AREA CENTRO 2
Iglesia del Salvador.
HISTORIA
La Iglesia
del Divino Salvador constituye uno de los espacios más significativos de la
historia religiosa y urbana de Sevilla. Su importancia no radica únicamente en
la riqueza de su patrimonio artístico, sino también en el hecho de que su solar
ha sido un lugar de culto ininterrumpido durante casi dos mil años, reflejando
la sucesión de las distintas culturas que han configurado la ciudad, pues ha
sido reutilizado por las culturas romana, visigoda, árabe y cristiana.
El Salvador Romano
Los
inicios de ocupación de la manzana del Salvador son desconocidos. La falta de
textos que hagan mención expresa al edificio que existió inicialmente y la
dificultad de su estudio arqueológico (los restos aparecen por debajo de la
capa freática) ha permitido plantear sólo hipótesis.
El
argumento principal que se ha utilizado para la comprensión de la evolución de
este edificio ha sido el de la persistencia de los lugares de culto.
Habitualmente, en los primeros momentos de la cristianización, se utilizaban
como iglesias las antiguas basílicas romanas, edificios civiles y de
intercambio comercial y social. Posteriormente, y a partir de la islamización,
se transformaron en mezquitas, y, tras la conquista cristiana, se volvieron a
transformar en iglesias. Este factor de continuidad de los lugares sagrados en
los mismos solares fue siempre muy fuerte, unido al hecho de que no era
necesario comprar o edificar los edificios, porque ya estaban construidos, y
sus características monumentales y simbólicas los hacían imprescindibles para
la visualización de la nueva religión.
Aunque
las investigaciones arqueológicas no han permitido confirmar con certeza la
existencia de una basílica romana en este emplazamiento, sí han documentado
restos y materiales de época romana que evidencian la relevancia del lugar
dentro de la antigua Hispalis. La tradición histórica sostiene que sobre este
espacio existieron edificaciones públicas de carácter representativo,
reutilizadas posteriormente por las distintas civilizaciones que ocuparon Sevilla. Por tanto, en época romana, el espacio urbano que hoy ocupa la Iglesia
Colegial, debió ser una basílica romana que formaba parte del foro de la
ciudad.
Otro testimonio arqueológico importante son los capiteles de las columnas semi-enterradas del Patio de los Naranjos que son, igualmente, de época romana y que, probablemente, pertenecieron a algún edificio romano cercano al lugar. Por último, citar que cuando empezó a construirse los cimientos del templo barroco, se encontraron monedas de la época de Tiberio y Teodosio.
El
edificio que ocupaba el solar del Salvador en la Sevilla romana se localizaba
al Norte del brazo de río que pasaba por las calles Sierpes y Tetuán, Plaza
Nueva y Arenal, donde se integraba al cauce principal. Al ser una ribera, el
terreno tendría una suave pendiente desde la plaza de la Pescadería hasta el
borde del río. Blanco Freijeiro, Salvador Ordóñez y Juan Campos han localizado
el Salvador en el foro de la Sevilla romana imperial, centrada alrededor de la
plaza de la Alfalfa.
El Salvador Visigótico
Tras el
edicto de Milán, promulgado por Constantino el Grande en el año 313, el Imperio
Romano aceptó oficialmente la religión cristiana que hizo su aparición en
Sevilla a partir de finales del siglo II y terminará en el año 711-712, con el
paso del Estrecho de Gibraltar de los musulmanes y la conquista de la ciudad.
Los
cristianos comenzaron a reutilizar antiguas basílicas romanas en desuso para
sus templos. Así pues, bajo el Salvador puede encontrarse la primitiva Catedral
de Sevilla que recibió el nombre de Santa Jerusalén y tuvo también el apelativo
de San Vicente donde se celebraron los Concilios de 590 y 619. Fue la sede de
San Isidoro, escritor y doctor de la Iglesia, que murió en Sevilla en el año
636. Presidió el Segundo Concilio de Sevilla, y en el 633 el Cuarto de Toledo,
en el que se unificó la disciplina litúrgica de España.
La Mezquita
La primera
construcción plenamente documentada fue la mezquita aljama de Ibn Adabbás,
edificada entre los años 829 y 830 por orden del emir omeya Abd al-Rahman II.
Este templo se convirtió en la principal mezquita de Sevilla durante más de
tres siglos, hasta la construcción de la gran mezquita almohade, antecedente de
la actual Catedral. De aquella edificación islámica aún se conservan
importantes vestigios, especialmente la base del antiguo alminar, integrada hoy
en la torre campanario, así como el Patio de los Naranjos, heredero directo del
antiguo patio de abluciones. Exteriormente, tal y como puede apreciarse en la
actualidad, la zona poseyó un marcado carácter comercial por lo que la mezquita
siempre estuvo rodeada de alcaicerías y zocos.
La
Mezquita Colegial Cristiana
Tras la
conquista cristiana de Sevilla por Fernando III en 1248, la mezquita fue
consagrada al culto cristiano bajo la advocación del Divino Salvador del Mundo.
Como ocurrió en otros templos andalusíes, se realizaron las transformaciones
necesarias para adaptarla a la liturgia cristiana. Se modificó la orientación
del espacio (las mezquitas tenían una orientación Norte-Sur mientras que las
iglesias cristianas están orientadas Este-Oeste). En el espacio que ocupaba el
Mihrab, lugar sagrado de la mezquita, construyen una capilla dedicada a la
Virgen. Se tiene la certeza que fue la Virgen de las Aguas, imagen fernandina,
la que sirvió para cristianizar la mezquita. También adaptaron el antiguo
alminar como torre-campanario. Por último, utilizan el patio de las abluciones,
dotado de fuente, agua corriente y soportales periféricos, como habitaciones e
instalaciones de los servidores de la iglesia. También se utilizó como
cementerio, tanto en el centro como en varias capillas funerarias, como es el
caso de la Capilla de la familia de los Pineda, capilla que ha llegado hasta
nuestros días en muy buen estado de conservación.
Poco después de la Reconquista se
construyó en el costado oriental del patio una capilla destinada a Sagrario
exento a imitación de la Catedral. Asimismo, comenzaron a habilitarse viviendas
para el personal no clerical tal como sacristanes o campaneros que atendían la
Colegiata, también mediante el cierre de las galerías. Restos de esta actividad
es la vivienda del campanero de la Colegiata que ocupa la torre, del mismo modo
que varias generaciones familiares.
Con el
tiempo, el templo adquirió una especial relevancia dentro de la diócesis
sevillana y llegó a ostentar rango de colegiata, un escalón inmediatamente
inferior al de Catedral, convirtiéndose en una de las instituciones
eclesiásticas más importantes de la ciudad después de la Catedral.
El 24 de
agosto de 1356 un gran terremoto derribó la parte superior del alminar
transformado en campanario. A esa restauración se debe que en el segundo cuerpo
de la torre aparezcan arcos apuntados.
Durante los siglos XV y XVI la antigua
mezquita transformada fue enriquecida con nuevas capillas, un coro capitular,
órganos y numerosas obras de arte. Además, destacó como un importante centro de
música sacra, contribuyendo al desarrollo cultural y religioso de Sevilla
durante la Edad Moderna.
En el año
1610 se ejecuta el último cuerpo de la torre que después adornaría Leonardo de
Figueroa a finales del siglo XVII. El conjunto se cubre con bóveda circular
rematada con un capulín con ménsulas y hornacinas vacías en cada uno de sus
cuatro frentes.
A mediados del siglo XVII el edificio
presentaba un avanzado estado de deterioro. El paso del tiempo, las sucesivas
reformas y los problemas estructurales hicieron necesaria su demolición.
Así, El Salvador es una de las últimas
mezquitas que se derribó en Andalucía (1671) y esto se debe a que en el año
1172 perdió su condición de mezquita mayor de la ciudad a favor de la existente
en el enclave de la actual catedral: el derribo para construir la Catedral
cristiana se realizó en el edificio almohade, mientras que la antigua mezquita
mayor de Adabbás se reutilizó hasta finales del siglo XVII.
Primer
Templo Barroco
En 1674 comenzaron las obras de un
nuevo templo barroco, que contó con la colaboración de Bernardo Simón de
Pineda, Pedro Roldán y la dirección de Esteban García, pero cuando la
construcción estaba prácticamente concluida, el 24 de octubre en 1679, se
produjo un espectacular derrumbe que causó una profunda conmoción en la ciudad.
Segundo
Templo Barroco
Lejos de abandonar
el proyecto, el cabildo colegial impulsó inmediatamente una nueva
reconstrucción, respetando la planimetría del edificio hundido. Los arquitectos
José Granados de la Barrera, Francisco Gómez Septién y, especialmente, Leonardo de Figueroa fueron los principales
responsables de la obra definitiva. Figueroa dotó al edificio de su
personalidad artística característica, convirtiéndolo en una de las grandes
creaciones del barroco sevillano. Las obras concluyeron en 1712, aunque algunos
elementos, como el remate de la torre, se finalizaron años después. Por
dificultades técnicas y económicas nunca se llegaron a realizar las dos torres
gemelas que flanqueaban la fachada principal.
Es un edificio clásico, con planta de cruz latina
con tres naves, organizadas por medio de pilastras compuestas de orden corintio
que conforman un espacio interior claro y diáfano. Las bóvedas, construidas en
ladrillos para mayor ligereza, son de arista en las naves laterales y de
pañuelo en el crucero, a excepción de la cúpula de media naranja. La estructura
se cubre por medio de cuatro grandes cámaras de madera que las protegen. Las
naves laterales se cierran con tribunas donde se sitúan en una secuencia
arco-muro de cierre, que configuran unas estrechas capillas laterales que
albergan retablos.
El nuevo templo
fue concebido como un espacio luminoso y monumental. Su amplia nave central, la
majestuosa cúpula, la riqueza de sus retablos y la extraordinaria decoración
escultórica y pictórica lo situaron entre las realizaciones más sobresalientes
del barroco andaluz. A ello se sumó la conservación de elementos heredados de
la antigua mezquita, que confieren al conjunto una singularidad excepcional
dentro del patrimonio español.
La extinción de la Colegiata
En 1852, como consecuencia de las
reformas eclesiásticas derivadas del concordato entre la Santa Sede y la Corona
española de Isabel II, la colegiata perdió su rango institucional y pasó a
convertirse en parroquia.
Este cambio supuso una notable
reducción de recursos económicos, lo que dificultó durante décadas el
mantenimiento del edificio. A lo largo de los siglos XIX y XX el Salvador sufrió
diversos problemas estructurales y de conservación que pusieron en peligro su
integridad.
Al no ser necesario el coro, se
procedió a su traslado, lo que implicaba una nueva localización para el órgano.
Este, de doble fachada, estaba situado en el límite entre la nave central y la
lateral norte encima de la sillería del coro. Fue trasladado a los pies del
templo, sobre la puerta principal, en una tribuna combinada con el cancel de
entrada. Por ello, el orégano perdió parte de su sonoridad al suprimirse el
juego de trompetas de la fachada Norte, hacia el patio de los Naranjos y que
hoy se encuentra en la trasera del mueble.
Restauración
Finalmente, entre 2003 y 2008 se llevó
a cabo una profunda restauración dirigida por el arquitecto Fernando Mendoza Castells.
La intervención permitió consolidar la estructura, recuperar numerosos
elementos artísticos y devolver al templo gran parte de su esplendor original.
La reapertura oficial tuvo lugar en octubre de 2008, marcando el inicio de una
nueva etapa para uno de los monumentos más emblemáticos de Sevilla.
