domingo, 29 de marzo de 2026

ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA 

Francisco de Rioja.

Retrato de un clérigo, supuesto retrato de Francisco de Rioja, atribuido a Diego Velázquez. Colección particular. Madrid. (ver) (CC BY 3.0)

Francisco de Rioja nació en Sevilla hacia el año 1583. El 22 de noviembre de ese mismo año fue bautizado en la iglesia de Omnium Sanctorum como “Francisco, hijo de Antón García Rioja y de Leonor Rodrigues”. De origen humilde, orientó pronto su vida hacia la carrera eclesiástica, cursando estudios de Teología y Humanidades. Se licenció en leyes, recibió las órdenes sacerdotales y llegó a ser canónigo de la catedral de Sevilla.

Francisco de Rioja. Biblioteca Nacional de España. (ver) (CC BY 3.0)


Desde joven ocupó un lugar destacado en los círculos cultos sevillanos, especialmente en torno al taller del pintor Francisco Pacheco, quien lo consideraba uno de sus amigos más cualificados y recurría a él para solicitar opiniones eruditas sobre su obra poética. En este ambiente intelectual comenzó a forjarse también su estrecha amistad con Gaspar de Guzmán, surgida entre 1607 y 1615, cuando el futuro valido alternaba sus estancias cortesanas con largas temporadas en Sevilla. Rioja le dedicó incluso algunos sonetos, dirigiéndose a él con el nombre arcádico de Manlio.

La subida al trono de Felipe IV consolidó el poder del conde-duque de Olivares, quien reclamó a Rioja a la corte madrileña como consejero y colaborador cercano. Allí desempeñó funciones de gran responsabilidad: actuó como redactor de cámara, corrigiendo y puliendo los documentos del valido, y ejerció como su confidente. Según Gregorio Marañón, Rioja fue un “sesudo abogado y confidente”, además de bibliotecario del propio Olivares.

En la corte obtuvo importantes cargos y beneficios. Fue nombrado cronista real y, en 1634, bibliotecario del rey, acumulando numerosas rentas y prebendas. También formó parte del Consejo de la Suprema Inquisición, tras haber sido previamente inquisidor en Sevilla. Su influencia creció al compás del poder de su protector.

Durante la crisis política que afectó a la monarquía en 1640, con las rebeliones de Cataluña y Portugal, Rioja participó activamente en la defensa escrita del conde-duque, redactando impugnaciones a textos contrarios como la Proclamación Católica. Sin embargo, la caída de Olivares en 1643 arrastró consigo a su círculo más cercano. Rioja acompañó a su amigo en su destierro a Loeches y permaneció fiel a él hasta su muerte.

Tras estos acontecimientos, se retiró a Sevilla, donde vivió un largo periodo de relativa oscuridad. Años después regresó a Madrid, probablemente por instancias superiores, ya en edad avanzada. Allí residía en la calle de San Mateo junto a Alonso Fajardo de Roda, a quien nombró heredero universal de sus bienes.

Francisco de Rioja falleció en Madrid el 8 de agosto de 1659. Su trayectoria vital refleja el ascenso y declive ligados a la fortuna política del conde-duque de Olivares, así como su papel destacado en la vida intelectual y cortesana del Siglo de Oro.

Como escritor, cultivó principalmente la poesía. Se le atribuyen unos treinta sonetos amorosos y otros de carácter filosófico, centrados en temas como la fugacidad de la vida y la inestabilidad de la fortuna. También escribió en prosa, en ocasiones para defender la figura de su amigo Olivares. Su poesía incluye composiciones dedicadas a la naturaleza —árboles, plantas o el río Guadalquivir— y a las ruinas de Itálica y la mítica Atlántida, temas muy apreciados por los poetas de su tiempo.

Calle Rioja

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