miércoles, 8 de julio de 2026

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Calle Cerrajería.

La calle Cerrajería constituye una de las vías con mayor tradición comercial del centro histórico de Sevilla. Une las calles Cuna y Sierpes y, aunque su longitud es reducida, ha desempeñado durante siglos un papel destacado en la vida económica, social y ceremonial de la ciudad. Su situación privilegiada, en pleno corazón del antiguo recinto urbano, la convirtió desde época medieval en un lugar de intenso tránsito y en una referencia para el comercio sevillano.

Calle Cerrajería

Su origen se remonta al menos al siglo XV. En la documentación aparece inicialmente con el nombre de calle de los Arqueros, debido a que en ella residían soldados pertenecientes a este cuerpo. Poco después también fue conocida como calle de los Freneros, en alusión a los artesanos dedicados a fabricar frenos y otros elementos para la caballería. Sin embargo, sería el gremio de los cerrajeros el que acabaría otorgándole el nombre definitivo. Desde comienzos del siglo XVI ya aparece citada como Cerrajería o Cerrajeros, reflejando la concentración de talleres especializados en la forja del hierro, la fabricación de cerraduras, llaves, rejas y otros trabajos metálicos de gran calidad.

Calle Cerrajería

El historiador Santiago Montoto menciona igualmente la denominación popular de calle de los Tiznados, probablemente relacionada con el aspecto ennegrecido de aquellos artesanos que trabajaban diariamente junto a las fraguas. No obstante, este nombre nunca alcanzó carácter oficial y la documentación histórica mantiene de forma casi ininterrumpida el de Cerrajería. Tan solo entre 1911 y 1938 la calle fue rebautizada como Pi y Margall, en homenaje al político y presidente de la Primera República Española, recuperando posteriormente su histórica denominación.

No debe confundirse esta calle con la antigua plaza de la Cerrajería, hoy integrada en las calles Rioja y Sierpes. Allí se levantó durante siglos la célebre Cruz de la Cerrajería, una extraordinaria obra de forja realizada en el siglo XVII que constituye una de las piezas más representativas de la rejería sevillana. La cruz, trasladada en 1920 a la plaza de Santa Cruz, reconstruida por el arquitecto Juan Talavera, y continúa siendo uno de los elementos más conocidos del patrimonio artístico de la ciudad. Tradicionalmente se ha relacionado esta cruz con el gremio de los cerrajeros que dio nombre a la calle, aunque también existió en ella una cruz de madera que desapareció a mediados del siglo XIX.

Cruz de Cerrajería

Primera ubicación de la cruz, en la confluencia de Cerrajería, Sierpes y Rioja

La calle Cerrajería mantiene también un curioso vínculo con otra vía del barrio de Santa Cruz: la actual calle Lope de Rueda. Hasta 1840 esta recibió el nombre de calle Barrabás y, con anterioridad, fue conocida como calle de los Melgarejo, por encontrarse allí la residencia de esta poderosa familia de la nobleza sevillana del siglo XVII.

El origen del nombre de Barrabás se encuentra en una de las leyendas más célebres de la Sevilla barroca. Según la tradición, durante la procesión del Corpus Christi de 1627, don Fernando Ortiz de Melgarejo, caballero veinticuatro de la ciudad y miembro de una de las familias más influyentes de la época, contempló el desfile desde un balcón situado en la confluencia de las calles Cerrajería y Cuna. Lo hizo acompañado de doña Dorotea de Sandoval, una mujer casada con la que mantenía una relación amorosa, a pesar de estar él mismo casado con la noble doña Luisa Maldonado.

Balcón, donde los dos amantes se exhibieron.

En una sociedad donde las infidelidades de la aristocracia no eran infrecuentes, lo verdaderamente escandaloso fue la exhibición pública de aquella relación durante uno de los actos religiosos más solemnes del calendario sevillano. La noticia llegó pronto a oídos de doña Luisa, quien, siempre según la leyenda, decidió vengarse envenenando a la amante de su marido.

