domingo, 12 de julio de 2026

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Calle Sierpes.

Situada entre la Campana y la plaza de San Francisco, la calle Sierpes constituye, junto con la plaza de San Francisco y la Campana, uno de los espacios urbanos más emblemáticos de Sevilla. Desde hace más de siete siglos ha sido el gran escaparate de la ciudad, lugar de encuentro de comerciantes, viajeros, escritores y paseantes, además de escenario de algunos de los acontecimientos civiles y religiosos más importantes de la historia sevillana. Ninguna otra vía ha concentrado durante tanto tiempo la actividad comercial, social y cultural de Sevilla, hasta el punto de convertirse en un auténtico símbolo de la ciudad.

Vista de la calle Sierpes desde la plaza de San Francisco. Año 1899

Calle de las Sierpes. Fotografía realizada por Emilio Beauchy Cano. Finales del siglo XIX

Actualmente es una calle relativamente larga y rectilínea, pero de desigual anchura, que presenta frecuentes entrantes y salientes, sobre todo en la acera de los impares, en el tramo comprendido entre Rafael Padura y Rivera, al no haberse llevado a término proyectos de alineación. Confluyen, por la acera de los pares, Pedro Caravaca, Rioja, Jovellanos y Almirante Bonifaz, y por la de los impares, Rafael Padura, Azofaifo, una barreduela sin nominar y cerrada por una cancela en el primer recodo, Rivero, Cerrajería, Moreno López, Gallegos y Manuel Cortina.

Hasta principios del s. XVII, cuando se solicita su cerramiento (1611-1614), existió una calleja aproximadamente enfrente de la actual Rivera. Como contraste, en las últimas décadas han sido abiertos varios pasajes, total o parcialmente cubiertos, que comunican Sierpes con Tetuán o Cuna, con una función eminentemente comercial; tres de ellos se localizan en la manzana comprendida entre Rioja y Jovellanos: pasaje del Ateneo, uno sin nominar en el núm. 48, y pasaje de las Delicias; en la acera opuesta la barreduela Moreno López ha sido prolongada hasta comunicar con Cuna, y recientemente se ha abierto otro pasaje a comienzos de la calle, que tras un largo recorrido y haciendo ángulo desemboca en Vargas Campos.

Origen y evolución del nombre

Su nombre aparece documentado ya en el siglo XIII como calle de la Sierpe, pocos años después de la conquista castellana de Sevilla por Fernando III. A finales del siglo XVIII comenzó a generalizarse la forma “calle de las Sierpes”, mientras que durante el siglo XIX terminó imponiéndose la denominación actual, al desaparecer el artículo, un fenómeno frecuente en la toponimia sevillana de esa época.

El origen del nombre ha dado lugar a numerosas interpretaciones. La explicación más antigua fue recogida por el historiador Luis de Peraza en el siglo XVI (“Historia de Sevilla”), quien afirmaba que procedía de una enorme quijada de serpiente colgada en un mesón (Mesón de la Sierpe) situado en mitad de la calle. La tradición aseguraba que pertenecía a un monstruoso reptil abatido en las cercanías de Sevilla, convirtiéndose durante siglos en una de las curiosidades más célebres de la ciudad.

Durante el siglo XIX aparecieron nuevas interpretaciones. Una de ellas pretendía explicar el nombre por el supuesto trazado sinuoso de la calle, comparándolo con el movimiento de una serpiente. La teoría fue popularizada por el escritor francés Próspero Mérimée, quien relacionó metafóricamente la vía con las curvas del reptil. Sin embargo, esta explicación difícilmente puede sostenerse. Los planos históricos muestran que, aunque la calle presentaba estrechamientos y pequeñas irregularidades antes de las alineaciones urbanísticas del siglo XIX, nunca tuvo un recorrido especialmente serpenteante que justificara su denominación.

Otra tradición, también muy difundida, atribuyó el origen del topónimo a un caballero llamado Gil de Sierpe, quien supuestamente habría recibido propiedades en este lugar tras la conquista de Sevilla. Sin embargo, las investigaciones modernas no han encontrado rastro documental de dicho personaje en el Libro del Repartimiento de Sevilla, donde quedaron registrados los repartos de casas y solares efectuados por Fernando III y Alfonso X entre los conquistadores.

Igualmente carece de fundamento documental la antigua afirmación de que la calle hubiera recibido previamente el nombre de Espaderos, debido a la presencia de numerosos fabricantes de espadas. Esta idea fue difundida en el siglo XVIII por Juan de Arana de Varflora y repetida posteriormente por diversos autores, pero ningún documento medieval o moderno conocido utiliza esa denominación para referirse a la calle. Es cierto que durante los siglos XV y XVI se concentraron en Sierpes numerosos artesanos relacionados con el trabajo del hierro —espaderos, cuchilleros, cerrajeros y freneros—, pero ello no significa que la vía llegara a llamarse oficialmente de ese modo.

La tradición popular sitúa el origen del nombre de la calle Sierpes en una de las leyendas más conocidas de la Sevilla bajomedieval. Aunque carece de base histórica, este relato gozó de enorme difusión durante siglos y llegó a formar parte del imaginario colectivo de la ciudad.

Según la leyenda, a finales del siglo XV comenzaron a desaparecer de forma misteriosa numerosos niños en las inmediaciones de la entonces calle Espaderos. Las desapariciones se producían sin seguir un patrón determinado, tanto de día como de noche, y no dejaban el menor indicio sobre el paradero de las víctimas. La inquietud se extendió rápidamente entre los vecinos, que terminaron solicitando la intervención de don Alfonso de Cárdenas, comendador mayor de León y regente de Sevilla en aquellos años.

Cuando el temor comenzaba a apoderarse de la población, un preso de la Cárcel Real hizo llegar un mensaje al comendador. Aseguraba conocer al responsable de las desapariciones y se comprometía a demostrarlo, pero imponía una única condición: recuperar su libertad una vez resuelto el misterio. Alfonso de Cárdenas aceptó el trato y envió a un escribano para tomar declaración al desconocido.

El misterioso informante resultó ser Melchor de Quintana y Argüeso, bachiller en Letras por la Universidad de Osuna, una de las instituciones académicas más prestigiosas de la época. Había sido encarcelado por su participación en una rebelión promovida por el duque de Arcos contra la Corona. Ante el escribano relató cómo, durante un intento de fuga, había excavado un túnel que, de manera fortuita, lo condujo a unas antiguas galerías subterráneas atribuidas por la tradición a las épocas romana y musulmana.

Mientras recorría aquellos pasadizos en busca de una salida, afirmó haberse encontrado con el causante de las desapariciones. Tras enfrentarse a él, consiguió darle muerte con una daga. Sin embargo, lejos de aprovechar la ocasión para escapar definitivamente, regresó voluntariamente a la prisión, convencido de que su acción le permitiría obtener el perdón prometido.

Guiados por el propio Melchor de Quintana, el comendador y sus hombres descendieron hasta el lugar señalado. Allí encontraron una escena sobrecogedora: el cuerpo sin vida de una gigantesca serpiente atravesada por una daga y, a su alrededor, numerosos restos óseos humanos que parecían confirmar la macabra historia. La criatura, cuyo grosor —según la tradición— era comparable al de un hombre adulto, fue trasladada y expuesta públicamente en la calle Espaderos.

La noticia atrajo a curiosos procedentes de todos los barrios de Sevilla e incluso de localidades cercanas. El extraordinario suceso hizo que la antigua calle Espaderos comenzara a ser conocida popularmente como la "calle de la Sierpe", denominación que, con el paso del tiempo, terminó evolucionando hasta el actual nombre de calle Sierpes.

