jueves, 30 de abril de 2026

 RUTAS POR SEVILLA: Santos y Santas 

San Onofre.

San Onofre, venerado como uno de los grandes ermitaños de la antigüedad cristiana, es una figura envuelta en la tradición, la espiritualidad y la leyenda. Su vida se sitúa en el siglo IV, en los primeros tiempos del monacato oriental, cuando numerosos hombres y mujeres se retiraban a los desiertos de Egipto para buscar a Dios en la soledad, la penitencia y la oración.

Según la tradición, Onofre nació hacia el año 320 y era hijo de un rey de Egipto, Persia o Abisinia. Sus padres, después de largo tiempo sin descendencia, habrían recibido su nacimiento como una gracia divina. Sin embargo, el demonio sembró en el corazón de su padre la sospecha de que el niño era ilegítimo, incitándolo a arrojarlo al fuego para probar su origen. Milagrosamente, el pequeño salió ileso, protegido por la voluntad divina. Este prodigio llevó a sus padres a reconocer la intervención celestial y a criarlo en la fe cristiana.

Aunque creció rodeado de privilegios y riquezas, Onofre pronto mostró un espíritu inclinado hacia la vida espiritual. Conmovido por el sufrimiento humano y deseoso de una existencia dedicada por completo a Dios, abandonó la vida palaciega e ingresó en un monasterio de la Tebaida egipcia, una de las regiones más emblemáticas del eremitismo cristiano. Allí convivió con monjes entregados a la oración, el trabajo y la disciplina ascética.

Con el paso de los años, buscando una entrega aún más radical, decidió internarse en el desierto como ermitaño. La tradición relata que una luminaria acompañó a Onofre durante cerca de siete millas en su camino hasta una humilde choza. Al llamar a la puerta, fue recibido por un venerable anciano, ermitaño desde hacía muchos años. Onofre cayó de rodillas, lleno de admiración, y el anciano le dijo: “Te aguardaba, Onofre; como ves, conocía de antemano tu nombre. No me son desconocidos tus deseos, ni ignoro aquello para lo que el cielo te reserva. Persevera, pues, hijo, en tu propósito, y entra en mi choza para descansar algunos días”.

Onofre permaneció un tiempo junto al anciano, quien le instruyó en las reglas y prácticas de la vida eremítica. Más tarde, ambos se internaron en el desierto y, tras cuatro días de camino, llegaron a la región de Calidiomea, donde hallaron una palmera que daba sombra a una pequeña celda. Entonces el anciano le dijo: “«Este es el lugar que Dios te ha señalado”.

Permaneció allí con Onofre durante treinta días, al cabo de los cuales se despidió y partió. Treinta años después, cuando su maestro espiritual falleció, Onofre le dio sepultura con gran veneración y le rindió los honores debidos.

Su existencia estuvo marcada por una austeridad extrema. Se alimentaba principalmente de dátiles, hierbas y agua, obtenidos de una palmera cercana, mientras que su cuerpo, según la iconografía tradicional, quedaba cubierto únicamente por sus largos cabellos y hojas vegetales. La tradición añade que cada domingo un ángel le llevaba pan y la Eucaristía, signo del consuelo divino en medio de su rigurosa penitencia.

Durante décadas, San Onofre dedicó su vida a la contemplación, la mortificación y la unión espiritual con Dios. Su fama de santidad llegó a través del abad Pafnucio, quien, movido por el deseo de conocer a los grandes ascetas del desierto, logró encontrarlo en sus últimos días. Onofre le relató su vida y, poco después, murió santamente alrededor del año 400. Pafnucio habría recogido su testimonio, difundiendo así su ejemplo por la cristiandad.

La iconografía lo representa como un anciano de larga barba y abundante cabellera, cubierto apenas por su propio pelo, símbolo de su renuncia absoluta al mundo. A menudo aparece acompañado por una palmera, una cruz o una corona abandonada, reflejo de su rechazo a las glorias terrenales.

San Onofre quedó en la memoria cristiana como modelo de vida ascética, desprendimiento y búsqueda de Dios en la soledad. Su figura simboliza la victoria del espíritu sobre las tentaciones mundanas y el ideal del ermitaño que, apartado del mundo, alcanza la perfección espiritual mediante la oración constante y la penitencia. Su festividad se celebra el 12 de junio, fecha en la que la Iglesia recuerda su ejemplo de santidad y fidelidad absoluta.

Museo del Prado

San Onofre. Collantes, Francisco. Hacia 1645. Óleo sobre lienzo sin forrar. 170 x 108 cm. Museo del Prado. Sala 018A. (ver) (CC BY 3.0)

Imagen de San Onofre (siglo V), ermitaño persa que se retiró como anacoreta al desierto de Tebas, recibiendo milagrosamente de un cuervo su ración diaria de alimento. A sus pies, una corona y un cetro hacen alusión a su origen Real ya que, según la leyenda, era hijo de un rey persa, a cuyos bienes terrenales renunció en favor de la oración y la meditación. Contemporáneo de Velázquez, Collantes desarrolla la mayor parte de su carrera en Madrid. En este casorepresenta uno de los temas más queridos por la sociedad española de la época, el de los santos ermitaños, cuya vida retirada y penitente resulta muy atractiva para el público. 

San Onofre. Yáñez de la Almedina, Fernando. 1515-1525. Óleo sobre tabla. 70 x 30 cm. Museo del Prado. No expuesto. (ver) (CC BY 3.0)

Destaca la concepción del desnudo del santo, caracterizado por un esqueleto poderoso en el que se asienta una musculatura fibrosa, muy marcada. Pies y manos grandes, así como la prominente y sobredibujada rótula, elemento central de una figura en contraposto. La figura está vista de frente aunque ligeramente girada hacia un lateral, en un movimiento que se contempla con el forzado adelantamiento de una de las piernas. Otro elemento que retoma creaciones anteriores es la cabeza del personaje; sin duda, el fragmento de mayor calidad de la obra, realizada con gran cuidado a base de transparencias que se completan en superficie mediante pequeños toques de color.  El fondo es un muro de aparejo de ladrillo que permite ver unas arquitecturas urbanas típicamente italianas. 

San Onofre en meditación. Obra copiada de José de Ribera. Siglo XVII. Óleo sobre lienzo. 123 x 93 cm. Museo del Prado. Deposito en otra Institución. (ver) (CC BY 3.0)


San Onofre. March, Esteban. Siglo XVII. Óleo sobre lienzo. 96 x 73 cm. Museo del Prado. Deposito en otra Institución. (ver) (CC BY 3.0)

Capilla de san Onofre

En el lado del Evangelio se alza el notable retablo de San Onofre. Preside el primer cuerpo la imagen de San Onofre, tallada en 1599 por Pedro Díaz de la Cueva, donde el santo ermitaño aparece representado según su iconografía tradicional, como anciano de larga cabellera y barba, cubierto con hojas de palmera, símbolo de su vida ascética en el desierto.

Retablo de san Onofre

San Onofre

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