viernes, 10 de julio de 2026

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Calle Francisco Bruna.

La calle Francisco Bruna es una de las vías más breves del centro histórico de Sevilla, pero también una de las más cargadas de historia. Une la calle Manuel Cortina con la plaza de San Francisco y constituye el último tramo del antiguo recorrido que comunicaba las dos grandes cárceles de la ciudad: la Cárcel Real y la Cárcel de la Real Audiencia. Precisamente esa circunstancia explica que durante siglos los sevillanos la conocieran como Entre Cárceles, una denominación que aún hoy permanece viva en la memoria colectiva.

Calle Francisco Bruna

Su origen es medieval. Ya en un apeo de casas de 1502 aparece citada como calle del Pozo de la Cárcel, nombre relacionado con un pozo existente junto a la prisión y con la propia función del entorno. En los padrones del siglo XV también se documenta simplemente como calle del Pozo, lo que demuestra que la presencia de la cárcel era el principal elemento de referencia urbana.

Durante el primer cuarto del siglo XVII recibió el nombre de calle de los Papeleros, compartido con la actual Manuel Cortina. La denominación parece deberse a la concentración de tiendas dedicadas a la venta de papel, libros, útiles de escritura y otros productos indispensables para la intensa actividad administrativa y judicial que generaban la Audiencia y las instituciones instaladas en la cercana plaza de San Francisco, entonces auténtico corazón político de Sevilla.

En 1845 el Ayuntamiento decidió sustituir oficialmente el nombre de Papeleros por el de Bruna, en homenaje a don Francisco de Bruna y Ahumada (1719-1807), uno de los personajes más influyentes de la Sevilla ilustrada. Durante la Segunda República la calle pasó a llamarse Joaquín Hazañas, en honor al historiador y bibliófilo sevillano, pero en 1952 recuperó definitivamente su denominación actual como calle Francisco Bruna.

Retrato de Francisco de Bruna y Ahumada. Real Academia de Bellas Artes de santa Isabel de Hungría. (ver)(CC BY 3.0)

Francisco de Bruna, nacido en Granada y formado en la antigua Universidad de Santa María de Jesús, desarrolló toda su carrera en Sevilla. Fue oidor y posteriormente regente de la Real Audiencia, administrador de los Reales Alcázares, miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras y una de las figuras más representativas de la Ilustración sevillana. Su extraordinaria autoridad en los tribunales, unida a la severidad con la que aplicaba las leyes, hizo que el pueblo le otorgara el sobrenombre de “el Señor del Gran Poder”, reflejo del enorme respeto —y también del temor— que inspiraba.

Entre los numerosos procesos que pasaron por sus manos sobresale la persecución del célebre bandolero Diego Corrientes Mateos. Nombrado por Carlos III juez especial para combatir el bandolerismo, Francisco de Bruna organizó una intensa campaña que culminó con la captura del famoso bandido utrerano. Diego Corrientes fue encerrado en la Cárcel de la Audiencia, muy próxima a esta calle, antes de ser condenado y ejecutado en 1781, episodio que lo convertiría en uno de los personajes más legendarios del bandolerismo español.

Sin embargo, la personalidad de Francisco de Bruna trascendió ampliamente el ámbito judicial. Fue un apasionado coleccionista de antigüedades, pinturas, manuscritos, monedas y libros, formando una de las colecciones privadas más importantes de la Sevilla del siglo XVIII. Su casa fue lugar de encuentro de eruditos, artistas e ilustrados, colaborando estrechamente con figuras como Pablo de Olavide y Gaspar Melchor de Jovellanos en los proyectos reformistas impulsados durante el reinado de Carlos III. Su labor cultural fue reconocida por cronistas como José Velázquez y Sánchez, quien destacó su constante empeño por contribuir al progreso intelectual y material de Sevilla.

La fisonomía de la calle también ha cambiado notablemente con el paso del tiempo. Hasta el siglo XVIII era más larga y penetraba directamente en la plaza de San Francisco. Con motivo de la visita de Felipe V en 1734 se demolieron varias casas que cerraban la perspectiva de la plaza, iniciándose una serie de reformas urbanísticas que continuaron durante el siglo XIX con nuevos derribos y retranqueos de fachadas. Gracias a estas intervenciones adquirió su aspecto actual: una pequeña vía de trazado abierto que actúa como transición entre la plaza de San Francisco y Entre Carceles.

Su importancia histórica radica precisamente en esa función de enlace entre dos de los espacios más relevantes de la ciudad. Por ella transitaban diariamente magistrados, escribanos, funcionarios, comerciantes, presos y ciudadanos que acudían a la Audiencia o a las dependencias municipales de la plaza. Ello explica que desde finales del siglo XVI fuera una de las calles mejor cuidadas del entorno, primero con empedrado, posteriormente adoquinada y, desde finales del siglo XIX, dotada de aceras de cemento, sustituidas más tarde por losas de piedra.


Aunque hoy apenas cuenta con unos pocos edificios, la calle conserva algunos recuerdos de su pasado. En el pequeño jardín situado junto a Entre Carceles se levanta desde 1974 un busto de Miguel de Cervantes, obra del escultor Sebastián Santos. El monumento recuerda la estancia del autor del Quijote en la antigua Cárcel Real de Sevilla, levantada muy cerca de este lugar, donde probablemente comenzó a gestar algunos de los episodios de su inmortal novela. Asimismo, las fuentes documentales mencionan la existencia en el siglo XVIII de un retablo dedicado a Nuestra Señora del Pópulo, que llegó a contar con hermandad propia, y de un mesón medieval destinado al depósito de los objetos perdidos.

Busto de Miguel de Cervantes

Detalle

Detalle

A pesar de su reducida longitud, la calle Francisco Bruna resume varios siglos de historia sevillana. Sus antiguos nombres evocan cárceles, pozos y papeleros; su trazado recuerda las profundas transformaciones urbanísticas de la plaza de San Francisco; y su denominación actual perpetúa la memoria de uno de los grandes ilustrados de la ciudad, cuya influencia marcó tanto la administración de justicia como el desarrollo cultural de la Sevilla del siglo XVIII.

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