miércoles, 27 de mayo de 2026

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Iglesia de la Anunciación.

HISTORIA

La actual Iglesia de la Anunciación, situada en la céntrica calle Laraña de Sevilla, antigua calle de la compañía, dentro de la collación del Salvador, constituye uno de los ejemplos más sobresalientes del Renacimiento sevillano y un lugar fundamental para comprender la historia religiosa, intelectual y universitaria de la ciudad. Frente al moderno entorno de las Setas de la Encarnación, este templo resume siglos de espiritualidad, enseñanza y transformaciones urbanas.

Estuvo situada junto al desaparecido convento de la Encarnación y a su homónima plaza, además de a los cercanos conventos de Santa Inés, San Antonio Abad, al Hospital de la Misericordia y a las parroquias de San Pedro y Santa Catalina.

Iglesia de la Anunciación



Antiguo rotulo de la calle

Antiguo rotulo de la calle

Los orígenes del conjunto se remontan a mediados del siglo XVI, cuando la Compañía de Jesús decidió establecer en Sevilla su primera Casa Profesa. Los jesuitas habían llegado a la ciudad en 1554, en un momento en que Sevilla vivía una etapa de enorme prosperidad gracias al comercio con América.

La primera piedra del edificio fue colocada en 1565. Las trazas iniciales fueron realizadas por el jesuita Bartolomé de Bustamante, superintendente de la orden y hombre de amplios conocimientos arquitectónicos. Sin embargo, la ejecución definitiva del complejo acabaría vinculada a dos figuras esenciales de la arquitectura sevillana del Renacimiento: Juan Bautista Villalpando, encargado de la casa y dependencias colegiales, y Hernán Ruiz el Joven, maestro mayor de la Catedral de Sevilla y responsable de la iglesia. La iglesia fue consagrada en 1579, culminando así unas obras que dotaron a la ciudad de uno de sus templos más innovadores.

El diseño de Hernán Ruiz revela la influencia de los grandes tratadistas italianos del Renacimiento, especialmente Sebastiano Serlio, cuyas ideas aparecen reflejadas también en el conocido Manuscrito de Arquitectura redactado por el propio arquitecto sevillano. La portada principal, ejecutada hacia 1568, responde claramente a esos modelos italianizantes.

La Casa Profesa ocupaba un amplio conjunto arquitectónico de tres plantas organizado en torno a un gran patio porticado con columnas de mármol. Parte de esas columnas todavía se conservan en la actual Facultad de Bellas Artes. El edificio contaba además con otro patio secundario ajardinado y dependencias que llegaban hasta la entonces llamada calle de la Sopa, hoy calle Compañía.

Durante los siglos XVI y XVII, la Casa Profesa de la Anunciación se convirtió en uno de los principales focos intelectuales y religiosos de Andalucía. Desde Sevilla partieron numerosos jesuitas hacia los territorios americanos, por lo que el lugar desempeñó un papel esencial en la expansión de la Compañía de Jesús en ultramar. El colegio se transformó en un importante centro de formación teológica y humanística, estrechamente ligado al espíritu de la Contrarreforma católica.

En 1767, el rey Carlos III decretó la expulsión de los jesuitas de todos los territorios españoles y como ocurrió con muchas propiedades de la orden, el edificio quedó abandonado temporalmente y pasó a manos de la Corona.

En 1771, el ilustrado Pablo de Olavide impulsó el traslado de la Universidad de Sevilla al antiguo colegio jesuita. Hasta entonces la institución universitaria había tenido su sede en el Colegio de Santa María de Jesús (ver), del que hoy queda solamente la capilla situada próxima a la Puerta de Jerez, esquina con la Avda. de la Constitución. Con este cambio, el edificio recuperó plenamente su función educativa, ahora bajo los ideales reformistas de la Ilustración.

La iglesia pasó entonces a convertirse en capilla universitaria, función que mantendría durante casi dos siglos. En sus naves se celebraron actos académicos, ceremonias religiosas y acontecimientos ligados a la vida universitaria sevillana. La antigua Casa Profesa jesuita quedó así unida para siempre a la historia de la Universidad de Sevilla.

Durante el siglo XIX y comienzos del XX, el complejo sufrió numerosas transformaciones. A principios del pasado siglo, dentro de las reformas urbanísticas previas a la Exposición Iberoamericana de 1929, el arquitecto José Gómez Millán (ver) dirigió una profunda remodelación de la fachada del antiguo edificio universitario, otorgándole un aire regionalista acorde con el gusto arquitectónico de la época.

En 1931, coincidiendo con los disturbios anticlericales producidos tras la proclamación de la Segunda República, el antiguo colegio jesuita fue asaltado e incendiado. Aunque la iglesia logró conservar buena parte de su patrimonio artístico, aquellos acontecimientos marcaron profundamente la historia del conjunto.

La Universidad de Sevilla permaneció en el edificio hasta 1956, año en que se trasladó definitivamente a la antigua Real Fábrica de Tabacos. Tras la marcha de la institución académica, gran parte de las antiguas dependencias universitarias fueron derribadas para levantar la actual Facultad de Bellas Artes.

De todo el complejo original solo sobrevivieron la iglesia, algunas galerías porticadas y la cripta subterránea. Esta última sería acondicionada posteriormente como Panteón de Sevillanos Ilustres, donde reposan figuras destacadas de la historia y la cultura andaluza. Curiosamente, el acceso a este espacio se realiza hoy a través de la Facultad de Bellas Artes y no directamente desde la iglesia, símbolo de la estrecha relación histórica entre ambos edificios.

La portada del antiguo colegio no desapareció por completo. Fue trasladada al compás del convento de Convento de Santa Clara, donde todavía puede contemplarse como recuerdo del desaparecido conjunto jesuítico.

Antiguo Colegio de la Anunciación. La portada se trasladó al convento de Santa Clara.

Iglesia de la Anunciación

Desde 1970, es sede de la Hermandad del Valle, una de las corporaciones penitenciales más queridas de la Semana Santa sevillana.

EXTERIOR

La Iglesia de la Anunciación, presenta al exterior una de las composiciones más interesantes del manierismo andaluz del siglo XVI. Aunque hoy el edificio aparece parcialmente oculto entre construcciones universitarias y el arbolado de la Plaza de la Encarnación, todavía conserva una poderosa presencia monumental que permite comprender la importancia que tuvo dentro de la arquitectura sevillana de su tiempo.

