RUTAS POR SEVILLA: Vírgenes
Virgen de la Misericordia.
La advocación
de la Virgen de la Misericordia ocupa un lugar singular dentro de la
espiritualidad mariana, pues presenta a María como madre compasiva y refugio de
los hombres en los momentos de sufrimiento, guerra y desolación. Bajo esta
advocación, la Virgen aparece como intercesora ante Dios, suplicando clemencia
para la humanidad y recordando que la misericordia divina debe prevalecer sobre
el castigo. Su mensaje, profundamente evangélico, se resume en unas palabras
que con el paso de los siglos se convertirían en emblema de esta devoción:
“Misericordia quiero y no justicia”.
El origen y
expansión de esta advocación quedaron estrechamente vinculados a los
acontecimientos ocurridos en la ciudad italiana de Savona durante el siglo XVI. Aquella población atravesaba
entonces una etapa de enorme sufrimiento. En torno a 1530, las rivalidades
políticas y económicas provocaron el ataque de los genoveses, que arrasaron
buena parte de la ciudad, expulsaron a muchos de sus hombres más destacados y
sembraron la miseria entre la población. En medio de aquel panorama de
destrucción, los habitantes de Savona depositaron su confianza en la protección
de la Virgen María, implorando consuelo y ayuda.
Fue en este
contexto cuando tuvieron lugar las célebres apariciones marianas de 1536. El
protagonista de aquellos sucesos fue un humilde campesino llamado Antonio
Botta. En la madrugada del 18 de marzo, mientras descendía al valle de San
Bernardo para lavarse en las aguas del arroyo Letimbro, se vio rodeado por una
intensa claridad. En medio de aquel resplandor escuchó una voz que le decía que
no tuviera miedo. Ante él apareció una Señora revestida de blancura celestial
que se identificó como la Virgen María.
La aparición
transmitió un mensaje de penitencia y conversión dirigido a toda la ciudad.
María pidió que el pueblo ayunara durante tres sábados consecutivos y que se
realizaran procesiones en honor de Dios y de su Madre. También exhortó a los
fieles a cambiar de vida y a abandonar el pecado, pues el mundo se hallaba amenazado
por sus propias maldades. Antonio, impresionado por la experiencia, acudió
inmediatamente a su párroco y relató entre lágrimas cuanto había visto. La
sinceridad y sencillez del campesino hicieron que las autoridades eclesiásticas
tomaran muy en serio sus palabras.
La segunda
aparición tuvo lugar el 8 de abril de aquel mismo año. Antonio regresó
obedientemente al lugar señalado y, mientras oraba de rodillas, volvió a
contemplar un resplandor aún más intenso que el primero. En esta ocasión vio
con claridad a la Virgen revestida con túnica y manto blancos, coronada como
Reina de Misericordia. María reiteró sus peticiones de ayuno, oración y
penitencia, insistiendo en que el pueblo debía corregir su conducta y acercarse
nuevamente a Dios.
Antonio pidió
entonces una señal para que todos pudieran creer en sus palabras. La Virgen
respondió que ya había concedido una prueba interior suficiente y añadió la
frase que marcaría para siempre esta devoción. Levantando sus manos hacia el
cielo, bendijo tres veces las aguas del arroyo mientras repetía solemnemente:
“Misericordia y no justicia”. Según la tradición, después de desaparecer quedó
en el lugar una suave fragancia que los presentes interpretaron como signo de
la presencia celestial.
La noticia se
extendió rápidamente por Savona y produjo una profunda conmoción religiosa. El
pueblo acudió en masa al lugar de las apariciones, multiplicándose las muestras
de devoción y agradecimiento hacia la Virgen. Muy pronto comenzaron las obras
de un pequeño oratorio levantado junto al arroyo, inaugurado pocas semanas
después. Sin embargo, la creciente afluencia de peregrinos impulsó la
construcción de un gran santuario dedicado a la Madre de Misericordia,
convertido desde entonces en uno de los principales centros de peregrinación
mariana del norte de Italia.
La devoción no
se limitó únicamente al templo. Junto al santuario se edificó también un hogar
destinado a pobres y enfermos, reflejo del espíritu caritativo y protector
asociado a esta advocación. El camino hacia el santuario fue adornado con
pequeñas capillas para acompañar la oración de los peregrinos que acudían a
venerar a la Virgen.
Con el paso de
los siglos, numerosos pontífices manifestaron su veneración hacia la Virgen de
la Misericordia. El primero en visitar el santuario fue el papa Pablo III en 1538. Más tarde, durante las
guerras napoleónicas, el santuario vivió momentos difíciles cuando la imagen
mariana fue despojada de sus coronas y joyas. Años después, el papa Pío VII, que había permanecido cautivo de
Napoleón en Savona, quiso corresponder al cariño del pueblo realizando la
solemne coronación de la imagen el 10 de mayo de 1815.
Desde entonces,
la Virgen de la Misericordia ha sido venerada como madre protectora, defensora
de los débiles y esperanza de quienes sufren. Bajo esa imagen maternal,
generaciones enteras han encontrado consuelo espiritual, viendo en María a la
mediadora que intercede por la humanidad y recuerda continuamente la infinita
compasión de Dios.
Iglesia
del Sagrario
En el brazo de la epístola del crucero se alza uno de
los más sobresalientes conjuntos retablísticos del barroco tardío hispalense: un
monumental retablo marmóreo concebido como expresión de magnificencia litúrgica
y profunda devoción mariana.
Retablo
La hornacina central está
presidida por una bellísima imagen mariana bajo la advocación de la Virgen de
la Misericordia o Virgen con el Niño, representación de intensa dulzura maternal
y solemne elegancia. La talla resume el ideal barroco de exaltación de María
como mediadora y protectora de los fieles. La figura de la Virgen sostiene al
Niño Jesús, subrayando el misterio de la Encarnación y el papel redentor de
Cristo.
Virgen de la Misericordia
Detalle de la Virgen de la
Misericordia
Detalle de la Virgen de la Misericordia
Detalle de querubines a los pies
Las
esculturas fueron contratadas en 1749 con Cayetano de Acosta (ver), uno de
los grandes artífices del barroco sevillano, aunque algunas imágenes pudieron
integrarse a partir de donaciones anteriores vinculadas al legado de fray Pedro
de Tapia.
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