AREA CENTRO 2
Calle Sierpes.
Situada entre la Campana y la plaza de
San Francisco, la calle Sierpes constituye, junto con la plaza de San Francisco
y la Campana, uno de los espacios urbanos más emblemáticos de Sevilla. Desde
hace más de siete siglos ha sido el gran escaparate de la ciudad, lugar de
encuentro de comerciantes, viajeros, escritores y paseantes, además de
escenario de algunos de los acontecimientos civiles y religiosos más
importantes de la historia sevillana. Ninguna otra vía ha concentrado durante
tanto tiempo la actividad comercial, social y cultural de Sevilla, hasta el
punto de convertirse en un auténtico símbolo de la ciudad.
Vista de la calle Sierpes desde la plaza de San
Francisco. Año 1899
Calle de las Sierpes. Fotografía realizada por Emilio Beauchy
Cano. Finales del siglo XIX
Actualmente es una calle relativamente
larga y rectilínea, pero de desigual anchura, que presenta frecuentes entrantes
y salientes, sobre todo en la acera de los impares, en el tramo comprendido
entre Rafael Padura y Rivera, al no haberse llevado a término proyectos de
alineación. Confluyen, por la acera de los pares, Pedro Caravaca, Rioja,
Jovellanos y Almirante Bonifaz, y por la de los impares, Rafael Padura,
Azofaifo, una barreduela sin nominar y cerrada por una cancela en el primer
recodo, Rivero, Cerrajería, Moreno López, Gallegos y Manuel Cortina.
Hasta principios del s. XVII, cuando se
solicita su cerramiento (1611-1614), existió una calleja aproximadamente
enfrente de la actual Rivera. Como contraste, en las últimas décadas han sido
abiertos varios pasajes, total o parcialmente cubiertos, que comunican Sierpes
con Tetuán o Cuna, con una función eminentemente comercial; tres de ellos se
localizan en la manzana comprendida entre Rioja y Jovellanos: pasaje del
Ateneo, uno sin nominar en el núm. 48, y pasaje de las Delicias; en la acera
opuesta la barreduela Moreno López ha sido prolongada hasta comunicar con Cuna,
y recientemente se ha abierto otro pasaje a comienzos de la calle, que tras un
largo recorrido y haciendo ángulo desemboca en Vargas Campos.
Origen y evolución del nombre
Su nombre
aparece documentado ya en el siglo XIII como calle de la Sierpe, pocos años
después de la conquista castellana de Sevilla por Fernando III. A finales del
siglo XVIII comenzó a generalizarse la forma “calle de las Sierpes”, mientras
que durante el siglo XIX terminó imponiéndose la denominación actual, al
desaparecer el artículo, un fenómeno frecuente en la toponimia sevillana de esa
época.
El origen del
nombre ha dado lugar a numerosas interpretaciones. La explicación más antigua
fue recogida por el historiador Luis de Peraza en el siglo XVI (“Historia de
Sevilla”), quien afirmaba que procedía de una enorme quijada de serpiente
colgada en un mesón (Mesón de la Sierpe) situado en mitad de la calle. La
tradición aseguraba que pertenecía a un monstruoso reptil abatido en las
cercanías de Sevilla, convirtiéndose durante siglos en una de las curiosidades
más célebres de la ciudad.
Durante el
siglo XIX aparecieron nuevas interpretaciones. Una de ellas pretendía explicar
el nombre por el supuesto trazado sinuoso de la calle, comparándolo con el
movimiento de una serpiente. La teoría fue popularizada por el escritor francés
Próspero Mérimée, quien relacionó metafóricamente la vía con las curvas del
reptil. Sin embargo, esta explicación difícilmente puede sostenerse. Los planos
históricos muestran que, aunque la calle presentaba estrechamientos y pequeñas
irregularidades antes de las alineaciones urbanísticas del siglo XIX, nunca
tuvo un recorrido especialmente serpenteante que justificara su denominación.
Otra tradición,
también muy difundida, atribuyó el origen del topónimo a un caballero llamado
Gil de Sierpe, quien supuestamente habría recibido propiedades en este lugar
tras la conquista de Sevilla. Sin embargo, las investigaciones modernas no han
encontrado rastro documental de dicho personaje en el Libro del Repartimiento de Sevilla,
donde quedaron registrados los repartos de casas y solares efectuados por
Fernando III y Alfonso X entre los conquistadores.
Igualmente
carece de fundamento documental la antigua afirmación de que la calle hubiera
recibido previamente el nombre de Espaderos,
debido a la presencia de numerosos fabricantes de espadas. Esta idea fue
difundida en el siglo XVIII por Juan de Arana de Varflora y repetida
posteriormente por diversos autores, pero ningún documento medieval o moderno
conocido utiliza esa denominación para referirse a la calle. Es cierto que
durante los siglos XV y XVI se concentraron en Sierpes numerosos artesanos
relacionados con el trabajo del hierro —espaderos, cuchilleros, cerrajeros y
freneros—, pero ello no significa que la vía llegara a llamarse oficialmente de
ese modo.
La tradición
popular sitúa el origen del nombre de la calle Sierpes en una de las leyendas
más conocidas de la Sevilla bajomedieval. Aunque carece de base histórica, este
relato gozó de enorme difusión durante siglos y llegó a formar parte del
imaginario colectivo de la ciudad.
Según la
leyenda, a finales del siglo XV comenzaron a desaparecer de forma misteriosa
numerosos niños en las inmediaciones de la entonces calle Espaderos. Las
desapariciones se producían sin seguir un patrón determinado, tanto de día como
de noche, y no dejaban el menor indicio sobre el paradero de las víctimas. La
inquietud se extendió rápidamente entre los vecinos, que terminaron solicitando
la intervención de don Alfonso de Cárdenas, comendador mayor de León y regente
de Sevilla en aquellos años.
Cuando el temor
comenzaba a apoderarse de la población, un preso de la Cárcel Real hizo llegar
un mensaje al comendador. Aseguraba conocer al responsable de las
desapariciones y se comprometía a demostrarlo, pero imponía una única
condición: recuperar su libertad una vez resuelto el misterio. Alfonso de
Cárdenas aceptó el trato y envió a un escribano para tomar declaración al
desconocido.
El misterioso
informante resultó ser Melchor de Quintana y Argüeso, bachiller en Letras por
la Universidad de Osuna, una de las instituciones académicas más prestigiosas
de la época. Había sido encarcelado por su participación en una rebelión
promovida por el duque de Arcos contra la Corona. Ante el escribano relató
cómo, durante un intento de fuga, había excavado un túnel que, de manera
fortuita, lo condujo a unas antiguas galerías subterráneas atribuidas por la
tradición a las épocas romana y musulmana.
Mientras
recorría aquellos pasadizos en busca de una salida, afirmó haberse encontrado
con el causante de las desapariciones. Tras enfrentarse a él, consiguió darle
muerte con una daga. Sin embargo, lejos de aprovechar la ocasión para escapar
definitivamente, regresó voluntariamente a la prisión, convencido de que su
acción le permitiría obtener el perdón prometido.
Guiados por el
propio Melchor de Quintana, el comendador y sus hombres descendieron hasta el
lugar señalado. Allí encontraron una escena sobrecogedora: el cuerpo sin vida
de una gigantesca serpiente atravesada por una daga y, a su alrededor,
numerosos restos óseos humanos que parecían confirmar la macabra historia. La criatura,
cuyo grosor —según la tradición— era comparable al de un hombre adulto, fue
trasladada y expuesta públicamente en la calle Espaderos.
La noticia
atrajo a curiosos procedentes de todos los barrios de Sevilla e incluso de
localidades cercanas. El extraordinario suceso hizo que la antigua calle
Espaderos comenzara a ser conocida popularmente como la "calle de la
Sierpe", denominación que, con el paso del tiempo, terminó evolucionando
hasta el actual nombre de calle Sierpes.