Hoy, la Iglesia del Divino Salvador es
el segundo templo más importante de la ciudad tras la Catedral de Sevilla. Su historia resume la
evolución de Sevilla desde la época romana hasta nuestros días, conservando las
huellas de las culturas romana, islámica y cristiana en un mismo espacio
sagrado que continúa siendo centro de culto, patrimonio artístico y referente
fundamental de la identidad sevillana.
La Iglesia del Salvador constituye uno
de los conjuntos monumentales más sobresalientes del barroco sevillano y uno de
los templos más representativos del centro histórico de Sevilla. Su imponente
volumen domina la plaza que le da nombre, convirtiéndose en un referente visual
y espiritual de la ciudad desde hace siglos.
Levantada entre finales del siglo XVII
y comienzos del XVIII sobre el solar ocupado anteriormente por la gran mezquita
de Ibn Adabbas y otros edificios de épocas romana y visigoda, la iglesia
refleja en su arquitectura exterior la compleja historia de este espacio
urbano, uno de los más antiguos y significativos de la ciudad.
La fachada principal, orientada hacia
la Plaza del Salvador, fue diseñada por Leonardo de Figueroa y constituye una singular
interpretación del manierismo tardío, estilo que precede al exuberante barroco
desarrollado en el interior del templo.
Fachada a la plaza del Salvador
El frente se organiza mediante tres
grandes portadas correspondientes a las tres naves de la iglesia, destacando la
central por su mayor altura y monumentalidad.
Portada central
Detalle del óculo superior
Detalle de la cruz de forja que corona la portada
Sobre ella aparece un escudo con el
Agnus Dei sostenido por dos ángeles, símbolo de Cristo redentor.
Detalle del Agnus Dei sostenido por dos ángeles
Detalle del ático de la portada principal
Cada portada se encuentra coronada por
un óculo circular, siendo el central de mayores dimensiones. Las puertas
aparecen separadas por robustas pilastras dobles. El conjunto culmina en una
monumental espadaña rematada por frontón y cruz de hierro forjado.
Puerta lateral izquierda
Detalles de la puerta izquierda
Puerta lateral derecha
Detalles de la puerta derecha
Sobre el edificio sobresale la airosa
cúpula, visible desde numerosos puntos del casco histórico, levantada sobre un
tambor poligonal, cuya silueta forma parte inseparable del perfil urbano del
casco histórico sevillano.
Cúpula
Detalle de la cruz de forja
Entre las
verjas que delimitan el compás y los muros del templo se encuentra la pequeña
Capilla del Carmen, un sencillo pero significativo elemento devocional. Sobre
su entablamento puede contemplarse el escudo de la Orden Carmelita, recuerdo de
la antigua vinculación de este lugar con la devoción mariana del Carmen. En la
actualidad alberga una imagen de la Virgen del Carmen, atribuida a Juan
Bautista Petroni, manteniendo vivo el carácter religioso de este rincón del
recinto. Su discreta presencia contrasta con la monumentalidad de la iglesia,
formando parte inseparable de la vida cotidiana de la plaza. Es muy difícil de
fotografiar por los reflejos del cristal que la protege.
Al fondo, la Capilla del Carmen
Capilla del Carmen
Imagen de la Virgen del Carmen
Detalle de la Virgen del Carmen
Escudo de la Orden Carmelita
En el lateral se puede contemplar la
puerta de entrada al patio de los naranjos desde la plaza del Salvador
generalmente cerrada.
Puerta de entrada al patio de los naranjos
Detalle de la puerta de entrada al patio de los naranjos
El recorrido exterior por la calle
Villegas permite descubrir otros elementos de gran interés. Allí se encuentra
el acceso a la Casa de Hermandad de la Hermandad del Amor y una ventana desde
la que puede contemplarse el camarín de la Virgen de las Aguas, cuya imagen se
orienta hacia la calle en determinadas celebraciones, especialmente durante la
festividad del Corpus Christi. Sobre este punto sobresale el cimborrio de la
cúpula que cubre el camarín, añadiendo riqueza volumétrica al perfil del
edificio.
Detalle de la calle Villegas esquina con la plaza del
Salvador
Detalle de la calle Villegas
En el chaflán formado por la Plaza del
Salvador y la calle Villegas se conserva una hornacina que alberga la llamada Cruz
de las Culebras (leer mas), heredera de una antigua cruz del cementerio
parroquial que ocupó durante siglos gran parte de la plaza. Su nombre procede
de la antigua denominación de la calle Villegas. Bajo la hornacina puede leerse
una inscripción que recuerda una disposición medieval según la cual cualquier
persona, incluso el propio rey, debía desmontar de su cabalgadura al
encontrarse con el Santísimo Sacramento. Este singular testimonio evoca la
profunda religiosidad que caracterizó a la Sevilla de otras épocas.
Cruz de las Culebras
Muy cerca se alza el impresionante
retablo cerámico del Santísimo Cristo del Amor (leer mas), realizado en 1930 por la fábrica de Mensaque
Rodríguez y Compañía según diseño de Enrique Mármol Rodrigo. Considerado el
mayor retablo cerámico urbano de Sevilla, reproduce al Crucificado a tamaño
natural. La obra se encuentra protegida por un magnífico tejaroz de madera que
contribuye a realzar su presencia monumental y devocional.
Retablo cerámico del Santísimo Cristo del Amor
Frente al templo, en la plaza, se alza
el monumento dedicado a Martínez Montañés, obra del escultor Agustín Sánchez
Cid inaugurada en 1924. La estatua ha conocido diversos emplazamientos a lo
largo del siglo XX, aunque hoy ocupa un lugar estratégico junto al templo. La
tradición popular sostiene que fue situada allí porque ese era el punto desde
donde el gran imaginero contemplaba cada año la salida procesional de la imagen
de Nuestro Padre Jesús de la Pasión. Su ubicación lateral, lejos del centro de
la plaza, permite además compatibilizar la contemplación del monumento con el
intenso tránsito peatonal y con las numerosas procesiones que recorren este
emblemático espacio urbano.
Monumento dedicado a Martínez Montañés
Detalle del monumento dedicado a Martínez Montañés
Detalle del rostro
Detalle de la Cieguecita
La parte posterior de la colegiata,
orientada hacia la Plaza de Jesús de la Pasión, permite contemplar los
volúmenes de la cabecera del templo, los óculos y ventanales del presbiterio,
así como la bóveda coronada por su linterna. Este espacio recuerda además que
la iglesia se levantó en el corazón de la antigua Sevilla islámica, entre la
mezquita mayor primitiva y los animados zocos o alcaicerías que durante siglos
constituyeron uno de los principales centros comerciales de la ciudad.
Vista desde la Plaza de Jesús de la Pasión
Detalle de la cúpula
Detalle de la cruz de forja
El exterior del Salvador es, por tanto,
mucho más que el envoltorio de un gran templo barroco. Sus fachadas, patios,
capillas, monumentos y restos arqueológicos narran más de dos mil años de
historia urbana, desde la Hispalis romana hasta la Sevilla contemporánea,
convirtiéndolo en uno de los conjuntos monumentales más ricos y representativos
de Andalucía.
PATIO DE LOS NARANJOS
El Patio de los Naranjos constituye uno
de los espacios más evocadores de la Iglesia del Salvador, al conservar la
memoria del antiguo sahn o patio de abluciones de la mezquita mayor almohade
que ocupó este lugar antes de la construcción del actual templo barroco. A él
se puede acceder tanto desde la calle Córdoba como a través de la portada que
se abre a la Plaza del Salvador.
Entrada por la calle Córdoba
Al atravesar este último acceso, es
posible contemplar la Capilla del Cristo de los Desamparados (leer mas), levantada en el siglo XVIII por Ambrosio de
Figueroa. En su interior recibe culto el Crucificado titular, mientras que, a
la izquierda de la entrada, una hornacina acristalada alberga la imagen de la
Virgen del Prado, realizada en 1950 por Antonio Montero Sánchez.
En la pared externa de la
epístola destaca un azulejo de la Virgen del Roció, la Cruz de
Polaineros (leer mas) que estuvo al principio de la
calle Álvarez Quintero y una placa de mármol.
Capilla del Cristo de los Desamparados
Cruz de Polaineros
Al fondo se puede observar la entrada a
la Capilla Sacramental de Jesús de la Pasión (leer mas).
Entrada a la Capilla Sacramental de Jesús de la Pasión
Flanqueando la puerta de acceso a esta
zona se disponen las esculturas de los cuatro Padres Latinos de la Iglesia: san
Ambrosio, arzobispo de Milán; san Agustín, obispo de Hipona; san Jerónimo,
traductor de la Biblia al latín; y san Gregorio Magno, papa y doctor de la
Iglesia. Su presencia subraya el carácter doctrinal y catequético propio de la
decoración barroca.
San Ambrosio
San Jerónimo
San Agustín
San Gregorio Magno
Se encuentra el acceso a la cripta
situada bajo la Capilla Sacramental. Este espacio funerario, perteneciente a la
Archicofradía Sacramental de Pasión, alberga diversos enterramientos de
relevancia histórica, entre ellos los de don Carlos de Borbón y Borbón, varios
miembros de su familia y doña Luisa de Orleans, nieta de Fernando VII y abuela
del rey Juan Carlos I. La cripta forma parte de los proyectos de puesta en
valor del conjunto monumental y constituye uno de los ámbitos menos conocidos
del templo.
Acceso a la cripta situada bajo la Capilla Sacramental
En el extremo occidental del patio se
encuentra la Capilla de los Pineda, se trata de una capilla funeraria privada
fundada a finales del siglo XIV por esta influyente familia sevillana para
servir de lugar de enterramiento a sus miembros. El edificio constituye un
interesante ejemplo de transición artística, en el que conviven elementos
góticos con soluciones constructivas heredadas de la tradición mudéjar.
Originalmente albergó tres laudas sepulcrales decoradas con azulejería, aunque
únicamente se conserva una de ellas. Su arquitectura y su carácter íntimo
convierten este espacio en uno de los testimonios más valiosos de la Sevilla
bajomedieval conservados en el entorno del Salvador.
Entrada a la Capilla de los Pineda
En el centro del patio permanece una
antigua fuente que recuerda la función original de este recinto durante la
etapa islámica, cuando los fieles realizaban aquí las abluciones rituales antes
de acceder a la mezquita. Este elemento constituye uno de los testimonios más
significativos de la continuidad histórica del lugar, donde se superponen
siglos de tradición religiosa y arquitectónica.
Vista general del patio
Detalle de la fuente central
En él aún pueden apreciarse restos
arqueológicos romanos, visigodos e islámicos, columnas reutilizadas. La
diferencia de nivel entre el suelo actual y algunos de los arcos conservados
permite comprender cómo la cota urbana fue elevándose con el paso de los
siglos.
Detalle de los arcos parcialmente al descubierto a nivel
de la cota actual
Jarrón
Campana
Detalle de capiteles
Junto al patio se levanta la torre
campanario, cuyo cuerpo inferior corresponde al antiguo alminar de la mezquita
del siglo IX. Sobre esta base islámica se añadieron posteriormente un tramo
gótico-mudéjar durante el siglo XIV y un remate barroco diseñado por Leonardo
de Figueroa entre los siglos XVII y XVIII. Esta superposición de estilos
convierte a la torre en un excepcional resumen de la evolución histórica de
Sevilla.
