sábado, 9 de mayo de 2026

 AREA CENTRO 1

Iglesia del Sagrario.

HISTORIA

La iglesia parroquial del Sagrario de la Catedral de Sevilla, también llamada parroquia de San Clemente, constituye uno de los espacios religiosos más significativos del entorno catedralicio hispalense. Situada en el costado occidental del Patio de los Naranjos, en la confluencia de la avenida de la Constitución con la calle Alemanes, su presencia monumental refleja la importancia litúrgica, artística e histórica de esta institución, concebida como templo parroquial vinculado directamente a la Catedral.

La actual iglesia surgió de la necesidad de sustituir al antiguo Sagrario medieval, ubicado entre la Puerta del Perdón y la llamada nave del Lagarto, dentro del recinto catedralicio. A comienzos del siglo XVII, aquel primitivo espacio resultaba insuficiente para las crecientes exigencias del culto y se consideraba poco adecuado para custodiar con la solemnidad requerida el Santísimo Sacramento. Además, el deterioro progresivo de sus estructuras, levantadas con materiales más frágiles como ladrillo, yeserías y madera, hacía urgente una nueva construcción de mayor solidez, amplitud y dignidad.

La iniciativa para la edificación del nuevo templo fue impulsada con especial empeño por Mateo Vázquez de Leca, destacado canónigo sevillano y arcediano de Carmona, quien promovió la necesidad de crear una iglesia acorde con la grandeza de la sede metropolitana. La primera piedra fue colocada en 1618 por el arzobispo Pedro de Castro y Quiñones, dando comienzo a una de las empresas arquitectónicas más relevantes del barroco sevillano.

El proyecto fue diseñado por Miguel de Zumárraga (ver), maestro mayor de la Catedral, quien trazó las líneas fundamentales del edificio. Junto a él colaboraron Alonso de Vandelvira y Cristóbal de Rojas, este último especialmente importante en cuestiones técnicas y de cimentación, dada la complejidad del terreno próximo al antiguo arenal sevillano. Posteriormente, el maestro albañil Pedro Sánchez Falconete incorporó elementos decorativos de carácter barroco que enriquecieron notablemente el conjunto. Tras la muerte de Zumárraga en 1630, las obras continuaron bajo la dirección de Fernando de Oviedo y fueron finalmente concluidas por Lorenzo Fernández Iglesias en junio de 1662.

Para levantar este nuevo templo fue necesario ocupar la nave de Nuestra Señora de la Granada, en el ala oeste del Patio de los Naranjos. Ello supuso el derribo de restos conservados de la antigua mezquita almohade, diversas capillas cristianas posteriores y la portada plateresca del viejo Sagrario, realizada en mármol blanco. Esta decisión transformó profundamente el espacio, integrando la nueva iglesia en el vasto complejo catedralicio.

El edificio fue construido íntegramente en piedra, buscando una plena armonía visual con la Catedral y otorgándole una monumentalidad excepcional. Aunque esta elección material permitió una integración estética sobresaliente, también originó importantes problemas estructurales con el paso del tiempo. Las características del subsuelo y el enorme peso de la fábrica ocasionaron patologías constructivas que hicieron necesarias repetidas intervenciones de restauración a lo largo de su historia.

Arquitectónicamente, la iglesia del Sagrario representa una de las obras maestras del manierismo tardío y del primer barroco sevillano. Su concepción monumental, inspirada en modelos como la iglesia del Hospital de las Cinco Llagas, combina severidad estructural con una rica ornamentación interior, ofreciendo una transición armoniosa entre el clasicismo herreriano y las nuevas formas barrocas. A pesar de su cronología posterior a la Catedral gótica, el templo se integra de forma admirable en el conjunto, formando parte esencial del paisaje monumental sevillano.

Desde su conclusión en el siglo XVII, el edificio ha experimentado diversas campañas de conservación. Las restauraciones más significativas tuvieron lugar durante el siglo XX, especialmente en la década de 1960, y más recientemente entre 2018 y diciembre de 2023, cuando se desarrolló una profunda intervención destinada a garantizar la estabilidad estructural del inmueble, recuperar elementos decorativos y asegurar su preservación para generaciones futuras.

Bajo la advocación de San Clemente (ver), en recuerdo de la festividad del santo coincidente con la conquista de Sevilla por Fernando III en 1248, esta iglesia no solo cumple funciones parroquiales, sino que simboliza la continuidad histórica entre la Sevilla islámica, la cristiana medieval y la gran urbe barroca. Su historia resume siglos de transformación urbana, fervor religioso y excelencia artística, consolidándose como uno de los grandes monumentos del patrimonio sacro sevillano.

EXTERIOR

La iglesia del Sagrario de la Catedral de Sevilla presenta al exterior una de las manifestaciones más sobrias y elegantes del barroco clasicista sevillano del siglo XVII. Su arquitectura, concebida como parroquia aneja al gran templo catedralicio, adopta una apariencia austera y monumental que armoniza con el entorno catedralicio sin competir con la grandiosidad gótica del conjunto principal. La severidad compositiva de sus muros, apenas alterada por elementos decorativos contenidos, responde a una estética donde predominan la proporción, el equilibrio y la solemnidad.

Vista general del edificio

La estructura exterior se organiza mediante una sucesión de tres cuerpos superpuestos delimitados por pilastras adosadas de los tres órdenes clásicos: dóricas en el primer piso, jónicas en el segundo y corintias en el tercero, que articulan verticalmente los paramentos y refuerzan la sensación de orden clásico.

Pilastra dórica

Pilastra jónica

Pilastra corintia

El edificio se remata con antepecho, sobre el que se dispone una serie de llamativos flameros, detalles que, aunque discretos, enriquecen la silueta del edificio y le confieren un aire ceremonial. 

Detalle de flameros

Detalle de flameros
Detalle de flameros

En las fachadas destacan numerosas ventanas, muchas de ellas cegadas o simuladas, recurso arquitectónico que aporta ritmo visual al conjunto y acentúa la sobriedad del edificio. Este uso de vanos ficticios refleja la influencia del clasicismo barroco, donde la simetría y la regularidad se convierten en elementos esenciales del diseño.

