lunes, 11 de mayo de 2026

RUTAS POR SEVILLA: Vírgenes

Virgen de la Misericordia.

La advocación de la Virgen de la Misericordia ocupa un lugar singular dentro de la espiritualidad mariana, pues presenta a María como madre compasiva y refugio de los hombres en los momentos de sufrimiento, guerra y desolación. Bajo esta advocación, la Virgen aparece como intercesora ante Dios, suplicando clemencia para la humanidad y recordando que la misericordia divina debe prevalecer sobre el castigo. Su mensaje, profundamente evangélico, se resume en unas palabras que con el paso de los siglos se convertirían en emblema de esta devoción: “Misericordia quiero y no justicia”.

El origen y expansión de esta advocación quedaron estrechamente vinculados a los acontecimientos ocurridos en la ciudad italiana de Savona durante el siglo XVI. Aquella población atravesaba entonces una etapa de enorme sufrimiento. En torno a 1530, las rivalidades políticas y económicas provocaron el ataque de los genoveses, que arrasaron buena parte de la ciudad, expulsaron a muchos de sus hombres más destacados y sembraron la miseria entre la población. En medio de aquel panorama de destrucción, los habitantes de Savona depositaron su confianza en la protección de la Virgen María, implorando consuelo y ayuda.

Fue en este contexto cuando tuvieron lugar las célebres apariciones marianas de 1536. El protagonista de aquellos sucesos fue un humilde campesino llamado Antonio Botta. En la madrugada del 18 de marzo, mientras descendía al valle de San Bernardo para lavarse en las aguas del arroyo Letimbro, se vio rodeado por una intensa claridad. En medio de aquel resplandor escuchó una voz que le decía que no tuviera miedo. Ante él apareció una Señora revestida de blancura celestial que se identificó como la Virgen María.

La aparición transmitió un mensaje de penitencia y conversión dirigido a toda la ciudad. María pidió que el pueblo ayunara durante tres sábados consecutivos y que se realizaran procesiones en honor de Dios y de su Madre. También exhortó a los fieles a cambiar de vida y a abandonar el pecado, pues el mundo se hallaba amenazado por sus propias maldades. Antonio, impresionado por la experiencia, acudió inmediatamente a su párroco y relató entre lágrimas cuanto había visto. La sinceridad y sencillez del campesino hicieron que las autoridades eclesiásticas tomaran muy en serio sus palabras.

La segunda aparición tuvo lugar el 8 de abril de aquel mismo año. Antonio regresó obedientemente al lugar señalado y, mientras oraba de rodillas, volvió a contemplar un resplandor aún más intenso que el primero. En esta ocasión vio con claridad a la Virgen revestida con túnica y manto blancos, coronada como Reina de Misericordia. María reiteró sus peticiones de ayuno, oración y penitencia, insistiendo en que el pueblo debía corregir su conducta y acercarse nuevamente a Dios.

Antonio pidió entonces una señal para que todos pudieran creer en sus palabras. La Virgen respondió que ya había concedido una prueba interior suficiente y añadió la frase que marcaría para siempre esta devoción. Levantando sus manos hacia el cielo, bendijo tres veces las aguas del arroyo mientras repetía solemnemente: “Misericordia y no justicia”. Según la tradición, después de desaparecer quedó en el lugar una suave fragancia que los presentes interpretaron como signo de la presencia celestial.

La noticia se extendió rápidamente por Savona y produjo una profunda conmoción religiosa. El pueblo acudió en masa al lugar de las apariciones, multiplicándose las muestras de devoción y agradecimiento hacia la Virgen. Muy pronto comenzaron las obras de un pequeño oratorio levantado junto al arroyo, inaugurado pocas semanas después. Sin embargo, la creciente afluencia de peregrinos impulsó la construcción de un gran santuario dedicado a la Madre de Misericordia, convertido desde entonces en uno de los principales centros de peregrinación mariana del norte de Italia.

La devoción no se limitó únicamente al templo. Junto al santuario se edificó también un hogar destinado a pobres y enfermos, reflejo del espíritu caritativo y protector asociado a esta advocación. El camino hacia el santuario fue adornado con pequeñas capillas para acompañar la oración de los peregrinos que acudían a venerar a la Virgen.

Con el paso de los siglos, numerosos pontífices manifestaron su veneración hacia la Virgen de la Misericordia. El primero en visitar el santuario fue el papa Pablo III en 1538. Más tarde, durante las guerras napoleónicas, el santuario vivió momentos difíciles cuando la imagen mariana fue despojada de sus coronas y joyas. Años después, el papa Pío VII, que había permanecido cautivo de Napoleón en Savona, quiso corresponder al cariño del pueblo realizando la solemne coronación de la imagen el 10 de mayo de 1815.

Desde entonces, la Virgen de la Misericordia ha sido venerada como madre protectora, defensora de los débiles y esperanza de quienes sufren. Bajo esa imagen maternal, generaciones enteras han encontrado consuelo espiritual, viendo en María a la mediadora que intercede por la humanidad y recuerda continuamente la infinita compasión de Dios.

Iglesia del Sagrario

En el brazo de la epístola del crucero se alza uno de los más sobresalientes conjuntos retablísticos del barroco tardío hispalense: un monumental retablo marmóreo concebido como expresión de magnificencia litúrgica y profunda devoción mariana.

Retablo

La hornacina central está presidida por una bellísima imagen mariana bajo la advocación de la Virgen de la Misericordia o Virgen con el Niño, representación de intensa dulzura maternal y solemne elegancia. La talla resume el ideal barroco de exaltación de María como mediadora y protectora de los fieles. La figura de la Virgen sostiene al Niño Jesús, subrayando el misterio de la Encarnación y el papel redentor de Cristo.

Virgen de la Misericordia

Detalle de la Virgen de la Misericordia

Detalle de la Virgen de la Misericordia

Detalle de querubines a los pies

Las esculturas fueron contratadas en 1749 con Cayetano de Acosta (ver), uno de los grandes artífices del barroco sevillano, aunque algunas imágenes pudieron integrarse a partir de donaciones anteriores vinculadas al legado de fray Pedro de Tapia.