lunes, 13 de julio de 2026

ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA

Cafetería Gran Britz.

Gran Britz. (ver) (CC BY 3.0)

Entre los establecimientos de la calle Rioja más recordados figura el Gran Britz, elegante cafetería que funcionó aproximadamente entre 1945 y 1960. Era un local de ambiente distinguido, con camareros uniformados, refinados veladores y una monumental escalera que le confería un aire casi teatral. Se convirtió en uno de los lugares favoritos del ambiente taurino sevillano, frecuentado por figuras como Rafael Gómez Ortega “El Gallo”. 

La tradición popular conserva una curiosa anécdota relacionada con este establecimiento. Se cuenta que un toro escapado durante un desembarco llegó hasta la calle Rioja y, al verse reflejado en los grandes escaparates del café, embistió violentamente creyendo enfrentarse a otro animal. El toro irrumpió en el establecimiento, donde finalmente fue abatido por la policía. 

AREA CENTRO 2

Calle Rioja.

La calle Rioja constituye una de las grandes arterias comerciales del centro histórico de Sevilla. Une la calle Sierpes con la plaza de la Magdalena, cruzando el importante eje formado por las calles Tetuán y Velázquez. Su intensa actividad comercial y el continuo tránsito de peatones pueden hacer olvidar que se trata de una vía con más de seis siglos de historia, cuyos sucesivos nombres reflejan la evolución urbana de la ciudad.

Calle Rioja esquina con Sierpes

La primera referencia documental conocida aparece en 1405, cuando se menciona como “la calle que va de la plazuela de la Cerrajería y Sierpes a la calle Ancha de la Magdalena”. Durante los siglos siguientes recibió distintas denominaciones según los edificios o actividades que la caracterizaban.

El tramo comprendido entre Sierpes y Velázquez fue conocido en el siglo XVI como calle de los Perros. El cronista Luis de Peraza explicaba este curioso nombre afirmando que allí se alojaban los perros de caza para permanecer próximos a monteros y cazadores. Más tarde pasó a llamarse calle de Dueñas por el convento de monjas mínimas de la Victoria, situado en la esquina con Sierpes.

El tramo comprendido entre Velázquez y la plaza de la Magdalena era conocido desde comienzos del siglo XVI como calle Ancha de la Magdalena, por la proximidad de la antigua parroquia del mismo nombre, y posteriormente recibió la denominación de calle del Ángel debido al convento del Santo Ángel Custodio establecido allí por los carmelitas descalzos.

En 1845 el Ayuntamiento decidió dedicar la calle al ilustre humanista, clérigo y poeta sevillano Francisco de Rioja (1583-1659), una de las figuras literarias más destacadas del Siglo de Oro español y estrecho colaborador del conde-duque de Olivares. En 1869 el nombre de Rioja se hizo extensivo a toda la vía, conservándose hasta la actualidad.

Su configuración también ha cambiado profundamente con el paso de los siglos. El primer tramo mantiene un trazado ligeramente curvo y más estrecho, mientras que el segundo es sensiblemente más amplio y rectilíneo. Las numerosas alineaciones, derribos y reformas urbanísticas llevadas a cabo durante los siglos XIX y XX modificaron por completo su aspecto, especialmente con motivo de la apertura de grandes edificios comerciales y la renovación del centro de Sevilla. A pesar de estas transformaciones, todavía se perciben algunos testimonios de la arquitectura regionalista y de la ciudad anterior a las grandes remodelaciones.

Cruce de Tetuán con Rioja. Año 1930

En la confluencia con la calle Sierpes se abre un pequeño ensanche ocupado actualmente por un quiosco. Este espacio corresponde al lugar donde durante siglos estuvo instalada la célebre Cruz de Cerrajería (leer mas), uno de los cruceros más emblemáticos de la Sevilla barroca, trasladada posteriormente a su emplazamiento actual en la Plaza de Santa Cruz.

Confluencia con la calle Sierpes

Entre los edificios más destacados sobresale el inmueble proyectado por Aníbal González (numero 11) entre 1915 y 1917 para el empresario Javier Sánchez-Dalp. Construido íntegramente en ladrillo visto, constituye uno de los mejores ejemplos del regionalismo sevillano anterior a la Plaza de España. Sus balcones, galerías y elementos ornamentales muestran la extraordinaria capacidad del arquitecto para reinterpretar el Renacimiento andaluz con un lenguaje plenamente moderno. Actualmente sus bajos comerciales están ocupados por establecimientos de grandes firmas internacionales.

