AREA CENTRO 1
Capilla de San Onofre.
HISTORIA
En pleno corazón de Sevilla, en el lateral de la actual
Plaza Nueva y dentro del histórico barrio del Arenal, se conserva uno de los
vestigios más valiosos del pasado conventual de la ciudad: la Capilla de San
Onofre, también conocida históricamente como Capilla de las Ánimas. Este
pequeño templo, integrado hoy entre edificios modernos y el bullicio urbano del
centro, constituye junto al Arquillo del Ayuntamiento uno de los escasos restos
visibles del monumental Convento Casa Grande de San Francisco, uno de los
complejos religiosos más extensos, influyentes y significativos de la Sevilla
histórica.
La Casa Grande de San Francisco
La llegada de la Orden Franciscana a Sevilla se
remonta a poco después de la conquista cristiana de la ciudad por Fernando III
en 1248. En torno a 1268 quedó consolidada la fundación de la Casa Grande de
San Francisco, principal establecimiento franciscano de Sevilla y uno de los
más importantes de Andalucía.
Este inmenso conjunto conventual ocupaba una extensión
extraordinaria, abarcando gran parte del espacio que hoy conforma la Plaza
Nueva y sus alrededores, delimitados aproximadamente por las actuales calles
Zaragoza, Albareda, Carlos Cañal y Joaquín Guichot. Durante siglos fue mucho
más que un simple convento: constituyó una auténtica ciudad religiosa dentro de
Sevilla.
El recinto incluía una gran iglesia conventual,
numerosas capillas (algunas fuentes hablan de hasta cuarenta), varios
claustros, dependencias monásticas, biblioteca, botica, jardines, cementerio,
hospital, hospedería, cuadras, almacenes y amplios espacios de servicio.
Además, su estratégica ubicación en el centro neurálgico de la ciudad lo
convirtió en escenario habitual de celebraciones religiosas, procesiones, actos
públicos y enterramientos de destacadas familias sevillanas.
A lo largo de su historia, el convento sufrió graves
adversidades, entre ellas inundaciones por las frecuentes riadas del
Guadalquivir, incendios devastadores en distintas épocas —especialmente en
1527, 1658 y 1716—, y los severos daños provocados durante la ocupación
napoleónica a comienzos del siglo XIX. Sin embargo, el golpe definitivo
llegaría con la exclaustración y desamortización de Mendizábal en 1835, que
supuso la expulsión de las órdenes religiosas y la confiscación de sus bienes.
Finalmente, el colosal conjunto fue demolido a partir
de 1840, desapareciendo casi por completo para dar paso a la reordenación
urbana de la zona y a la futura Plaza Nueva. Con ello, Sevilla perdió uno de
sus más impresionantes complejos arquitectónicos medievales y barrocos.
Convento
de San Francisco a mitad de su derribo, hacia 1845. Calotipo de F. Leygonier. (ver)
(CC BY 3.0)
La Capilla de San Onofre
Entre las múltiples dependencias que formaban parte
del atrio del convento se encontraba la Capilla de San Onofre, fundada en 1520
como sede de la Hermandad de las Ánimas de San Onofre. Su construcción
respondió a la necesidad de dotar de espacio propio a esta corporación
religiosa, cuyos orígenes se remontaban a época medieval.
La hermandad estaba dedicada especialmente a la oración
por las almas del Purgatorio, una de las grandes preocupaciones espirituales de
la religiosidad de la época. Además de su función litúrgica, también
desarrollaba importantes obras asistenciales, atendiendo a enfermos, moribundos
y necesitados.
La devoción de la corporación se vinculaba a tres
santos principales: San Onofre, eremita del desierto y símbolo de penitencia, San
Francisco de Asís, fundador de la orden franciscana y San Roque, tradicional
protector frente a epidemias.
En 1523 se añadió junto a la capilla un hospital
asistencial levantado sobre un antiguo cementerio del atrio conventual,
reforzando así la función benéfica de la hermandad.
Aunque sus dimensiones son reducidas en comparación
con la magnitud del convento desaparecido, la capilla posee un extraordinario
valor histórico y artístico. Su configuración actual responde principalmente a
reformas barrocas, que enriquecieron su interior con retablos, ornamentación
religiosa y una estética propia de la espiritualidad sevillana de la Edad
Moderna.
