AREA CENTRO 2
Calle Cerrajería.
La calle Cerrajería constituye una de
las vías con mayor tradición comercial del centro histórico de Sevilla. Une las
calles Cuna y Sierpes y, aunque su longitud es reducida, ha desempeñado durante
siglos un papel destacado en la vida económica, social y ceremonial de la
ciudad. Su situación privilegiada, en pleno corazón del antiguo recinto urbano,
la convirtió desde época medieval en un lugar de intenso tránsito y en una
referencia para el comercio sevillano.
Calle Cerrajería
Su origen se remonta al menos al siglo
XV. En la documentación aparece inicialmente con el nombre de calle de los
Arqueros, debido a que en ella residían soldados pertenecientes a este cuerpo.
Poco después también fue conocida como calle de los Freneros, en alusión a los
artesanos dedicados a fabricar frenos y otros elementos para la caballería. Sin
embargo, sería el gremio de los cerrajeros el que acabaría otorgándole el
nombre definitivo. Desde comienzos del siglo XVI ya aparece citada como
Cerrajería o Cerrajeros, reflejando la concentración de talleres especializados
en la forja del hierro, la fabricación de cerraduras, llaves, rejas y otros
trabajos metálicos de gran calidad.
Calle Cerrajería
El historiador Santiago Montoto
menciona igualmente la denominación popular de calle de los Tiznados,
probablemente relacionada con el aspecto ennegrecido de aquellos artesanos que
trabajaban diariamente junto a las fraguas. No obstante, este nombre nunca
alcanzó carácter oficial y la documentación histórica mantiene de forma casi
ininterrumpida el de Cerrajería. Tan solo entre 1911 y 1938 la calle fue
rebautizada como Pi y Margall, en homenaje al político y presidente de la
Primera República Española, recuperando posteriormente su histórica
denominación.
No debe confundirse esta calle con la
antigua plaza de la Cerrajería, hoy integrada en las calles Rioja y Sierpes.
Allí se levantó durante siglos la célebre Cruz de la Cerrajería, una
extraordinaria obra de forja realizada en el siglo XVII que constituye una de
las piezas más representativas de la rejería sevillana. La cruz, trasladada en
1920 a la plaza de Santa Cruz, reconstruida por el arquitecto Juan Talavera, y
continúa siendo uno de los elementos más conocidos del patrimonio artístico de
la ciudad. Tradicionalmente se ha relacionado esta cruz con el gremio de los
cerrajeros que dio nombre a la calle, aunque también existió en ella una cruz
de madera que desapareció a mediados del siglo XIX.
Cruz de Cerrajería
Primera ubicación de la cruz, en la confluencia de Cerrajería, Sierpes
y Rioja
La calle Cerrajería mantiene también un
curioso vínculo con otra vía del barrio de Santa Cruz: la actual calle Lope de
Rueda. Hasta 1840 esta recibió el nombre de calle Barrabás y, con anterioridad,
fue conocida como calle de los Melgarejo, por encontrarse allí la residencia de
esta poderosa familia de la nobleza sevillana del siglo XVII.
El origen del nombre de Barrabás se
encuentra en una de las leyendas más célebres de la Sevilla barroca. Según la
tradición, durante la procesión del Corpus Christi de 1627, don Fernando Ortiz
de Melgarejo, caballero veinticuatro de la ciudad y miembro de una de las
familias más influyentes de la época, contempló el desfile desde un balcón
situado en la confluencia de las calles Cerrajería y Cuna. Lo hizo acompañado
de doña Dorotea de Sandoval, una mujer casada con la que mantenía una relación
amorosa, a pesar de estar él mismo casado con la noble doña Luisa Maldonado.
Balcón,
donde los dos amantes se exhibieron.
En una sociedad donde las infidelidades
de la aristocracia no eran infrecuentes, lo verdaderamente escandaloso fue la
exhibición pública de aquella relación durante uno de los actos religiosos más
solemnes del calendario sevillano. La noticia llegó pronto a oídos de doña
Luisa, quien, siempre según la leyenda, decidió vengarse envenenando a la
amante de su marido.
La tragedia no terminó ahí. Don
Fernando, hombre de temperamento violento, ordenó asesinar a su propia esposa.