Torre campanario desde el patio de los naranjos
Torre campanario desde la calle Córdoba
Torre campanario desde la Plaza de Jesús de la Pasión
Detalle de la cruz de forja y la veleta
INTERIOR
El interior de la Iglesia del Salvador
constituye una de las creaciones más notables del barroco sevillano y sorprende
por la amplitud y monumentalidad de su espacio. Concebida como un gran salón
rectangular, presenta una tipología excepcional en Andalucía, que favorece una
visión unitaria del conjunto y potencia los efectos escenográficos propios de
la arquitectura religiosa de la época.
La planta de cruz latina se organiza en
tres naves de igual altura, distribuidas en cuatro tramos y separadas por
robustos pilares cuadrangulares a los que se adosan medias columnas, con arcos
de medio punto. Esta disposición confiere al templo una extraordinaria
sensación de amplitud y equilibrio, alejándose del tradicional esquema
basilical de nave central más elevada. Los soportes aparecen enriquecidos con
una profusa decoración de motivos vegetales, mientras que sobre ellos se elevan
altas bóvedas que acentúan la verticalidad del edificio y contribuyen a crear
un ambiente solemne y majestuoso. Las bóvedas, construidas en
ladrillos para mayor ligereza, son de arista en las naves laterales y de
pañuelo en el crucero, a excepción de la cúpula de media naranja. Las naves
laterales se cierran con tribunas donde se sitúan en una secuencia arco-muro de
cierre, que configuran unas estrechas capillas laterales que albergan retablos.
Vista general desde los pies del templo
Vista general desde la cabecera del templo
Vista de la nave central y la de la epístola con las columnas
cuadrangulares con medias columnas adosadas
Detalle de las cubiertas
Detalle de un arco
Detalle de las tres naves
Detalle de la tribuna
En la cabecera de la nave central
destacan especialmente las columnas decoradas con delicadas tracerías en las
que se representan símbolos eucarísticos, junto a castillos y leones,
referencias heráldicas vinculadas a la Corona española. Los capiteles,
revestidos con dorados, aportan una nota de riqueza ornamental que armoniza con
el conjunto decorativo del templo.
Capitel
Capitel revestido con dorados
Detalle de león decorativo
Detalle de castillo decorativo
Detalle eucarístico decorativo
El crucero constituye uno de los espacios
más espectaculares de la iglesia. Sobre él se alza una magnífica cúpula de
tambor poligonal diseñada por Leonardo de Figueroa a comienzos del siglo XVIII.
La estructura adopta una planta octogonal y se abre mediante amplios ventanales
que permiten la entrada de abundante luz natural, iluminando el espacio central
y realzando la decoración interior. En sus paramentos aparecen representados
los cuatro evangelistas mediante relieves integrados en una exuberante
ornamentación vegetal, característica del barroco sevillano. La cúpula se
corona con una elegante linterna que incrementa la iluminación y refuerza la
sensación de elevación espiritual que domina todo el recinto.
Cúpula
Detalle de la cúpula
San Marcos con el león
San Juan con el águila
San Mateo con el ángel
San Lucas con el toro
La armonía de sus proporciones, la
riqueza decorativa de sus elementos arquitectónicos y la cuidada utilización de
la luz convierten el interior del Salvador en uno de los espacios religiosos
más impresionantes de Sevilla. A ello contribuye también el extraordinario
conjunto de retablos que alberga el templo. Un total de catorce retablos se
distribuyen por las naves y capillas, configurando un auténtico museo del arte
sacro barroco. En ellos trabajaron algunos de los principales arquitectos, ensambladores,
escultores y pintores de la escuela sevillana, dando lugar a un conjunto
artístico de excepcional valor histórico y patrimonial.
La Iglesia del Salvador ofrece así una
perfecta síntesis entre arquitectura, escultura, pintura y luz, convirtiéndose
en una de las manifestaciones más brillantes del espíritu barroco y en una de
las grandes joyas monumentales del centro histórico de Sevilla.
Epístola
Iniciamos la descripción del templo a los
pies de la nave de la epístola para continuar por el presbiterio y altar mayor
y seguir por la nave del evangelio para terminar a los pies y posteriormente
visitar la sacristía y la cripta.
Hay que tener en cuenta que en distintas visitas nos encontramos con diferentes ubicaciones de las imágenes.
Vista del primer tramo, a los pies de la nave de la
epístola
Vista del primer tramo, a los pies de la nave de la epístola
La capilla bautismal constituye uno de
los espacios más interesantes del rico patrimonio artístico de la Iglesia del
Salvador. Aunque originalmente estuvo vinculada a la administración del
sacramento del bautismo, en la actualidad está dedicada a San Miguel Arcángel,
cuya imagen preside la estancia. Se trata de una escultura anónima del siglo
XVIII que representa al jefe de las milicias celestiales en actitud triunfante
sobre las fuerzas del mal, siguiendo los modelos iconográficos característicos
del barroco sevillano.
Capilla Bautismal
Retablo de San Miguel Arcángel
San Miguel Arcángel
Detalle de San Miguel Arcángel
La capilla alberga además diversas
obras de notable interés. Entre ellas destaca la custodia parroquial, pieza de
especial relevancia dentro del ajuar litúrgico de la iglesia, así como dos
lienzos dedicados a destacados santos de la Compañía de Jesús: San Ignacio de
Loyola, fundador de la orden jesuita, y San Juan Francisco Regis, célebre
misionero francés del siglo XVII. Varias vitrinas completan el conjunto
expositivo, conservando imágenes del Crucificado, San Agustín y San Jerónimo,
magníficas esculturas realizadas por Cayetano de Acosta durante el siglo XVIII.
Estas obras constituyen un valioso testimonio de la producción del escultor
portugués, cuya actividad dejó una profunda huella en el panorama artístico
sevillano.
Custodia parroquial
San Ignacio de Loyola
San Juan Francisco Regis
San Agustín. Cayetano de Acosta. 1771-1779
San Jerónimo. Cayetano de Acosta. 1771-1779
Crucificado. Anónimo sevillano. Finales del XVI. Marfil
Detalle del rostro
Detalle del paño de pureza
Detalle de los pies
Crucificado. Anónimo. Hacia 1500. Madera policromada
Detalle del rostro
Detalle del paño de pureza
Detalle de los pies
Junto a esta capilla, o dentro de ella,
se encuentra una de las joyas escultóricas de la iglesia: la monumental imagen
de San Cristóbal, considerada la primera obra documentada y conservada de Juan
Martínez Montañés. Realizada en 1597 por encargo del gremio de los guanteros,
que tenía al santo como patrón y contaba con hermandad propia en el templo, la
escultura alcanza aproximadamente los 2,25 metros de altura y constituye una
demostración temprana del extraordinario talento del maestro alcalaíno.
La imagen muestra al santo avanzando
con firmeza mientras sostiene sobre sus hombros al Niño Jesús. La composición
posee una gran fuerza expresiva: San Cristóbal dirige la mirada hacia el Niño,
mientras este bendice al espectador con su mano derecha. A pesar de tratarse de
una obra juvenil, ya se aprecian en ella las cualidades que convertirían a
Martínez Montañés en una de las figuras más importantes de la escultura
española de la Edad Moderna: equilibrio compositivo, naturalismo anatómico y
una exquisita capacidad para dotar de vida a la madera policromada.
San Cristóbal
Detalle de San Cristóbal
La iconografía de San Cristóbal hunde
sus raíces en una de las leyendas más difundidas de la tradición cristiana
medieval. Según la narración hagiográfica, era un hombre de extraordinaria
fortaleza física que buscaba servir al señor más poderoso del mundo. Tras
descubrir que incluso el demonio temía a Cristo, emprendió la búsqueda del
Salvador y terminó ayudando a los viajeros a cruzar un peligroso río. Un día
transportó sobre sus hombros a un pequeño niño cuyo peso aumentó de forma
prodigiosa hasta parecerle más pesado que el universo entero. Al llegar a la
otra orilla, el niño se reveló como Cristo y le explicó que había cargado con
el Creador del mundo. Desde entonces recibió el nombre de Cristóbal, es decir,
“portador de Cristo”.
La devoción al santo estuvo muy
extendida en Europa durante siglos, especialmente entre viajeros, caminantes y
numerosos gremios profesionales. Su presencia en la Iglesia del Salvador
recuerda la importancia histórica de las corporaciones artesanales sevillanas y
enriquece un espacio que reúne algunas de las manifestaciones más destacadas de
la escultura y la religiosidad barroca de la ciudad.
Primer
tramo desde los pies de la nave de la epístola
Primer tramo desde los pies de la nave de la epístola
Junto a la capilla bautismal de la
Iglesia del Salvador se alza el retablo de las santas Justa y Rufina, una de
las obras más representativas de la devoción sevillana a estas mártires,
consideradas patronas de la ciudad. Este magnífico conjunto barroco fue
realizado por Juan de Dios Moreno y concluido hacia 1730. Su presencia en el
templo es relativamente reciente, ya que fue trasladado en 1902 desde el
antiguo Hospital de las Cinco Llagas, edificio renacentista que actualmente
alberga la sede del Parlamento de Andalucía.
Retablo de las santas Justa y Rufina
La estructura del retablo responde
plenamente a los gustos del barroco sevillano del siglo XVIII, caracterizado
por la riqueza ornamental y el dinamismo de sus formas.
En el cuerpo principal aparecen las
imágenes de Santa Justa y Santa Rufina, atribuidas al escultor Jerónimo
Hernández y fechadas a finales del siglo XVI. Las santas son representadas
junto a la Giralda, atributo iconográfico inseparable de ambas desde que la
tradición les atribuyó la protección milagrosa de la torre durante el terremoto
que sacudió Sevilla en 1504. Su presencia recuerda el profundo arraigo que
estas mártires tuvieron entre los sevillanos y, especialmente, entre los
artesanos de la cerámica.
Hornacina central con las imágenes de Santa Justa y Santa
Rufina
Detalle del rostro de santa Justa
Detalle del rostro de Santa Rufina
La decoración del retablo alude
precisamente a este oficio. Entre las columnas que enmarcan la hornacina
central pueden observarse diversos elementos cerámicos modelados en la talla,
evocando la condición de alfareras de Justa y Rufina. Según la tradición, ambas
jóvenes fueron perseguidas y martirizadas en el siglo III por negarse a
participar en cultos paganos, convirtiéndose con el tiempo en uno de los
símbolos más queridos de la religiosidad hispalense.
En el ático destaca una elegante representación
de Santa María Magdalena Penitente, atribuida igualmente a Juan de Dios Moreno.
La santa aparece arrodillada en actitud de recogimiento y oración, ofreciendo
un contrapunto de espiritualidad contemplativa al mensaje de fortaleza y
fidelidad cristiana encarnado por las mártires sevillanas. Se remata con
símbolo eucarístico.
Santa María Magdalena Penitente
Símbolo eucarístico
El conjunto se enriquece además con
otros elementos de gran interés. En el banco del retablo se conserva una
expresiva cabeza del Cirineo atribuida a Juan de Mesa, procedente de la
Hermandad de Pasión, pieza que constituye un valioso ejemplo de la intensidad
emocional característica de la escultura barroca sevillana y que en una de mis vista
presentaba la hornacina vacía y en otra una Inmaculada.
Hornacina vacía
Cabeza de Cirineo
Inmaculada
Detalle de la
Asimismo, el muro adyacente aparece
decorado con pinturas murales y con dos lienzos que representan escenas del
martirio de las santas, completando el programa iconográfico dedicado a exaltar
su ejemplo de fe.