El edificio conserva la atmósfera recogida de los
espacios devocionales ligados a las hermandades de ánimas, con una disposición
concebida para el culto, la oración y las misas votivas por los difuntos.
Tras la demolición del convento en el siglo XIX, la
capilla perdió parte de sus dependencias anexas, incluyendo: El hospital de las
Ánimas, la sacristía y la residencia del capellán. A pesar de ello, logró
sobrevivir gracias a su continuidad cultual y a la persistencia de su hermandad
propietaria.
Hoy, la Capilla de San Onofre representa una verdadera
reliquia urbana. Rodeada por el dinamismo comercial y administrativo del centro
de Sevilla, ofrece un espacio de silencio, espiritualidad y memoria histórica.
Desde el 20 de noviembre de 2005 alberga de forma
permanente la Adoración Eucarística Perpetua. Más de seiscientos adoradores
voluntarios se turnan semanalmente para mantener la presencia ininterrumpida de
fieles ante el Santísimo Sacramento durante las veinticuatro horas del día. Gracias
a esta actividad, la capilla permanece abierta de forma continua, siendo un lugar
excepcional dentro del panorama religioso sevillano.
La Capilla de San Onofre posee un valor que trasciende
sus reducidas dimensiones. Es testimonio directo de varias realidades
fundamentales de la historia sevillana: El esplendor de las órdenes religiosas
tras la conquista cristiana. La importancia social de las hermandades
asistenciales. La religiosidad barroca vinculada a las ánimas del purgatorio. Las
transformaciones urbanísticas del siglo XIX. La conservación de la memoria
patrimonial frente a la desaparición monumental.
Frente a la desaparición casi total de aquel inmenso
complejo, San Onofre ha permanecido como símbolo de continuidad histórica,
religiosa y patrimonial. Visitarla hoy supone adentrarse en una de las pocas
puertas supervivientes hacia la Sevilla conventual desaparecida, donde aún
resuenan siglos de oración, caridad y memoria urbana.
EXTERIOR
La Capilla de
San Onofre presenta al exterior una imagen sobria y discreta, hasta el punto de
pasar fácilmente inadvertida para muchos viandantes que recorren la Plaza
Nueva. Su acceso queda completamente integrado entre las fachadas de los edificios
que conforman este emblemático espacio sevillano, adoptando la apariencia
uniforme que caracteriza a la plaza desde su reorganización urbanística en el
siglo XIX, especialmente tras las reformas de 1848.
Vista exterior
La entrada se reduce a una sencilla
puerta insertada en el conjunto del caserío tradicional de dos plantas que
rodea la plaza frente al Ayuntamiento. Su ubicación, junto al histórico
edificio de Telefónica, contribuye a situarla en un enclave céntrico, aunque
visualmente poco llamativo.
Como únicos
indicios visibles de su presencia religiosa, en el exterior pueden observarse
una placa ovalada donde figura el nombre de la capilla y su origen en el siglo
XVII, así como una placa informativa vertical que anuncia la presencia de la
Adoración Eucarística Perpetua, instaurada en este templo desde el 20 de
noviembre de 2005. Esta devoción mantiene abierta la capilla las veinticuatro
horas del día gracias a la participación constante de centenares de adoradores
voluntarios, que se turnan semanalmente para asegurar la oración continua ante
el Santísimo Sacramento.
Placa ovalada con el
nombre de la capilla y su origen en el siglo XVII
Placa informativa de
la presencia de la Adoración Eucarística Perpetua
El inmueble,
además de albergar la propia capilla, se extiende con diversas dependencias
interiores hasta la calle Joaquín Guichot, integrándose plenamente en la trama
urbana del centro histórico. Así, el exterior de San Onofre constituye un
ejemplo singular de templo oculto en el corazón de Sevilla, cuya sencillez
arquitectónica contrasta con la intensa vida espiritual que resguarda en su
interior.
INTERIOR
El interior
del templo presenta una planta rectangular de una sola nave, concebida con una
disposición sobria y equilibrada que favorece la sensación de amplitud y
recogimiento. La nave principal, climatizada para garantizar la conservación
del espacio y la comodidad de los visitantes, se extiende longitudinalmente
hasta los pies del edificio, donde se sitúa un coro alto que se alza sobre el
acceso principal, constituyendo un elemento destacado dentro de la organización
arquitectónica.
