jueves, 30 de abril de 2026

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Costurero de la Reina.

Costurero de la Reina

En el corazón de Sevilla, junto a los jardines de María Luisa y muy cerca del río Guadalquivir, se alza uno de los edificios más singulares y evocadores de la ciudad: el Costurero de la Reina, un pequeño edificio de planta hexagonal con forma de castillo. Considerado por muchos como el primer edificio de estilo neomudéjar de Sevilla, esta pequeña construcción destaca no solo por su delicada arquitectura, sino también por el halo de romanticismo y leyenda que la rodea.

Fue construido en 1893 por encargo de Antonio de Orleans, duque de Montpensier, que estaba casado con la Infanta María Luisa Fernanda de Borbón, hermana de la Reina Isabel II, siguiendo el diseño del arquitecto Juan Talavera de la Vega, para el guardabosques de los enormes jardines del Palacio, que serían adaptados conforme a los gustos románticos.

El 23 de enero de 1878 la hija del Duque de Montpensier, María de las Mercedes de Orleans, contrae matrimonio con el Rey Alfonso XII, convirtiéndose en reina consorte de España.

En 1890 fallece el duque de Montpensier y en 1893 su esposa, Luisa Fernanda de Borbón, cede los jardines del Palacio a la ciudad de Sevilla, salvo una pequeña extensión al norte que continuará siendo jardín privado del palacio de San Telmo. La mayor parte de los jardines pasarían a convertirse en el Parque de María Luisa, y el castillete y una pequeña extensión de jardín circundante se cercarían.

La leyenda que le da el nombre de Costurero de la Reina despierta la curiosidad de sevillanos y foráneos. Según ella, la reina María de las Mercedes de Orleans, debido a su delicado estado de salud, pasaba largos ratos en los aposentos del castillete tomando el sol mientras cosía junto a sus damas, recibiendo allí la visita de Alfonso XII. Sin embargo, esta historia carece de fundamento histórico, ya que resulta imposible, pues el edificio fue construido en 1893, y la reina falleció el 26 de junio de 1878, en el Palacio Real.

El inmueble presenta una marcada influencia neomudéjar, visible en el uso del ladrillo visto, los arcos de herradura, las ventanas geminadas y la ornamentación cerámica. Su aspecto recuerda a una pequeña torre palaciega, casi de cuento, integrada armoniosamente en el paisaje urbano sevillano.

La estructura combina elementos decorativos islámicos reinterpretados desde la sensibilidad romántica decimonónica. Esta fusión convierte al edificio en una muestra temprana de una corriente arquitectónica que alcanzaría gran protagonismo en Sevilla durante la Exposición Iberoamericana de 1929.

Su reducida escala, lejos de restarle importancia, refuerza su singularidad, convirtiéndolo en una pieza arquitectónica excepcional dentro del patrimonio local.

Situado en el Paseo de las Delicias, el Costurero de la Reina ocupa un enclave estratégico entre el casco histórico y los espacios ajardinados del sur de la ciudad. En su entorno confluyen algunos de los lugares más emblemáticos de Sevilla, como el Parque de María Luisa, el Palacio de San Telmo y la ribera del Guadalquivir.

Esta localización ha favorecido que, a lo largo del tiempo, el edificio haya permanecido como un referente visual para sevillanos y visitantes, integrándose en uno de los paisajes urbanos más representativos de la capital andaluza.

A lo largo de su historia, el edificio ha tenido diversas funciones administrativas y culturales. Más allá de su origen ornamental, ha servido como oficina de información turística y como espacio institucional, adaptándose a las necesidades de cada época sin perder su esencia histórica.








 RUTAS POR SEVILLA: Santos y Santas 

San Onofre.

San Onofre, venerado como uno de los grandes ermitaños de la antigüedad cristiana, es una figura envuelta en la tradición, la espiritualidad y la leyenda. Su vida se sitúa en el siglo IV, en los primeros tiempos del monacato oriental, cuando numerosos hombres y mujeres se retiraban a los desiertos de Egipto para buscar a Dios en la soledad, la penitencia y la oración.

