AREA CENTRO 2
Calle Jovellanos.
Antes de adoptar su denominación
actual, la calle Jovellanos conoció distintos nombres que reflejan la evolución
urbana, económica y social del corazón de Sevilla. Une hoy la confluencia de
las calles Sierpes y Sagasta con la calle Tetuán, en un recorrido corto pero
lleno de historia, condicionado por la presencia de la Capilla de San José,
cuya silueta barroca determina el característico trazado quebrado de la vía. Su
irregular disposición, con tres tramos claramente diferenciados y un pequeño
ensanche en la desembocadura de la calle General Polavieja, convierte este
espacio en uno de los rincones más pintorescos del centro histórico.
Calle Jovellanos
La documentación de comienzos del siglo
XVII todavía no le asigna un nombre estable. En 1609 aparece descrita
simplemente como “la calle real desde la calle Gallegos y la calle Sierpes para
San José”, mientras que pocos años antes, en 1604, ya se citaba como “la calle
del Hospital de San José”, en alusión al hospital fundado por el gremio de
carpinteros. Diversos autores sostienen que con anterioridad formó parte de la
antigua calle Manteros, donde trabajaban los fabricantes y vendedores de
mantas, aunque también se han conservado referencias a otras denominaciones
como Malcocinado, Juan Sánchez Illescas, Rosillas o Rajas, esta última aplicada
especialmente a su tramo final. La variedad de nombres ilustra la riqueza
histórica de un espacio cuyo aspecto y función fueron transformándose con el
paso de los siglos.
La denominación definitiva llegó en
1845, cuando el Ayuntamiento decidió dedicar la calle a Gaspar Melchor de
Jovellanos (1744-1811), una de las figuras más relevantes de la Ilustración
española. Jurista, escritor, político y reformador, Jovellanos residió durante
varios años en Sevilla al ser nombrado alcalde del Crimen de la Real Audiencia.
En la ciudad desarrolló buena parte de su formación intelectual y participó en
las célebres tertulias organizadas por Pablo de Olavide en los Reales
Alcázares, donde leyó por primera vez su célebre comedia “El delincuente
honrado”. Décadas más tarde regresaría a Sevilla como miembro de la Junta
Central Suprema durante la Guerra de la Independencia, cuando el organismo hubo
de abandonar Aranjuez ante el avance del ejército napoleónico.
El primer tramo de la calle constituye
uno de los lugares más populares del casco histórico: las tradicionales Cuatro
Esquinas de San José, punto de encuentro entre Sierpes, Sagasta y Jovellanos.
Sin embargo, este enclave recibió anteriormente otros nombres populares. Durante
el siglo XVI fue conocido como las Cuatro Esquinas de la Botica de Juan
Illescas, debido al establecimiento del célebre boticario sevillano Juan
Illescas, cuya farmacia se convirtió en lugar de reunión de personajes
destacados de la vida cultural y social de la ciudad.
Cuatro Esquinas de San José
La gran protagonista de la calle es,
sin duda, la Capilla de San José (leer mas), una de las joyas del barroco
sevillano, levantada sobre el antiguo hospital del gremio de carpinteros. Desde
mediados del siglo XX la capilla está encomendada a los frailes capuchinos,
quienes continúan manteniendo vivo este importante centro de devoción.
Al fondo la Capilla de San José
Desde el punto de vista urbanístico,
Jovellanos experimentó numerosas mejoras a lo largo de los siglos XIX y XX. Su
estrechez obligó al Ayuntamiento a rectificar alineaciones y proteger las
fachadas frente al paso de carruajes, que frecuentemente las dañaban. Fue
empedrada ya en el siglo XVII, readoquinada en 1913 y posteriormente
pavimentada con nuevos materiales. La iluminación de gas fue sustituida por
alumbrado eléctrico en 1937 y, en la actualidad, buena parte de su pavimento
reproduce el característico diseño utilizado en la cercana calle Sierpes.
El caserío presenta una interesante
mezcla de arquitectura tradicional y edificios representativos de la Sevilla de
comienzos del siglo XX. En la esquina con Tetuán destaca un elegante inmueble
modernista proyectado por Juan Talavera en 1911, mientras que otro de los
edificios más significativos corresponde a los antiguos Grandes Almacenes El
Águila, diseñados por José Gómez Millán, cuya fachada principal se abre a la
calle Sierpes.
Grandes Almacenes El Águila. 1962
Uno de los elementos más curiosos que
conserva la calle es el reloj y el rotulo de Casa Calvillo y el gran panel
cerámico dedicado a esta desaparecida Casa Calvillo, instalado en la fachada
del edificio donde estuvo este célebre restaurante sevillano entre 1932 y 1982.
La composición reproduce la caseta que el establecimiento levantó en la Feria
de Abril de 1934, cuando la feria aún se celebraba en el Prado de San
Sebastián. Pintado en la prestigiosa Cerámica Santa Ana de Triana por Facundo
Peláez Jaén, el mural constituye un magnífico documento gráfico sobre la
estética de aquellas antiguas casetas, que imitaban fachadas reales de
edificios sevillanos antes de la uniformidad que caracteriza hoy al recinto
ferial. En la escena aparecen caballistas, mujeres vestidas de flamenca,
camareros, clientes y numerosos detalles arquitectónicos que reproducen
fielmente la fachada del edificio y el ambiente festivo de la Sevilla de los
años treinta.
Reloj de Casa Calvillo
Panel cerámico
Durante buena parte del siglo XX,
Jovellanos fue un lugar especialmente animado. Sus bares, tabernas y pequeños
comercios prolongaban el bullicio de la cercana Sierpes y convertían las Cuatro
Esquinas de San José en un auténtico punto de encuentro de artistas,
comerciantes, toreros, saeteros y aficionados a la conversación. Escritores
como Manuel Ferrand evocaron este ambiente castizo de tertulias, tapeo y vida
callejera que caracterizó durante décadas este rincón sevillano.
Aunque la desaparición de algunos establecimientos históricos ha transformado parcialmente su fisonomía comercial, la calle Jovellanos conserva intacta buena parte de su personalidad. Su reducido recorrido reúne algunos de los mejores ejemplos del barroco sevillano, recuerdos de la Sevilla gremial, testimonios de la Ilustración y evocaciones de la Feria y de la vida cotidiana del siglo XX, convirtiéndola en una de esas pequeñas calles donde la historia de la ciudad puede leerse prácticamente en cada fachada.

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