domingo, 10 de mayo de 2026

AREA CENTRO 1

Iglesia del Sagrario.

Orden de Caballeros de san Clemente y San Fernando.

La Orden de Caballeros de San Clemente y San Fernando constituye una de las instituciones más singulares de la Sevilla actual, heredera espiritual de la tradición caballeresca nacida en torno a la conquista cristiana de la ciudad y adaptada a los valores religiosos y sociales del presente. Su sede canónica se encuentra en la Parroquia del Sagrario de la Catedral de Sevilla, espacio profundamente vinculado a la memoria del rey san Fernando y a la historia espiritual de la ciudad.

La corporación hunde simbólicamente sus raíces en el año 1248, cuando las tropas castellanas de Fernando III entraron en Sevilla el 23 de noviembre, festividad de san Clemente papa. Aquella conquista supuso la incorporación definitiva de la ciudad al reino castellano y la restauración del culto cristiano en la antigua capital almohade.

Según la tradición, los primeros caballeros que acompañaron al monarca participaron no sólo en la empresa militar, sino también en la reorganización religiosa y asistencial de la Sevilla recién conquistada, protegiendo monasterios, ayudando a las comunidades religiosas y contribuyendo a la consolidación de la vida cristiana en la ciudad.

Inspirada en aquel legado histórico y espiritual, la moderna Orden de Caballeros de San Clemente nació en la década de 1990 como una asociación de fieles integrada por hombres y mujeres comprometidos con la Iglesia y con la acción social.

En 2004 fueron aprobadas sus constituciones por el arzobispado hispalense, quedando erigida canónicamente bajo el impulso del cardenal Carlos Amigo Vallejo, quien aceptó además el cargo de Gran Maestre Protector.

Años más tarde, en 2009, la institución incorporó oficialmente el nombre de san Fernando a su denominación, subrayando así la estrecha vinculación entre la corporación, el santo rey y la propia identidad histórica de Sevilla.

La Orden se encuentra bajo el patronazgo de Santa María de los Reyes, advocación profundamente unida a Fernando III y a la Capilla Real de la Catedral, donde reposan los restos del monarca. También mantiene especial devoción hacia otras imágenes marianas ligadas a la tradición fernandina, como la Virgen de la Antigua o Santa María de la Sede. Su lema, “In Deo Speravi”, recuerda la profunda confianza en Dios atribuida al santo rey castellano y resume el espíritu religioso que inspira a la corporación.

Lejos de entender la caballería como un elemento meramente honorífico o ceremonial, la Orden fundamenta su actividad en la práctica de la caridad cristiana, el servicio a la Iglesia y la ayuda a los más necesitados.

Sus miembros, caballeros y damas, desarrollan una intensa labor benéfica y cultural, manteniendo especialmente viva la atención a los conventos de clausura de Sevilla, muchos de los cuales atraviesan dificultades económicas y de conservación patrimonial. Gracias a la colaboración de la Orden se han impulsado campañas de ayuda, restauraciones y proyectos destinados al sostenimiento de comunidades contemplativas que forman parte esencial de la espiritualidad sevillana.

La corporación colabora además en iniciativas formativas para religiosas de clausura, financia becas y organiza actividades culturales destinadas a difundir el patrimonio histórico y espiritual de la Iglesia. Buena parte de esta labor se articula a través del Instituto de Estudios Clementino-Fernandinos, promovido por la propia Orden, que impulsa publicaciones, conferencias, simposios y estudios relacionados con la historia monástica, la espiritualidad y las figuras de san Clemente y san Fernando.

La sede capitular de la institución se encuentra en dependencias anexas al monasterio de Santa Paula, uno de los cenobios más emblemáticos de Sevilla y símbolo de la estrecha relación que la Orden mantiene con la vida contemplativa. Desde sus orígenes modernos, la corporación ha tenido como comendadoras a diversas comunidades religiosas, entre ellas las monjas cistercienses de San Clemente y las jerónimas de Santa Paula, perpetuando así el espíritu protector que la tradición atribuye a los antiguos caballeros fernandinos.

En el plano ceremonial, la Orden participa activamente en algunas de las celebraciones más significativas de la ciudad. Sus miembros asisten corporativamente a la festividad de san Fernando el 30 de mayo y a la de san Clemente el 23 de noviembre, fecha especialmente simbólica al conmemorarse la entrada de Fernando III en Sevilla. En esa jornada acompañan solemnemente la espada y las reliquias del santo rey en la Catedral, junto al Cabildo Catedralicio y las autoridades civiles y militares.