Según la tradición, Onofre nació hacia el año 320 y era hijo de un rey de Egipto, Persia o Abisinia. Sus padres, después de largo tiempo sin descendencia, habrían recibido su nacimiento como una gracia divina. Sin embargo, el demonio sembró en el corazón de su padre la sospecha de que el niño era ilegítimo, incitándolo a arrojarlo al fuego para probar su origen. Milagrosamente, el pequeño salió ileso, protegido por la voluntad divina. Este prodigio llevó a sus padres a reconocer la intervención celestial y a criarlo en la fe cristiana.

Aunque creció rodeado de privilegios y riquezas, Onofre pronto mostró un espíritu inclinado hacia la vida espiritual. Conmovido por el sufrimiento humano y deseoso de una existencia dedicada por completo a Dios, abandonó la vida palaciega e ingresó en un monasterio de la Tebaida egipcia, una de las regiones más emblemáticas del eremitismo cristiano. Allí convivió con monjes entregados a la oración, el trabajo y la disciplina ascética.

Con el paso de los años, buscando una entrega aún más radical, decidió internarse en el desierto como ermitaño. La tradición relata que una luminaria acompañó a Onofre durante cerca de siete millas en su camino hasta una humilde choza. Al llamar a la puerta, fue recibido por un venerable anciano, ermitaño desde hacía muchos años. Onofre cayó de rodillas, lleno de admiración, y el anciano le dijo: “Te aguardaba, Onofre; como ves, conocía de antemano tu nombre. No me son desconocidos tus deseos, ni ignoro aquello para lo que el cielo te reserva. Persevera, pues, hijo, en tu propósito, y entra en mi choza para descansar algunos días”.

Onofre permaneció un tiempo junto al anciano, quien le instruyó en las reglas y prácticas de la vida eremítica. Más tarde, ambos se internaron en el desierto y, tras cuatro días de camino, llegaron a la región de Calidiomea, donde hallaron una palmera que daba sombra a una pequeña celda. Entonces el anciano le dijo: “«Este es el lugar que Dios te ha señalado”.

Permaneció allí con Onofre durante treinta días, al cabo de los cuales se despidió y partió. Treinta años después, cuando su maestro espiritual falleció, Onofre le dio sepultura con gran veneración y le rindió los honores debidos.

Su existencia estuvo marcada por una austeridad extrema. Se alimentaba principalmente de dátiles, hierbas y agua, obtenidos de una palmera cercana, mientras que su cuerpo, según la iconografía tradicional, quedaba cubierto únicamente por sus largos cabellos y hojas vegetales. La tradición añade que cada domingo un ángel le llevaba pan y la Eucaristía, signo del consuelo divino en medio de su rigurosa penitencia.

Durante décadas, San Onofre dedicó su vida a la contemplación, la mortificación y la unión espiritual con Dios. Su fama de santidad llegó a través del abad Pafnucio, quien, movido por el deseo de conocer a los grandes ascetas del desierto, logró encontrarlo en sus últimos días. Onofre le relató su vida y, poco después, murió santamente alrededor del año 400. Pafnucio habría recogido su testimonio, difundiendo así su ejemplo por la cristiandad.

La iconografía lo representa como un anciano de larga barba y abundante cabellera, cubierto apenas por su propio pelo, símbolo de su renuncia absoluta al mundo. A menudo aparece acompañado por una palmera, una cruz o una corona abandonada, reflejo de su rechazo a las glorias terrenales.

San Onofre quedó en la memoria cristiana como modelo de vida ascética, desprendimiento y búsqueda de Dios en la soledad. Su figura simboliza la victoria del espíritu sobre las tentaciones mundanas y el ideal del ermitaño que, apartado del mundo, alcanza la perfección espiritual mediante la oración constante y la penitencia. Su festividad se celebra el 12 de junio, fecha en la que la Iglesia recuerda su ejemplo de santidad y fidelidad absoluta.

