jueves, 9 de julio de 2026

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Pasaje Maestro Gámez Laserna.

El Pasaje Maestro Gámez Laserna es uno de esos rincones del casco histórico de Sevilla que pasan fácilmente desapercibidos para quienes recorren las calles Cuna o Sagasta. Sin embargo, tras su aspecto de tranquilo pasaje residencial se esconde un espacio cargado de historia.

Este pasaje fue abierto en la década de 1980 sobre el solar que ocupó el antiguo Corral de los Gallegos, un corral de vecinos que desapareció durante las transformaciones urbanísticas de los años setenta. En 1989 recibió oficialmente el nombre de Maestro Gámez Laserna, en homenaje al compositor Pedro Gámez Laserna (1907-1987), célebre autor de numerosas marchas procesionales y director de la banda de música del Regimiento de Soria nº 9, posteriormente integrado en la División Guzmán el Bueno.

Su trazado resulta singular dentro del entramado urbano sevillano. Une las calles Cuna y Moreno López mediante un recorrido quebrado, dividido en varios tramos y diferentes niveles salvados por escalinatas. En algunos puntos se ensancha formando pequeños patios adornados con jardineras y una fuente central, configurando un espacio silencioso y apacible. Las viviendas de cuatro alturas conviven con pequeños establecimientos artesanales y comerciales.

Pequeño patio


Pequeño patio

Detalle de la fuente central

Pero el mayor interés histórico del pasaje se encuentra en cuatro columnas de estilo nazarí, de mármol blanco con anillos concéntricos en los extremos del fuste, empotradas en uno de sus muros. A simple vista parecen un sencillo elemento decorativo, aunque en realidad constituyen un extraordinario testimonio del patrimonio reutilizado de Sevilla.

Cuatro columnas en el pasaje

Detalle de una de las columnas

La historia de estas columnas comienza en el primer tercio del siglo XIX, cuando  Guillermo Aponte junto a su socio, un joven inglés llamado Carlos Pickman, se encargaba de importar loza y cerámica desde Liverpool. Un negocio que debía ser bastante rentable, ya que entre la calidad del producto, más refinado y elegante del que hasta ese momento se fabricaba en los alfares de Triana. En 1838 Carlos Pickman decide montar su propia industria para lo que alquila primero y después compra el antiguo Monasterio de Santa María de las Cuevas para instalar la futura fábrica de loza de La Cartuja. La adaptación de las dependencias monásticas a su nuevo uso industrial obligó a realizar importantes transformaciones arquitectónicas. Entre ellas se desmontó un claustro del siglo XV cuyas veinticuatro columnas fueron retiradas y dispersadas por distintos lugares de la ciudad.

Cuatro de aquellas columnas fueron adquiridas por su socio Guillermo Aponte, que las trasladó al Corral de los Gallegos, un amplio caserón situado en la desaparecida calle Oropesa, donde permanecieron durante más de un siglo formando parte del edificio. 

Corral de los Gallegos. En primer plano, a la izquierda, se puede observar una de las columnas de mármol. (ver) (CC BY 3.0)

Cuando el Corral de los Gallegos fue demolido en los años setenta del siglo XX, las cuatro columnas lograron salvarse. En lugar de perderse con el resto del edificio, fueron integradas en el nuevo Pasaje Maestro Gámez Laserna, donde todavía pueden contemplarse como recuerdo de su largo viaje por la historia de Sevilla.

Su recorrido resume buena parte de la evolución de la ciudad: nacieron sosteniendo un claustro monástico medieval; pasaron después a formar parte de un corral de vecinos del siglo XIX y, finalmente, terminaron convertidas en un discreto elemento ornamental de un pasaje contemporáneo. Son un magnífico ejemplo de la reutilización de materiales arquitectónicos, una práctica frecuente en Sevilla, donde numerosos fragmentos del pasado sobreviven integrados en edificios posteriores. Quienes atraviesan hoy el Pasaje Maestro Gámez Laserna contemplan, quizá sin advertirlo, cuatro silenciosos testigos de más de quinientos años de historia sevillana.

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