Iglesia de la Anunciación

Detalle del muro a la plaza de la Encarnación

La fachada principal, levantada íntegramente en ladrillo visto, se sitúa a los pies del templo y responde a las trazas de Hernán Ruiz II, una de las grandes figuras del Renacimiento andaluz. La portada se organiza mediante un gran arco de medio punto que actúa como eje central de toda la composición. Este arco aparece flanqueado por robustas columnas de orden jónico —aunque algunos autores las describen como toscanas debido a la severidad de su diseño— que sostienen un elevado entablamento rematado por frontón recto. El conjunto revela la influencia de la arquitectura clásica italiana y el conocimiento que Hernán Ruiz tenía de los modelos renacentistas difundidos por Andrea Palladio.

Detalle de la portada principal

La portada se estructura en dos cuerpos claramente diferenciados. El inferior presenta el acceso principal y dos hornacinas laterales que originalmente debieron concebirse para albergar esculturas, aunque durante mucho tiempo permanecieron vacías. En el cuerpo superior se desarrolla una compleja composición de aire manierista, organizada como un retablo pétreo de pequeños compartimentos geométricos, nichos y espacios rectangulares que aportan gran riqueza visual al conjunto.

Detalle del cuerpo inferior

Detalle del cuerpo superior

En el centro destaca un magnífico relieve circular o tondo de la Virgen con el Niño, realizado entre 1570 y 1572 por el escultor Juan Bautista Vázquez el Viejo. A ambos lados se añadieron durante el siglo XVIII dos esculturas colocadas en hornacinas laterales. Representan a San José con el Niño y a un arcángel guerrero identificado generalmente con San Miguel, aunque en ocasiones se ha confundido con San Rafael. 

Detalle del centro

Tondo de la Virgen con el Niño

Arcángel San Miguel

San José con el Niño

Detalle del escudo del tímpano

Al lado derecho de la portada principal visualizamos un azulejo de la ruta cervantina (ver)Uno de los principales promotores fue Don José Gestoso y Pérez (ver) que diseñó los paneles que fueron  ejecutados en la fábrica trianera de José Mensaque y Vera. Los textos fueron redactados con la colaboración del escrito sevillano y estudioso cervantino Francisco Rodríguez Marín. 

Azulejo cervantino

Menos conocida, aunque de enorme interés artístico, es la portada lateral que comunica la iglesia con el patio de la actual Facultad de Bellas Artes. Se trata de una puerta construida en 1568, precisamente el mismo año en que concluyeron las obras renacentistas de la Giralda. Su diseño, también relacionado con Hernán Ruiz II, presenta una elegante decoración geométrica de inspiración clásica. Está formada por un arco de medio punto entre pilastras dóricas y rematada por un frontón recto. Desgraciadamente, delante se ha construido una escalera que divide en dos su visión.

Portada lateral que comunica la iglesia con el patio de la actual Facultad de Bellas Artes

Desde cierta distancia sobresale la silueta de la cúpula, revestida exteriormente con azulejería sevillana tradicional. La linterna hubo de ser reconstruida tras los graves daños ocasionados por el terremoto de Lisboa de 1755. Las crónicas de la época señalan que gran parte de ella “se vino a plomo” durante el seísmo. Diversos investigadores consideran probable la intervención del arquitecto Sebastián Van der Borcht en su restauración, especialmente por encontrarse entonces trabajando en importantes obras sevillanas como la Capilla Real de la Catedral y la Real Fábrica de Tabacos.

Cúpula

Detalle de la cúpula

Detalle de la cúpula

Detalle de la cruz que corona la cúpula

Junto a la cabecera se eleva la torre, situada a la izquierda del presbiterio. Su aspecto resulta peculiar por carecer de chapitel o remate superior, circunstancia que le proporciona una apariencia de inacabada. Está formada por un sencillo cuerpo de campanas con vanos de medio punto abiertos entre pilastras.

Detalle de la cúpula y la torre-campanario

Detalle de la cúpula y la torre-campanario

Torre campanario

Torre campanario

Aún pueden descubrirse en algunos sectores de la fachada y los muros exteriores restos de policromía en tonos dorados y almagra, testimonio del aspecto mucho más colorista que debió presentar originalmente el edificio.

En el lateral que da a la Plaza de la Encarnación se encuentra además un gran retablo cerámico dedicado al Santísimo Cristo de la Buena Muerte, titular histórico de la Hermandad de los Estudiantes, que tuvo su sede en este templo hasta mediados del siglo XX. La obra fue realizada en 1949 por Antonio Kiernam Flores para conmemorar las bodas de plata de la corporación.

Retablo cerámico del Santísimo Cristo de la Buena Muerte

Detalle

El conjunto exterior de la Iglesia de la Anunciación resume de manera la evolución artística sevillana entre el Renacimiento y el Barroco. La combinación de arquitectura clasicista, escultura manierista, cerámica popular y elementos decorativos tradicionales, pero muchas veces pasa desapercibido por el intenso tránsito urbano del entorno universitario.

INTERIOR

El templo presenta planta de cruz latina y una sola nave de gran amplitud, propia de la arquitectura vinculada a la antigua Casa Profesa de la Compañía de Jesús. La amplitud del espacio, unida a la elevada altura de sus cubiertas, crea un ambiente majestuoso que acentúa la verticalidad y la monumentalidad del conjunto.

Vista desde los pies del templo

Vista desde la cabecera del templo

La nave se divide en dos grandes tramos cubiertos con bóvedas vaídas o de pañuelo, mientras que los brazos del crucero y la capilla mayor se cubren mediante bóvedas de medio cañón. En el centro del crucero se alza una gran cúpula semiesférica decorada con casetones de inspiración italiana, uno de los elementos más destacados del edificio. Sobre ella se sitúa la linterna, reconstruida y restaurada en el siglo XVIII por el ingeniero holandés Sebastián Van der Borch tras los daños ocasionados por el terremoto de Lisboa de 1755, intervención que permitió devolver estabilidad y luminosidad al conjunto.

Bóvedas vaídas o de pañuelo de la nave

Bóvedas de medio cañón del brazo de la epístola del crucero

Cúpula semiesférica del centro del crucero 

El peso de las cubiertas descansa sobre robustas pilastras adosadas a los muros, de las que arrancan amplios arcos fajones que refuerzan estructuralmente las bóvedas.

A los pies de la iglesia se encuentra el coro alto, situado sobre un gran arco escarzano que domina visualmente la entrada. Bajo él se desarrolla el sotocoro, decorado con yeserías barrocas de elegante traza, cuyo lenguaje ornamental recuerda algunos modelos del Renacimiento italiano. En esta zona también se sitúa el órgano, que contribuye a realzar la importancia litúrgica y musical que históricamente tuvo el templo.