Museo del Prado

San Onofre. Collantes, Francisco. Hacia 1645. Óleo sobre lienzo sin forrar. 170 x 108 cm. Museo del Prado. Sala 018A. (ver) (CC BY 3.0)

Imagen de San Onofre (siglo V), ermitaño persa que se retiró como anacoreta al desierto de Tebas, recibiendo milagrosamente de un cuervo su ración diaria de alimento. A sus pies, una corona y un cetro hacen alusión a su origen Real ya que, según la leyenda, era hijo de un rey persa, a cuyos bienes terrenales renunció en favor de la oración y la meditación. Contemporáneo de Velázquez, Collantes desarrolla la mayor parte de su carrera en Madrid. En este casorepresenta uno de los temas más queridos por la sociedad española de la época, el de los santos ermitaños, cuya vida retirada y penitente resulta muy atractiva para el público. 

San Onofre. Yáñez de la Almedina, Fernando. 1515-1525. Óleo sobre tabla. 70 x 30 cm. Museo del Prado. No expuesto. (ver) (CC BY 3.0)

Destaca la concepción del desnudo del santo, caracterizado por un esqueleto poderoso en el que se asienta una musculatura fibrosa, muy marcada. Pies y manos grandes, así como la prominente y sobredibujada rótula, elemento central de una figura en contraposto. La figura está vista de frente aunque ligeramente girada hacia un lateral, en un movimiento que se contempla con el forzado adelantamiento de una de las piernas. Otro elemento que retoma creaciones anteriores es la cabeza del personaje; sin duda, el fragmento de mayor calidad de la obra, realizada con gran cuidado a base de transparencias que se completan en superficie mediante pequeños toques de color.  El fondo es un muro de aparejo de ladrillo que permite ver unas arquitecturas urbanas típicamente italianas. 

San Onofre en meditación. Obra copiada de José de Ribera. Siglo XVII. Óleo sobre lienzo. 123 x 93 cm. Museo del Prado. Deposito en otra Institución. (ver) (CC BY 3.0)


San Onofre. March, Esteban. Siglo XVII. Óleo sobre lienzo. 96 x 73 cm. Museo del Prado. Deposito en otra Institución. (ver) (CC BY 3.0)

Capilla de san Onofre

En el lado del Evangelio se alza el notable retablo de San Onofre. Preside el primer cuerpo la imagen de San Onofre, tallada en 1599 por Pedro Díaz de la Cueva, donde el santo ermitaño aparece representado según su iconografía tradicional, como anciano de larga cabellera y barba, cubierto con hojas de palmera, símbolo de su vida ascética en el desierto.

Retablo de san Onofre

San Onofre

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Capilla de San Onofre.

HISTORIA

En pleno corazón de Sevilla, en el lateral de la actual Plaza Nueva y dentro del histórico barrio del Arenal, se conserva uno de los vestigios más valiosos del pasado conventual de la ciudad: la Capilla de San Onofre, también conocida históricamente como Capilla de las Ánimas. Este pequeño templo, integrado hoy entre edificios modernos y el bullicio urbano del centro, constituye junto al Arquillo del Ayuntamiento uno de los escasos restos visibles del monumental Convento Casa Grande de San Francisco, uno de los complejos religiosos más extensos, influyentes y significativos de la Sevilla histórica.

La Casa Grande de San Francisco

La llegada de la Orden Franciscana a Sevilla se remonta a poco después de la conquista cristiana de la ciudad por Fernando III en 1248. En torno a 1268 quedó consolidada la fundación de la Casa Grande de San Francisco, principal establecimiento franciscano de Sevilla y uno de los más importantes de Andalucía.

