lunes, 6 de abril de 2026

AREA MUSEO

Museo de Bellas Artes.

Sala VI. Barroco Sevillano.

Las galerías que rodean el Claustro de los Bojes albergan las obras de varios artistas del Barroco sevillano, así como de algunos artistas pertenecientes a la escuela madrileña, otra de las grandes escuelas barrocas españolas. La sala comienza con una muestra de los discípulos, seguidores y coetáneos de Murillo como Núñez de Villavicencio, Cornelio Schut o Ignacio Iriarte, que nos introduce en el género paisajístico. Continúa con artistas de la escuela madrileña, lo que nos amplía la visión de la época, con otros géneros como el bodegón o la pintura de grandes escenarios arquitectónicos.

Las últimas dos alas se dedican a la obra de Francisco de Zurbarán y de sus seguidores, destacando la obra de taller de la serie de ocho santas. Pinta la imagen de las santas vírgenes mártires, teniendo como principal artefacto iconográfico un libro, Zurbarán pretendía transmitir a las mujeres un mensaje de estímulo a una vida como la de las santas, pero también advirtiéndolas sobre la posibilidad de leer la biblia, los evangelios, lo discurso sobre los santos y las lecturas permitidas a las mujeres, es decir, sobre todo, incitando a la idea de que las santas serían lectoras.

Vista general de la sala VI
Vista general de la sala VI
Vista general de la sala VI
Vista general de la sala VI

Una vez en la sala la describimos siguiendo la dirección contraria a las agujas del reloj.

1) San Jerónimo penitente en su estudio. Sebastián de Llanos Valdés. Hacia 1669. Óleo sobre lienzo. 107 x 81 cm. Adquirido por la Junta de Andalucía para su depósito en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. 2004


Esta obra, firmada y fechada en 1665, pertenece a la época de plenitud del artista. A pesar de su tamaño, es una obra magistral dentro de su producción.

Sobre un fondo de paisaje, el santo es retratado de medio cuerpo, con el torso desnudo, como corresponde a un santo eremita; el capelo cardenalicio, símbolo de san Jerónimo, aparece sobre las ramas del fondo, apenas perceptible en la esquina superior izquierda. Su expresión se torna arrepentida y emotiva, que nos manifiesta la actitud ascética del santo. 

Detalle del rostro


El crucifijo y su rostro, transido de dolor, nos indica la devoción de la oración y la penitencia.

Detalle con el crucifijo

Detalle del crucifijo

Una serie de atributos lo identifican como doctor de la Iglesia ya que fue el traductor de la Biblia y exégeta. Los libros, las gafas, el tintero y la pluma nos revelan su actividad intelectual. La calavera que aparece en escorzo en primer plano y el reloj de arena que se aprecia tras ella recalcan el ascetismo, la fugacidad de la vida en la tierra y la muerte omnipresente. En definitiva, recalca el sentido de la fragilidad de la vida humana y la brevedad de su existencia, contrapuesto a la pervivencia de la palabra de Dios.

Detalle del libro, las gafas y el tintero con la pluma

Detalle de la calavera

2) Santo Tomás de Aquino. Francisco Herrera el Joven. Hacia 1645. Óleo sobre lienzo. 80 x 62 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Donación de Doña Margarita Álvarez-Osorio


La pintura presenta a Santo Tomás de Aquino en una representación de medio cuerpo, captado en un instante de recogimiento espiritual. Con la mirada elevada hacia lo alto, el santo parece recibir la iluminación divina que impulsa su labor intelectual, iniciando la redacción de uno de sus célebres himnos eucarísticos, el “Pange lingua gloriosi”. La escena no solo retrata un momento devocional, sino que subraya la estrecha relación entre contemplación y escritura en la figura del teólogo dominico.

Detalle del rostro

Desde el punto de vista iconográfico, la obra resulta especialmente rica. El personaje aparece rodeado de elementos simbólicos que aluden tanto a su biografía como a su producción doctrinal. Herrera el Joven construye la imagen conforme a la tradición transmitida: un hombre de complexión robusta, rostro apacible y expresión absorta, concentrado en la oración y el pensamiento.

Viste el hábito de la Orden de Predicadores, identificable por su sobriedad, y porta en el pecho un sol radiante suspendido de una cadena dorada, emblema de la claridad de su doctrina y referencia a su obra conocida como “Catena aurea”. El birrete que cubre su cabeza remite a su condición de Doctor de la Iglesia, mientras que la pluma que sostiene subraya la extraordinaria amplitud de su legado escrito.

En la parte superior derecha se introduce la figura de un pequeño ángel, evocación de su sobrenombre de Doctor Angélico, acompañado de un ostensorio que alude a su profunda devoción eucarística. Estos elementos contribuyen a reforzar el carácter teológico y simbólico de la composición.

Detalle del ángel

3) Vendedor de bebidas. Núñez de Villavicencio, Pedro. 1694. Óleo sobre lienzo. 1,60 x 0,89 cm. Museo de Bellas Artes. Sevilla. Sala VI


La pintura nos muestra un joven pobremente vestido que se arrodilla para servir una bebida, posiblemente la popular aloja, de una vasija de metal al vaso de cristal de una niña que le entrega una moneda y dirige su mirada al espectador (Leer mas).

4) Niño Jesús dormido. Cornelio Schut. 1670-1680. Óleo sobre lienzo. 60 x 85 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Adquisición del Estado en 1975.


A partir de mediados del siglo XVII comenzó a difundirse en España una iconografía de profundo contenido simbólico: la representación del Niño Jesús dormido sobre la cruz. Este motivo, heredero de una larga tradición desarrollada en la pintura europea del Renacimiento y consolidada durante el Barroco, se incorporó al repertorio de las imágenes del Cristo infante pasionario. En ellas, el Niño aparece de forma deliberadamente anacrónica, rodeado de elementos que anticipan su futura pasión, muerte y resurrección, estableciendo un diálogo visual entre la inocencia de la infancia y el destino redentor de Cristo.

En el contexto sevillano, esta iconografía encontró una especial acogida desde comienzos del siglo XVII, al conectar con una sensibilidad religiosa que buscaba conmover sin recurrir a una representación explícita del sufrimiento. La imagen lograba así conjugar la ternura propia de la niñez con una dimensión dramática contenida, invitando al espectador a una meditación íntima sobre el sentido del sacrificio y la redención.

El pintor se inspira claramente en los modelos establecidos por Bartolomé Esteban Murillo, cuya influencia se percibe en la repetición de ciertos recursos formales y simbólicos que remiten a esta tradición. Entre ellos destaca la presencia de la cruz, concebida como atributo anticipatorio del martirio. Su disposición, paralela al cuerpo del Niño y adaptada a su escala, permite que éste repose la cabeza junto al cruce de los maderos, en una postura que evoca de manera premonitoria la que adoptará en la crucifixión.

Detalle del rostro

Detalle de las piernas y los pies


El fondo se resuelve mediante un cortinaje de tono rojo, color asociado al sacrificio y a la pasión, que refuerza el significado teológico de la escena. La figura del Niño aparece prácticamente desnuda, recostada sobre una tela que actúa a modo de sudario y que apenas cubre parcialmente la cadera, en alusión al paño de pureza. Este detalle, junto con la serenidad del sueño, intensifica el carácter simbólico de la representación, en la que la aparente calma se convierte en anuncio silencioso del destino que aguarda a Cristo.

5) Cristo coronando a San José. Francisco de Zurbarán. Hacia 1640. Óleo sobre lienzo. 250 x 166 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI


Desconocemos con exactitud el origen de esta iconografía, poco frecuente dentro de la tradición artística, en la que se representa a san José recibiendo una corona de manos de Cristo. No obstante, puede interpretarse como una imagen simbólica de exaltación y reconocimiento filial, en la que el Hijo honra a su padre terrenal, elevándolo a una dignidad espiritual que trasciende su papel en la vida cotidiana de la Sagrada Familia (Leer mas).

6) Santiago el Menor. Francisco Polanco. Hacia 1640. Óleo sobre tela. 100 x 78,80. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Procede del convento de Capuchinos tras la desamortización de 1840. 


La pintura forma parte de una serie dedicada al apostolado, a la que también pertenece la representación de Santiago el Mayor conservada en la misma sala. En esta obra, Francisco Polanco presenta a Santiago el Menor con una iconografía sobria y recogida, acorde con el carácter devocional del conjunto. El apóstol aparece vestido con túnica y manto, sin elementos de ostentación, lo que refuerza su imagen de humildad y recogimiento espiritual.