Fachada a la avenida con ventanas abiertas y cegadas

En la cabecera (calle Alemanes) se dispone una galería porticada que añade profundidad arquitectónica a la fachada norte, donde se localiza además una notable tribuna de representación. Esta tribuna, abierta mediante pórticos y orientada hacia el recorrido procesional, permitía a las autoridades civiles y eclesiásticas, así como al cabildo, contemplar solemnemente celebraciones de especial relevancia como la procesión del Corpus Christi o los desfiles penitenciales de Semana Santa. Sobre este espacio, una inscripción latina rememora la Pasión de Cristo, subrayando el carácter devocional del edificio.

Vista general de la cara norte, a la calle Alemanes

Detalle de la Galería superior: “Se conmemora la memoria de la Pasión”

“Oh muerte, seré tu muerte”

“Toda la tierra te adore”

“¡Oh, gran obra de piedad!”

“Todo lo atraeré hacia mí”

Y además se observan relieves de elementos de la pasión.

La escalera y el candil

Los clavos y el martillo con las tenazas

La columna y el látigo

Uno de los elementos más singulares del conjunto de la Sacristía es su disposición perpendicular a la nave principal hasta alcanzar la Puerta del Perdón. Este volumen se remata con una espadaña cuyas campanas marcan aún las funciones litúrgicas de la parroquia, integrando la vida religiosa cotidiana en el paisaje sonoro del centro histórico sevillano.

Puerta del Perdón

Espadaña

La iglesia dispone de varias portadas que articulan sus relaciones con el complejo catedralicio y el espacio urbano circundante. La entrada principal, orientada hacia la actual Avenida de la Constitución, constituye el acceso habitual de los fieles. 

Se trata de una portada clasicista de gran dignidad formal, adintelada y flanqueada por dobles columnas toscanas acanaladas sobre pedestales. 

Portada a la Avenida

Sobre ellas se alza un frontón triangular que alberga el escudo del Cabildo Catedralicio, acompañado de jarrones ornamentales y figuras alegóricas recostadas, representaciones de la Fe y la Caridad que enfatizan el simbolismo espiritual del acceso.

Detalle del frontón

Detalle del escudo del Cabildo Catedralicio

La Caridad con su símbolo del corazón ardiente

La Fe con su símbolo de la Cruz

En el lado de la Epístola se encuentra una entrada al Patio de los Naranjos, habitualmente cerrada, que conecta la parroquia con uno de los espacios más emblemáticos del recinto catedralicio.

Desde el interior de la Puerta del Perdón se accede también a la Sacristía a través de una magnífica portada barroca del siglo XVII, decorada con esculturas alegóricas de las virtudes teologales. En el centro se sitúa la Caridad, mientras que a sus lados aparecen la Esperanza, identificada por el ancla, y la Fe, reconocible por la cruz. Estas esculturas, realizadas por José de Arce, representan una destacada muestra de la escultura barroca sevillana y enriquecen notablemente este acceso secundario.

Portada desde el interior de la Puerta del Perdón

Detalle de la portada

Detalle de la Caridad representada por una mujer rodeada de niños

Detalle de la cara de un angelito

Detalle de la Esperanza representada por el ancla (firmeza, solidez y seguridad en medio de las tempestades dela vida)

Detalle de la Fe representada por la Cruz (triunfo de Cristo)

A los pies del templo se abre otra puerta que comunica directamente con el interior de la Catedral, utilizada únicamente en ocasiones especiales. Diseñada por Pedro Sánchez Falconete, esta portada posee mayor monumentalidad y refuerza la integración física y simbólica entre el Sagrario y el templo metropolitano.

Portada a los pies del templo desde el interior


En conjunto, el exterior de la iglesia del Sagrario constituye una síntesis magistral de clasicismo y barroco contenido, convirtiéndose en un ejemplo sobresaliente de la arquitectura religiosa sevillana del Seiscientos. Frente a la exuberancia decorativa de otros edificios barrocos, el Sagrario ofrece una imagen de monumentalidad que refleja su función parroquial y su estrecha vinculación con la Catedral de Sevilla.

INTERIOR

General

El templo presenta planta de cruz latina con una sola nave de grandes proporciones, cuya notable altura se ve reforzada por la luminosidad que aporta la piedra clara y la abundante entrada de luz natural. Esta claridad, procedente tanto de las ventanas superiores como de los vanos abiertos hacia el exterior, genera una atmósfera solemne y diáfana que potencia la percepción de amplitud.

Vista general desde los pies

Vista general desde la cabecera

El crucero se cubre mediante una majestuosa cúpula con linterna, elemento que actúa como foco central del espacio, mientras que el resto de la nave se cubre con bóvedas vaídas sostenidas por robustas pilastras.

Estas estructuras aparecen enriquecidas por una profusa decoración de relieves y motivos geométricos, donde conviven el manierismo de las cornisas con una ornamentación barroca más exuberante en las zonas superiores. Buena parte de esta decoración escultórica fue ejecutada en el siglo XVII por Pedro de Borja junto a sus hermanos, quienes desarrollaron un complejo programa decorativo en piedra de gran virtuosismo técnico.

Cúpula con linterna

Detalle de las pechinas

Bóvedas vaídas

Bóvedas vaídas

A ambos lados de la nave se disponen capillas encajadas entre contrafuertes interiores, cerradas por rejas, sobre las cuales se desarrollan tribunas continuas que recorren longitudinalmente el templo. Estas galerías elevadas constituyen uno de los elementos más sobresalientes del conjunto, ya que albergan ocho esculturas colosales realizadas por José de Arce a partir de 1657. De clara influencia flamenca y rubeniana, estas imágenes representan a los cuatro Evangelistas y a los cuatro Padres de la Iglesia Latina, estableciendo un programa iconográfico que simboliza la difusión de la vida de Cristo y la consolidación doctrinal de la Iglesia. Así, San Mateo se asocia con San Gregorio, San Juan con San Ambrosio, San Lucas con San Agustín y San Marcos con San Jerónimo, formando un poderoso discurso visual de fe y autoridad eclesiástica.

En el lado de la epístola se identifica a San Lucas (representado por el toro) con San Agustín.

San Lucas y San Agustín

San Agustín

Tom III: “Formando su sangre en el cáliz, al transformarse el agua en vino, por una cosa somos purificados de las culpas y por otra somos renovados en la mesa (o en el banquete).”

Tomo IV: si bebiéramos dignamente, escaparíamos del juicio de muerte.”