Asimismo, los caballeros y damas forman parte del cortejo del Corpus Christi sevillano y participan en diversos actos litúrgicos y procesionales de la ciudad. Sus capas blancas, adornadas con la cruz flordelisada roja, evocan visualmente el ideal de pureza, humildad y servicio que define a la institución. La austeridad de sus hábitos y ceremonias responde a una espiritualidad inspirada tanto en los valores caballerescos medievales como en la sencillez de la tradición monástica.

La Orden se organiza en distintos brazos —académico, eclesiástico, militar, nobiliario y religioso— y cuenta con miembros procedentes de diversos ámbitos de la sociedad. El Gran Maestre Protector es el arzobispo de Sevilla, símbolo de la plena integración de la institución en la vida de la diócesis. Su estructura, sin embargo, se orienta menos hacia el protocolo que hacia el fortalecimiento espiritual de sus integrantes y el compromiso efectivo con las obras de misericordia.

En una época marcada por profundos cambios sociales, la Orden de Caballeros de San Clemente y San Fernando ha sabido recuperar el sentido cristiano de la antigua caballería, transformándolo en servicio, oración y caridad. Bajo la protección de san Fernando y san Clemente, sus miembros continúan manteniendo viva una tradición sevillana que une historia, fe y compromiso con los más vulnerables, haciendo del legado medieval una realidad plenamente contemporánea.

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Iglesia del Sagrario.

Hermandad de la Pura y Limpia Concepción del Postigo del Aceite.

La Hermandad de la Pura y Limpia Concepción del Postigo del Aceite constituye una de las devociones marianas más singulares y entrañables de Sevilla. Su historia, profundamente ligada al barrio del Arenal y al antiguo acceso portuario de la ciudad, resume siglos de religiosidad popular, fervor concepcionista y amor constante a la Virgen María bajo la advocación de la Inmaculada.

Sus orígenes se remontan al siglo XVII, aunque la devoción parece incluso anterior. Como ocurrió con muchas corporaciones sevillanas, no nació inicialmente de grandes fundaciones nobiliarias ni de complejas instituciones eclesiásticas, sino de la sencilla piedad del pueblo.

En torno al antiguo Postigo del Aceite, puerta por donde entraban mercancías procedentes del río y del Aljarafe, los vecinos comenzaron a venerar una pintura de la Virgen colocada en un pequeño retablo junto al arco. Aquel lugar de tránsito, frecuentado por comerciantes, marineros, cargadores y trabajadores del puerto, terminó convirtiéndose en un espacio de oración cotidiana para quienes atravesaban la muralla sevillana.

Antiguo Postigo del Aceite

Antiguo Postigo del Aceite

La iconografía de aquella primitiva representación respondía plenamente al fervor inmaculista que impregnaba Sevilla desde finales del siglo XVI. Rodeada de símbolos marianos tomados de la Letanía Lauretana —la fuente, el espejo, la luna o el pozo—, la imagen evocaba la pureza de María en una ciudad que ya defendía con apasionamiento el privilegio concepcionista mucho antes de su proclamación dogmática.

A lo largo del siglo XVIII la devoción fue adquiriendo una organización más estable hasta desembocar en la creación formal de la Hermandad. En aquellos años se levantó la pequeña capilla que aún hoy preside el entorno del Postigo y se encargó el retablo barroco que habría de albergar a la actual imagen titular. 

Capilla

Retablo barroco

La talla, de apenas ochenta centímetros, representa a la Virgen sobre la media luna, con las manos unidas sobre el pecho y un delicado movimiento ascensional que le confiere una apariencia casi ingrávida. Aunque su autor permanece desconocido, tradicionalmente se ha relacionado con el círculo artístico de Pedro Duque Cornejo por la elegancia de sus formas y la dulzura de su expresión.

Detalle de la Virgen

La corporación obtuvo reconocimiento eclesiástico a finales del siglo XVIII, aprobándose sus reglas tras un largo y costoso proceso ante el Consejo de Castilla. Desde entonces, la Hermandad centró su vida espiritual en el culto a la Inmaculada Concepción y en el rezo público del Rosario, una práctica profundamente arraigada en la Sevilla barroca. Los hermanos recorrían las calles del Arenal rezando y cantando alabanzas a la Virgen, mientras la pequeña capilla permanecía como un faro de fe abierto al paso diario de la ciudad.