Este inmenso conjunto conventual ocupaba una extensión extraordinaria, abarcando gran parte del espacio que hoy conforma la Plaza Nueva y sus alrededores, delimitados aproximadamente por las actuales calles Zaragoza, Albareda, Carlos Cañal y Joaquín Guichot. Durante siglos fue mucho más que un simple convento: constituyó una auténtica ciudad religiosa dentro de Sevilla.

Grabado realizado por Pedro Tortolero en 1738 que muestra la Casa Consistorial hispalense desde la Plaza San Francisco. Al fondo se observa un remonte que pertenece al antiguo Convento de la Casa Grande de San Francisco, sito en la actual Plaza Nueva y anejo al consistorio. Por el arco situado en la parte izquierda del grabado se accedía a un atrio del convento. (ver) (CC BY 3.0)

El recinto incluía una gran iglesia conventual, numerosas capillas (algunas fuentes hablan de hasta cuarenta), varios claustros, dependencias monásticas, biblioteca, botica, jardines, cementerio, hospital, hospedería, cuadras, almacenes y amplios espacios de servicio. Además, su estratégica ubicación en el centro neurálgico de la ciudad lo convirtió en escenario habitual de celebraciones religiosas, procesiones, actos públicos y enterramientos de destacadas familias sevillanas.

A lo largo de su historia, el convento sufrió graves adversidades, entre ellas inundaciones por las frecuentes riadas del Guadalquivir, incendios devastadores en distintas épocas —especialmente en 1527, 1658 y 1716—, y los severos daños provocados durante la ocupación napoleónica a comienzos del siglo XIX. Sin embargo, el golpe definitivo llegaría con la exclaustración y desamortización de Mendizábal en 1835, que supuso la expulsión de las órdenes religiosas y la confiscación de sus bienes.

Finalmente, el colosal conjunto fue demolido a partir de 1840, desapareciendo casi por completo para dar paso a la reordenación urbana de la zona y a la futura Plaza Nueva. Con ello, Sevilla perdió uno de sus más impresionantes complejos arquitectónicos medievales y barrocos.

Convento de San Francisco a mitad de su derribo, hacia 1845. Calotipo de F. Leygonier. (ver) (CC BY 3.0)

La Capilla de San Onofre

Entre las múltiples dependencias que formaban parte del atrio del convento se encontraba la Capilla de San Onofre, fundada en 1520 como sede de la Hermandad de las Ánimas de San Onofre. Su construcción respondió a la necesidad de dotar de espacio propio a esta corporación religiosa, cuyos orígenes se remontaban a época medieval.

La hermandad estaba dedicada especialmente a la oración por las almas del Purgatorio, una de las grandes preocupaciones espirituales de la religiosidad de la época. Además de su función litúrgica, también desarrollaba importantes obras asistenciales, atendiendo a enfermos, moribundos y necesitados.

La devoción de la corporación se vinculaba a tres santos principales: San Onofre, eremita del desierto y símbolo de penitencia, San Francisco de Asís, fundador de la orden franciscana y San Roque, tradicional protector frente a epidemias.

En 1523 se añadió junto a la capilla un hospital asistencial levantado sobre un antiguo cementerio del atrio conventual, reforzando así la función benéfica de la hermandad.

Aunque sus dimensiones son reducidas en comparación con la magnitud del convento desaparecido, la capilla posee un extraordinario valor histórico y artístico. Su configuración actual responde principalmente a reformas barrocas, que enriquecieron su interior con retablos, ornamentación religiosa y una estética propia de la espiritualidad sevillana de la Edad Moderna.

El edificio conserva la atmósfera recogida de los espacios devocionales ligados a las hermandades de ánimas, con una disposición concebida para el culto, la oración y las misas votivas por los difuntos.

Tras la demolición del convento en el siglo XIX, la capilla perdió parte de sus dependencias anexas, incluyendo: El hospital de las Ánimas, la sacristía y la residencia del capellán. A pesar de ello, logró sobrevivir gracias a su continuidad cultual y a la persistencia de su hermandad propietaria.