San Lucas

“Capítulo 22: tomad y repartidlo entre vosotros.”

Igualmente, en el lado de la epístola se identifica a San Mateo (representado por el ángel) asociado con San Gregorio.

San Mateo con San Gregorio

San Gregorio

 “Tomo III. Homilía 22. Se recibe por la boca para la redención.”

San Mateo

Ángel

“Capítulo XXVI. Tomad y comed: esto es mi cuerpo.”

En el lado del evangelio se identifica a San Juan (representado por el águila) con San Ambrosio.

San Juan con San Ambrosio

San Juan

“Capítulo 6. Este es el pan que desciende del cielo.”

San Ambrosio

Detalle de San Ambrosio

“Del sacramento, capítulo 3. Cambie su vida quien quiera recibir la vida.

Finalmente, en el lado del evangelio podemos observar a San Marcos (representado por el león) con San Jerónimo.

San Marcos con San Jerónimo

San Marcos con San Jerónimo

San Marcos

Detalle de San Marcos

“Capítulo 14. Jesús tomó el pan y, bendiciéndolo, lo partió y se lo dio.”

San Jerónimo

“Tomus X. Homilia L.” Si es pan cotidiano, ¿por qué lo recibes después de un año?”

A los pies del templo, sobre el acceso que comunica con la Catedral, se sitúa un relieve de la Asunción y una vidriera alusiva a la Custodia de la Catedral, que refuerzan el carácter simbólico del acceso.

Vista alta de los pies del templo

Detalle del relieve de la Asunción

“Misterio de la fe”

“Lo que no comprendes, lo que no ves, la fe valiente lo afirma.”

Vidriera superior

Detalle de la puerta, a los pies, que comunica con la catedral

Por su parte, el presbiterio aparece destacado por su monumentalidad, enmarcado por grandes columnas y enriquecido con esculturas de ángeles lampadarios vinculadas al taller de Pedro Roldán. La cubierta mediante bóveda de cañón decorada completa este espacio principal, reforzando su carácter ceremonial.

Detalle del Presbiterio

Ángel lampadario

Detalle

Ángel lampadario
Detalle

Bóveda del presbiterio

En el lado del evangelio destaca el órgano.

Detalle del lateral del evangelio del presbiterio

Detalle del órgano

En conjunto, el interior del Sagrario sevillano ofrece una perfecta síntesis entre arquitectura clasicista y decoración barroca, donde la grandiosidad espacial, la escultura monumental y la riqueza simbólica convierten este templo en una de las realizaciones más sobresalientes del barroco religioso andaluz.

INTERIOR

Muro de la Epístola

Realizamos la visita desde los pies del templo para caminar por el muro de la epístola, continuar por el presbiterio y Altar Mayor y continuar por la pared del evangelio para terminar a los pies del templo.

La Capilla de Santa Bárbara se encuentra delimitada por una espléndida reja artística que realza su carácter devocional y patrimonial, presenta una pequeña imagen de Santa Bárbara.

Capilla de Santa Bárbara cerrada con una reja artística

Detalle de la reja

Detalle de la pequeña Santa Bárbara


En su interior alberga un notable retablo barroco realizado en madera tallada y dorada, fechado hacia 1680, que constituye una destacada muestra del arte sacro sevillano de finales del siglo XVII. Preside el conjunto la imagen de Santa Bárbara (ver), representada con la emblemática Torre del Oro como atributo singular. Delante de ella un crucificado o una imagen San Judas Tadeo según el día de la visita.

Santa Bárbara con el crucificado

Santa Bárbara con San Judas Tadeo

Detalle de Santa Bárbara

Detalle de Santa Bárbara

Detalle del Crucificado

Detalle del Crucificado

Detalle de san Judas Tadeo


A ambos lados se disponen las figuras de Santa Elena y Santa Teresa (ver), configurando un programa iconográfico de profunda espiritualidad. 


Santa Elena

Detalle de Santa Elena

Santa Teresa

Detalle de Santa Teresa


En la parte superior, el ático se enriquece con un relieve de Santa Ana (ver) junto a la Virgen María, completando la composición con una escena de especial significado religioso y familiar dentro de la tradición cristiana.

Relieve de Santa Ana con la Virgen María


Apoyados en el suelo, destacan dos imágenes de ángeles. 

Ángel

Detalle de ángel

Detalle de ángel

Le sigue una hornacina con una pequeña imagen de la Virgen de Fátima.

Hornacina de la Virgen de Fátima

Detalle de la Virgen de Fátima

La Capilla de la Inmaculada, también conocida como capilla de la Hermandad Sacramental, constituye uno de los espacios más valiosos del templo por la riqueza artística y devocional que alberga.  Cerrada por una reja que presenta una imagen de la Inmaculada en su ático.

Capilla de la Inmaculada

Detalle de la reja

Detalle de la pequeña Inmaculada

Preside este recinto una delicada imagen anónima de la Inmaculada Concepción, realizada a comienzos del siglo XVIII, situada en un elegante retablo atribuido a Juan de Valencia. La serena belleza de esta representación mariana refuerza el carácter espiritual de la capilla, profundamente vinculado al culto sacramental.

Inmaculada

Detalle de la Inmaculada

Detalle de la Inmaculada

Detalle de los querubines a los pies

Ante ella destaca una de las obras más sobresalientes de la imaginería barroca sevillana: el magnífico Niño Jesús tallado por Juan Martínez Montañés (ver) en 1606 para la Hermandad Sacramental. Esta excepcional escultura, admirada por su refinamiento técnico, dulzura expresiva y perfección formal, se convirtió en el modelo de referencia para innumerables representaciones posteriores del Niño Jesús, marcando de forma decisiva la iconografía barroca sevillana y extendiendo su influencia a iglesias, conventos y colecciones particulares. Su extraordinaria calidad hizo que fuera repetidamente imitada desde el siglo XVII hasta la actualidad.

Niño Jesús de Martínez Montañés con distinta ropa

Niño Jesús de Martínez Montañés con distinta ropa

Detalle del Niño Jesús

Detalle del Niño Jesús

La imagen conserva además una importante función cultual, ya que cada año participa en la solemne procesión del Corpus Christi, manteniendo viva una tradición histórica de profunda raigambre en la ciudad. La capilla se completa con otras destacadas manifestaciones artísticas y devocionales, configurando un conjunto de notable valor patrimonial dentro del templo.