Como recompensa por su hazaña, Melchor de Quintana obtuvo la libertad que había solicitado. La leyenda añade que decidió establecerse definitivamente en Sevilla y que llegó a contraer matrimonio con una hija del propio Alfonso de Cárdenas, culminando así una historia tan extraordinaria como improbable.

Desde el punto de vista histórico, este relato debe entenderse como una manifestación del rico universo legendario medieval más que como un hecho real. Historias semejantes, protagonizadas por dragones, serpientes monstruosas o reptiles gigantes, fueron muy frecuentes en la Europa occidental entre los siglos XII y XV, simbolizando habitualmente la victoria del bien sobre el mal y el restablecimiento del orden tras una etapa de caos. En España existen otros ejemplos célebres, como la leyenda del Lagarto de Granada, que responde a los mismos esquemas narrativos.

La popularidad de esta tradición fue tal que diversos cronistas e investigadores la recogieron en épocas posteriores, convirtiéndola en una de las explicaciones legendarias más difundidas sobre el origen del nombre de una de las calles más emblemáticas de Sevilla. Aunque la etimología real de Sierpes continúa siendo objeto de debate, la fuerza de esta narración ha contribuido decisivamente a mantener viva, hasta nuestros días, la fascinación por el pasado legendario de la ciudad.

Cuando se confecciona el plano de Olavide (1771), el espacio en el que confluye Rioja es conocido como sitio de la Cruz de la Cerrajería, por estar en ella ubicada la conocida cruz de forja, hoy en la plaza de Santa Cruz. 

Cruz de la Cerrajería

A partir de 1840, una vez retirada definitivamente ésta, se denomina sitio o plaza de la Cerrajería hasta finales de la centuria, la confluencia de Sagasta y Jovellanos también es conocida a mediados del s. XVIII por las Cuatro Esquinas, posteriormente Cuatro Esquinas de San José, por la proximidad de la capilla de esta advocación.

Cuatro Esquinas de San José

El antiguo cauce del Guadalquivir y la formación de la calle

Para comprender el origen de la calle Sierpes es necesario retroceder muchos siglos, hasta una época en la que el paisaje de Sevilla era muy diferente del actual. Antes de convertirse en la principal arteria comercial de la ciudad, el espacio que hoy ocupa formaba parte de un antiguo brazo del río Guadalquivir.

Los estudios geológicos, arqueológicos y paleogeográficos realizados durante las últimas décadas han permitido reconstruir con bastante precisión la evolución del antiguo estuario del Guadalquivir.

En época prerromana, el río no discurría por un único cauce como en la actualidad, sino que se dividía en varios brazos que rodeaban pequeñas elevaciones de terreno. Sobre una de estas elevaciones se desarrolló el núcleo originario de Hispalis, aprovechando su posición estratégica junto al río. Sin embargo, la ciudad no estaba completamente rodeada por tierra firme. Un brazo secundario del Guadalquivir penetraba desde el norte, atravesando aproximadamente el espacio ocupado hoy por la Alameda de Hércules, las calles Trajano, Amor de Dios, Campana y Sierpes, para continuar hacia el sur en dirección al Arenal, donde volvía a unirse al cauce principal.

Con el paso de los siglos, la propia dinámica del río comenzó a modificar este paisaje. Durante las crecidas, las aguas transportaban grandes cantidades de arenas, limos y arcillas que iban depositándose lentamente en el fondo del cauce. Este proceso de sedimentación redujo progresivamente la profundidad del brazo secundario, haciendo cada vez más difícil la navegación y favoreciendo la aparición de terrenos pantanosos y zonas encharcadas.

Ya en época romana se realizaron obras de acondicionamiento para estabilizar el terreno y ganar espacio edificable, aunque fue durante el periodo islámico cuando el proceso adquirió una mayor intensidad. Entre los siglos IX y XII, la expansión de Isbiliya exigió nuevos solares para viviendas, talleres y mercados, por lo que el antiguo cauce fue siendo colmatado mediante rellenos sucesivos de tierras, escombros y materiales de construcción. Poco a poco, el agua desapareció y el antiguo canal quedó incorporado al entramado urbano.

Sobre aquellos terrenos ganados al río comenzó a configurarse una vía de comunicación que unía dos de los espacios más importantes de la ciudad medieval. Con el tiempo, ese camino acabaría convirtiéndose en la actual calle Sierpes. Su trazado, condicionado por la forma del antiguo cauce y por la ocupación progresiva de los solares, explica algunas de las irregularidades que presentaba antes de las grandes reformas urbanísticas del siglo XIX.

Al encontrarse sobre un terreno de escasa altitud, la calle sufría frecuentes inundaciones cuando las lluvias eran intensas. El agua descendía desde las zonas más elevadas del casco urbano y se acumulaba en Sierpes, formando grandes charcos que dificultaban el tránsito de personas, animales y carruajes. Numerosos documentos municipales describen una calle embarrada durante buena parte del invierno, donde el paso resultaba especialmente incómodo.

Para paliar estos problemas, desde la Edad Media se instalaron en determinados puntos unas grandes losas de piedra, conocidas como pasaderas, que permitían cruzar la calle sin pisar el barro. Todavía en 1725 los vecinos protestaban ante el Ayuntamiento por la retirada de algunas de estas pasaderas, indispensables para atravesar la calle durante los días de lluvia.

Además, la ausencia de un sistema eficaz de alcantarillado hacía que las aguas residuales de viviendas, talleres y establecimientos comerciales discurrieran por la superficie, aprovechando precisamente la ligera pendiente del antiguo cauce.

Por ello, los malos olores, el barro y la acumulación de residuos fueron un problema constante hasta bien entrado el siglo XIX. Las grandes reformas urbanísticas emprendidas entre 1876 y 1878 dotaron a la calle de una red de saneamiento capaz de evacuar las aguas pluviales y residuales, eliminando uno de los problemas que habían condicionado su historia durante siglos.

Pasaderas

Transformaciones urbanísticas

La fisonomía actual de la calle Sierpes es el resultado de una larga sucesión de transformaciones urbanísticas desarrolladas a lo largo de más de siete siglos.

Tras la conquista castellana de Sevilla en 1248, la antigua vía heredada del periodo islámico quedó integrada en el nuevo entramado urbano. Las edificaciones fueron levantándose de manera progresiva sobre parcelas de dimensiones muy diversas, lo que originó una calle con continuos estrechamientos, quiebros y salientes.

Durante la Baja Edad Media y el Renacimiento, Sierpes adquirió una importancia creciente como eje comercial. La instalación de talleres artesanales, tiendas y mesones convirtió la calle en uno de los lugares más concurridos de la ciudad. Por ello, desde el siglo XVI el Ayuntamiento dictó numerosas ordenanzas destinadas a controlar la construcción de balcones volados, saledizos y otras estructuras que invadían la vía pública.

A lo largo de los siglos XVII y XVIII se llevaron a cabo diversas intervenciones encaminadas a mejorar el estado del pavimento y el sistema de evacuación de las aguas

La verdadera transformación de Sierpes comenzó durante el siglo XIX, coincidiendo con la modernización urbana emprendida por el Ayuntamiento de Sevilla. El crecimiento de la actividad comercial y el aumento del tránsito de peatones y carruajes hicieron evidente la necesidad de adaptar la calle a las nuevas necesidades de la ciudad. En este contexto se impulsaron sucesivos proyectos de alineación destinados a regularizar las fachadas, eliminar retranqueos y ensanchar los puntos donde el paso resultaba más difícil.

Paralelamente se acometieron importantes obras de saneamiento. En la segunda mitad del siglo XIX se construyó una red moderna de alcantarillado que sustituyó los antiguos sistemas de evacuación superficial. Esta infraestructura puso fin a los frecuentes encharcamientos y mejoró notablemente las condiciones higiénicas de la calle, que hasta entonces había sufrido continuos problemas de insalubridad.

