miércoles, 1 de julio de 2026

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Iglesia del Salvador. Hermandad de la Virgen de las Aguas.

La Hermandad de Nuestra Señora de las Aguas tiene sus orígenes a comienzos del siglo XVII y constituye una de las corporaciones de gloria históricas vinculadas a la Iglesia Colegial del Divino Salvador. Su titular es una venerada imagen mariana de origen fernandino, realizada a finales del siglo XIII, poco después de la conquista cristiana de Sevilla por el rey Fernando III. Aunque la escultura ha experimentado importantes transformaciones a lo largo de los siglos, conserva la esencia de la imaginería gótica sevillana. El Niño Jesús que sostiene sobre sus rodillas corresponde, sin embargo, a una intervención del siglo XVII, fruto de la evolución devocional y estética de la imagen.

La Virgen de las Aguas (leer mas) preside uno de los retablos más notables del templo. Tradicionalmente se ha relacionado su ejecución con el círculo de Juan Martínez Montañés, considerándose muy probable la participación del gran maestro o de su taller en algunas fases de su realización. El conjunto constituye una excelente muestra del tránsito entre el manierismo y el primer barroco sevillano, enriquecido posteriormente con aportaciones decorativas de distintas épocas.

Retablo de la Virgen de las Aguas

Virgen de las Aguas

Uno de los aspectos más llamativos de esta advocación es su evidente semejanza con la Virgen de los Reyes, patrona de Sevilla. Ambas imágenes pertenecen al grupo de las llamadas vírgenes fernandinas, estrechamente vinculadas a la restauración del culto cristiano tras la conquista de la ciudad. La tradición popular explica este parecido mediante una antigua leyenda según la cual san Fernando, tras tener una visión de la Virgen, encargó la realización de dos esculturas siguiendo la imagen contemplada en sueños. El monarca habría elegido la que hoy se venera en la Catedral como Virgen de los Reyes, mientras que la segunda quedó destinada al Salvador. Según esta misma tradición, al rechazarla habría pronunciado la expresión “está entre dos aguas”, origen legendario de la advocación.

Una explicación históricamente más aceptada relaciona el nombre de la Virgen de las Aguas con la especial devoción que despertó como intercesora para pedir lluvias en épocas de sequía o para proteger a la ciudad frente a las inundaciones del Guadalquivir. En una sociedad profundamente dependiente de la agricultura y especialmente vulnerable a las alteraciones climáticas, estas advocaciones marianas desempeñaban un importante papel espiritual y social, siendo frecuentes las rogativas públicas para implorar el auxilio de la Virgen.

A pesar de la antigüedad de su culto, la Hermandad de Nuestra Señora de las Aguas ha atravesado largos periodos de escasa actividad, aunque nunca ha desaparecido por completo. Uno de los momentos más significativos de su historia reciente tuvo lugar el 14 de mayo de 1972, cuando la Virgen procesionó por las calles de Sevilla portada por hermanos de las hermandades de Pasión y del Amor bajo las órdenes del entonces joven Luis León. Aquella salida pasó a la historia por constituir la primera ocasión en que una imagen procesional sevillana fue llevada por una cuadrilla de costaleros no profesionales organizada por hermanos, antecedente directo del modelo que, pocos años después, revolucionaría la forma de portar los pasos en toda la Semana Santa de Sevilla.

Cuadrilla de costaleros no profesionales

La imagen volvió a recorrer las calles de la ciudad con motivo de la festividad de San Fernando en los años 2007 y 2008. Aquellas salidas tuvieron un carácter extraordinario y estuvieron condicionadas por la restauración de su propio ajuar, razón por la que procesionó con vestiduras prestadas por la Virgen de los Reyes y sin su habitual paso procesional. Pese a ello, permitieron recuperar para muchos sevillanos la contemplación pública de una de las imágenes marianas más antiguas y valiosas conservadas en la Iglesia del Salvador.

Hoy, la Virgen de las Aguas continúa siendo un extraordinario testimonio del arte gótico sevillano y de la profunda devoción mariana surgida tras la conquista castellana de la ciudad. Su historia, en la que se entrelazan tradición, leyenda, patrimonio artístico y religiosidad popular, la convierte en una de las imágenes más singulares y venerables del histórico templo del Salvador.

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Iglesia del Salvador. Hermandad San Cristóbal.