En el ático destaca un cuadro de la Inmaculada.

Cuadro de la Inmaculada

Detalle de la puerta del sagrario con el cordero sobre el libro de los siete sellos

La capilla de San Antonio constituye una notable muestra del barroco sevillano del siglo XVII, donde la devoción popular y la riqueza artística se funden en un espacio de profunda espiritualidad. Cerrada por una elegante reja, que nos muestra una pequeña imagen de San Antonio, esta capilla ofrece al visitante un rincón de recogimiento presidido por la figura de uno de los santos más venerados de la ciudad: San Antonio de Padua (ver).

Capilla de San Antonio

Detalle de la reja

Detalle de San Antonio

Su retablo, adaptado a este emplazamiento en 1667 por Bernardo Simón de Pineda, maestro fundamental del retablo barroco hispalense, procede probablemente de un lugar anterior hoy desconocido. La estructura responde al lenguaje artístico característico de la época, con una composición solemne y teatral que busca exaltar la santidad mediante el esplendor decorativo. En la calle central destaca la imagen de San Antonio con el Niño Jesús en brazos, iconografía tradicional que simboliza la ternura mística del santo franciscano y su cercanía al misterio de la Encarnación.

San Antonio

Detalle de San Antonio

Detalle de San Antonio

En el ático del retablo aparece San Miguel Arcángel, vencedor del mal y defensor celestial, cuya presencia añade un poderoso simbolismo protector al conjunto. 

San Miguel

Detalle de San Miguel

Dos ángeles ornamentales enriquecen la composición, reforzando el dinamismo barroco. 

Ángel

En uno de sus laterales se encuentra una hornacina con una pequeña imagen de la Virgen del Pilar, coronada con singular majestuosidad, mientras que en otro espacio se dispone una representación de San Sebastián, santo protector tradicionalmente invocado contra epidemias.  Sobre el altar destaca además una delicada pieza devocional de un Niño Jesús.

Hornacina de la Virgen del Pilar

Virgen del Pilar

San Sebastián

Niño Jesús

La capilla de la Virgen del Rosario, constituye uno de los espacios más significativos del templo por la riqueza de su programa iconográfico y por la profunda devoción mariana que representa. Cerrada por una elegante reja, con una pequeña imagen de la Virgen del Rosario, en ella se manifiesta con claridad la espiritualidad barroca sevillana, concebida para instruir, emocionar y exaltar la fe mediante la belleza artística.

Capilla de la Virgen del Rosario

Detalle de la reja

Detalle de la imagen de la capilla de la Virgen del Rosario

El retablo, de marcada estética barroca, presenta una exuberante decoración dorada enriquecida con espejos, recurso ornamental que intensifica la luminosidad y el efecto visual del espacio sagrado. Preside esta capilla la imagen de la Virgen del Rosario, titular de la Hermandad del Cristo de la Corona, magnífica talla realizada por el escultor de origen portugués Manuel Pereira a finales del siglo XVII, incorporada al templo gracias al legado del arzobispo Pedro de Tapia. La escultura, posteriormente enriquecida y repolicromada en el siglo XVIII, refleja una delicada solemnidad, combinando elegancia formal y fervor devocional. La hornacina barroca que la acoge, junto con sus ricos adornos, pertenece también a la centuria dieciochesca, aportando al conjunto un esplendor decorativo característico del gusto de la época.

Virgen del Rosario

Detalle de la Virgen del Rosario

Detalle de la Virgen del Rosario

Detalle de cabeza de querubines a los pies dela imagen

La Virgen aparece acompañada por dos importantes figuras del cristianismo: San Juan Evangelista, discípulo amado y símbolo de la contemplación teológica, y Santo Domingo de Guzmán (ver), fundador de la Orden Dominicana y principal propagador de la devoción al Santo Rosario. 

San Juan Evangelista

Detalle de San Juan Evangelista

Santo Domingo de Guzmán

Detalle de Santo Domingo de Guzmán

En el ático del retablo se desarrolla una escena especialmente significativa: Santo Domingo recibiendo el Santo Rosario de manos de la Virgen, representación de fuerte contenido catequético que recuerda el origen milagroso de esta práctica devocional según la tradición dominica. 

Santo Domingo recibiendo el Santo Rosario de manos de la Virgen

En los muros laterales, (gran dificultad para fotografiar a través de la reja) destacan  representaciones pictóricas de las sibilas Líbica y Helespóntica, figuras proféticas del mundo antiguo integradas en la iconografía cristiana como anunciadoras simbólicas de la venida del Salvador. Su presencia aporta un interesante matiz humanista y teológico, uniendo tradición clásica y mensaje cristiano.

Líbica

Helespóntica

Detalle de la puerta del sagrario con el cordero sobre el libro de los siete sellos

INTERIOR

Crucero. Brazo de la epístola

En el lado de la epístola del crucero se alza uno de los más sobresalientes conjuntos retablísticos del barroco tardío hispalense: un monumental retablo marmóreo concebido como expresión de magnificencia litúrgica y profunda devoción mariana. Junto a su retablo gemelo del lado opuesto, forma parte del ambicioso programa ornamental desarrollado a mediados del siglo XVIII gracias a las disposiciones testamentarias del arzobispo Manuel Arias y Porres Salcedo y Azcona, gran benefactor del templo.

Lejos de la atribución tradicional que durante años vinculó estas obras exclusivamente con Pedro Duque Cornejo, la documentación conservada permite conocer con mayor precisión la complejidad de su ejecución. La traza fue diseñada por el platero Tomás Sánchez Reciente, cuya experiencia en composiciones suntuarias quedó reflejada en la riqueza formal del conjunto. La ejecución material correspondió a Manuel Gómez, especialista en mármoles y piedras duras, responsable del espectacular uso de mármoles rojizos y policromos que otorgan al retablo su apariencia majestuosa. Las esculturas fueron contratadas en 1749 con Cayetano de Acosta (ver), uno de los grandes artífices del barroco sevillano, aunque algunas imágenes pudieron integrarse a partir de donaciones anteriores vinculadas al legado de fray Pedro de Tapia.

La hornacina central está presidida por una bellísima imagen mariana bajo la advocación de la Virgen de la Misericordia o Virgen con el Niño, representación de intensa dulzura maternal y solemne elegancia. La talla resume el ideal barroco de exaltación de María como mediadora y protectora de los fieles. La figura de la Virgen sostiene al Niño Jesús, subrayando el misterio de la Encarnación y el papel redentor de Cristo.