La figura adopta una postura serena, con las manos unidas en actitud de oración y la mirada baja, lo que sugiere introspección y fervor religioso. Este tipo de representación, frecuente en las series de apostolados del barroco, busca propiciar la meditación del espectador más que narrar un episodio concreto de su vida.

Detalle del rostro

Detalle de las manos


En primer plano se dispone un libro, atributo habitual de los apóstoles como símbolo de su labor evangelizadora y de la transmisión de la doctrina cristiana. Este elemento, tratado con cierta sencillez, adquiere relevancia compositiva al situarse cerca del espectador.

Detalle del libro

Tras la figura se distingue un madero que puede identificarse con la herramienta asociada a su martirio, tradicionalmente interpretada como una maza de batanero. Según la tradición, Santiago el Menor fue ejecutado con este instrumento, que le causó la muerte al ser golpeado en la cabeza. La inclusión de este atributo permite reconocer al santo y al mismo tiempo introduce una alusión discreta a su sacrificio, integrada sin dramatismo en la escena.

7) Santiago el Mayor. Francisco Polanco. Hacia 1640. Óleo sobre lienzo. 100 x 79 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Procede del convento de Capuchinos tras la desamortización de 1840

La pintura presenta al apóstol en formato de medio cuerpo o tres cuartos, siguiendo un esquema compositivo sobrio y directo que favorece la intensidad devocional de la imagen. La figura emerge sobre un fondo oscuro, en el que se advierte un tenebrismo atenuado, característico del entorno artístico vinculado al taller de Zurbarán, donde la luz no solo modela los volúmenes, sino que también contribuye a resaltar la dignidad espiritual del personaje.

Detalle

Durante el barroco español, especialmente en el contexto de la espiritualidad contrarreformista, la representación de los apóstoles alcanzó una notable difusión. Estas series, conocidas como apostolados, respondían tanto a fines catequéticos como ornamentales. Era habitual que se dispusieran en los pilares de iglesias y conventos, simbolizando a los apóstoles como pilares de la Iglesia y garantes de la fe cristiana.

Las obras dedicadas a Santiago el Mayor y Santiago el Menor formaban parte de un conjunto apostólico más amplio, en el que cada figura se individualiza mediante sus atributos iconográficos. En este caso, Santiago el Mayor aparece identificado por elementos tradicionales como la espada, aludiendo a su martirio, el bordón o bastón de peregrino y la concha que adorna el sombrero, símbolos vinculados a su condición de peregrino y a su especial devoción en la tradición jacobea.

Detalle del rostro con el sombrero con la concha 

La iluminación procede de un foco lateral situado a la izquierda, que incide con intensidad sobre ese lado del rostro, generando un marcado contraste con la zona opuesta, sumida en la penumbra. Este recurso acentúa el dramatismo contenido de la escena y dirige la atención hacia la expresión del apóstol. En contraste, los pliegues de las vestiduras presentan un tratamiento lumínico más suave y graduado, lo que aporta equilibrio a la composición y evidencia la pericia técnica del pintor en la modulación de luces y sombras.

8) Inmaculada. Ignacio de Ríes. Hacia 1665. Óleo sobre lienzo. 202,5 x 158,5 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Procede de la desamortización de 1840


Esta representación de la Inmaculada Concepción se ajusta a los modelos iconográficos consolidados durante el Barroco hispano.

La Virgen aparece de pie, con túnica blanca y manto azul, elevada sobre un trono de querubines bajo el cual asoma la luna, en clara alusión al pasaje apocalíptico. En torno a su figura se disponen diversos atributos simbólicos tomados de las letanías lauretanas, como las azucenas y las rosas (emblemas de pureza), así como el espejo y la torre, que refuerzan su condición de inmaculada y fortaleza espiritual.


Detalle de la Virgen

Detalle de la Virgen

Detalle de la Virgen


Detalle de los querubines


Azucenas

Azucenas

Rosas

Espejo

Torre

La escalera

La puerta

En la franja inferior se abre un paisaje que amplía el programa simbólico mediante elementos como el huerto cerrado, la fuente y el pozo, todos ellos asociados a la virginidad de María. En este mismo ámbito se representa al demonio, sometido bajo su poder, subrayando la idea del triunfo de la Virgen sobre el pecado original.

La fuente

El templo del Espíritu Santo


La atribución de esta obra a Ignacio de Ríes es relativamente reciente y se ha fundamentado en comparaciones estilísticas con otras pinturas seguras del artista. El lienzo responde bien a su manera de hacer, en un momento en el que todavía son perceptibles influencias derivadas de Francisco de Zurbarán. Así lo evidencian el tono cálido y algo dorado del fondo, así como la tipología de los querubines, que repiten modelos presentes en otras composiciones del pintor.

La figura de la Virgen responde igualmente a un canon característico: rostro redondeado, encarnación sonrosada y proporciones algo compactas. Desde el punto de vista compositivo, la obra presenta cierta rigidez, con una disposición marcadamente simétrica que limita el dinamismo. A diferencia de otras inmaculadas barrocas, no se percibe un claro impulso ascensional; el manto cae con escaso movimiento y los pliegues de las vestiduras resultan algo duros, casi acartonados.

Pese a estas limitaciones, propias de un artista de segundo orden y de un lenguaje algo conservador, la pintura conserva un atractivo particular. Su sencillez formal y su ingenuidad expresiva le confieren un carácter cercano y delicado que contribuye a su singular encanto dentro del panorama de la pintura barroca sevillana.

9) San Carmelo. Francisco de Zurbarán. Hacia 1630. Óleo sobre lienzo. 194 x 110 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Procede del Convento de la Merced Calzada tras la desamortización de 1840.

La pintura presenta al santo representado de cuerpo entero, con una ligera torsión hacia la derecha que introduce dinamismo en la composición. Viste el hábito de la orden mercedaria, complementado con la mitra episcopal que subraya su dignidad y condición dentro de la Iglesia. En su mano derecha sostiene una pluma, símbolo de su actividad intelectual y doctrinal, mientras que con la izquierda sujeta un libro abierto, aludiendo a su papel como autor y transmisor del saber teológico (Leer mas).

10) Jesús entre los doctores. Francisco de Zurbarán (y taller). Hacia 1630. Óleo sobre lienzo. 125 x 104. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Procede del convento de la Trinidad Calzada. Donación de Isabel López de la Orden en 1891


La pintura representa el episodio narrado en el Evangelio según Evangelio de Lucas, también desarrollado por la tradición apócrifa, en el que Jesús, aún niño, es hallado en el templo de Jerusalén dialogando con los doctores de la Ley. En la escena, el joven aparece rodeado de sabios que escuchan y debaten con él, mientras al fondo se insinúan las figuras de la Virgen María y san José en el instante de su reencuentro tras la angustiosa búsqueda.

Detalle de uno de los doctores

Detalle de la Virgen María y san José


La composición responde plenamente al lenguaje artístico de Zurbarán en sus años sevillanos. Destaca la organización escénica mediante elementos como el dosel o cortinaje, que enmarca la acción principal y aporta un carácter solemne, así como la arquitectura de fondo, construida con columnas y espacios perspectivos que ordenan la profundidad. Estos recursos, habituales en su producción, contribuyen a dotar la escena de claridad narrativa y equilibrio visual.

El colorido revela una cuidada armonización de tonos intensos y ricos, con contrastes bien medidos que acentúan las calidades matéricas de los tejidos. La iluminación, dirigida y contrastada, subraya los volúmenes y refuerza el protagonismo de las figuras principales, en sintonía con el tenebrismo moderado que caracteriza sus primeras obras.

Especial atención merece la figura de Jesús niño, cuya ejecución muestra una mayor definición formal y una elegancia en el dibujo que la distinguen del resto del conjunto. Su canon más esbelto y el tratamiento más preciso de los pliegues de los paños sugieren la intervención directa del maestro, en contraste con otras figuras que presentan una factura más uniforme y menos refinada.

Detalle del Niño Jesús


Esta diferencia estilística se explica por la activa participación del taller en las obras destinadas al retablo del convento de la Trinidad Calzada de Sevilla, del que procede el lienzo. En este contexto, se ha señalado la posible colaboración del llamado Maestro de Besançon, uno de los discípulos o seguidores cercanos a Zurbarán.

