lunes, 27 de abril de 2026

ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA

Tirso de Molina. 

La calle Tirso de Molina es rotulada en 1935 y se corresponde con una calle sin salida desde Moratín.

Retrato de Tirso de Molina. Antonio Manuel de Hartalejo. Biblioteca Nacional de España (Ver) (CC BY 3.0)

Tirso de Molina, seudónimo literario de fray Gabriel Téllez, fue una de las figuras esenciales del teatro del Siglo de Oro español y uno de los dramaturgos más brillantes de su tiempo, junto a Lope de Vega y Calderón de la Barca.

Bautizado en Madrid el 29 de marzo de 1579 en la parroquia de San Sebastián, nació probablemente unos días antes, el 24 de marzo, festividad de san Gabriel. Era hijo de Andrés López y Juana Téllez, modestos sirvientes vinculados a la casa de Pedro Mesía de Tovar, señor de Molina de Herrera, circunstancia que pudo influir en la elección posterior de su célebre seudónimo.

Desde joven mostró inclinación por las letras y conoció en sus años de formación universitaria en Alcalá de Henares la poderosa influencia de Lope de Vega, cuya renovación teatral defendió durante toda su vida.

En 1600 ingresó en la Orden de la Merced, profesando al año siguiente en el monasterio de San Antolín de Guadalajara. Su vocación religiosa marcó profundamente su existencia, aunque nunca sofocó su extraordinaria creatividad literaria.

Ordenado sacerdote en Toledo en 1606, cursó estudios de Artes y Teología mientras comenzaba a desarrollar una intensa actividad como escritor.

Toledo fue durante años uno de sus principales centros de residencia y creación. Allí inició una producción dramática que muy pronto alcanzó notable reconocimiento. Obras tempranas como La villana de la Sagra, El vergonzoso en palacio, El castigo del penseque o la trilogía de La santa Juana revelaron ya su ingenio para combinar humor, crítica social y profundidad psicológica. Su teatro, en especial sus comedias de enredo, destacó por la riqueza de sus personajes femeninos, dotados de inteligencia, voluntad y gran capacidad de acción, rasgo novedoso en la escena española de su época.

Sin embargo, su éxito literario también despertó recelos. Sus sátiras y comedias profanas provocaron tensiones con sectores religiosos y moralistas, obligándolo en ocasiones a retirarse temporalmente de la vida pública.

Entre 1616 y 1618 viajó a Santo Domingo en misión de su Orden, donde ejerció como profesor de Teología y amplió su conocimiento del mundo colonial, experiencia que enriquecería posteriormente varias de sus obras históricas, especialmente las relacionadas con la conquista americana.

A su regreso a España, su prestigio teatral se consolidó definitivamente. Durante la década de 1620 publicó diversas colecciones de sus comedias, aunque la Junta de Reformación impulsada por el Conde-Duque de Olivares condenó sus escritos por considerarlos moralmente peligrosos. Como consecuencia, fue apartado de Madrid y destinado a Sevilla, además de sufrir posteriores periodos de reclusión en conventos alejados. Pese a estas sanciones, nunca abandonó su vocación literaria y continuó escribiendo con notable fecundidad.

Su producción fue inmensa; aunque afirmó haber compuesto más de cuatrocientas comedias, solo una parte ha llegado hasta la actualidad. Entre sus obras más célebres figuran Don Gil de las calzas verdes, Marta la piadosa, El condenado por desconfiado y, sobre todo, El burlador de Sevilla y convidado de piedra, pieza fundamental en la creación del mito universal de Don Juan, personaje que alcanzaría proyección internacional en siglos posteriores a través de autores como Molière, Byron, Zorrilla o Mozart.

Además de dramaturgo, Tirso desempeñó importantes cargos dentro de la Orden mercedaria. Fue definidor general, cronista oficial y autor de la Historia general de la Orden de la Merced, reflejo de su compromiso institucional. En sus últimos años residió principalmente en conventos de Cataluña, Cuenca y Soria, donde ejerció funciones de responsabilidad religiosa.

Murió en Almazán, Soria, en 1648. Su legado literario permanece como uno de los más ricos, complejos y originales del Barroco español. Tirso de Molina supo unir la disciplina de su vida monástica con una imaginación desbordante, creando un teatro donde convivían el entretenimiento, la reflexión moral, la sátira social y una penetrante comprensión de la naturaleza humana. Su obra no solo enriqueció la comedia nueva, sino que dejó una huella imborrable en la literatura universal.

ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA

Ciriaco Esteban García. 

