jueves, 30 de abril de 2026

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Capilla de San Onofre.

HISTORIA

En pleno corazón de Sevilla, en el lateral de la actual Plaza Nueva y dentro del histórico barrio del Arenal, se conserva uno de los vestigios más valiosos del pasado conventual de la ciudad: la Capilla de San Onofre, también conocida históricamente como Capilla de las Ánimas. Este pequeño templo, integrado hoy entre edificios modernos y el bullicio urbano del centro, constituye junto al Arquillo del Ayuntamiento uno de los escasos restos visibles del monumental Convento Casa Grande de San Francisco, uno de los complejos religiosos más extensos, influyentes y significativos de la Sevilla histórica.

La Casa Grande de San Francisco

La llegada de la Orden Franciscana a Sevilla se remonta a poco después de la conquista cristiana de la ciudad por Fernando III en 1248. En torno a 1268 quedó consolidada la fundación de la Casa Grande de San Francisco, principal establecimiento franciscano de Sevilla y uno de los más importantes de Andalucía.

Este inmenso conjunto conventual ocupaba una extensión extraordinaria, abarcando gran parte del espacio que hoy conforma la Plaza Nueva y sus alrededores, delimitados aproximadamente por las actuales calles Zaragoza, Albareda, Carlos Cañal y Joaquín Guichot. Durante siglos fue mucho más que un simple convento: constituyó una auténtica ciudad religiosa dentro de Sevilla.

Grabado realizado por Pedro Tortolero en 1738 que muestra la Casa Consistorial hispalense desde la Plaza San Francisco. Al fondo se observa un remonte que pertenece al antiguo Convento de la Casa Grande de San Francisco, sito en la actual Plaza Nueva y anejo al consistorio. Por el arco situado en la parte izquierda del grabado se accedía a un atrio del convento. (ver) (CC BY 3.0)

El recinto incluía una gran iglesia conventual, numerosas capillas (algunas fuentes hablan de hasta cuarenta), varios claustros, dependencias monásticas, biblioteca, botica, jardines, cementerio, hospital, hospedería, cuadras, almacenes y amplios espacios de servicio. Además, su estratégica ubicación en el centro neurálgico de la ciudad lo convirtió en escenario habitual de celebraciones religiosas, procesiones, actos públicos y enterramientos de destacadas familias sevillanas.

A lo largo de su historia, el convento sufrió graves adversidades, entre ellas inundaciones por las frecuentes riadas del Guadalquivir, incendios devastadores en distintas épocas —especialmente en 1527, 1658 y 1716—, y los severos daños provocados durante la ocupación napoleónica a comienzos del siglo XIX. Sin embargo, el golpe definitivo llegaría con la exclaustración y desamortización de Mendizábal en 1835, que supuso la expulsión de las órdenes religiosas y la confiscación de sus bienes.

Finalmente, el colosal conjunto fue demolido a partir de 1840, desapareciendo casi por completo para dar paso a la reordenación urbana de la zona y a la futura Plaza Nueva. Con ello, Sevilla perdió uno de sus más impresionantes complejos arquitectónicos medievales y barrocos.

Convento de San Francisco a mitad de su derribo, hacia 1845. Calotipo de F. Leygonier. (ver) (CC BY 3.0)

La Capilla de San Onofre

Entre las múltiples dependencias que formaban parte del atrio del convento se encontraba la Capilla de San Onofre, fundada en 1520 como sede de la Hermandad de las Ánimas de San Onofre. Su construcción respondió a la necesidad de dotar de espacio propio a esta corporación religiosa, cuyos orígenes se remontaban a época medieval.

La hermandad estaba dedicada especialmente a la oración por las almas del Purgatorio, una de las grandes preocupaciones espirituales de la religiosidad de la época. Además de su función litúrgica, también desarrollaba importantes obras asistenciales, atendiendo a enfermos, moribundos y necesitados.

La devoción de la corporación se vinculaba a tres santos principales: San Onofre, eremita del desierto y símbolo de penitencia, San Francisco de Asís, fundador de la orden franciscana y San Roque, tradicional protector frente a epidemias.

En 1523 se añadió junto a la capilla un hospital asistencial levantado sobre un antiguo cementerio del atrio conventual, reforzando así la función benéfica de la hermandad.