Por último, la estructura compositiva, ciertos motivos arquitectónicos y la disposición de las figuras parecen inspirarse en fuentes grabadas, recurso habitual en la pintura barroca para la elaboración de escenas complejas y la difusión de modelos iconográficos.

11) Virgen del Rosario. Francisco de Zurbarán. Hacia 1650. Óleo sobre lienzo. 163 x 197 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Procede del Hospital de las Cinco Llagas tras la desamortización.


La iconografía de la Virgen del Rosario se popularizó con el impulso de los dominicos, frente a otras advocaciones defendidas por otras órdenes; además, se atribuyó a su protección el éxito de las tropas españolas en la batalla de Lepanto frente a los turcos en 1571.

Estas representaciones responden a una mentalidad, tras el Concilio de Trento, con la que la Iglesia pretende dar una imagen más humana y cercana de la religión católica.

Aparece la Virgen sobre un trono de nubes, vestida con amplio ropaje de cálido colorido, con túnica rosada y manto oscuro. Se cubre los hombros con una toca rayada, en tonos verdes y rojos, que recuerdan a aquellos paños serranos oriundos del condado de Niebla (Huelva) que aparecen en otras obras del autor. Sobre su regazo se alza el Niño, con una rama de olivo simbolizando la paz de Dios.

La Virgen lleva a modo de collar un gran rosario de cuentas cuya presencia invita a la práctica de su rezo, como símbolo de mediación espiritual y de oración y a menudo se la vincula con la protección y la intercesión. La imagen transmite una religiosidad íntima, dirigida a la contemplación individual más que a la narración compleja.

Detalle

María y el Niño evitan la mirada directa al espectador mostrando una actitud de serenidad, e incluso, arrobamiento. Destaca la armonía en la combinación cromática, similar a la de la Virgen de las Cuevas de la Sala X, en la que el carmín y el azul se superponen al fondo dorado. 

La figura de la Virgen aparece aislada, monumental y serena, convirtiéndose en el eje absoluto de la representación. Esta simplicidad formal es característica del artista, quien prescinde de elementos accesorios para centrar la atención en lo esencial: la presencia sagrada.

La Virgen aparece con un rostro ovalado y dulce, rasgos típicos de las figuras femeninas de Zurbarán. 

Detalle

Destaca también el tratamiento de los paños y calidades táctiles, uno de los grandes logros del pintor: los pliegues del manto, los contrastes cromáticos (azules, blancos y tonos cálidos) y la densidad de la materia pictórica aportan una fuerte presencia física a la imagen.

12) El niño de la espina. Francisco de Zurbarán. Hacia 1630. Óleo sobre lienzo. 128 x 85 cm. Museo de Bellas Artes. Sal VI. Donación de Doña Luisa Cortés y Soto en 1981


El cuadro El niño de la espina, realizado hacia 1630 por Francisco de Zurbarán, es una de las más delicadas representaciones de la infancia de Cristo dentro de la pintura barroca española. Ejecutado al óleo sobre lienzo y conservado en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, esta obra —de 128 x 85 cm y procedente de la donación de Doña Luisa Cortés y Soto en 1981— refleja el éxito que alcanzaron las imágenes de devoción popular centradas en la aceptación precoz del sufrimiento por parte del Niño Jesús (Leer mas).

13) Santa Bárbara. Francisco de Zurbarán. Hacia 1650. Óleo sobre lienzo. 173 x 103 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Procede del Hospital de las Cinco Llagas tras la desamortización

La pintura se integra en el conjunto de santas vírgenes y mártires que Zurbarán y su taller realizaron a lo largo de la década de 1640 y comienzos de 1650. Estas figuras femeninas, representadas con indumentarias lujosas y contemporáneas, responden a un gusto muy difundido en la Sevilla barroca, donde la espiritualidad se fundía con modelos cortesanos. De ahí que se hayan vinculado con los llamados retratos a lo divino, imágenes devocionales que adoptaban la apariencia de damas nobles, acercando lo sagrado al espectador mediante códigos visuales reconocibles.

Santa Bárbara (leer mas) aparece de pie, aislada sobre un fondo neutro que potencia su presencia monumental. La iconografía se construye a partir de sus atributos tradicionales: la torre, evocada al fondo como alusión a su encierro y martirio, y la espada, símbolo de su muerte, pero en esta versión, la santa sostiene un libro con la mano izquierda, apoyándolo sobre la cadera, mientras que la derecha se posa sobre el pecho en un gesto contenido que sugiere recogimiento y súplica. Su rostro, levemente elevado, dirige la mirada hacia lo alto con una expresión de intensa interioridad, cargada de emoción contenida.

Detalle del rostro

Detalle de la mano y el libro

Desde el punto de vista estilístico, la obra manifiesta los rasgos más característicos del arte de Zurbarán: un naturalismo austero, basado en la observación directa, y un uso magistral del claroscuro que modela las formas con una luz precisa y envolvente. Este tratamiento lumínico no solo define el volumen del cuerpo, sino que subraya la calidad táctil de los tejidos, uno de los aspectos más admirados de su pintura.

El atuendo de la santa constituye un verdadero despliegue de virtuosismo. El manto carmesí cae con pesadez solemne, contrastando con el brillo dorado del brocado de la basquiña y el azul liso del vestido interior. La riqueza de los materiales se ve acentuada por los reflejos de la luz y por los detalles minuciosos, como las perlas que adornan su cabeza y cuello, elementos que refuerzan su condición de figura idealizada y atemporal. Esta cuidada representación de las telas no solo demuestra la habilidad técnica del pintor, sino que también contribuye a dotar a la imagen de una dignidad casi escultórica.

14) Santa Matilde. Francisco de Zurbarán (Taller). Hacia 1650. Óleo sobre lienzo. 173 x 103 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Procede de la desamortización del Hospital de las Cinco Llagas

La figura de Santa Matilde aparece representada de pie, en una disposición de tres cuartos que acentúa su elegancia y solemnidad. Su cabeza se gira suavemente hacia el espectador, al que dirige una mirada serena y distante, casi ensimismada, que sugiere recogimiento interior más que comunicación directa. Entre sus manos sostiene un libro, atributo que alude tanto a su piedad como a su condición de mujer culta y devota, vinculada a la lectura espiritual.

Detalle del rostro

Detalle del libro

La indumentaria constituye uno de los aspectos más llamativos de la obra. La santa viste un suntuoso manto rojo que se abre para dejar ver una basquiña de elaborado brocado, donde se combinan tonos rojizos y dorados sobre un fondo verde. Este tejido, ricamente ornamentado con bordados que evocan perlas y piedras preciosas, transmite una sensación de lujo y refinamiento cortesano. Bajo estas capas asoma la parte inferior de la falda, resuelta en un luminoso amarillo que aporta un contraste cromático vibrante y contribuye a dotar de mayor riqueza visual al conjunto.

El tratamiento de los tejidos, con especial atención a las calidades y brillos, responde al interés del entorno de Zurbarán por representar con minuciosidad los valores materiales, sin perder por ello la dimensión espiritual del personaje. En este sentido, la actitud reservada de la santa, unida a la opulencia de su vestimenta, crea un interesante equilibrio entre lo terrenal y lo devocional, rasgo característico de muchas obras surgidas del taller del maestro.

Santa Matilde fue una reina y figura religiosa del siglo X, recordada por su profunda piedad y su dedicación a las obras de caridad. Nació hacia el año 895 en el seno de una familia noble sajona y llegó a ser reina de Germania al contraer matrimonio con el rey Enrique I, conocido como Enrique el Pajarero. Tras la muerte de su esposo en 936, desempeñó un papel relevante en la corte durante el reinado de su hijo, el emperador Otón I.

Destacó especialmente por su intensa vida espiritual y su compromiso con los más necesitados. Fundó monasterios, iglesias y hospitales, y dedicó gran parte de sus recursos a ayudar a pobres, enfermos y peregrinos. Esta generosidad, sin embargo, le acarreó tensiones con algunos de sus hijos, que consideraban excesiva su liberalidad con los bienes reales. A pesar de ello, Matilde mantuvo siempre una actitud firme, guiada por sus convicciones religiosas.

En la tradición cristiana, Santa Matilde es presentada como modelo de reina piadosa, esposa fiel y madre ejemplar. Tras enviudar, llevó una vida más retirada, centrada en la oración y en el apoyo a las comunidades religiosas que había fundado. Murió en el año 968 y fue venerada poco después como santa.