La casa núm. 1, en la esquina con Sierpes, edificio comercial de los años 20, con un bello azulejo alusivo al dios Mercurio (leer mas).

Número 1 de la calle Rioja, esquina con la calle Sierpes

Detalle del panel cerámico

Pero ha desaparecido el convento de monjas mínimas o victorias, en la esquina con Sierpes.

Muy cerca se conserva una modesta vivienda de reducidas dimensiones que llama poderosamente la atención por contrastar con los grandes edificios que la rodean. Es uno de los escasos inmuebles tradicionales que sobrevivieron a las profundas transformaciones urbanísticas del siglo XX y constituye un valioso recuerdo del antiguo caserío de la calle.

Otro de los grandes hitos históricos de Rioja fue el desaparecido Teatro San Fernando. Inaugurado en 1847 sobre los terrenos que anteriormente había ocupado el Hospital del Espíritu Santo, llegó a convertirse en el principal teatro de Sevilla y uno de los más importantes de Andalucía, con capacidad para cerca de tres mil espectadores. Durante más de un siglo acogió representaciones teatrales, óperas, conciertos y los grandes acontecimientos culturales de la ciudad. Anexo al teatro funcionó un conocido café-teatro que constituyó uno de los principales centros de reunión de la sociedad sevillana. En la actualidad, el solar está ocupado por un moderno edificio comercial.

Derribo del Teatro san Fernando (ver) (CC BY 3.0)


Precisamente la intensa vida social ha sido siempre una de las principales características de la calle Rioja. Ya en el siglo XVII era descrita como una de las calles más concurridas de Sevilla. Por ella transitaban las procesiones procedentes de Triana, desfiles cívicos, cabalgatas, cortejos religiosos e incluso el popular Entierro de la Sardina. Cafés, casinos, teatros, bares, fondas, puestos de agua, carruajes y comercios hicieron de esta vía uno de los espacios más dinámicos de la ciudad.

Entre los establecimientos más recordados figura el Gran Britz, elegante cafetería que funcionó aproximadamente entre 1945 y 1960. Era un local de ambiente distinguido, con camareros uniformados, refinados veladores y una monumental escalera que le confería un aire casi teatral. Se convirtió en uno de los lugares favoritos del ambiente taurino sevillano, frecuentado por figuras como Rafael Gómez Ortega “El Gallo”. La tradición popular conserva una curiosa anécdota relacionada con este establecimiento. Se cuenta que un toro escapado durante un desembarco llegó hasta la calle Rioja y, al verse reflejado en los grandes escaparates del café, embistió violentamente creyendo enfrentarse a otro animal. El toro irrumpió en el establecimiento, donde finalmente fue abatido por la policía. Como recuerdo de aquel célebre café, las lámparas que lo iluminaban fueron trasladadas años después a la Capilla de los Marineros, donde aún alumbran el templo de la Esperanza de Triana.

Gran Britz. (ver) (CC BY 3.0)

Gran Britz. (ver) (CC BY 3.0)

Otro de los edificios más significativos es la iglesia del Santo Ángel, perteneciente a la Orden de los Carmelitas Descalzos (leer mas).

Durante el siglo XIX la puerta de la iglesia del Santo Ángel fue asimismo un lugar habitual de reunión de mendigos e indigentes, circunstancia que provocó frecuentes quejas de los vecinos y quedó reflejada en la prensa de la época. Aquella imagen de intensa vida popular convivía con el bullicio de los ómnibus de mulas, el constante paso de carruajes y el incesante movimiento de comerciantes y compradores.

Iglesia del Santo Ángel

La calle también mantiene un importante vínculo con la historia cultural sevillana. En uno de sus edificios tuvo su primera sede la Biblioteca Pública Provincial, origen de la actual Biblioteca Pública Infanta Elena. Los primeros quince mil volúmenes, procedentes en gran parte de la Real Sociedad Económica Sevillana de Amigos del País, constituyeron el germen de una institución que más tarde se trasladaría a la calle Alfonso XII y finalmente ocuparía su actual edificio en la avenida de María Luisa.

En la actualidad está cruzada por el eje Tetuán-Velázquez, y en su acera izquierda se abren el pasaje del Ateneo, que comunica con Sierpes y Tetuán; el pasaje Rioja y el Centro Rioja, que enlazan con Muñoz Olivé. Los tres son cubiertos y están destinados a comercios, oficinas y algunas viviendas.