Como
recompensa por su hazaña, Melchor de Quintana obtuvo la libertad que había
solicitado. La leyenda añade que decidió establecerse definitivamente en
Sevilla y que llegó a contraer matrimonio con una hija del propio Alfonso de
Cárdenas, culminando así una historia tan extraordinaria como improbable.
Desde el punto
de vista histórico, este relato debe entenderse como una manifestación del rico
universo legendario medieval más que como un hecho real. Historias semejantes,
protagonizadas por dragones, serpientes monstruosas o reptiles gigantes, fueron
muy frecuentes en la Europa occidental entre los siglos XII y XV, simbolizando
habitualmente la victoria del bien sobre el mal y el restablecimiento del orden
tras una etapa de caos. En España existen otros ejemplos célebres, como la
leyenda del Lagarto de Granada, que responde a los mismos esquemas narrativos.
La popularidad
de esta tradición fue tal que diversos cronistas e investigadores la recogieron
en épocas posteriores, convirtiéndola en una de las explicaciones legendarias más
difundidas sobre el origen del nombre de una de las calles más emblemáticas de
Sevilla. Aunque la etimología real de Sierpes continúa siendo objeto de debate,
la fuerza de esta narración ha contribuido decisivamente a mantener viva, hasta
nuestros días, la fascinación por el pasado legendario de la ciudad.
Cuando se
confecciona el plano de Olavide (1771), el espacio en el que confluye Rioja es
conocido como sitio de la Cruz de la Cerrajería, por estar en ella ubicada la
conocida cruz de forja, hoy en la plaza de Santa Cruz.
Cruz de la Cerrajería
A partir de 1840, una vez retirada
definitivamente ésta, se denomina sitio o plaza de la Cerrajería hasta finales
de la centuria, la confluencia de Sagasta y Jovellanos también es conocida a mediados
del s. XVIII por las Cuatro Esquinas, posteriormente Cuatro Esquinas de San
José, por la proximidad de la capilla de esta advocación.
Cuatro Esquinas de San José
El antiguo cauce del Guadalquivir y la formación de la calle
Para comprender el origen de la calle Sierpes es
necesario retroceder muchos siglos, hasta una época en la que el paisaje de
Sevilla era muy diferente del actual. Antes de convertirse en la principal
arteria comercial de la ciudad, el espacio que hoy ocupa formaba parte de un
antiguo brazo del río Guadalquivir.
Los estudios
geológicos, arqueológicos y paleogeográficos realizados durante las últimas
décadas han permitido reconstruir con bastante precisión la evolución del
antiguo estuario del Guadalquivir.
En época
prerromana, el río no discurría por un único cauce como en la actualidad, sino
que se dividía en varios brazos que rodeaban pequeñas elevaciones de terreno. Sobre una de estas elevaciones se
desarrolló el núcleo originario de Hispalis, aprovechando su posición
estratégica junto al río. Sin embargo, la ciudad no estaba completamente
rodeada por tierra firme. Un brazo secundario del Guadalquivir penetraba desde
el norte, atravesando aproximadamente el espacio ocupado hoy por la Alameda de
Hércules, las calles Trajano, Amor de Dios, Campana y Sierpes, para continuar
hacia el sur en dirección al Arenal, donde volvía a unirse al cauce principal.
Con el paso de
los siglos, la propia dinámica del río comenzó a modificar este paisaje.
Durante las crecidas, las aguas transportaban grandes cantidades de arenas,
limos y arcillas que iban depositándose lentamente en el fondo del cauce. Este
proceso de sedimentación redujo progresivamente la profundidad del brazo
secundario, haciendo cada vez más difícil la navegación y favoreciendo la
aparición de terrenos pantanosos y zonas encharcadas.
Ya en época
romana se realizaron obras de acondicionamiento para estabilizar el terreno y
ganar espacio edificable, aunque fue durante el periodo islámico cuando el
proceso adquirió una mayor intensidad. Entre los siglos IX y XII, la expansión
de Isbiliya exigió nuevos solares para viviendas, talleres y mercados, por lo
que el antiguo cauce fue siendo colmatado mediante rellenos sucesivos de
tierras, escombros y materiales de construcción. Poco a poco, el agua
desapareció y el antiguo canal quedó incorporado al entramado urbano.
Sobre aquellos
terrenos ganados al río comenzó a configurarse una vía de comunicación que unía
dos de los espacios más importantes de la ciudad medieval. Con el tiempo, ese
camino acabaría convirtiéndose en la actual calle Sierpes. Su trazado,
condicionado por la forma del antiguo cauce y por la ocupación progresiva de
los solares, explica algunas de las irregularidades que presentaba antes de las
grandes reformas urbanísticas del siglo XIX.
Al encontrarse
sobre un terreno de escasa altitud, la calle sufría frecuentes inundaciones
cuando las lluvias eran intensas. El agua descendía desde las zonas más
elevadas del casco urbano y se acumulaba en Sierpes, formando grandes charcos
que dificultaban el tránsito de personas, animales y carruajes. Numerosos
documentos municipales describen una calle embarrada durante buena parte del
invierno, donde el paso resultaba especialmente incómodo.
Para paliar
estos problemas, desde la Edad Media se instalaron en determinados puntos unas
grandes losas de piedra, conocidas como pasaderas, que
permitían cruzar la calle sin pisar el barro. Todavía en 1725 los vecinos protestaban
ante el Ayuntamiento por la retirada de algunas de estas pasaderas,
indispensables para atravesar la calle durante los días de lluvia.
Además, la
ausencia de un sistema eficaz de alcantarillado hacía que las aguas residuales
de viviendas, talleres y establecimientos comerciales discurrieran por la
superficie, aprovechando precisamente la ligera pendiente del antiguo cauce.
Por ello, los
malos olores, el barro y la acumulación de residuos fueron un problema
constante hasta bien entrado el siglo XIX. Las grandes reformas urbanísticas
emprendidas entre 1876 y 1878 dotaron a la calle de una red de saneamiento
capaz de evacuar las aguas pluviales y residuales, eliminando uno de los
problemas que habían condicionado su historia durante siglos.
Pasaderas
Transformaciones urbanísticas
La fisonomía actual de la calle Sierpes es el
resultado de una larga sucesión de transformaciones urbanísticas desarrolladas
a lo largo de más de siete siglos.
Tras la conquista castellana de Sevilla en 1248, la
antigua vía heredada del periodo islámico quedó integrada en el nuevo entramado
urbano. Las edificaciones fueron levantándose de manera progresiva sobre
parcelas de dimensiones muy diversas, lo que originó una calle con continuos
estrechamientos, quiebros y salientes.
Durante la Baja Edad Media y el Renacimiento, Sierpes
adquirió una importancia creciente como eje comercial. La instalación de
talleres artesanales, tiendas y mesones convirtió la calle en uno de los
lugares más concurridos de la ciudad. Por ello, desde el siglo XVI el
Ayuntamiento dictó numerosas ordenanzas destinadas a controlar la construcción
de balcones volados, saledizos y otras estructuras que invadían la vía pública.
A lo largo de los siglos XVII y XVIII se llevaron a
cabo diversas intervenciones encaminadas a mejorar el estado del pavimento y el
sistema de evacuación de las aguas
La verdadera transformación de Sierpes comenzó durante
el siglo XIX, coincidiendo con la modernización urbana emprendida por el
Ayuntamiento de Sevilla. El crecimiento de la actividad comercial y el aumento
del tránsito de peatones y carruajes hicieron evidente la necesidad de adaptar
la calle a las nuevas necesidades de la ciudad. En este contexto se impulsaron
sucesivos proyectos de alineación destinados a regularizar las fachadas,
eliminar retranqueos y ensanchar los puntos donde el paso resultaba más
difícil.
Paralelamente se acometieron importantes obras de
saneamiento. En la segunda mitad del siglo XIX se construyó una red moderna de
alcantarillado que sustituyó los antiguos sistemas de evacuación superficial.
Esta infraestructura puso fin a los frecuentes encharcamientos y mejoró
notablemente las condiciones higiénicas de la calle, que hasta entonces había
sufrido continuos problemas de insalubridad.