Su iconografía suele representarla con atributos regios, como corona o vestiduras ricas, combinados con elementos de devoción, como un libro o una iglesia en miniatura, símbolo de sus fundaciones. Esta combinación refleja bien la doble dimensión de su vida: la autoridad política y el compromiso espiritual.

15) Santa Engracia. Francisco de Zurbarán (Taller). Hacia 1650. Óleo sobre lienzo. 173 x 103 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Procede de la desamortización del Hospital de las Cinco Llagas. 

La representación de esta santa responde a un modelo compositivo muy cercano al utilizado para Santa Eulalia, no solo en la disposición frontal de la figura, sino también en la probable reutilización de la misma modelo por parte del pintor. La imagen, de tamaño natural, se presenta con una notable rotundidad, ocupando el espacio con serenidad y dignidad. Viste una rica capa de brocado en tonos ocres, cuya ejecución revela el esmero técnico del artista, atento a los matices de la textura, los reflejos de la luz y la minuciosidad de los pliegues.

Detalle del rostro

En su mano izquierda sostiene un clavo, elemento cargado de significado que remite directamente a su martirio. Según la tradición cristiana, este instrumento habría sido decisivo en su muerte, convirtiéndose así en uno de sus atributos iconográficos más reconocibles.

Detalle de las manos con el clavo

La figura corresponde a Santa Engracia, cuya vida se sitúa en la antigua Bracara, en la Lusitania romana. La tradición relata que sufrió martirio en presencia del emperador Daciano. Durante su paso por Caesar Augusta (actual Zaragoza), el 16 de abril del año 304, la joven, que viajaba hacia Narbona acompañada por un séquito de dieciséis caballeros y varias criadas, se atrevió a increpar al emperador por la dureza de la persecución contra los cristianos. Este acto de valentía provocó su condena: fue sometida a terribles tormentos, entre ellos la apertura del pecho y, finalmente, la perforación de la cabeza con un clavo. Sus acompañantes corrieron la misma suerte, siendo ejecutados.

La tradición aragonesa la recuerda como una mártir que, tras ser azotada, fue atravesada en la frente por un clavo, un suplicio que encuentra paralelos en otras narraciones hagiográficas, como la de san Pantaleón, aunque con variantes en su desarrollo. No obstante, algunos estudiosos han sugerido que su figura podría tener un carácter simbólico, interpretándola como una posible personificación de la Gracia divina, en relación con el significado de su nombre.

El culto a Santa Engracia arraigó con fuerza en Zaragoza y, con el tiempo, se extendió hacia otras regiones europeas, especialmente en territorio francés y en la zona de los Bajos Pirineos, donde aún perdura su memoria en la toponimia. A ella se le atribuían virtudes protectoras, siendo invocada particularmente para aliviar los dolores de cabeza.

Desde el punto de vista iconográfico, suele aparecer con los atributos propios del martirio, como la palma y la corona, a los que se añade de forma distintiva el clavo incrustado en la frente, símbolo inequívoco de su padecimiento y de su firmeza en la fe.

16) Santa Lucia. Bernabé de Ayala. Hacia 1672. Óleo sobre lienzo. 220 x 110 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Adquisición de la Junta de Andalucía en 2006.

La pintura representa a Santa Lucía en una figura de cuerpo entero, concebida con una marcada presencia monumental que se impone sobre el espacio pictórico. La santa aparece envuelta en un amplio manto rojo, recogido sobre los brazos y resuelto mediante un elaborado juego de pliegues que revela la destreza técnica del autor. Este tratamiento de los paños, de gran volumen y cadencia, contribuye a dotar a la figura de una elegancia serena y contenida (Leer mas).

17) Santa Dorotea. Francisco de Zurbarán (Taller). Hacia 1650. Óleo sobre lienzo. 173 x 103 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Procede de la desamortización del Hospital de las Cinco Llagas.


En esta pintura, vinculada al entorno del taller de Francisco de Zurbarán, se representa a Santa Dorotea de pie y ligeramente de perfil, en una actitud serena que evoca la de una figura oferente de la tradición clásica. La santa sostiene entre sus manos una bandeja de mimbre con frutas, elemento que concentra tanto el significado simbólico de la escena como su atractivo visual. La composición destaca por su equilibrio y por la contención expresiva de la figura, que transmite recogimiento y dignidad.

Detalle del rostro

Uno de los aspectos más llamativos de la obra es el tratamiento del color. El artista contrapone el intenso amarillo del chal, recorrido por franjas oscuras, con el suave tono rosado del vestido, cuyos pliegues amplios y algo rígidos caen con cierta pesadez, reforzando la verticalidad de la figura. Las frutas, dispuestas con cuidado sobre la bandeja, introducen notas de color que destacan sobre el fondo verdoso, apenas sugerido. La iluminación, procedente del lado derecho, incide sobre el rostro y las manos, haciendo resaltar la palidez de la piel frente a la penumbra del fondo, en un juego de contrastes de clara raíz tenebrista.

La serie a la que pertenece esta obra forma parte de un conjunto más amplio de representaciones de santas vírgenes, originalmente compuesto por doce lienzos, de los cuales se conservan ocho. Estas pinturas proceden del antiguo Hospital de la Sangre de Sevilla y responden a un programa iconográfico destinado probablemente a su colocación en las partes altas de los muros de la iglesia. Dispuestas de manera simétrica a ambos lados de la nave, habrían configurado una suerte de cortejo procesional, avanzando simbólicamente hacia el altar mayor en una evocación del tránsito celestial.

Zurbarán y su círculo desarrollaron en estas imágenes una reinterpretación de modelos iconográficos medievales, adaptándolos al gusto barroco mediante el uso de ricas indumentarias, joyas y tejidos suntuosos. Estos elementos no solo enriquecen visualmente las composiciones, sino que también aluden a la elección divina de las santas, otorgándoles una dignidad casi regia. Sin embargo, el análisis estilístico sugiere la intervención de varios colaboradores del taller, lo que explicaría las diferencias de calidad entre unas obras y otras. En este sentido, ciertos rasgos como la rigidez de algunos perfiles, la dureza de los rostros o la torpeza en la ejecución de manos y proporciones —como el alargamiento excesivo del cuello en esta figura— apuntan a una autoría compartida y a una ejecución desigual, alejada de la maestría plena del propio Zurbarán.

La iconografía de Santa Dorotea se centra en el episodio más difundido de su leyenda, recogido en compilaciones medievales como la Leyenda Dorada. Según esta tradición, la joven, de origen noble y natural de Cesarea de Capadocia, fue condenada a muerte en tiempos del emperador Diocleciano por su fe cristiana. Camino del suplicio, un escriba llamado Teófilo se burló de ella, desafiándola a que le enviara rosas y manzanas del Paraíso, algo imposible en pleno invierno. Dorotea aceptó con serenidad, y poco antes de su muerte un ángel se le apareció con un cesto que contenía precisamente esos frutos y flores celestiales. La santa los hizo llegar a Teófilo, provocando su asombro y su posterior conversión.

Detalle de la cesta de frutas

Este episodio es el que recoge la pintura mediante la presencia de las rosas y manzanas en la bandeja, atributo distintivo de la santa. Más allá de su valor narrativo, estos elementos simbolizan la recompensa celestial y la promesa de vida eterna, reforzando el mensaje de fe y esperanza que caracteriza a este tipo de representaciones.

La presencia de este conjunto en el Hospital de la Sangre se justifica tanto por la función protectora atribuida a estas santas como por su condición de modelos ejemplares de fortaleza ante el sufrimiento. En un contexto hospitalario, su imagen ofrecía consuelo y un referente espiritual a enfermos y necesitados, subrayando la aceptación del dolor como vía de redención. Asimismo, estas obras constituyen un testimonio significativo del funcionamiento de los talleres barrocos sevillanos, donde la colaboración entre maestro y discípulos daba lugar a producciones seriadas de notable impacto devocional y artístico.

18) Santa Inés. Francisco de Zurbarán (taller). Hacia 1650. Óleo sobre lienzo. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Procede de la Desamortización del Hospital de las Cinco Llagas.


En este lienzo, adscrito al taller de Francisco de Zurbarán y fechado hacia mediados del siglo XVII, se representa a Santa Inés en una composición sobria y equilibrada, acorde con el lenguaje devocional característico del entorno zurbaranesco. La figura aparece de pie, en posición de tres cuartos, con una leve inflexión del cuerpo que suaviza la rigidez frontal y aporta naturalidad a la escena (leer mas).