Hoy, la Capilla de San Onofre representa una verdadera reliquia urbana. Rodeada por el dinamismo comercial y administrativo del centro de Sevilla, ofrece un espacio de silencio, espiritualidad y memoria histórica.

Desde el 20 de noviembre de 2005 alberga de forma permanente la Adoración Eucarística Perpetua. Más de seiscientos adoradores voluntarios se turnan semanalmente para mantener la presencia ininterrumpida de fieles ante el Santísimo Sacramento durante las veinticuatro horas del día. Gracias a esta actividad, la capilla permanece abierta de forma continua, siendo un lugar excepcional dentro del panorama religioso sevillano.

La Capilla de San Onofre posee un valor que trasciende sus reducidas dimensiones. Es testimonio directo de varias realidades fundamentales de la historia sevillana: El esplendor de las órdenes religiosas tras la conquista cristiana. La importancia social de las hermandades asistenciales. La religiosidad barroca vinculada a las ánimas del purgatorio. Las transformaciones urbanísticas del siglo XIX. La conservación de la memoria patrimonial frente a la desaparición monumental.

Frente a la desaparición casi total de aquel inmenso complejo, San Onofre ha permanecido como símbolo de continuidad histórica, religiosa y patrimonial. Visitarla hoy supone adentrarse en una de las pocas puertas supervivientes hacia la Sevilla conventual desaparecida, donde aún resuenan siglos de oración, caridad y memoria urbana.

EXTERIOR

La Capilla de San Onofre presenta al exterior una imagen sobria y discreta, hasta el punto de pasar fácilmente inadvertida para muchos viandantes que recorren la Plaza Nueva. Su acceso queda completamente integrado entre las fachadas de los edificios que conforman este emblemático espacio sevillano, adoptando la apariencia uniforme que caracteriza a la plaza desde su reorganización urbanística en el siglo XIX, especialmente tras las reformas de 1848.

Vista exterior

La entrada se reduce a una sencilla puerta insertada en el conjunto del caserío tradicional de dos plantas que rodea la plaza frente al Ayuntamiento. Su ubicación, junto al histórico edificio de Telefónica, contribuye a situarla en un enclave céntrico, aunque visualmente poco llamativo.

Como únicos indicios visibles de su presencia religiosa, en el exterior pueden observarse una placa ovalada donde figura el nombre de la capilla y su origen en el siglo XVII, así como una placa informativa vertical que anuncia la presencia de la Adoración Eucarística Perpetua, instaurada en este templo desde el 20 de noviembre de 2005. Esta devoción mantiene abierta la capilla las veinticuatro horas del día gracias a la participación constante de centenares de adoradores voluntarios, que se turnan semanalmente para asegurar la oración continua ante el Santísimo Sacramento.

Placa ovalada con el nombre de la capilla y su origen en el siglo XVII

Placa informativa de la presencia de la Adoración Eucarística Perpetua


El inmueble, además de albergar la propia capilla, se extiende con diversas dependencias interiores hasta la calle Joaquín Guichot, integrándose plenamente en la trama urbana del centro histórico. Así, el exterior de San Onofre constituye un ejemplo singular de templo oculto en el corazón de Sevilla, cuya sencillez arquitectónica contrasta con la intensa vida espiritual que resguarda en su interior.

INTERIOR

El interior del templo presenta una planta rectangular de una sola nave, concebida con una disposición sobria y equilibrada que favorece la sensación de amplitud y recogimiento. La nave principal, climatizada para garantizar la conservación del espacio y la comodidad de los visitantes, se extiende longitudinalmente hasta los pies del edificio, donde se sitúa un coro alto que se alza sobre el acceso principal, constituyendo un elemento destacado dentro de la organización arquitectónica.

