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Calle Cuna.
La calle Cuna es una de las vías más
representativas y concurridas del casco histórico de Sevilla. Une la plaza de
Villasís con la plaza del Salvador, atravesando el corazón comercial de la
ciudad y enlazando algunos de sus espacios urbanos más emblemáticos. Desde la
Edad Media ha desempeñado un papel fundamental como eje mercantil, función que
ha conservado hasta la actualidad, convirtiéndose en una calle donde conviven
la historia, la arquitectura y la intensa actividad comercial.
Cuartel A. Barrio 5. Manzana 4
Su origen se remonta a los primeros
años de la Sevilla cristiana. En el siglo XIII aparece documentada con el
nombre de calle Arqueros y, desde finales del siglo XIV, era conocida
indistintamente como calle de los Carpinteros o de las Carpinterías. Esta
denominación respondía a la abundancia de talleres y comercios relacionados con
la madera, establecidos en ella gracias a su estratégica situación dentro de la
ciudad. Los carpinteros ocupaban buena parte de la vía con sus bancos y
materiales, hasta el punto de que un documento de 1540 afirmaba que apenas
podía transitarse por la calle debido a la intensa actividad de estos artesanos:
“la calle está tan ocupada por los bancos de los oficios que no ay quien pase
por ella”
El nombre actual nació en 1558, cuando
el arzobispo Fernando de Valdés promovió la creación de la Casa Cuna o Hospicio
de Niños Expósitos, institución destinada a recoger y atender a los recién
nacidos abandonados. Inicialmente, el nuevo topónimo solo designaba el tramo
comprendido entre las actuales calles Goyeneta y Acetres, donde se encontraba
el hospicio, en un emplazamiento aproximado donde se situaba el cine Pathé, mientras
que el resto de la vía continuó llamándose Carpinterías. No fue hasta 1845
cuando el nombre de Cuna pasó a identificar toda la calle. Entre 1903 y 1938
recibió oficialmente la denominación de Federico de Castro, en homenaje al
prestigioso jurista y catedrático de la Universidad de Sevilla, aunque tras la
Guerra Civil recuperó definitivamente su histórica denominación.
A lo largo de su historia, la Casa Cuna
fue una institución marcada por la escasez de recursos económicos y por una
constante dependencia de las limosnas, donaciones particulares y ayudas de
instituciones benéficas. Esta frágil situación financiera se agravó
notablemente durante el siglo XVIII y las primeras décadas del XIX, cuando las
crisis económicas y los cambios políticos redujeron aún más los ingresos
destinados al sostenimiento del establecimiento, poniendo en peligro su
capacidad para atender a los menores acogidos.
La profunda reorganización de la
beneficencia pública emprendida durante el siglo XIX transformó también la
administración de la Casa Cuna. En 1837, con la creación de la Junta Municipal
de Beneficencia, la asistencia a huérfanos, niños abandonados, enfermos y
personas necesitadas pasó a depender de la administración civil, iniciándose
así un proceso de secularización de estos servicios. Poco después, la gestión
del establecimiento quedó bajo la autoridad de la Junta Provincial de
Beneficencia. Sin embargo, el funcionamiento cotidiano y el cuidado directo de
los niños continuaron en manos de las Hijas de la Caridad de San Vicente de
Paúl desde 1838, congregación que desempeñó una labor esencial durante más de
un siglo.
En 1848 el centro adoptó oficialmente
la denominación de Casa de Expósitos, consolidándose como el principal establecimiento
benéfico de la provincia dedicado a la acogida de menores abandonados. La
reforma administrativa de 1868 transfirió las competencias asistenciales a las
diputaciones provinciales y, veinte años más tarde, la Diputación Provincial
asumió la gestión directa de los establecimientos de beneficencia. Durante esta
etapa, la Casa Cuna prestó acogida a niños de muy diversa procedencia:
huérfanos, recién nacidos abandonados, hijos de madres solteras o de relaciones
extramatrimoniales, hijos de viudas sin recursos, de viudos incapaces de
atenderlos, de matrimonios sumidos en la pobreza o de mujeres que, por
enfermedad, falta de leche o exigencias laborales, no podían hacerse cargo de
su crianza. La institución se convirtió así en uno de los pilares de la asistencia
social sevillana durante buena parte del siglo XIX y principios del XX.