Lienzo de la pared
Por su calidad artística, por la
relevancia de los maestros que participaron en su ejecución y por la profunda
vinculación de sus protagonistas con la historia de Sevilla, el retablo de
Santa Justa y Rufina constituye una de las obras más destacadas del patrimonio
de la Iglesia del Salvador, así como un magnífico testimonio de la devoción que
la ciudad ha profesado durante siglos a sus santas patronas.
Capilla de Santiago
Capilla de
Santiago, el apóstol
presidiendo el retablo neoclásico de piedra, donde acuden los peregrinos de
Santiago de Compostela a su paso por la ciudad.
Al visitar a la imagen de Santiago en
esta iglesia el 25 de julio se ganan las mismas indulgencias que peregrinando a
Santiago de Compostela.
Santiago
Detalle del rostro
Detalle de los pies
En una segunda visita me encuentro con
San Miguel Arcángel sobre una repisa al lado
de la entrada de esta capilla y no en la bautismal como lo hemos
mostrado anteriormente.
Nueva ubicación de San Miguel Arcángel
San Miguel Arcángel
Detalle
Detalle
La siguiente capilla presenta una
singular disposición, ya que alberga dos retablos barrocos que, por su
proximidad y unidad compositiva, parecen formar un único conjunto monumental.
Se trata de los retablos del Cristo de la Humildad y Paciencia y de San Fernando,
dos obras que combinan la riqueza ornamental del barroco sevillano con un
notable programa iconográfico dedicado a la contemplación de Cristo y a la
exaltación de la monarquía cristiana representada por el santo rey conquistador
de Sevilla.
En una segunda visita el Cristo de la
Humildad y Paciencia ha sido sustituido por San Pedro Obispo.
Doble retablo con Cristo de Humillación y Paciencia
El retablo del Cristo de la Humildad y
Paciencia tiene su origen en un encargo realizado por el gremio de los guanteros,
cuya devoción principal estaba vinculada a San Cristóbal, patrón de la
corporación. La estructura fue ensamblada y tallada entre 1732 y 1734 por José
Maestre, siendo posteriormente dorada por Francisco Lagraña en 1757. Su diseño
responde plenamente a la estética barroca, caracterizada por la abundancia
decorativa, el movimiento de las formas y el efecto teatral que busca conmover
al fiel.
Retablo del Cristo de la Humildad y Paciencia
Preside el retablo la imagen del Cristo
de la Humildad y Paciencia, una de las representaciones más conmovedoras de la
Pasión conservadas en el templo. La escultura fue realizada por Antonio de
Quirós en 1696 y muestra a Cristo sentado sobre una roca mientras espera la
crucifixión, sumido en un profundo silencio meditativo tras los tormentos
sufridos. La obra revela una gran intensidad emocional y parece inspirarse en
el célebre Cristo de Dolores de Alberto Durero, difundido por toda Europa a
través de grabados y copias. El escultor logró transmitir con extraordinaria
sensibilidad la soledad, el sufrimiento contenido y la resignación serena del
Redentor.
Cristo de la Humildad y Paciencia
San Pedro Obispo
La iconografía se completa con diversas
imágenes distribuidas en las calles laterales y el remate del retablo. A ambos
lados aparecen San Cayetano y el arcángel San Rafael, mientras que en el ático
se sitúa una representación de la Inmaculada Concepción acompañada por los
apóstoles San Pedro y San Pablo. Todo el conjunto desarrolla un mensaje de
esperanza y redención centrado en la figura de Cristo.
San Cayetano
Arcángel San Rafael
Inmaculada Concepción
San Pablo
San Pedro
Unido a este se encuentra el retablo de
San Fernando, una de las manifestaciones más destacadas de la devoción
sevillana al monarca castellano que conquistó la ciudad en 1248 y fue
canonizado en 1671. La obra fue ejecutada entre 1760 y 1767 por el tallista
José Díaz, quien concibió una composición inspirada en el antiguo retablo de la
Capilla Real de la Catedral de Sevilla. Su estructura se organiza mediante un
banco, un cuerpo principal articulado por estípites y un ático coronado por el
escudo de la monarquía española, todo ello envuelto en una exuberante
decoración barroca.
Retablo de San Fernando
La imagen titular de San Fernando fue
realizada por Antonio de Quirós en 1699 y policromada por el prestigioso pintor
Francisco Meneses Osorio. El santo aparece revestido con atributos regios,
evocando tanto al rey conquistador como al modelo de gobernante cristiano.
San Fernando
Detalle de
A ambos lados se encuentran las
esculturas de San Luis Rey de Francia y San Hermenegildo, realizadas por Blas
Molner durante el siglo XVIII. La elección de estos personajes no es casual,
pues los tres representan distintos modelos de santidad vinculados al ejercicio
del poder y a la defensa de la fe.
San Luis Rey de Francia
San Hermenegildo
En el ático destacan una custodia
pintada y las imágenes de San Diego de Alcalá y San Juan Bautista, que
completan el discurso espiritual del conjunto. Se remata por el escudo de la
monarquía española. La combinación de elementos eucarísticos, santos monarcas y
figuras penitenciales convierte este retablo en una auténtica síntesis de los
ideales religiosos promovidos por la Iglesia barroca.
Custodia
San Diego de Alcalá
San Juan Bautista
Ambos retablos constituyen un magnífico
ejemplo del esplendor artístico alcanzado por la escultura y la retablística
sevillanas durante los siglos XVII y XVIII. Su proximidad dentro del templo
permite contemplar, en un mismo espacio, dos expresiones complementarias de la
espiritualidad cristiana: la meditación sobre la Pasión de Cristo y la
exaltación de la santidad alcanzada a través del ejercicio de la fe y del
servicio a la Iglesia.
Retablo
de la Virgen de las Aguas
El retablo de la Virgen de las Aguas
constituye una de las obras maestras del barroco sevillano del siglo XVIII y
uno de los elementos más destacados del interior de la Iglesia del Salvador.
Situado en el crucero del templo, fue realizado por el ensamblador José Maestre
entre 1720 y 1730. Su ejecución fue sufragada por los hermanos José y Diego
Pérez de Baños, mientras que el dorado corrió a cargo de Francisco Lagraña.
El conjunto se articula en torno a la
imagen de la Virgen de las Aguas, una talla sedente de origen medieval fechada
en el siglo XIII. La tradición la vincula directamente con el rey San Fernando,
quien, según la leyenda, mandó realizarla en agradecimiento a la intervención
de la Virgen durante una prolongada sequía que afectaba a la ciudad. Con el
paso de los siglos, esta imagen adquirió una profunda significación para los
sevillanos, convirtiéndose en protectora de la ciudad ante calamidades,
inundaciones, epidemias y períodos de escasez de lluvias. Su nombre quedó
asociado a numerosas rogativas celebradas a lo largo de la historia, reflejo de
una devoción que alcanzó especial intensidad entre los siglos XVI y XVIII.
La imagen ocupa una hornacina conectada
visualmente con el camarín posterior, iluminado por una ventana abierta a la
calle Villegas. Aunque la talla conserva su origen medieval, del siglo XIII, experimentó transformaciones durante el siglo XVIII,
aproximándose a la estética barroca imperante. Su tipología recuerda a otras
imágenes fernandinas, especialmente a la Virgen de los Reyes, con la que
comparte tradición histórica y simbólica.
Hornacina con la Virgen de las Aguas
Virgen de las Aguas
Detalle de la Virgen de las Aguas
El retablo desarrolla un complejo
programa iconográfico centrado en la exaltación mariana. Sobre la hornacina
principal se dispone un gran relieve policromado realizado en 1727 que
representa la aparición de la Virgen a San Fernando durante el asedio de
Sevilla, en el campamento cerca de las murallas de Sevilla. Esta escena evoca
la ayuda celestial prestada al monarca en los momentos previos a la conquista
de la ciudad y enlaza con las tradiciones que rodean a la imagen. En el
interior del camarín y en diversos relieves laterales se representan episodios
de la vida de María, como la Anunciación, la Visitación y la Presentación en el
Templo.
Relieve policromado que representa la aparición de la
Virgen a San Fernando durante el asedio de Sevilla
A ambos lados de la Virgen se sitúan
las esculturas de los santos hispalenses Isidoro y Leandro, ejecutadas en el
siglo XVIII por Felipe de Castro.
San Isidoro
San Leandro
Más arriba aparecen las figuras de San
José y San Diego de Alcalá.
San José
San Diego de Alcalá
En la hornacina del banco se conserva
una delicada imagen del Niño Jesús atribuida a Juan Martínez Montañés, una de
las piezas de mayor valor artístico del conjunto.
Niño Jesús
Detalle del
La riqueza ornamental culmina en el
ático, donde varios ángeles sostienen el escudo de la monarquía española y el
emblema de la antigua Colegiata del Salvador, simbolizado por el orbe coronado
por la cruz, representación del triunfo universal de la fe cristiana. Todo ello
queda envuelto por una exuberante decoración dorada característica del barroco
sevillano, concebida para dirigir la mirada hacia la imagen titular y subrayar
su papel como protectora de Sevilla.
Escudo de la monarquía española
Orbe coronado por la cruz
Ante el retablo se conserva además la
monumental pila bautismal labrada en mármol por Pedro López de Verástegui en
1591, mientras que el altar está enriquecido por un magnífico frontal de plata
realizado por Diego Gallego y Eugenio Sánchez Reciente entre 1701 y
1756,
decorado con símbolos marianos y emblemas de la monarquía. La unión de estos
elementos forma uno de los conjuntos artísticos más sobresalientes del templo,
donde arquitectura, escultura, orfebrería y devoción popular se integran en una
de las expresiones más brillantes del barroco religioso sevillano.
Pila
bautismal y frontal de plata del altar
Detalle
de la pila bautismal
Símbolos
en el frontal de plata. Arca de la Alianza
El retablo de
la Borriquita, también conocido como retablo de los santos Crispín y
Crispiniano, se encuentra junto al retablo del Cristo del Amor. Constituye una
notable obra del barroco sevillano realizada entre 1730 y 1733. Su ejecución
fue llevada a cabo por Bartolomé García, mientras que el montaje correspondió a
los hermanos José Fernando y Francisco José de Medinilla, destacados artífices
de la retablística hispalense del siglo XVIII.
Retablo
de la Borriquita
Originalmente
estuvo dedicado a los santos Crispín y Crispiniano, hermanos mártires de la
época romana y patronos del gremio de los zapateros. La memoria de esta antigua
advocación se conserva en el ático del retablo, donde aparecen representados
ambos santos, así como en diversos relieves alusivos a sus vidas y martirio.
Santos Crispín y Crispiniano
La hornacina
principal está presidida actualmente por la imagen de Jesús en su Entrada
Triunfal en Jerusalén, popularmente conocida como la Borriquita. Esta
escultura, atribuida a un seguidor del círculo de Pedro Roldán y fechada entre
finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, representa a Cristo montado sobre
un asno en el momento de su llegada a la ciudad santa, entre las aclamaciones
del pueblo. La devoción a esta imagen tiene una especial relevancia en Sevilla,
ya que protagoniza una de las procesiones más emblemáticas del Domingo de
Ramos, marcando tradicionalmente el inicio de la Semana Santa sevillana y
congregando a numerosas familias y niños a lo largo de su recorrido.
Jesús en su Entrada Triunfal en Jerusalén
Detalle del rostro
Completan el
conjunto las imágenes de Santiago Apóstol y San Pedro, situadas a ambos lados
de la calle central, mientras que diversos relieves representan escenas y
figuras vinculadas a la tradición cristiana. La riqueza ornamental del retablo,
con abundante decoración vegetal, molduras y elementos dorados, refleja
plenamente el gusto barroco por la teatralidad y el movimiento.
