Entre los establecimientos de la calle Rioja
más recordados figura el Gran Britz, elegante cafetería que funcionó
aproximadamente entre 1945 y 1960. Era un local de ambiente distinguido, con
camareros uniformados, refinados veladores y una monumental escalera que le
confería un aire casi teatral. Se convirtió en uno de los lugares favoritos del
ambiente taurino sevillano, frecuentado por figuras como Rafael Gómez Ortega
“El Gallo”.
La tradición popular conserva una curiosa anécdota relacionada con
este establecimiento. Se cuenta que un toro escapado durante un desembarco
llegó hasta la calle Rioja y, al verse reflejado en los grandes escaparates del
café, embistió violentamente creyendo enfrentarse a otro animal. El toro
irrumpió en el establecimiento, donde finalmente fue abatido por la policía.
AREA CENTRO 2
Calle Rioja.
La calle Rioja
constituye una de las grandes arterias comerciales del centro histórico de
Sevilla. Une la calle Sierpes con la plaza de la Magdalena, cruzando el
importante eje formado por las calles Tetuán y Velázquez. Su intensa actividad
comercial y el continuo tránsito de peatones pueden hacer olvidar que se trata
de una vía con más de seis siglos de historia, cuyos sucesivos nombres reflejan
la evolución urbana de la ciudad.
Calle Rioja esquina con Sierpes
La primera
referencia documental conocida aparece en 1405, cuando se menciona como “la
calle que va de la plazuela de la Cerrajería y Sierpes a la calle Ancha de la
Magdalena”. Durante los siglos siguientes recibió distintas denominaciones
según los edificios o actividades que la caracterizaban.
El tramo
comprendido entre Sierpes y Velázquez fue conocido en el siglo XVI como calle
de los Perros. El cronista Luis de Peraza explicaba este curioso nombre
afirmando que allí se alojaban los perros de caza para permanecer próximos a
monteros y cazadores. Más tarde pasó a llamarse calle de Dueñas por el convento
de monjas mínimas de la Victoria, situado en la esquina con Sierpes.
El tramo
comprendido entre Velázquez y la plaza de la Magdalena era conocido desde
comienzos del siglo XVI como calle Ancha de la Magdalena, por la proximidad de
la antigua parroquia del mismo nombre, y posteriormente recibió la denominación
de calle del Ángel debido al convento del Santo Ángel Custodio establecido allí
por los carmelitas descalzos.
En 1845 el
Ayuntamiento decidió dedicar la calle al ilustre humanista, clérigo y poeta
sevillano Francisco de Rioja (1583-1659), una de las figuras literarias más
destacadas del Siglo de Oro español y estrecho colaborador del conde-duque de
Olivares. En 1869 el nombre de Rioja se hizo extensivo a toda la vía,
conservándose hasta la actualidad.
Su
configuración también ha cambiado profundamente con el paso de los siglos. El
primer tramo mantiene un trazado ligeramente curvo y más estrecho, mientras que
el segundo es sensiblemente más amplio y rectilíneo. Las numerosas
alineaciones, derribos y reformas urbanísticas llevadas a cabo durante los
siglos XIX y XX modificaron por completo su aspecto, especialmente con motivo
de la apertura de grandes edificios comerciales y la renovación del centro de
Sevilla. A pesar de estas transformaciones, todavía se perciben algunos
testimonios de la arquitectura regionalista y de la ciudad anterior a las
grandes remodelaciones.
Cruce de Tetuán con Rioja. Año 1930
En la
confluencia con la calle Sierpes se abre un pequeño ensanche ocupado
actualmente por un quiosco. Este espacio corresponde al lugar donde durante
siglos estuvo instalada la célebre Cruz de Cerrajería (leer mas), uno de los
cruceros más emblemáticos de la Sevilla barroca, trasladada posteriormente a su
emplazamiento actual en la Plaza de Santa Cruz.
Confluencia con la calle Sierpes
Entre los
edificios más destacados sobresale el inmueble proyectado por Aníbal González
(numero 11) entre 1915 y 1917 para el empresario Javier Sánchez-Dalp.
Construido íntegramente en ladrillo visto, constituye uno de los mejores
ejemplos del regionalismo sevillano anterior a la Plaza de España. Sus
balcones, galerías y elementos ornamentales muestran la extraordinaria
capacidad del arquitecto para reinterpretar el Renacimiento andaluz con un
lenguaje plenamente moderno. Actualmente sus bajos comerciales están ocupados
por establecimientos de grandes firmas internacionales.