19) Santa Catalina. Francisco de Zurbarán (Taller). Hacia 1650. Óleo sobre lienzo. 75 x 58,2 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Procede de la desamortización del Hospital de las Cinco Llagas.

Este lienzo, atribuido al taller de Francisco de Zurbarán y realizado hacia 1650, representa a Santa Catalina de Alejandría (leer mas) conforme a los modelos devocionales difundidos en la Sevilla barroca. La obra, de formato más reducido que otras piezas de series similares, mantiene sin embargo la intensidad espiritual y la claridad compositiva características del entorno del maestro extremeño.

La santa aparece como una figura aislada, concebida para la contemplación individual. Su presencia se organiza en torno a una actitud serena y contenida, en la que el equilibrio entre verticalidad y leve giro corporal evita la rigidez excesiva. Este tipo de disposición, frecuente en las producciones del taller, permite dotar a la figura de cierta naturalidad sin renunciar a su carácter hierático.

La iluminación desempeña un papel esencial en la construcción de la imagen. Una luz lateral incide sobre el rostro y las manos, destacando los volúmenes con suavidad y generando un contraste con el fondo oscuro, apenas definido. Este recurso, heredado del tenebrismo, contribuye a centrar la atención en la figura y a reforzar su dimensión espiritual, alejándola de cualquier contexto narrativo preciso.

Detalle del rostro

En cuanto a la indumentaria, Santa Catalina suele representarse con ricos ropajes que aluden a su condición principesca, ya que la tradición la identifica como una joven de noble linaje. En las obras del círculo zurbaranesco, estos vestidos adquieren especial relevancia por el cuidado en la representación de los tejidos, los pliegues y los matices cromáticos, elementos que no solo aportan belleza formal, sino que también elevan la dignidad de la santa.

Desde el punto de vista iconográfico, Santa Catalina se reconoce habitualmente por sus atributos más característicos: la rueda dentada, instrumento de su suplicio, y la espada, con la que finalmente fue ejecutada. Estos elementos, cuando aparecen, sintetizan su historia martirial y la convierten en símbolo de sabiduría y firmeza en la fe. Su figura, muy difundida en la Edad Media y en la Edad Moderna, fue considerada modelo de inteligencia y elocuencia, además de protectora de estudiantes y filósofos.

Detalle de la rueda dentada

La obra procede del Hospital de las Cinco Llagas de Sevilla, institución en la que este tipo de representaciones cumplía una función tanto devocional como ejemplarizante. Tras la desamortización del siglo XIX, pasó a formar parte de las colecciones del Museo de Bellas Artes, donde se conserva como testimonio de la producción seriada del taller de Zurbarán. En este contexto, la pintura refleja el modo en que los discípulos y colaboradores del maestro supieron difundir sus modelos, adaptándolos a distintas escalas y necesidades, y contribuyendo a la amplia difusión de su estilo.

En conjunto, la obra ofrece una imagen de gran sobriedad y recogimiento, en la que la economía de medios se pone al servicio de una intensa expresión espiritual, rasgo distintivo de la pintura devocional sevillana del siglo XVII.

20) Santa Eulalia. Francisco de Zurbarán. Hacia 1650. Óleo sobre lienzo. 173 x 103 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Procede de la desamortización del Hospital de las Cinco Llagas

La obra presenta a la joven mártir de cuerpo entero, situada de frente y con un leve giro que anima la composición. Su figura, serena y firme, sostiene el libro, símbolo de su fe inquebrantable, junto al hacha encendida, alusión directa a los tormentos de su martirio. Destaca especialmente el tratamiento de los paños, cuyo plegado voluminoso y cuidadosamente modelado revela la maestría del pintor en la creación de formas sólidas y equilibradas, dotando a la imagen de una intensa presencia escultórica. En este lienzo, Francisco de Zurbarán logra conjugar espiritualidad y naturalismo, ofreciendo una representación sobria pero profundamente expresiva de la santa.

Detalle del rostro

Detalle del libro

La escena remite a la figura de Santa Eulalia de Mérida, una de las santas más veneradas de la Hispania romana. Según la tradición recogida en el Martirologio Romano, Eulalia nació hacia el año 292 en la ciudad de Emerita Augusta, en el seno de una familia cristiana perteneciente a la élite local. Su padre, el senador Liberio, educó a la niña en la fe cristiana, que ella abrazó con extraordinaria convicción desde muy temprana edad.

Durante el reinado del emperador Diocleciano, se promulgó un edicto que prohibía el culto cristiano y obligaba a rendir homenaje a los dioses del Imperio. Eulalia, que contaba apenas doce años, no pudo aceptar tales disposiciones y decidió enfrentarse públicamente a ellas. Temiendo por su vida, sus padres la alejaron de la ciudad y la llevaron a una casa en las proximidades del río Albarregas. Sin embargo, la joven escapó y regresó a Mérida, donde, según la tradición, llegó el 10 de diciembre del año 304 tras un viaje rodeado de episodios considerados milagrosos.

Una vez en la ciudad, se presentó ante el gobernador Daciano y denunció con valentía la injusticia de unas leyes que, en sus palabras, obligaban a abandonar al verdadero Dios para rendir culto a ídolos. El magistrado intentó primero persuadirla con promesas y recompensas, pero ante la firmeza de la joven, recurrió a la intimidación mostrándole los instrumentos de tortura. Le ofreció la posibilidad de salvarse si realizaba un sencillo gesto ritual: ofrecer pan e incienso a los dioses paganos. Eulalia rechazó de manera tajante la propuesta, arrojando al suelo las ofrendas y proclamando su fidelidad exclusiva al Dios cristiano.

Ante su negativa, fue sometida a un cruel suplicio. Azotada con varillas de hierro y quemada con antorchas, sufrió tormentos que, según la tradición, culminaron cuando su cabello se incendió, provocándole la muerte por el fuego y el humo. El poeta cristiano Prudencio relata que, en el momento de su muerte, una blanca paloma salió de su cuerpo y ascendió al cielo, símbolo de la pureza de su alma. Añade también que una nevada cubrió su cadáver, protegiéndolo hasta que fue recogido por los cristianos, quienes le dieron sepultura digna.

Sobre su tumba se levantó pronto un santuario que se convirtió en lugar de peregrinación. La devoción a la santa se extendió ampliamente, llegando a ser objeto de predicación por figuras como San Agustín. Con el paso del tiempo, su culto se consolidó en numerosos territorios. Hoy es patrona de Mérida, ciudad de la que es considerada alcaldesa perpetua, así como del Principado de Asturias, donde se veneran sus reliquias en la catedral de Oviedo, y de múltiples localidades en el ámbito hispánico y europeo.

La figura de Santa Eulalia, tal como la interpreta Zurbarán, no solo evoca el relato de su martirio, sino que encarna un ideal de firmeza espiritual y pureza que ha perdurado a lo largo de los siglos, convirtiéndola en uno de los referentes más significativos de la santidad en la tradición cristiana peninsular.

21) Santa Marina. Zurbarán, Taller de. Hacia 1650. Óleo sobre lienzo. 170 x 101 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala VI. Procede de la Desamortización del Hospital de las Cinco Llagas. 

La composición presenta a la santa de cuerpo entero, ligeramente de perfil, aunque con el rostro girado hacia el espectador, estableciendo así un vínculo directo de carácter espiritual. Esta disposición, frecuente en la pintura barroca sevillana, permite conjugar la dignidad de la figura con una cierta cercanía humana.

Santa Marina (leer mas) aparece ataviada como pastora, iconografía que alude tanto a su vida humilde como a su papel simbólico de guía espiritual. Viste un sombrero de paño negro que enmarca su rostro, una camisa blanca de lienzo con cuello visible, y sobre ella una almilla de tono berenjena. La indumentaria se completa con una saya de color verde oliva y una pieza de lana rojiza que aporta un acento cromático especialmente intenso. Calza sandalias sencillas, acordes con su condición.

Detalle

En el brazo izquierdo porta una alforja confeccionada con tejido de tradición morisca, probablemente procedente de la Alpujarra, decorada con remates en forma de copetes. En esa misma mano sostiene un pequeño libro, elemento que puede interpretarse como símbolo de su fe o de la meditación espiritual. Con la mano derecha empuña un cayado de pastora, rematado en hierro, atributo que refuerza su identificación y su carácter protector.

