viernes, 10 de julio de 2026

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Calle Entre Cárceles.

Calle Entre Cárceles

La calle Entrecárceles es una de esas pequeñas vías del casco histórico de Sevilla cuyo nombre resume por sí solo varios siglos de historia. Con apenas sesenta y cinco metros de longitud, comunica la calle Sierpes con la calle Francisco Bruna y debe su singular denominación a una circunstancia que durante siglos marcó la vida de este lugar: discurría literalmente entre las dos principales prisiones de la ciudad, la Cárcel Real y la cárcel de la Real Audiencia.

Desde la Baja Edad Media este entorno concentró buena parte de la administración de justicia del reino. A un lado se encontraba la Cárcel Real, cuyo origen se remonta al siglo XIII, poco después de la conquista de Sevilla por Fernando III. En el extremo opuesto se levantaba la sede de la Real Audiencia, creada en el siglo XVI como máximo tribunal de justicia de Andalucía, que contaba también con dependencias penitenciarias para los reclusos sometidos a su jurisdicción. El constante tránsito de magistrados, escribanos, alguaciles, funcionarios, presos y familiares convirtió esta estrecha calle en uno de los espacios más concurridos del centro administrativo de la ciudad.

La antigua Cárcel Real ocupaba una amplia manzana junto a la calle Sierpes y fue durante siglos escenario de innumerables procesos judiciales. Tras su derribo en el siglo XIX, el solar fue ocupado sucesivamente por un hotel, un café, la sede del Círculo de Labradores y, posteriormente, por edificios de uso bancario. Hoy apenas algunos elementos conmemorativos recuerdan su existencia, entre ellos una lápida colocada en 1905 y una placa cerámica instalada en 1984 que evocan la importancia histórica del lugar.


Fachada de la Cárcel Real de Sevilla hacia la Calle Sierpes. Plano de Juan Navarro datado en 1714. Foto: Wikipedia. (ver) (CC BY 3.0)

En calle Sierpes

Sin duda, el preso más ilustre que conocieron aquellos muros fue Miguel de Cervantes Saavedra. El escritor llegó a Sevilla en 1587 como comisario de abastos al servicio de Felipe II, encargado de requisar trigo, aceite y otros suministros destinados a las galeras de la Corona. Años después desempeñó también funciones de recaudador de impuestos. Durante este trabajo depositó importantes cantidades de dinero público en la banca del comerciante Simón Freire, cuya quiebra le impidió justificar los fondos recaudados. Aunque nunca se demostró que hubiera actuado de forma deshonesta, las responsabilidades administrativas de la época provocaron su encarcelamiento durante varios meses en la Cárcel Real de Sevilla, en 1597.

Miguel de Cervantes

La estancia en prisión quedó inmortalizada por el propio Cervantes en el prólogo de la primera parte de Don Quijote de la Mancha, publicada en 1605, donde afirma que la obra “se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y todo triste ruido hace su habitación”. Aunque el escritor nunca especificó de qué prisión hablaba, numerosos cervantistas consideran que esa referencia alude precisamente a la Cárcel Real de Sevilla. No puede asegurarse que allí comenzara la redacción material de la novela, pero sí resulta muy probable que en aquellos meses de reclusión naciera la idea de crear al ingenioso hidalgo que revolucionaría para siempre la literatura universal.

La prisión sevillana también acogió a otros personajes destacados del Siglo de Oro, como el novelista Mateo Alemán, el escultor Juan Martínez Montañés, el pintor Alonso Cano o el fundidor Bartolomé Morel, prueba de que las complejas circunstancias políticas, económicas y judiciales de la época afectaban incluso a las figuras más sobresalientes de la sociedad.

Frente a la Cárcel Real se encontraba la cárcel dependiente de la Real Audiencia, integrada en el edificio judicial establecido junto a la plaza de San Francisco. La Audiencia, creada por Carlos I en 1525, ejercía como el máximo tribunal del sur de España y desempeñó un papel esencial en la administración de justicia durante más de tres siglos. El edificio experimentó diversas reformas, algunas atribuidas al entorno de Andrés de Vandelvira en el siglo XVI y, ya en el siglo XX, fue profundamente restaurado por Aníbal González tras el incendio sufrido en 1918. A diferencia de la Cárcel Real, la antigua sede de la Audiencia ha llegado hasta nuestros días, constituyendo uno de los edificios históricos más representativos de la plaza de San Francisco.

Edificio de la antigua Audiencia de Sevilla, actualmente sede central de la fundación Cajasol

En el pequeño jardín situado entre las calles Entrecárceles y Francisco Bruna se alza desde 1974 un busto de Miguel de Cervantes, obra del escultor Sebastián Santos. El monumento constituye un homenaje al escritor y recuerda el estrecho vínculo que unió al autor del Quijote con Sevilla. Resulta especialmente simbólico que su efigie se encuentre precisamente entre los lugares que ocuparon ambas cárceles y, curiosamente, entre dos edificios dedicados hoy a actividades financieras, una irónica coincidencia para quien conoció en vida tantas dificultades económicas.

Busto de Miguel de Cervantes

Detalle

Detalle

Actualmente, la calle Entrecárceles apenas conserva vestigios materiales de su pasado penitenciario, pero sigue siendo uno de los espacios más evocadores del casco antiguo. Su nombre mantiene viva la memoria de las antiguas instituciones judiciales sevillanas y recuerda que, entre estos muros desaparecidos, transcurrieron algunos de los episodios que marcaron la vida de Cervantes y, posiblemente, el nacimiento de la obra más importante de la literatura en lengua española. Pasear por Entrecárceles es recorrer un pequeño tramo de la historia de Sevilla donde la justicia, la literatura y la memoria de la ciudad continúan encontrándose.

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