Otra de las actuaciones que contribuyó decisivamente a
configurar el aspecto actual de Sierpes fue la renovación de su pavimentación.
Los antiguos empedrados medievales fueron sustituidos por materiales más
resistentes y adecuados para el intenso tránsito comercial. Al mismo tiempo se
instalaron nuevas redes de abastecimiento de agua, alumbrado público y
mobiliario urbano, reflejo de la progresiva modernización de la ciudad.
Especial importancia tuvo la incorporación del
alumbrado público. Las primeras farolas de aceite dieron paso, durante el siglo
XIX, al alumbrado de gas, que convirtió a Sierpes en una de las calles mejor
iluminadas de Sevilla y a finales de esa centuria llegó la electricidad.
También en el siglo XIX comenzó a generalizarse la
instalación de toldos durante los meses de verano, que se convirtieron en uno
de los elementos más característicos de Sierpes y en una solución urbanística
que posteriormente sería imitada en otras calles del centro histórico.
Los
toldos de Sierpes
Los
toldos de Sierpes
Calle
Sierpes. 1910
El siglo XX trajo consigo nuevas transformaciones. La
creciente presencia del automóvil obligó a reorganizar la circulación y,
durante décadas, la calle convivió con un intenso tráfico rodado. En la década
de 1990 Sierpes fue definitivamente peatonalizada, recuperando su vocación de
espacio para el paseo y el encuentro ciudadano.
Calle
Sierpes. Año 1985
Calle
Sierpes. 1910
Actualmente, durante los días de
Navidad la asociación de comerciantes (Asociación Sierpes) adorna la calle con
luces con motivos navideños, y en los meses de verano estos mismos comerciantes,
recuperando una tradición del siglo pasado, cubren la calle con toldos para
darle sombra.
En 1991, se firmó en Alemania el
hermanamiento entre la calle Sierpes y Schadowstrasse de Düsselsorf, y como
recuerdo se colocó una placa en marzo de 1992.
Hermanamiento
La Cruz de las Sierpes
Uno
de los monumentos más singulares que ha conocido la calle Sierpes fue la
célebre Cruz de las Sierpes, una extraordinaria obra de forja barroca que
durante más de dos siglos presidió el cruce de esta calle con Cerrajería (leer mas).
Cruz de
las Sierpes
Primera
ubicación de la cruz, en la confluencia de Cerrajería, Sierpes y Rioja
La presencia de una cruz en este lugar
era muy anterior a la que hoy se conserva. Desde finales de la Edad Media
existía en la confluencia de ambas calles una cruz de madera que marcaba uno de
los cruces más transitados de la ciudad. Como ocurría con muchas cruces urbanas
de la Sevilla medieval, cumplía una doble función: cristianizar el espacio
público y servir como lugar de oración para los viandantes.
Con el paso del tiempo, aquella sencilla cruz de madera sufrió un notable deterioro. A comienzos del siglo XVIII, el gremio de los cerrajeros, establecido desde antiguo en esta parte de la ciudad, decidió sustituirla por una nueva cruz de hierro forjado, que fue encargada al maestro cerrajero Sebastián Conde. Tras diversos cambios de situación, actualmente se dipone en la plaza de Santa Cruz.
La Cárcel Real
De las construcciones ya desaparecidas es de destacar, en
primer lugar, la Cárcel Real, uno de los edificios más temidos de la ciudad,
pues fue el principal establecimiento penitenciario de la Corona de Castilla en
Andalucía y escenario de algunos de los episodios más significativos de la
historia literaria española. Entre sus muros estuvieron recluidos delincuentes
comunes, nobles, soldados, deudores, clérigos, personajes acusados por la
justicia ordinaria e incluso algunos de los escritores más importantes del
Siglo de Oro.
La construcción de la prisión se
remonta a finales del siglo XV, cuando los Reyes Católicos impulsaron una
profunda reorganización de la administración de justicia en Castilla. La
antigua cárcel medieval resultaba insuficiente para una ciudad que, tras el
descubrimiento de América, experimentó un crecimiento demográfico y económico
sin precedentes. Sevilla se convirtió en la gran puerta del comercio con las
Indias y, con ello, aumentaron también los conflictos judiciales, el número de
reclusos y la necesidad de contar con un edificio de mayores dimensiones.
Entre todos los personajes que pasaron
por la Cárcel Real destaca, por encima de cualquier otro, Miguel de Cervantes
Saavedra. El autor de Don Quijote de la Mancha
fue encarcelado en Sevilla en 1597 como consecuencia de las irregularidades
detectadas en las cuentas que administraba como comisario de abastos y
recaudador de impuestos para la Corona. La quiebra del banquero Simón Freire,
en cuya entidad había depositado importantes cantidades de dinero público,
provocó que Cervantes fuera considerado responsable hasta que la justicia
aclarara los hechos.
No se conoce con exactitud cuánto
tiempo permaneció preso, aunque debió de ser un encarcelamiento relativamente
breve. Sin embargo, aquella experiencia dejó una huella imborrable en el
escritor. En el prólogo de la primera parte del Quijote,
publicada en 1605, Cervantes escribió las célebres palabras: “...como quien se
engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo
triste ruido hace su habitación.” Aunque el autor no menciona expresamente la
prisión sevillana, la mayoría de los especialistas consideran que estas
palabras aluden precisamente a la Cárcel Real de Sevilla.
No puede afirmarse con absoluta certeza
que Don Quijote de la Mancha fuera
escrito en la cárcel, como sostiene una arraigada tradición popular. Sin
embargo, resulta muy probable que durante su estancia en prisión Cervantes
concibiera algunas de las ideas fundamentales de la obra o comenzara a perfilar
el personaje del ingenioso hidalgo. El ambiente humano que encontró entre
aquellos muros —lleno de buscavidas, soldados, pícaros, estafadores,
funcionarios y personajes de toda condición social— proporcionó al escritor un
extraordinario conocimiento de la naturaleza humana que acabaría reflejándose
en muchas de sus páginas.
Cervantes no fue el único gran escritor
relacionado con esta prisión. También Mateo Alemán, autor de Guzmán de Alfarache, conoció la
experiencia del encarcelamiento en Sevilla debido a problemas económicos. Su
célebre novela picaresca refleja con extraordinario realismo el ambiente de la
ciudad a finales del siglo XVI, marcado por la desigualdad social, la pobreza y
la corrupción, un contexto del que la Cárcel Real constituía uno de sus
escenarios más representativos.
La Cárcel Real ocupaba una extensa manzana
y estaba organizada en torno a varios patios y galerías. Aunque su finalidad
era custodiar a los presos mientras se resolvían sus causas, las largas demoras
judiciales hacían que muchos permanecieran encarcelados durante meses o incluso
años. Las condiciones de vida eran extremadamente duras. El hacinamiento, la
escasa ventilación, la suciedad y las enfermedades convertían la prisión en un
lugar insalubre, donde las epidemias eran frecuentes y la mortalidad alcanzaba
cifras muy elevadas.
A lo largo de los siglos XVII y XVIII
la prisión sufrió diversas reformas y ampliaciones, aunque nunca consiguió
resolver los graves problemas estructurales que arrastraba desde su
construcción. Los informes de corregidores, jueces y visitadores describen un
edificio deteriorado, húmedo y cada vez más insuficiente para albergar el
creciente número de reclusos. Las fugas, los motines y las epidemias eran
relativamente frecuentes, poniendo de manifiesto las limitaciones de un
establecimiento concebido para una ciudad mucho más pequeña.
Finalmente, durante el siglo XIX, la
antigua Cárcel Real fue clausurada en el contexto de la reorganización del
sistema penitenciario español. Tras su derribo, en el solar fueron instalados
unos baños, más tarde un hotel y un café; actualmente en su lugar se levanta el
edificio del Banco Hispano Americano, sobre cuya fachada una lápida, mandada
colocar por la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla en 1905, recuerda que
allí estuvo preso Cervantes, y un azulejo reproduce el grabado de Gonzalo
Bilbao que representa la fachada de la Cárcel Real con el antiguo retablo de la
Visitación, existente en aquel lugar desde finales del s. XVI hasta principios
del XIX.