Vista del interior
de la capilla desde los pies
Vista de los pies
del templo
La cubierta
se resuelve mediante una bóveda de cañón, recurso característico de la
arquitectura religiosa, que aporta unidad espacial y monumentalidad al
conjunto. Esta bóveda aparece articulada por arcos fajones que refuerzan
estructuralmente la techumbre y marcan rítmicamente la nave, mientras que los
lunetos abiertos en sus laterales contribuyen a dinamizar visualmente el
espacio y permiten una mejor iluminación interior.
Detalle de la cubierta
La combinación de estos elementos arquitectónicos configura
un ámbito de gran armonía, donde la sencillez de la planta se ve enriquecida
por la solidez de sus soluciones constructivas. El resultado es un espacio de
notable serenidad, en el que la funcionalidad litúrgica se integra con una
estética propia de la tradición eclesiástica.
Muro de la Epístola
Comenzamos la
descripción del interior desde los pies del muro de la epístola para continuar
por el Retablo Mayor y terminar con la nave del Evangelio desde la cabecera.
Muro de la Epístola
En el lado de
la epístola se alza el retablo dedicado a San Laureano, una destacada obra
barroca ejecutada entre 1683 y 1685 por Laureano de Segura, dentro del rico
programa ornamental de la capilla. Esta estructura retablística, enriquecida
posteriormente y vinculada también a Sebastián de Pineda o Pinelo en torno a
1693, refleja la evolución artística del conjunto y su importancia dentro del
espacio devocional.
Retablo de San Laureano
En la calle
central preside la imagen escultórica de San Laureano, atribuida con bastante
probabilidad a Pedro Roldán. La figura del santo arzobispo aparece revestida de
solemnidad, como patrón vinculado a Sevilla.
San Laureano
Detalle
El ático del retablo
muestra un relieve de San Juan Evangelista en la isla de Patmos, contemplando
la visión de la Inmaculada Concepción, una representación cargada de simbolismo
teológico y mariano.
San Juan Evangelista
en la isla de Patmos
Sobre este
cuerpo superior, en el sobreático, se dispone la representación de la Cabeza de
San Juan Bautista, elemento de profundo sentido sacrificial que completa el
mensaje espiritual del conjunto.
Cabeza de San Juan
Bautista
Este retablo de San Laureano constituye una de las piezas
esenciales del repertorio artístico de la capilla, tanto por la calidad de su
ejecución como por la complejidad de su programa iconográfico, integrando
escultura, relieve y simbolismo religioso en una composición de notable valor
histórico y devocional.
Seguidamente un retablo,
dedicado al “Niño Jesús”, que se llama el
retablo de las Ánimas y la Virgen de la Candelaria, se caracteriza por estar
revestido de azulejos y
presentar en el ático la imagen de Dios Padre.
Retablo
dedicado al “Niño Jesús”
Niño
Jesús
Detalle
Relieve de Dios Padre
Retablo Mayor
El retablo mayor
de la capilla, realizado por Bernardo Simón de Pineda entre 1678 y 1682,
constituye una de las obras más destacadas del barroco sevillano en su etapa de
mayor esplendor. Su dorado fue ejecutado en 1683 por Miguel Parrilla,
completando un conjunto de extraordinaria riqueza ornamental que refleja
plenamente la suntuosidad característica del arte hispalense del siglo XVII. La
estructura presenta un majestuoso desarrollo arquitectónico, enriquecido con un
amplio camarín central y profusa decoración de columnas salomónicas, elementos
que aportan dinamismo, profundidad y solemnidad al conjunto.
Retablo mayor
El programa iconográfico del retablo se
organiza con gran sentido teológico y devocional. En el banco o parte inferior
se dispone un relieve dedicado a las almas del Purgatorio, una representación
de profundo simbolismo espiritual, acompañado a ambos lados por las figuras de
San Lorenzo y San Francisco, santos vinculados a la caridad, el sacrificio y la
intercesión.