La casa núm. 1,
en la esquina con Sierpes, edificio comercial de los años 20, con un bello azulejo
alusivo al dios Mercurio (leer mas).
Número 1 de la calle Rioja, esquina con la calle Sierpes
Detalle del panel cerámico
Pero ha
desaparecido el convento de monjas mínimas o victorias, en la esquina con Sierpes.
Muy cerca se
conserva una modesta vivienda de reducidas dimensiones que llama poderosamente
la atención por contrastar con los grandes edificios que la rodean. Es uno de
los escasos inmuebles tradicionales que sobrevivieron a las profundas
transformaciones urbanísticas del siglo XX y constituye un valioso recuerdo del
antiguo caserío de la calle.
Otro de los
grandes hitos históricos de Rioja fue el desaparecido Teatro San Fernando.
Inaugurado en 1847 sobre los terrenos que anteriormente había ocupado el
Hospital del Espíritu Santo, llegó a convertirse en el principal teatro de
Sevilla y uno de los más importantes de Andalucía, con capacidad para cerca de
tres mil espectadores. Durante más de un siglo acogió representaciones
teatrales, óperas, conciertos y los grandes acontecimientos culturales de la
ciudad. Anexo al teatro funcionó un conocido café-teatro que constituyó uno de
los principales centros de reunión de la sociedad sevillana. En la actualidad,
el solar está ocupado por un moderno edificio comercial.
Precisamente la
intensa vida social ha sido siempre una de las principales características de
la calle Rioja. Ya en el siglo XVII era descrita como una de las calles más
concurridas de Sevilla. Por ella transitaban las procesiones procedentes de
Triana, desfiles cívicos, cabalgatas, cortejos religiosos e incluso el popular
Entierro de la Sardina. Cafés, casinos, teatros, bares, fondas, puestos de
agua, carruajes y comercios hicieron de esta vía uno de los espacios más
dinámicos de la ciudad.
Entre los
establecimientos más recordados figura el Gran Britz, elegante cafetería que
funcionó aproximadamente entre 1945 y 1960. Era un local de ambiente
distinguido, con camareros uniformados, refinados veladores y una monumental
escalera que le confería un aire casi teatral. Se convirtió en uno de los
lugares favoritos del ambiente taurino sevillano, frecuentado por figuras como
Rafael Gómez Ortega “El Gallo”. La tradición popular conserva una curiosa
anécdota relacionada con este establecimiento. Se cuenta que un toro escapado
durante un desembarco llegó hasta la calle Rioja y, al verse reflejado en los
grandes escaparates del café, embistió violentamente creyendo enfrentarse a
otro animal. El toro irrumpió en el establecimiento, donde finalmente fue
abatido por la policía. Como recuerdo de aquel célebre café, las lámparas que
lo iluminaban fueron trasladadas años después a la Capilla de los Marineros,
donde aún alumbran el templo de la Esperanza de Triana.
Otro de los
edificios más significativos es la iglesia del Santo Ángel, perteneciente a la
Orden de los Carmelitas Descalzos (leer mas).
Durante el
siglo XIX la puerta de la iglesia del Santo Ángel fue asimismo un lugar
habitual de reunión de mendigos e indigentes, circunstancia que provocó
frecuentes quejas de los vecinos y quedó reflejada en la prensa de la época.
Aquella imagen de intensa vida popular convivía con el bullicio de los ómnibus
de mulas, el constante paso de carruajes y el incesante movimiento de comerciantes
y compradores.
Iglesia del Santo Ángel
La calle
también mantiene un importante vínculo con la historia cultural sevillana. En
uno de sus edificios tuvo su primera sede la Biblioteca Pública Provincial,
origen de la actual Biblioteca Pública Infanta Elena. Los primeros quince mil
volúmenes, procedentes en gran parte de la Real Sociedad Económica Sevillana de
Amigos del País, constituyeron el germen de una institución que más tarde se
trasladaría a la calle Alfonso XII y finalmente ocuparía su actual edificio en
la avenida de María Luisa.
En la actualidad
está cruzada por el eje Tetuán-Velázquez, y en su acera izquierda se abren el
pasaje del Ateneo, que comunica con Sierpes y Tetuán; el pasaje Rioja y el
Centro Rioja, que enlazan con Muñoz Olivé. Los tres son cubiertos y están
destinados a comercios, oficinas y algunas viviendas.
Entrada al pasaje Rioja
En la
actualidad, Rioja continúa siendo una de las calles más transitadas de Sevilla.
