ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA
Leopoldo O´Donnell y Joris.
Leopoldo O’Donnell y Jorís (Santa Cruz
de Tenerife, 12 de enero de 1809 – Biarritz, 5 de noviembre de 1867) fue un
militar, político y noble español. Ostentó los títulos de duque de Tetuán,
conde de Lucena y vizconde de Aliaga, todos ellos con grandeza de España.
Desempeñó en varias ocasiones la presidencia del Consejo de Ministros durante
el reinado de Isabel II, en distintos periodos entre 1856 y 1866, tras el
bienio progresista encabezado por Baldomero Espartero.
Leopoldo O´Donnell en 1867. Raimundo
Madrazo. Comandancia General de Ceuta (CC BY 3.0)
Era el hijo menor de Carlos Manuel
O’Donnell y Anhetan y de Josefa Joris de Casaviella. Su linaje, de origen irlandés,
se remontaba a los antiguos jefes del clan O’Donnell en Tyrconnell durante el
siglo XVI. Creció en un entorno marcado por la tradición castrense: su padre,
de firmes convicciones absolutistas, ejerció como comandante general de
Canarias, y entre sus familiares se encontraba Enrique José O’Donnell, conde de
La Bisbal. Siguiendo esa trayectoria, ingresó en el ejército como subteniente
en el regimiento de infantería Alejandro.
Tras la muerte de Fernando VII en 1833,
estalló la Primera Guerra Carlista. O’Donnell, entonces capitán, se alineó con
el bando isabelino, a pesar de que parte de su familia apoyaba la causa
carlista. Su actuación en la guerra le valió sucesivos ascensos hasta alcanzar
el grado de mariscal de campo en 1837. Dos años más tarde fue nombrado capitán
general de Aragón, Valencia y Murcia. Su victoria sobre el general carlista
Ramón Cabrera en Lucena del Cid le reportó el título de conde de Lucena y el
ascenso a teniente general.
Por sus ideas moderadas, tuvo que
exiliarse en Francia tras la revolución de 1840 que provocó la caída de la
regencia de María Cristina. Participó en la fallida conspiración de 1841 contra
el regente Espartero, lo que le obligó a permanecer en el exilio hasta su
regreso en 1844, cuando el general Narváez le nombró capitán general de La
Habana. Ocupó este cargo hasta 1848, periodo en el que tuvo lugar la dura
represión conocida como “La Escalera”, con graves consecuencias para la
población esclava y afrodescendiente en Cuba. De vuelta a la península, fue
designado senador y director de la Academia de Infantería de Toledo, y poco
después director general de Infantería.
A partir de
1853 intensificó su implicación política. En 1854 encabezó un pronunciamiento
militar que dio lugar a la llamada Vicalvarada. Aunque el enfrentamiento
inicial fue indeciso, el posterior Manifiesto de Manzanares, redactado por
Antonio Cánovas del Castillo, atrajo a amplios sectores del ejército y facilitó
el triunfo del movimiento. Durante el gobierno resultante, presidido por
Espartero, O’Donnell asumió el Ministerio de la Guerra.
En las Cortes impulsó la creación de la
Unión Liberal, un proyecto político orientado a integrar a moderados y
progresistas. En 1856 protagonizó un golpe que puso fin al bienio progresista y
le llevó por primera vez a la presidencia del Gobierno, aunque su mandato fue
breve y ese mismo año fue sustituido por Narváez.
Regresó al
poder en 1858. Durante este periodo promovió una política exterior activa,
destacando la guerra contra Marruecos iniciada en 1859. O’Donnell dirigió
personalmente las operaciones militares, logrando la ocupación de Tetuán en
1860. El conflicto concluyó con el Tratado de Wad-Ras, que consolidó la
presencia española en el norte de África y amplió el territorio de Ceuta. Por
esta victoria recibió el título de duque de Tetuán.
Su gobierno
también impulsó el desarrollo de la red ferroviaria y organizó una expedición
científica a América del Sur en 1862, acompañada por unidades navales, en un
contexto de afirmación internacional que desembocaría en la Guerra
Hispano-Sudamericana. Sin embargo, en 1863 dimitió presionado por el Partido
Moderado.
En 1865
volvió a la presidencia tras las protestas estudiantiles y la represión
conocida como la Noche de San Daniel. Su última etapa en el poder estuvo marcada
por la inestabilidad, incluida la sublevación del cuartel de San Gil en 1866.
Tras estos acontecimientos y su enfrentamiento con la reina Isabel II, abandonó
el gobierno y se retiró a Francia, donde falleció al año siguiente.
Sus restos
fueron trasladados en 1870 a la iglesia de Santa Bárbara de Madrid, en el
convento de las Salesas Reales.
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