Otra de las actuaciones que contribuyó decisivamente a configurar el aspecto actual de Sierpes fue la renovación de su pavimentación. Los antiguos empedrados medievales fueron sustituidos por materiales más resistentes y adecuados para el intenso tránsito comercial. Al mismo tiempo se instalaron nuevas redes de abastecimiento de agua, alumbrado público y mobiliario urbano, reflejo de la progresiva modernización de la ciudad.

Especial importancia tuvo la incorporación del alumbrado público. Las primeras farolas de aceite dieron paso, durante el siglo XIX, al alumbrado de gas, que convirtió a Sierpes en una de las calles mejor iluminadas de Sevilla y a finales de esa centuria llegó la electricidad.

También en el siglo XIX comenzó a generalizarse la instalación de toldos durante los meses de verano, que se convirtieron en uno de los elementos más característicos de Sierpes y en una solución urbanística que posteriormente sería imitada en otras calles del centro histórico.

Los toldos de Sierpes

Los toldos de Sierpes

Calle Sierpes. 1910

El siglo XX trajo consigo nuevas transformaciones. La creciente presencia del automóvil obligó a reorganizar la circulación y, durante décadas, la calle convivió con un intenso tráfico rodado. En la década de 1990 Sierpes fue definitivamente peatonalizada, recuperando su vocación de espacio para el paseo y el encuentro ciudadano.

Calle Sierpes. Año 1985

Calle Sierpes. 1910

Actualmente, durante los días de Navidad la asociación de comerciantes (Asociación Sierpes) adorna la calle con luces con motivos navideños, y en los meses de verano estos mismos comerciantes, recuperando una tradición del siglo pasado, cubren la calle con toldos para darle sombra.

En 1991, se firmó en Alemania el hermanamiento entre la calle Sierpes y Schadowstrasse de Düsselsorf, y como recuerdo se colocó una placa en marzo de 1992.


Hermanamiento

La Cruz de las Sierpes

Uno de los monumentos más singulares que ha conocido la calle Sierpes fue la célebre Cruz de las Sierpes, una extraordinaria obra de forja barroca que durante más de dos siglos presidió el cruce de esta calle con Cerrajería (leer mas).

Cruz de las Sierpes

Primera ubicación de la cruz, en la confluencia de Cerrajería, Sierpes y Rioja

La presencia de una cruz en este lugar era muy anterior a la que hoy se conserva. Desde finales de la Edad Media existía en la confluencia de ambas calles una cruz de madera que marcaba uno de los cruces más transitados de la ciudad. Como ocurría con muchas cruces urbanas de la Sevilla medieval, cumplía una doble función: cristianizar el espacio público y servir como lugar de oración para los viandantes.

Con el paso del tiempo, aquella sencilla cruz de madera sufrió un notable deterioro. A comienzos del siglo XVIII, el gremio de los cerrajeros, establecido desde antiguo en esta parte de la ciudad, decidió sustituirla por una nueva cruz de hierro forjado, que fue encargada al  maestro cerrajero Sebastián Conde. Tras diversos cambios de situación, actualmente se dipone en la plaza de Santa Cruz.

La Cárcel Real

De las construcciones ya desaparecidas es de destacar, en primer lugar, la Cárcel Real, uno de los edificios más temidos de la ciudad, pues fue el principal establecimiento penitenciario de la Corona de Castilla en Andalucía y escenario de algunos de los episodios más significativos de la historia literaria española. Entre sus muros estuvieron recluidos delincuentes comunes, nobles, soldados, deudores, clérigos, personajes acusados por la justicia ordinaria e incluso algunos de los escritores más importantes del Siglo de Oro. 

Fachada de la Cárcel Real de Sevilla hacia la Calle Sierpes. Plano de Juan Navarro datado en 1714. Foto: Wikipedia. (ver) (CC BY 3.0)

La construcción de la prisión se remonta a finales del siglo XV, cuando los Reyes Católicos impulsaron una profunda reorganización de la administración de justicia en Castilla. La antigua cárcel medieval resultaba insuficiente para una ciudad que, tras el descubrimiento de América, experimentó un crecimiento demográfico y económico sin precedentes. Sevilla se convirtió en la gran puerta del comercio con las Indias y, con ello, aumentaron también los conflictos judiciales, el número de reclusos y la necesidad de contar con un edificio de mayores dimensiones.

Entre todos los personajes que pasaron por la Cárcel Real destaca, por encima de cualquier otro, Miguel de Cervantes Saavedra. El autor de Don Quijote de la Mancha fue encarcelado en Sevilla en 1597 como consecuencia de las irregularidades detectadas en las cuentas que administraba como comisario de abastos y recaudador de impuestos para la Corona. La quiebra del banquero Simón Freire, en cuya entidad había depositado importantes cantidades de dinero público, provocó que Cervantes fuera considerado responsable hasta que la justicia aclarara los hechos.

No se conoce con exactitud cuánto tiempo permaneció preso, aunque debió de ser un encarcelamiento relativamente breve. Sin embargo, aquella experiencia dejó una huella imborrable en el escritor. En el prólogo de la primera parte del Quijote, publicada en 1605, Cervantes escribió las célebres palabras: “...como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación.” Aunque el autor no menciona expresamente la prisión sevillana, la mayoría de los especialistas consideran que estas palabras aluden precisamente a la Cárcel Real de Sevilla.

No puede afirmarse con absoluta certeza que Don Quijote de la Mancha fuera escrito en la cárcel, como sostiene una arraigada tradición popular. Sin embargo, resulta muy probable que durante su estancia en prisión Cervantes concibiera algunas de las ideas fundamentales de la obra o comenzara a perfilar el personaje del ingenioso hidalgo. El ambiente humano que encontró entre aquellos muros —lleno de buscavidas, soldados, pícaros, estafadores, funcionarios y personajes de toda condición social— proporcionó al escritor un extraordinario conocimiento de la naturaleza humana que acabaría reflejándose en muchas de sus páginas.

Cervantes no fue el único gran escritor relacionado con esta prisión. También Mateo Alemán, autor de Guzmán de Alfarache, conoció la experiencia del encarcelamiento en Sevilla debido a problemas económicos. Su célebre novela picaresca refleja con extraordinario realismo el ambiente de la ciudad a finales del siglo XVI, marcado por la desigualdad social, la pobreza y la corrupción, un contexto del que la Cárcel Real constituía uno de sus escenarios más representativos.

La Cárcel Real ocupaba una extensa manzana y estaba organizada en torno a varios patios y galerías. Aunque su finalidad era custodiar a los presos mientras se resolvían sus causas, las largas demoras judiciales hacían que muchos permanecieran encarcelados durante meses o incluso años. Las condiciones de vida eran extremadamente duras. El hacinamiento, la escasa ventilación, la suciedad y las enfermedades convertían la prisión en un lugar insalubre, donde las epidemias eran frecuentes y la mortalidad alcanzaba cifras muy elevadas.

A lo largo de los siglos XVII y XVIII la prisión sufrió diversas reformas y ampliaciones, aunque nunca consiguió resolver los graves problemas estructurales que arrastraba desde su construcción. Los informes de corregidores, jueces y visitadores describen un edificio deteriorado, húmedo y cada vez más insuficiente para albergar el creciente número de reclusos. Las fugas, los motines y las epidemias eran relativamente frecuentes, poniendo de manifiesto las limitaciones de un establecimiento concebido para una ciudad mucho más pequeña.

Finalmente, durante el siglo XIX, la antigua Cárcel Real fue clausurada en el contexto de la reorganización del sistema penitenciario español. Tras su derribo, en el solar fueron instalados unos baños, más tarde un hotel y un café; actualmente en su lugar se levanta el edificio del Banco Hispano Americano, sobre cuya fachada una lápida, mandada colocar por la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla en 1905, recuerda que allí estuvo preso Cervantes, y un azulejo reproduce el grabado de Gonzalo Bilbao que representa la fachada de la Cárcel Real con el antiguo retablo de la Visitación, existente en aquel lugar desde finales del s. XVI hasta principios del XIX. 