Detalle de los pies de la Iglesia

Detalle del órgano

Detalle del sotocoro con arco escarzano

Detalle de las yeserías

Detalle de azulejo con el cordero sobre el libro de los siete sellos

El presbiterio, elevado sobre cinco gradas, destaca por sus grandes proporciones y por la amplitud de su espacio. Todo el interior estuvo enriquecido con pinturas murales realizadas durante la primera mitad del siglo XVIII. Aunque muchas de ellas han sufrido importantes deterioros y repintes a lo largo del tiempo, todavía permiten apreciar el esplendor decorativo que llegó a poseer la iglesia. 

Detalle del presbiterio

Las pinturas del crucero izquierdo, ejecutadas entre 1709 y 1712, representan escenas relacionadas con la vida de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. Por su parte, las del crucero derecho, realizadas hacia 1735, muestran composiciones ornamentales plenamente barrocas, caracterizadas por su riqueza decorativa y su sentido escenográfico. Son prácticamente imposibles de fotografiar por la escasa iluminación del templo y su grave deterioro.

Detalle de las pinturas del brazo derecho del crucero 

EPISTOLA

Vista general del lado de la epístola

En primer lugar, encontramos una pintura de Martínez Montañés con el siguiente texto:

“Con esta muestra la Universidad de Sevilla quiere sumarse a los actos conmemorativos del 450 aniversario del escultor prestigioso Juan Martínez Montañés. Con la recién acabada restauración del retablo de San Juan Bautista y junto a algunas de sus esculturas más destacadas, La Anunciación, y con ello nuestra universidad, se convierte en uno de los principales lugares montañesinos, y por ende de su época".

"El templo, iniciado en 1565, tres años antes del nacimiento del maestro, y culminado en 1579, como iglesia de la Casa profeso de los jesuitas, fue uno de los grandes instrumentos del manierismo en la ciudad de Sevilla. En él, se puede decir, se dieron los primeros pasos hacia el barroco, que tan significado es en nuestra ciudad".

"La conexión del templo con la Universidad viene de largo. Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, el Asistente de Sevilla, Pablo de Olavide, la propuso como sede de la Universidad de Sevilla, ubicada hasta entonces en el Colegio de Santa María de Jesús, para que, en 1771, llegase a convertirse en el núcleo de la universidad moderna. Esta cesión, junto a otras que se produjeron ya en el siglo XX y por la que recibimos el magnífico retablo de San Juan Bautista del mismo artista, explican la existencia de un importante patrimonio jesuítico y montañesino en nuestra universidad".

Vitrina que contiene cuadro de Martínez Montañés y documentos

“La exigencia y la búsqueda de lo excelso en la orden nos permite, hoy día, disfrutar de las esculturas de San Francisco de Borja y de San Ignacio de Loyola, realizadas por Montañés con policromía de Francisco Pacheco, así como de otro singular conjunto de obras entre las que se encuentran el relicario de San Francisco Javier, de Juan de Mesa, junto al conjunto de relicarios que ahora se muestran y que conforman parte de un rico legado que como institución nos obliga con la sociedad”.

“Estas dos esculturas de candelero fueron muy aplaudidas en los cenáculos y tertulias intelectuales de la Sevilla de principio del XVII. Su valor reside en como Martínez Montañés había sabido conjugar el orden y la disposición clásica de las figuras con el realismo místico y espiritual, acrecentado por la policromía mate de Pacheco, que emanaba de sus rostros, pudiendo ser consideradas como vera efigies”.

San Francisco de Borja

San Francisco de Borja

San Ignacio de Loyola

San Ignacio de Loyola

“Uno de los aspectos más importante que el patrimonio artístico jesuita, heredado por la Universidad de Sevilla tras la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767, aportó a nuestra ciudad fue el mostrarnos la evolución de la estética artística que se produce en el tránsito desde el periodo final del Renacimiento, conocido como tardomanierista, hasta el inicio del naturalismo barroco de principios del XVII.

Fiel exponente de ello son estas dos esculturas en madera tallada y policromada que corresponden a dos de los santos mártires jesuitas de Nagasaki, Diego Kisai y Juan de Goto. No conocemos su autoría, pero pueden fecharse hacia el segundo tercio del XVII, y restauradas en el XVIII, momento en el que se les incorporaron ojos de cristal. Sus dimensiones alcanzan aproximadamente 1,50 y 1,45 metros de altura. Se representan de manera frontal, con la usual vestimenta jesuita, sotana y manto, que deberían ser negros pero que aquí el artista, los ha decorado con motivos vegetales dorados. Tienen las cabezas un tanto girada, lo que les confiere, junto con la ampulosidad que presentan los ropajes, una cierta sensación de movimiento. Sus rostros sin llegar al dramatismo del pleno barroco es uno de los signos del primer barroco sevillano.

Estas tallas formaron parte de un retablo desaparecido tras las reformas llevadas a cabo entre 1836 y 1842. Posteriormente, las imágenes pasaron a decorar el pórtico exterior del retablo de la Virgen de Belén, aunque fueron retiradas cuando este se trasladó a la nave del templo.

Con la desamortización del siglo XIX, las esculturas desaparecieron de la iglesia hasta fechas recientes, cuando fueron recuperadas por el Museo de Bellas Artes y devueltas a la Iglesia de la Anunciación, lugar para el que habían sido concebidas originalmente.

Juan Soan de Goto, Diego Kisai y Pablo Miki fueron los tres mártires jesuitas del Japón, que junto con seis misioneros franciscanos y diecisiete japoneses cristianizados serían crucificados en la colina Nishizaka a las afueras de Nagasaki el 5 de febrero de 1597. Siendo beatificados en 1627 por Urbano VIII y canonizados en 1862 por Pío IX”.

Resulta curioso que representando a santos japoneses, las figuras carezcan de rasgos orientales, adaptándose plenamente a los modelos iconográficos occidentales de la época. Asimismo, la disposición de uno de sus brazos hace pensar que pudieron portar en origen la palma del martirio, atributo habitual en la representación de los santos mártires.

Juan Soan de Goto 
Juan Soan de Goto 

Diego Kisai

Diego Kisai

El retablo de San Juan Bautista constituye una de las grandes obras maestras de la retablística sevillana del primer barroco y una de las creaciones más sobresalientes de Juan Martínez Montañés. La obra procede del desaparecido convento de Santa María del Socorro, situado en la calle Bustos Tavera, y fue adquirida por el Estado en 1972 para su traslado a la Iglesia de la Anunciación.