Tras permanecer durante siglos en la
calle Cuna, el histórico establecimiento abandonó definitivamente esta sede en
1914 para instalarse en un edificio de nueva planta proyectado por el
arquitecto Antonio Gómez Millán. El inmueble, concebido en un elegante estilo
regionalista, fue levantado sobre terrenos pertenecientes a antiguas huertas
cedidas por Regla Manjón Mergelina, condesa de Lebrija. En esta nueva etapa la
institución alcanzó un importante prestigio sanitario gracias a la labor de
destacados pediatras como José González-Meneses Jiménez e Ignacio Gómez de
Terreros, quienes impulsaron la modernización de la atención infantil, siempre
con la colaboración de las Hermanas de la Caridad.
La Casa Cuna mantuvo su actividad hasta
1987, año en que desapareció como institución independiente al integrarse sus
funciones en los Servicios de Atención a la Infancia de la Diputación
Provincial, en colaboración con la Junta de Andalucía. Tres años más tarde, en
1990, el emblemático edificio inaugurado en 1914 fue cedido a la Fundación San
Telmo, iniciando una nueva etapa con un uso muy distinto al asistencial que
había desempeñado durante gran parte de su historia. Hoy, el recuerdo de la Casa
Cuna permanece estrechamente ligado a la evolución de la beneficencia y de la
protección a la infancia en Sevilla, siendo testimonio de una institución que,
pese a sus dificultades, prestó amparo a miles de niños a lo largo de varios
siglos.
Así, durante siglos, la Casa Cuna marcó
profundamente la identidad de la calle. El edificio, que disponía de iglesia y
dependencias asistenciales, fue uno de los principales centros benéficos de la
ciudad. El escritor británico Richard Ford describió el lugar como un espacio
de tristeza y compasión, recordando la inscripción que podía leerse junto al
torno donde se depositaban los niños abandonados: “Porque mi padre y mi madre
me abandonaren, pero el Señor me acogió”, que actualmente podemos contemplar en la fachada de
Galerías Madrid. Es una cita del
libro de los Salmos de la Biblia, del rey David, en referencia a la protección
divina en situaciones de desgracia y desamparo.
Fachada de Galerías Madrid
“Porque mi padre y mi madre me abandonaren, pero el Señor
me acogió”
Desde el punto de vista urbanístico, la
calle presenta un trazado largo, relativamente rectilíneo, aunque con numerosos
retranqueos y salientes fruto de sucesivas reformas y alineaciones realizadas
especialmente durante los siglos XIX y XX. Desde antiguo desembocaban en ella
pequeños adarves y callejones, algunos hoy desaparecidos, mientras que en la
actualidad desembocan en ella por la derecha Francisco de Pelsmaeker, Rivera,
Cerrajería y Oropesa y por la izquierda, Goyeneta, Acetres y Lagar.
El patrimonio arquitectónico de Cuna
constituye uno de sus principales atractivos. El edificio más sobresaliente es,
sin duda, el Palacio de la Condesa de Lebrija (leer mas), situado en el número 8. Aunque su origen se remonta
a un palacio renacentista, adquirió su aspecto actual a finales del siglo XIX
gracias a las reformas impulsadas por doña Regla Manjón, condesa de Lebrija. La
aristócrata convirtió la residencia en un auténtico museo, incorporando
mosaicos romanos, esculturas, columnas, pavimentos de mármol y piezas
arqueológicas procedentes en gran parte de Itálica, además de artesonados
mudéjares, azulejos renacentistas y elementos decorativos recuperados de
conventos y palacios andaluces. Hoy constituye una de las casas-palacio más
importantes de Sevilla y uno de los mejores ejemplos del coleccionismo
artístico español.
Palacio de la Condesa de Lebrija
También merece especial atención el
Palacio del Marqués de la Motilla (leer mas), situado en la esquina con la calle Laraña y la plaza
de Villasís. Construido entre 1921 y 1931 según proyecto del arquitecto
italiano Gino Coppedè y desarrollado por Vicente Traver, constituye una de las
obras más singulares del historicismo sevillano. Su fachada inspirada en el
gótico florentino contrasta con la vertiente regionalista que presenta hacia la
calle Cuna, donde destacan su elegante galería de arcos y su característico
torreón mirador.