Aunque sus dimensiones son reducidas en comparación con la magnitud del convento desaparecido, la capilla posee un extraordinario valor histórico y artístico. Su configuración actual responde principalmente a reformas barrocas, que enriquecieron su interior con retablos, ornamentación religiosa y una estética propia de la espiritualidad sevillana de la Edad Moderna.

El edificio conserva la atmósfera recogida de los espacios devocionales ligados a las hermandades de ánimas, con una disposición concebida para el culto, la oración y las misas votivas por los difuntos.

Tras la demolición del convento en el siglo XIX, la capilla perdió parte de sus dependencias anexas, incluyendo: El hospital de las Ánimas, la sacristía y la residencia del capellán. A pesar de ello, logró sobrevivir gracias a su continuidad cultual y a la persistencia de su hermandad propietaria.

Hoy, la Capilla de San Onofre representa una verdadera reliquia urbana. Rodeada por el dinamismo comercial y administrativo del centro de Sevilla, ofrece un espacio de silencio, espiritualidad y memoria histórica.

Desde el 20 de noviembre de 2005 alberga de forma permanente la Adoración Eucarística Perpetua. Más de seiscientos adoradores voluntarios se turnan semanalmente para mantener la presencia ininterrumpida de fieles ante el Santísimo Sacramento durante las veinticuatro horas del día. Gracias a esta actividad, la capilla permanece abierta de forma continua, siendo un lugar excepcional dentro del panorama religioso sevillano.

La Capilla de San Onofre posee un valor que trasciende sus reducidas dimensiones. Es testimonio directo de varias realidades fundamentales de la historia sevillana: El esplendor de las órdenes religiosas tras la conquista cristiana. La importancia social de las hermandades asistenciales. La religiosidad barroca vinculada a las ánimas del purgatorio. Las transformaciones urbanísticas del siglo XIX. La conservación de la memoria patrimonial frente a la desaparición monumental.

Frente a la desaparición casi total de aquel inmenso complejo, San Onofre ha permanecido como símbolo de continuidad histórica, religiosa y patrimonial. Visitarla hoy supone adentrarse en una de las pocas puertas supervivientes hacia la Sevilla conventual desaparecida, donde aún resuenan siglos de oración, caridad y memoria urbana.

EXTERIOR

La Capilla de San Onofre presenta al exterior una imagen sobria y discreta, hasta el punto de pasar fácilmente inadvertida para muchos viandantes que recorren la Plaza Nueva. Su acceso queda completamente integrado entre las fachadas de los edificios que conforman este emblemático espacio sevillano, adoptando la apariencia uniforme que caracteriza a la plaza desde su reorganización urbanística en el siglo XIX, especialmente tras las reformas de 1848.

Vista exterior

La entrada se reduce a una sencilla puerta insertada en el conjunto del caserío tradicional de dos plantas que rodea la plaza frente al Ayuntamiento. Su ubicación, junto al histórico edificio de Telefónica, contribuye a situarla en un enclave céntrico, aunque visualmente poco llamativo.

Como únicos indicios visibles de su presencia religiosa, en el exterior pueden observarse una placa ovalada donde figura el nombre de la capilla y su origen en el siglo XVII, así como una placa informativa vertical que anuncia la presencia de la Adoración Eucarística Perpetua, instaurada en este templo desde el 20 de noviembre de 2005. Esta devoción mantiene abierta la capilla las veinticuatro horas del día gracias a la participación constante de centenares de adoradores voluntarios, que se turnan semanalmente para asegurar la oración continua ante el Santísimo Sacramento.

Placa ovalada con el nombre de la capilla y su origen en el siglo XVII

Placa informativa de la presencia de la Adoración Eucarística Perpetua


El inmueble, además de albergar la propia capilla, se extiende con diversas dependencias interiores hasta la calle Joaquín Guichot, integrándose plenamente en la trama urbana del centro histórico. Así, el exterior de San Onofre constituye un ejemplo singular de templo oculto en el corazón de Sevilla, cuya sencillez arquitectónica contrasta con la intensa vida espiritual que resguarda en su interior.