Entrada al pasaje Rioja

En la actualidad, Rioja continúa siendo una de las calles más transitadas de Sevilla. Sus comercios, pasajes interiores, edificios históricos y su privilegiada ubicación entre Sierpes, Tetuán y la plaza de la Magdalena la convierten en un espacio donde conviven el dinamismo comercial y la memoria de una ciudad que durante siglos encontró en esta vía uno de sus principales escenarios urbanos.

AREA CENTRO 2

Convento Santa María de Gracia (Derribado). 

El convento de Santa María de Gracia fue uno de los monasterios femeninos de la Orden de Predicadores que existieron en la Sevilla histórica. Fundado durante el primer tercio del siglo XVI, permaneció activo hasta la desamortización eclesiástica de 1837, cuando la comunidad fue obligada a abandonar el edificio.

Sus orígenes se encuentran en el beaterio de Santa Catalina de Siena, establecido junto a la parroquia del mismo nombre por un grupo de mujeres piadosas bajo la dirección de fray Domingo de Baltanás, destacado dominico y rector del Colegio de Santo Tomás. En un primer momento aquellas religiosas vivían conforme a la regla de la Tercera Orden Dominicana. Para regularizar canónicamente la comunidad solicitaron autorización pontificia al papa Alejandro VI, aunque la muerte de este impidió la expedición de la bula. Finalmente, el permiso fue concedido por su sucesor, el papa Julio II.

El crecimiento de la comunidad hizo necesario disponer de unas instalaciones más amplias. Fray Domingo de Baltanás obtuvo para ello unas casas pertenecientes a la viuda Juana Fernández, situadas en la collación de San Miguel. La propietaria, movida por su profunda devoción, no solo cedió el inmueble, sino que donó todos sus bienes con el propósito de ingresar como religiosa en el nuevo convento.

Las obras comenzaron el 12 de junio de 1525 y, pocos meses después, el 25 de octubre de ese mismo año, las seis beatas fundadoras abandonaron el antiguo beaterio para instalarse en la nueva casa conventual. La comunidad experimentó un rápido crecimiento y, en 1537, ya contaba con veintinueve religiosas. Ese mismo año acordaron enviar tres monjas a Baeza para fundar un nuevo convento dominico femenino, iniciativa que recibió la correspondiente autorización pontificia en 1539. Antes de 1578 promovieron además otra fundación en la localidad onubense de Lepe, reflejo del prestigio alcanzado por la comunidad sevillana.

Portada

Detalle del escudo de la Orden

En 1578 el papa Gregorio XIII concedió a las religiosas el privilegio de abandonar el régimen de la Tercera Orden para profesar plenamente como monjas de clausura de la Orden de Predicadores, consolidando así su situación jurídica y espiritual dentro de la familia dominicana.

La exclaustración provocada por la desamortización de Mendizábal en 1837 puso fin a más de tres siglos de vida conventual. Las religiosas fueron trasladadas al convento de Santa María la Real, situado en la calle San Vicente, mientras que el antiguo edificio fue destinado a nuevos usos. La iglesia conventual se transformó en 1841 en el denominado Teatro de la Campana, mientras que las antiguas dependencias monásticas se adaptaron como casas de vecinos, perdiéndose gran parte de su configuración original.

La comunidad de Santa María la Real permaneció en Sevilla hasta 1976, año en que las dominicas se trasladaron a un nuevo monasterio construido en Bormujos. Allí se conservan varias de las principales obras procedentes del antiguo convento de Santa María de Gracia, entre ellas la imagen titular de Santa María de Gracia, realizada por Juan de Oviedo el Mozo en 1601; un Jesús con la cruz a cuestas de comienzos del siglo XVII; un San Vicente Ferrer fechado en 1765; el Cristo de los Atribulados, obra de mediados del siglo XVI; Nuestra Señora de la Encarnación, documentada en el convento al menos desde el siglo XVII, y una imagen de la Virgen del Rosario.

Como testimonio material de la existencia del monasterio también se conserva un azulejo de la segunda mitad del siglo XVIII con el nombre del convento y la numeración de la calle, actualmente custodiado en el Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla. Estas piezas constituyen algunos de los escasos vestigios que recuerdan la larga presencia de esta comunidad dominica en el corazón de la ciudad.

ALGUNAS LEYENDAS DE SEVILLA

Leyenda de la calle Sierpes.