La ejecución del retablo tuvo lugar entre 1610 y 1620. La arquitectura y los relieves fueron realizados por Martínez Montañés, mientras que la policromía y las pinturas correspondieron a Juan de Uceda Castroverde. El conjunto constituye un magnífico ejemplo de integración entre escultura, arquitectura y pintura, siguiendo los ideales artísticos de la Contrarreforma.

El retablo se organiza mediante un altar o predela, banco y dos cuerpos divididos en tres calles, culminados por un ático. 

Retablo de San Juan Bautista

El programa iconográfico está dedicado íntegramente a la vida de San Juan Bautista. En el centro del primer cuerpo se sitúa el monumental relieve del Bautismo de Cristo, considerado una de las obras más admiradas del escultor. La figura de Cristo, de gran belleza idealizada, y la de San Juan muestran esa mezcla de naturalismo y perfección clásica. Los especialistas han relacionado la intensidad expresiva de algunos rostros con obras maestras del escultor, como el retablo mayor de San Isidoro del Campo o el célebre Cristo de Pasión de Sevilla.

Detalle del cuerpo inferior

Relieve del Bautismo de Cristo

Detalle del relieve del Bautismo de Cristo

Rodeando esta escena principal aparecen cuatro relieves dedicados a episodios fundamentales de la vida del Bautista: La Predicación de San Juan, su Prisión, San Juan ante Herodes y La Degollación del Bautista. Cada composición refleja una notable capacidad narrativa, con personajes de actitudes elegantes y estudiadas, capaces de transmitir dramatismo sin perder la contención clásica propia del maestro.

La Predicación de San Juan

Prisión

San Juan ante Herodes

Degollación del Bautista

En el segundo cuerpo se desarrolla la infancia y juventud del santo. El relieve central representa el Nacimiento de San Juan Bautista, acompañado por San Juan despidiéndose de sus padres y la entrañable escena de San Juanito con el Niño Jesús. 

Detalle del cuerpo superior

Nacimiento de San Juan Bautista

San Juan despidiéndose de sus padres

San Juanito con el Niño Jesús

El ático se remata con el relieve de La Visitación, episodio evangélico que enlaza simbólicamente las figuras de Cristo y del Precursor.

La Visitación

Las pinturas de Juan de Uceda complementan el discurso iconográfico del conjunto. En ellas se representan diversos episodios relacionados con la vida de San Juan Bautista, entre ellos la aparición del ángel a Zacarías, la muerte de Santa Isabel, la predicación del santo, Salomé con la cabeza del Bautista, el traslado de su cuerpo y varias escenas de su infancia. 

Aparición del ángel a Zacarías

La muerte de Santa Isabel

Predicación 

Salomé con la cabeza del Bautista

Traslado de su cuerpo




En el banco se sitúan además las figuras de los Cuatro Evangelistas y la imagen de San Juanito ubicada en el Sagrario. Algunas de las pinturas extremas han llegado muy deterioradas hasta nuestros días, aunque el conjunto conserva todavía buena parte de su riqueza original.

San Juanito en la puerta del Sagrario

San Lucas con el buey

San Mateo con el ángel

San Juan con el águila

Actualmente, el retablo de San Juan Bautista constituye una de las piezas más valiosas conservadas en la Iglesia de la Anunciación. Su presencia en el templo permite contemplar uno de los mejores ejemplos del arte religioso sevillano del Siglo de Oro, donde escultura, pintura y arquitectura se unen para crear un conjunto de extraordinaria fuerza estética y devocional.

Seguidamente un arcosolio, paralelo al situado en el muro derecho. En ambos estuvieron antaño los monumentales sepulcros de los Ribera, que fueron trasladados en 1992 a su lugar original en el monasterio de la Cartuja.

En el arcosolio del muro de la epístola, antes de alcanzar el crucero, se sitúa el Altar dedicado a la Santa Mujer Verónica.

Arcosolio con el altar dedicado a la Santa Mujer Verónica

Detalle del altar

Detalle de las tres figuras


La Santa Mujer Verónica es titular de la Hermandad del Valle y participa cada Jueves Santo en el paso de misterio de la Calle de la Amargura, uno de los momentos más emotivos de la Pasión de Cristo. La escena representa el instante en que Verónica enjuga el rostro de Jesús durante su camino al Calvario, quedando milagrosamente impresa en el paño la faz del Salvador. Este episodio, aunque no aparece recogido en los Evangelios canónicos, alcanzó una enorme difusión en la tradición cristiana y en el arte sacro desde la Edad Media.

La figura principal del conjunto es una talla de candelero realizada en madera de cedro, de aproximadamente 125 centímetros de altura. La imagen aparece arrodillada, sosteniendo entre sus manos el lienzo con el rostro de Cristo. La escultura fue ejecutada entre 1800 y 1801 por el artista italiano Juan Bautista Patrone y Quartín, escultor establecido en Sevilla y autor de diversas obras religiosas de notable calidad. 

Detalle del rostro de la Verónica

Detalle de la faz de Cristo

Acompañando a la Verónica aparecen las santas mujeres de Jerusalén, identificadas durante mucho tiempo de manera errónea como las Tres Marías. Estas esculturas, atribuidas también a Juan Bautista Patrone según algunas fuentes tradicionales, enriquecen la escena y aportan mayor dramatismo al conjunto procesional. Las figuras representan a las mujeres piadosas que acompañaron a Cristo durante la Pasión y permanecieron fieles hasta el final, simbolizando la compasión y la fidelidad cristiana.

Detalle de la mujer situada a la derecha de la Verónica

Detalle de la mujer situada a la izquierda de la Verónica

La imagen de la Verónica ha sido objeto de distintas intervenciones de conservación a lo largo de su historia. En 1878 fue restaurada por Manuel Arango y Pallarosa, mientras que en 2002 se llevó a cabo una nueva restauración a cargo de Enrique Gutiérrez Carrasquilla. Estas actuaciones permitieron recuperar diversos aspectos originales de la talla y garantizar su adecuada conservación.

BRAZO DERECHO DEL CRUCERO

En el brazo de la Epístola del crucero de la Iglesia de la Anunciación se alza el retablo de la Inmaculada Concepción, uno de los conjuntos más interesantes del templo tanto por su compleja evolución histórica como por la calidad de las esculturas que alberga. La obra constituye un magnífico ejemplo de transición entre el último Renacimiento sevillano y las formas barrocas del siglo XVII, además de reflejar el fervor inmaculista que marcó profundamente la espiritualidad de Sevilla durante la Edad Moderna.