INTERIOR

El interior del templo presenta una planta rectangular de una sola nave, concebida con una disposición sobria y equilibrada que favorece la sensación de amplitud y recogimiento. La nave principal, climatizada para garantizar la conservación del espacio y la comodidad de los visitantes, se extiende longitudinalmente hasta los pies del edificio, donde se sitúa un coro alto que se alza sobre el acceso principal, constituyendo un elemento destacado dentro de la organización arquitectónica.

Vista del interior de la capilla desde los pies

Vista de los pies del templo


La cubierta se resuelve mediante una bóveda de cañón, recurso característico de la arquitectura religiosa, que aporta unidad espacial y monumentalidad al conjunto. Esta bóveda aparece articulada por arcos fajones que refuerzan estructuralmente la techumbre y marcan rítmicamente la nave, mientras que los lunetos abiertos en sus laterales contribuyen a dinamizar visualmente el espacio y permiten una mejor iluminación interior.

Detalle de la cubierta

La combinación de estos elementos arquitectónicos configura un ámbito de gran armonía, donde la sencillez de la planta se ve enriquecida por la solidez de sus soluciones constructivas. El resultado es un espacio de notable serenidad, en el que la funcionalidad litúrgica se integra con una estética propia de la tradición eclesiástica.

Muro de la Epístola

Comenzamos la descripción del interior desde los pies del muro de la epístola para continuar por el Retablo Mayor y terminar con la nave del Evangelio desde la cabecera.

Muro de la Epístola

En el lado de la epístola se alza el retablo dedicado a San Laureano, una destacada obra barroca ejecutada entre 1683 y 1685 por Laureano de Segura, dentro del rico programa ornamental de la capilla. Esta estructura retablística, enriquecida posteriormente y vinculada también a Sebastián de Pineda o Pinelo en torno a 1693, refleja la evolución artística del conjunto y su importancia dentro del espacio devocional.

Retablo de San Laureano


En la calle central preside la imagen escultórica de San Laureano, atribuida con bastante probabilidad a Pedro Roldán. La figura del santo arzobispo aparece revestida de solemnidad, como patrón vinculado a Sevilla.

San Laureano

Detalle


El ático del retablo muestra un relieve de San Juan Evangelista en la isla de Patmos, contemplando la visión de la Inmaculada Concepción, una representación cargada de simbolismo teológico y mariano. 

San Juan Evangelista en la isla de Patmos

Sobre este cuerpo superior, en el sobreático, se dispone la representación de la Cabeza de San Juan Bautista, elemento de profundo sentido sacrificial que completa el mensaje espiritual del conjunto.

Cabeza de San Juan Bautista

Este retablo de San Laureano constituye una de las piezas esenciales del repertorio artístico de la capilla, tanto por la calidad de su ejecución como por la complejidad de su programa iconográfico, integrando escultura, relieve y simbolismo religioso en una composición de notable valor histórico y devocional.

Seguidamente un retablo, dedicado al “Niño Jesús”, que se llama el retablo de las Ánimas y la Virgen de la Candelaria, se caracteriza por estar revestido de azulejos y presentar en el ático la imagen de Dios Padre.

Retablo dedicado al “Niño Jesús”

Niño Jesús

Detalle 

Relieve de Dios Padre

Retablo Mayor

El retablo mayor de la capilla, realizado por Bernardo Simón de Pineda entre 1678 y 1682, constituye una de las obras más destacadas del barroco sevillano en su etapa de mayor esplendor. Su dorado fue ejecutado en 1683 por Miguel Parrilla, completando un conjunto de extraordinaria riqueza ornamental que refleja plenamente la suntuosidad característica del arte hispalense del siglo XVII. La estructura presenta un majestuoso desarrollo arquitectónico, enriquecido con un amplio camarín central y profusa decoración de columnas salomónicas, elementos que aportan dinamismo, profundidad y solemnidad al conjunto.

Retablo mayor

El programa iconográfico del retablo se organiza con gran sentido teológico y devocional. En el banco o parte inferior se dispone un relieve dedicado a las almas del Purgatorio, una representación de profundo simbolismo espiritual, acompañado a ambos lados por las figuras de San Lorenzo y San Francisco, santos vinculados a la caridad, el sacrificio y la intercesión.