La Cárcel Real. Gonzalo Bilbao

Ruta Cervantina

En el recinto de esta casa, antes Cárcel Real, estuvo preso (1597-1602) Miguel de Cervantes Saavedra. Aquí se engendró para asombro y delicia del mundo “El Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha”

Esquina a la actual Moreno López hubo un retablo que representaba a la Virgen del Carmen, trasladado en 1816 a la entrada de la iglesia del Salvador (leer mas).

Nicolás Monardes y el primer jardín botánico privado de Europa

Entre los numerosos personajes ilustres vinculados a la calle Sierpes destaca la figura del médico y naturalista Nicolás Monardes (h. 1493-1588), uno de los científicos españoles más importantes del Renacimiento y un auténtico pionero en el estudio de las plantas procedentes del Nuevo Mundo. Su casa, situada en las inmediaciones de la actual calle Sierpes, fue mucho más que una residencia familiar: allí estableció un extraordinario gabinete científico y un jardín de aclimatación donde reunió especies vegetales llegadas de América, considerado por muchos historiadores como el primer jardín botánico privado de Europa dedicado al estudio sistemático de la flora americana. En aquel jardín crecieron por primera vez en Europa numerosas plantas americanas, cuya adaptación al clima sevillano permitió estudiar sus propiedades, formas de cultivo y posibles aplicaciones médicas. Entre las especies que estudió se encontraban el tabaco, el sasafrás, la zarzaparrilla, el guayaco, el bálsamo del Perú, la piña tropical, el girasol, el jalapeño y diversas resinas, cortezas y plantas aromáticas desconocidas hasta entonces en Europa. Algunas de ellas se utilizaron para tratar enfermedades tan extendidas como la sífilis, las fiebres, los problemas digestivos o las afecciones respiratorias, mientras que otras despertaron un enorme interés por sus aplicaciones farmacológicas o comerciales.

Hoy no se conserva aquel jardín renacentista, desaparecido con las sucesivas transformaciones urbanas del centro histórico. Sin embargo, su recuerdo sigue vinculado a la figura de Nicolás Monardes, cuyo legado ha trascendido las fronteras de España, como recuerda un azulejo colocado en 1989 en la fachada del núm. 19.

Azulejo de Nicolás Monardes

Los conventos desaparecidos

En época moderna se instalaron en Sierpes algunos conventos, hospitales, capillas y casas de comunidades monásticas que desempeñaron un importante papel en la vida espiritual, asistencial y educativa de la ciudad. La mayoría de estos edificios desaparecieron durante el siglo XIX como consecuencia de las desamortizaciones, las reformas urbanísticas y la profunda transformación que experimentó el centro histórico de Sevilla.

La extraordinaria expansión económica que vivió la ciudad tras el descubrimiento de América favoreció, entre los siglos XVI y XVII, la fundación de numerosos conventos. Sevilla llegó a ser conocida como la “ciudad de los conventos”, hasta el punto de que algunos cronistas afirmaban que el sonido de las campanas marcaba el ritmo cotidiano de la vida urbana.

Uno de los establecimientos religiosos más importantes de esta zona fue el convento de San Acacio, perteneciente a los religiosos agustinos, con entrada por la actual Pedro Caravaca. Fundado en el siglo XVII, su iglesia albergó un notable patrimonio artístico y desempeñó un destacado papel en la vida religiosa de Sevilla. Tras su expulsión por los franceses, fue ocupado por la Academia de las Tres Nobles Artes, posteriormente por la Biblioteca Pública, luego por Correos, con su célebre cabeza de león como buzón, y hoy acoge al Circulo de Labradores y Propietarios de Sevilla, donde todavía se conservan restos del antiguo convento. 

Esquina de Sierpes con Pedro Caravaca. Real Circulo de Labradores

Azulejo que alude al Colegio de San Acacio. El Real Circulo de Labradores y la Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder

En 1594 lo hicieron las monjas dominicas de la Pasión, en el primer tramo de la acera de los impares; tras la exclaustración en 1837, sus dependencias fueron ocupadas por El Diario Sevillano y la primera litografía que existió en Sevilla, la de Vicente Mamerto Casajesús y Espinosa, como recuerda el azulejo colocado en la fachada del núm. 15.

Azulejo que alude al Convento de Pasión y al introductor de la Litografía

Finalmente, a la altura de la actual Rioja, se encontraba el convento de Nuestra Señora de la Consolación, de monjas mínimas de San Francisco de Paula, en cuya iglesia, también tras la exclaustración, se estableció el Circulo Republicano Federal, y más tarde el cine Lloréns.

Los gremios medievales y el nacimiento del comercio sevillano

La historia de la calle Sierpes está íntimamente ligada al desarrollo de los gremios artesanales y al nacimiento del gran comercio sevillano. Mucho antes de convertirse en la elegante calle de los escaparates, los cafés y las grandes firmas comerciales, Sierpes fue un espacio de trabajo donde herreros, espaderos, cuchilleros, cerrajeros, sederos, merceros y otros muchos artesanos elaboraban los productos que abastecían a una ciudad en constante crecimiento. La evolución de estos oficios refleja, mejor que ningún otro aspecto, la transformación económica de Sevilla desde la Edad Media hasta la Edad Moderna.

Tras la conquista castellana de 1248, Fernando III y, posteriormente, Alfonso X reorganizaron el espacio urbano heredado de Isbiliya. Las antiguas calles del barrio comercial musulmán conservaron buena parte de su función económica, favoreciendo el establecimiento de artesanos y mercaderes en torno a la plaza de San Francisco, donde se concentraban las principales instituciones municipales. La proximidad al puerto, a la Alcaicería y a los mercados convirtió a Sierpes en un lugar privilegiado para el desarrollo de la actividad mercantil.

Durante los siglos XIII y XIV comenzaron a organizarse los primeros gremios, corporaciones que agrupaban a los artesanos de un mismo oficio y regulaban todos los aspectos de la producción. Estas instituciones fijaban las normas de aprendizaje, establecían la calidad de los productos, controlaban los precios, vigilaban el acceso a la profesión y protegían los intereses de sus miembros. Cada gremio poseía sus propias ordenanzas, elegía anualmente a sus alcaldes y mayordomos y mantenía una intensa vida religiosa y asistencial, normalmente bajo la advocación de un santo patrón.

El entorno de Sierpes fue uno de los lugares donde mayor concentración de oficios existió en la Sevilla bajomedieval. En sus inmediaciones trabajaban numerosos artesanos vinculados al tratamiento del hierro y de los metales. Espaderos, cuchilleros, freneros, cerrajeros y armeros elaboraban piezas de extraordinaria calidad que abastecían tanto al mercado local como a otras ciudades de Castilla. Sevilla llegó a gozar de un notable prestigio por la fabricación de espadas y armas blancas, favorecida por la disponibilidad de materias primas, la presencia de maestros especializados y la intensa actividad militar y comercial de la Corona.

Junto a los trabajadores del hierro convivían otros muchos oficios. Merceros, pañeros, sederos, zapateros, guanteros, libreros, plateros y joyeros encontraron en Sierpes un lugar idóneo para instalar sus tiendas. A diferencia de los talleres artesanales, que necesitaban espacio para la producción, muchos de estos establecimientos estaban orientados principalmente a la venta directa al público. Poco a poco comenzaron a aparecer escaparates y tiendas permanentes que sustituyeron a los tradicionales puestos temporales de los mercados medievales.