Brazo de la epístola del crucero

Pintura del lateral derecho

Pintura del lateral izquierdo

Retablo de la Inmaculada Concepción

La parte más antigua del retablo fue realizada entre 1580 y 1584 por Juan Bautista Vázquez “el Mozo. El conjunto original responde a un modelo plenamente renacentista y presenta una arquitectura organizada mediante banco, dos cuerpos de tres calles y ático, siguiendo esquemas inspirados en los tratados italianos de arquitectura, especialmente en las láminas de Sebastiano Serlio, cuya influencia fue muy notable en la Sevilla de la época.

Durante el siglo XVII el retablo experimentó una importante transformación. Se añadió una gran estructura exterior a modo de arco triunfal que envuelve el conjunto primitivo y le otorga una apariencia monumental. Esta reforma, atribuida a Blas de Escobar y fechada hacia 1655, incorporó además las calles laterales y el gran ático superior. La policromía y dorado fueron concertados poco después con el pintor Francisco de Fonseca.

El conjunto está dedicado a la Inmaculada Concepción, advocación especialmente venerada por los jesuitas, propietarios originales de la Casa Profesa donde se integra la actual iglesia. Sevilla vivió durante el siglo XVII una intensa defensa del dogma inmaculista, promovida por teólogos, poetas y miembros destacados del clero local. Personajes como Bernardo Toro, Vázquez de Leca, Juan de Pineda o Miguel Cid impulsaron una devoción popular extraordinaria que convirtió a la ciudad en uno de los principales centros defensores de la pureza de María antes incluso de la proclamación oficial del dogma en el siglo XIX.

La polémica alcanzó gran intensidad tras el famoso sermón pronunciado en 1613 por el dominico Domingo de Molina, quien negó la concepción inmaculada de la Virgen. Aquellas palabras provocaron una enorme reacción popular en Sevilla, donde surgieron coplas y versos en defensa de María concebida sin pecado original. En este ambiente de fervor religioso, los jesuitas promovieron en la Casa Profesa una Congregación de Sacerdotes de la Inmaculada Concepción, favoreciendo la creación de numerosas obras artísticas dedicadas a esta advocación.

En el centro del retablo se encuentra actualmente la imagen de la Inmaculada, fechada hacia 1628-1630 y estrechamente relacionada con el modelo creado por Martínez Montañés para la célebre “Cieguecita” de la Catedral de Sevilla. Aunque algunos autores atribuyen la talla directamente al maestro, otros la consideran obra de su círculo más próximo. La escultura responde plenamente a los cánones establecidos por Francisco Pacheco para la representación de la Purísima: mirada baja, expresión serena y manos unidas a la altura del pecho, todo ello concebido para transmitir modestia, pureza y recogimiento espiritual.

Primer cuerpo

Inmaculada

La delicadeza del modelado, el suave movimiento de los paños y la belleza idealizada del rostro convierten esta imagen en una de las representaciones inmaculistas más destacadas del templo. 

Detalle de la Inmaculada

Detalle de la Inmaculada

La hornacina donde se sitúa aparece decorada con símbolos de las letanías marianas y tonalidades doradas que realzan el carácter celestial de la composición. En una visita la Inmaculada ha sido retirada para su restauración lo que me ha permitido fotografiar el fondo de la hornacina desocupada con los símbolos de las letanías. 

Hornacina vacía

Lirio/Azucena

Sol, Ciprés y Ciudad

Espejo

Torre

Templo y olivo

La inmaculada está acompañada por distintos santos en las calles laterales.

San Antonio Abad

San Roque

Santa Justa

En el cuerpo superior del retablo se conserva el grupo escultórico de Santa Ana con la Virgen Niña y el Niño Jesús, obra atribuida igualmente a Juan Bautista Vázquez el Mozo y fechada a finales del siglo XVI. 

Cuerpo superior del retablo 

Grupo escultórico de Santa Ana con la Virgen Niña y el Niño Jesús

El conjunto escultórico se completa con diversas imágenes de santos distribuidas por las calles y hornacinas laterales. Entre ellas destacan, San Nicolás de Bari, Sebastián y los Santos Juanes. Algunas de estas esculturas pertenecen al siglo XVI, mientras que otras fueron incorporadas durante las reformas barrocas posteriores.

San Nicolás de Bari

San Sebastián

San Juan Evangelista

San Juan Bautista

En las calles más laterales igualmente encontramos hornacinas ocupadas por diversos santo y santas.

Santos 

Santas
Santos 
Santos 

Delante del retablo se ha colocado, durante mi visita, una imagen de la Virgen con el Niño, atribuida al taller de Martínez Montañés. 

Virgen con el Niño

Virgen con el Niño

Detalle de los rostros

Detalle de la mano derecha de la Virgen

En el banco del retablo se conservan además dos pinturas sobre tabla, bastante deterioradas, que representan la Circuncisión de Jesús y la Visitación. Estas obras son anónimas y contemporáneas al retablo primitivo.

Visitación

Circuncisión de Jesús

En el ático, un relieve de Dios Padre y en el banco destaca la puerta del sagrario.

Detalle del ático

Detalle de la puerta del Sagrario


Podemos ver junto a este retablo las imágenes auxiliares del paso procesional de la Coronación de Espinas.

Imágenes auxiliares del paso de la Coronación de Espinas.












Junto al retablo se encuentra también la llamada Puerta de la Concepción, antiguamente conocida como Puerta de Santa Ana, construida en 1568 para comunicar la iglesia con el claustro de la antigua Casa Profesa. Está formada por un arco de medio punto flanqueado por pilastras dóricas y coronado por un frontón recto decorado con discos planos, constituyendo un elegante ejemplo de arquitectura renacentista sevillana.

Puerta lateral derecha

Puerta lateral izquierda

El retablo de la Inmaculada representa, en definitiva, una de las obras más valiosas de la Iglesia de la Anunciación. Su compleja evolución artística, la calidad de sus esculturas y su estrecha relación con el fervor inmaculista sevillano lo convierten en un testimonio excepcional del desarrollo del arte religioso en Sevilla entre los siglos XVI y XVII.

RETABLO MAYOR

El Altar Mayor de la Iglesia de la Anunciación constituye una de las obras fundamentales del arte sevillano de comienzos del siglo XVII y uno de los ejemplos más sobresalientes del retablo pictórico conservado en Andalucía. En él confluyen distintas corrientes artísticas en un momento de transición entre el manierismo tardío y las primeras manifestaciones del naturalismo barroco, convirtiéndose en una pieza esencial para comprender la evolución de la escuela sevillana.

La estructura arquitectónica del retablo fue diseñada entre 1604 y 1606 por el hermano jesuita Alonso Matías, figura decisiva en la renovación de la arquitectura lignaria hispalense. Su concepción responde todavía a modelos renacentistas y manieristas inspirados en grandes conjuntos como el Monasterio de El Escorial o el retablo del Hospital de las Cinco Llagas de Sevilla.