Palacio del Marqués de la Motilla
Frente a este edificio se alza otro
magnífico ejemplo del regionalismo sevillano: el inmueble proyectado por Aníbal
González entre 1912 y 1913 para Ignacio Sanz, que junto con otros edificios de
la calle refleja el extraordinario desarrollo arquitectónico experimentado por
Sevilla durante las décadas previas a la Exposición Iberoamericana de 1929.
Laraña esquina
con Cuna
Igualmente, notable es el edificio
conocido como Ciudad de Londres, situado en la confluencia con Cerrajería. Fue
diseñado por José Espiau y Muñoz entre 1912 y 1914 para albergar unos grandes
almacenes textiles. De estilo neomudéjar, sobresale por su espectacular mirador
semicircular volado sobre la esquina, organizado en dos niveles, solución
arquitectónica que anticipa algunos de los recursos que el propio Espiau
desarrollaría posteriormente en el célebre edificio de La Adriática, en la
avenida de la Constitución.
Ciudad de Londres
Junto a estos inmuebles monumentales,
la calle conserva un interesante conjunto de edificios de los siglos XVIII, XIX
y comienzos del XX, con balcones modernistas, elegantes herrajes, patios
porticados y fachadas regionalistas que reflejan la evolución de la
arquitectura doméstica sevillana. Destacan especialmente las casas de los
números 35, 41, 42, 45, 47, 48, 49 y 51, muchas de ellas con patios de gran
valor artístico, escaleras revestidas de azulejos y magníficos trabajos de
forja.
La actividad comercial ha sido una
constante en la historia de Cuna. Durante los siglos XVII y XVIII albergó talleres
de impresores, fabricantes de guitarras y numerosos artesanos. En el siglo XIX
experimentó un extraordinario auge gracias a la apertura de cafés muy
frecuentados, como el Nuevo Suizo o el Café del Correo, donde se reunían
intelectuales y escritores como Luis Montoto o Francisco Rodríguez Marín.
También tuvo aquí su sede el Ateneo Hispalense y diversas asociaciones
mercantiles.
Especial relevancia alcanzó la
apertura, en 1925, del Pathé Cinema, proyectado por Juan Talavera Heredia. Fue
el primer edificio construido expresamente como cinematógrafo en Sevilla,
convirtiéndose durante décadas en uno de los principales centros culturales y
de ocio de la ciudad. Tras diversas transformaciones, el inmueble alberga
actualmente el Teatro Quintero.
Las descripciones de escritores como
Pedro Antonio de Alarcón o Rafael Laffón reflejan el ambiente popular que
caracterizó la calle durante el siglo XIX y principios del XX, con freidurías,
pequeñas tiendas de calzado, mercerías, cesterías y otros comercios tradicionales
que daban vida a una de las arterias más animadas de Sevilla.
En los años de 1960 en la calle Cuna nos podíamos
encontrar con este almacén
Por su privilegiada ubicación entre la
plaza del Salvador y la antigua calle Sierpes, Cuna ha sido también escenario
habitual de procesiones religiosas y comitivas civiles. Durante siglos formó
parte del recorrido de la procesión del Corpus Christi, para cuyo paso se
instalaban toldos y arcos triunfales. Asimismo, numerosas hermandades de Semana
Santa han transitado históricamente por esta vía, reforzando su carácter
simbólico dentro del entramado urbano sevillano.
Placa en memoria de José Luis Luque Rodríguez-Almansa
Placa en memoria de José García González
Azulejo en el número 31. Pasaje a la calle Puente y
Pellón
En la actualidad, la calle Cuna continúa siendo una de las principales arterias comerciales del centro histórico. Totalmente peatonal, concentra establecimientos de moda, complementos, decoración, joyerías y, especialmente, comercios especializados en vestidos de novia, convirtiéndose en un referente para este sector en Sevilla. Pese a la intensa actividad diurna, conserva aún el encanto de sus fachadas históricas, sus antiguos patios y algunos comercios tradicionales que evocan el ambiente de la Sevilla de otros tiempos, manteniendo el equilibrio entre el dinamismo comercial contemporáneo y un rico patrimonio histórico y arquitectónico acumulado a lo largo de más de siete siglos.
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