La Hermandad de San Cristóbal constituye una de las corporaciones históricas más singulares vinculadas a la Iglesia Colegial del Divino Salvador. Sus orígenes se remontan al antiguo gremio de los guanteros, establecido en la collación del Salvador, cuyos miembros eligieron como patrono a San Cristóbal y promovieron su culto en el templo. A finales del siglo XVI encargaron al joven Juan Martínez Montañés la realización de una imagen del santo, considerada hoy una de las primeras obras documentadas del gran maestro de la escultura sevillana. El contrato especificaba incluso que la talla debía realizarse ahuecada para facilitar su transporte en las procesiones, prueba de que desde su origen fue concebida para el culto público.

La escultura representa a San Cristóbal cruzando el río con el Niño Jesús sobre sus hombros, episodio que dio origen a su nombre, “el portador de Cristo”. La monumentalidad de la imagen y la fuerza de su composición anuncian ya el extraordinario talento que convertiría a Martínez Montañés en una de las figuras más destacadas del Barroco español.

Durante siglos, San Cristóbal fue invocado como protector frente a la muerte repentina. Un antiguo refrán medieval afirmaba: “Si del gran San Cristóbal hemos visto el retrato, ese día la muerte no ha de darnos mal trato”, motivo por el que su imagen suele situarse cerca de las entradas de muchas iglesias, permitiendo a los fieles encomendarse al santo al comenzar la jornada. Con el desarrollo de los medios de transporte, esta protección se extendió a quienes viajaban por los caminos, convirtiéndolo en patrono de conductores, automovilistas, camioneros, taxistas y transportistas. También fue tradicionalmente invocado contra el panadizo, una dolorosa inflamación de los dedos de la mano, circunstancia que explica aún más su arraigo entre los antiguos guanteros sevillanos.

La hermandad experimentó una revitalización durante las décadas de 1950 y 1960, adaptando su devoción a los nuevos tiempos. Cada festividad de San Cristóbal organizaba una original procesión en la que la imagen recorría las calles sobre una plataforma remolcada por automóviles o motocicletas, acompañada por una larga comitiva de coches y motoristas que se dirigía hasta el Parque de María Luisa. Allí se celebraba una misa al aire libre y la tradicional bendición de vehículos, en una estampa que llegó a convertirse en una de las manifestaciones religiosas más curiosas de la Sevilla de aquella época.

Procesión hasta el parque de María Luisa con el paso tirado por motocicletas y automóviles (ver) (CC BY 3.0)

La actividad de la hermandad cesó hacia 1970, aunque canónicamente no puede considerarse extinguida de manera definitiva, ya que el derecho eclesiástico contempla la posibilidad de su reactivación mientras no haya transcurrido el plazo establecido desde el fallecimiento de sus últimos hermanos. Hoy, la extraordinaria imagen de San Cristóbal continúa presidiendo su retablo en la Iglesia del Salvador como testimonio de la antigua devoción gremial de los guanteros y como una de las obras maestras de la primera etapa artística de Juan Martínez Montañés.

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Iglesia del Salvador. Hermandad del Rocío.

La Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Sevilla tiene su sede canónica en la Iglesia Colegial del Divino Salvador y constituye una de las corporaciones rocieras más antiguas de la ciudad. Su origen se encuentra en la intensa devoción que despertó la Virgen del Rocío en este templo tras la Coronación Canónica de la patrona de Almonte en 1919, cuyos actos preparatorios se celebraron precisamente en el Salvador. Poco después llegó al templo una imagen de la Virgen, atribuida al imaginero sevillano José Gallego Muñoz y bendecida en 1923, que pronto se convirtió en centro de una creciente veneración popular.

La hermandad comenzó a gestarse en 1933 y fue erigida canónicamente en 1934, aunque en sus primeros años no obtuvo autorización para realizar la romería hasta la aldea almonteña. Tras diversas gestiones, en 1950 se aprobaron nuevas reglas que permitieron incorporar la peregrinación, celebrándose en mayo de 1951 el primer camino oficial al Rocío. En aquellos primeros años, de forma excepcional, era la propia imagen de la Virgen la que presidía la peregrinación hasta San Juan de Aznalfarache, donde cedía el protagonismo al Simpecado para continuar el camino hacia la aldea.

Desde entonces, la Hermandad del Rocío del Salvador ha mantenido una intensa vida religiosa y asistencial, participando cada año en la Romería del Rocío junto al resto de las hermandades filiales sevillanas. Su historia refleja la profunda vinculación existente entre la Iglesia del Salvador y una de las devociones marianas más universales de Andalucía, manteniendo vivo un legado de fe, tradición y amor a la Blanca Paloma que continúa reuniendo a miles de peregrinos cada primavera.

