RUTAS POR SEVILLA: Santos y Santas
San Millán.
San
Millán,
conocido en latín como Æmilianus y llamado también Emiliano de la Cogolla, es
una de las figuras más representativas del eremitismo hispano. Su vida
transcurrió entre los siglos V y VI en las tierras montañosas situadas entre La
Rioja, Castilla y Aragón, en un tiempo marcado por la inestabilidad política
tras la caída del Imperio romano y el establecimiento de los visigodos en la
península. La tradición lo presenta como un hombre humilde, hijo de pastores y
dedicado desde joven al cuidado del ganado, oficio que desempeñó hasta
aproximadamente los veinte años.
Movido por una
profunda inquietud espiritual, abandonó la vida ordinaria para buscar la
soledad y la penitencia. Su formación religiosa comenzó junto al ermitaño Félix
o Felices de Bilibio, considerado por las crónicas antiguas un varón de
extraordinaria santidad. Durante varios años vivió con él en los riscos de
Bilibio, cerca de Haro, aprendiendo las prácticas ascéticas propias de los
primeros eremitas cristianos: el ayuno, la oración constante y el apartamiento
del mundo. Aquella experiencia marcaría definitivamente su vocación.
Más tarde se
retiró a los montes de la Sierra de la Demanda, en una zona agreste y cubierta
de abundante vegetación. Allí excavó con sus propias manos una pequeña celda en
la roca y permaneció durante décadas entregado a la contemplación y la
penitencia.
La fama de su
santidad comenzó a extenderse por toda la comarca, hasta llegar al obispo
Dídimo de Tarazona, quien decidió ordenarlo sacerdote y encomendarle la
parroquia de Berdejo. Sin embargo, su paso por el ministerio parroquial fue
breve. Su generosidad hacia los pobres y necesitados provocó las críticas de
otros clérigos, que lo acusaron de distribuir en exceso los bienes de la
Iglesia. Cansado de disputas y deseoso de recuperar la vida retirada, abandonó
el cargo y volvió a las montañas.
En las cuevas
de Aidillo, lugar donde más adelante surgiría el monasterio de Suso, San Millán
reunió a su alrededor a un pequeño grupo de discípulos atraídos por su ejemplo.
Entre ellos se recuerdan nombres como Aselo, Geroncio, Sofronio o Potamia, una
mujer llegada desde Narbona. Aquel núcleo de eremitas terminó convirtiéndose en
una auténtica comunidad monástica. Cerca del año 550 se excavaron nuevas cuevas
superpuestas en distintos niveles de la montaña, comunicadas por estrechos
pasadizos y pozos, configurando uno de los conjuntos rupestres más singulares
del cristianismo peninsular.
San Millán
murió hacia el año 573, alcanzando según la tradición la extraordinaria edad de
ciento un años. Fue enterrado en el mismo lugar donde había vivido como
ermitaño, y muy pronto su sepulcro comenzó a recibir peregrinos. Condes, nobles
y monarcas acudían para encomendarse a su intercesión antes de emprender
campañas militares contra al-Ándalus. La devoción hacia el santo creció
especialmente en los territorios castellanos y navarros, hasta el punto de ser
considerado protector y patrono de ambas tierras.
La tradición
medieval atribuye a San Millán una aparición milagrosa junto a Santiago Apóstol
durante la batalla de Simancas, en el año 939. Según el relato legendario,
ambos santos combatieron en favor de los ejércitos cristianos frente a las
tropas del califa Abd al-Rahman III. A raíz de esta creencia surgieron los
llamados “Votos de San Millán”, tributos ofrecidos al monasterio por reyes y
señores castellanos. El conde Fernán González favoreció especialmente al
cenobio riojano con privilegios y donaciones, consolidando su importancia
política y religiosa.
San Millán en la batalla de Simancas. Monasterio de san Millán
de Yuso. (ver) (CC BY 3.0)
La fama del
santo se acrecentó aún más en el siglo XI, cuando el rey García Sánchez III de
Navarra quiso trasladar sus reliquias al monasterio de Santa María la Real de
Nájera. Las crónicas cuentan que, durante el trayecto, los bueyes encargados de
transportar el cuerpo quedaron inmóviles sin que nadie pudiera hacerlos
avanzar. El hecho fue interpretado como señal de la voluntad divina de que el
santo permaneciera en aquel lugar. Por ello el monarca ordenó levantar allí el
Monasterio de Yuso, destinado a custodiar sus reliquias. Desde entonces, los
monasterios de Suso y Yuso quedaron unidos inseparablemente a la memoria de San
Millán y se convirtieron en uno de los grandes focos espirituales y culturales
de la España medieval.
La importancia
histórica de estos monasterios fue enorme. En ellos se copiaron manuscritos
fundamentales y aparecieron las célebres Glosas Emilianenses, consideradas uno
de los primeros testimonios escritos en lengua romance hispánica y en euskera.
Gracias a ello, la figura de San Millán quedó vinculada no solo a la
espiritualidad, sino también al nacimiento de la cultura escrita en castellano.
Durante siglos,
Castilla mantuvo una intensa devoción hacia el santo, llegando incluso a
reclamarlo como patrón propio frente al predominio de Santiago. En el siglo XVII
volvió a proponerse oficialmente como copatrón de España, dignidad que conservó
en los misales hasta las reformas litúrgicas posteriores al Concilio Vaticano
II. Su figura continúa siendo símbolo de vida austera, espiritualidad eremítica
y profunda raíz histórica en las tierras riojanas y castellanas.
Iglesia
del Sagrario
La Capilla
de San Millán está cerrada por una reja que presenta un cuadro muy
deteriorado por lo que no se pude apreciar su contenido.