Vista del interior de la capilla desde los pies

Vista de los pies del templo


La cubierta se resuelve mediante una bóveda de cañón, recurso característico de la arquitectura religiosa, que aporta unidad espacial y monumentalidad al conjunto. Esta bóveda aparece articulada por arcos fajones que refuerzan estructuralmente la techumbre y marcan rítmicamente la nave, mientras que los lunetos abiertos en sus laterales contribuyen a dinamizar visualmente el espacio y permiten una mejor iluminación interior.

Detalle de la cubierta

La combinación de estos elementos arquitectónicos configura un ámbito de gran armonía, donde la sencillez de la planta se ve enriquecida por la solidez de sus soluciones constructivas. El resultado es un espacio de notable serenidad, en el que la funcionalidad litúrgica se integra con una estética propia de la tradición eclesiástica.

Muro de la Epístola

Comenzamos la descripción del interior desde los pies del muro de la epístola para continuar por el Retablo Mayor y terminar con la nave del Evangelio desde la cabecera.

Muro de la Epístola

En el lado de la epístola se alza el retablo dedicado a San Laureano, una destacada obra barroca ejecutada entre 1683 y 1685 por Laureano de Segura, dentro del rico programa ornamental de la capilla. Esta estructura retablística, enriquecida posteriormente y vinculada también a Sebastián de Pineda o Pinelo en torno a 1693, refleja la evolución artística del conjunto y su importancia dentro del espacio devocional.

Retablo de San Laureano


En la calle central preside la imagen escultórica de San Laureano, atribuida con bastante probabilidad a Pedro Roldán. La figura del santo arzobispo aparece revestida de solemnidad, como patrón vinculado a Sevilla.

San Laureano

Detalle


El ático del retablo muestra un relieve de San Juan Evangelista en la isla de Patmos, contemplando la visión de la Inmaculada Concepción, una representación cargada de simbolismo teológico y mariano. 

San Juan Evangelista en la isla de Patmos

Sobre este cuerpo superior, en el sobreático, se dispone la representación de la Cabeza de San Juan Bautista, elemento de profundo sentido sacrificial que completa el mensaje espiritual del conjunto.

Cabeza de San Juan Bautista

Este retablo de San Laureano constituye una de las piezas esenciales del repertorio artístico de la capilla, tanto por la calidad de su ejecución como por la complejidad de su programa iconográfico, integrando escultura, relieve y simbolismo religioso en una composición de notable valor histórico y devocional.

Seguidamente un retablo, dedicado al “Niño Jesús”, que se llama el retablo de las Ánimas y la Virgen de la Candelaria, se caracteriza por estar revestido de azulejos y presentar en el ático la imagen de Dios Padre.

Retablo dedicado al “Niño Jesús”

Niño Jesús

Detalle 

Relieve de Dios Padre

Retablo Mayor

El retablo mayor de la capilla, realizado por Bernardo Simón de Pineda entre 1678 y 1682, constituye una de las obras más destacadas del barroco sevillano en su etapa de mayor esplendor. Su dorado fue ejecutado en 1683 por Miguel Parrilla, completando un conjunto de extraordinaria riqueza ornamental que refleja plenamente la suntuosidad característica del arte hispalense del siglo XVII. La estructura presenta un majestuoso desarrollo arquitectónico, enriquecido con un amplio camarín central y profusa decoración de columnas salomónicas, elementos que aportan dinamismo, profundidad y solemnidad al conjunto.

Retablo mayor

El programa iconográfico del retablo se organiza con gran sentido teológico y devocional. En el banco o parte inferior se dispone un relieve dedicado a las almas del Purgatorio, una representación de profundo simbolismo espiritual, acompañado a ambos lados por las figuras de San Lorenzo y San Francisco, santos vinculados a la caridad, el sacrificio y la intercesión.

Almas del Purgatorio

San Lorenzo

San Francisco

Puerta del Sagrario

La calle central está presidida por la imagen de la Inmaculada Concepción, eje devocional del retablo y advocación de especial importancia en la religiosidad sevillana, rodeada de cabezas de angelitos. 