La Cárcel Real. Gonzalo Bilbao
Ruta
Cervantina
En
el recinto de esta casa, antes Cárcel Real, estuvo preso (1597-1602) Miguel de
Cervantes Saavedra. Aquí se engendró para asombro y delicia del mundo “El
Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha”
Esquina a la
actual Moreno López hubo un retablo que representaba a la Virgen del Carmen,
trasladado en 1816 a la entrada de la iglesia del Salvador (leer mas).
Nicolás Monardes y el primer jardín botánico privado de Europa
Entre los numerosos personajes ilustres vinculados a
la calle Sierpes destaca la figura del médico y naturalista Nicolás Monardes
(h. 1493-1588), uno de los científicos españoles más importantes del
Renacimiento y un auténtico pionero en el estudio de las plantas procedentes
del Nuevo Mundo. Su casa, situada en las inmediaciones de la actual calle
Sierpes, fue mucho más que una residencia familiar: allí estableció un
extraordinario gabinete científico y un jardín de aclimatación donde reunió
especies vegetales llegadas de América, considerado por muchos historiadores
como el primer jardín botánico privado de Europa dedicado al estudio
sistemático de la flora americana. En aquel jardín crecieron por primera vez
en Europa numerosas plantas americanas, cuya adaptación al clima sevillano
permitió estudiar sus propiedades, formas de cultivo y posibles aplicaciones
médicas. Entre las especies que estudió se encontraban el tabaco, el sasafrás,
la zarzaparrilla, el guayaco, el bálsamo del Perú, la piña tropical, el
girasol, el jalapeño y diversas resinas, cortezas y plantas aromáticas
desconocidas hasta entonces en Europa. Algunas de ellas se utilizaron para
tratar enfermedades tan extendidas como la sífilis, las fiebres, los problemas
digestivos o las afecciones respiratorias, mientras que otras despertaron un
enorme interés por sus aplicaciones farmacológicas o comerciales.
Hoy no se
conserva aquel jardín renacentista, desaparecido con las sucesivas
transformaciones urbanas del centro histórico. Sin embargo, su recuerdo sigue
vinculado a la figura de Nicolás Monardes, cuyo legado ha trascendido las
fronteras de España, como recuerda un azulejo colocado en 1989 en la fachada
del núm. 19.
Azulejo de Nicolás Monardes
Los conventos desaparecidos
En época moderna se instalaron en Sierpes algunos conventos, hospitales,
capillas y casas de comunidades monásticas que desempeñaron un importante papel
en la vida espiritual, asistencial y educativa de la ciudad. La mayoría de
estos edificios desaparecieron durante el siglo XIX como consecuencia de las
desamortizaciones, las reformas urbanísticas y la profunda transformación que
experimentó el centro histórico de Sevilla.
La extraordinaria expansión económica
que vivió la ciudad tras el descubrimiento de América favoreció, entre los
siglos XVI y XVII, la fundación de numerosos conventos. Sevilla llegó a ser
conocida como la “ciudad de los conventos”, hasta el punto de que algunos
cronistas afirmaban que el sonido de las campanas marcaba el ritmo cotidiano de
la vida urbana.
Uno de los establecimientos religiosos
más importantes de esta zona fue el convento
de San Acacio, perteneciente a los religiosos agustinos, con entrada por
la actual Pedro Caravaca. Fundado en el siglo XVII, su iglesia albergó un
notable patrimonio artístico y desempeñó un destacado papel en la vida
religiosa de Sevilla. Tras su expulsión por los franceses, fue ocupado por la
Academia de las Tres Nobles Artes, posteriormente por la Biblioteca Pública,
luego por Correos, con su célebre cabeza de león como buzón, y hoy acoge al
Circulo de Labradores y Propietarios de Sevilla, donde todavía se conservan
restos del antiguo convento.
Esquina
de Sierpes con Pedro Caravaca. Real Circulo de Labradores
Azulejo
que alude al Colegio de San Acacio. El Real Circulo de Labradores y la Hermandad
de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder
En 1594 lo hicieron las monjas
dominicas de la Pasión, en el primer tramo de la acera de los impares; tras la
exclaustración en 1837, sus dependencias fueron ocupadas por El Diario
Sevillano y la primera litografía que existió en Sevilla, la de Vicente Mamerto
Casajesús y Espinosa, como recuerda el azulejo colocado en la fachada del núm.
15.
Azulejo que alude al Convento de Pasión y al introductor
de la Litografía
Finalmente, a la altura de la actual
Rioja, se encontraba el convento de Nuestra Señora de la Consolación, de monjas
mínimas de San Francisco de Paula, en cuya iglesia, también tras la
exclaustración, se estableció el Circulo Republicano Federal, y más tarde el
cine Lloréns.
Los gremios medievales y el nacimiento del comercio sevillano
La historia de la calle Sierpes está íntimamente
ligada al desarrollo de los gremios artesanales y al nacimiento del gran
comercio sevillano. Mucho antes de convertirse en la elegante calle de los
escaparates, los cafés y las grandes firmas comerciales, Sierpes fue un espacio
de trabajo donde herreros, espaderos, cuchilleros, cerrajeros, sederos,
merceros y otros muchos artesanos elaboraban los productos que abastecían a una
ciudad en constante crecimiento. La evolución de estos oficios refleja, mejor
que ningún otro aspecto, la transformación económica de Sevilla desde la Edad
Media hasta la Edad Moderna.
Tras la
conquista castellana de 1248, Fernando III y, posteriormente, Alfonso X
reorganizaron el espacio urbano heredado de Isbiliya. Las antiguas calles del
barrio comercial musulmán conservaron buena parte de su función económica,
favoreciendo el establecimiento de artesanos y mercaderes en torno a la plaza
de San Francisco, donde se concentraban las principales instituciones
municipales. La proximidad al puerto, a la Alcaicería y a los mercados
convirtió a Sierpes en un lugar privilegiado para el desarrollo de la actividad
mercantil.
Durante los
siglos XIII y XIV comenzaron a organizarse los primeros gremios, corporaciones
que agrupaban a los artesanos de un mismo oficio y regulaban todos los aspectos
de la producción. Estas instituciones fijaban las normas de aprendizaje,
establecían la calidad de los productos, controlaban los precios, vigilaban el
acceso a la profesión y protegían los intereses de sus miembros. Cada gremio
poseía sus propias ordenanzas, elegía anualmente a sus alcaldes y mayordomos y
mantenía una intensa vida religiosa y asistencial, normalmente bajo la advocación
de un santo patrón.
El entorno de
Sierpes fue uno de los lugares donde mayor concentración de oficios existió en
la Sevilla bajomedieval. En sus inmediaciones trabajaban numerosos artesanos
vinculados al tratamiento del hierro y de los metales. Espaderos, cuchilleros,
freneros, cerrajeros y armeros elaboraban piezas de extraordinaria calidad que
abastecían tanto al mercado local como a otras ciudades de Castilla. Sevilla
llegó a gozar de un notable prestigio por la fabricación de espadas y armas blancas,
favorecida por la disponibilidad de materias primas, la presencia de maestros
especializados y la intensa actividad militar y comercial de la Corona.
Junto a los
trabajadores del hierro convivían otros muchos oficios. Merceros, pañeros,
sederos, zapateros, guanteros, libreros, plateros y joyeros encontraron en
Sierpes un lugar idóneo para instalar sus tiendas. A diferencia de los talleres
artesanales, que necesitaban espacio para la producción, muchos de estos
establecimientos estaban orientados principalmente a la venta directa al
público. Poco a poco comenzaron a aparecer escaparates y tiendas permanentes
que sustituyeron a los tradicionales puestos temporales de los mercados
medievales.
