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Calle Francisco Bruna.
La calle
Francisco Bruna es una de las vías más breves del centro histórico de Sevilla,
pero también una de las más cargadas de historia. Une la calle Manuel Cortina
con la plaza de San Francisco y constituye el último tramo del antiguo
recorrido que comunicaba las dos grandes cárceles de la ciudad: la Cárcel Real
y la Cárcel de la Real Audiencia. Precisamente esa circunstancia explica que
durante siglos los sevillanos la conocieran como Entre Cárceles, una
denominación que aún hoy permanece viva en la memoria colectiva.
Calle Francisco Bruna
Su origen es
medieval. Ya en un apeo de casas de 1502 aparece citada como calle del Pozo de
la Cárcel, nombre relacionado con un pozo existente junto a la prisión y con la
propia función del entorno. En los padrones del siglo XV también se documenta
simplemente como calle del Pozo, lo que demuestra que la presencia de la cárcel
era el principal elemento de referencia urbana.
Durante el
primer cuarto del siglo XVII recibió el nombre de calle de los Papeleros,
compartido con la actual Manuel Cortina. La denominación parece deberse a la
concentración de tiendas dedicadas a la venta de papel, libros, útiles de
escritura y otros productos indispensables para la intensa actividad
administrativa y judicial que generaban la Audiencia y las instituciones
instaladas en la cercana plaza de San Francisco, entonces auténtico corazón
político de Sevilla.
En 1845 el
Ayuntamiento decidió sustituir oficialmente el nombre de Papeleros por el de
Bruna, en homenaje a don Francisco de Bruna y Ahumada (1719-1807), uno de los
personajes más influyentes de la Sevilla ilustrada. Durante la Segunda
República la calle pasó a llamarse Joaquín Hazañas, en honor al historiador y
bibliófilo sevillano, pero en 1952 recuperó definitivamente su denominación
actual como calle Francisco Bruna.
Francisco de
Bruna, nacido en Granada y formado en la antigua Universidad de Santa María de
Jesús, desarrolló toda su carrera en Sevilla. Fue oidor y posteriormente
regente de la Real Audiencia, administrador de los Reales Alcázares, miembro de
la Real Academia Sevillana de Buenas Letras y una de las figuras más
representativas de la Ilustración sevillana. Su extraordinaria autoridad en los
tribunales, unida a la severidad con la que aplicaba las leyes, hizo que el
pueblo le otorgara el sobrenombre de “el Señor del Gran Poder”, reflejo del
enorme respeto —y también del temor— que inspiraba.
Entre los
numerosos procesos que pasaron por sus manos sobresale la persecución del
célebre bandolero Diego Corrientes Mateos. Nombrado por Carlos III juez
especial para combatir el bandolerismo, Francisco de Bruna organizó una intensa
campaña que culminó con la captura del famoso bandido utrerano. Diego
Corrientes fue encerrado en la Cárcel de la Audiencia, muy próxima a esta
calle, antes de ser condenado y ejecutado en 1781, episodio que lo convertiría
en uno de los personajes más legendarios del bandolerismo español.
Sin embargo, la
personalidad de Francisco de Bruna trascendió ampliamente el ámbito judicial.
Fue un apasionado coleccionista de antigüedades, pinturas, manuscritos, monedas
y libros, formando una de las colecciones privadas más importantes de la
Sevilla del siglo XVIII. Su casa fue lugar de encuentro de eruditos, artistas e
ilustrados, colaborando estrechamente con figuras como Pablo de Olavide y
Gaspar Melchor de Jovellanos en los proyectos reformistas impulsados durante el
reinado de Carlos III. Su labor cultural fue reconocida por cronistas como José
Velázquez y Sánchez, quien destacó su constante empeño por contribuir al
progreso intelectual y material de Sevilla.
La fisonomía de
la calle también ha cambiado notablemente con el paso del tiempo. Hasta el
siglo XVIII era más larga y penetraba directamente en la plaza de San
Francisco. Con motivo de la visita de Felipe V en 1734 se demolieron varias
casas que cerraban la perspectiva de la plaza, iniciándose una serie de
reformas urbanísticas que continuaron durante el siglo XIX con nuevos derribos
y retranqueos de fachadas. Gracias a estas intervenciones adquirió su aspecto
actual: una pequeña vía de trazado abierto que actúa como transición entre la
plaza de San Francisco y Entre Carceles.
Su importancia
histórica radica precisamente en esa función de enlace entre dos de los
espacios más relevantes de la ciudad. Por ella transitaban diariamente
magistrados, escribanos, funcionarios, comerciantes, presos y ciudadanos que
acudían a la Audiencia o a las dependencias municipales de la plaza. Ello
explica que desde finales del siglo XVI fuera una de las calles mejor cuidadas
del entorno, primero con empedrado, posteriormente adoquinada y, desde finales
del siglo XIX, dotada de aceras de cemento, sustituidas más tarde por losas de
piedra.
Aunque hoy
apenas cuenta con unos pocos edificios, la calle conserva algunos recuerdos de
su pasado. En el pequeño jardín situado junto a Entre Carceles se levanta desde
1974 un busto de Miguel de Cervantes, obra del escultor Sebastián Santos. El
monumento recuerda la estancia del autor del Quijote en la antigua Cárcel Real
de Sevilla, levantada muy cerca de este lugar, donde probablemente comenzó a
gestar algunos de los episodios de su inmortal novela. Asimismo, las fuentes
documentales mencionan la existencia en el siglo XVIII de un retablo dedicado a
Nuestra Señora del Pópulo, que llegó a contar con hermandad propia, y de un
mesón medieval destinado al depósito de los objetos perdidos.
Busto de Miguel de Cervantes
Detalle
A pesar de su reducida longitud, la calle Francisco Bruna resume varios siglos de historia sevillana. Sus antiguos nombres evocan cárceles, pozos y papeleros; su trazado recuerda las profundas transformaciones urbanísticas de la plaza de San Francisco; y su denominación actual perpetúa la memoria de uno de los grandes ilustrados de la ciudad, cuya influencia marcó tanto la administración de justicia como el desarrollo cultural de la Sevilla del siglo XVIII.

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