Sus comercios, pasajes interiores, edificios históricos y su privilegiada
ubicación entre Sierpes, Tetuán y la plaza de la Magdalena la convierten en un
espacio donde conviven el dinamismo comercial y la memoria de una ciudad que
durante siglos encontró en esta vía uno de sus principales escenarios urbanos.
AREA CENTRO 2
Convento Santa María de Gracia (Derribado).
El convento de Santa María de Gracia
fue uno de los monasterios femeninos de la Orden de Predicadores que existieron
en la Sevilla histórica. Fundado durante el primer tercio del siglo XVI,
permaneció activo hasta la desamortización eclesiástica de 1837, cuando la
comunidad fue obligada a abandonar el edificio.
Sus orígenes se encuentran en el
beaterio de Santa Catalina de Siena, establecido junto a la parroquia del mismo
nombre por un grupo de mujeres piadosas bajo la dirección de fray Domingo de
Baltanás, destacado dominico y rector del Colegio de Santo Tomás. En un primer
momento aquellas religiosas vivían conforme a la regla de la Tercera Orden
Dominicana. Para regularizar canónicamente la comunidad solicitaron
autorización pontificia al papa Alejandro VI, aunque la muerte de este impidió
la expedición de la bula. Finalmente, el permiso fue concedido por su sucesor,
el papa Julio II.
El crecimiento de la comunidad hizo
necesario disponer de unas instalaciones más amplias. Fray Domingo de Baltanás
obtuvo para ello unas casas pertenecientes a la viuda Juana Fernández, situadas
en la collación de San Miguel. La propietaria, movida por su profunda devoción,
no solo cedió el inmueble, sino que donó todos sus bienes con el propósito de
ingresar como religiosa en el nuevo convento.
Las obras comenzaron el 12 de junio de
1525 y, pocos meses después, el 25 de octubre de ese mismo año, las seis beatas
fundadoras abandonaron el antiguo beaterio para instalarse en la nueva casa
conventual. La comunidad experimentó un rápido crecimiento y, en 1537, ya
contaba con veintinueve religiosas. Ese mismo año acordaron enviar tres monjas
a Baeza para fundar un nuevo convento dominico femenino, iniciativa que recibió
la correspondiente autorización pontificia en 1539. Antes de 1578 promovieron
además otra fundación en la localidad onubense de Lepe, reflejo del prestigio
alcanzado por la comunidad sevillana.
Portada
Detalle del escudo de la Orden
En 1578 el papa Gregorio XIII concedió
a las religiosas el privilegio de abandonar el régimen de la Tercera Orden para
profesar plenamente como monjas de clausura de la Orden de Predicadores,
consolidando así su situación jurídica y espiritual dentro de la familia
dominicana.
La exclaustración provocada por la
desamortización de Mendizábal en 1837 puso fin a más de tres siglos de vida
conventual. Las religiosas fueron trasladadas al convento de Santa María la
Real, situado en la calle San Vicente, mientras que el antiguo edificio fue
destinado a nuevos usos. La iglesia conventual se transformó en 1841 en el
denominado Teatro de la Campana, mientras que las antiguas dependencias
monásticas se adaptaron como casas de vecinos, perdiéndose gran parte de su
configuración original.
La comunidad de Santa María la Real
permaneció en Sevilla hasta 1976, año en que las dominicas se trasladaron a un
nuevo monasterio construido en Bormujos. Allí se conservan varias de las
principales obras procedentes del antiguo convento de Santa María de Gracia,
entre ellas la imagen titular de Santa María de Gracia, realizada por Juan de
Oviedo el Mozo en 1601; un Jesús con la cruz a cuestas de comienzos del siglo
XVII; un San Vicente Ferrer fechado en 1765; el Cristo de los Atribulados, obra
de mediados del siglo XVI; Nuestra Señora de la Encarnación, documentada en el
convento al menos desde el siglo XVII, y una imagen de la Virgen del Rosario.
Como testimonio material de la
existencia del monasterio también se conserva un azulejo de la segunda mitad
del siglo XVIII con el nombre del convento y la numeración de la calle,
actualmente custodiado en el Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla.
Estas piezas constituyen algunos de los escasos vestigios que recuerdan la
larga presencia de esta comunidad dominica en el corazón de la ciudad.
ALGUNAS LEYENDAS DE SEVILLA
Leyenda de la calle Sierpes.
La tradición popular sitúa el origen
del nombre de la calle Sierpes en una de las leyendas más conocidas de la
Sevilla bajomedieval. Aunque carece de base histórica, este relato gozó de
enorme difusión durante siglos y llegó a formar parte del imaginario colectivo
de la ciudad.