Sin embargo, como tantas hermandades sevillanas, la corporación atravesó épocas difíciles durante los siglos XVIII y XIX. Las crisis económicas, las epidemias, los cambios políticos y la progresiva transformación de la sociedad afectaron gravemente a su estabilidad. Hubo momentos de decadencia en los que apenas podían mantenerse los cultos o sufragarse los entierros de los hermanos. Aun así, la devoción nunca desapareció del todo. Los vecinos del barrio continuaron cuidando la capilla y sosteniendo el culto a la Virgen incluso en los periodos en que la Hermandad languidecía institucionalmente.

El resurgir definitivo llegó a finales del siglo XIX y, sobre todo, durante el siglo XX. La reorganización de la corporación impulsó una nueva etapa de esplendor marcada por el aumento de los cultos, la restauración de la capilla y una creciente presencia en la vida religiosa sevillana. La celebración anual de la Novena, los besamanos, las salves y los actos en honor de la Inmaculada consolidaron nuevamente la devoción popular hacia la pequeña Virgen del Postigo.

Especial relevancia adquirió la Hermandad tras la profunda reorganización promovida en los años cuarenta por el canónigo don Antonio Lorán Fernández, figura decisiva para la revitalización de numerosas corporaciones sevillanas. Desde entonces, la Hermandad experimentó un notable crecimiento espiritual y patrimonial, manteniendo siempre un carácter sencillo y profundamente mariano.

La capilla del Postigo se convirtió así en uno de los rincones más queridos de Sevilla. Su reja abierta permite contemplar permanentemente a la Virgen desde la calle, haciendo realidad el deseo de acercar la imagen al pueblo. Sobre el arco puede leerse la tradicional jaculatoria “Bendita sea tu pureza”, síntesis perfecta del espíritu concepcionista que anima a la corporación desde sus orígenes.

A lo largo de las últimas décadas, la Hermandad ha protagonizado algunos momentos especialmente significativos. En 1993 la imagen participó en la Statio Orbis del Congreso Eucarístico Internacional presidido por Juan Pablo II, quien oró de rodillas ante la Virgen, gesto profundamente recordado por los sevillanos. Pero el acontecimiento culminante de su historia reciente fue la Coronación Canónica de la Pura y Limpia Concepción el 8 de diciembre del año 2000 en la Catedral de Sevilla, ceremonia presidida por el cardenal Carlos Amigo Vallejo.

Hoy, la Hermandad continúa siendo una de las expresiones más auténticas de la religiosidad popular sevillana. Su vida gira en torno al culto constante a la Inmaculada, la conservación de sus tradiciones y las obras de caridad, manteniendo vivo el espíritu de aquel pequeño grupo de vecinos del Arenal que, siglos atrás, decidió honrar a la Virgen en un humilde rincón junto a la muralla y el puerto de Sevilla.

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Iglesia del Sagrario.

Hermandad y Cofradía del Santísimo Cristo de la Corona y Nuestra Señora del Rosario.

La Hermandad y Cofradía del Santísimo Cristo de la Corona y Nuestra Señora del Rosario constituye una de las corporaciones más singulares de la Sevilla contemporánea, tanto por la antigüedad de sus raíces históricas como por el proceso de recuperación que permitió devolver a la vida una devoción prácticamente extinguida durante más de un siglo.

Su sede se encuentra en la Iglesia del Sagrario de la Catedral de Sevilla, espacio estrechamente unido desde antiguo al culto del Cristo de la Corona y escenario de buena parte de la historia espiritual de la hermandad.

Los orígenes de la corporación se remontan a la Baja Edad Media, existiendo noticias documentales de la advocación de la Corona desde el año 1340. Aunque se desconoce la fecha exacta de fundación de la antigua cofradía, ya a finales del siglo XVI aparecen referencias claras a la “capilla de la Corona” situada en el entorno del Sagrario catedralicio. Aquella primitiva hermandad, conocida en algunos documentos como del Cristo de la Corona y Cruz a Cuestas, alcanzó una notable popularidad entre los sevillanos y gozó de considerable prestigio durante los siglos XVII y XVIII.