La auténtica
revolución llegó tras el descubrimiento de América. La creación de la Casa de
la Contratación en 1503 y la concesión a Sevilla del monopolio del comercio con
las Indias transformaron por completo la economía de la ciudad. La cercanía de Sierpes al puerto y a la
plaza de San Francisco favoreció que muchos comerciantes vinculados al tráfico
indiano instalaran aquí sus negocios. Los antiguos talleres artesanales fueron
dando paso a establecimientos dedicados a la importación de productos exóticos,
casas de cambio, boticas, librerías, sederías y comercios especializados en
artículos de lujo destinados a una clientela cada vez más acomodada. Las modestas tiendas medievales fueron
sustituidas por establecimientos de mayores dimensiones, con amplios
mostradores, almacenes y viviendas situadas en las plantas superiores. Los
bajos de las casas se abrían a la calle mediante grandes puertas de madera,
A finales del
siglo XVIII, las ideas ilustradas criticaban las restricciones impuestas por
las corporaciones gremiales, consideradas un obstáculo para la libertad de comercio
y el desarrollo industrial. Finalmente, las reformas liberales del siglo XIX
decretaron su desaparición, sustituyendo el antiguo sistema corporativo por un
mercado abierto y competitivo.
Durante el
siglo XIX comenzaron a instalarse algunos de los comercios más prestigiosos de
Sevilla, muchos de ellos herederos de antiguos negocios familiares.
Confiterías, joyerías, relojerías, librerías, sastrerías, establecimientos de
tejidos y grandes almacenes consolidaron definitivamente la fama comercial de
la calle, convirtiéndola en el principal centro de compras de la ciudad.
Comercios que
en algunos casos cuentan con azulejos que anuncian los negocios allí
instalados, como en el núm. 9, en que se representa a Velázquez y su obra la
"Rendición de Breda", de una casa de seguros que lleva el nombre del
pintor, y los que anuncian la armeria y tienda de Deportes Z.
Casa numero 9
Velázquez y su obra la "Rendición de Breda"
Detalle
Los grandes establecimientos históricos
La
consolidación de la calle Sierpes como principal eje comercial de Sevilla fue
un proceso que alcanzó su máximo esplendor entre los siglos XIX y XX. La
desaparición de los antiguos gremios, la modernización de la ciudad y el auge
de una burguesía cada vez más próspera transformaron definitivamente la
fisonomía de la calle. Los viejos talleres artesanales cedieron su lugar a
elegantes establecimientos comerciales, muchos de ellos pioneros en la venta
especializada, que convirtieron a Sierpes en el gran escaparate de la capital
andaluza y en una referencia para el comercio de toda España.
Uno de los establecimientos más
emblemáticos fue la Confitería La
Campana, fundada en 1885 por Manuel González Aguiar en el extremo norte
de la calle, junto a la plaza que le da nombre. Aunque su fama está ligada a su
privilegiada ubicación, durante décadas constituyó uno de los grandes
referentes de la repostería sevillana. Sus escaparates, decorados con esmero, y
sus especialidades —yemas, tocinos de cielo, milhojas, roscones o los
tradicionales dulces de Semana Santa— hicieron de La Campana un lugar de
encuentro habitual para generaciones de sevillanos.
Confitería la Campana. (ver crédito)
Confitería La Campana
Interior de la confitería de la Campana. (ver
crédito)
La histórica Joyería Reyes, fundada en el siglo XIX y especializada en relojería,
platería y joyería de alta calidad. Como otros muchos comercios de Sierpes,
supo adaptarse a los cambios del gusto sin perder el carácter familiar que
distinguía a los establecimientos tradicionales. Actualmente cerrada por no
existir recambio generacional.
Joyería Reyes
La prestigiosa relojería El Cronómetro, cuya clientela incluía
a comerciantes, marinos y viajeros que necesitaban instrumentos de precisión en
una época en la que Sevilla mantenía intensas relaciones comerciales con numerosos
puertos internacionales.
El Cronómetro
Detalle
La histórica Sombrerería Maquedano, fundada en 1896. Durante décadas fue el
lugar donde los sevillanos adquirían sombreros, bombines, canotiers, boinas y
gorras de las mejores firmas nacionales y extranjeras. En una sociedad donde el
sombrero constituía un elemento indispensable de la indumentaria masculina,
Maquedano llegó a convertirse en un auténtico símbolo de elegancia. Su cuidada
decoración interior y la atención personalizada contribuyeron a hacer de este
establecimiento uno de los más prestigiosos del centro histórico.
Sombrerería
Maquedano
Otro comercio
inseparable de la memoria de Sierpes fue Casa Ferrer, especializada en artículos de viaje, marroquinería y
complementos de lujo. Sus maletas, baúles y artículos de piel acompañaron
durante décadas a viajeros, comerciantes y familias sevillanas. Como tantos
otros negocios tradicionales, Ferrer representó una forma de entender el
comercio basada en la calidad del producto y en una atención cercana que
fidelizaba a varias generaciones de clientes.
La calle
también reunió algunas de las mejores librerías de la ciudad. En ellas se daban
cita estudiantes, profesores, escritores y aficionados a la lectura,
convirtiéndose en auténticos centros de difusión cultural. Muchas organizaban
presentaciones de libros, tertulias o encuentros literarios que contribuían a
enriquecer la intensa vida intelectual del centro histórico.
Papelería Ferrer
Librería Eulogio de las Heras (ver) (CC BY 3.0)
Entre los establecimientos más
populares destacó Deportes Z,
una tienda que marcó a varias generaciones de sevillanos. Fundada a mediados
del siglo XX, fue durante décadas el lugar de referencia para la adquisición de
artículos deportivos, equipaciones escolares y material para numerosas
disciplinas. Para muchos jóvenes, visitar Deportes Z antes del comienzo del
curso escolar o de una nueva temporada deportiva formaba parte de los recuerdos
más entrañables de la vida cotidiana en Sevilla.
Calle
Sierpes a la altura de la calle Rivero con el edificio que adquirió en 1.945
Zacarías Zulategui para ampliar su tienda de deportes. Fotografía de la década
de 1.913.
Deportes
Z
Cervantes sitúe en ella a un maestre
Pierre Papin, al que hace destacado fabricante de naipes.
Azulejo de la ruta cervantina
Según Pedraza, en ella residía un
famoso armero llamado Micer Guillo, cuyos servicios solicitaba con frecuencia
Carlos I.
Se fundan en el s. XIX, los almacenes
El Águila, bazar de ropa hecha. La confluencia
de las calles Sierpes, Jovellanos y Sagasta fue conocida durante siglos como
las Cuatro Esquinas de San José, uno de los enclaves comerciales más
concurridos y emblemáticos del centro histórico de Sevilla. En la esquina
principal se levanta el edificio de los antiguos Grandes Almacenes El Águila,
una construcción que marcó una época en la historia del comercio sevillano.
Los Grandes
Almacenes El Águila fueron fundados en 1850 y se convirtieron en un auténtico
referente del comercio local. Su edificio albergó una de las mayores
innovaciones comerciales de la ciudad al incorporar el primer ascensor de uso
público instalado en unos grandes almacenes de Sevilla, un adelanto que causó
gran expectación entre los clientes de la época. El establecimiento permaneció
en funcionamiento hasta 1975, cuando cerró sus puertas, poniendo fin a una de
las firmas comerciales más representativas de la Sevilla de los siglos XIX y
XX.
El edificio fue
proyectado por el arquitecto José Gómez Millán en 1909. Aunque la inscripción
situada en el chaflán lleva la fecha de 1910, las obras no concluyeron hasta
1912. Tras el cierre de los almacenes, el inmueble fue profundamente reformado
en 1975 para adaptarlo como sede del Banco Industrial del Mediterráneo.