Según la leyenda, a finales del siglo
XV comenzaron a desaparecer de forma misteriosa numerosos niños en las
inmediaciones de la entonces calle Espaderos. Las desapariciones se producían
sin seguir un patrón determinado, tanto de día como de noche, y no dejaban el
menor indicio sobre el paradero de las víctimas. La inquietud se extendió
rápidamente entre los vecinos, que terminaron solicitando la intervención de
don Alfonso de Cárdenas, comendador mayor de León y regente de Sevilla en
aquellos años.
Cuando el temor comenzaba a apoderarse
de la población, un preso de la Cárcel Real hizo llegar un mensaje al
comendador. Aseguraba conocer al responsable de las desapariciones y se
comprometía a demostrarlo, pero imponía una única condición: recuperar su
libertad una vez resuelto el misterio. Alfonso de Cárdenas aceptó el trato y
envió a un escribano para tomar declaración al desconocido.
El misterioso informante resultó ser
Melchor de Quintana y Argüeso, bachiller en Letras por la Universidad de Osuna,
una de las instituciones académicas más prestigiosas de la época. Había sido
encarcelado por su participación en una rebelión promovida por el duque de
Arcos contra la Corona. Ante el escribano relató cómo, durante un intento de fuga,
había excavado un túnel que, de manera fortuita, lo condujo a unas antiguas
galerías subterráneas atribuidas por la tradición a las épocas romana y
musulmana.
Mientras recorría aquellos pasadizos en
busca de una salida, afirmó haberse encontrado con el causante de las
desapariciones. Tras enfrentarse a él, consiguió darle muerte con una daga. Sin
embargo, lejos de aprovechar la ocasión para escapar definitivamente, regresó
voluntariamente a la prisión, convencido de que su acción le permitiría obtener
el perdón prometido.
Guiados por el propio Melchor de
Quintana, el comendador y sus hombres descendieron hasta el lugar señalado.
Allí encontraron una escena sobrecogedora: el cuerpo sin vida de una gigantesca
serpiente atravesada por una daga y, a su alrededor, numerosos restos óseos
humanos que parecían confirmar la macabra historia. La criatura, cuyo grosor
—según la tradición— era comparable al de un hombre adulto, fue trasladada y
expuesta públicamente en la calle Espaderos.
La noticia atrajo a curiosos
procedentes de todos los barrios de Sevilla e incluso de localidades cercanas.
El extraordinario suceso hizo que la antigua calle Espaderos comenzara a ser
conocida popularmente como la "calle de la Sierpe", denominación que,
con el paso del tiempo, terminó evolucionando hasta el actual nombre de calle
Sierpes.
Como
recompensa por su hazaña, Melchor de Quintana obtuvo la libertad que había
solicitado. La leyenda añade que decidió establecerse definitivamente en
Sevilla y que llegó a contraer matrimonio con una hija del propio Alfonso de
Cárdenas, culminando así una historia tan extraordinaria como improbable.
Desde el punto de vista histórico, este
relato debe entenderse como una manifestación del rico universo legendario
medieval más que como un hecho real. Historias semejantes, protagonizadas por
dragones, serpientes monstruosas o reptiles gigantes, fueron muy frecuentes en
la Europa occidental entre los siglos XII y XV, simbolizando habitualmente la
victoria del bien sobre el mal y el restablecimiento del orden tras una etapa
de caos. En España existen otros ejemplos célebres, como la leyenda del Lagarto
de Granada, que responde a los mismos esquemas narrativos.
AREA CENTRO 2
Calle Pedro Caravaca.
La calle Pedro
Caravaca constituye uno de los discretos ejes que comunican la histórica calle
Sierpes con la confluencia de O'Donnell y Velázquez. Aunque hoy pueda pasar
desapercibida frente al intenso movimiento comercial de las vías que la rodean,
su reducido trazado conserva una historia estrechamente ligada a la evolución
urbana, religiosa y social del centro de Sevilla.
Calle Pedro Caravaca
Durante siglos
la calle careció de una denominación fija. A comienzos del siglo XVII los documentos
simplemente la describían como "la que va desde la calle de la Sierpes a
la calle de la Muela", antigua denominación de la actual Velázquez. Poco
después comenzó a conocerse como calle de San Acasio, nombre tomado del
convento de los agustinos calzados establecido allí en 1633 bajo la advocación
de este santo mártir. Esa denominación permaneció vigente durante casi tres
siglos y aparece ya reflejada en el plano de Pablo de Olavide de 1771.
