenca e
italiana. Todo ello le permitió desarrollar un estilo propio, caracterizado por
la dulzura emocional, la elegancia compositiva, el uso magistral de la luz y
una religiosidad cercana y humanizada.
En 1658
realizó un viaje a Madrid, donde amplió horizontes artísticos al entrar en
contacto con las colecciones reales y con figuras como Velázquez, Alonso Cano y
Zurbarán. Aunque su estancia fue breve, enriqueció notablemente su lenguaje
pictórico. Dos años más tarde, en 1660, fundó junto a Francisco Herrera el
Joven la Academia de Pintura de Sevilla, institución destinada a elevar el
nivel artístico local.
La muerte de
su esposa en 1663, a consecuencia de un parto, marcó profundamente su vida
personal. Murillo no volvió a casarse y permaneció en Sevilla hasta el final de
sus días, rechazando incluso una oferta de la corte de Carlos II para
convertirse en pintor real. Su arraigo a la ciudad fue absoluto, y en ella
desarrolló las obras más importantes de su producción.
Murillo alcanzó fama extraordinaria
gracias a sus composiciones religiosas, especialmente sus Inmaculadas, consideradas
entre las más bellas de la historia del arte occidental. También sobresalió en
escenas de género protagonizadas por niños pobres y pícaros, donde reflejó con
ternura y naturalismo la vida cotidiana sevillana. Obras como La Sagrada
Familia del pajarito, Niño espulgándose o sus célebres versiones de la
Inmaculada revelan su extraordinaria capacidad para unir espiritualidad,
belleza y observación social.
Entre sus
encargos más destacados figuran los ciclos pictóricos para los Capuchinos de
Sevilla, la Catedral hispalense y, de manera sobresaliente, las obras para el
Hospital de la Santa Caridad, donde desarrolló algunas de las representaciones
más profundas de la caridad cristiana y las obras de misericordia en el Barroco
español.
Su estilo
evolucionó desde una primera etapa de mayor severidad hacia una pintura cada
vez más luminosa, vaporosa y delicada, anticipando en cierto modo la
sensibilidad rococó del siglo XVIII. Murillo consiguió transformar la pintura
religiosa barroca, suavizando su dramatismo y acercando lo divino al espectador
mediante imágenes llenas de gracia, compasión y esperanza.
Murió en
Sevilla el 3 de abril de 1682. La leyenda de su muerte, tal como la refiere Antonio Palomino, se
relaciona como consecuencia de una caída del andamio cuando pintaba, en el
propio convento gaditano, el cuadro grande de los “Desposorios de Santa Catalina” (Leer mas).
Plaza
de santa Cruz
Lapida
de Murillo en la plaza de Santa Cruz
La figura de
Murillo permanece como símbolo de la Sevilla del Siglo de Oro, de su
espiritualidad, su refinamiento y su sensibilidad social. Su obra, admirada
internacionalmente, sigue siendo una de las cumbres más altas de la pintura
española, capaz de combinar maestría técnica, humanidad y profunda emoción
estética.