Retablo

Virgen de la Misericordia

Detalle de la Virgen de la Misericordia

Detalle de la Virgen de la Misericordia

Detalle de las cabezas de querubines a los pies

Flanqueando la hornacina se sitúan los arcángeles San Gabriel y San Rafael, figuras celestiales de profundo simbolismo. Gabriel, mensajero de la Encarnación, y Rafael, guía y protector, refuerzan la dimensión salvífica del conjunto. En el cuerpo superior aparece San Miguel Arcángel, príncipe de las milicias celestiales, cuya presencia corona el retablo con un mensaje de triunfo divino sobre el mal.

San Miguel Arcángel

Detalle San Miguel Arcángel

Detalle San Miguel Arcángel

Arcángel San Gabriel

Detalles de San Gabriel

Arcángel San Rafael

Detalles de San Rafael

Especial interés iconográfico presenta la hornacina del banco, donde se dispone un singular Niño Jesús acompañado de una calavera a sus pies. Esta representación, cargada de simbolismo teológico, alude a la victoria de Cristo sobre la muerte y anticipa el sacrificio redentor de la Pasión.

Niño Jesús

Detalle del Niño Jesús

Detalle del Niño Jesús

El conjunto destaca no solo por su riqueza escultórica, sino también por el extraordinario empleo de mármoles de variados tonos, cuya combinación cromática aporta solemnidad, dinamismo y una sensación de lujo característica del barroco dieciochesco. La fusión entre arquitectura, escultura y simbolismo convierte este retablo en una de las manifestaciones más refinadas del arte sacro sevillano.

INTERIOR

Presbiterio y Altar Mayor

El retablo mayor constituye una de las obras más sobresalientes del barroco sevillano y un testimonio excepcional de la evolución histórica, artística y devocional de este templo. Su imponente presencia domina la cabecera del santuario, integrando arquitectura, escultura y policromía en una compleja escenografía religiosa destinada a conmover al fiel y exaltar el misterio de la Pasión de Cristo.

La estructura original de este magnífico conjunto fue realizada entre 1665 y 1669 por Francisco Dionisio de Ribas (ver), mientras que las esculturas y relieves fueron ejecutados por Pedro Roldán (ver), uno de los mayores genios de la escultura barroca andaluza. La policromía corrió a cargo de Juan de Valdés Leal (ver), cuya intervención enriqueció la fuerza expresiva de la obra con su característico dramatismo pictórico.

Aunque concebido inicialmente para la capilla de los Vizcaínos del desaparecido convento Casa Grande de San Francisco, situado en la actual Plaza Nueva, el retablo fue trasladado en 1840 al Sagrario tras la demolición del convento provocada por las transformaciones urbanísticas y las consecuencias de las desamortizaciones decimonónicas. Su instalación en este espacio vino a sustituir al fastuoso retablo anterior, concluido en 1712 por Jerónimo de Balbás con esculturas de Pedro Duque Cornejo, destruido en 1824 debido al rechazo neoclásico hacia el exuberante barroquismo. De aquella grandiosa obra solo sobrevivió la escultura de San Clemente, titular del templo, que hoy remata el conjunto superior.

El núcleo iconográfico del actual retablo se centra en el gran relieve del Descendimiento de Cristo, una de las composiciones más admiradas de Pedro Roldán. La escena representa el momento en que el cuerpo de Cristo es descendido de la cruz por José de Arimatea y Nicodemo, mientras la Virgen lo recibe en una sobrecogedora Piedad. Las figuras de las tres Marías y San Juan intensifican el dramatismo emocional del episodio, convirtiendo esta obra en una de las cumbres del barroco escultórico sevillano. 

Detalle del Presbiterio

Retablo mayor

Descendimiento de Cristo

Detalle del descendimiento de Cristo

Detalle del descendimiento de Cristo
Detalle del descendimiento de Cristo

Detalle de la Piedad

María Magdalena

José de Arimatea y Nicodemo

La Virgen

San Juan Bautista

Tras la restauración del Cristo, este fue expuesto aisladamente en el centro del presbiterio, lo que proporcionó la oportunidad de fotografiarlo a baja altura.

Imagen del Cristo

Detalle del rostro

Detalle del rostro

Detalle del brazo derecho

Detalle de la mano derecha

Detalle de la mano izquierda

Detalle del tórax con la herida de la lanzada

Detalle del paño de pureza

Detalle de las rodillas

Detalle de los pies

A ambos lados, dos ángeles pasionarios, llenos de expresividad dolorosa, acompañan el conjunto reforzando su dimensión espiritual.


Detalle de ángel pasionario

Ángel pasionario
Detalle de ángel pasionario

Detalle de angelitos

Ángel sustentorio

En la parte inferior, en el banco del retablo se muestra un relieve de la Entrada de Jesús en Jerusalén, evocando el inicio triunfal de la Pasión. Bajo esta escena se encuentran los relieves de San Pedro y San Pablo, incorporados en el siglo XIX por Vicente Hernández, custodios simbólicos del sagrario de plata labrado por Cayetano González Marmolejo en el siglo XX.

Relieve de la Entrada de Jesús en Jerusalén detrás del sagrario de plata

Relieve de San Pedro

Relieve de San Pablo

Sagrario de plata

Detalle

Detalle

El ático desarrolla otro importante episodio pasionario mediante la representación de la Verónica mostrando la Santa Faz, imagen profundamente vinculada a la contemplación del sufrimiento redentor. 

Verónica mostrando la Santa Faz

Detalle de la Verónica mostrando la Santa Faz

Finalmente, en el remate superior aparece San Clemente, legado del desaparecido retablo barroco anterior, estableciendo así una continuidad histórica y simbólica entre las distintas etapas artísticas del templo.

San Clemente

Finalmente, destaca la imagen de un crucificado situado delante del Altar Mayor.

Crucificado

Detalle del rostro

Detalle del paño de pureza y de las rodillas

Detalle de los pies

INTERIOR

Crucero. Brazo del evangelio

En el lado del Evangelio del crucero se alza un imponente retablo marmóreo que constituye una de las expresiones más refinadas del barroco dieciochesco sevillano. Concebido como pareja del gran retablo situado en el lado de la epístola, este conjunto destaca por su solemnidad, su riqueza material y su profundo contenido pasionario, integrando magistralmente escultura, arquitectura y simbolismo religioso.