Arquitectónicamente
constituye uno de los mejores ejemplos de la arquitectura comercial sevillana
de comienzos del siglo XX. Su composición responde a un lenguaje clasicista,
enriquecido con una elegante decoración modernista que se despliega mediante
relieves de inspiración vegetal y composiciones geométricas de líneas curvas y
rectas. Entre sus motivos ornamentales destacan diversos elementos de
inspiración náutica, como timones y rosas de los vientos, integrados tanto en
la piedra como en la magnífica forja que decora balcones, remates y otros
elementos de la fachada.
El edificio
conserva además los esbeltos pilares de hierro fundido que en otro tiempo
enmarcaban los grandes escaparates del establecimiento, testimonio del
esplendor comercial que alcanzó este inmueble. Como detalle más singular
sobresalen las águilas de forja que coronan la azotea, representadas con las
alas desplegadas, como si estuvieran a punto de emprender el vuelo, un guiño al
nombre del histórico establecimiento que todavía hoy constituye uno de los
elementos más característicos de este edificio de la calle Sierpes.
Grandes Almacenes El Águila. (ver) (CC BY 3.0)
Almacenes El Águila (ver) (CC BY 3.0)
En el
inmueble contiguo aún puede contemplarse el rótulo de Casa Calvillo, un
establecimiento que permaneció abierto desde su fundación, en 1932, hasta su
cierre en 1982. Durante medio siglo fue uno de los comercios tradicionales más
conocidos de esta parte de la calle Sierpes.
Rótulo de Casa
Calvillo
Y Casa Damas, dedicada a la música. Casa
Rubio, dedicada a paraguas y abanicos.
Casa
Damas
Casa Rubio. 1907 (ver) (CC BY 3.0)
Allí se levanta la primera tienda de
souvenir, el Palacio de Novedades (1900). La tradición de los impresores, entre
los que se pueden citar Alonso de Coca, Fernando Díaz o Francisco de Lyra, que
tienen taller en los siglos XVI y XVII, se continuó con algunas librerías en el
s. XIX, como la de Geofrín, lugar de tertulias, y la de Sanz, que hace pocos
años se trasladó a una calle próxima y que recientemente ha cerrado sus
puertas.
La segunda mitad del siglo XX supuso un
profundo cambio en los hábitos de consumo. La aparición de los grandes
almacenes, los centros comerciales y, posteriormente, las grandes cadenas
internacionales alteró el modelo tradicional del comercio urbano. Muchos
establecimientos históricos desaparecieron tras décadas de actividad, incapaces
de competir con las nuevas formas de distribución.
Las edificaciones
De su edificación merece ser destacada
la casa núm. 1, esquina a la Campana, deI s.XVIII; la núm. 6, donde estuvo
situado el teatro y cine Palacio Central, obra de Barbino Marrón; la núm. 16,
de dos plantas, actual sede del Círculo de Labradores, en la que se conservan
restos del antiguo convento agustino de San Acasio, al que ya se ha hecho
alusión; el edificio la Catalana en el núm. 20, obra regionalista de José
Espiau y Muñoz. A este arquitecto se debe también la reforma efectuada en el
salón Lloréns para readaptado a cine en 1913-15, y que hoy ha sido
profundamente alterado en su estructura original al haber sido reutilizado
sucesivamente como almacén comercial y ahora como salón de juegos; la casa núm.
22, de tres plantas, fachada de ladrillo con pilastras rematadas por capiteles
formando calles, ha sido recientemente
restaurada por una entidad de ahorros. En el núm. 40, esquina a Rioja, se localiza
una obra modernista de José Gómez Millán (1 91 0-11 l, con interesante cierro;
también de este arquitecto es la casa núm. 60, de cuatro plantas,
originariamente construida en 1910 como sede de los almacenes comerciales El
Aguila y hoy ocupada por una entidad bancaria; por último, en la esquina a la
plaza de San Francisco ha de citarse la casa núm. 90, que lleva varios años en
restauración, de cinco plantas, fachada de ladrillo visto y decoración de
azulejos, fechados entre 1927 y 1930. De la edificación más reciente hay que
destacar, en el numo 41 , las oficinas del Banco de Granada, obra de J. M.
Garda de Paredes (1972-73), si bien su estilo moderno y los materiales
utilizados en la fachada contrastan con la tipolagía y estilos dominantes en la
calle.
Cafés, casinos y tertulias
Si el comercio convirtió a la calle Sierpes en el
principal eje económico de Sevilla, fueron sus cafés, casinos y círculos
recreativos los que la transformaron en el gran centro de la vida social e
intelectual de la ciudad.
Entre todos
ellos destacó el célebre Café del Turco,
uno de los establecimientos más prestigiosos de la Sevilla decimonónica.
Inaugurado en la primera mitad del siglo XIX, alcanzó una enorme fama por la
calidad de su café y por la intensa vida política e intelectual que se
desarrollaba en sus salones. En sus mesas se reunían escritores, periodistas,
abogados, profesores, comerciantes y destacados representantes del liberalismo
sevillano. Durante décadas fue uno de los principales foros de debate de la
ciudad y escenario de numerosas tertulias literarias y políticas que dejaron
una profunda huella en la vida cultural sevillana.
El Café del
Turco recibió su nombre por la moda orientalista que se extendió por Europa
durante el siglo XIX. La fascinación por el Imperio Otomano, alimentada por la
literatura romántica y por el gusto por lo exótico, llevó a muchos
establecimientos a decorar sus salones con referencias orientales o a adoptar
nombres relacionados con Turquía y el café, una bebida que desde el siglo XVIII
había adquirido un enorme prestigio como símbolo de modernidad y refinamiento.
Hoy no queda
rastro material del Café del Turco, pero su recuerdo permanece ligado a la
memoria de la calle Sierpes.
Interior del Café del Turco (ver) (CC BY 3.0)
No menos importante fue el Café Suizo, cuyo elegante ambiente lo
convirtió en punto de encuentro de la burguesía local. Sus refinados salones,
decorados siguiendo el gusto europeo de la época, acogían conciertos, veladas
musicales y reuniones de carácter cultural. Como sucedía en los grandes cafés
de Madrid, París o Viena, estos establecimientos desempeñaban una función que
iba mucho más allá de la hostelería: eran espacios donde se formaba la opinión
pública y donde surgían iniciativas culturales, empresariales y políticas.
La vida social de Sierpes también
giraba en torno a los grandes casinos y círculos recreativos, instituciones que
desempeñaron un papel decisivo en la Sevilla contemporánea. Entre ellos
sobresale el Círculo Mercantil e
Industrial de Sevilla, fundado en 1868. Desde finales del siglo XIX
estableció una de sus sedes más emblemáticas en la calle Sierpes,
convirtiéndose en lugar de encuentro de comerciantes, empresarios e
industriales. Sus elegantes salones acogieron conferencias, exposiciones,
bailes, conciertos y numerosos actos sociales que contribuyeron a dinamizar la
vida cultural de la ciudad. Todavía hoy continúa siendo una de las
instituciones más activas de Sevilla, especialmente durante la Semana Santa,
cuando organiza algunas de las exposiciones más visitadas de la ciudad.
Los sillones de mimbre que casinos y
círculos instalaban en la misma calle, y sobre todo los corrillos de tratantes
y corredores junto al Círculo Mercantil y en los aledaños de las Cuatro
Esquinas de San José, daban a Sierpes un ambiente muy singular y contribuian,
con el ajetreo de compradores y paseantes, a crear una sugestiva atmósfera hoy
desaparecida casi en su totalidad.
Círculo Mercantil e
Industrial de Sevilla
El Círculo de Labradores y Propietarios, fundado en 1859. Aunque
representaba principalmente a propietarios agrícolas y miembros de la alta
burguesía, pronto se convirtió en uno de los centros sociales más prestigiosos
de Sevilla. Sus instalaciones ofrecían biblioteca, salas de lectura, salones de
billar y espacios destinados a reuniones empresariales y actividades
culturales. En sus dependencias se celebraban recepciones, conciertos y bailes
que formaban parte de la intensa vida social de la ciudad.