La auténtica revolución llegó tras el descubrimiento de América. La creación de la Casa de la Contratación en 1503 y la concesión a Sevilla del monopolio del comercio con las Indias transformaron por completo la economía de la ciudad. La cercanía de Sierpes al puerto y a la plaza de San Francisco favoreció que muchos comerciantes vinculados al tráfico indiano instalaran aquí sus negocios. Los antiguos talleres artesanales fueron dando paso a establecimientos dedicados a la importación de productos exóticos, casas de cambio, boticas, librerías, sederías y comercios especializados en artículos de lujo destinados a una clientela cada vez más acomodada. Las modestas tiendas medievales fueron sustituidas por establecimientos de mayores dimensiones, con amplios mostradores, almacenes y viviendas situadas en las plantas superiores. Los bajos de las casas se abrían a la calle mediante grandes puertas de madera,

A finales del siglo XVIII, las ideas ilustradas criticaban las restricciones impuestas por las corporaciones gremiales, consideradas un obstáculo para la libertad de comercio y el desarrollo industrial. Finalmente, las reformas liberales del siglo XIX decretaron su desaparición, sustituyendo el antiguo sistema corporativo por un mercado abierto y competitivo.

Durante el siglo XIX comenzaron a instalarse algunos de los comercios más prestigiosos de Sevilla, muchos de ellos herederos de antiguos negocios familiares. Confiterías, joyerías, relojerías, librerías, sastrerías, establecimientos de tejidos y grandes almacenes consolidaron definitivamente la fama comercial de la calle, convirtiéndola en el principal centro de compras de la ciudad.

Comercios que en algunos casos cuentan con azulejos que anuncian los negocios allí instalados, como en el núm. 9, en que se representa a Velázquez y su obra la "Rendición de Breda", de una casa de seguros que lleva el nombre del pintor, y los que anuncian la armeria y tienda de Deportes Z.

Casa numero 9

Velázquez y su obra la "Rendición de Breda"

Detalle

Los grandes establecimientos históricos

La consolidación de la calle Sierpes como principal eje comercial de Sevilla fue un proceso que alcanzó su máximo esplendor entre los siglos XIX y XX. La desaparición de los antiguos gremios, la modernización de la ciudad y el auge de una burguesía cada vez más próspera transformaron definitivamente la fisonomía de la calle. Los viejos talleres artesanales cedieron su lugar a elegantes establecimientos comerciales, muchos de ellos pioneros en la venta especializada, que convirtieron a Sierpes en el gran escaparate de la capital andaluza y en una referencia para el comercio de toda España.

Uno de los establecimientos más emblemáticos fue la Confitería La Campana, fundada en 1885 por Manuel González Aguiar en el extremo norte de la calle, junto a la plaza que le da nombre. Aunque su fama está ligada a su privilegiada ubicación, durante décadas constituyó uno de los grandes referentes de la repostería sevillana. Sus escaparates, decorados con esmero, y sus especialidades —yemas, tocinos de cielo, milhojas, roscones o los tradicionales dulces de Semana Santa— hicieron de La Campana un lugar de encuentro habitual para generaciones de sevillanos. 

Confitería la Campana. (ver crédito)

Confitería La Campana

Interior de la confitería de la Campana. (ver crédito)

La histórica Joyería Reyes, fundada en el siglo XIX y especializada en relojería, platería y joyería de alta calidad. Como otros muchos comercios de Sierpes, supo adaptarse a los cambios del gusto sin perder el carácter familiar que distinguía a los establecimientos tradicionales. Actualmente cerrada por no existir recambio generacional. 

Joyería Reyes

La prestigiosa relojería El Cronómetro, cuya clientela incluía a comerciantes, marinos y viajeros que necesitaban instrumentos de precisión en una época en la que Sevilla mantenía intensas relaciones comerciales con numerosos puertos internacionales.

El Cronómetro

El Cronómetro

Detalle

La histórica Sombrerería Maquedano, fundada en 1896. Durante décadas fue el lugar donde los sevillanos adquirían sombreros, bombines, canotiers, boinas y gorras de las mejores firmas nacionales y extranjeras. En una sociedad donde el sombrero constituía un elemento indispensable de la indumentaria masculina, Maquedano llegó a convertirse en un auténtico símbolo de elegancia. Su cuidada decoración interior y la atención personalizada contribuyeron a hacer de este establecimiento uno de los más prestigiosos del centro histórico.

Sombrerería Maquedano

Sombrerería Maquedano

Otro comercio inseparable de la memoria de Sierpes fue Casa Ferrer, especializada en artículos de viaje, marroquinería y complementos de lujo. Sus maletas, baúles y artículos de piel acompañaron durante décadas a viajeros, comerciantes y familias sevillanas. Como tantos otros negocios tradicionales, Ferrer representó una forma de entender el comercio basada en la calidad del producto y en una atención cercana que fidelizaba a varias generaciones de clientes.

La calle también reunió algunas de las mejores librerías de la ciudad. En ellas se daban cita estudiantes, profesores, escritores y aficionados a la lectura, convirtiéndose en auténticos centros de difusión cultural. Muchas organizaban presentaciones de libros, tertulias o encuentros literarios que contribuían a enriquecer la intensa vida intelectual del centro histórico.

Papelería Ferrer

Librería Eulogio de las Heras (ver) (CC BY 3.0)

Entre los establecimientos más populares destacó Deportes Z, una tienda que marcó a varias generaciones de sevillanos. Fundada a mediados del siglo XX, fue durante décadas el lugar de referencia para la adquisición de artículos deportivos, equipaciones escolares y material para numerosas disciplinas. Para muchos jóvenes, visitar Deportes Z antes del comienzo del curso escolar o de una nueva temporada deportiva formaba parte de los recuerdos más entrañables de la vida cotidiana en Sevilla.

Calle Sierpes a la altura de la calle Rivero con el edificio que adquirió en 1.945 Zacarías Zulategui para ampliar su tienda de deportes. Fotografía de la década de 1.913.

Deportes Z

Deportes Z

Cervantes sitúe en ella a un maestre Pierre Papin, al que hace destacado fabricante de naipes.

Azulejo de la ruta cervantina

Según Pedraza, en ella residía un famoso armero llamado Micer Guillo, cuyos servicios solicitaba con frecuencia Carlos I.

Se fundan en el s. XIX, los almacenes El Águila, bazar de ropa hecha. La confluencia de las calles Sierpes, Jovellanos y Sagasta fue conocida durante siglos como las Cuatro Esquinas de San José, uno de los enclaves comerciales más concurridos y emblemáticos del centro histórico de Sevilla. En la esquina principal se levanta el edificio de los antiguos Grandes Almacenes El Águila, una construcción que marcó una época en la historia del comercio sevillano.

Los Grandes Almacenes El Águila fueron fundados en 1850 y se convirtieron en un auténtico referente del comercio local. Su edificio albergó una de las mayores innovaciones comerciales de la ciudad al incorporar el primer ascensor de uso público instalado en unos grandes almacenes de Sevilla, un adelanto que causó gran expectación entre los clientes de la época. El establecimiento permaneció en funcionamiento hasta 1975, cuando cerró sus puertas, poniendo fin a una de las firmas comerciales más representativas de la Sevilla de los siglos XIX y XX.

El edificio fue proyectado por el arquitecto José Gómez Millán en 1909. Aunque la inscripción situada en el chaflán lleva la fecha de 1910, las obras no concluyeron hasta 1912. Tras el cierre de los almacenes, el inmueble fue profundamente reformado en 1975 para adaptarlo como sede del Banco Industrial del Mediterráneo.

Arquitectónicamente constituye uno de los mejores ejemplos de la arquitectura comercial sevillana de comienzos del siglo XX. Su composición responde a un lenguaje clasicista, enriquecido con una elegante decoración modernista que se despliega mediante relieves de inspiración vegetal y composiciones geométricas de líneas curvas y rectas. Entre sus motivos ornamentales destacan diversos elementos de inspiración náutica, como timones y rosas de los vientos, integrados tanto en la piedra como en la magnífica forja que decora balcones, remates y otros elementos de la fachada.