Ciriaco Esteban García, médico y escritor nacido en Santander, pero vinculado a Sevilla desde su infancia, desempeñó un papel fundamental en la historia de la asistencia sanitaria y social de la ciudad. Fue, junto a otros dos prestigiosos médicos sevillanos, uno de los impulsores del Consultorio de Niños de Pecho y Gota de Leche de Sevilla, una institución benéfica creada a comienzos del siglo XX con el propósito de combatir los elevados índices de mortalidad infantil y prestar ayuda a los sectores más vulnerables de la población sevillana.



Esta obra asistencial se convirtió en un referente en la protección de la infancia, proporcionando atención médica, alimentación adecuada y apoyo a numerosas familias sin recursos. Su labor fue esencial en una época en la que las condiciones higiénico-sanitarias y la pobreza hacían especialmente frágil la supervivencia de muchos recién nacidos. En la actualidad, el legado de aquella institución perdura a través de la Fundación Gota de Leche, heredera directa de aquella admirable iniciativa social.

Fundación Gota de Leche

Fundación Gota de Leche
Fundación Gota de Leche. Patio central

Como reconocimiento a su entrega profesional y humanitaria, el Ayuntamiento de Sevilla dedicó en 1935 una calle a su memoria, apenas un año después de su fallecimiento. Sin embargo, el azulejo que rotula esta vía presenta una curiosa incorrección iconográfica: aparece decorado con la Copa de Higía, símbolo universal de la Farmacia, representado por una serpiente enroscada en una copa.

Rotulo

Este emblema, asociado a Higía, diosa griega de la salud y la higiene, resulta inapropiado para homenajear a Ciriaco Esteban, cuya trayectoria estuvo ligada a la medicina, concretamente a la obstetricia y la puericultura, y no a la profesión farmacéutica. El símbolo que habría correspondido de forma más precisa sería la Vara de Asclepio o Esculapio, tradicional representación de la medicina, compuesta por una vara con una única serpiente enroscada. La serpiente, que muda periódicamente la piel, simboliza el rejuvenecimiento.

La Vara de Asclepio tiende a confundirse con el Caduceo de Hermes -dos serpientes rampando simétricamente alrededor de una vara coronada por dos alas-. El Caduceo de Hermes es el Símbolo del Comercio.

Asclepio, conocido por los romanos como Esculapio, era hijo del dios Apolo y fue considerado en la mitología clásica como la divinidad de la medicina y la curación. Según la tradición, recibió sus conocimientos del centauro Quirón, célebre maestro de héroes y sabio conocedor de las artes curativas. Gracias a esta formación, Asclepio alcanzó una extraordinaria habilidad para sanar enfermedades y aliviar el sufrimiento humano.

Los relatos mitológicos atribuyen a su poder facultades tan extraordinarias que, en algunos casos, llegó incluso a devolver la vida a los muertos. Esta capacidad provocó la preocupación de Hades —Plutón en la tradición romana—, soberano del inframundo, quien veía amenazado el equilibrio natural al disminuir el número de almas que llegaban a su reino.

Ante esta situación, Hades recurrió a Zeus, padre de los dioses, para denunciar el peligro que suponía alterar el orden establecido entre la vida y la muerte. Zeus, considerando que la resurrección excedía los límites permitidos a la medicina, decidió intervenir para restaurar el equilibrio cósmico, restringiendo así el poder de Asclepio exclusivamente al arte de curar, pero no al de resucitar.

De este modo, el mito simboliza la concepción antigua de la medicina como una ciencia destinada a preservar y restaurar la salud, pero sometida siempre a los límites impuestos por la naturaleza y el destino. La figura de Asclepio quedó desde entonces como emblema universal del ejercicio médico, representado por su célebre vara con una serpiente enroscada, símbolo de renovación, sabiduría y curación.

Finalmente, este singular error convierte la rotulación de la calle en uno de los pequeños “gazapos” del callejero sevillano, donde la belleza artística del azulejo contrasta con su falta de rigor histórico. Aun así, este detalle no empaña el merecido tributo rendido a un hombre cuya labor fue decisiva para mejorar la salud infantil y la asistencia social en Sevilla, dejando una huella perdurable en la historia de la ciudad.

ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA

Enrique Godínez. 

La plaza de Godínez se sitúa entre las calles Moratín y Mesón de los Caballeros, en pleno entramado histórico de Sevilla. 

La denominación actual fue establecida en 1869, por la tendencia de la época de sustituir topónimos tradicionales por otros de carácter conmemorativo.