La traza del retablo fue diseñada por el platero Tomás Sánchez Reciente, cuya formación en el arte suntuario se percibe en la cuidada disposición ornamental y en la elegancia compositiva del conjunto. La ejecución en mármoles policromos y piedras nobles correspondió a Manuel Gómez, mientras que gran parte de las esculturas decorativas fueron confiadas a Cayetano de Acosta, uno de los escultores más relevantes del barroco final sevillano.

Presidiendo la hornacina central se encuentra un extraordinario Cristo Crucificado, obra de Manuel Pereira, escultor de origen portugués vinculado a la escuela madrileña, realizado a comienzos del siglo XVII. La imagen representa a Cristo aún vivo en la cruz, con una anatomía serena y de gran nobleza, alejada del dramatismo extremo para centrarse en una espiritualidad contenida y profundamente conmovedora. A sus pies aparece María Magdalena, también atribuida a Pereira, cuya actitud devota intensifica el sentido penitencial y contemplativo de la escena.

Retablo

Cristo Crucificado

Detalle del rostro

Detalle del paño de pureza

Detalle de los pies

Detalle de María Magdalena

En el banco del retablo se sitúa una Dolorosa, atribuida a Cayetano de Acosta, cuya expresión de dolor sereno ofrece un contrapunto emocional a la escena central. Esta imagen mariana refuerza el carácter pasionista del conjunto, invitando a la meditación sobre el sufrimiento compartido de la Madre.

Dolorosa

Detalle

Las calles laterales se enriquecen con esculturas de santos vinculados a la espiritualidad, la caridad y la reforma eclesial, entre ellos San Cayetano, San Felipe Neri o San Juan Nepomuceno, según distintas interpretaciones históricas del programa iconográfico. Estas figuras complementan el mensaje principal del retablo, presentando ejemplos de virtud cristiana y fidelidad a la Iglesia.

San Cayetano

Detalle San Cayetano

San Felipe Neri

Detalle Felipe Neri

San Juan Nepomuceno

Detalle San Juan Nepomuceno

Todo ello se enmarca en una estructura de mármoles rojizos, blancos y polícromos que confieren al retablo una apariencia majestuosa, característica de la sensibilidad artística del siglo XVIII sevillano.

Seguidamente, el pulpito de mármol, de la escuela estepeña del siglo XVIII, que procede del antiguo convento de san Francisco.

Pulpito de mármol

Detalles de la escalera

Detalles del pie 

Detalles

Detalles

INTERIOR

Muro del Evangelio

La Capilla del Cristo de la Corona, constituye uno de los espacios devocionales más significativos del templo, tanto por su valor artístico como por su profunda vinculación con la religiosidad sevillana. Cerrada por una elegante reja decorada con una imagen de la corona de espino y los clavos, esta capilla alberga un destacado retablo neoclásico realizado en mármol, fechado en el siglo XVIII, cuya sobria monumentalidad realza la intensidad espiritual del conjunto.

Capilla del Cristo de la Corona

Detalle de la reja

Detalle de la corona de espinas y los clavos

El retablo, articulado mediante columnas corintias pareadas, enmarca en su hornacina principal la venerada imagen del Cristo de la Corona y Cruz a Cuestas, una obra anónima de finales del siglo XVI. La escultura representa a Jesús Nazareno en el instante de recibir la cruz, abrazándola en posición vertical con una profunda expresión de resignación y sufrimiento. Esta talla es titular de la Hermandad del Cristo de la Corona, corporación que tiene su sede canónica en esta iglesia y que cada Viernes de Dolores recorre las calles de la feligresía.

Cristo de la Corona y Cruz a Cuestas

Detalle del rostro

Detalle del rostro
Detalle del rostro

Detalle del pie derecho

Detalle del pie izquierdo

A los pies del Nazareno se dispone la imagen de la Dolorosa, reforzando el sentido de dolor compartido y contemplación pasionista. 

Dolorosa

Detalle

Completan el programa iconográfico, en las calles laterales del retablo, las esculturas de San Francisco Javier y San Luis Gonzaga, santos jesuitas que aportan una dimensión de ejemplaridad cristiana y fervor apostólico.

San Francisco Javier

Detalle san Francisco Javier

San Luis Gonzaga

Detalle San Luis Gonzaga

Coronando el conjunto, en el ático del retablo, un relieve representa a dos ángeles adorando la Corona de Espinas, símbolo del sacrificio de Cristo y referencia directa a la advocación de la imagen titular.

Detalle del ático del retablo

En los muros laterales de la capilla se encuentran dos lienzos dedicados a San Hermenegildo y San Fernando, figuras especialmente relevantes en la tradición religiosa e histórica sevillana. Estas pinturas, realizadas a mediados del siglo XIX por Ángel de Saavedra, III duque de Rivas, enriquecen el espacio con una dimensión histórica y artística añadida.

La Capilla de San Millán está cerrada por una reja que presenta un cuadro muy deteriorado por lo que no se pude apreciar su contenido. 

Capilla de San Millán

Detalle de la reja

Alberga un retablo barroco del siglo XVIII realizado en madera vista, sin policromía, cuya composición se organiza en torno a la imagen central de San Millán. 

San Millán

Detalle de san Millán

Detalle de la cabeza del moro a sus pies

Junto al santo se disponen otras advocaciones y personajes de especial devoción, entre ellos Santa Catalina, San Roque, Santa Gertrudis, la Inmaculada, San Sebastián, una Dolorosa en actitud orante. 

Santa Catalina

Detalle Santa Catalina

Santa Gertrudis

Detalle Santa Gertrudis

Inmaculada

Dolorosa

San Roque

Detalle San Roque

En el ático destaca un relieve dedicado a la Trinidad, difícil de fotografiar por la poca luminosidad y tener que realizarla a través de la reja.

Ático

En la parte inferior se representa el Martirio de San Pedro de Arbués, inquisidor aragonés cuya muerte quedó vinculada por la tradición a conflictos religiosos de su tiempo.

