sábado, 4 de julio de 2026

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Calle Cuna.

La calle Cuna es una de las vías más representativas y concurridas del casco histórico de Sevilla. Une la plaza de Villasís con la plaza del Salvador, atravesando el corazón comercial de la ciudad y enlazando algunos de sus espacios urbanos más emblemáticos. Desde la Edad Media ha desempeñado un papel fundamental como eje mercantil, función que ha conservado hasta la actualidad, convirtiéndose en una calle donde conviven la historia, la arquitectura y la intensa actividad comercial.

Numero 35

Cuartel A. Barrio 5. Manzana 4

Su origen se remonta a los primeros años de la Sevilla cristiana. En el siglo XIII aparece documentada con el nombre de calle Arqueros y, desde finales del siglo XIV, era conocida indistintamente como calle de los Carpinteros o de las Carpinterías. Esta denominación respondía a la abundancia de talleres y comercios relacionados con la madera, establecidos en ella gracias a su estratégica situación dentro de la ciudad. Los carpinteros ocupaban buena parte de la vía con sus bancos y materiales, hasta el punto de que un documento de 1540 afirmaba que apenas podía transitarse por la calle debido a la intensa actividad de estos artesanos: “la calle está tan ocupada por los bancos de los oficios que no ay quien pase por ella”

El nombre actual nació en 1558, cuando el arzobispo Fernando de Valdés promovió la creación de la Casa Cuna o Hospicio de Niños Expósitos, institución destinada a recoger y atender a los recién nacidos abandonados. Inicialmente, el nuevo topónimo solo designaba el tramo comprendido entre las actuales calles Goyeneta y Acetres, donde se encontraba el hospicio, en un emplazamiento aproximado donde se situaba el cine Pathé, mientras que el resto de la vía continuó llamándose Carpinterías. No fue hasta 1845 cuando el nombre de Cuna pasó a identificar toda la calle. Entre 1903 y 1938 recibió oficialmente la denominación de Federico de Castro, en homenaje al prestigioso jurista y catedrático de la Universidad de Sevilla, aunque tras la Guerra Civil recuperó definitivamente su histórica denominación.

A lo largo de su historia, la Casa Cuna fue una institución marcada por la escasez de recursos económicos y por una constante dependencia de las limosnas, donaciones particulares y ayudas de instituciones benéficas. Esta frágil situación financiera se agravó notablemente durante el siglo XVIII y las primeras décadas del XIX, cuando las crisis económicas y los cambios políticos redujeron aún más los ingresos destinados al sostenimiento del establecimiento, poniendo en peligro su capacidad para atender a los menores acogidos.

La profunda reorganización de la beneficencia pública emprendida durante el siglo XIX transformó también la administración de la Casa Cuna. En 1837, con la creación de la Junta Municipal de Beneficencia, la asistencia a huérfanos, niños abandonados, enfermos y personas necesitadas pasó a depender de la administración civil, iniciándose así un proceso de secularización de estos servicios. Poco después, la gestión del establecimiento quedó bajo la autoridad de la Junta Provincial de Beneficencia. Sin embargo, el funcionamiento cotidiano y el cuidado directo de los niños continuaron en manos de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl desde 1838, congregación que desempeñó una labor esencial durante más de un siglo.

En 1848 el centro adoptó oficialmente la denominación de Casa de Expósitos, consolidándose como el principal establecimiento benéfico de la provincia dedicado a la acogida de menores abandonados. La reforma administrativa de 1868 transfirió las competencias asistenciales a las diputaciones provinciales y, veinte años más tarde, la Diputación Provincial asumió la gestión directa de los establecimientos de beneficencia. Durante esta etapa, la Casa Cuna prestó acogida a niños de muy diversa procedencia: huérfanos, recién nacidos abandonados, hijos de madres solteras o de relaciones extramatrimoniales, hijos de viudas sin recursos, de viudos incapaces de atenderlos, de matrimonios sumidos en la pobreza o de mujeres que, por enfermedad, falta de leche o exigencias laborales, no podían hacerse cargo de su crianza. La institución se convirtió así en uno de los pilares de la asistencia social sevillana durante buena parte del siglo XIX y principios del XX.