Enrique Godínez (ver) (CC BY 3.0)

Enrique Godínez Mihura nació en Puente Genil el 4 de febrero de 1849, en el seno de una familia distinguida. Fue hijo del magistrado Antonio Godínez y Zea y de María Josefa Mihura. Desde niño destacó por su inteligencia y valentía, cualidades que llevaron a su padre a orientarlo hacia la carrera naval. Tras completar su formación en la Academia Naval de San Fernando, entonces conocida como Colegio de la Isla de San Fernando, inició sus prácticas como guardiamarina a bordo de diversos buques de la Armada española.

Su incorporación a la vida militar coincidió con el estallido del conflicto entre España y varias repúblicas sudamericanas del Pacífico, principalmente Chile y Perú, con la participación también de Bolivia y Ecuador.

La Guerra del Pacífico

Este conflicto, conocido en España como Guerra del Pacífico (leer mas) y en varios países sudamericanos como Guerra contra España, tuvo sus antecedentes en una serie de tensiones surgidas en 1863. Un año antes, el gobierno de Leopoldo O'Donnell había enviado una expedición científico-diplomática a las costas del Pacífico hispanoamericano.

El detonante se produjo en la hacienda peruana de Talambo, donde un enfrentamiento entre colonos españoles y trabajadores locales, originado por disputas agrícolas y comerciales, acabó con víctimas mortales en ambos bandos. La tensión derivada de este incidente generó una crisis diplomática de gran alcance. Ante la falta de acuerdo entre ambos países, España ocupó las islas Chincha, ricas en guano, lo que agravó la situación y condujo a una escalada militar.

En respuesta, España reforzó su presencia naval con una poderosa escuadra, integrada por varias fragatas, entre ellas la Villa de Madrid y la Numancia. Aunque en un primer momento se intentó resolver el conflicto por la vía diplomática, el creciente malestar regional llevó a Chile, Perú, Bolivia y Ecuador a declarar la guerra a España en 1865.

Bajo el mando inicial del almirante Pareja, y posteriormente de Casto Méndez Núñez (ver), la Armada española protagonizó importantes acciones bélicas, como los combates de Papudo, Abtao, Valparaíso y El Callao (leer mas). Fue durante esta campaña cuando Méndez Núñez pronunció su célebre frase: “Más vale honra sin barcos que barcos sin honra”.

La paz no llegaría hasta 1871, con la firma del acuerdo definitivo en Washington.

La actuación de Godínez

Enrique Godínez embarcó en la fragata de hélice Villa de Madrid, participando activamente en la campaña del Pacífico. Su primera gran acción tuvo lugar en la batalla naval de Abtao, el 7 de febrero de 1866, donde fue gravemente herido mientras dirigía una pieza de artillería. Un impacto enemigo alcanzó la zona en la que se encontraba, causándole lesiones de consideración en ambas piernas.

Fragata de hélice “Villa de Madrid” en la que sirvió Godínez. (ver) (CC BY 3.0)


A pesar de no haberse recuperado por completo, Godínez regresó a su puesto durante el decisivo combate de El Callao, el 2 de mayo de 1866. Según testimonios de la época, antes de entrar en combate repartió entre sus compañeros algunas de sus pertenencias personales, convencido de que no sobreviviría.

Durante la batalla, una potente granada impactó en la Villa de Madrid antes de que esta pudiera abrir fuego con toda su capacidad, provocando numerosas bajas. Entre los fallecidos se encontraba el joven guardiamarina pontanés, que murió de forma instantánea.

Su muerte, ocurrida con apenas diecisiete años, causó una profunda impresión en España y convirtió a Godínez en símbolo de sacrificio, patriotismo y valor.

La noticia de su fallecimiento motivó numerosos homenajes. En Puente Genil, su localidad natal, el Ayuntamiento decidió dedicarle una calle —la antigua calle de la Cárcel—, además de colocar un retrato y una lápida conmemorativa en dependencias municipales.

Cuadro de Godínez en el despacho del alcalde de Puente Genil. Foto realizada por Paco Diaz (ver) (CC BY 3.0)

También diversas personalidades locales promovieron actos religiosos y ceremonias en su honor, destacando la misa funeral organizada por los condes de Casa Padilla en la iglesia de la Victoria.

Su figura representa tanto el valor personal como la reflexión sobre los costes humanos de los conflictos bélicos, recordando que, detrás de las guerras y las gestas militares, siempre hay vidas truncadas y sacrificios irreparables. “Es necesario recordar la importancia de defender vidas en lugar de honra”.

Su nombre perdura igualmente en la historia naval española, como ocurrió con el buque de instrucción de la Escuela Naval de Marín que llevó durante años el nombre de Guardiamarina Godínez, perpetuando así el recuerdo de aquel joven pontanés que entregó su vida en servicio de su país.