AREA CENTRO 2
Calle Sagasta.
La calle Sagasta constituye una de las
vías más emblemáticas del centro histórico de Sevilla. Une la plaza del
Salvador con la confluencia de las calles Sierpes y Jovellanos, formando parte
del principal eje comercial de la ciudad desde hace más de seis siglos. Su
intensa actividad mercantil, la riqueza de sus edificios y las numerosas
historias que han transcurrido entre sus fachadas la convierten en una calle
donde cada tramo conserva la memoria de distintas épocas de Sevilla.
Calle Sagasta
Su origen documental se remonta, al
menos, al año 1384, cuando aparece citada con el nombre de calle Gallegos. El
origen de esta denominación continúa siendo objeto de debate. La tradición más
difundida sostiene que Fernando III concedió casas en este lugar a soldados
gallegos que participaron en la conquista de Sevilla en 1248, dando origen a
una pequeña comunidad de vecinos procedentes de Galicia. Otros autores
consideran que el topónimo deriva de Martín Meléndez Gallego, caballero de la
conquista y fundador del linaje de los Gallego, cuya casa solariega se
levantaba en la esquina de la calle con la plaza del Salvador. Existe incluso
una tercera hipótesis que relaciona el nombre con el comercio del llamado
“pescado cecial” procedente de Galicia, cuya venta está documentada en la calle
durante el siglo XV, cuando algunos vecinos declaraban haber invertido “la
mayor parte de nuestros caudales enviando a Galicia por dicho pescado”.
A finales del siglo XV y comienzos del
XVI convivió con otra denominación, calle de los Ataúdes o Atahúdes, según
consta en un apeo de propiedades de la Catedral de 1502, donde se menciona una
casa situada “en la calle de Atahudes o Gallegos”. El nombre de Gallegos
perduró durante más de quinientos años, hasta que en 1903 el Ayuntamiento decidió
dedicar la calle a Práxedes Mateo Sagasta (1827-1903), varias veces presidente
del Consejo de Ministros y una de las figuras más representativas del
liberalismo español. Durante la posguerra recuperó temporalmente su antiguo
nombre de Gallegos, circunstancia que todavía recuerda un azulejo cerámico
situado en la entrada desde Sierpes. Finalmente, en 1981 volvió definitivamente
a llamarse Sagasta.
Sagasta. Antigua calle de Gallegos
La calle ha experimentado importantes
transformaciones urbanísticas. Durante siglos fue mucho más estrecha de lo que
hoy conocemos. Ya en el siglo XV existía el callejón que actualmente constituye
la calle Monardes, entonces considerado simplemente un ramal de Sagasta. La
necesidad de mejorar la circulación llevó al Ayuntamiento a plantear repetidos
ensanches durante el siglo XIX. Tras numerosos debates, en 1868 fueron
demolidas varias casas junto a la confluencia con Sierpes, otorgando mayor
amplitud al acceso. Desde mediados del siglo XIX comenzó también a cubrirse con
toldos durante los meses de verano, una tradición que continúa vigente y que
constituye uno de los rasgos más característicos del paisaje urbano del centro
de Sevilla.
El pavimento también refleja la
evolución de la ciudad. Los vecinos solicitaron ya en 1585 que la calle fuera
enladrillada. En 1868 se colocaron losas de Tarifa y, a comienzos del siglo XX,
fueron sustituidas por baldosas de cemento. Hoy presenta un pavimento similar
al de la calle Sierpes y mantiene su carácter exclusivamente peatonal. Durante
el siglo XIX era considerada una de las vías mejor iluminadas de Sevilla
gracias a su alumbrado de gas, hasta el punto de que la prensa elogiaba la
“claridad de sus innumerables luces”.
Uno de sus edificios más destacados es
la larga fachada lateral del antiguo Hospital de Nuestra Señora de la Paz,
perteneciente a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. El edificio,
levantado sobre hospitales anteriores, constituye uno de los conjuntos
asistenciales más importantes del casco histórico y hoy residencia
de ancianos. Dicha fachada está dividida en calles por pilastras, con cuatro
plantas y un ático. Durante siglos acogió establecimientos comerciales en sus
bajos, prolongando la intensa actividad económica de la calle.