Martirio de San Pedro de Arbués

San Millán, también conocido como Emiliano, vivió en el siglo V en una zona fronteriza entre los territorios de Castilla, La Rioja y Aragón. Durante su juventud ejerció como pastor hasta que, movido por una profunda vocación espiritual, abrazó la vida ascética bajo la guía del eremita Félix. Tras varios años de formación religiosa, fue nombrado párroco de Berdejo por el obispo de Tarazona, aunque las acusaciones de otros clérigos lo llevaron a abandonar este ministerio para retirarse definitivamente a una vida eremítica en la Sierra de la Demanda. Allí habitó en una cueva excavada por él mismo, entregado a la oración y la penitencia hasta alcanzar una longevidad extraordinaria.

Con el tiempo, su sepulcro se convirtió en importante centro de peregrinación, visitado por nobles y monarcas que buscaban su intercesión en las campañas militares contra al-Ándalus. La devoción al santo se consolidó aún más cuando el rey García Sánchez de Nájera intentó trasladar sus restos al monasterio de Santa María la Real. Según la tradición, la imposibilidad de mover los bueyes que transportaban el cuerpo fue interpretada como voluntad divina, motivando la construcción del monasterio de Yuso en ese mismo lugar, donde descansan sus reliquias desde entonces.

Finalmente, en un lateral de la capilla se dispone un Crucificado de marfil del siglo XVII procedente de Filipinas, conformando un conjunto iconográfico de notable riqueza religiosa. 

Crucificado de marfil

Detalle del rostro

Detalle del paño de pureza

Detalle de los pies

La Capilla de San José, conocida antiguamente como capilla de San Nicolás, esta cerrada por una reja con el detalle de una mitra arzobispal.

Capilla de San José

Detalle de la reja

Conserva uno de los conjuntos barrocos más destacados del templo gracias a su magnífico retablo de madera dorada, ejecutado entre 1694 y 1698. Esta obra, representativa del esplendor artístico sevillano de finales del siglo XVII, está presidida por la imagen de San José, atribuida a Pedro Roldán o a su entorno artístico, reflejando la maestría escultórica propia de uno de los grandes referentes de la escuela barroca andaluza. La figura del santo, protector de la Sagrada Familia, ocupa el eje central del retablo, subrayando su relevancia devocional.

San José

Detalle San José

En el banco del altar se sitúa un delicado grupo escultórico del Niño Jesús representado como Buen Pastor, fechado en el siglo XVIII, que aporta una dimensión simbólica vinculada al cuidado espiritual de los fieles. 

Banco del altar. Niño Buen Pastor

El programa iconográfico se completa con las imágenes laterales de San Simón y San Judas, tallas también barrocas de finales del siglo XVII, así como la presencia de San Clemente, papa y mártir. 

San Simón

Detalle San Simón

San Judas

Detalle San Judas

San Clemente

Detalle San Clemente

En el ático sobresale una representación de la Inmaculada, reafirmando una de las devociones más arraigadas en Sevilla.

Inmaculada

El conjunto se enriquece con un notable altar de plata acompañado de atril, candelabros y lámparas del mismo material, elementos que realzan la solemnidad litúrgica y el carácter ceremonial de este espacio.

Altar

Reliquia

Las paredes de la capilla presentan una singular decoración pictórica al temple, realizada a mediados del siglo XVIII, con escenas dedicadas a la vida de San Nicolás de Bari, antiguo titular del recinto. Estas pinturas constituyen un valioso testimonio de la evolución histórica de la capilla y de la continuidad de distintas advocaciones a lo largo del tiempo. Dado que hay que realizar las fotos a través de la regla, se explica su dificultad.

Vida de San Nicolás de Bari

Vida de San Nicolás de Bari

Finalmente, en los laterales destacan dos ángeles lampadarios.

Ángel

Ángel
Detalle Ángel

La Capilla de Santa Justa y Rufina, situada junto a la entrada del templo y protegida por una artística reja decorada con las imágenes de las santas mártires sevillanas, constituye uno de los espacios devocionales más significativos de la iglesia. 

Capilla de Santa Justa y Rufina

Detalle de la reja

Detalle de la reja

Su retablo barroco, realizado en 1736 por Luis de Vilches y posteriormente dorado por José Barrera, ofrece una composición de notable riqueza ornamental y espiritual, enmarcada dentro de la tradición artística del barroco sevillano.

Preside el conjunto una destacada imagen del Sagrado Corazón de Jesús, procedente de la Catedral, donde originalmente recibió culto en la capilla de San Andrés. Aunque su estética se aparta parcialmente de las formas barrocas más tradicionales, en esta ubicación alcanzó una profunda veneración popular, convirtiéndose en una de las devociones más arraigadas entre los fieles del Sagrario. 

Sagrado Corazón

Detalle

Flanqueando la imagen central aparecen las esculturas de Santa Justa y Santa Rufina, patronas de Sevilla y símbolos de la firmeza cristiana frente a la persecución romana. Estas santas alfareras, martirizadas por su fe en el siglo III, poseen una especial vinculación con la identidad religiosa y cultural sevillana, siendo tradicionalmente invocadas como protectoras de la ciudad y de la Giralda. 

Santa Justa

Detalle Santa Justa

Santa Rufina

Detalle Santa Rufina

Bajo sus imágenes se sitúan Santa Rosa de Lima y San Felipe Neri, ampliando el programa iconográfico con referentes de santidad americana y espiritualidad reformadora.

Santa Rosa de Lima

Detalle Santa Rosa de Lima

San Felipe Neri

Detalle San Felipe Neri

En el banco una imagen de Ecce Homo. A los pies del retablo destaca una pequeña reproducción de la Virgen de los Reyes, patrona del archidiócesis hispalense. En el ático un relieve de Dios Padre.

Ecce Homo

Virgen de los Reyes

Ático. Dios Padre

INTERIOR

Sacristía

La sacristía, situada en el lado occidental del Patio de los Naranjos y con acceso desde la Puerta del Perdón, constituye uno de los espacios más relevantes del conjunto parroquial tanto por su función litúrgica como por su extraordinario valor artístico. Desde su configuración en el siglo XVII ha experimentado diversas transformaciones, aunque mantiene su carácter de amplio salón rectangular cubierto por bóveda de medio cañón, en el que sobresalen el magnífico zócalo de azulejos realizado por Diego Sepúlveda y las grandes cajoneras destinadas a custodiar ornamentos y vestiduras sagradas.