Tras permanecer durante siglos en la calle Cuna, el histórico establecimiento abandonó definitivamente esta sede en 1914 para instalarse en un edificio de nueva planta proyectado por el arquitecto Antonio Gómez Millán. El inmueble, concebido en un elegante estilo regionalista, fue levantado sobre terrenos pertenecientes a antiguas huertas cedidas por Regla Manjón Mergelina, condesa de Lebrija. En esta nueva etapa la institución alcanzó un importante prestigio sanitario gracias a la labor de destacados pediatras como José González-Meneses Jiménez e Ignacio Gómez de Terreros, quienes impulsaron la modernización de la atención infantil, siempre con la colaboración de las Hermanas de la Caridad.

La Casa Cuna mantuvo su actividad hasta 1987, año en que desapareció como institución independiente al integrarse sus funciones en los Servicios de Atención a la Infancia de la Diputación Provincial, en colaboración con la Junta de Andalucía. Tres años más tarde, en 1990, el emblemático edificio inaugurado en 1914 fue cedido a la Fundación San Telmo, iniciando una nueva etapa con un uso muy distinto al asistencial que había desempeñado durante gran parte de su historia. Hoy, el recuerdo de la Casa Cuna permanece estrechamente ligado a la evolución de la beneficencia y de la protección a la infancia en Sevilla, siendo testimonio de una institución que, pese a sus dificultades, prestó amparo a miles de niños a lo largo de varios siglos.

Así, durante siglos, la Casa Cuna marcó profundamente la identidad de la calle. El edificio, que disponía de iglesia y dependencias asistenciales, fue uno de los principales centros benéficos de la ciudad. El escritor británico Richard Ford describió el lugar como un espacio de tristeza y compasión, recordando la inscripción que podía leerse junto al torno donde se depositaban los niños abandonados: “Porque mi padre y mi madre me abandonaren, pero el Señor me acogió”, que actualmente podemos contemplar en la fachada de Galerías Madrid. Es una cita del libro de los Salmos de la Biblia, del rey David, en referencia a la protección divina en situaciones de desgracia y desamparo.

Fachada de Galerías Madrid

“Porque mi padre y mi madre me abandonaren, pero el Señor me acogió”

Desde el punto de vista urbanístico, la calle presenta un trazado largo, relativamente rectilíneo, aunque con numerosos retranqueos y salientes fruto de sucesivas reformas y alineaciones realizadas especialmente durante los siglos XIX y XX. Desde antiguo desembocaban en ella pequeños adarves y callejones, algunos hoy desaparecidos, mientras que en la actualidad desembocan en ella por la derecha Francisco de Pelsmaeker, Rivera, Cerrajería y Oropesa y por la izquierda, Goyeneta, Acetres y Lagar.

El patrimonio arquitectónico de Cuna constituye uno de sus principales atractivos. El edificio más sobresaliente es, sin duda, el Palacio de la Condesa de Lebrija (leer mas), situado en el número 8. Aunque su origen se remonta a un palacio renacentista, adquirió su aspecto actual a finales del siglo XIX gracias a las reformas impulsadas por doña Regla Manjón, condesa de Lebrija. La aristócrata convirtió la residencia en un auténtico museo, incorporando mosaicos romanos, esculturas, columnas, pavimentos de mármol y piezas arqueológicas procedentes en gran parte de Itálica, además de artesonados mudéjares, azulejos renacentistas y elementos decorativos recuperados de conventos y palacios andaluces. Hoy constituye una de las casas-palacio más importantes de Sevilla y uno de los mejores ejemplos del coleccionismo artístico español.

Palacio de la Condesa de Lebrija

También merece especial atención el Palacio del Marqués de la Motilla (leer mas), situado en la esquina con la calle Laraña y la plaza de Villasís. Construido entre 1921 y 1931 según proyecto del arquitecto italiano Gino Coppedè y desarrollado por Vicente Traver, constituye una de las obras más singulares del historicismo sevillano. Su fachada inspirada en el gótico florentino contrasta con la vertiente regionalista que presenta hacia la calle Cuna, donde destacan su elegante galería de arcos y su característico torreón mirador.