Primer camino de la Hermandad con el Simpecado de las “estrellitas”.(ver) (CC BY 3-0)

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Iglesia del Salvador. Hermandad de san Crispín y san Crispiniano.

La Hermandad de San Crispín y San Crispiniano fue una de las más importantes corporaciones gremiales de la Sevilla moderna y constituye un magnífico ejemplo de la estrecha relación que existió durante siglos entre los oficios artesanales, la vida religiosa y la organización social de la ciudad.

Fundada en 1515 por el gremio de los zapateros, estableció su sede en la Iglesia Colegial del Divino Salvador, el segundo templo más importante de Sevilla después de la Catedral, circunstancia que refleja el elevado prestigio y la notable capacidad económica alcanzada por este colectivo profesional.

La hermandad nació con un marcado carácter gremial. Para pertenecer a ella era imprescindible ejercer el oficio de zapatero, de modo que la corporación funcionaba como una institución cerrada cuyos miembros compartían no solo una misma profesión, sino también una profunda devoción hacia sus santos patronos. Entre sus principales fines figuraban el culto a San Crispín y San Crispiniano, la asistencia mutua entre los hermanos y la garantía de un entierro digno para todos sus integrantes, una de las principales funciones de las antiguas hermandades gremiales.

Los titulares de la corporación fueron San Crispín y San Crispiniano, dos hermanos de origen romano que, según la tradición cristiana, vivieron durante el siglo III. Pertenecientes a una familia noble, huyeron de la persecución contra los cristianos y se establecieron en la ciudad de Soissons, en la Galia. Allí trabajaban como zapateros durante el día para ganarse el sustento mientras dedicaban su tiempo libre a predicar el Evangelio. Su fidelidad a la fe les llevó finalmente al martirio, convirtiéndose desde entonces en patronos universales de los zapateros, curtidores, peleteros y de todos los oficios relacionados con el cuero. Su festividad litúrgica se celebra el 25 de octubre y durante siglos fue una fecha especialmente señalada para el gremio sevillano.

La importancia alcanzada por los zapateros en la Sevilla del Renacimiento queda reflejada en la fuerza de su organización profesional. A comienzos del siglo XVI el gremio reunía alrededor de 350 maestros y oficiales, situándose entre los más numerosos y poderosos de la ciudad. La industria del cuero constituía entonces una de las principales actividades económicas sevillanas, favorecida por el extraordinario crecimiento urbano y comercial derivado del monopolio del comercio con América. Hermandad y gremio eran, en la práctica, una misma institución, de modo que el prestigio económico del oficio se traducía también en una destacada presencia dentro de la vida religiosa de la ciudad.

Desde sus primeros tiempos la corporación contó con un altar propio en una de las naves laterales de la antigua colegiata del Salvador. Sin embargo, tras la reconstrucción barroca del templo, concluida a comienzos del siglo XVIII, los hermanos consideraron que el antiguo retablo resultaba insuficiente para la magnificencia del nuevo edificio. En 1730 decidieron sustituirlo por otro de mayor riqueza artística, afirmando en sus acuerdos que el existente era «de fábrica antigua y de decencia no correspondiente» a la grandiosidad alcanzada por la iglesia. El nuevo retablo fue encargado a los ensambladores y arquitectos Francisco José y José Fernando de Medinilla, quienes realizaron una elegante estructura barroca adaptada al esplendor del renovado templo.

Este retablo se conserva todavía en la cabecera de la nave de la Epístola de la Iglesia del Salvador, aunque hoy preside el altar una imagen de la Sagrada Entrada en Jerusalén, conocida popularmente como “La Borriquita”. No obstante, permanecen en él las esculturas de San Crispín y San Crispiniano, situadas a ambos lados de la hornacina principal, silenciosos testigos de la antigua presencia de la hermandad zapatera. Constituyen uno de los escasos vestigios materiales que recuerdan la existencia de aquella corporación gremial que durante más de tres siglos desempeñó un importante papel en la religiosidad sevillana.