Santiago Apóstol
San Pedro
Junto a este
altar se abre una pequeña puerta que comunica con la Sacristía Alta del templo,
un espacio de gran interés histórico y artístico que forma parte de las
dependencias internas de la colegial.
Retablo
de la Capilla de la Hermandad del Amor
La Capilla de la Hermandad del Amor
ocupa un lugar destacado junto a la cabecera de la nave derecha (Epístola) de la Iglesia
del Salvador. En ella se encuentra el retablo de la Primitiva, Pontificia, Real
e Ilustre Hermandad de la Sagrada Entrada en Jerusalén, Santísimo Cristo del
Amor, Nuestra Señora del Socorro y Santiago Apóstol, corporación nacida de la
unión, en 1608, de dos antiguas hermandades sevillanas: la de la Entrada en
Jerusalén y la del Amor y Socorro. Tras diversos traslados motivados por los
acontecimientos históricos y las vicisitudes del siglo XIX, la hermandad quedó
establecida definitivamente en el templo del Salvador en 1922.
El retablo barroco está presidido por
la extraordinaria imagen del Santísimo Cristo del Amor (leer mas), una de las obras maestras de Juan de Mesa. Tallado
entre 1618 y 1620, este crucificado constituye una de las cumbres del realismo
barroco sevillano. La serenidad de su rostro contrasta con la intensidad
dramática del sacrificio, mientras que la perfección anatómica del cuerpo y el
magistral tratamiento del paño de pureza revelan la extraordinaria capacidad
técnica de su autor. Se trata del primero de los grandes crucificados
documentados de Juan de Mesa, quien dejó constancia expresa de que la obra
sería realizada íntegramente por su propia mano. La imagen representa a Cristo
muerto en la cruz como máxima expresión del amor redentor hacia la humanidad,
significado que da nombre a la advocación.
Santísimo Cristo del Amor
Detalle del rostro
Detalle de la mano izquierda
Detalle del paño de pureza
Vista lateral de los pies
Vista frontal de los pies
A los pies del crucificado aparece un
pelícano (leer mas), símbolo eucarístico muy difundido en el arte cristiano. Según una
antigua tradición, esta ave alimentaba a sus crías con su propia sangre cuando
carecían de alimento, convirtiéndose así en una alegoría del sacrificio de
Cristo por la salvación de los hombres.
Pelícano
Flanqueando al Señor se encuentra
Nuestra Señora del Socorro, dolorosa de profunda devoción en Sevilla. Aunque
tradicionalmente se ha relacionado con el círculo de Gabriel de Astorga y
posteriormente fue intervenida por Francisco Buiza en el siglo XX, conserva una
marcada expresión de dolor contenido y esperanza. La Virgen ostenta además el
patronazgo de los profesionales de los servicios sanitarios de urgencias y
emergencias de la provincia de Sevilla, circunstancia que ha reforzado
notablemente su proyección devocional en las últimas décadas.
Nuestra Señora del Socorro
Detalle de
En el lado opuesto se sitúa la imagen
de San Juan Evangelista, vinculada a la iconografía tradicional del Calvario y
acompañante habitual de la Virgen en la contemplación del sacrificio de Cristo.
Completan el conjunto otras imágenes relacionadas con la hermandad, entre ellas
representaciones de Santiago Apóstol y de San Pedro, así como figuras que
participan en los cortejos procesionales de la corporación.
San Juan Evangelista
Coronando el retablo, en el ático, se
dispone una imagen de San José con el Niño, atribuida por algunos especialistas
al círculo de Pedro Roldán. Su presencia aporta un mensaje de protección y
amparo familiar que armoniza con el programa iconográfico del conjunto.
Ático
San José con el Niño
En el banco dos pequeños relieves de
San Pablo y la Entrada en Jerusalén.
San Pablo
Entrada en Jerusalén
La capilla constituye hoy uno de los
espacios de mayor valor artístico y devocional de la Iglesia del Salvador. En
ella convergen la excelencia escultórica de Juan de Mesa, la riqueza del
barroco sevillano y la intensa vida religiosa de una de las hermandades más antiguas
y queridas de la Semana Santa de Sevilla, cuya estación de penitencia cada
Domingo de Ramos sigue congregando a miles de fieles y devotos.
Presbiterio y Altar Mayor
Detalle del Presbiterio y Altar Mayor
Altar Mayor
En
el presbiterio, a ambos lados del retablo hay un par de ángeles lampadarios de
finales del siglo XVIII.
Ángel
lampadario
Detalle del
Los púlpitos son dos piezas excepcionales
labradas en mármoles blancos y rosas. Para reforzar la voz tienen tornavoces en
forma de concha de peregrino. De los dos púlpitos, el de la derecha fue labrado
en 1734 por el cantero vasco Vicente bengoechea; el de la izquierda fue
realizado por el estepeño Julián del Villar 44 años más tarde y es una copia
exacta del original. Las escaleras de acceso desaparecieron a mitad del siglo
XIX.
Pulpito
Detalle
del basamento
San
Marcos con el león
San Lucas
con el toro
Bola
rematada con una cruz (orbe o globo crucífero). Símbolo cristiano de autoridad
que representa la Tierra (o el universo) coronada por la cruz, lo que simboliza
el dominio
de Cristo sobre el mundo
El Altar Mayor de la Iglesia Colegial
del Salvador constituye una de las realizaciones más sobresalientes del barroco
tardío sevillano y uno de los conjuntos retablísticos más monumentales del
siglo XVIII en Andalucía. Presidiendo la cabecera del templo, este grandioso
retablo fue ejecutado entre 1770 y 1779 por el escultor y ensamblador de origen
portugués Cayetano de Acosta.
La estructura
del retablo se organiza en un banco, un gran cuerpo central dividido por
columnas salomónicas y un amplio ático, componiendo un espectacular escenario
de madera tallada y dorada que dirige la mirada del fiel hacia lo alto. Todo el
programa iconográfico gira en torno a la Transfiguración de Cristo en el monte
Tabor (Mt 17, 1-9 / Mc 9, 2-9 /
Lc 9, 28-36), episodio evangélico
que revela la naturaleza divina de Jesús y que constituye la advocación
principal de los templos dedicados al Salvador. En el centro del conjunto
aparece Cristo glorioso dialogando con Moisés y Elías, representantes de la Ley
y los Profetas, mientras que a sus pies contemplan la escena los apóstoles
Pedro, Santiago y Juan, testigos privilegiados de aquella manifestación
sobrenatural que anticipa la gloria de la Resurrección.
Transfiguración de
Cristo
Detalle de Cristo
con Moisés y Elías
Pedro
Juan
Santiago
Ángeles
Coronando la composición se encuentra
la figura de Dios Padre rodeado por una multitud de ángeles, reforzando el
sentido ascensional que caracteriza toda la obra. El mensaje teológico es
claro: conducir la mirada y el espíritu desde la realidad terrenal hacia la
contemplación de la gloria celestial. Esta verticalidad, magistralmente
concebida por Cayetano de Acosta, convierte al retablo en una auténtica
catequesis visual sobre la divinidad de Cristo y la promesa de salvación.
Ático
Detalle de Dios Padre rodeado de ángeles
Ángeles de la izquierda
Ángeles de la derecha
Uno de los aspectos más singulares del
conjunto es la extraordinaria presencia angélica. En las calles laterales se
disponen seis arcángeles —Yehudiel, Rafael, Baraquiel, Gabriel, Miguel y
Seatiel— que custodian la escena central, mientras numerosos querubines y
figuras celestiales pueblan cada rincón del retablo. Esta abundancia de seres
angélicos, característica del gusto rococó, aporta movimiento, dinamismo y una
sensación de gloria sobrenatural que envuelve todo el espacio presbiteral.
En
la izquierda los arcángeles Yehudiel, Rafael y Baraquiel
En la derecha los
arcángeles Gabriel, Miguel y Seatiel
En la parte inferior destaca el
sagrario, sobre el que se alza una delicada imagen de la Inmaculada Concepción
rodeada de ángeles. Junto a ella aparecen representados varios Padres de la
Iglesia, entre ellos san Agustín y san Gregorio Magno, cuya presencia subraya
la continuidad doctrinal de la fe cristiana.
Relicario de san Isidoro
Detalle del relicario de san Isidoro
Relicario de san Leandro
La riqueza escultórica del retablo
encuentra su complemento perfecto en las pinturas murales de la bóveda de la
Capilla Mayor, realizadas por Juan de Espinal hacia 1775. Sus frescos prolongan
visualmente el espacio arquitectónico y representan un cielo abierto lleno de
luz y figuras celestiales, presidido por el Espíritu Santo, creando una
armoniosa unión entre pintura, escultura y arquitectura. De este modo, el
presbiterio del Salvador se transforma en una grandiosa escenografía barroca
destinada a expresar la majestuosidad de Dios y la esperanza de la gloria
eterna.
Detalle de la pintura mural de la bóveda
Por su calidad artística, sus
dimensiones monumentales y la profundidad de su programa iconográfico, el Altar
Mayor del Salvador es considerado una de las obras maestras del barroco
sevillano tardío y uno de los conjuntos más impresionantes del patrimonio
religioso de la ciudad.
Evangelio
Retablo del Cristo de los Afligidos
El retablo del Cristo de los Afligidos
ocupa la cabecera de la nave del Evangelio y constituye uno de los conjuntos
devocionales más interesantes del templo. Vinculado desde sus orígenes a la antigua
Hermandad de las Ánimas, este altar refleja la profunda espiritualidad barroca
sevillana, centrada en la contemplación de la Pasión de Cristo y en la oración
por las almas del Purgatorio.
La historia del retablo se remonta al
siglo XVII, aunque su configuración actual es fruto de varias etapas
constructivas. Entre 1721 y 1724, el ensamblador José Maestre realizó un nuevo
retablo para sustituir al anterior de 1634, manteniendo como imagen titular al
Cristo de los Afligidos. Décadas más tarde, en 1786, Manuel Barrera y Carmona
llevó a cabo una importante remodelación que renovó gran parte de la
estructura, incorporando elementos decorativos acordes con el gusto artístico
de finales del siglo XVIII.
Presidiendo la hornacina central se
encuentra la imagen del Cristo de los Afligidos, representación de Jesús
Nazareno camino del Calvario. La talla de vestir, realizada en madera policromada, muestra a Cristo soportando el peso de
la cruz en uno de los momentos más conmovedores de la Pasión. La cruz que porta
constituye una pieza singular, al estar revestida con placas de carey y
enriquecida con cantoneras de plata, materiales que aportan una notable riqueza
ornamental. Tradicionalmente, la imagen se ha relacionado con la producción
escultórica de Gaspar Ginés en torno a 1635, aunque su autoría ha sido objeto
de distintos estudios a lo largo del tiempo.
Cristo de los Afligidos
Detalle del rostro
A ambos lados del Señor se sitúan las
imágenes de san Sebastián y san Roque, de la etapa de Maestre, santos
especialmente venerados en la religiosidad popular como protectores frente a
las epidemias. Su presencia refuerza el carácter intercesor del conjunto y
recuerda la constante búsqueda de auxilio espiritual en tiempos de enfermedad y
necesidad.
San Roque
San Sebastián
En el ático destaca un relieve de la
Coronación de la Virgen María por la Santísima Trinidad, una composición de
gran dinamismo que simboliza la glorificación de la Madre de Dios en el cielo. Las
virtudes Fortaleza y Templanza aparecen recostadas en la cornisa del ático.