El conjunto fue realizado en madera de borne procedente de Flandes y se alza sobre un elegante zócalo de mármoles y jaspes negros. Su organización responde al esquema tradicional de banco, gran cuerpo central dividido en tres calles y ático superior. 

Vista del interior desde los pies

Detalle del Presbiterio y el Altar Mayor


Las pinturas fueron financiadas por Juan de la Sal, obispo de Bona y protector de los jesuitas sevillanos. Inicialmente se contrató al pintor italiano Gerolamo Lucenti de Corregio, quien realizó la Epifanía o Adoración de los Reyes. Sin embargo, la obra no satisfizo plenamente a los promotores del proyecto, aunque finalmente fue conservada e integrada en la calle izquierda del primer cuerpo.

Posteriormente intervino Antonio Mohedano, autor de la magnífica Anunciación situada en el ático. Esta pintura, frecuentemente eclipsada por las composiciones inferiores debido a su altura y escasa iluminación, constituye una de las obras más importantes del artista. La escena muestra una composición equilibrada y elegante, donde aún pervive el espíritu manierista propio de finales del siglo XVI.

Anunciación

Detalle

No obstante, el verdadero protagonismo del retablo corresponde a Juan de Roelas, su monumental Circuncisión ocupa la calle central y se convierte en el eje iconográfico del conjunto. La elección de este tema, poco habitual como escena principal en un templo dedicado a la Anunciación, responde al profundo simbolismo jesuítico de la obra.

Circuncisión

La composición desarrolla una compleja exaltación teológica del nombre de Jesús y de la propia Compañía. En la parte inferior aparecen san Ignacio de Loyola y san Ignacio de Antioquía, ambos vinculados simbólicamente al anagrama “IHS”, emblema jesuita derivado de la expresión “Iesus Hominum Salvator”. 

Detalle de san Ignacio de Loyola y san Ignacio de Antioquía, con el anagrama “IHS” en sus pechos. Al lado de San Ignacio de Antioquía aparece un león, símbolo de su martirio, y una tiara papal

San Ignacio de Loyola

San Ignacio de Antioquía

El plano central recoge el momento de la Circuncisión de Cristo, en que san José entrega el Niño a la Virgen para que le sostenga durante la ceremonia. 

Momento de la Circuncisión

Al fondo a la izquierda, y emergiendo de la penumbra ambiental, aparece el sacerdote con un cuchillo, y junto a él un acólito con un plato. 

Sacerdote con un cuchillo, y acólito con un plato

En la zona superior se abre una gloria celestial presidida por el resplandeciente anagrama del nombre de Jesús. 

Gloria celestial

En la calle derecha del primer cuerpo se encuentra la Adoración de los Pastores, también de Roelas. La pintura destaca por la naturalidad de los personajes y por el uso dramático de la iluminación, concentrada en la figura del Niño Jesús, cuya desnudez y humanidad provocaron críticas del pintor y tratadista Francisco Pacheco. Precisamente esta libertad expresiva y emocional diferencia a Roelas de los pintores más academicistas de su tiempo y lo convierte en uno de los grandes renovadores de la pintura española.

Adoración de los Pastores

Detalle

Detalle del Niño desnudo

A la izquierda tenemos el cuadro de la Adoración de los Reyes, de Girolamo Lucenti.

Adoración de los Reyes

Detalle

El ático se completa con representaciones de san Juan Bautista y san Juan Evangelista, igualmente relacionadas estilísticamente con Roelas. A ambos extremos aparecen las esculturas de san Pedro y san Pablo, concebidas para reforzar el carácter doctrinal y apostólico del conjunto.

Detalle del ático

San Juan Bautista

San Juan Evangelista

San Pedro

San Pablo

Especial interés posee también la pequeña pintura del Niño Jesús situada en la puerta del Sagrario, fechada en 1606 y atribuida igualmente a Roelas. El artista representa al Niño triunfante sobre la muerte, apoyando uno de sus pies sobre una calavera y sosteniendo el estandarte de la Resurrección. Esta delicada imagen anticipa modelos iconográficos que más tarde alcanzarían gran desarrollo en la pintura de Bartolomé Esteban Murillo.

Sagrario

Puerta del Sagrario

El Retablo Mayor de la Iglesia de la Anunciación combina arquitectura clasicista, simbolismo doctrinal y naturalismo pictórico y permanece hoy como una de las grandes joyas del patrimonio sevillano y como un excepcional testimonio del esplendor artístico alcanzado por la Sevilla del Siglo de Oro.

BRAZO IZQUIERDO DEL CRUCERO

En el brazo del crucero correspondiente al lado del Evangelio se levanta el retablo de la Hermandad del Valle, uno de los espacios devocionales más importantes del templo y sede canónica de una de las corporaciones históricas de la Semana Santa sevillana. El conjunto, realizado entre 1836 y 1842, ocupa el lugar de un antiguo retablo dedicado a san Ignacio de Loyola y constituye un interesante ejemplo de reinterpretación decimonónica de modelos renacentistas.

Brazo del evangelio del crucero 

Detalle del lateral derecho

Puerta

Pintura del lateral derecho

La hermandad que hoy ocupa este altar posee un origen muy antiguo. Nació de la unión, en 1590, de dos corporaciones penitenciales sevillanas: la Hermandad de la Santa Faz, fundada en el desaparecido convento del Valle en torno a 1450, y la Hermandad de la Coronación de Espinas, establecida en la parroquia de San Martín desde mediados del siglo XVI. Tras distintos traslados a lo largo de su historia, la corporación fijó definitivamente su sede en esta iglesia en 1970, después de abandonar la iglesia del Santo Ángel.

El retablo se organiza en torno a la hornacina central que alberga a la Virgen del Valle, una de las dolorosas más veneradas y antiguas de Sevilla. La imagen, anónima y fechable en el siglo XVII, ha sido atribuida tradicionalmente tanto al círculo de Juan de Mesa como al de Juan Martínez Montañés. Se trata de una talla de candelero o de vestir, conservándose talladas únicamente la cabeza, el cuello y las manos.

Retablo del Valle

Hornacina de la Virgen del Valle

Virgen del Valle

La Virgen del Valle destaca por la delicadeza de sus facciones y por la intensa expresión melancólica de su mirada, rasgos que han convertido a esta dolorosa en una de las imágenes marianas de mayor devoción popular de la ciudad. 