Retablo de la Borriquita

Santos Crispín y Crispiniano

La vinculación del gremio con el entorno del Salvador también quedó reflejada en el urbanismo de la ciudad. Muy cerca del templo, especialmente en la actual calle Córdoba, que durante largo tiempo recibió el nombre de calle de los Zapateros Viejos, se concentraba un elevado número de talleres y viviendas pertenecientes a los artesanos del calzado. Aquella presencia marcó profundamente el carácter comercial de la zona y explica que todavía hoy continúe siendo uno de los lugares de Sevilla donde se concentran numerosos establecimientos dedicados a la venta de calzado, manteniendo de forma indirecta una tradición iniciada hace más de quinientos años.

Como ocurrió con muchas otras hermandades gremiales, la corporación comenzó a perder fuerza durante el siglo XIX. La desaparición progresiva de los antiguos gremios, las transformaciones económicas derivadas de la industrialización y el clima de inestabilidad política y religiosa de la época acabaron provocando su extinción. Mientras otras cofradías lograron adaptarse transformándose en hermandades abiertas a todos los fieles, la estricta vinculación de la Hermandad de San Crispín y San Crispiniano al oficio de zapatero dificultó su supervivencia cuando el antiguo sistema gremial desapareció.

Pese a ello, la memoria de esta corporación permanece viva en el patrimonio de la Iglesia del Salvador y en la propia historia de Sevilla. Su antiguo retablo, las imágenes de sus santos patronos y el recuerdo de los antiguos barrios de zapateros evocan una época en la que los oficios artesanales constituían uno de los pilares fundamentales de la sociedad urbana. La Hermandad de San Crispín y San Crispiniano representa así el legado de una Sevilla donde el trabajo, la fe y la solidaridad se encontraban profundamente unidos, dejando una huella que aún hoy puede descubrirse entre las capillas y las calles que rodean el histórico templo del Salvador.

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Iglesia del Salvador. Hermandad Nuestra Señora de la Antigua y San Antonio de Padua.

La Hermandad de Nuestra Señora de la Antigua y San Antonio de Padua constituye una de las instituciones más singulares vinculadas a la Iglesia Colegial del Divino Salvador de Sevilla. Aunque su fundación es relativamente reciente, su razón de ser hunde sus raíces en una de las expresiones más genuinas de la espiritualidad cristiana: la caridad ejercida de forma discreta y constante. Desde su nacimiento, la corporación ha dedicado todos sus esfuerzos al sostenimiento de las comunidades de religiosas de vida contemplativa, prestándoles ayuda material y difundiendo el conocimiento de su inmenso patrimonio espiritual, artístico y cultural.

La hermandad fue fundada en 1946 por iniciativa de Salvador Benítez de la Paz, quien, profundamente sensibilizado por las dificultades económicas que atravesaban numerosos conventos de clausura sevillanos tras la Guerra Civil, comenzó años antes a organizar una red de benefactores integrada por familiares, amigos y empleados de diversas empresas. Aquel grupo inicial, conocido como Grupo de Personas Piadosas, fue el germen de la futura hermandad. Su finalidad era sencilla y profundamente evangélica: socorrer a las religiosas contemplativas, cuya vida de oración transcurre generalmente alejada de la sociedad, pero que con frecuencia padecían importantes carencias materiales.

Durante los primeros años se estudiaron diversas advocaciones para la futura corporación. Incluso llegó a plantearse que la Virgen de las Aguas, venerada en el Salvador, fuera su titular. Sin embargo, se optó finalmente por recuperar un antiguo retablo situado junto a una de las puertas del templo, presidido por un lienzo de la Virgen de la Antigua (leer mas).

La devoción a la Virgen de la Antigua en el Salvador posee, sin embargo, una historia mucho más antigua. Su origen se encuentra en un retablo callejero situado en la antigua calle Villegas, donde los sevillanos rendían culto a una pintura de la Virgen iluminada permanentemente por un farol de aceite. Cuando se realizaron las transformaciones urbanísticas de la zona, aquel pequeño altar fue trasladado probablemente al Patio de los Naranjos de la colegiata. Los inventarios del templo ya mencionan su existencia a comienzos del siglo XVIII, describiendo un retablo con puertas pintadas de rojo que albergaba el lienzo mariano. Posteriormente pasó a la sacristía de los canónigos y, en 1726, fue instalado en el altar de San Miguel.