Poco tiempo después, el viudo de doña Dorotea desafió a Melgarejo a un duelo en
el que, con la ayuda de un criado mulato, logró darle muerte. La sucesión de
crímenes y venganzas causó una enorme conmoción entre los sevillanos y dio
origen a una copla popular que durante mucho tiempo se transmitió de generación
en generación:
"En la calle de Escarpín
mataron a Barrabás.
Si vives como él vivió,
lo mismo que él morirás."
La figura de “Barrabás” terminó
identificándose con el propio Fernando Ortiz de Melgarejo, hasta el punto de
que la antigua calle de los Melgarejo acabó adoptando popularmente ese
sobrenombre, conservándolo de forma oficial hasta mediados del siglo XIX. Así,
una leyenda nacida en un balcón de la calle Cerrajería terminó dejando su
huella en la toponimia del barrio de Santa Cruz, demostrando cómo la memoria
popular ha sido capaz de convertir episodios reales o legendarios en parte del
paisaje histórico de Sevilla.
Casa de la familia Melgarejo
Urbanísticamente, Cerrajería presenta
un trazado prácticamente rectilíneo, aunque una suave curvatura en su parte
central y un ligero ensanchamiento hacia su extremo rompen la rigidez de la
perspectiva. El plano elaborado por Pablo de Olavide en 1771 muestra una
configuración muy semejante a la actual, si bien durante los siglos XIX y XX se
realizaron diversas alineaciones para regularizar las fachadas y mejorar el
tránsito.
El caserío ofrece una interesante
mezcla de edificios de distintas épocas. Predominan las viviendas levantadas
durante la primera mitad del siglo XX, aunque sobreviven algunos inmuebles
tradicionales con balcones y cierros acristalados. Entre ellos destaca el
edificio de la antigua Ciudad de Londres, situado en la esquina con la calle
Cuna. Diseñado por el arquitecto José Espiau y Muñoz entre 1912 y 1914,
constituye uno de los mejores ejemplos de la arquitectura regionalista con
influencias neomudéjares aplicada a edificios comerciales en Sevilla.
Ciudad de Londres
La calle también conserva elementos
devocionales que recuerdan la religiosidad popular sevillana, como el retablo
cerámico dedicado a Nuestro Padre Jesús del Gran Poder situado junto a la
esquina de Sierpes.
A lo largo de su historia, Cerrajería
ha sido escenario de algunos de los acontecimientos públicos más importantes de
la ciudad. Por ella han transitado procesiones religiosas, entradas triunfales,
desfiles militares y ceremonias oficiales desde la Edad Moderna. En 1625 figura
entre las calles que el Ayuntamiento ordenó limpiar especialmente para
facilitar el paso de las cofradías de Semana Santa. Cinco años más tarde se
levantó en su esquina un arco triunfal para celebrar la canonización de San Fernando.
También discurrieron por ella las procesiones organizadas con motivo de
proclamaciones reales, funerales de monarcas, rogativas por la lluvia y otras
grandes solemnidades.
Pero si existe una celebración
inseparable de Cerrajería esa es la procesión del Corpus Christi. Cada año,
desde hace siglos, la calle se convierte en uno de los tramos más vistosos del
recorrido.
El comercio ha sido la otra gran seña
de identidad de Cerrajería desde la Edad Media. Primero fueron los talleres de
herreros y cerrajeros; después llegaron los almacenes, mercerías, ferreterías,
librerías, joyerías, perfumerías y establecimientos especializados que hicieron
de esta calle uno de los ejes comerciales más prestigiosos de Sevilla. Ya en
1873 el escritor Álvarez Benavides afirmaba que prácticamente todos sus
edificios estaban ocupados por negocios fabriles o comerciales, mientras que la
prensa de la época elogiaba la calidad de sus establecimientos y la animación
constante de sus noches gracias a la moderna iluminación de gas.
Durante buena parte del siglo XX
convivieron aquí comercios históricos muy populares. Entre ellos sobresalía la
tienda de ultramarinos Los Tres Leones, célebre por los ingeniosos versos que
exhibía en sus escaparates, así como una conocida ferretería identificada por
una gigantesca llave de hierro suspendida sobre su fachada.
El establecimiento fue fundado en 1900
por Antonio Gómez y Sáinz de la Maza en el número 32 de la calle Cerrajería
—aunque algunas referencias antiguas lo sitúan en el número 28 debido a las
sucesivas renumeraciones de la vía—. Tras el fallecimiento de su fundador, el
negocio pasó a ser propiedad de su viuda y, posteriormente, fue heredado por
dos empleados que llevaban muchos años trabajando en la casa, una circunstancia
poco habitual que demuestra el fuerte vínculo existente entre los propietarios
y quienes dedicaron gran parte de su vida al establecimiento.