Inmaculada Concepción

Detalle

Detalle de Querubines soportando la base de la Inmaculada

A ambos lados se sitúan las esculturas de San Fernando y San Hermenegildo, monarcas santos estrechamente ligados a la historia religiosa y política de Sevilla. Ante la imagen mariana se encuentra la custodia con la Sagrada Forma, expuesta de manera permanente, lo que refuerza el carácter eucarístico y contemplativo del espacio sagrado.

San Fernando

Detalle de San Fernando

San Hermenegildo

Detalle de San Hermenegildo

En el ático se desarrolla un relieve de la Presentación de Jesús en el Templo, escena que subraya la dimensión redentora de Cristo desde su infancia, mientras que en el sobreático culmina el programa iconográfico un relieve de Dios Padre, otorgando al conjunto una lectura ascendente que simboliza la plenitud celestial.

Presentación de Jesús en el Templo

Relieve de Dios Padre

Las esculturas del retablo, atribuidas al taller de Pedro Roldán (ver), muestran la calidad artística y expresiva propias de uno de los círculos escultóricos más influyentes de la Sevilla barroca.

Muro del Evangelio

En el lado del Evangelio se alza el notable retablo de San Onofre, una de las piezas más destacadas del conjunto artístico de la capilla. Aunque su encargo inicial, a finales del siglo XVI, recayó en Gaspar de las Cuevas, la ejecución definitiva de su arquitectura y programa decorativo se desarrolló a partir de 1604 bajo la dirección de dos de los grandes maestros del arte sevillano del Siglo de Oro: Juan Martínez Montañés, responsable de la estructura y talla del retablo, y Francisco Pacheco, autor de la policromía y de las pinturas que enriquecen su discurso iconográfico. La obra quedó concluida en 1606 y constituye un magnífico ejemplo de la colaboración entre escultura, ensamblaje y pintura. 

Retablo de San Onofre

Preside el primer cuerpo la imagen de San Onofre, tallada en 1599 por Pedro Díaz de la Cueva, donde el santo ermitaño aparece representado según su iconografía tradicional, como anciano de larga cabellera y barba, cubierto con hojas de palmera, símbolo de su vida ascética en el desierto.

San Onofre

En el segundo cuerpo se dispone una escultura de Santa Ana, fechada en el siglo XVII, acompañada lateralmente por imágenes de San José y San Antonio, ambas de autor desconocido. 

Santa Ana

San José 

San Antonio

El conjunto se completa con una serie de pinturas sobre tabla realizadas por Francisco Pacheco en 1605, que representan a diversas figuras de especial devoción: Santa Ana, San Juan Bautista, Santo Domingo, San Jerónimo, San Francisco, San Pedro Mártir y San Sebastián. Este elaborado programa visual refuerza el carácter espiritual y doctrinal del retablo, integrando modelos de santidad vinculados a la tradición cristiana.

Santa Ana

San Juan Bautista

Santo Domingo

San Jerónimo

San Francisco

San Pedro Mártir

San Sebastián

En el ático y en el intradós se observan diferentes cabezas de querubines.

Detalle del ático

En este mismo muro del Evangelio se conservan además otras obras de notable interés artístico y devocional. Destaca un relieve de la Santísima Trinidad, fechado hacia 1580, cuya factura recuerda el estilo de Jerónimo Hernández y que posiblemente formó parte de un conjunto mayor. 

Santísima Trinidad

Asimismo, se encuentran varios lienzos marianos, entre ellos una valiosa representación de la Virgen de Guadalupe realizada en el siglo XVII por el pintor novohispano Juan Correa, obra de especial relevancia por su conexión con la iconografía hispanoamericana. 

Virgen de Guadalupe

Completan este espacio el pulpito de forja y otras representaciones del Calvario y de la Virgen con la Merced, enriqueciendo aún más el patrimonio artístico y espiritual de la capilla.

Pulpito de forja

Calvario

Virgen con la Merced