El edificio conserva además los esbeltos pilares de hierro fundido que en otro tiempo enmarcaban los grandes escaparates del establecimiento, testimonio del esplendor comercial que alcanzó este inmueble. Como detalle más singular sobresalen las águilas de forja que coronan la azotea, representadas con las alas desplegadas, como si estuvieran a punto de emprender el vuelo, un guiño al nombre del histórico establecimiento que todavía hoy constituye uno de los elementos más característicos de este edificio de la calle Sierpes.

Grandes Almacenes El Águila. (ver) (CC BY 3.0)

Almacenes El Águila (ver) (CC BY 3.0)

En el inmueble contiguo aún puede contemplarse el rótulo de Casa Calvillo, un establecimiento que permaneció abierto desde su fundación, en 1932, hasta su cierre en 1982. Durante medio siglo fue uno de los comercios tradicionales más conocidos de esta parte de la calle Sierpes.

Rótulo de Casa Calvillo

Y Casa Damas, dedicada a la música. Casa Rubio, dedicada a paraguas y abanicos.

Casa Damas

Casa Damas

Destaca en primer plano el abanico-anuncio en la fachada del número 66 de "Casa Rubio " que, desde el año 1853, fundado por don José Rubio y continuado por la familia Sahagún vendía todos esos productos, hasta que cerró hace poco menos que una década. Especialistas en paraguas, abanicos, muñecas flamencas y souvenirs.(ver) (CC BY 3.0)

Casa Rubio. 1907 (ver) (CC BY 3.0)

Allí se levanta la primera tienda de souvenir, el Palacio de Novedades (1900). La tradición de los impresores, entre los que se pueden citar Alonso de Coca, Fernando Díaz o Francisco de Lyra, que tienen taller en los siglos XVI y XVII, se continuó con algunas librerías en el s. XIX, como la de Geofrín, lugar de tertulias, y la de Sanz, que hace pocos años se trasladó a una calle próxima y que recientemente ha cerrado sus puertas.

La segunda mitad del siglo XX supuso un profundo cambio en los hábitos de consumo. La aparición de los grandes almacenes, los centros comerciales y, posteriormente, las grandes cadenas internacionales alteró el modelo tradicional del comercio urbano. Muchos establecimientos históricos desaparecieron tras décadas de actividad, incapaces de competir con las nuevas formas de distribución.

Las edificaciones

De su edificación merece ser destacada la casa núm. 1, esquina a la Campana, deI s.XVIII; la núm. 6, donde estuvo situado el teatro y cine Palacio Central, obra de Barbino Marrón; la núm. 16, de dos plantas, actual sede del Círculo de Labradores, en la que se conservan restos del antiguo convento agustino de San Acasio, al que ya se ha hecho alusión; el edificio la Catalana en el núm. 20, obra regionalista de José Espiau y Muñoz. A este arquitecto se debe también la reforma efectuada en el salón Lloréns para readaptado a cine en 1913-15, y que hoy ha sido profundamente alterado en su estructura original al haber sido reutilizado sucesivamente como almacén comercial y ahora como salón de juegos; la casa núm. 22, de tres plantas, fachada de ladrillo con pilastras rematadas por capiteles formando calles, ha sido  recientemente restaurada por una entidad de ahorros. En el núm. 40, esquina a Rioja, se localiza una obra modernista de José Gómez Millán (1 91 0-11 l, con interesante cierro; también de este arquitecto es la casa núm. 60, de cuatro plantas, originariamente construida en 1910 como sede de los almacenes comerciales El Aguila y hoy ocupada por una entidad bancaria; por último, en la esquina a la plaza de San Francisco ha de citarse la casa núm. 90, que lleva varios años en restauración, de cinco plantas, fachada de ladrillo visto y decoración de azulejos, fechados entre 1927 y 1930. De la edificación más reciente hay que destacar, en el numo 41 , las oficinas del Banco de Granada, obra de J. M. Garda de Paredes (1972-73), si bien su estilo moderno y los materiales utilizados en la fachada contrastan con la tipolagía y estilos dominantes en la calle.

Cafés, casinos y tertulias

Si el comercio convirtió a la calle Sierpes en el principal eje económico de Sevilla, fueron sus cafés, casinos y círculos recreativos los que la transformaron en el gran centro de la vida social e intelectual de la ciudad.

Entre todos ellos destacó el célebre Café del Turco, uno de los establecimientos más prestigiosos de la Sevilla decimonónica. Inaugurado en la primera mitad del siglo XIX, alcanzó una enorme fama por la calidad de su café y por la intensa vida política e intelectual que se desarrollaba en sus salones. En sus mesas se reunían escritores, periodistas, abogados, profesores, comerciantes y destacados representantes del liberalismo sevillano. Durante décadas fue uno de los principales foros de debate de la ciudad y escenario de numerosas tertulias literarias y políticas que dejaron una profunda huella en la vida cultural sevillana.

El Café del Turco recibió su nombre por la moda orientalista que se extendió por Europa durante el siglo XIX. La fascinación por el Imperio Otomano, alimentada por la literatura romántica y por el gusto por lo exótico, llevó a muchos establecimientos a decorar sus salones con referencias orientales o a adoptar nombres relacionados con Turquía y el café, una bebida que desde el siglo XVIII había adquirido un enorme prestigio como símbolo de modernidad y refinamiento.

Hoy no queda rastro material del Café del Turco, pero su recuerdo permanece ligado a la memoria de la calle Sierpes.

Interior del Café del Turco (ver) (CC BY 3.0)

No menos importante fue el Café Suizo, cuyo elegante ambiente lo convirtió en punto de encuentro de la burguesía local. Sus refinados salones, decorados siguiendo el gusto europeo de la época, acogían conciertos, veladas musicales y reuniones de carácter cultural. Como sucedía en los grandes cafés de Madrid, París o Viena, estos establecimientos desempeñaban una función que iba mucho más allá de la hostelería: eran espacios donde se formaba la opinión pública y donde surgían iniciativas culturales, empresariales y políticas.

Café Suizo (ver) (CC BY 3.0)

La vida social de Sierpes también giraba en torno a los grandes casinos y círculos recreativos, instituciones que desempeñaron un papel decisivo en la Sevilla contemporánea. Entre ellos sobresale el Círculo Mercantil e Industrial de Sevilla, fundado en 1868. Desde finales del siglo XIX estableció una de sus sedes más emblemáticas en la calle Sierpes, convirtiéndose en lugar de encuentro de comerciantes, empresarios e industriales. Sus elegantes salones acogieron conferencias, exposiciones, bailes, conciertos y numerosos actos sociales que contribuyeron a dinamizar la vida cultural de la ciudad. Todavía hoy continúa siendo una de las instituciones más activas de Sevilla, especialmente durante la Semana Santa, cuando organiza algunas de las exposiciones más visitadas de la ciudad.

Los sillones de mimbre que casinos y círculos instalaban en la misma calle, y sobre todo los corrillos de tratantes y corredores junto al Círculo Mercantil y en los aledaños de las Cuatro Esquinas de San José, daban a Sierpes un ambiente muy singular y contribuian, con el ajetreo de compradores y paseantes, a crear una sugestiva atmósfera hoy desaparecida casi en su totalidad.

Círculo Mercantil e Industrial de Sevilla

Círculo Mercantil e Industrial de Sevilla

El Círculo de Labradores y Propietarios, fundado en 1859. Aunque representaba principalmente a propietarios agrícolas y miembros de la alta burguesía, pronto se convirtió en uno de los centros sociales más prestigiosos de Sevilla. Sus instalaciones ofrecían biblioteca, salas de lectura, salones de billar y espacios destinados a reuniones empresariales y actividades culturales. En sus dependencias se celebraban recepciones, conciertos y bailes que formaban parte de la intensa vida social de la ciudad.