Palacio del Marqués de la Motilla

Frente a este edificio se alza otro magnífico ejemplo del regionalismo sevillano: el inmueble proyectado por Aníbal González entre 1912 y 1913 para Ignacio Sanz, que junto con otros edificios de la calle refleja el extraordinario desarrollo arquitectónico experimentado por Sevilla durante las décadas previas a la Exposición Iberoamericana de 1929.

Laraña esquina con Cuna

Igualmente, notable es el edificio conocido como Ciudad de Londres, situado en la confluencia con Cerrajería. Fue diseñado por José Espiau y Muñoz entre 1912 y 1914 para albergar unos grandes almacenes textiles. De estilo neomudéjar, sobresale por su espectacular mirador semicircular volado sobre la esquina, organizado en dos niveles, solución arquitectónica que anticipa algunos de los recursos que el propio Espiau desarrollaría posteriormente en el célebre edificio de La Adriática, en la avenida de la Constitución.

Ciudad de Londres

Junto a estos inmuebles monumentales, la calle conserva un interesante conjunto de edificios de los siglos XVIII, XIX y comienzos del XX, con balcones modernistas, elegantes herrajes, patios porticados y fachadas regionalistas que reflejan la evolución de la arquitectura doméstica sevillana. Destacan especialmente las casas de los números 35, 41, 42, 45, 47, 48, 49 y 51, muchas de ellas con patios de gran valor artístico, escaleras revestidas de azulejos y magníficos trabajos de forja.

La actividad comercial ha sido una constante en la historia de Cuna. Durante los siglos XVII y XVIII albergó talleres de impresores, fabricantes de guitarras y numerosos artesanos. En el siglo XIX experimentó un extraordinario auge gracias a la apertura de cafés muy frecuentados, como el Nuevo Suizo o el Café del Correo, donde se reunían intelectuales y escritores como Luis Montoto o Francisco Rodríguez Marín. También tuvo aquí su sede el Ateneo Hispalense y diversas asociaciones mercantiles.

Especial relevancia alcanzó la apertura, en 1925, del Pathé Cinema, proyectado por Juan Talavera Heredia. Fue el primer edificio construido expresamente como cinematógrafo en Sevilla, convirtiéndose durante décadas en uno de los principales centros culturales y de ocio de la ciudad. Tras diversas transformaciones, el inmueble alberga actualmente el Teatro Quintero.

Las descripciones de escritores como Pedro Antonio de Alarcón o Rafael Laffón reflejan el ambiente popular que caracterizó la calle durante el siglo XIX y principios del XX, con freidurías, pequeñas tiendas de calzado, mercerías, cesterías y otros comercios tradicionales que daban vida a una de las arterias más animadas de Sevilla.

En los años de 1960 en la calle Cuna nos podíamos encontrar con este almacén

La Colchona

Por su privilegiada ubicación entre la plaza del Salvador y la antigua calle Sierpes, Cuna ha sido también escenario habitual de procesiones religiosas y comitivas civiles. Durante siglos formó parte del recorrido de la procesión del Corpus Christi, para cuyo paso se instalaban toldos y arcos triunfales. Asimismo, numerosas hermandades de Semana Santa han transitado históricamente por esta vía, reforzando su carácter simbólico dentro del entramado urbano sevillano.

Placa en memoria de José Luis Luque Rodríguez-Almansa

Placa en memoria de José García González

Azulejo en el número 31. Pasaje a la calle Puente y Pellón

Azulejo en el número 31. Pasaje a la calle Puente y Pellón

En la actualidad, la calle Cuna continúa siendo una de las principales arterias comerciales del centro histórico. Totalmente peatonal, concentra establecimientos de moda, complementos, decoración, joyerías y, especialmente, comercios especializados en vestidos de novia, convirtiéndose en un referente para este sector en Sevilla. Pese a la intensa actividad diurna, conserva aún el encanto de sus fachadas históricas, sus antiguos patios y algunos comercios tradicionales que evocan el ambiente de la Sevilla de otros tiempos, manteniendo el equilibrio entre el dinamismo comercial contemporáneo y un rico patrimonio histórico y arquitectónico acumulado a lo largo de más de siete siglos.

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