Círculo de Labradores y Propietarios
Otro
protagonista imprescindible fue el Ateneo
de Sevilla, institución fundada en 1887 con el propósito de fomentar la
cultura, la literatura, las ciencias y las artes. Aunque cambió varias veces de
sede, su vinculación con el entorno de Sierpes fue constante. Por sus salones
pasaron algunas de las figuras más destacadas de la cultura española de finales
del siglo XIX y comienzos del XX. Conferencias, recitales poéticos,
exposiciones, debates científicos y veladas literarias consolidaron al Ateneo
como uno de los grandes motores culturales de Sevilla. Además, desde sus
primeros años desempeñó un papel fundamental en la organización de la Cabalgata
de Reyes Magos, una tradición que desde 1918 forma parte inseparable de la
Navidad sevillana (leer mas).
La cercanía de
estos centros culturales favoreció el nacimiento de numerosas tertulias. Entre
los asistentes a estas tertulias figuraron personalidades tan diversas como
José Gestoso, los hermanos Álvarez Quintero, Joaquín Turina, Manuel Chaves
Nogales, José María Izquierdo o Luis Montoto, junto a numerosos periodistas,
catedráticos, abogados y artistas que contribuyeron a convertir Sierpes en el
principal foro intelectual de la ciudad. También era frecuente encontrar a
toreros, empresarios, músicos o viajeros extranjeros atraídos por la fama de
aquella calle donde parecía concentrarse toda la vida sevillana.
Romero Murube,
retrata estas tertulias en los siguientes términos: "Reunianse además
elementos ajenos a la literatura, tipos pintorescos de la madrugada y el
trasmundo del orden, que unas veces traídos por el inquieto Sánchez Mejias,
otras por el sorprendente VillaIón,
llenaban de incidencias raras e insospechadas las alegres reuniones de
nuestro cenáculo literario”.
En relación con
estas actividades y con el movimiento de personas que generaban, adquirió gran
importancia la hostelería. Varias fondas y hoteles acogen a los visitantes
extranjeros en el siglo pasa.do, como el Europa, en el que se aloja Alejandro
Dumas, el Imperial y el Suizo.
En las primeras
décadas de esta centuria el agraz del célebre puesto de Dolorcitas, en la
esquina de la actual Rafael Padura, atraía a numerosa concurrencia. Su lugar
sería ocupado en las décadas centrales de este siglo por otro personaje famoso,
Curro, con su puesto de periódicos.
Puesto de Dolorsita. (ver ) (CC BY 3.0)
Curro el del Kiosco de la Campana, año 1960. (ver) (CC BY
3.0)
La Guerra Civil y los profundos cambios
sociales del siglo XX alteraron progresivamente este modelo de convivencia.
Muchos cafés históricos desaparecieron o cambiaron de actividad, mientras las
nuevas formas de ocio desplazaban las tradicionales tertulias. A ello se sumó
la aparición de nuevos barrios comerciales y la transformación de los hábitos
ciudadanos, que hicieron perder protagonismo a aquellos establecimientos que
habían sido auténticas instituciones de la vida sevillana.
Los cines, teatros y el ocio
Desde
finales del siglo XIX y durante buena parte del XX, la calle Sierpes no solo
fue el gran eje comercial de Sevilla, sino también uno de los principales
centros de ocio y entretenimiento de la ciudad.
Desde el siglo XIX, el entorno de Sierpes concentró algunos
de los teatros más importantes de Sevilla. Muy próximo a la calle se encontraba
el desaparecido Teatro San Fernando,
inaugurado en 1847 sobre el solar del antiguo convento de San Francisco.
Considerado durante décadas el principal coliseo sevillano, acogió
representaciones de ópera, zarzuela, teatro clásico y comedia, además de
conciertos y actos oficiales. Por su escenario pasaron las mejores compañías
españolas y numerosas figuras internacionales, convirtiéndose en el gran
referente cultural de la ciudad hasta su demolición en 1973.
Teatro San Fernando (ver) (CC BY 3.0)
La llegada del cinematógrafo
revolucionó el ocio sevillano. A comienzos del siglo XX empezaron a proyectarse
las primeras películas en barracas provisionales y salones improvisados, pero
muy pronto surgieron auténticos templos dedicados al nuevo espectáculo.
Uno de los más recordados fue el Cine Lloréns, inaugurado en la década
de 1930, destacó por su elegante arquitectura de inspiración racionalista y por
la comodidad de sus instalaciones. Durante décadas fue uno de los cines más
prestigiosos de la ciudad, programando los grandes estrenos nacionales e internacionales.
Exterior del Cine Lloréns (ver) (CC BY 3.0)
Interior del Cine Lloréns (ver) (CC BY 3.0)
El ocio también encontraba expresión en
los numerosos salones recreativos, billares y cafés musicales que proliferaron
durante el primer tercio del siglo XX.
Los cambios sociales de la segunda
mitad del siglo XX alteraron profundamente este modelo. La aparición de la
televisión primero y, décadas más tarde, de los multicines situados en centros
comerciales provocó el cierre progresivo de muchas salas históricas. Algunos
teatros desaparecieron y numerosos cines fueron transformados en locales
comerciales, oficinas o edificios de otros usos. Con ellos se perdió una parte
importante de la memoria sentimental de varias generaciones de sevillanos.
La calle Sierpes en la Semana Santa y el Corpus Christi
Si
existe un lugar donde la calle Sierpes manifiesta plenamente su condición de
corazón de Sevilla es durante la celebración de la Semana Santa y la festividad
del Corpus Christi. Desde hace siglos, el paso de las procesiones por Sierpes
constituye una de las imágenes más representativas del calendario festivo
sevillano.
La vinculación de la calle con las grandes procesiones hunde
sus raíces en la Baja Edad Media. Desde entonces, la plaza de San Francisco,
situada en uno de sus extremos, fue el principal centro ceremonial de la
ciudad. Allí se celebraban proclamaciones reales, autos públicos, fiestas
religiosas y numerosos actos institucionales. La cercanía de Sierpes hizo que
muy pronto se integrara en los itinerarios procesionales que unían los distintos
conventos, parroquias y monasterios del casco histórico.
Fue, sin embargo, durante el siglo XIX cuando la calle
adquirió el protagonismo que hoy conserva. La progresiva organización de la
Carrera Oficial —el recorrido común que deben seguir todas las hermandades de
penitencia para llegar a la Catedral— convirtió a Sierpes en uno de sus tramos
fundamentales. Su anchura, su carácter comercial y su estratégica situación
entre la Campana y la plaza de San Francisco la transformaron en el espacio
idóneo para ordenar el paso de las cofradías y facilitar la presencia del
público.
Primera
fotografía nocturna de la historia de la Semana Santa. El Señor del Gran Poder,
frente al antiguo Café Madrid, en el número 35 de Sierpes. 30 de marzo de 1918.
Fotografía de Juan Barrera
Pero la relación entre Sierpes y las procesiones no termina
con la Semana Santa. La festividad del Corpus Christi constituye otra de las
grandes citas del calendario sevillano. Instituida en Sevilla desde el siglo
XIII, la procesión del Santísimo Sacramento alcanzó un extraordinario esplendor
durante la Edad Moderna, cuando la ciudad era uno de los principales centros
políticos y económicos de la Monarquía Hispánica. Desde entonces, la calle
Sierpes forma parte del recorrido tradicional de la procesión, convirtiéndose
cada año en uno de los lugares más esperados por los sevillanos. Comerciantes,
vecinos e instituciones adornan balcones y escaparates, mientras el
Ayuntamiento instala los tradicionales gallardetes, colgaduras y elementos
decorativos que anuncian la gran solemnidad eucarística.
En la mañana del Corpus Christi, la Custodia de Arfe, una de
las grandes obras maestras de la orfebrería renacentista española, recorre
lentamente la calle Sierpes bajo el palio sacramental. Delante desfilan los
pasos de los santos sevillanos, las representaciones parroquiales, las
hermandades sacramentales, las autoridades civiles y religiosas y una nutrida
representación del tejido institucional de la ciudad. El paso de la Custodia
entre los balcones engalanados constituye una de las imágenes más solemnes y
bellas de la Sevilla tradicional.