Como era habitual en los comercios de
la época, el edificio constaba de dos plantas. La baja estaba destinada a la
atención al público, mientras que la superior servía de almacén donde se
guardaban las mercancías antes de ser despachadas. El local de ventas, de planta
rectangular, estaba rodeado por estanterías de madera pintada que cubrían
prácticamente todo el perímetro de la tienda y permitían exponer una enorme
variedad de productos coloniales y ultramarinos. Un amplio mostrador de madera
con encimera de mármol, dispuesto en forma de L, separaba la zona reservada a
los dependientes del espacio destinado a la clientela, evocando la imagen de
aquellos comercios donde el trato personal y la venta asistida eran parte
esencial de la experiencia de compra.
Sin embargo, lo que convirtió a Los
Tres Leones en un comercio inolvidable fue, sobre todo, su magnífica fachada.
Estaba revestida con una rica decoración de azulejos cerámicos realizados en
los talleres de Triana, reflejo del esplendor que alcanzó la cerámica sevillana
entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Sobre el dintel figuraba el
nombre de la propietaria, "Vda. de A. Gómez y Sáinz de la Maza",
acompañado por un escudo ornamental, mientras que en las jambas del acceso dos
elegantes tondos anunciaban las especialidades del establecimiento con las
inscripciones "Coloniales al por menor" y "Ultramarinos".
Presidiendo la composición aparecía un
gran panel decorativo con los tres leones que daban nombre al comercio. El
escaparate, enmarcado por carpintería de madera y apoyado sobre un zócalo de
mármol, completaba una fachada de extraordinaria calidad artística que unía
funcionalidad y belleza.
Los Tres Leones fue mucho más que una
tienda de alimentación. En una época en la que los ultramarinos constituían el
principal lugar de abastecimiento de las familias, ofrecía cafés, chocolates,
conservas, especias, legumbres, vinos, aceites y una amplia gama de productos
llegados de otros lugares del mundo, conocidos entonces como
"coloniales". Estos establecimientos eran también espacios de
encuentro, donde el comerciante conocía a sus clientes por su nombre y el trato
cercano formaba parte inseparable de la actividad cotidiana.
Los Tres Leones
Otro establecimiento emblemático es la
Confitería Ochoa, una de las más antiguas de Sevilla, que continúa elaborando
dulces tradicionales y logró reabrir sus puertas tras el incendio que sufrió en
2001.
Los orígenes de la histórica Confitería
Ochoa se remontan a finales del siglo XIX, una época de profundas transformaciones
para Sevilla. Fue entonces cuando abrió sus puertas en la emblemática calle
Sierpes, esquina a Cerrajería, bajo el nombre de Granja Victoria, iniciando una
trayectoria que, con el paso de los años, la convertiría en uno de los
establecimientos más prestigiosos de la repostería sevillana.
Aquella primera confitería, de carácter
familiar, fue ganándose poco a poco el favor de la clientela gracias a la
calidad de sus elaboraciones y a un trato cercano que pronto la hicieron formar
parte de la vida cotidiana de varias generaciones de sevillanos.
Con el paso del tiempo, el negocio
adoptó el nombre de Ochoa, en homenaje a su propietario, Rafael Ochoa Vila,
cuya dedicación y saber hacer consolidaron el prestigio de la casa. Desde
entonces, el apellido Ochoa quedó estrechamente ligado a la tradición confitera
de Sevilla, convirtiéndose en un referente de la pastelería artesanal y en una
firma reconocida por la calidad de sus dulces y por su larga vinculación con la
historia comercial de la ciudad.
Confitería Ochoa
Hoy, Cerrajería mantiene intacta su
vocación comercial. Tiendas de moda, ópticas, joyerías, librerías, perfumerías,
establecimientos de regalos y cafeterías ocupan los bajos de sus edificios,
mientras muchas de las plantas superiores se destinan a oficinas o almacenes.
Pocas calles del centro histórico sevillano reúnen con tanta claridad la tradición artesanal, la actividad mercantil y el protagonismo urbano de Cerrajería, una vía que desde hace más de quinientos años forma parte inseparable del pulso cotidiano de Sevilla.



No hay comentarios:
Publicar un comentario