Círculo de Labradores y Propietarios

Otro protagonista imprescindible fue el Ateneo de Sevilla, institución fundada en 1887 con el propósito de fomentar la cultura, la literatura, las ciencias y las artes. Aunque cambió varias veces de sede, su vinculación con el entorno de Sierpes fue constante. Por sus salones pasaron algunas de las figuras más destacadas de la cultura española de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Conferencias, recitales poéticos, exposiciones, debates científicos y veladas literarias consolidaron al Ateneo como uno de los grandes motores culturales de Sevilla. Además, desde sus primeros años desempeñó un papel fundamental en la organización de la Cabalgata de Reyes Magos, una tradición que desde 1918 forma parte inseparable de la Navidad sevillana (leer mas).

La cercanía de estos centros culturales favoreció el nacimiento de numerosas tertulias. Entre los asistentes a estas tertulias figuraron personalidades tan diversas como José Gestoso, los hermanos Álvarez Quintero, Joaquín Turina, Manuel Chaves Nogales, José María Izquierdo o Luis Montoto, junto a numerosos periodistas, catedráticos, abogados y artistas que contribuyeron a convertir Sierpes en el principal foro intelectual de la ciudad. También era frecuente encontrar a toreros, empresarios, músicos o viajeros extranjeros atraídos por la fama de aquella calle donde parecía concentrarse toda la vida sevillana.

Romero Murube, retrata estas tertulias en los siguientes términos: "Reunianse además elementos ajenos a la literatura, tipos pintorescos de la madrugada y el trasmundo del orden, que unas veces traídos por el inquieto Sánchez Mejias, otras por el sorprendente VillaIón,  llenaban de incidencias raras e insospechadas las alegres reuniones de nuestro cenáculo literario”.

En relación con estas actividades y con el movimiento de personas que generaban, adquirió gran importancia la hostelería. Varias fondas y hoteles acogen a los visitantes extranjeros en el siglo pasa.do, como el Europa, en el que se aloja Alejandro Dumas, el Imperial y el Suizo.

En las primeras décadas de esta centuria el agraz del célebre puesto de Dolorcitas, en la esquina de la actual Rafael Padura, atraía a numerosa concurrencia. Su lugar sería ocupado en las décadas centrales de este siglo por otro personaje famoso, Curro, con su puesto de periódicos.

Puesto de Dolorsita. (ver ) (CC BY 3.0)

Curro el del Kiosco de la Campana, año 1960. (ver) (CC BY 3.0)

La Guerra Civil y los profundos cambios sociales del siglo XX alteraron progresivamente este modelo de convivencia. Muchos cafés históricos desaparecieron o cambiaron de actividad, mientras las nuevas formas de ocio desplazaban las tradicionales tertulias. A ello se sumó la aparición de nuevos barrios comerciales y la transformación de los hábitos ciudadanos, que hicieron perder protagonismo a aquellos establecimientos que habían sido auténticas instituciones de la vida sevillana.

Los cines, teatros y el ocio

Desde finales del siglo XIX y durante buena parte del XX, la calle Sierpes no solo fue el gran eje comercial de Sevilla, sino también uno de los principales centros de ocio y entretenimiento de la ciudad.

Desde el siglo XIX, el entorno de Sierpes concentró algunos de los teatros más importantes de Sevilla. Muy próximo a la calle se encontraba el desaparecido Teatro San Fernando, inaugurado en 1847 sobre el solar del antiguo convento de San Francisco. Considerado durante décadas el principal coliseo sevillano, acogió representaciones de ópera, zarzuela, teatro clásico y comedia, además de conciertos y actos oficiales. Por su escenario pasaron las mejores compañías españolas y numerosas figuras internacionales, convirtiéndose en el gran referente cultural de la ciudad hasta su demolición en 1973.

Teatro San Fernando (ver) (CC BY 3.0)

La llegada del cinematógrafo revolucionó el ocio sevillano. A comienzos del siglo XX empezaron a proyectarse las primeras películas en barracas provisionales y salones improvisados, pero muy pronto surgieron auténticos templos dedicados al nuevo espectáculo.

Uno de los más recordados fue el Cine Lloréns, inaugurado en la década de 1930, destacó por su elegante arquitectura de inspiración racionalista y por la comodidad de sus instalaciones. Durante décadas fue uno de los cines más prestigiosos de la ciudad, programando los grandes estrenos nacionales e internacionales. 

Exterior del Cine Lloréns (ver) (CC BY 3.0)

Interior del Cine Lloréns (ver) (CC BY 3.0)

El ocio también encontraba expresión en los numerosos salones recreativos, billares y cafés musicales que proliferaron durante el primer tercio del siglo XX.

Los cambios sociales de la segunda mitad del siglo XX alteraron profundamente este modelo. La aparición de la televisión primero y, décadas más tarde, de los multicines situados en centros comerciales provocó el cierre progresivo de muchas salas históricas. Algunos teatros desaparecieron y numerosos cines fueron transformados en locales comerciales, oficinas o edificios de otros usos. Con ellos se perdió una parte importante de la memoria sentimental de varias generaciones de sevillanos.

La calle Sierpes en la Semana Santa y el Corpus Christi

Si existe un lugar donde la calle Sierpes manifiesta plenamente su condición de corazón de Sevilla es durante la celebración de la Semana Santa y la festividad del Corpus Christi. Desde hace siglos, el paso de las procesiones por Sierpes constituye una de las imágenes más representativas del calendario festivo sevillano.

La vinculación de la calle con las grandes procesiones hunde sus raíces en la Baja Edad Media. Desde entonces, la plaza de San Francisco, situada en uno de sus extremos, fue el principal centro ceremonial de la ciudad. Allí se celebraban proclamaciones reales, autos públicos, fiestas religiosas y numerosos actos institucionales. La cercanía de Sierpes hizo que muy pronto se integrara en los itinerarios procesionales que unían los distintos conventos, parroquias y monasterios del casco histórico.

Fue, sin embargo, durante el siglo XIX cuando la calle adquirió el protagonismo que hoy conserva. La progresiva organización de la Carrera Oficial —el recorrido común que deben seguir todas las hermandades de penitencia para llegar a la Catedral— convirtió a Sierpes en uno de sus tramos fundamentales. Su anchura, su carácter comercial y su estratégica situación entre la Campana y la plaza de San Francisco la transformaron en el espacio idóneo para ordenar el paso de las cofradías y facilitar la presencia del público.

Primera fotografía nocturna de la historia de la Semana Santa. El Señor del Gran Poder, frente al antiguo Café Madrid, en el número 35 de Sierpes. 30 de marzo de 1918. Fotografía de Juan Barrera

Pero la relación entre Sierpes y las procesiones no termina con la Semana Santa. La festividad del Corpus Christi constituye otra de las grandes citas del calendario sevillano. Instituida en Sevilla desde el siglo XIII, la procesión del Santísimo Sacramento alcanzó un extraordinario esplendor durante la Edad Moderna, cuando la ciudad era uno de los principales centros políticos y económicos de la Monarquía Hispánica. Desde entonces, la calle Sierpes forma parte del recorrido tradicional de la procesión, convirtiéndose cada año en uno de los lugares más esperados por los sevillanos. Comerciantes, vecinos e instituciones adornan balcones y escaparates, mientras el Ayuntamiento instala los tradicionales gallardetes, colgaduras y elementos decorativos que anuncian la gran solemnidad eucarística.

