AREA CENTRO 2
Calle Entre Cárceles.
La calle Entrecárceles es una de esas
pequeñas vías del casco histórico de Sevilla cuyo nombre resume por sí solo
varios siglos de historia. Con apenas sesenta y cinco metros de longitud,
comunica la calle Sierpes con la calle Francisco Bruna y debe su singular
denominación a una circunstancia que durante siglos marcó la vida de este
lugar: discurría literalmente entre las dos principales prisiones de la ciudad,
la Cárcel Real y la cárcel de la Real Audiencia.
Desde la Baja Edad Media este entorno
concentró buena parte de la administración de justicia del reino. A un lado se
encontraba la Cárcel Real, cuyo origen se remonta al siglo XIII, poco después
de la conquista de Sevilla por Fernando III. En el extremo opuesto se levantaba
la sede de la Real Audiencia, creada en el siglo XVI como máximo tribunal de
justicia de Andalucía, que contaba también con dependencias penitenciarias para
los reclusos sometidos a su jurisdicción. El constante tránsito de magistrados,
escribanos, alguaciles, funcionarios, presos y familiares convirtió esta
estrecha calle en uno de los espacios más concurridos del centro administrativo
de la ciudad.
La antigua Cárcel Real ocupaba una
amplia manzana junto a la calle Sierpes y fue durante siglos escenario de
innumerables procesos judiciales. Tras su derribo en el siglo XIX, el solar fue
ocupado sucesivamente por un hotel, un café, la sede del Círculo de Labradores
y, posteriormente, por edificios de uso bancario. Hoy apenas algunos elementos
conmemorativos recuerdan su existencia, entre ellos una lápida colocada en 1905
y una placa cerámica instalada en 1984 que evocan la importancia histórica del
lugar.
En
calle Sierpes
Sin duda, el preso más ilustre que
conocieron aquellos muros fue Miguel de Cervantes Saavedra. El escritor llegó a
Sevilla en 1587 como comisario de abastos al servicio de Felipe II, encargado
de requisar trigo, aceite y otros suministros destinados a las galeras de la
Corona. Años después desempeñó también funciones de recaudador de impuestos.
Durante este trabajo depositó importantes cantidades de dinero público en la
banca del comerciante Simón Freire, cuya quiebra le impidió justificar los
fondos recaudados. Aunque nunca se demostró que hubiera actuado de forma
deshonesta, las responsabilidades administrativas de la época provocaron su
encarcelamiento durante varios meses en la Cárcel Real de Sevilla, en 1597.
Miguel de Cervantes
La estancia en prisión quedó
inmortalizada por el propio Cervantes en el prólogo de la primera parte de Don Quijote de la Mancha, publicada
en 1605, donde afirma que la obra “se engendró en una cárcel, donde toda
incomodidad tiene su asiento y todo triste ruido hace su habitación”. Aunque el
escritor nunca especificó de qué prisión hablaba, numerosos cervantistas
consideran que esa referencia alude precisamente a la Cárcel Real de Sevilla.
No puede asegurarse que allí comenzara la redacción material de la novela, pero
sí resulta muy probable que en aquellos meses de reclusión naciera la idea de
crear al ingenioso hidalgo que revolucionaría para siempre la literatura
universal.
La prisión sevillana también acogió a
otros personajes destacados del Siglo de Oro, como el novelista Mateo Alemán,
el escultor Juan Martínez Montañés, el pintor Alonso Cano o el fundidor
Bartolomé Morel, prueba de que las complejas circunstancias políticas,
económicas y judiciales de la época afectaban incluso a las figuras más
sobresalientes de la sociedad.
Frente a la Cárcel Real se encontraba
la cárcel dependiente de la Real Audiencia, integrada en el edificio judicial
establecido junto a la plaza de San Francisco. La Audiencia, creada por Carlos
I en 1525, ejercía como el máximo tribunal del sur de España y desempeñó un
papel esencial en la administración de justicia durante más de tres siglos. El
edificio experimentó diversas reformas, algunas atribuidas al entorno de Andrés
de Vandelvira en el siglo XVI y, ya en el siglo XX, fue profundamente
restaurado por Aníbal González tras el incendio sufrido en 1918. A diferencia
de la Cárcel Real, la antigua sede de la Audiencia ha llegado hasta nuestros
días, constituyendo uno de los edificios históricos más representativos de la
plaza de San Francisco.
Edificio de la antigua
Audiencia de Sevilla, actualmente sede central de la fundación Cajasol
En el pequeño jardín situado entre las
calles Entrecárceles y Francisco Bruna se alza desde 1974 un busto de Miguel de
Cervantes, obra del escultor Sebastián Santos. El monumento constituye un
homenaje al escritor y recuerda el estrecho vínculo que unió al autor del Quijote con Sevilla. Resulta
especialmente simbólico que su efigie se encuentre precisamente entre los
lugares que ocuparon ambas cárceles y, curiosamente, entre dos edificios dedicados
hoy a actividades financieras, una irónica coincidencia para quien conoció en
vida tantas dificultades económicas.
Busto de Miguel de Cervantes
Detalle
Actualmente, la calle Entrecárceles apenas conserva vestigios materiales de su pasado penitenciario, pero sigue siendo uno de los espacios más evocadores del casco antiguo. Su nombre mantiene viva la memoria de las antiguas instituciones judiciales sevillanas y recuerda que, entre estos muros desaparecidos, transcurrieron algunos de los episodios que marcaron la vida de Cervantes y, posiblemente, el nacimiento de la obra más importante de la literatura en lengua española. Pasear por Entrecárceles es recorrer un pequeño tramo de la historia de Sevilla donde la justicia, la literatura y la memoria de la ciudad continúan encontrándose.



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