Desde el punto de vista plástico, la obra destaca por el fuerte contraste entre la figura iluminada y el fondo oscuro, recurso característico del naturalismo tenebrista asociado al entorno de Zurbarán. El rojo intenso de la vestimenta resalta con viveza sobre la penumbra, mientras que el rostro pálido de la santa, de rasgos serenos y contenida expresión, concentra la atención del espectador y subraya el recogimiento interior que define la escena.

22) San Roque. Ayala, Bernabé de. Hacia 1672. Óleo sobre lienzo. 220 x110 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Adquisición de la Junta de Andalucía en 2006


Esta obra fue atribuida por Ceán Bermúdez a Bernabé de Ayala, conocido seguidor e imitador de Zurbarán. Nos muestra a san Roque representado con los atributos que le son propios, vestido de peregrino, apoyado en un báculo y acompañado de su inseparable perro (Leer mas)

23) Jacob con el rebaño de Labán. Francisco Antolínez. 1660-1700. 108 x 170 cm. Óleo sobre lienzo. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Adquisición del estado en 1994


La escena ilustra un episodio del libro del Génesis, centrado en la figura de Jacob mientras cuida los rebaños de su tío Labán. Más allá de su contenido religioso, la obra responde a un tipo de pintura muy apreciado en la Sevilla del siglo XVII: composiciones de carácter decorativo, destinadas a ámbitos domésticos y adaptadas al gusto de una clientela burguesa en auge. En este contexto, eran especialmente demandadas las escenas de paisaje, los bodegones y las representaciones de la vida cotidiana o de temática bíblica tratadas con un enfoque amable y accesible, generalmente en formatos manejables y de coste moderado.

El relato representado alude al momento en que Jacob, tras años de servicio a Labán —con quien había emparentado al casarse con sus hijas Lía y Raquel—, solicita una compensación por su trabajo. Propone como salario quedarse con las ovejas negras y las cabras manchadas, es decir, los ejemplares menos comunes del rebaño. Labán accede, pero actúa con engaño al ordenar que esos animales sean apartados previamente. Ante esta situación, Jacob recurre a una estratagema: coloca varas descortezadas junto a los abrevaderos, provocando —según la narración bíblica— que las crías nazcan con las características que le corresponden, logrando así formar su propio rebaño.

Detalle de Jacob con las ovejas


Antolínez plasma este episodio integrando pequeñas figuras en un amplio paisaje que adquiere un papel protagonista. La composición se construye mediante una pincelada ágil y suelta, que dota a la escena de dinamismo y viveza. La atención al entorno natural, más que a la precisión anatómica de los personajes, revela el interés del pintor por los efectos atmosféricos y por una interpretación narrativa en la que lo anecdótico se funde con lo decorativo. Estas cualidades sitúan la obra dentro de la producción característica del artista, marcada por una ejecución espontánea y una sensibilidad hacia el paisaje como elemento expresivo principal.

Detalle de la casa

Detalle del puente con un hombre montado en una caballería

24) Invierno. Francisco Barrera. 1638. Óleo sobre lienzo. 167 x 248 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Procede del Convento de Franciscanos Descalzos de Villamanrique, Adquirido por la Junta de Andalucía en 1985


Este lienzo se integra en una serie dedicada a las cuatro estaciones del año, un tema frecuente en la pintura barroca por su valor simbólico y su conexión con el paso del tiempo y los ciclos de la naturaleza. En esta ocasión, el invierno se representa mediante una iconografía tradicional heredada en gran medida de modelos grabados: un anciano, figura alegórica de la estación, se acerca a un brasero para calentarse las manos, gesto que sintetiza el frío y la dureza del periodo invernal.

Detalle sin marco

Detalle del anciano

El primer plano está dominado por una abundante exhibición de alimentos, que no solo aportan riqueza visual, sino que también evocan las prácticas domésticas propias de la estación. Destaca un gran cerdo abierto en canal que cuelga del techo, acompañado de embutidos, costillares, aves desplumadas y otras piezas de caza. A estos se suman productos del mar, como besugos, y aves como un pato de gran tamaño. En torno a ellos se disponen verduras —principalmente repollos— y frutas como manzanas y naranjas, además de un cesto rebosante de provisiones.

La escena incorpora también elementos vinculados al tiempo navideño, como dulces típicos, subrayando la dimensión festiva del invierno en contraste con su rigor climático. Diversas ollas y recipientes aluden a las labores de cocina y conservación, especialmente la elaboración de mermeladas y compotas, prácticas habituales para asegurar el abastecimiento durante los meses más fríos.

Detalle de una olla

Al fondo, una ventana abre la composición hacia el exterior, introduciendo un paisaje nevado que refuerza el sentido de la alegoría. En él se recorta la silueta de un árbol de ramas desnudas cubiertas de nieve, imagen elocuente de la crudeza del invierno. Este recurso de integrar un fondo paisajístico no solo amplía el espacio pictórico, sino que establece un contraste entre el interior cálido y el exterior inhóspito.

En conjunto, la obra combina el simbolismo alegórico con el detallismo propio del bodegón barroco, ofreciendo una visión rica y compleja del invierno, entendido tanto como estación climática como momento de recogimiento, abundancia doméstica y preparación para la supervivencia.

25) Otoño. Francisco Barrera. 1638. Óleo sobre lienzo. 167 x 248 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Procede del Convento de Franciscanos Descalzos de Villamanrique, Adquirido por la Junta de Andalucía en 1985


La composición ofrece una evocación rica y detallada de la estación otoñal, articulada mediante una combinación de escena campesina y naturaleza muerta. En el lado derecho se sitúa un joven campesino junto a un borrico, concentrado en la tarea de cortar racimos de uvas de una parra. Su labor, propia del tiempo de vendimia, se traduce en un gesto cotidiano que subraya el vínculo entre el trabajo agrícola y el ciclo estacional, mientras dispone los frutos en las cestas colocadas sobre el animal.

Detalle del joven campesino

Detalle del borrico

En contraste, la zona izquierda presenta una abundante acumulación de alimentos que remiten a la riqueza del otoño. Sobre un estrado cuidadosamente organizado se disponen frutas y hortalizas —uvas, granadas, peras, manzanas, melones, repollos y cardos— junto a ristras de pimientos, cebollas y ajos que cuelgan ordenadamente. En primer plano destacan grandes peces, acompañados de aves y conejos, que aportan variedad y refuerzan la idea de abundancia propia de la estación.

Detalle de los alimentos

Detalle de los alimentos
Detalle de los alimentos

Entre estos elementos, un perro introduce una nota de naturalismo al olfatear con atención los víveres, aportando dinamismo a la escena y guiando la mirada del espectador a través del conjunto. 

Detalle del perro

Al fondo, envuelto en una atmósfera brumosa, se despliega un paisaje en el que varios campesinos trabajan en la recolección de la uva, ampliando la narración hacia un contexto más amplio y colectivo.

Detalle del fondo con campesinos trabajando

La obra responde a una estructura compositiva característica de la serie a la que pertenece, donde la representación simbólica de las estaciones se apoya en la combinación de actividad humana, paisaje y bodegón, logrando una imagen equilibrada entre lo narrativo y lo alegórico.

26) Verano. Francisco Barrera. 1638. Óleo sobre lienzo. 167 x 248 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Procede del Convento de Franciscanos Descalzos de Villamanrique. Adquirido por la Junta de Andalucía en 1985


El lienzo se integra en una serie dedicada a las cuatro estaciones, un tema muy apreciado en la pintura barroca por su capacidad simbólica y decorativa. En este caso, Barrera combina la tradición del bodegón con la pintura de figuras, logrando una escena rica en detalles y significados.

A la izquierda aparece un joven campesino que, cargando una gavilla de trigo sobre los hombros, encarna de manera directa la estación estival y el tiempo de la cosecha. Su figura introduce la dimensión humana del trabajo agrícola, fundamental en la concepción simbólica del verano.

Detalle del joven campesino cargando con una gavilla de trigo

A la derecha se despliega un abundante conjunto de alimentos que refuerzan la idea de fertilidad y riqueza propia de esta época del año. Se representan piezas de caza como liebres y diversas aves, junto a animales domésticos como gallinas, gallos y un ganso. Este repertorio se completa con productos de la pesca, como los mújoles, y con una amplia variedad de frutas y hortalizas: pepinos, berenjenas, coles, calabazas, uvas negras, manzanas, higos, ciruelas, peras de agua y nísperos. También aparecen alimentos elaborados, entre ellos empanadas, jamón y dulces como barquillos, además de un tarro de miel y un recipiente con hielo, elementos que subrayan el carácter estacional y el placer asociado a la comida en los meses cálidos.