Sacristía

Su principal riqueza patrimonial reside en la excepcional colección pictórica vinculada a la Hermandad Sacramental, que conserva un importante programa iconográfico dedicado a la exaltación de la Eucaristía. Hacia 1690, Matías de Arteaga y Alfaro, destacado pintor sevillano y miembro de dicha hermandad, realizó una serie de nueve grandes lienzos barrocos inspirados en episodios bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamento, concebidos como prefiguraciones simbólicas del Sacramento Eucarístico. Estas obras desarrollan un complejo discurso teológico en el que diversos pasajes sagrados anuncian o explican el misterio de la presencia de Cristo en la Eucaristía.

Cada una de estas escenas establece vínculos doctrinales entre la historia sagrada y la teología sacramental, ofreciendo una lectura catequética profundamente elaborada, propia de la espiritualidad contrarreformista sevillana. 

Abraham y Melchisedec. Matías de Arteaga y Alfaro. 1690-1691. Óleo sobre lienzo. 

Del Libro del Génesis (14,18). El Sacerdote Melchisedec, rey de Salem, presenta el sacrificio del pan y del vino a Abraham, tras haber vencido este a Codorlaumor, rey de Elam. El incruento sacrificio es una prefiguración eucarística del Antiguo Testamento, además representa a Cristo como instaurador del Sacramento.

El racimo de la Tierra de Promisión. Matías de Arteaga y Alfaro. 1690-1691. Óleo sobre lienzo.

Moisés envía a explorar la tierra de Canán. Los exploradores vuelven con racimos de uvas.

El paso del Jordán. Matías de Arteaga y Alfaro. 1690-1691. Óleo sobre lienzo. 230 x 295 cm. 

Libro de Josué (3 y 4). La escena tiene como nudo común el paso del pueblo de Israel por el rio Jordán camino de la tierra prometida. La revelación Divina anunció a Josué que, cuando los sacerdotes portadores pisaran las orillas del Jordán las aguas se separarían. El Arca permaneció sobre los hombros de los Sacerdotes en el centro del cauce en tanto el pueblo de Israel pasaba. Para conmemorar este hecho, Yavé ordenó a Josué (en primer plano) levantar un monumento formado por 12 grandes piedras, transportadas por miembros de cada una de las 12 tribus de Israel, extraídas del Jordán, visión figurativa de la Eucaristía.

La ofrenda de Abigail a David. Matías de Arteaga y Alfaro. 1690-1691. Óleo sobre lienzo. 230 x 192 cm. 

Libro de Samuel (25, 18-31). Abigail, esposa de Nabal, evita el enfrentamiento de éste con David, al que había ofendido, saliendo a su encuentro y ofreciéndole el incruento sacrificio del pan y del vino, además de otros manjares. Se considera una alusión eucarística, no solo por la presencia de especies eucarísticas, sino por su sentido de sacrificio, mediación y entrega, redentora de las culpas y propiciatoria de la paz.

El traslado del Arca de la Alianza a Jerusalén. Matías de Arteaga y Alfaro. 1690-1691. Óleo sobre lienzo. 230 x 295 cm.

Capítulo VI del libro de Samuel. El rey David en primer plano tañendo una lira, conduciendo el arca y acompañando a su pueblo que, al son de diversos instrumentos, danza. El arca fue transportada en carro, conducida por “Ajio y Oza”. En un lugar llamado Peres Oza, los bueyes que tiraban del carro resbalaron y Oza tocó el Arca, intentando sostenerla cayendo fulminantemente muerto. En un contexto general tiene un carácter prefigurativo de la Eucaristía y la muerte de Oza aporta un contenido alegórico, donde el respeto debido al Sacramento, se muestra como sentido esencial. 

Elías y el Ángel. Matías de Arteaga y Alfaro. 1690-1691. Óleo sobre lienzo. 230 x 295 cm.

Elías es perseguido por Jezabel, desfallecido en el desierto, un ángel se le aparece y le da pan y agua.

Esther ante Asuero. Matías de Arteaga y Alfaro. 1690-1691. Óleo sobre lienzo. 230 x 333 cm.

Libro de Ester (8, 3-6). El momento en que Esther intercede ante el rey persa para que revoque el edicto de persecución y exterminio de los judíos. La azaña de la hermosa joven del imperio persa que, elegida como esposa por Asuero, ignorando su origen judío, salvó a su pueblo intercediendo ante el rey y deteniendo la matanza planeada por el pérfido consejero regio Amán. Doctrinalmente se asemeja a la Eucaristía pues la sangre de Cristo es la “Alianza nueva y eterna” de Dios con los hombres. 

La parábola de los invitados a la boda. Matías de Arteaga y Alfaro. 1690-1691. Óleo sobre lienzo. 230 x 291 cm.


Del Nuevo Testamento. San Mateo (22, 1-14) y San Lucas (14. 15-24). El rey, que simboliza a Dios, quiere llenar su mesa de invitados. A todos llama, pero no todos acuden. Algunos no se presentan adecuadamente. En el centro el Mayordomo que introduce en la escena. En la mesa del banquete se sitúa el rey y los invitados, en el centro se desarrolla la expulsión del invitado indigno, al fondo inferior derecha algunos detalles explicados en los textos de Lucas.

Pocos asienten la banquete alegórico al que Dios les invita y por lo tanto prefigurativo de la Ectasia, como dijo Cristo” Muchos son los llamados y pocos los elegidos” y en Mateo “Dichoso el que come pan en el reino de Dios”, ambas versiones tienen un sentido escatológico.

La adoración del Cordero Místico. Matías de Arteaga y Alfaro. 1690-1691. Óleo sobre lienzo. 230 x 291 cm.

Veinticuatro ancianos adoran el trono en el que el Cordero Místico se muestra esplendoroso rodeado de ángeles.

Triunfo de la Eucaristía. Francisco de Herrera el Mozo. 1655-1656. Óleo sobre lienzo.

A este conjunto se suma el monumental Triunfo de la Eucaristía, obra de Francisco de Herrera el Mozo, exalta el Santísimo Sacramento en la que la Inmaculada aparece acompañada por grandes doctores de la Iglesia como Santo Tomás de Aquino, San Agustín, San Jerónimo, San Ambrosio y San Buenaventura, todos ellos defensores, que argumentan, sobre el misterio eucarístico.

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