La corporación desarrolló una intensa vida religiosa vinculada a la contemplación de la Pasión de Cristo. Sus reglas promovían el culto al Nazareno coronado de espinas y con la cruz a cuestas, así como la celebración de sermones cuaresmales y actos penitenciales destinados a fomentar la devoción popular. La hermandad mantuvo además una estrecha relación con otras corporaciones del entorno catedralicio y contó entre sus miembros con destacados artistas y personajes de la nobleza sevillana, como Pedro Roldán, José Montes de Oca, Matías de Arteaga o los condes de Cantillana.

En 1716 la cofradía abandonó definitivamente las dependencias de la Catedral para instalarse en la nueva parroquia del Sagrario, donde adquirió capilla propia y vivió una de las etapas de mayor esplendor de su historia. Durante aquel periodo reunió un importante patrimonio artístico y económico, compuesto por enseres, propiedades y piezas litúrgicas de gran valor.

Sin embargo, el siglo XIX trajo consigo una profunda decadencia. Las dificultades económicas obligaron a vender parte de sus bienes y la actividad de la corporación fue disminuyendo progresivamente hasta desaparecer hacia 1860.

Paralelamente existió en el mismo templo la Hermandad de Nuestra Señora del Rosario, una congregación de carácter glorioso y marcada presencia femenina fundada probablemente en el siglo XVII. Esta corporación organizaba rosarios públicos por las calles de la collación de Santa María y alcanzó notable popularidad en la Sevilla barroca. Algunas crónicas atribuyen incluso a uno de aquellos rosarios celebrados en 1694 el final de una intensa sequía tras unas rogativas públicas. Con el tiempo también esta hermandad fue decayendo, aunque la devoción a la Virgen del Rosario permaneció viva en la parroquia durante generaciones.

La recuperación del culto al Santísimo Cristo de la Corona comenzó en 1989 gracias al impulso del párroco del Sagrario, José Gutiérrez Mora, y de un grupo de jóvenes feligreses que decidieron rescatar del olvido aquella antigua devoción. Poco después comenzaron a organizarse los primeros vía crucis y actos de culto, germen de una nueva asociación parroquial aprobada oficialmente en 1994. En ese proceso de reorganización se incorporó como titular mariana la imagen de Nuestra Señora del Rosario, histórica advocación del templo que había permanecido durante años sin culto público.

La definitiva erección canónica como hermandad de penitencia llegó en el año 2000, consolidándose así la recuperación de una corporación histórica desaparecida más de un siglo antes. Desde entonces realiza estación de penitencia en la tarde del Viernes de Dolores, convirtiéndose en una de las cofradías de vísperas más sobrias y recogidas de Sevilla. Su cortejo destaca por la austeridad, el silencio y el carácter intimista de su recorrido por el entorno catedralicio, acompañado únicamente por música de capilla y escolanía.

El principal titular de la hermandad es el Santísimo Cristo de la Corona, una extraordinaria talla manierista de finales del siglo XVI atribuida a un autor anónimo. La imagen representa a Cristo en el momento de recibir la cruz camino del Calvario, abrazando el madero vertical mientras avanza con amplia zancada y gesto sereno de profundo dramatismo contenido. Se trata de una de las imágenes cristíferas más antiguas de Sevilla y posee una singularidad iconográfica poco frecuente: porta la cruz “al revés” respecto a la disposición habitual de los nazarenos sevillanos, rasgo propio de ciertas representaciones manieristas anteriores al barroco.

Cristo de la Corona y Cruz a Cuestas

Detalle del rostro

Detalle del rostro

Detalle del pie derecho

Detalle del pie izquierdo

La advocación del Cristo de la Corona se relaciona históricamente con la veneración de una reliquia de la Santa Espina, circunstancia que contribuyó a incrementar la devoción hacia la imagen durante siglos. Su presencia austera y silenciosa en la tarde del Viernes de Dolores constituye hoy una de las estampas más evocadoras de la antesala de la Semana Santa sevillana.

Junto al Cristo recibe culto Nuestra Señora del Rosario, magnífica imagen barroca realizada en 1638 por el escultor portugués Manuel Pereira. La Virgen aparece de pie sosteniendo al Niño Jesús mientras ofrece el rosario a los fieles, en una composición elegante y serena característica de la escultura del siglo XVII. Restaurada recientemente, la imagen ha recuperado gran parte de su esplendor original y continúa siendo centro de especial devoción en el mes de octubre, cuando la hermandad celebra sus cultos dedicados a la advocación rosariana.