Sierpes está también históricamente
confirmada por el hecho de haber sido siempre escenario casi obligado de desfiles
y procesiones religiosas, civicas, politicas y militares, manifestaciones
populares y en general de cuantos sucesos de carácter público se han sucedido
en Sevilla . Fue testigo de motines, como e l famoso del Pendón Verde de 1521,
y de manifestaciones espontáneas, entre
ellas la que se produjo en 1860 a raíz de la ocupación de Tetuán por las tropas
españolas; de entradas de reyes y grandes personajes (Felipe II , Felipe V,
Carlos IV, el duque de Angulema ... ); de cabalgatas carnavalescas (entierros de
la sardina, comitiva del Domingo de Piñata ... ); de rogativas de lluvias,
sequias u otras calamidades; de paradas de tropas; de tránsito de los presos
que iban a ser ajusticiados en la vecina Audiencia, etc. En 1771 pasó por ella
la solemne procesión civica organizada con motivo del traslado de la
Universidad a la antigua casa profesa de los jesuitas en Laraña.
Desfile militar por la calle Sierpes. Fotografía del
francés Lucién Roisin sobre 1.930.
La calle Sierpes en la literatura universal
Pocas
calles españolas han despertado tanta fascinación entre escritores, poetas y
viajeros como la calle Sierpes.
La Sevilla descrita por Miguel de Cervantes en sus Novelas
ejemplares, especialmente en Rinconete y Cortadillo, es la ciudad
bulliciosa de mercaderes, pícaros, escribanos, clérigos, artesanos y
aventureros que recorrían diariamente calles como Sierpes. El escritor conocía
perfectamente este entorno gracias a los años que pasó en Sevilla y a su
estancia en la cercana Cárcel Real.
También Mateo Alemán, en Guzmán de Alfarache, retrató
la intensa actividad comercial y la compleja realidad social de la Sevilla de
finales del siglo XVI. Aunque tampoco sitúa expresamente la acción en Sierpes,
muchas de sus descripciones remiten al ambiente que se respiraba en esta zona
de la ciudad, donde convivían la riqueza generada por el comercio ultramarino y
la pobreza de quienes buscaban fortuna en la gran metrópoli atlántica.
Durante el Romanticismo, Sevilla se convirtió en uno de los
destinos predilectos de los viajeros europeos. Entre ellos sobresale el francés
Théophile Gautier, quien durante su viaje por España, realizado en 1840,
describió con admiración el incesante movimiento de las calles sevillanas, el
colorido de sus comercios y la animación constante del paseo vespertino. Para
Gautier, Sevilla era una ciudad donde la vida transcurría al aire libre, y Sierpes
constituía uno de sus mejores escenarios.
Pocos años después, el británico Richard Ford, autor del
célebre Manual para viajeros por España, dedicó páginas memorables a la
ciudad. Gran observador de las costumbres populares, Ford comprendió que quien quisiera
conocer Sevilla debía recorrer la calle Sierpes a la hora del paseo. En sus
escritos la presenta como una vía llena de elegantes tiendas, cafés y
tertulias, donde era posible contemplar un verdadero desfile de la sociedad
sevillana.
Washington Irving, aunque centró buena parte de su obra en
la Alhambra y en el pasado andalusí, también contribuyó a difundir una imagen
romántica de Sevilla que atrajo a miles de viajeros europeos y norteamericanos
durante el siglo XIX. La ciudad descrita por Irving encontraba en Sierpes uno
de sus principales espacios de sociabilidad, una calle donde tradición y
modernidad convivían en perfecta armonía.
También José Gestoso,
historiador, arqueólogo y uno de los grandes defensores del patrimonio
sevillano, dejó valiosas referencias sobre las transformaciones urbanísticas de
la calle, sus edificios desaparecidos y la evolución de sus establecimientos
comerciales. Sus investigaciones constituyen hoy una fuente imprescindible para
reconstruir la historia de Sierpes.
Los hermanos Serafín
y Joaquín Álvarez Quintero, magníficos cronistas del habla y de las
costumbres sevillanas, convirtieron el ambiente de Sierpes en un escenario
habitual de sus comedias. Aunque pocas veces la nombran directamente, sus
personajes parecen caminar continuamente por esta calle, donde el paseo, la
conversación y el encuentro casual forman parte esencial de la vida cotidiana.
Sus obras reflejan la Sevilla amable, luminosa y elegante que tenía en Sierpes
uno de sus principales referentes.
A comienzos del siglo XX, el periodista y escritor Manuel Chaves Nogales evocó con
frecuencia la Sevilla de su juventud. En sus artículos y memorias aparecen los
cafés, los comercios y el ambiente ciudadano de una calle que simbolizaba el
dinamismo de la capital andaluza. Para Chaves Nogales, Sierpes representaba una
ciudad abierta al mundo, moderna y profundamente cosmopolita, muy distinta de
los tópicos folclóricos que con frecuencia se proyectaban sobre Andalucía.
La calle también ha inspirado a numerosos poetas. Antonio Machado, durante los años en
que residió en Sevilla, conoció perfectamente el ambiente de Sierpes, mientras
que Joaquín Romero Murube,
conservador del Alcázar y uno de los grandes escritores sevillanos del siglo
XX, evocó en varias ocasiones el encanto de las calles del centro histórico,
donde la memoria y la vida cotidiana se entrelazaban de forma inseparable.
Juan Ramón Jiménez, que vivió en
Sevilla a fines del siglo pasado, asocia Sierpes con el corazón de la ciudad:
“Es como si todos los corazones de sus mujeres se hubieran hecho un solo
clavel, este clavel que yo tengo en mi mano, del puesto verde de la calle
Sierpes. Este clavel es el mundo, que se ha hecho del tamaño de un clavel,
digo, de Sevilla, que está prendida, clavel único, madre de claveles, sobre el
pecho izquierdo de las naturaleza"
Luis Montoto dejó en un hermoso libro
(La calle de la Sierpes) la semblaza más completa y mejor informada de este
espacio. Chaves Rey recogió el ambiente de sus cafés, sobre todo las curiosas lecturas
públicas del de La Cabeza del Turco (Cosas nuevas y viejas) en los años veinte del
siglo XIX.
Mas y Prat el bullicio de los dias de
Semana Santa. Blasco Ibáñez (Sangre y arena) el mundillo taurino de sus
esquinas y establecimientos. Pío Baraja la menciona en varias novelas y comenta
la tendencia de los sevillanos a exhibirse en ella como en un escaparate y la
escasa presencia de mujeres. Rafael Laffón elogia el famoso puesto de agraz de
Dolorcita. José Maria Izquierdo hace notar, como signo de su ambiente divertido
y ligero, que cada noche que circula es una borracheria que se abre en la
calle. El novelista José Mas repara en la agradable penumbra de sus toldos.
La Sierpes del siglo XXI
Entrado
el siglo XXI, la calle Sierpes continúa siendo el gran corazón urbano de
Sevilla. Aunque la ciudad ha experimentado una profunda expansión hacia nuevos
barrios y centros comerciales, ninguna otra vía ha conseguido sustituir el
papel simbólico, comercial y social que esta calle ha desempeñado durante más
de siete siglos.
La calle Sierpes sigue representando, como lo ha hecho durante siglos, la esencia de Sevilla. En ella conviven el pasado y el presente, la tradición y la modernidad, el vecino y el visitante, el comercio y la cultura, la fiesta y la vida cotidiana. Ninguna otra calle resume con tanta fidelidad la personalidad de la ciudad. Quien quiera comprender Sevilla no necesita más que recorrer Sierpes con la mirada atenta: en sus piedras, en sus fachadas y en el incesante fluir de sus gentes continúa latiendo, siglo tras siglo, el verdadero corazón de la ciudad.






















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