La tragedia no terminó ahí. Don Fernando, hombre de temperamento violento, ordenó asesinar a su propia esposa. Poco tiempo después, el viudo de doña Dorotea desafió a Melgarejo a un duelo en el que, con la ayuda de un criado mulato, logró darle muerte. La sucesión de crímenes y venganzas causó una enorme conmoción entre los sevillanos y dio origen a una copla popular que durante mucho tiempo se transmitió de generación en generación:

"En la calle de Escarpín
mataron a Barrabás.
Si vives como él vivió,
lo mismo que él morirás."

La figura de “Barrabás” terminó identificándose con el propio Fernando Ortiz de Melgarejo, hasta el punto de que la antigua calle de los Melgarejo acabó adoptando popularmente ese sobrenombre, conservándolo de forma oficial hasta mediados del siglo XIX. Así, una leyenda nacida en un balcón de la calle Cerrajería terminó dejando su huella en la toponimia del barrio de Santa Cruz, demostrando cómo la memoria popular ha sido capaz de convertir episodios reales o legendarios en parte del paisaje histórico de Sevilla.

Casa de la familia Melgarejo

Urbanísticamente, Cerrajería presenta un trazado prácticamente rectilíneo, aunque una suave curvatura en su parte central y un ligero ensanchamiento hacia su extremo rompen la rigidez de la perspectiva. El plano elaborado por Pablo de Olavide en 1771 muestra una configuración muy semejante a la actual, si bien durante los siglos XIX y XX se realizaron diversas alineaciones para regularizar las fachadas y mejorar el tránsito.

El caserío ofrece una interesante mezcla de edificios de distintas épocas. Predominan las viviendas levantadas durante la primera mitad del siglo XX, aunque sobreviven algunos inmuebles tradicionales con balcones y cierros acristalados. Entre ellos destaca el edificio de la antigua Ciudad de Londres, situado en la esquina con la calle Cuna. Diseñado por el arquitecto José Espiau y Muñoz entre 1912 y 1914, constituye uno de los mejores ejemplos de la arquitectura regionalista con influencias neomudéjares aplicada a edificios comerciales en Sevilla.

Ciudad de Londres

La calle también conserva elementos devocionales que recuerdan la religiosidad popular sevillana, como el retablo cerámico dedicado a Nuestro Padre Jesús del Gran Poder situado junto a la esquina de Sierpes.

A lo largo de su historia, Cerrajería ha sido escenario de algunos de los acontecimientos públicos más importantes de la ciudad. Por ella han transitado procesiones religiosas, entradas triunfales, desfiles militares y ceremonias oficiales desde la Edad Moderna. En 1625 figura entre las calles que el Ayuntamiento ordenó limpiar especialmente para facilitar el paso de las cofradías de Semana Santa. Cinco años más tarde se levantó en su esquina un arco triunfal para celebrar la canonización de San Fernando. También discurrieron por ella las procesiones organizadas con motivo de proclamaciones reales, funerales de monarcas, rogativas por la lluvia y otras grandes solemnidades.

Pero si existe una celebración inseparable de Cerrajería esa es la procesión del Corpus Christi. Cada año, desde hace siglos, la calle se convierte en uno de los tramos más vistosos del recorrido.

El comercio ha sido la otra gran seña de identidad de Cerrajería desde la Edad Media. Primero fueron los talleres de herreros y cerrajeros; después llegaron los almacenes, mercerías, ferreterías, librerías, joyerías, perfumerías y establecimientos especializados que hicieron de esta calle uno de los ejes comerciales más prestigiosos de Sevilla. Ya en 1873 el escritor Álvarez Benavides afirmaba que prácticamente todos sus edificios estaban ocupados por negocios fabriles o comerciales, mientras que la prensa de la época elogiaba la calidad de sus establecimientos y la animación constante de sus noches gracias a la moderna iluminación de gas.

Durante buena parte del siglo XX convivieron aquí comercios históricos muy populares. Entre ellos sobresalía la tienda de ultramarinos Los Tres Leones, célebre por los ingeniosos versos que exhibía en sus escaparates, así como una conocida ferretería identificada por una gigantesca llave de hierro suspendida sobre su fachada.

El establecimiento fue fundado en 1900 por Antonio Gómez y Sáinz de la Maza en el número 32 de la calle Cerrajería —aunque algunas referencias antiguas lo sitúan en el número 28 debido a las sucesivas renumeraciones de la vía—. Tras el fallecimiento de su fundador, el negocio pasó a ser propiedad de su viuda y, posteriormente, fue heredado por dos empleados que llevaban muchos años trabajando en la casa, una circunstancia poco habitual que demuestra el fuerte vínculo existente entre los propietarios y quienes dedicaron gran parte de su vida al establecimiento.