Virgen del Rosario

Detalle de la Virgen del Rosario

Detalle de la Virgen del Rosario

Detalle de cabeza de querubines a los pies dela imagen

En las últimas décadas la corporación ha ido afianzando su presencia en la vida cofrade de Sevilla. El vía crucis anual del Cristo de la Corona por las calles de la feligresía, la estación penitencial al Palacio Arzobispal y la celebración de actos extraordinarios con motivo de aniversarios fundacionales han contribuido a consolidar una hermandad joven en su reorganización moderna, pero profundamente antigua en sus raíces espirituales.

Así, la Hermandad del Cristo de la Corona y Nuestra Señora del Rosario representa hoy el renacer de una tradición histórica sevillana que parecía perdida. Entre las piedras centenarias del Sagrario catedralicio continúa viva una devoción marcada por el recogimiento, la austeridad y la contemplación silenciosa de Cristo camino del Calvario.

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Iglesia del Sagrario.

Archicofradía Sacramental

La Archicofradía Sacramental del Sagrario de la Catedral de Sevilla hunde sus raíces en los albores del siglo XVI, en una época en la que la devoción eucarística comenzaba a adquirir una extraordinaria fuerza en los reinos hispánicos.

La tradición atribuye su fundación a doña Teresa Enríquez de Alvarado, conocida por la historia y la religiosidad popular como “La Loca del Sacramento”, noble castellana estrechamente vinculada a la corte de los Reyes Católicos y ferviente impulsora de las cofradías sacramentales en España.

Su llegada a Sevilla en 1511, acompañando al rey Fernando el Católico y a Germana de Foix, marcó el inicio de una institución destinada a convertirse en una de las corporaciones eucarísticas más antiguas y prestigiosas de la ciudad.

Doña Teresa trajo consigo la bula Pastoris Aeternis, concedida por el papa Julio II en 1508, documento que otorgaba privilegios e indulgencias a las hermandades dedicadas al culto del Santísimo Sacramento. Aquella iniciativa favoreció la expansión de las cofradías sacramentales por numerosas ciudades españolas, y Sevilla, profundamente marcada por el espíritu religioso de la época, acogió con entusiasmo la creación de esta hermandad vinculada a la Catedral.

Desde sus primeros años, la Archicofradía mantuvo una estrecha relación con el Cabildo Catedralicio, acompañando las grandes celebraciones litúrgicas del templo metropolitano y participando de manera activa en las solemnidades eucarísticas de la ciudad. Con el paso de los siglos fue consolidando su relevancia espiritual y ceremonial, hasta convertirse en una referencia indispensable del culto al Santísimo Sacramento en Sevilla.

Las primitivas reglas de la corporación desaparecieron a finales del siglo XVI, circunstancia que obligó a redactar nuevos estatutos aprobados en 1589 por las autoridades eclesiásticas hispalenses. Posteriormente, las ordenanzas serían revisadas y ratificadas en distintas ocasiones, reflejando la continuidad y vitalidad de la hermandad a lo largo del tiempo.

En 1615 la Archicofradía acordó celebrar anualmente una fiesta en honor de la Inmaculada Concepción, adelantándose así a la proclamación dogmática y convirtiéndose en una de las primeras corporaciones sevillanas que defendieron públicamente la pureza de María. Décadas después, en 1653, sus hermanos realizaron incluso voto solemne en defensa de este privilegio mariano.

La historia de la Archicofradía está también unida a importantes personalidades de la Iglesia. Entre sus hermanos figuraron los pontífices León XII y san Juan XXIII, este último responsable de concederle el título de pontificia. Del mismo modo, fue costumbre durante siglos que los arzobispos de Sevilla ingresaran como hermanos de la corporación, signo de la consideración y prestigio alcanzados dentro de la diócesis.

La sede de la hermandad se encuentra en la Iglesia del Sagrario, integrada en el conjunto monumental de la Catedral de Sevilla. Desde allí desarrolla una intensa vida cultual centrada en la adoración eucarística y en la participación en las grandes procesiones organizadas por el Cabildo. Entre todas ellas destaca la solemne procesión del Corpus Christi, una de las manifestaciones religiosas más importantes de la ciudad, en la que la Archicofradía desempeña un papel histórico y ceremonial de primer orden.