Almas del Purgatorio

San Lorenzo

San Francisco

Puerta del Sagrario

La calle central está presidida por la imagen de la Inmaculada Concepción, eje devocional del retablo y advocación de especial importancia en la religiosidad sevillana, rodeada de cabezas de angelitos. 

Inmaculada Concepción

Detalle

Detalle de Querubines soportando la base de la Inmaculada

A ambos lados se sitúan las esculturas de San Fernando y San Hermenegildo, monarcas santos estrechamente ligados a la historia religiosa y política de Sevilla. Ante la imagen mariana se encuentra la custodia con la Sagrada Forma, expuesta de manera permanente, lo que refuerza el carácter eucarístico y contemplativo del espacio sagrado.

San Fernando

Detalle de San Fernando

San Hermenegildo

Detalle de San Hermenegildo

En el ático se desarrolla un relieve de la Presentación de Jesús en el Templo, escena que subraya la dimensión redentora de Cristo desde su infancia, mientras que en el sobreático culmina el programa iconográfico un relieve de Dios Padre, otorgando al conjunto una lectura ascendente que simboliza la plenitud celestial.

Presentación de Jesús en el Templo

Relieve de Dios Padre

Las esculturas del retablo, atribuidas al taller de Pedro Roldán (ver), muestran la calidad artística y expresiva propias de uno de los círculos escultóricos más influyentes de la Sevilla barroca.

Muro del Evangelio

En el lado del Evangelio se alza el notable retablo de San Onofre, una de las piezas más destacadas del conjunto artístico de la capilla. Aunque su encargo inicial, a finales del siglo XVI, recayó en Gaspar de las Cuevas, la ejecución definitiva de su arquitectura y programa decorativo se desarrolló a partir de 1604 bajo la dirección de dos de los grandes maestros del arte sevillano del Siglo de Oro: Juan Martínez Montañés, responsable de la estructura y talla del retablo, y Francisco Pacheco, autor de la policromía y de las pinturas que enriquecen su discurso iconográfico. La obra quedó concluida en 1606 y constituye un magnífico ejemplo de la colaboración entre escultura, ensamblaje y pintura. 

Retablo de San Onofre

Preside el primer cuerpo la imagen de San Onofre, tallada en 1599 por Pedro Díaz de la Cueva, donde el santo ermitaño aparece representado según su iconografía tradicional, como anciano de larga cabellera y barba, cubierto con hojas de palmera, símbolo de su vida ascética en el desierto.

San Onofre

En el segundo cuerpo se dispone una escultura de Santa Ana, fechada en el siglo XVII, acompañada lateralmente por imágenes de San José y San Antonio, ambas de autor desconocido. 

Santa Ana

San José 

San Antonio

El conjunto se completa con una serie de pinturas sobre tabla realizadas por Francisco Pacheco en 1605, que representan a diversas figuras de especial devoción: Santa Ana, San Juan Bautista, Santo Domingo, San Jerónimo, San Francisco, San Pedro Mártir y San Sebastián. Este elaborado programa visual refuerza el carácter espiritual y doctrinal del retablo, integrando modelos de santidad vinculados a la tradición cristiana.

Santa Ana

San Juan Bautista

Santo Domingo

San Jerónimo

San Francisco

San Pedro Mártir

San Sebastián

En el ático y en el intradós se observan diferentes cabezas de querubines.

Detalle del ático

En este mismo muro del Evangelio se conservan además otras obras de notable interés artístico y devocional. Destaca un relieve de la Santísima Trinidad, fechado hacia 1580, cuya factura recuerda el estilo de Jerónimo Hernández y que posiblemente formó parte de un conjunto mayor. 

Santísima Trinidad

Asimismo, se encuentran varios lienzos marianos, entre ellos una valiosa representación de la Virgen de Guadalupe realizada en el siglo XVII por el pintor novohispano Juan Correa, obra de especial relevancia por su conexión con la iconografía hispanoamericana. 

Virgen de Guadalupe

Completan este espacio el pulpito de forja y otras representaciones del Calvario y de la Virgen con la Merced, enriqueciendo aún más el patrimonio artístico y espiritual de la capilla.

Pulpito de forja

Calvario

Virgen con la Merced