La tradición popular sitúa el origen del nombre de la calle Sierpes en una de las leyendas más conocidas de la Sevilla bajomedieval. Aunque carece de base histórica, este relato gozó de enorme difusión durante siglos y llegó a formar parte del imaginario colectivo de la ciudad.

Según la leyenda, a finales del siglo XV comenzaron a desaparecer de forma misteriosa numerosos niños en las inmediaciones de la entonces calle Espaderos. Las desapariciones se producían sin seguir un patrón determinado, tanto de día como de noche, y no dejaban el menor indicio sobre el paradero de las víctimas. La inquietud se extendió rápidamente entre los vecinos, que terminaron solicitando la intervención de don Alfonso de Cárdenas, comendador mayor de León y regente de Sevilla en aquellos años.

Cuando el temor comenzaba a apoderarse de la población, un preso de la Cárcel Real hizo llegar un mensaje al comendador. Aseguraba conocer al responsable de las desapariciones y se comprometía a demostrarlo, pero imponía una única condición: recuperar su libertad una vez resuelto el misterio. Alfonso de Cárdenas aceptó el trato y envió a un escribano para tomar declaración al desconocido.

El misterioso informante resultó ser Melchor de Quintana y Argüeso, bachiller en Letras por la Universidad de Osuna, una de las instituciones académicas más prestigiosas de la época. Había sido encarcelado por su participación en una rebelión promovida por el duque de Arcos contra la Corona. Ante el escribano relató cómo, durante un intento de fuga, había excavado un túnel que, de manera fortuita, lo condujo a unas antiguas galerías subterráneas atribuidas por la tradición a las épocas romana y musulmana.

Mientras recorría aquellos pasadizos en busca de una salida, afirmó haberse encontrado con el causante de las desapariciones. Tras enfrentarse a él, consiguió darle muerte con una daga. Sin embargo, lejos de aprovechar la ocasión para escapar definitivamente, regresó voluntariamente a la prisión, convencido de que su acción le permitiría obtener el perdón prometido.

Guiados por el propio Melchor de Quintana, el comendador y sus hombres descendieron hasta el lugar señalado. Allí encontraron una escena sobrecogedora: el cuerpo sin vida de una gigantesca serpiente atravesada por una daga y, a su alrededor, numerosos restos óseos humanos que parecían confirmar la macabra historia. La criatura, cuyo grosor —según la tradición— era comparable al de un hombre adulto, fue trasladada y expuesta públicamente en la calle Espaderos.

La noticia atrajo a curiosos procedentes de todos los barrios de Sevilla e incluso de localidades cercanas. El extraordinario suceso hizo que la antigua calle Espaderos comenzara a ser conocida popularmente como la "calle de la Sierpe", denominación que, con el paso del tiempo, terminó evolucionando hasta el actual nombre de calle Sierpes.

Como recompensa por su hazaña, Melchor de Quintana obtuvo la libertad que había solicitado. La leyenda añade que decidió establecerse definitivamente en Sevilla y que llegó a contraer matrimonio con una hija del propio Alfonso de Cárdenas, culminando así una historia tan extraordinaria como improbable.

Desde el punto de vista histórico, este relato debe entenderse como una manifestación del rico universo legendario medieval más que como un hecho real. Historias semejantes, protagonizadas por dragones, serpientes monstruosas o reptiles gigantes, fueron muy frecuentes en la Europa occidental entre los siglos XII y XV, simbolizando habitualmente la victoria del bien sobre el mal y el restablecimiento del orden tras una etapa de caos. En España existen otros ejemplos célebres, como la leyenda del Lagarto de Granada, que responde a los mismos esquemas narrativos.

AREA CENTRO 2

Calle Pedro Caravaca.

La calle Pedro Caravaca constituye uno de los discretos ejes que comunican la histórica calle Sierpes con la confluencia de O'Donnell y Velázquez. Aunque hoy pueda pasar desapercibida frente al intenso movimiento comercial de las vías que la rodean, su reducido trazado conserva una historia estrechamente ligada a la evolución urbana, religiosa y social del centro de Sevilla.

Calle Pedro Caravaca

Durante siglos la calle careció de una denominación fija. A comienzos del siglo XVII los documentos simplemente la describían como "la que va desde la calle de la Sierpes a la calle de la Muela", antigua denominación de la actual Velázquez. Poco después comenzó a conocerse como calle de San Acasio, nombre tomado del convento de los agustinos calzados establecido allí en 1633 bajo la advocación de este santo mártir. Esa denominación permaneció vigente durante casi tres siglos y aparece ya reflejada en el plano de Pablo de Olavide de 1771.

