RUTAS POR SEVILLA: Santos y Santas
San Onofre.
San Onofre, venerado como uno de los grandes ermitaños de la
antigüedad cristiana, es una figura envuelta en la tradición, la espiritualidad
y la leyenda. Su vida se sitúa en el siglo IV, en los primeros tiempos del
monacato oriental, cuando numerosos hombres y mujeres se retiraban a los
desiertos de Egipto para buscar a Dios en la soledad, la penitencia y la
oración.
Según la tradición, Onofre nació hacia el año 320 y era hijo
de un rey de Egipto, Persia o Abisinia. Sus padres, después de largo tiempo sin
descendencia, habrían recibido su nacimiento como una gracia divina. Sin
embargo, el demonio sembró en el corazón de su padre la sospecha de que el niño
era ilegítimo, incitándolo a arrojarlo al fuego para probar su origen.
Milagrosamente, el pequeño salió ileso, protegido por la voluntad divina. Este
prodigio llevó a sus padres a reconocer la intervención celestial y a criarlo
en la fe cristiana.
Aunque creció rodeado de privilegios y riquezas, Onofre
pronto mostró un espíritu inclinado hacia la vida espiritual. Conmovido por el
sufrimiento humano y deseoso de una existencia dedicada por completo a Dios,
abandonó la vida palaciega e ingresó en un monasterio de la Tebaida egipcia,
una de las regiones más emblemáticas del eremitismo cristiano. Allí convivió
con monjes entregados a la oración, el trabajo y la disciplina ascética.
Con el paso de los años, buscando una entrega aún más
radical, decidió internarse en el desierto como ermitaño. La tradición relata
que una luminaria acompañó a Onofre durante cerca de siete millas en su camino
hasta una humilde choza. Al llamar a la puerta, fue recibido por un venerable
anciano, ermitaño desde hacía muchos años. Onofre cayó de rodillas, lleno de
admiración, y el anciano le dijo: “Te aguardaba, Onofre; como ves, conocía de
antemano tu nombre. No me son desconocidos tus deseos, ni ignoro aquello para
lo que el cielo te reserva. Persevera, pues, hijo, en tu propósito, y entra en
mi choza para descansar algunos días”.
Onofre
permaneció un tiempo junto al anciano, quien le instruyó en las reglas y
prácticas de la vida eremítica. Más tarde, ambos se internaron en el desierto
y, tras cuatro días de camino, llegaron a la región de Calidiomea, donde
hallaron una palmera que daba sombra a una pequeña celda. Entonces el anciano
le dijo: “«Este es el lugar que Dios te ha señalado”.
Permaneció allí con Onofre durante treinta días, al cabo de
los cuales se despidió y partió. Treinta años después, cuando su maestro
espiritual falleció, Onofre le dio sepultura con gran veneración y le rindió
los honores debidos.
Su existencia estuvo marcada por una austeridad extrema. Se
alimentaba principalmente de dátiles, hierbas y agua, obtenidos de una palmera
cercana, mientras que su cuerpo, según la iconografía tradicional, quedaba
cubierto únicamente por sus largos cabellos y hojas vegetales. La tradición
añade que cada domingo un ángel le llevaba pan y la Eucaristía, signo del
consuelo divino en medio de su rigurosa penitencia.
Durante décadas, San Onofre dedicó su vida a la
contemplación, la mortificación y la unión espiritual con Dios. Su fama de
santidad llegó a través del abad Pafnucio, quien, movido por el deseo de
conocer a los grandes ascetas del desierto, logró encontrarlo en sus últimos
días. Onofre le relató su vida y, poco después, murió santamente alrededor del
año 400. Pafnucio habría recogido su testimonio, difundiendo así su ejemplo por
la cristiandad.
La iconografía lo representa como un anciano de larga barba
y abundante cabellera, cubierto apenas por su propio pelo, símbolo de su
renuncia absoluta al mundo. A menudo aparece acompañado por una palmera, una
cruz o una corona abandonada, reflejo de su rechazo a las glorias terrenales.
San Onofre quedó en la memoria cristiana como modelo de vida
ascética, desprendimiento y búsqueda de Dios en la soledad. Su figura simboliza
la victoria del espíritu sobre las tentaciones mundanas y el ideal del ermitaño
que, apartado del mundo, alcanza la perfección espiritual mediante la oración
constante y la penitencia. Su festividad se celebra el 12 de junio, fecha en la
que la Iglesia recuerda su ejemplo de santidad y fidelidad absoluta.
Museo del Prado
Imagen
de San Onofre (siglo V), ermitaño persa que se retiró
como anacoreta al desierto de Tebas, recibiendo milagrosamente de un cuervo su
ración diaria de alimento. A sus pies, una corona y un cetro hacen alusión a su
origen Real ya que, según la leyenda, era hijo de un rey persa, a cuyos bienes
terrenales renunció en favor de la oración y la meditación. Contemporáneo
de Velázquez, Collantes desarrolla la mayor parte de su
carrera en Madrid. En este casorepresenta uno de los temas más
queridos por la sociedad española de la época, el de los santos ermitaños, cuya
vida retirada y penitente resulta muy atractiva para el público.
Destaca la concepción del
desnudo del santo, caracterizado por un esqueleto poderoso en el que se asienta
una musculatura fibrosa, muy marcada. Pies y manos grandes, así como la
prominente y sobredibujada rótula, elemento central de una figura en contraposto. La figura
está vista de frente aunque ligeramente girada hacia un lateral, en un
movimiento que se contempla con el forzado adelantamiento de una de las
piernas. Otro elemento que retoma creaciones anteriores es la cabeza del
personaje; sin duda, el fragmento de mayor calidad de la obra, realizada con
gran cuidado a base de transparencias que se completan en superficie mediante
pequeños toques de color. El fondo es un
muro de aparejo de ladrillo que permite ver unas arquitecturas urbanas
típicamente italianas.
Capilla
de san Onofre
En el lado del Evangelio se alza el
notable retablo de San Onofre. Preside el primer cuerpo la imagen de San
Onofre, tallada en 1599 por Pedro Díaz de la Cueva, donde el santo ermitaño
aparece representado según su iconografía tradicional, como anciano de larga
cabellera y barba, cubierto con hojas de palmera, símbolo de su vida ascética en
el desierto.
Retablo de san Onofre
San Onofre

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