En la mañana del Corpus Christi, la Custodia de Arfe, una de las grandes obras maestras de la orfebrería renacentista española, recorre lentamente la calle Sierpes bajo el palio sacramental. Delante desfilan los pasos de los santos sevillanos, las representaciones parroquiales, las hermandades sacramentales, las autoridades civiles y religiosas y una nutrida representación del tejido institucional de la ciudad. El paso de la Custodia entre los balcones engalanados constituye una de las imágenes más solemnes y bellas de la Sevilla tradicional.

Sierpes está también históricamente confirmada por el hecho de haber sido siempre escenario casi obligado de desfiles y procesiones religiosas, civicas, politicas y militares, manifestaciones populares y en general de cuantos sucesos de carácter público se han sucedido en Sevilla . Fue testigo de motines, como e l famoso del Pendón Verde de 1521, y de manifestaciones  espontáneas, entre ellas la que se produjo en 1860 a raíz de la ocupación de Tetuán por las tropas españolas; de entradas de reyes y grandes personajes (Felipe II , Felipe V, Carlos IV, el duque de Angulema ... ); de cabalgatas carnavalescas (entierros de la sardina, comitiva del Domingo de Piñata ... ); de rogativas de lluvias, sequias u otras calamidades; de paradas de tropas; de tránsito de los presos que iban a ser ajusticiados en la vecina Audiencia, etc. En 1771 pasó por ella la solemne procesión civica organizada con motivo del traslado de la Universidad a la antigua casa profesa de los jesuitas en Laraña.

Desfile militar por la calle Sierpes. Fotografía del francés Lucién Roisin sobre 1.930.

La calle Sierpes en la literatura universal

Pocas calles españolas han despertado tanta fascinación entre escritores, poetas y viajeros como la calle Sierpes.

La Sevilla descrita por Miguel de Cervantes en sus Novelas ejemplares, especialmente en Rinconete y Cortadillo, es la ciudad bulliciosa de mercaderes, pícaros, escribanos, clérigos, artesanos y aventureros que recorrían diariamente calles como Sierpes. El escritor conocía perfectamente este entorno gracias a los años que pasó en Sevilla y a su estancia en la cercana Cárcel Real.

También Mateo Alemán, en Guzmán de Alfarache, retrató la intensa actividad comercial y la compleja realidad social de la Sevilla de finales del siglo XVI. Aunque tampoco sitúa expresamente la acción en Sierpes, muchas de sus descripciones remiten al ambiente que se respiraba en esta zona de la ciudad, donde convivían la riqueza generada por el comercio ultramarino y la pobreza de quienes buscaban fortuna en la gran metrópoli atlántica.

Durante el Romanticismo, Sevilla se convirtió en uno de los destinos predilectos de los viajeros europeos. Entre ellos sobresale el francés Théophile Gautier, quien durante su viaje por España, realizado en 1840, describió con admiración el incesante movimiento de las calles sevillanas, el colorido de sus comercios y la animación constante del paseo vespertino. Para Gautier, Sevilla era una ciudad donde la vida transcurría al aire libre, y Sierpes constituía uno de sus mejores escenarios.

Pocos años después, el británico Richard Ford, autor del célebre Manual para viajeros por España, dedicó páginas memorables a la ciudad. Gran observador de las costumbres populares, Ford comprendió que quien quisiera conocer Sevilla debía recorrer la calle Sierpes a la hora del paseo. En sus escritos la presenta como una vía llena de elegantes tiendas, cafés y tertulias, donde era posible contemplar un verdadero desfile de la sociedad sevillana.

Washington Irving, aunque centró buena parte de su obra en la Alhambra y en el pasado andalusí, también contribuyó a difundir una imagen romántica de Sevilla que atrajo a miles de viajeros europeos y norteamericanos durante el siglo XIX. La ciudad descrita por Irving encontraba en Sierpes uno de sus principales espacios de sociabilidad, una calle donde tradición y modernidad convivían en perfecta armonía.

También José Gestoso, historiador, arqueólogo y uno de los grandes defensores del patrimonio sevillano, dejó valiosas referencias sobre las transformaciones urbanísticas de la calle, sus edificios desaparecidos y la evolución de sus establecimientos comerciales. Sus investigaciones constituyen hoy una fuente imprescindible para reconstruir la historia de Sierpes.

Los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, magníficos cronistas del habla y de las costumbres sevillanas, convirtieron el ambiente de Sierpes en un escenario habitual de sus comedias. Aunque pocas veces la nombran directamente, sus personajes parecen caminar continuamente por esta calle, donde el paseo, la conversación y el encuentro casual forman parte esencial de la vida cotidiana. Sus obras reflejan la Sevilla amable, luminosa y elegante que tenía en Sierpes uno de sus principales referentes.

A comienzos del siglo XX, el periodista y escritor Manuel Chaves Nogales evocó con frecuencia la Sevilla de su juventud. En sus artículos y memorias aparecen los cafés, los comercios y el ambiente ciudadano de una calle que simbolizaba el dinamismo de la capital andaluza. Para Chaves Nogales, Sierpes representaba una ciudad abierta al mundo, moderna y profundamente cosmopolita, muy distinta de los tópicos folclóricos que con frecuencia se proyectaban sobre Andalucía.

La calle también ha inspirado a numerosos poetas. Antonio Machado, durante los años en que residió en Sevilla, conoció perfectamente el ambiente de Sierpes, mientras que Joaquín Romero Murube, conservador del Alcázar y uno de los grandes escritores sevillanos del siglo XX, evocó en varias ocasiones el encanto de las calles del centro histórico, donde la memoria y la vida cotidiana se entrelazaban de forma inseparable.

Juan Ramón Jiménez, que vivió en Sevilla a fines del siglo pasado, asocia Sierpes con el corazón de la ciudad: “Es como si todos los corazones de sus mujeres se hubieran hecho un solo clavel, este clavel que yo tengo en mi mano, del puesto verde de la calle Sierpes. Este clavel es el mundo, que se ha hecho del tamaño de un clavel, digo, de Sevilla, que está prendida, clavel único, madre de claveles, sobre el pecho izquierdo de las naturaleza"

Luis Montoto dejó en un hermoso libro (La calle de la Sierpes) la semblaza más completa y mejor informada de este espacio. Chaves Rey recogió el ambiente de sus cafés, sobre todo las curiosas lecturas públicas del de La Cabeza del Turco (Cosas nuevas y viejas) en los años veinte del siglo XIX.

Mas y Prat el bullicio de los dias de Semana Santa. Blasco Ibáñez (Sangre y arena) el mundillo taurino de sus esquinas y establecimientos. Pío Baraja la menciona en varias novelas y comenta la tendencia de los sevillanos a exhibirse en ella como en un escaparate y la escasa presencia de mujeres. Rafael Laffón elogia el famoso puesto de agraz de Dolorcita. José Maria Izquierdo hace notar, como signo de su ambiente divertido y ligero, que cada noche que circula es una borracheria que se abre en la calle. El novelista José Mas repara en la agradable penumbra de sus toldos.

La Sierpes del siglo XXI

Entrado el siglo XXI, la calle Sierpes continúa siendo el gran corazón urbano de Sevilla. Aunque la ciudad ha experimentado una profunda expansión hacia nuevos barrios y centros comerciales, ninguna otra vía ha conseguido sustituir el papel simbólico, comercial y social que esta calle ha desempeñado durante más de siete siglos.

La calle Sierpes sigue representando, como lo ha hecho durante siglos, la esencia de Sevilla. En ella conviven el pasado y el presente, la tradición y la modernidad, el vecino y el visitante, el comercio y la cultura, la fiesta y la vida cotidiana. Ninguna otra calle resume con tanta fidelidad la personalidad de la ciudad. Quien quiera comprender Sevilla no necesita más que recorrer Sierpes con la mirada atenta: en sus piedras, en sus fachadas y en el incesante fluir de sus gentes continúa latiendo, siglo tras siglo, el verdadero corazón de la ciudad.