Virgen del Valle
Virgen del Valle
Virgen del Valle
Virgen del Valle

A lo largo de los siglos la Virgen ha sufrido diversas intervenciones y restauraciones. Durante el traslado de la hermandad en 1810 se perdieron las manos originales, que posteriormente fueron sustituidas por otras realizadas por Ordóñez. Más tarde, Emilio Pizarro y Cruz restauró la imagen en el siglo XIX, mientras que Joaquín Bilbao intervino sobre ella tras el incendio ocurrido en la iglesia del Santo Ángel en 1909, cuando las llamas dañaron parte de la policromía del rostro y las manos. Ya en el siglo XX, José Rivera García acometió una nueva restauración bajo la supervisión del escultor Enrique Pérez Comendador.

A la derecha de la Virgen se sitúa el Santísimo Cristo de la Coronación de Espinas, magnífica obra realizada por Agustín de Perea en 1687. La imagen representa a Cristo sentado, semidesnudo y coronado de espinas, sosteniendo una caña a modo de cetro burlesco mientras espera la humillación pública previa a la Crucifixión. La talla transmite una intensa serenidad y resignación frente al sufrimiento, rasgo característico de buena parte de la escultura barroca sevillana.

Santísimo Cristo de la Coronación de Espinas

Detalle del rostro

Detalle de los pies

Se coloca sobre una peana que muestra un relieve del momento de la coronación de espinas.

Detalle de la peana

En el paso procesional que acompaña a esta imagen aparecen varias figuras secundarias incorporadas en 1922 por Joaquín Bilbao, entre ellas soldados y sayones que participan en la escena de la burla., que como hemos comentado se sitúan en el lado de la epístola del crucero. Junto al Cristo se conserva además la reliquia de la Santa Espina, elemento de especial significación devocional para la hermandad.

En el lado opuesto del retablo se encuentra Nuestro Padre Jesús con la Cruz al Hombro, escultura anónima de la segunda mitad del siglo XVII vinculada estilísticamente tanto al entorno de Montañés como al de Pedro Roldán. La imagen representa el encuentro de Cristo con las Santas Mujeres y la Verónica durante el camino al Calvario, episodio correspondiente a las estaciones sexta y octava del Vía Crucis.

Nuestro Padre Jesús con la Cruz al Hombro

Detalle del rostro

Detalle del rostro
Detalle del rostro

Detalle del pie derecho

Detalle del pie izquierdo

Detalle de la mano derecha

Detalle de la mano izquierda

El conjunto procesional incorpora además figuras atribuidas al escultor italiano Juan Bautista Petrone, quien realizó las imágenes femeninas que acompañan a Cristo en esta escena cargada de dramatismo y humanidad. La composición refleja uno de los momentos más emotivos de la Pasión, en el que Jesús, agotado por el peso de la cruz, dirige palabras de consuelo a las mujeres de Jerusalén.

Coronando el retablo aparece una representación de la Santa Faz en el ático, recordando los orígenes históricos de la corporación y reforzando el simbolismo penitencial del conjunto.

Santa Faz en el ático

Entre el retablo del Valle y la puerta de la sacristía se conserva también una delicada imagen del Niño Jesús, pequeña escultura en madera policromada realizada en el siglo XVII por un artista cercano al círculo de los hermanos Ribas. El Niño aparece erguido, adelantando ligeramente la pierna izquierda y bendiciendo con la mano derecha, mientras que en la izquierda debió sostener originalmente una cruz. La figura descansa sobre una peana decorada con nubes y cabezas de querubines alados, recurso muy frecuente en la imaginería barroca infantil.

Pese a sus reducidas dimensiones, esta imagen posee una notable calidad artística y mantiene una arraigada tradición devocional, participando incluso en procesiones celebradas durante el mes de enero. Su presencia completa uno de los espacios más ricos y representativos del patrimonio artístico y espiritual de la Iglesia de la Anunciación.

Niño Jesús

Niño Jesús

Detalle del Niño Jesús

Detalle de cabezas de querubines alados


En el lado derecho del retablo destaca un Sagrario sobre una alta peana.

Sagrario

Detalle de la puerta

EVANGELIO

Vista general del muro del Evangelio

Continuando el recorrido por el lado del Evangelio de la Iglesia de la Anunciación, en dirección hacia la puerta del templo, se encuentra el denominado Altar del Calvario, un sencillo pero emotivo conjunto devocional situado en una hornacina que guarda correspondencia arquitectónica con la dedicada a la Verónica ubicada enfrente.

El altar está presidido por una gran cruz de madera que se alza como eje central de la composición, evocando el momento culminante de la Pasión de Cristo en el monte Calvario. A ambos lados aparecen las imágenes de María Magdalena y san Juan Evangelista, dos de las figuras más estrechamente vinculadas al drama de la Crucifixión según el relato evangélico.

Altar del Calvario solo con la cruz

Altar del Calvario con la cruz, María Magdalena y san Juan Evangelista

La disposición de las esculturas responde a un modelo tradicional muy difundido en el arte religioso barroco y postbarroco, donde el vacío dejado por la ausencia física de Cristo en la cruz intensifica el sentido meditativo y penitencial de la escena.

La figura de san Juan Evangelista aparece como el discípulo fiel que permaneció junto a Cristo hasta el final, simbolizando la lealtad y la permanencia de la fe. Habitualmente es representado con rasgos juveniles y actitud serena, acorde con la tradición iconográfica que lo identifica como el más joven de los apóstoles. Frente a él, María Magdalena encarna el arrepentimiento y la fidelidad apasionada, convirtiéndose en una de las grandes figuras femeninas de la espiritualidad cristiana.

San Juan Evangelista

Detalle del rostro

Detalle del pie

María Magdalena

Detalle del rostro
Detalle de los pies

La sobriedad del conjunto, dominado por la presencia desnuda de la cruz, contrasta con la riqueza ornamental de otros retablos y altares del templo. El espacio funciona como un pequeño escenario de contemplación de la Pasión dentro del itinerario artístico de la iglesia, recordando al visitante el sufrimiento y la muerte de Cristo desde una perspectiva íntima y recogida.

A cada lado del Altar del Calvario vemos dos cuadros de santos Jesuitas, San Francisco de Asís y San Luis Gonzaga obras de autor italiano anónimo fechada entre 1700 y 1720. 

San Francisco de Asís

Detalle

San Luis Gonzaga

Detalle

Le sigue el retablo de Nuestra Señora de Belén que constituye una de las obras pictóricas más interesantes del conjunto artístico de la Iglesia de la Anunciación. Situado en uno de los muros del templo, este conjunto destaca por la riqueza de su programa iconográfico y por reflejar la profunda influencia que ejercieron los modelos flamencos sobre la pintura sevillana de finales del siglo XVI y comienzos del XVII.