En 1932, durante la Segunda República, la vía fue rebautizada como calle Aristide Briand, en homenaje al político y premio Nobel de la Paz francés. Sin embargo, tras los acontecimientos de 1936 recibió el nombre actual de Pedro Caravaca Rogé, destacado empresario sevillano, secretario de la Comisión Permanente de la Federación Económica de Andalucía (FEDA) y comisario real de la Exposición Iberoamericana de 1929. Caravaca, que presidía la patronal sevillana, fue asesinado el 20 de mayo de 1933, convirtiéndose su nombre en una de las muchas referencias urbanas relacionadas con los convulsos años de la Segunda República.

La calle es corta y de trazado casi rectilíneo, aunque presenta una ligera curvatura ya visible en la cartografía del siglo XVIII. Su aspecto actual es consecuencia de diversas reformas y alineaciones realizadas entre finales del siglo XIX y principios del XX. Fue adoquinada en 1913 y pocos años después recibió un pavimento de losetas asfálticas, aunque hoy conserva diferentes tipos de suelo según el tramo, reflejo de las sucesivas intervenciones urbanísticas realizadas en distintas épocas.

El edificio más importante de la calle es, sin duda, la sede del Real Círculo de Labradores y Propietarios de Sevilla. Sus orígenes se remontan al antiguo convento de San Acasio de los agustinos calzados, fundado en 1633. La comunidad religiosa abandonó el inmueble durante la ocupación francesa, iniciándose entonces una larga sucesión de usos civiles. El edificio acogió dependencias del Crédito Público, fue sede de la Academia de las Tres Nobles Artes, albergó una biblioteca pública y, posteriormente, las oficinas centrales de Correos. Muchos sevillanos todavía recuerdan el característico buzón de hierro con forma de boca de león situado en la esquina con Sierpes, convertido durante décadas en una de las imágenes más populares de este rincón del centro histórico.

Real Círculo de Labradores y Propietarios en la calle Pedro Caravaca

Detalle de la escalera

Biblioteca

Salón de Actos

Salón de tertulias

Patio barroco

El inmueble posee además una notable vinculación con la historia de la Semana Santa sevillana. Entre 1693 y 1703 fue sede provisional de la Hermandad del Gran Poder, circunstancia que hoy recuerda una placa colocada en la fachada del edificio. Esta estancia coincidió con uno de los periodos de traslado de la corporación antes de establecer definitivamente su sede canónica.

Placa

Cuando las oficinas de Correos se trasladaron a comienzos de la década de 1930, el antiguo convento inició una nueva etapa. En 1951 fue adquirido por el Real Círculo de Labradores y Propietarios, institución fundada en el siglo XIX y estrechamente vinculada a la aristocracia agrícola y a la alta sociedad sevillana. El arquitecto José María Benjumea dirigió las obras de adaptación, otorgando al edificio su aspecto actual mediante una elegante reinterpretación del barroco sevillano. Del antiguo convento aún se conservan elementos de gran valor, especialmente su magnífico patio barroco, uno de los espacios más interesantes del inmueble.

Durante buena parte de los siglos XIX y XX la calle disfrutó de una intensa actividad comercial y de ocio. En ella se encontraba una parada de diligencias con destino a Huelva, importantes establecimientos comerciales y el histórico Teatro Principal, levantado sobre un solar que posteriormente ocuparía el cine Palacio Central. Durante décadas este cine fue uno de los referentes culturales del centro de Sevilla hasta su cierre, perdiendo la calle una parte importante de la animación que había caracterizado su ambiente. El edificio fue posteriormente utilizado por el Centro Andaluz de Teatro, prolongando así, de alguna manera, su tradicional vocación escénica.

Aunque en la actualidad Pedro Caravaca es una calle eminentemente peatonal y continúa soportando un notable tránsito de personas gracias a su estratégica situación entre Sierpes, O'Donnell y Velázquez, buena parte de sus edificios orientan sus principales accesos hacia esas arterias comerciales, circunstancia que hace que pase casi inadvertida para muchos viandantes. Sin embargo, tras esa apariencia discreta se esconde una vía que resume varios siglos de historia sevillana, donde conventos, instituciones culturales, oficinas públicas, teatros, cines y centros sociales han ido sucediéndose hasta conformar uno de los espacios con mayor riqueza histórica del corazón de la ciudad.