Coronación de la Virgen María por la Santísima Trinidad
Fortaleza
Templanza
La escena aparece acompañada por las
figuras de san Juan Bautista y san Lorenzo, en los laterales del segundo
cuerpo.
San Lorenzo
San Juan Bautista
Sobre el conjunto se alza la imagen de
san Miguel Arcángel, vencedor de las fuerzas del mal y protector de las almas.
San Miguel Arcángel
En el banco se encuentran relieves
alusivos a las Ánimas del Purgatorio, realizados a finales del siglo XVIII, que
evocan la misión fundacional de la antigua cofradía.
Relieves de Ánimas del Purgatorio
Ángeles
En una hornacina central se dispone una
delicada imagen de la Virgen del Rosario, atribuida a Cristóbal Ramos, uno de
los escultores más destacados de la Sevilla de la segunda mitad del
Setecientos. Su elegante modelado y la dulzura de sus rasgos constituyen un
magnífico ejemplo de la escultura devocional de la época.
Virgen del Rosario
Las recientes restauraciones realizadas
en la Iglesia del Salvador han permitido además recuperar importantes restos de
pinturas murales ocultas durante siglos tras el retablo. Entre ellas destacan
representaciones de la Flagelación de Cristo, la oración de Jesús en el Huerto
de los Olivos asistido por un ángel y diversas escenas relacionadas con las
almas del Purgatorio. Estos hallazgos enriquecen notablemente el valor
histórico y artístico del conjunto, permitiendo comprender mejor el programa
iconográfico concebido para este espacio.
Flagelación de Cristo
Oración de Jesús en el Huerto de los Olivos
Almas del Purgatorio
Delante del retablo se sitúa una imagen
de vestir de una virgen de la que no tengo información.
Por su historia, calidad artística y
profundo significado espiritual, el retablo del Cristo de los Afligidos
constituye una de las manifestaciones más representativas de la religiosidad
barroca sevillana, donde la contemplación de la Pasión de Cristo se une a la
esperanza en la redención y la vida eterna.
Situación
actual del Cirineo en la puerta de acceso a la Sacristía
El Cirineo de la Hermandad
de Pasión que recibe culto en la Iglesia del Salvador es obra del imaginero
Sebastián Santos Rojas de 1968. Actualmente, el Señor de Pasión procesiona
solo, ya que el cirineo dejó de salir tras un cabildo en 1974, pero se conserva como parte del patrimonio de la corporación.
La figura de Simón de Cirene es un elemento clave en la
historia de esta hermandad sevillana, con diferentes piezas patrimoniales
asociadas a lo largo de los años:
En
1844, la hermandad de Pasión adquirió la cabeza y las manos de un San Isidoro
procedente de la Antigua Casa Profesa de los Jesuitas (la iglesia de la
Anunciación) para emplearlo como cirineo. Por la postura de su cabeza, se le
llamó popularmente “el mirabalcones”. Al ser sustituido, se vendió en 1951, tal
como nos informó José Aragón Gutiérrez, a la Cofradía de Nuestro Padre Jesús
Nazareno de Aguilar de la Frontera (Córdoba).
En 1950, la Hermandad adquirió un Cirineo, cuya
cabeza y una de sus manos se atribuyen a la gubia de Juan de Mesa, mientras que
el resto del cuerpo lo comenzó José Rodríguez Fernández Andes y lo concluyó
Luis Ortega Bru, encargándose de su policromía Juan Miguel Sánchez; figuró en
el paso hasta 1969, siendo sustituido al año siguiente por la espléndida
escultura de talla completa debida a Sebastián Santos Rojas, que hemos
comentada fue suprimida del paso procesional en 1974.
Cirineo de
Sebastián Santos Rojas
Detalle del
rostro
Visión frontal
de los pies
Visión lateral
del pie derecho
Visión lateral
del pie izquierdo
La Capilla
Sacramental de la Iglesia Colegial del Salvador constituye uno de los espacios
más sobresalientes del barroco sevillano del siglo XVIII. Concebida como un
ámbito dedicado a la adoración eucarística, su construcción respondió al deseo
de dotar al templo de un lugar especialmente destinado al culto del Santísimo
Sacramento, integrándolo de manera armónica en el conjunto arquitectónico de la
colegiata.
Capilla Sacramental
El acceso a la
capilla, desde la iglesia, se realiza a
través de una extraordinaria portada-retablo diseñada por Cayetano de Acosta
entre 1756 y 1764, considerada una de las obras maestras de la escultura
decorativa barroca en Sevilla. Más que una simple portada, se trata de un
monumental escenario catequético que exalta el misterio de la Eucaristía
mediante una compleja iconografía inspirada tanto en el Antiguo como en el
Nuevo Testamento. La estructura adopta la apariencia de un gran templete
sostenido por robustas columnas y poblado por una multitud de ángeles que
parecen animar toda la composición.
En el cuerpo principal se desarrolla
una alegoría eucarística presidida por el Arca de la Alianza y el Cordero
Pascual, símbolos que la tradición cristiana interpreta como prefiguraciones de
Cristo sacramentado. En torno a ellos aparecen personajes bíblicos como Moisés,
Aarón y Melquisedec, acompañados por representantes de la jerarquía
eclesiástica y doctores de la Iglesia, todos ellos reunidos en una solemne
escena de adoración y ofrenda de panes eucarísticos al Arca dela Alianza y
Cordero Pascual. La composición establece un vínculo entre la Antigua Alianza y
el sacrificio redentor de Cristo, centro de la fe cristiana.
Arca de la Alianza y el Cordero Pascual
Moisés y Aarón
Melquisedec y (¿¿¿)
La exuberante decoración rococó se
despliega por toda la superficie del retablo mediante una profusión de nubes,
querubines, guirnaldas y motivos ornamentales que crean una sensación de
movimiento continuo. En las calles laterales se encuentran las imágenes de san
Felipe Neri y san Francisco de Sales, destacados promotores de la
espiritualidad moderna.
San Felipe Neri
San Francisco de Sales
Virgen del Voto Concepcionista
San José
Coronando el conjunto aparece la
majestuosa figura de Dios Padre, representado como soberano del universo y
culminación visual del mensaje teológico del retablo. Desde lo alto preside
toda la composición, reforzando el sentido ascendente que caracteriza al arte
barroco y guiando la mirada del fiel desde la realidad terrenal hacia la
contemplación de la gloria divina.
Ático
Tras la portada se encuentra el ámbito
más íntimo de la capilla (leer mas), donde se conserva uno de los mayores tesoros
devocionales de Sevilla: la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Pasión. Esta
extraordinaria talla fue realizada por Juan Martínez Montañés en 1615 y
constituye una de las obras maestras de la imaginería procesional española.
Conocido como “el Dios de madera”, Montañés plasmó en esta imagen un perfecto
equilibrio entre idealización y naturalismo, dotándola de una serena nobleza y
una impecable perfección técnica que la convierten en una de las
representaciones más admiradas de Cristo Nazareno.
Nuestro Padre Jesús de la Pasión (Sin la cruz)
El camarín que alberga la venerada
imagen se encuentra presidido por un magnífico retablo de plata, concebido como
un gran relicario que realza la presencia del Señor de la Pasión. La riqueza de
los materiales, la delicadeza de la orfebrería y la solemnidad del espacio
crean un ambiente de recogimiento que invita a la oración y a la contemplación.
Camarín con Nuestro Padre Jesús de la Pasión
Por la calidad de su arquitectura, la
riqueza de su programa iconográfico y la presencia de la célebre imagen de
Jesús de la Pasión, la Capilla Sacramental del Salvador constituye uno de los
conjuntos artísticos y espirituales más relevantes de Sevilla, una síntesis
excepcional de la devoción eucarística y del esplendor alcanzado por el barroco
hispalense en el siglo XVIII.
Tramo del evangelio con el doble retablo de santa Ana y la Virgen del
Rocío
Tramo del evangelio con el doble retablo de santa Ana y la Virgen del
Rocío sobre su paso procesional
El retablo de la Virgen del Rocío
constituye una de las muestras más representativas de la renovación decorativa
que experimentó la antigua Colegial durante el siglo XVIII. Su ejecución se
atribuye a José Maestre, quien lo labró entre 1718 y 1731, en una etapa en la
que este maestro recibió numerosos encargos destinados a dotar de retablos a un
templo que, tras su inauguración en 1712, presentaba aún una notable carencia.
Retablo de la Virgen del Rocío
Originalmente, el retablo estuvo
dedicado a los arcángeles San Miguel, San Rafael y San Gabriel, reflejando la
profunda devoción angélica existente en la Sevilla barroca. Sin embargo, a
mediados del siglo XX su advocación cambió para acoger la imagen de la Virgen
del Rocío, convirtiéndose desde entonces en uno de los focos de devoción más
populares del templo.
La talla actual, realizada por el
imaginero Sebastián Santos Rojas, reproduce la venerada imagen de la Blanca
Paloma de Almonte y es la que preside la vida espiritual de la Hermandad del
Rocío de Sevilla, una de las corporaciones rocieras más antiguas y numerosas de
Andalucía.
Detalle de la Virgen del Rocío
La imagen recibe una especial
veneración por parte de los fieles y protagoniza una singular procesión cada
mes de diciembre. Esta salida tiene lugar en torno al día del tradicional
sorteo extraordinario de Navidad, circunstancia que ha dado origen al popular
sobrenombre de “la Lotera”, con el que muchos sevillanos conocen cariñosamente
a la imagen. Igualmente, preside la peregrinación anual en la
romería hacia las marismas.
En
los laterales y en el ático se muestran unas imágenes de las que no he
conseguido información.
Ático
Imagen
del ático
Imagen
de calle lateral
El entorno del retablo guarda además un
interesante testimonio artístico. Durante trabajos realizados en la zona
apareció una pintura mural del siglo XVIII que representa a la Inmaculada
Concepción. En la composición destaca la presencia del Espíritu Santo en forma
de paloma sobre la cabeza de la Virgen, acompañado de cabezas de serafines,
iconografía característica del arte barroco dedicado a exaltar los privilegios
marianos.
En la actualidad, el retablo de la
Virgen del Rocío constituye uno de los espacios de mayor devoción dentro del
templo, uniendo la herencia artística del barroco sevillano con la intensa
religiosidad popular vinculada a la romería del Rocío, una de las
manifestaciones más importantes de la espiritualidad andaluza.
Tramo del evangelio con el doble retablo de santa Ana y la Virgen del
Rocío
El retablo de Santa Ana es una de las
manifestaciones más delicadas y emotivas de la imaginería barroca sevillana.
Aunque la arquitectura del retablo, fechada en torno a 1714 y atribuida a un
autor anónimo, responde a los modelos decorativos característicos del primer
barroco del siglo XVIII, su principal valor artístico reside en el
extraordinario grupo escultórico de Santa Ana enseñando a leer a la Virgen
Niña, considerado una de las obras maestras del imaginero sevillano José Montes
de Oca.
Retablo de Santa Ana
Tallado en madera policromada y con una
altura aproximada de 150 centímetros, este conjunto representa a Santa Ana en
su papel de educadora y transmisora de la fe a su hija María. La escena,
profundamente humana y cercana, alcanzó una gran difusión en el arte barroco
por su capacidad para expresar tanto la ternura familiar como el significado
espiritual de la educación cristiana. La relación entre madre e hija se
manifiesta en el delicado juego de miradas y gestos, que transmite afecto,
protección y enseñanza, convirtiendo la composición en una de las
representaciones más conmovedoras de la escuela sevillana.