El lienzo que hoy recibe culto es una magnífica pintura al óleo atribuida al pintor sevillano Juan Ruiz Soriano, realizada durante la primera mitad del siglo XVIII. La obra reproduce la célebre iconografía de la Virgen de la Antigua conservada en la Catedral de Sevilla, una de las imágenes marianas de mayor antigüedad y veneración de la ciudad, aunque adaptada al gusto barroco imperante en la época. Frente al hieratismo medieval del modelo original, Ruiz Soriano ofrece una interpretación de formas más suaves y delicadas, inspirada en la pintura de Bartolomé Esteban Murillo. El cuadro fue restaurado por el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico con motivo de la rehabilitación integral de la Iglesia del Salvador, recuperando toda su riqueza cromática y artística.

Bajo el lienzo se encuentra la imagen de San Antonio de Padua, cotitular de la hermandad. La escultura fue realizada por Manuel Domínguez y bendecida en 1967. El propio escultor ejecutó también diversos elementos de plata que acompañan a la imagen, como la corona, las potencias y la tradicional azucena, símbolo de la pureza del santo franciscano.

Junto a la ayuda material, la corporación desarrolla una intensa labor de divulgación destinada a acercar a los sevillanos la riqueza espiritual y artística de los conventos. Desde 2008 organiza durante la Cuaresma un ciclo de Vía Crucis celebrados en distintos monasterios de clausura de la ciudad. Asimismo, la hermandad impulsa publicaciones, conferencias, exposiciones y campañas solidarias, como la conocida iniciativa “Endulza tu papeleta”, que promueve la venta de dulces elaborados por las propias monjas para contribuir a su sostenimiento.

Durante el cierre de la Iglesia del Salvador por las obras de restauración, entre 2004 y 2008, trasladó temporalmente su sede a la iglesia de San Alberto, donde continuó desarrollando con normalidad su actividad.

En la actualidad, la Hermandad de Nuestra Señora de la Antigua y San Antonio de Padua representa una realidad singular dentro del panorama cofrade sevillano. Alejada del esplendor de las procesiones penitenciales, centra toda su identidad en el ejercicio de la caridad y en el servicio a quienes han consagrado su vida a la oración.

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Iglesia del Salvador. Hermandad del Amor.

La Hermandad del Amor es una de las corporaciones penitenciales más antiguas, ilustres y representativas de la Semana Santa de Sevilla. Su denominación completa es Primitiva Archicofradía Pontificia y Real Hermandad de Nazarenos de la Sagrada Entrada en Jerusalén, Santísimo Cristo del Amor, Nuestra Señora del Socorro y Santiago Apóstol, y tiene su sede canónica en la Iglesia Colegial del Divino Salvador, desde donde cada Domingo de Ramos realiza una de las estaciones de penitencia más singulares de la ciudad.

Los orígenes de la hermandad se remontan a la segunda mitad del siglo XVI. Por una parte, existía la Hermandad del Amor de Cristo, Nuestra Señora del Socorro y Santiago Apóstol, fundada en 1508 con un marcado carácter asistencial y benéfico, pues su principal misión consistía en socorrer a los presos encarcelados, que seguramente serían muy numerosos en esas fechas en Sevilla, por ser la vía de entrada y salida a las Indias, proporcionándoles ayuda material y espiritual en nombre del amor de Cristo. Esta labor caritativa fue una de las señas de identidad de la corporación y aún hoy permanece simbolizada en los cuatro ángeles situados en las esquinas del paso del Cristo del Amor, cuyas cartelas forman la inscripción “Amor y Socorro a los Encarcelados”. Ya en el siglo XVIII la hermandad repartía miles de comidas entre los reclusos de la Cárcel Real de Sevilla, reflejo del intenso compromiso social que desarrolló durante siglos. Al ser instituida en la iglesia de Santiago el Mayor su titular sería el apóstol Santiago.

Paralelamente existía la Hermandad de la Sagrada Entrada en Jerusalén, creada por el gremio de medidores de la Alhóndiga y establecida inicialmente en un hospital perteneciente a dicho gremio, que probablemente estaba situado en la collación de San Román, en la calle Sol.

En el año 1618, por la reducción de hospitales ordenada por cardenal Rodrigo de Castro Osorio, coinciden ambas hermandades en el convento de Nuestra Señora de Consolación de los Padres Terceros. La estrecha relación entre ellas, unida a la coincidencia de sus estaciones de penitencia en el Miércoles Santo, favoreció su fusión definitiva, acordada el 23 de marzo de 1618. Nacía así una nueva hermandad que reunía la dimensión asistencial del Amor de Cristo con la devoción a la Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.