Detalle de alimentos

Detalle de alimentos
Detalle de alimentos

En el centro de la composición, un gato observa con atención el conjunto de viandas, introduciendo una nota de naturalismo y cierta tensión narrativa, como si el animal estuviera al acecho. Este detalle, aparentemente anecdótico, contribuye a dinamizar la escena y a dotarla de un carácter más cotidiano.

Detalle del gato

El fondo se abre a un paisaje que amplía el significado de la obra. En él se desarrolla la siega del trigo, con varios campesinos entregados a las labores agrícolas, mientras que, a mayor distancia, se distingue un río junto al cual algunas figuras disfrutan de un momento de ocio: unos comparten una merienda y otros se bañan. Esta doble escena —trabajo y recreo— resume de forma elocuente la esencia del verano, entendido tanto como tiempo de esfuerzo productivo como de disfrute.

Detalle de campesinos en las labores agrícolas

Detalle del río con bañistas y una merienda

En conjunto, la pintura destaca por su minuciosidad descriptiva, la cuidada disposición de los elementos y su capacidad para sintetizar, en una sola imagen, los valores simbólicos, económicos y sociales asociados a la estación estival en la sociedad del siglo XVII.

27) Primavera. Francisco Barrera. 1638. Óleo sobre lienzo. 167 x 248 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Procede del Convento de Franciscanos Descalzos de Villamanrique. Adquirido por la Junta de Andalucía en 1985

La pintura forma parte de una serie dedicada a las cuatro estaciones, concebida como un conjunto de alegorías. En esta obra, la primavera se personifica a través de la figura de Flora, reconocible por la corona de flores que adorna su cabeza y por el ramillete que sostiene entre las manos.

Detalle de Flora

Detalle de las manos de Flora

Tras ella se dispone una alacena escalonada en la que se acumula una abundante variedad de alimentos característicos de la estación. La composición reúne carnes, pescados, frutas y hortalizas, organizadas de forma densa pero ordenada. Entre los productos vegetales se identifican espárragos, coliflores, alcachofas, zanahorias, puerros, habas, así como frutas como cerezas, manzanas y limones. A estos se suman piezas de caza —patos, tórtolas y palomas torcaces—, además de conejo, cordero lechal y una pierna de carnero. También aparecen distintos pescados, como merluza, salmón y bacalao en salazón.

Detalle de alimentos

Detalle de alimentos
Detalle de alimentos

Al fondo se abre un paisaje visible a través de un vano, donde se distingue un jardín ordenado junto a un palacio campestre que podría recordar al del Buen Retiro, lugar vinculado a la actividad decorativa del pintor.

Detalle del jardín y palacio del Buen Retiro 

Las cuatro composiciones de esta serie responden a un mismo esquema: una figura alegórica central acompañada de los productos propios de cada estación, dispuestos en niveles dentro de un espacio interior que se prolonga visualmente hacia el exterior. Barrera desarrolló con frecuencia este tipo de bodegones estacionales, caracterizados por la acumulación abundante de elementos, organizados con cierto sentido práctico más que con el refinamiento habitual en otras naturalezas muertas.

28) Naturaleza muerta. Pedro de Camprobín. Hacia 1666. Óleo sobre lienzo. 92 x 133 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Adquisición de la Junta de Andalucía en 1997


Esta obra pertenece a la etapa de plena madurez de Pedro de Camprobín, desarrollada entre las décadas de 1660 y 1670, cuando el artista se consolidó como uno de los más destacados pintores sevillanos especializados en flores y bodegones. En estos años había definido ya un repertorio propio de composiciones, entre las que sobresalen los denominados “banquetes”, caracterizados por su refinamiento y riqueza visual.

En este tipo de pinturas, Camprobín combina con equilibrio elementos como vajillas, jarrones, floreros y recipientes diversos con frutas, dulces y, en ocasiones, instrumentos musicales. Todos estos objetos se disponen en escenarios cuidadosamente construidos, generalmente enmarcados por arquitecturas de columnas o espacios palaciegos que se abren hacia paisajes o vistas urbanas, creando una sugestiva profundidad espacial.

A lo largo de sus últimos años, el pintor introdujo una mayor complejidad compositiva, distribuyendo los objetos en distintos planos y alturas, lo que aporta dinamismo a la escena sin perder la armonía general. En esta obra, dicha organización se percibe en la disposición escalonada de los elementos, que guía la mirada del espectador y refuerza la sensación de equilibrio.

La escena se organiza dentro de un marco arquitectónico que se abre hacia un horizonte apacible, tratado con tonos fríos y algo apagados, en contraste con la riqueza cromática del primer plano. Este recurso no solo amplía el espacio representado, sino que demuestra el interés del artista por la perspectiva y la integración del bodegón en un contexto más amplio.

Detalle

Como en muchas naturalezas muertas del Barroco, la obra puede interpretarse también en clave simbólica. La acumulación de objetos, junto a la presencia de un instrumento musical —similar a un violín—, remite a la fugacidad de los placeres sensoriales y al carácter efímero de la vida. De este modo, el bodegón trasciende su función decorativa para invitar a la reflexión moral, en consonancia con la espiritualidad de la época, subrayando la importancia de una vida guiada por los valores religiosos frente a lo pasajero de lo material.

Detalle

29) José recibido en Heliópolis. Francisco Gutiérrez. 1657. Óleo sobre lienzo. 107, 50 x 162,30 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Donación de Villacieros en 1981

La obra recrea un episodio del libro del Génesis (41, 37-46), centrado en la exaltación de José tras interpretar los sueños del faraón (leer mas). Como recompensa, es elevado a la dignidad de visir y presentado públicamente con honores en la ciudad de Heliópolis. El faraón llamó a José “Safnat Panéaj”, dándole por esposa a “Asnat” (Asenec), hija de “Potifera” (Putifar), sacerdote de la ciudad de On (Heliópolis).

El pintor sitúa la escena en una ciudad imaginada, concebida como un vasto escenario urbano donde se combinan elementos de la arquitectura clásica con estructuras de sabor medieval. Esta Heliópolis idealizada se articula en torno a una gran plaza perspectívica, rodeada de edificios monumentales que organizan la composición y dirigen la mirada hacia el eje central, donde se desarrolla el cortejo triunfal.

José avanza en un carro solemne tirado por doce caballos blancos, símbolo de su nueva autoridad y prestigio. A su alrededor se despliega una comitiva fastuosa integrada por heraldos, jinetes y soldados, que refuerzan el carácter ceremonial del acontecimiento. 

Detalle del carro tirado por doce caballos blancos

Detalle de José

Detalle de los caballos

En contraste, en el extremo derecho, junto a la entrada de un palacio, aguardan Asnat y su padre Potifera, acompañados de su séquito. Sus vestimentas evocan una antigüedad idealizada, cercana a los modelos empleados en la pintura barroca española para representar figuras bíblicas, con ecos de composiciones como las series de las Doce Tribus.

Detalle de la entrada de un palacio, donde aguardan Asnat y su padre Potifera, acompañados de su séquito.

Un recurso significativo es la inclusión de inscripciones en los edificios, mediante las cuales el artista identifica a los personajes y el lugar representado. Así, aparecen los nombres de José, Heliópolis, Asnat y Potifera, facilitando la lectura narrativa de la escena y subrayando su carácter didáctico.

La animación del conjunto se intensifica con la presencia de numerosos espectadores que llenan la plaza. Algunos contemplan el desfile desde el suelo, mientras otros se asoman a balcones y galerías, creando un ambiente bullicioso que aporta dinamismo y profundidad espacial.

Detalles del publico

Detalles del publico

Desde el punto de vista estilístico, la pintura evidencia la influencia de los tratados de perspectiva y de las estampas de arquitecturas ideales difundidas en Europa durante el siglo XVII, especialmente las asociadas a Hans Vredeman de Vries. Sin embargo, Gutiérrez adapta estos modelos con libertad, otorgando a la arquitectura un protagonismo casi escenográfico, frente al cual las figuras humanas, de pequeño tamaño y ejecución suelta, actúan como elementos animadores del espacio.