Santa Ana con la Virgen Niña
Detalle de Santa Ana
Detalle de la Virgen Niña
La iconografía de Santa Ana instruyendo
a la Virgen fue un tema recurrente en la producción de José Montes de Oca y
gozó de gran popularidad desde el siglo XVII. Más allá de la escena doméstica,
encierra un profundo contenido teológico. La pequeña María aparece aprendiendo
las Sagradas Escrituras, anticipando así su futura misión en la historia de la
salvación. El libro que sostiene Santa Ana simboliza la transmisión de la
palabra divina y de las virtudes que preparan a la Virgen para convertirse en
Madre de Cristo. De este modo, la representación subraya la importancia de la
educación religiosa dentro del ámbito familiar.
El retablo se completa con las imágenes
de san Joaquín, esposo de Santa Ana, y san Antonio, situadas en el cuerpo
principal. Bajo ellas se conservan pinturas sobre tabla de diversas santas,
entre las que destaca una representación de santa Teresa de Jesús identificable
por su hábito carmelita.
San Joaquín
San Antonio
Tabla del banco
En el ático figura una imagen de la
Virgen de la Merced, que corona el conjunto y refuerza el carácter mariano de
la composición. Acompañada por sal Isidoro y San Leandro.
Ático
Virgen de la Merced
San Isidoro
San Leandro
La calidad técnica de las tallas, la
delicadeza de los rostros y la naturalidad de las actitudes convierten este
retablo en una de las obras más destacadas del patrimonio artístico de la
Iglesia del Salvador. En él se funden la sensibilidad barroca, la devoción
mariana y el ideal educativo cristiano, ofreciendo al visitante una escena
cargada de belleza, simbolismo y profunda emoción humana.
Retablo de la Virgen de la Antigua
El retablo de la Virgen de la Antigua,
situado junto a la puerta que comunica la Iglesia del Salvador con el Patio de
los Naranjos, constituye uno de los espacios devocionales más interesantes del
templo por la riqueza de su simbolismo y por la relevancia histórica de la
advocación que alberga. Realizado entre mediados y finales del siglo XVIII, el
conjunto responde plenamente a la estética barroca sevillana, con una profusa
decoración y el empleo de columnas salomónicas cuyos fustes helicoidales
generan una sensación de movimiento y dinamismo característica de este estilo
artístico.
El elemento principal del retablo es
una pintura fechada en 1715 y atribuida a Juan Ruiz Soriano, que reproduce la
célebre imagen de la Virgen de la Antigua conservada en la capilla homónima de
la Catedral de Sevilla. La advocación original tiene un origen medieval y se
encuentra representada en un mural realizado a finales del siglo XIV sobre uno
de los pilares de la antigua mezquita almohade transformada en catedral
cristiana. Desde entonces, la imagen alcanzó una enorme popularidad en Sevilla
y llegó a convertirse en una de las devociones marianas más influyentes de la
ciudad.
Virgen de la Antigua
La representación muestra a la Virgen
siguiendo modelos de inspiración bizantina. María sostiene en una de sus manos
una rosa, símbolo de su pureza y de su condición de nueva Eva, mientras que el
Niño Jesús porta un jilguero, ave asociada tradicionalmente a la Pasión de
Cristo por la leyenda que relaciona sus colores con la sangre derramada durante
el sacrificio redentor. Sobre la cabeza de la Virgen, dos ángeles sostienen una
rica corona que recuerda la coronación canónica de la imagen catedralicia,
celebrada en 1929.
Detalle de la Virgen de la Antigua
La importancia histórica de esta
advocación trascendió ampliamente los límites de Sevilla. Cristóbal Colón
profesó una profunda devoción a la Virgen de la Antigua, al igual que muchos de
los navegantes y conquistadores que participaron en la expansión ultramarina de
la Monarquía Hispánica. Gracias a ello, numerosas reproducciones de la imagen
fueron llevadas al Nuevo Mundo y difundidas por ciudades como Santo Domingo,
Panamá, Ciudad de México, Bogotá, Lima o Cuzco. La primera población estable
fundada por los españoles en tierra firme americana recibió el nombre de Santa
María la Antigua del Darién, mientras que la influencia de esta devoción
también quedó reflejada en diversos territorios del Caribe. En la actualidad,
la Virgen de la Antigua continúa siendo considerada patrona de Panamá, lo que
evidencia la extraordinaria proyección internacional alcanzada por esta
advocación sevillana.
El retablo se enriquece con otras
imágenes de notable interés. En el ático figuran san Blas, acompañado por las
mártires santa Águeda y santa Lucía, esculturas del siglo XVII que forman un
elegante conjunto hagiográfico. En la parte inferior se encuentra una imagen de
san Antonio de Padua, titular de la hermandad vinculada a este altar y uno de
los santos más venerados por la religiosidad popular.
Ático
San Blas
Santa Lucía
Santa Águeda
San Antonio de Padua
Por su calidad artística, su
significado histórico y su estrecha relación con la expansión de la devoción
mariana sevillana por América, el retablo de la Virgen de la Antigua constituye
una de las joyas menos conocidas, pero más evocadoras de la Iglesia del
Salvador. Su contemplación permite comprender cómo una imagen nacida en la
Sevilla medieval llegó a convertirse en un símbolo de fe compartido a ambos
lados del Atlántico.
Retablo del Simpecado de la Hermandad del Rocío de
Sevilla
El Simpecado de
la Hermandad del Rocío de Sevilla, establecida canónicamente en la Iglesia del
Salvador, recibe culto en un retablo de reciente ejecución que constituye uno
de los espacios devocionales más representativos del templo. Este conjunto fue
diseñado por el escultor Fernando Aguado, con talla de Francisco Verdugo y
dorado de David de Paz, siguiendo un lenguaje artístico que armoniza con la
riqueza ornamental barroca de la iglesia sin renunciar a una concepción
contemporánea.
Retablo del Simpecado de la Hermandad del Rocío de
Sevilla
Preside el
retablo el Simpecado de la corporación rociera, pieza de extraordinario valor
simbólico para la hermandad. El estandarte fue bordado en los prestigiosos
talleres de Esperanza Elena Caro, una de las más destacadas bordadoras
sevillanas del siglo XX, cuya obra se caracteriza por la elegancia del diseño y
la maestría en la ejecución de los bordados en oro. En torno a esta insignia
gira la vida espiritual de la hermandad, que cada año emprende su tradicional
peregrinación hasta la aldea de El Rocío
para rendir culto a la Blanca Paloma.
Simpecado de la Hermandad del Rocío de Sevilla
Detalle del
El banco del
retablo alberga una singular hornacina con un pequeño grupo escultórico de
plata que representa a las santas Justa y Rufina
sosteniendo y protegiendo la Giralda, iconografía profundamente vinculada a la
tradición sevillana desde la Edad Moderna. Esta obra posee además un especial
significado para la hermandad, ya que suele coronar la carreta que acompaña al
Simpecado durante el camino hacia el santuario rociero, convirtiéndose así en
un símbolo de la unión entre la devoción mariana del Rocío y la identidad
histórica de Sevilla.
Santas Justa y Rufina
El conjunto
constituye un testimonio de la vitalidad actual de la religiosidad popular
sevillana, integrando arte contemporáneo, tradición bordadora y fervor rociero
en un espacio que recuerda la estrecha vinculación de la Hermandad de Sevilla
con la Iglesia del Salvador, uno de los principales centros de la vida
espiritual y cofrade de la ciudad.
Pie
Pie del templo con el órgano en una tribuna sobre la
puerta principal
El órgano de la
Iglesia del Salvador constituye una de las joyas más destacadas del patrimonio
musical sevillano. Situado sobre la puerta principal del templo, en una amplia
tribuna elevada, este majestuoso instrumento se presenta dentro de una elegante
caja de estilo neoclásico, adornada con elementos decorativos y figuras de
ángeles que realzan su presencia monumental en el interior de la iglesia. Su ubicación
dominante permite que su sonido se proyecte con extraordinaria riqueza por las
tres naves del templo, contribuyendo de manera decisiva a la solemnidad de las
celebraciones litúrgicas.
Tribuna y área inferior del órgano
Área superior del órgano
Ángel con trompeta
La tradición musical del Salvador hunde
sus raíces en siglos de historia. Durante los más de seiscientos años en que el
templo ostentó la dignidad de Colegiata, estuvo obligado a mantener coro y
órgano para el desarrollo del culto, lo que favoreció una intensa actividad
musical. Entre los músicos más ilustres vinculados a esta institución destaca Francisco Correa de Arauxo, considerado una de
las grandes figuras de la música española del siglo XVII. Desempeñó aquí el
cargo de organista entre 1599 y 1636, periodo en el que compuso buena parte de
su obra más célebre, la Facultad Orgánica, tratado y colección musical que
constituye una referencia fundamental para el estudio del órgano ibérico.
El instrumento actual fue construido
por Juan de Bono, destacado maestro organero que había colaborado con Jorge
Bosch en importantes proyectos, entre ellos los órganos del Palacio Real de
Madrid y de la Catedral de Sevilla. Considerado por especialistas como uno de
los órganos barrocos más notables de la península ibérica, destaca por la
calidad de su sonoridad, la riqueza de sus registros y la fidelidad con la que
conserva las características propias de la tradición organística española.
A comienzos del siglo XXI fue sometido
a una profunda restauración destinada a recuperar tanto sus cualidades
musicales como su integridad histórica. Los trabajos se realizaron respetando
cuidadosamente la factura original y los materiales tradicionales del
instrumento, permitiendo devolverle gran parte de su esplendor sonoro. Gracias
a esta intervención, el órgano ha recuperado plenamente su función litúrgica y
concertística, contribuyendo a revitalizar la vida musical del Salvador y a
restituir el destacado papel que este templo desempeñó durante siglos en la
historia cultural de Sevilla.
Sacristía
La antigua Sacristía de la Iglesia del
Salvador, hoy convertida en espacio expositivo y museo colegial, constituye uno
de los recorridos más interesantes del templo. Situada tras la cabecera de las
naves y articulada en torno al gran retablo mayor, reúne una valiosa colección
de pinturas, esculturas, relieves, piezas de orfebrería y objetos litúrgicos
que permiten conocer la riqueza artística y devocional acumulada por la antigua
Colegiata a lo largo de los siglos.
El recorrido comienza en una primera
sala donde destacan diversas obras de gran interés histórico y artístico. Entre
ellas sobresale una imagen de San Pedro Papa realizada por José Montes de Oca
en 1715, ejemplo de la expresividad característica de la escultura barroca
sevillana. Junto a ella se conserva un lienzo de la Piedad del siglo XVII y
diversos testimonios de antiguas corporaciones desaparecidas, como las
hermandades de San Cristóbal y de la Virgen del Carmen, representadas mediante
documentos, reglas y otros recuerdos de gran valor patrimonial. También merece
especial atención una vitrina dedicada a la Virgen de las Aguas, en la que se
exponen piezas de su ajuar y destacadas obras de orfebrería.
A través de un pasillo decorado con
fotografías de las últimas restauraciones del templo se llega a una segunda
estancia. En ella se exhiben magníficos relieves de temática evangélica, entre
los que destacan una Anunciación de Pedro Duque Cornejo y una Adoración de los
Pastores atribuida a Juan de Oviedo, junto a una representación del Resucitado.