En 1932,
durante la Segunda República, la vía fue rebautizada como calle Aristide
Briand, en homenaje al político y premio Nobel de la Paz francés. Sin embargo,
tras los acontecimientos de 1936 recibió el nombre actual de Pedro Caravaca
Rogé, destacado empresario sevillano, secretario de la Comisión Permanente de la
Federación Económica de Andalucía (FEDA) y comisario real de la Exposición
Iberoamericana de 1929. Caravaca, que presidía la patronal sevillana, fue
asesinado el 20 de mayo de 1933, convirtiéndose su nombre en una de las muchas
referencias urbanas relacionadas con los convulsos años de la Segunda
República.
La calle es
corta y de trazado casi rectilíneo, aunque presenta una ligera curvatura ya
visible en la cartografía del siglo XVIII. Su aspecto actual es consecuencia de
diversas reformas y alineaciones realizadas entre finales del siglo XIX y
principios del XX. Fue adoquinada en 1913 y pocos años después recibió un
pavimento de losetas asfálticas, aunque hoy conserva diferentes tipos de suelo
según el tramo, reflejo de las sucesivas intervenciones urbanísticas realizadas
en distintas épocas.
El edificio más
importante de la calle es, sin duda, la sede del Real Círculo de Labradores y
Propietarios de Sevilla. Sus orígenes se remontan al antiguo convento de San
Acasio de los agustinos calzados, fundado en 1633. La comunidad religiosa
abandonó el inmueble durante la ocupación francesa, iniciándose entonces una
larga sucesión de usos civiles. El edificio acogió dependencias del Crédito
Público, fue sede de la Academia de las Tres Nobles Artes, albergó una
biblioteca pública y, posteriormente, las oficinas centrales de Correos. Muchos
sevillanos todavía recuerdan el característico buzón de hierro con forma de
boca de león situado en la esquina con Sierpes, convertido durante décadas en
una de las imágenes más populares de este rincón del centro histórico.
Real Círculo de Labradores y Propietarios en la calle
Pedro Caravaca
Detalle de la escalera
Biblioteca
Salón de Actos
Salón de tertulias
Patio barroco
El inmueble
posee además una notable vinculación con la historia de la Semana Santa
sevillana. Entre 1693 y 1703 fue sede provisional de la Hermandad del Gran
Poder, circunstancia que hoy recuerda una placa colocada en la fachada del
edificio. Esta estancia coincidió con uno de los periodos de traslado de la
corporación antes de establecer definitivamente su sede canónica.
Placa
Cuando las
oficinas de Correos se trasladaron a comienzos de la década de 1930, el antiguo
convento inició una nueva etapa. En 1951 fue adquirido por el Real Círculo de
Labradores y Propietarios, institución fundada en el siglo XIX y estrechamente
vinculada a la aristocracia agrícola y a la alta sociedad sevillana. El
arquitecto José María Benjumea dirigió las obras de adaptación, otorgando al
edificio su aspecto actual mediante una elegante reinterpretación del barroco
sevillano. Del antiguo convento aún se conservan elementos de gran valor,
especialmente su magnífico patio barroco, uno de los espacios más interesantes
del inmueble.
Durante buena
parte de los siglos XIX y XX la calle disfrutó de una intensa actividad
comercial y de ocio. En ella se encontraba una parada de diligencias con
destino a Huelva, importantes establecimientos comerciales y el histórico
Teatro Principal, levantado sobre un solar que posteriormente ocuparía el cine
Palacio Central. Durante décadas este cine fue uno de los referentes culturales
del centro de Sevilla hasta su cierre, perdiendo la calle una parte importante
de la animación que había caracterizado su ambiente. El edificio fue
posteriormente utilizado por el Centro Andaluz de Teatro, prolongando así, de
alguna manera, su tradicional vocación escénica.
Aunque en la
actualidad Pedro Caravaca es una calle eminentemente peatonal y continúa
soportando un notable tránsito de personas gracias a su estratégica situación
entre Sierpes, O'Donnell y Velázquez, buena parte de sus edificios orientan sus
principales accesos hacia esas arterias comerciales, circunstancia que hace que
pase casi inadvertida para muchos viandantes. Sin embargo, tras esa apariencia
discreta se esconde una vía que resume varios siglos de historia sevillana,
donde conventos, instituciones culturales, oficinas públicas, teatros, cines y
centros sociales han ido sucediéndose hasta conformar uno de los espacios con
mayor riqueza histórica del corazón de la ciudad.