Con motivo de esta unión, la corporación decidió encargar nuevas imágenes titulares al escultor Juan de Mesa y Velasco. Mediante escritura pública otorgada el 13 de mayo de 1618, el maestro se comprometía a realizar un crucificado y una imagen de la Virgen, ejecutados íntegramente por su propia mano. Ambas esculturas fueron entregadas a la hermandad el 4 de junio de 1620 y pronto despertaron una extraordinaria devoción entre los sevillanos. Desde entonces la corporación comenzó a ser conocida popularmente como la Hermandad del Cristo del Amor, sustituyendo en el lenguaje cotidiano la antigua denominación del Amor de Cristo.

El Santísimo Cristo del Amor (leer mas) constituye una de las grandes obras maestras de Juan de Mesa y una de las cumbres de la escultura barroca española. Su impresionante anatomía, la serenidad de su expresión y la perfecta combinación entre dramatismo y belleza convierten a esta imagen en una referencia imprescindible de la imaginería procesional sevillana. Procesiona sobre un magnífico paso diseñado por Francisco Ruiz Gijón en 1694, enriquecido posteriormente con diversas intervenciones artísticas. A los pies del crucificado destaca la figura de un pelícano alimentando a sus crías con su propia sangre, antiguo símbolo cristiano del sacrificio redentor y del amor infinito de Cristo por la humanidad.

La Virgen del Socorro (leer mas), también atribuida a Juan de Mesa, completa el conjunto devocional de la hermandad. Su elegante belleza, profundamente serena, ha sido objeto de diversas restauraciones a lo largo de los siglos, conservando siempre la esencia concebida por su autor. Procesiona bajo un rico palio de terciopelo rojo y malla bordada en oro, acompañado por un importante conjunto de piezas de orfebrería y bordados que constituyen uno de los patrimonios artísticos más destacados de la Semana Santa sevillana.

La tercera de las imágenes titulares es la Sagrada Entrada en Jerusalén, conocida popularmente como “La Borriquita”. Representa el momento en que Jesucristo entra triunfalmente en la ciudad santa montado sobre un asno mientras el pueblo lo aclama con palmas y ramas de olivo. El conjunto escultórico, iniciado en época barroca y enriquecido con aportaciones posteriores, reúne imágenes atribuidas al círculo de Pedro Roldán junto a otras realizadas por Antonio Castillo Lastrucci, Juan de Astorga, Juan Abascal y Fernando Aguado. La presencia de numerosos niños hebreos en el misterio y el acompañamiento de cientos de niños revestidos de nazarenos convierten esta primera parte de la cofradía en una de las estampas más entrañables del Domingo de Ramos.

La historia de la hermandad está marcada también por numerosos cambios de sede. Tras abandonar la iglesia de Santiago pasó al convento de los Terceros y, posteriormente, a los templos de San Miguel, San Vicente, San Pedro, Santa Catalina y el Dulce Nombre, entre otros, hasta establecerse definitivamente en la Iglesia del Salvador en 1922. Durante la restauración integral de este templo, entre 2003 y 2008, la corporación residió provisionalmente en la iglesia de la Anunciación, desde donde continuó realizando su estación de penitencia.

A comienzos del siglo XIX la hermandad vivió una etapa de especial esplendor gracias al apoyo de la monarquía y de destacados miembros de la nobleza sevillana. El rey Fernando VII le concedió el título de Real en 1820 y, cuatro años más tarde, el papa León XII la distinguió con el título de Archicofradía Pontificia, convirtiéndose en la primera hermandad de penitencia de Sevilla en recibir tan alta dignidad. Por este motivo ostenta con orgullo el calificativo de Primitiva Archicofradía Pontificia.

Uno de los rasgos más característicos de la Hermandad del Amor es su peculiar organización procesional. Desde 1970 realiza dos cortejos diferenciados en una misma jornada. La primera parte corresponde a la Sagrada Entrada en Jerusalén, que abre oficialmente la Semana Santa de Sevilla en la Carrera Oficial durante la tarde del Domingo de Ramos. Horas después procesionan el Santísimo Cristo del Amor y Nuestra Señora del Socorro, acompañados por un segundo cortejo de nazarenos, sin la cruz de guía que ha salido previamente con la “Borriquita”. Esta singular disposición, única en la Semana Santa sevillana, simboliza la unión de dos antiguas hermandades que, pese a compartir una misma corporación, conservan la personalidad y el espíritu propios de sus respectivos orígenes.

En la actualidad, la Hermandad del Amor continúa desarrollando una intensa vida religiosa, formativa y asistencial con una destacada labor de caridad.