El conjunto se completa con diversas pinturas dedicadas a San Pedro, la
Inmaculada, Santa Isabel y San Joaquín con la Virgen Niña. Entre las antiguas
cajoneras de la sacristía se dispone una delicada imagen de la Dolorosa de
pequeño formato, así como un retablo realizado por José Maestre que alberga un
lienzo del Sacrificio de Isaac pintado por Sebastián de Llanos Valdés en el
siglo XVII. Diversas vitrinas muestran además imágenes de la Inmaculada, San
José y el Niño Jesús, junto a una interesante tabla del Ecce Homo fechada hacia
1600.
Anunciación. Seguidor de Pedro Duque Cornejo. Primera mitad del siglo XVIII. Talla policromada.
Adoración de los pastores. Juan de Oviedo. 1609-1612.
Talla policromada
Resurrección de Cristo. Juan de Oviedo. 1609-1612. Talla
policromada
Detalle de los pies.
San Joaquín y Santa Ana con la Virgen Niña. Anónimo. Óleo
sobre lienzo
Retablo-Marco del sacrificio de Isaac. Retablo de José
Maestre (1727) y óleo sobre lienzo de Sebastián de Llanos y Valdés (1727)
Detalle.
Inmaculada Concepción. Anónimo sevillano. 1666-1699.
Talla policromada
Ecce Homo. Anónimo flamenco. Hacia 1600. Óleo sobre
madera
Inmaculada Concepción. Escuela sevillana. Segunda mitad
del siglo XVII. Óleo sobre lienzo
La antigua Sacristía Baja adopta la
apariencia de una pequeña capilla museística presidida por el retablo de la
Transfiguración. La arquitectura del retablo fue tallada por Juan de Dios
Moreno en 1712, mientras que la pintura central es obra de Pedro Legot y está
fechada en 1631. A ambos lados se conservan numerosos sitiales procedentes de
la antigua sillería coral, realizados a finales del siglo XVIII por los
hermanos José y Felipe González. El conjunto se completa con un facistol y
diversas pinturas barrocas que enriquecen el espacio.
Retablo de la Transfiguración. Marco de Juan de Dios
Moreno (1712) y pintura de Pablo Legot (1631-1632). Madera dorada y óleo sobre
lienzo
Detalle.
Facistol y sitiales de las sillería del coro. José y
Felipe González. 1970. Madera dorada
Frente al retablo se encuentra el
Crucificado del Buen Viaje, una interesante talla anónima de finales del siglo
XVI. Junto a él se exponen dos singulares lienzos de Sebastián de Llanos Valdés
que representan las cabezas de San Pablo y San Juan Bautista. Sobre estas obras
destaca un gran cuadro de San Millán en la batalla de Clavijo, ejemplo de la
iconografía triunfal propia de la espiritualidad contrarreformista. En las
paredes también pueden contemplarse una Magdalena de Pedro de Camprobín, una
Coronación de la Virgen de autor anónimo, diversas representaciones de San
Pedro y San Pablo, así como escenas de Cristo muerto y la Adoración de los
Pastores.
Crucificado del Buen Viaje. Anónimo sevillano. Finales
siglo XVI. Madera policromada
Cabeza de san Pablo. Sebastián de Llanos Valdés. 1670.
Óleo sobre lienzo
San Millán en la batalla de Simancas. Anónimo sevillano.
Primera mitad siglo XVII. Óleo sobre lienzo
Santa María Magdalena. Pedro de Camprobín. 1632-1634.
Óleo sobre lienzo
Coronación de la Virgen. Anónimo sevillano. Primera mitad
siglo XVII. Óleo sobre lienzo
Cristo muerto y pila para el agua bendita
San Pedro. Anónimo sevillano. Finales siglo XVIII. Óleo
sobre lienzo
Crucificado Marfil. Anónimo sevillano. Hacia 1700
Relicario de Santa Bárbara. Anónimo sevillano. 1704.
Plata dorada y cristal de roca
Inmaculada Concepción. Escuela barroca sevillana. Siglo
XVIII. Óleo sobre lienzo
Arca eucarística. Antonio Pineda. 1815. Plata
Piedad. Anónimo Sevillano. Primer tercio del siglo XVII.
Óleo sobre lienzo
La visita continúa por las dependencias de la Sacristía Alta, dividida en sectores norte y sur comunicados por un largo corredor. A lo largo de este recorrido se distribuyen pinturas, esculturas, retablos, relicarios y objetos de culto que conforman el denominado Museo Colegial, reflejo de la importancia histórica que alcanzó la Colegiata del Salvador como uno de los principales centros religiosos de Sevilla.
Uno de los detalles más evocadores del itinerario aparece al abandonar las salas expositivas. Sobre el dintel de una de las puertas se han dejado visibles restos de la fábrica de ladrillo perteneciente a la antigua mezquita que ocupó este lugar antes de la construcción del templo cristiano. Este vestigio arqueológico recuerda la larga historia del enclave y establece un sugerente diálogo entre las distintas etapas culturales y religiosas que han marcado la evolución de la Iglesia del Salvador a lo largo de los siglos.
Cripta
La cripta de la
Iglesia del Salvador constituye uno de los espacios más singulares del templo,
ya que permite realizar un recorrido por la historia de Sevilla a través de los
vestigios que diferentes culturas y civilizaciones han dejado en este lugar durante
más de tres mil años. Concebida como un ámbito arqueológico y expositivo,
alberga la muestra conocida como “La Huella de lo Sagrado”, un itinerario que
pone de manifiesto la continuidad del carácter religioso de este enclave desde
la Antigüedad hasta nuestros días.
El recorrido
comienza con los testimonios de la cultura tartésica, que ocupó este sector de
la ciudad desde el siglo VIII a. C., y continúa con la etapa romana, cuando
Hispalis alcanzó una gran relevancia tras recibir de Julio César el título de
colonia bajo la denominación de Colonia Romula Julia. A través de los restos
conservados se comprende la importancia que este espacio tuvo en la evolución
urbana de Sevilla.
La exposición
también recuerda los primeros tiempos del cristianismo hispalense, vinculados
al martirio de las santas Justa y Rufina y a la labor pastoral de figuras tan
destacadas como san Leandro y san Isidoro, cuyos nombres permanecen unidos al
desarrollo religioso y cultural de la ciudad.
Posteriormente,
la etapa islámica queda representada por la construcción de la mezquita aljama
durante el periodo omeya, núcleo religioso sobre el que siglos más tarde se
levantaría la actual iglesia. Asimismo, se evocan personajes fundamentales de
la historia sevillana, como Al-Mutamid, último gran rey abadí de Sevilla, y
Fernando III, cuya conquista de la ciudad en 1248 abrió una nueva etapa
cristiana.
El recorrido
histórico prosigue con la construcción de la colegiata y las transformaciones
llevadas a cabo entre los siglos XVII y XVIII, así como con la presencia de las
hermandades que han contribuido a mantener vivo el vínculo espiritual del
Salvador durante la época contemporánea.
Uno de los
elementos más llamativos de la cripta es la presencia constante del agua.
Debido a la proximidad del cauce histórico del río Guadalquivir y a las
características geológicas del subsuelo sevillano, el agua aflora de forma
natural en este espacio, recordando la estrecha relación que la ciudad ha
mantenido siempre con su entorno fluvial. Este fenómeno ha condicionado tanto
la conservación de los restos arqueológicos como la propia configuración del
recinto.
La cripta
también conserva la memoria de los antiguos usos funerarios del templo. A
partir del siglo XVII se construyeron en este subsuelo numerosas sepulturas
organizadas en galerías y cámaras abovedadas. Aunque algunas sufrieron daños y
hundimientos como consecuencia del deterioro y posterior derrumbe de la antigua
colegiata, los enterramientos continuaron realizándose durante largo tiempo,
especialmente en capillas y panteones pertenecientes a familias nobles. Las
recientes labores de restauración han permitido recuperar y consolidar estos
espacios, que hoy ofrecen un valioso testimonio de las prácticas funerarias y
de la historia social de Sevilla.
Más que un
simple espacio subterráneo, la cripta del Salvador es una síntesis de la
memoria de la ciudad: un lugar donde arqueología, historia, espiritualidad y
patrimonio se unen para mostrar la extraordinaria continuidad de un enclave
sagrado que ha acompañado la vida de Sevilla desde sus orígenes hasta la
actualidad.
Escalera de acceso a la cripta
Vista general
En este sector del
subsuelo se localizaron en 2020 diversos restos que permiten identificar parte
del muro occidental de la mezquita de Ibn Adabbas y sus contrafuertes. También
se localizó un ángulo de la antigua capilla del obispo de Tiberia, en la colegial
mudéjar. Aquí se ha podido estudiar tanto la secuencia y las características
constructivas del edificio original califal, con sus correspondientes y
sucesivas reformas a lo largo del tiempo, así como la compartimentación de la
sala de oración musulmana para la creación de las diversas capillas y los usos
funerarios de la primera colegial cristiana.
CRIPTA DE LOS NIÑOS
En la cripta de la
hermandad de San Cristóbal, del gremio de guanteros, se fueron depositando los
cuerpos de numerosos niños, debido a la alta tasa de mortalidad infantil de la
época, muchos de ellos procedentes de la Casa Cuna de niños huérfanos, cercana
al Salvador. Según la tradición, Cristóbal fue un hombre muy alto y corpulento
que ayudó al niño Jesús a cruzar un torrente, lo que generó la devoción de que
también ayudaría a llegar al cielo a las almas de los más pequeños.
LAS COLUMNAS DE IBN ADABBÁS
Sumergido
en el nivel freático, se conserva aún en su lugar original un fragmento de una
de las columnas de mármol que articulaban la sala de oración islámica de la
primitiva mezquita de Ibn Adabbas. Puede apreciarse la enorme diferencia de
nivel con respecto a la cota del suelo actual de la ciudad, así como la calidad
y nobleza de los materiales y técnicas constructivas empleadas en la
edificación de la mezquita califal, luego consagrada al culto cristiano como
iglesia colegial del Divino Salvador.
Las
capillas de la primera colegial.
Tras la
consagración al culto cristiano de la mezquita, parte de la sala de oración fue
compartimentada mediante muros y rejas en las diferentes capillas particulares,
que fueron adquiridas y adornadas por sus propietarios según el uso de cada
momento. Estos restos permiten conocer la disposición de las solerías que tuvo
la primera colegial del Salvador en el momento de su derribo a finales del
siglo XVI: Suelos de ladrillos con olamfibras , así como losas de mármol con
las huellas de anclaje de las rejas de forja que cerraban las capillas.
La nave del evangelio de la antigua colegial
Los restos aquí conservados pertenecen a varias de las
capillas construidas en la antigua mezquita. Conocemos su advocación gracias a
un manuscrito titulado “planta, forma y apeo” de Esteban García (1671). Fueron
construidas en la nave del evangelio que ocupaba la fachada de la mezquita
contigua al patio de abluciones: de izquierda a derecha, se sitúa la Capilla de
la Concepción, la Puerta Colorada (puerta que comunicaba la mezquita con el
patio), la de San Jacinto y de las Santas Justa y Rufina, la de San Miguel y la
puerta de la Sacristía.
El agua en el Salvador
La cercanía del rio Guadalquivir, cuyo origen estaba a
unos 100 metros de este edificio en el momento de la edificación de la mezquita
califal, así como las características geológicas del subsuelo, son las
responsables que aun hoy aflore abundante agua en el subsuelo del Salvador.
Este manantial es buena muestra de los torrentes de aguas subterráneas que
existen bajo el centro de la ciudad y que son un elemento fundamental en su
historia, ya que nos recuerda su origen lacustre.
Candeleros, Escuela sevillana. 1650. Plata. Atriles. Escuela sevillana. 1746-1755. Plata. Custodia. Escuela sevillana. 1821. Oro y plata