Puerta de acceso a Hospital de Nuestra Señora de la Paz
Rotulo sobre el dintel
Patio del antiguo Hospital de san Juan de Dios
Sagasta ha sido tradicionalmente uno de
los grandes centros comerciales de Sevilla. Ya en la Edad Media se instalaban
puestos de pescado y frutas. Durante los siglos XVIII y XIX abundaban las
tiendas de quincalla, peines de concha y cuerno, fondas, almacenes y comercios
especializados. El viajero Richard Ford destacó la buena reputación de la Fonda
de Europa, mientras que la prensa de la época afirmaba que prácticamente todas
las puertas de la calle correspondían a tiendas o almacenes. En la esquina con
la plaza del Salvador era habitual encontrar a los mozos de cuerda,
trabajadores que transportaban mercancías para comerciantes y particulares.
Entre sus establecimientos históricos
sobresalió la relojería Torner, durante generaciones relojero oficial de la
ciudad, así como la antigua Tienda de Loza de Pedernal, abierta por Guillermo
Aponte y su socio Carlos Pickman. Desde este establecimiento se importaban
porcelanas y cerámicas inglesas procedentes de Liverpool, un negocio que
acabaría dando origen a la célebre fábrica de Pickman en el Monasterio de la
Cartuja. Precisamente de aquella relación surgiría una curiosa historia
patrimonial: cuatro columnas medievales desmontadas del antiguo monasterio
fueron trasladadas al cercano Corral de los Gallegos y hoy se conservan
integradas en el Pasaje Maestro Gámez Laserna (leer mas).
Otra imagen inseparable de Sagasta es
el histórico puesto de flores instalado junto al número 11 desde finales del
siglo XIX. Varias generaciones de floristas han mantenido viva una estampa
tradicional del centro de Sevilla, mientras que muy cerca continúa funcionando
una de las administraciones de lotería más conocidas de la ciudad, donde las
largas colas forman parte del paisaje cotidiano.
Puesto de flores
La calle también fue escenario de
algunas de las primeras manifestaciones del ocio moderno. En 1906 abrió sus
puertas el Salón Victoria, considerado uno de los primeros locales dedicados al
cinematógrafo en Sevilla. En él no solo se proyectaban películas, sino que las
sesiones eran acompañadas por música en directo y, posteriormente, por el
cromófono, un sistema que sincronizaba sonido e imagen, convirtiendo el
establecimiento en uno de los espacios de entretenimiento más innovadores de la
ciudad.
Desde el punto de vista arquitectónico,
Sagasta conserva uno de los conjuntos modernistas más interesantes de Sevilla.
Los edificios de los números 3, 5 y 7, levantados hacia 1910, muestran
distintas interpretaciones del modernismo sevillano, caracterizado por la riqueza
ornamental más que por la ruptura estructural propia del Art Nouveau europeo.
El número 3, promovido por el Banco
Hispano Americano y proyectado por el arquitecto Jacobo Galí Lassaletta,
presenta una clara inspiración francesa, con frontones de tradición clásica
enriquecidos con ornamentación modernista y una elegante galería de ventanales
separados por columnas de capiteles clásicos.
El inmueble del número 5 apuesta por un
lenguaje decorativo más próximo al modernismo regional, utilizando el contraste
entre los relieves blancos y el fondo oscuro de la fachada, con abundantes
motivos florales y figuras mitológicas.
El edificio del número 7, por su parte,
organiza su fachada mediante galerías de arcos y una decoración más contenida,
donde predominan las referencias vegetales y las figuras humanas integradas en
los capiteles, constituyendo un magnífico ejemplo del eclecticismo
arquitectónico de principios del siglo XX.
A lo largo de los siglos, Sagasta
también ha albergado edificios hoy desaparecidos, como la casa del mayorazgo de
los marqueses de Paradas, un retablo dedicado a la Virgen de Belén o un antiguo
altar de la Inmaculada mencionado en documentos del siglo XVII. Entre sus
vecinos más populares destacó Manolito Gázquez, personaje célebre por su
ingenio y sus extravagantes historias, inmortalizado por Estébanez Calderón y
recordado por Álvarez Benavides como un hombre de extraordinaria imaginación
para inventar embustes.
Hoy, como hace seiscientos años, Sagasta continúa siendo una de las arterias comerciales más vivas de Sevilla. Bajo la sombra de sus toldos, entre escaparates históricos y edificios modernistas, sigue conservando el bullicio, la personalidad y el carácter mercantil que la han definido desde la Edad Media, convirtiéndose en una de las calles donde mejor puede comprenderse la evolución urbana, económica y social de la ciudad.



No hay comentarios:
Publicar un comentario