Almas del Purgatorio
San Lorenzo
San Francisco
Puerta del Sagrario
La calle central está presidida por la
imagen de la Inmaculada Concepción, eje devocional del retablo y advocación de
especial importancia en la religiosidad sevillana, rodeada de cabezas de angelitos.
Inmaculada Concepción
Detalle
Detalle de Querubines soportando la base de la Inmaculada
A ambos lados
se sitúan las esculturas de San Fernando y San Hermenegildo, monarcas santos
estrechamente ligados a la historia religiosa y política de Sevilla. Ante la
imagen mariana se encuentra la custodia con la Sagrada Forma, expuesta de
manera permanente, lo que refuerza el carácter eucarístico y contemplativo del
espacio sagrado.
San Fernando
Detalle de San Fernando
San Hermenegildo
Detalle de San Hermenegildo
En el ático se desarrolla un relieve de
la Presentación de Jesús en el Templo, escena que subraya la dimensión
redentora de Cristo desde su infancia, mientras que en el sobreático culmina el
programa iconográfico un relieve de Dios Padre, otorgando al conjunto una
lectura ascendente que simboliza la plenitud celestial.
Presentación de Jesús en el Templo
Relieve de Dios Padre
Las esculturas del retablo, atribuidas
al taller de Pedro Roldán (ver), muestran la calidad artística y expresiva propias de
uno de los círculos escultóricos más influyentes de la Sevilla barroca.
Muro del Evangelio
En el lado del Evangelio se alza el
notable retablo de San Onofre, una de las piezas más destacadas del conjunto
artístico de la capilla. Aunque su encargo inicial, a finales del siglo XVI,
recayó en Gaspar de las Cuevas, la ejecución definitiva de su arquitectura y
programa decorativo se desarrolló a partir de 1604 bajo la dirección de dos de
los grandes maestros del arte sevillano del Siglo de Oro: Juan Martínez
Montañés, responsable de la estructura y talla del retablo, y Francisco
Pacheco, autor de la policromía y de las pinturas que enriquecen su discurso
iconográfico. La obra quedó concluida en 1606 y constituye un magnífico ejemplo
de la colaboración entre escultura, ensamblaje y pintura.
Retablo de San Onofre
Preside el primer cuerpo la imagen de
San Onofre, tallada en 1599 por Pedro Díaz de la Cueva, donde el santo ermitaño
aparece representado según su iconografía tradicional, como anciano de larga
cabellera y barba, cubierto con hojas de palmera, símbolo de su vida ascética en
el desierto.
San Onofre
En el segundo cuerpo se dispone una
escultura de Santa Ana, fechada en el siglo XVII, acompañada lateralmente por
imágenes de San José y San Antonio, ambas de autor desconocido.
Santa Ana
San José
San Antonio
El conjunto se completa con una serie
de pinturas sobre tabla realizadas por Francisco Pacheco en 1605, que
representan a diversas figuras de especial devoción: Santa Ana, San Juan
Bautista, Santo Domingo, San Jerónimo, San Francisco, San Pedro Mártir y San
Sebastián. Este elaborado programa visual refuerza el carácter espiritual y doctrinal
del retablo, integrando modelos de santidad vinculados a la tradición
cristiana.
Santa Ana
San Juan Bautista
Santo Domingo
San Jerónimo
San Francisco
San Pedro Mártir
San Sebastián
En el ático y en el intradós se
observan diferentes cabezas de querubines.
Detalle del ático
En este mismo muro del Evangelio se
conservan además otras obras de notable interés artístico y devocional. Destaca
un relieve de la Santísima Trinidad, fechado hacia 1580, cuya factura recuerda
el estilo de Jerónimo Hernández y que posiblemente formó parte de un conjunto
mayor.
Santísima Trinidad
Asimismo, se encuentran varios lienzos
marianos, entre ellos una valiosa representación de la Virgen de Guadalupe
realizada en el siglo XVII por el pintor novohispano Juan Correa, obra de
especial relevancia por su conexión con la iconografía hispanoamericana.
Virgen de Guadalupe
Completan este espacio el pulpito de
forja y otras representaciones del Calvario y de la Virgen con la Merced,
enriqueciendo aún más el patrimonio artístico y espiritual de la capilla.
Pulpito de forja
Calvario
Virgen con la Merced