Como era habitual en los comercios de la época, el edificio constaba de dos plantas. La baja estaba destinada a la atención al público, mientras que la superior servía de almacén donde se guardaban las mercancías antes de ser despachadas. El local de ventas, de planta rectangular, estaba rodeado por estanterías de madera pintada que cubrían prácticamente todo el perímetro de la tienda y permitían exponer una enorme variedad de productos coloniales y ultramarinos. Un amplio mostrador de madera con encimera de mármol, dispuesto en forma de L, separaba la zona reservada a los dependientes del espacio destinado a la clientela, evocando la imagen de aquellos comercios donde el trato personal y la venta asistida eran parte esencial de la experiencia de compra.

Sin embargo, lo que convirtió a Los Tres Leones en un comercio inolvidable fue, sobre todo, su magnífica fachada. Estaba revestida con una rica decoración de azulejos cerámicos realizados en los talleres de Triana, reflejo del esplendor que alcanzó la cerámica sevillana entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Sobre el dintel figuraba el nombre de la propietaria, "Vda. de A. Gómez y Sáinz de la Maza", acompañado por un escudo ornamental, mientras que en las jambas del acceso dos elegantes tondos anunciaban las especialidades del establecimiento con las inscripciones "Coloniales al por menor" y "Ultramarinos".

Presidiendo la composición aparecía un gran panel decorativo con los tres leones que daban nombre al comercio. El escaparate, enmarcado por carpintería de madera y apoyado sobre un zócalo de mármol, completaba una fachada de extraordinaria calidad artística que unía funcionalidad y belleza.

Los Tres Leones fue mucho más que una tienda de alimentación. En una época en la que los ultramarinos constituían el principal lugar de abastecimiento de las familias, ofrecía cafés, chocolates, conservas, especias, legumbres, vinos, aceites y una amplia gama de productos llegados de otros lugares del mundo, conocidos entonces como "coloniales". Estos establecimientos eran también espacios de encuentro, donde el comerciante conocía a sus clientes por su nombre y el trato cercano formaba parte inseparable de la actividad cotidiana.

Los Tres Leones

Los Tres Leones

Otro establecimiento emblemático es la Confitería Ochoa, una de las más antiguas de Sevilla, que continúa elaborando dulces tradicionales y logró reabrir sus puertas tras el incendio que sufrió en 2001.

Los orígenes de la histórica Confitería Ochoa se remontan a finales del siglo XIX, una época de profundas transformaciones para Sevilla. Fue entonces cuando abrió sus puertas en la emblemática calle Sierpes, esquina a Cerrajería, bajo el nombre de Granja Victoria, iniciando una trayectoria que, con el paso de los años, la convertiría en uno de los establecimientos más prestigiosos de la repostería sevillana.

Aquella primera confitería, de carácter familiar, fue ganándose poco a poco el favor de la clientela gracias a la calidad de sus elaboraciones y a un trato cercano que pronto la hicieron formar parte de la vida cotidiana de varias generaciones de sevillanos.

Con el paso del tiempo, el negocio adoptó el nombre de Ochoa, en homenaje a su propietario, Rafael Ochoa Vila, cuya dedicación y saber hacer consolidaron el prestigio de la casa. Desde entonces, el apellido Ochoa quedó estrechamente ligado a la tradición confitera de Sevilla, convirtiéndose en un referente de la pastelería artesanal y en una firma reconocida por la calidad de sus dulces y por su larga vinculación con la historia comercial de la ciudad.

Confitería Ochoa

Hoy, Cerrajería mantiene intacta su vocación comercial. Tiendas de moda, ópticas, joyerías, librerías, perfumerías, establecimientos de regalos y cafeterías ocupan los bajos de sus edificios, mientras muchas de las plantas superiores se destinan a oficinas o almacenes.

Pocas calles del centro histórico sevillano reúnen con tanta claridad la tradición artesanal, la actividad mercantil y el protagonismo urbano de Cerrajería, una vía que desde hace más de quinientos años forma parte inseparable del pulso cotidiano de Sevilla.

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