Retablo de Nuestra Señora de Belén


El aspecto actual del retablo de Nuestra Señora de Belén es fruto de profundas transformaciones realizadas durante el siglo XIX, tanto su configuración como la propia advocación con la que hoy se conoce.  

En origen, el espacio estuvo ocupado por el llamado retablo de las Reliquias, un conjunto de gran importancia devocional que desapareció durante las reformas promovidas a mediados del siglo XIX por el deán Manuel López Cepero.

Lejos de perderse completamente, las pinturas pertenecientes al antiguo retablo fueron reutilizadas para conformar el nuevo conjunto dedicado a Nuestra Señora de Belén. Gracias a esta decisión se conservaron numerosas tablas renacentistas y manieristas de gran interés histórico y artístico, que hoy permiten reconstruir parcialmente la riqueza iconográfica del desaparecido retablo original.

La reorganización del espacio afectó también a las esculturas de san Cosme y san Damián, imágenes vinculadas al antiguo conjunto de las Reliquias. Durante las reformas decimonónicas fueron trasladadas a los pilares de acceso a la Capilla Mayor, donde permanecieron durante décadas como elementos aislados de su contexto primitivo.

Posteriormente, entre 1970 y 1972, nuevas intervenciones en el templo motivaron la retirada de estas esculturas, que pasaron a almacenarse. Finalmente, tras ser restauradas en 1997, recuperaron su presencia dentro de la iglesia y actualmente escoltan el retablo de la Virgen de Belén, integrándose nuevamente en el discurso artístico del conjunto.

La estructura del retablo responde a un esquema clásico compuesto por altar, banco, dos cuerpos y ático, distribuyéndose en ellos un total de veintidós pinturas de pequeño y mediano formato. El conjunto constituye una auténtica síntesis de espiritualidad mariana y devoción contrarreformista, donde se alternan escenas de la vida de la Virgen, representaciones de santos y complejas alegorías teológicas, y se presenta como un singular mosaico artístico donde conviven pinturas renacentistas, aportaciones posteriores y esculturas recuperadas, constituyendo un valioso testimonio de la compleja historia patrimonial de la Iglesia de la Anunciación y de la propia evolución del arte sacro sevillano.

La obra central del retablo es la representación de Nuestra Señora de Belén, también conocida como Virgen de la Leche, una delicada iconografía mariana en la que la Virgen aparece amamantando al Niño Jesús. Esta tabla, considerada una de las piezas de mayor calidad del conjunto, se atribuye al pintor flamenco Marcello Coffermans, cuya producción artística mantuvo una estrecha relación con la difusión de modelos religiosos procedentes de los Países Bajos.

La pintura revela claramente la herencia flamenca y al mismo tiempo demuestra la intensa circulación de obras, grabados y modelos artísticos entre Flandes y Andalucía durante el Renacimiento, favorecida por los vínculos comerciales existentes entre ambas regiones.

Nuestra Señora de Belén

La imagen central aparece acompañada por diversas figuras sagradas distribuidas en las calles laterales del primer cuerpo. Entre ellas destacan san Joaquín y santa Ana, padres de la Virgen, junto a san Juan Bautista y san Juan Evangelista, configurando un programa devocional centrado en la exaltación mariana y en el anuncio de la Redención.

Primer cuerpo

Santa Ana 

San Joaquín

San Juan Bautista

San Juan Evangelista

En el segundo cuerpo del retablo se sitúa una representación de la Asunción de la Virgen, escena que muestra a María elevándose gloriosamente al cielo rodeada de un ambiente celestial. A ambos lados se disponen las pinturas de la Estigmatización de san Francisco y la Aparición del Crucifijo a san Agustín, dos temas de gran profundidad espiritual que reflejan la importancia de la experiencia mística y la contemplación en el pensamiento religioso de la época.

Segundo cuerpo

Asunción de la Virgen

Estigmatización de san Francisco

Aparición del Crucifijo a san Agustín

Coronando el conjunto aparece una representación de la Santísima Trinidad en el ático, culminación teológica del discurso iconográfico del retablo y símbolo supremo de la gloria celestial.

Santísima Trinidad en el ático

Especial interés posee también el banco inferior, formado por una serie de pequeñas pinturas fechadas en 1588 que muestran escenas y personajes de notable riqueza iconográfica. Entre ellas figuran san Bernardo, el Nacimiento de la Virgen, la Presentación de María en el Templo, san Ignacio de Antioquía, los Desposorios de la Virgen, la Anunciación, la Natividad, la Epifanía y san Dionisio Areopagita, además de una delicada representación del Niño Jesús situada en el centro.

Epifanía  y san Dionisio de Aeropagita

Epifanía

San Buenaventura y la Natividad

Natividad

Desposorio de María 

San Ignacio de Antioquía y Presentación de María en el Templo


Presentación de María en el Templo

Niño Jesús

San Bernardo y Nacimiento de la Virgen

Nacimiento de la Virgen

Anunciación


Estas pinturas inferiores parecen corresponder a un maestro distinto del autor de las tablas principales y revelan un lenguaje artístico más cercano a la tradición sevillana del último Renacimiento. La variedad temática y la minuciosidad narrativa de estas pequeñas escenas permiten apreciar el carácter didáctico que poseían los retablos en la espiritualidad postridentina, concebidos no solo como elementos decorativos sino también como instrumentos de enseñanza religiosa.

Algunos estudios han relacionado parte de este conjunto con el entorno artístico de Francisco Pacheco. En cualquier caso, el retablo constituye un magnífico ejemplo de la convivencia entre tradición local e influencias flamencas, fenómeno fundamental para comprender el desarrollo del arte sevillano durante el Renacimiento tardío.

A ambos lados del retablo se disponen las tallas de san Cosme y san Damián, obras anónimas de discreta calidad artística. Ambos santos aparecen representados con mucetas amarillas, distintivo de su condición de médicos. Las esculturas proceden del retablo donado en 1657 por el médico italiano Tiberio Damián, cirujano mayor del Hospital del Cardenal, quien financió tanto las imágenes como las pinturas dedicadas a la vida y martirio de los santos hermanos. El notable parecido entre ambas figuras obliga a fijarse en pequeños detalles, como la disposición de los brazos o el color de las túnicas, para poder diferenciarlas.

San Cosme 

San Damián

La presencia de san Cosme y san Damián añade además un interesante componente simbólico al retablo. Ambos santos, hermanos y médicos mártires de la tradición cristiana oriental, gozaron de una amplia devoción en la Sevilla de la Edad Moderna, especialmente entre gremios y colectivos relacionados con la medicina y la asistencia hospitalaria.

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