Sin embargo, uno de los actos más singulares y entrañables de la corporación tiene lugar en la mañana de la “Dominica in albis”, el segundo domingo de Pascua. En esa jornada se celebra la tradicional procesión de impedidos, destinada a llevar la comunión a enfermos y personas imposibilitadas para acudir al templo. La comitiva recorre las calles de la feligresía acompañando al Santísimo Sacramento en una manifestación de fe profundamente humana y caritativa, donde la solemnidad se mezcla con la cercanía y el recogimiento.

Abren el cortejo los célebres “niños carráncanos”, figuras inseparables de esta tradición sevillana. Vestidos con una indumentaria peculiar que hunde sus orígenes en el siglo XVIII, portan cirios rojos mientras avanzan con paso pausado delante del Santísimo. Su presencia aporta un aire ceremonial y antiguo que convierte la procesión en una de las estampas más evocadoras de la religiosidad hispalense.

Además de la procesión de impedidos y de su participación en el Corpus, la Archicofradía organiza numerosos cultos a lo largo del año. Entre ellos sobresalen la Función Principal de Instituto, celebrada tras la festividad del Corpus, y la procesión eucarística por el Patio de los Naranjos, donde el sonido de las campanas de la Giralda envuelve uno de los actos más íntimos y bellos del calendario sevillano. También rinde culto al Niño Jesús, a san Sebastián, al Cristo del Perdón, a santas Justa y Rufina y a otros titulares vinculados a su historia espiritual.

El patrimonio artístico que conserva la corporación constituye uno de los conjuntos más notables de la Sevilla barroca. La pieza más emblemática es el Niño Jesús realizado por Juan Martínez Montañés en 1606, obra maestra de la escultura española y modelo repetido innumerables veces por la imaginería posterior.

Niño Jesús. Martínez Montañés. 1606.

Detalle

La hermandad custodia además valiosas pinturas de Francisco Herrera el Viejo, Herrera el Mozo y Matías de Arteaga, así como bordados, insignias y piezas de orfebrería de extraordinaria riqueza. Entre ellas sobresalen el antiguo guion sacramental del siglo XVIII, el simpecado bordado en oro y diversas custodias y ostensorios empleados en las celebraciones eucarísticas.

Abraham y Melchisedec. Matías de Arteaga y Alfaro. 1690-1691. Óleo sobre lienzo. 

El racimo de la Tierra de Promisión. Matías de Arteaga y Alfaro. 1690-1691. Óleo sobre lienzo.

El paso del Jordán. Matías de Arteaga y Alfaro. 1690-1691. Óleo sobre lienzo. 230 x 295 cm. 

La ofrenda de Abigail a David. Matías de Arteaga y Alfaro. 1690-1691. Óleo sobre lienzo. 230 x 192 cm. 

El traslado del Arca de la Alianza a Jerusalén. Matías de Arteaga y Alfaro. 1690-1691. Óleo sobre lienzo. 230 x 295 cm.

Elías y el Ángel. Matías de Arteaga y Alfaro. 1690-1691. Óleo sobre lienzo. 230 x 295 cm.

Esther ante Asuero. Matías de Arteaga y Alfaro. 1690-1691. Óleo sobre lienzo. 230 x 333 cm.

La parábola de los invitados a la boda. Matías de Arteaga y Alfaro. 1690-1691. Óleo sobre lienzo. 230 x 291 cm.

La adoración del Cordero Místico. Matías de Arteaga y Alfaro. 1690-1691. Óleo sobre lienzo. 230 x 291 cm.

Triunfo de la Eucaristía. Francisco de Herrera el Mozo. 1655-1656. Óleo sobre lienzo.

La Archicofradía conserva asimismo la memoria de antiguas ceremonias y tradiciones desaparecidas en otros lugares. Durante siglos dispuso de un carruaje destinado a proteger el Santísimo en caso de lluvia durante las procesiones, una carroza de origen regio vinculada a la corte de los Montpensier que hoy se conserva como pieza histórica.

Más de cinco siglos después de su fundación, la Archicofradía Sacramental del Sagrario continúa siendo un símbolo de la devoción eucarística sevillana. Su historia resume buena parte de la espiritualidad, el arte y las tradiciones de Sevilla, manteniendo vivo un legado que ha atravesado generaciones y que aún hoy sigue llenando de solemnidad las naves catedralicias y las calles de la ciudad.