El colorido resulta vivo y contrastado, con predominio de rojos, azules, ocres y blancos que destacan sobre una preparación de tono cálido que aflora en algunas zonas del lienzo. Este tratamiento cromático, junto con la luminosidad general de la escena, sitúa la obra dentro de la tradición pictórica madrileña de la segunda mitad del siglo XVII.

Se conocen al menos otras dos versiones de este asunto: una muy cercana a la presente, documentada en el mercado artístico internacional, y otra con variaciones compositivas conservada en la colegiata de Villagarcía de Campos, lo que indica el interés y la difusión de este tema dentro de la producción del artista.

30) El incendio de Troya. Francisco Gutiérrez. 1657. Óleo sobre lienzo. 107 x 162 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Donación de Villacieros en 1981 


La obra representa la caída de Troya a manos de los griegos, inspirándose en los pasajes finales del canto segundo de la Eneida de Virgilio. La escena se organiza entre arquitecturas imaginarias en primer plano, mientras al fondo se extiende el incendio de la ciudad, creando un fuerte contraste entre lo monumental y lo narrativo.

Durante el siglo XVII, este tipo de pintura arquitectónica alcanzó gran popularidad en España, impulsada por la demanda de decoraciones para residencias nobiliarias, viviendas burguesas y espacios de una élite eclesiástica cada vez más culta.

El episodio recreado pertenece a uno de los relatos míticos más influyentes en la historia del arte: la destrucción de Troya por los griegos, narrada tanto por Homero como por Virgilio. La composición recoge el instante en que la ciudad arde en la noche, destacando la silueta del gran caballo de madera, clave en el engaño que permitió la invasión.

Detalle del incendio y la silueta del caballo


La arquitectura, de carácter escenográfico, desplaza en parte la atención hacia un plano casi anecdótico en el que se distinguen algunas figuras en huida. Entre ellas se reconoce a Eneas, que transporta a su padre Anquises sobre los hombros y guía a su hijo Ascanio, abandonando la ciudad en cumplimiento del destino que le llevará a fundar los orígenes de Roma, concebida como una nueva Troya.

Detalle de las figuras que huyen

Detalle de Eneas, que transporta a su padre Anquises sobre los hombros y guía a su hijo Ascanio

El entorno arquitectónico resulta grandilocuente y fantasioso, con una disposición teatral que potencia los efectos decorativos y contribuye a intensificar el dramatismo del conjunto.

31) Inmaculada Concepción. Cornelio Schunt. Segunda mitad del siglo XVII. Óleo sobre lienzo. Museo de Bellas Artes. Sala VI. 


Esta pintura sigue el modelo iconográfico de las Inmaculadas difundido por Bartolomé Esteban Murillo, del que el autor toma claras referencias al desenvolverse en su entorno artístico.

En el rostro de la Virgen, de rasgos delicados —boca pequeña y barbilla fina—, así como en la representación de los querubines, se repiten tipos habituales en la producción del pintor. Algo similar ocurre con el paisaje, tratado de manera imprecisa y vaporosa, creando un fondo de nubes de efecto suave y etéreo.

El manto azul aparece agitado por el viento, mientras que la túnica presenta pliegues largos y algo rígidos, con menor sensación de movimiento. A los pies de la Virgen se sitúa la luna, único atributo identificativo, ya que el artista prescinde de los símbolos de las letanías que suelen portar los ángeles, reduciendo también su número y su dinamismo.

La composición resultante es más serena y contenida, de gran simplicidad formal. Esta elección podría relacionarse con el pequeño formato de la obra y su posible destino para un ámbito devocional privado, favoreciendo así la contemplación del rostro apacible de María y su actitud recogida e introspectiva.

32) San Joaquín. Juan Simón Gutiérrez. Hacia 1700. Óleo sobre lienzo. 163 x 120 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Ingresando en el Museo tras la Desamortización de 1840.


La pintura presenta a San Joaquín representado como un anciano de sólida complexión, apoyado en un cayado y acompañado por una oveja, símbolo de mansedumbre y de su vinculación con la vida pastoril. La escena se desarrolla en un paisaje abierto y de horizonte bajo, mientras que en la parte superior se disponen varias cabezas de ángeles que aportan un discreto componente celestial y equilibran la composición (Leer mas).

33) Santa Ana. Juan Simón Gutiérrez. Hacia 1700. Óleo sobre lienzo. 159 x 119 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Ingresando en el Museo tras la desamortización en 1840.

La escena presenta a Santa Ana en el interior de una estancia doméstica, concebida con sobriedad y recogimiento, donde la figura se convierte en el eje principal de la composición. La santa aparece concentrada en las labores de hilado, una actividad tradicionalmente asociada a la virtud, la paciencia y la vida cotidiana, que aquí adquiere además un sentido simbólico. Con un gesto sencillo y elocuente de sus manos, señala los útiles propios de este trabajo: la devanadera, el huso y la rueca, cuidadosamente dispuestos para subrayar tanto la acción como su significado.

Detalle del rostro

A sus pies se introduce un elemento de carácter más cercano y anecdótico: un pequeño perro que juguetea con la rueca, aportando un matiz de vivacidad y naturalidad a la escena. Este detalle no solo humaniza la representación, sino que también establece un contraste con la serenidad y la actitud concentrada de la figura principal.

Detalle del perro


La composición se completa en la parte superior con dos agrupaciones simétricas de cabezas de angelitos, que emergen entre nubes y equilibran visualmente el conjunto. Estos elementos celestiales introducen una dimensión espiritual que trasciende el ámbito doméstico, vinculando la escena cotidiana con un plano devocional. De este modo, la obra combina con acierto lo íntimo y lo sagrado, integrando la vida diaria en un discurso religioso de carácter amable y accesible.

34) Judith mostrando la cabeza de Holofernes al pueblo de Betulia. Pedro Núñez de Villavicencio, 1674. Óleo sobre lienzo. 186 x 235 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI


No se conoce con certeza la fecha de composición del Libro de Judit, aunque la opinión más extendida lo sitúa en época macabea, hacia mediados del siglo II a. C. La autoría también permanece en el anonimato, sin que exista acuerdo sobre quién o quiénes lo redactaron.

El relato presenta a Judith (leer mas), una viuda hebrea de notable belleza, riqueza y profunda religiosidad, perteneciente a la tribu de Simeón. Hija de Merarí y esposa de Manasés, que había muerto durante la recolección de la cebada a causa de una insolación, dejándole oro y plata, siervos, ganado y campos. Judith vive en la ciudad de Betulia en un momento crítico, cuando el territorio de Israel se encuentra amenazado por un ejército asirio enviado por Nabucodonosor. Tradicionalmente, este episodio fue considerado histórico en el ámbito católico, interpretación que se mantuvo durante siglos y que aún sostienen algunos sectores.

La ciudad de Betulia sufre un duro asedio dirigido por el general Holofernes. Cuando la situación se vuelve desesperada y la rendición parece inminente, Judith decide intervenir. Acompañada de su doncella, abandona la ciudad y se introduce en el campamento enemigo. Allí logra ganarse la confianza de Holofernes y, aprovechando un banquete en el que el general se embriaga, espera a que caiga dormido para decapitarlo con su propia espada. Después, regresa en secreto a Betulia llevando consigo la cabeza del enemigo.

La escena en la que Judith muestra la cabeza de Holofernes marca el desenlace del relato. Una vez de vuelta, convoca a los ancianos y al pueblo, que hasta entonces vivían sumidos en el temor. Ante ellos, extrae la cabeza y la exhibe como prueba de la victoria. El impacto es inmediato: la desesperación se transforma en confianza, al comprender que el poder del invasor ha sido quebrado.

Este gesto adquiere un fuerte significado simbólico, ya que representa la liberación inesperada de toda una comunidad y se interpreta como una manifestación de auxilio divino. La acción de Judith, realizada sin medios militares, pone de relieve la idea de que la fe y la determinación pueden imponerse a la fuerza.

Animados por este acontecimiento, los habitantes de Betulia salen a combatir. Al descubrir la muerte de su general, el ejército enemigo cae en el desconcierto y huye, siendo finalmente derrotado. Judith es entonces reconocida como heroína por su pueblo y por las autoridades religiosas. Tras estos hechos, regresa a su vida retirada, rechaza nuevas propuestas de matrimonio y permanece fiel al recuerdo de su esposo. A su muerte, es sepultada junto a él, y durante largo tiempo Israel disfruta de un periodo de paz sin amenazas exteriores.

El cuadro muestra el momento en que Judith muestra la cabeza de Holofernes ala oueblo de Betulia. 

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