martes, 21 de julio de 2026

ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA

Los Diteros.

El ditero fue uno de los personajes más característicos de la Sevilla popular y de la Andalucía de la posguerra. Su figura surgió en un contexto marcado por la escasez, el racionamiento y las enormes dificultades económicas que siguieron a la Guerra Civil española. En una sociedad donde muchas familias carecían de liquidez para adquirir incluso los bienes más básicos, estos vendedores ambulantes desempeñaron una función que trascendía la mera actividad comercial, convirtiéndose en una auténtica red de crédito popular basada en la confianza y en el conocimiento directo de los vecinos.

Oficios antiguos: Los diteros. (ver) (CC BY 3.0)

El nombre de ditero procede de la palabra “dita”, denominación que recibía cada uno de los pequeños plazos en los que se fraccionaba el pago de las mercancías. En otras regiones españolas eran conocidos como teleros o ropavejeros, pero en Sevilla el término ditero acabó identificando a estos comerciantes que recorrían semanalmente los barrios y corrales de vecinos ofreciendo ropa, telas y multitud de artículos para el hogar. Su actividad fue especialmente intensa entre las décadas de 1940 y 1970, aunque en algunos pueblos andaluces sobrevivió hasta finales del siglo XX.

El Ditero. Personaje del ayer sevillano en un corral de vecinos (ver) (CC BY 3.0)

El ditero visitaba periódicamente las viviendas cargado con una maleta o un fardo repleto de mercancías: vestidos, faldas, camisas, ropa interior, sábanas, manteles, hules, cortinas, paños para el sofá, mantas, utensilios de cocina e incluso pequeños muebles o electrodomésticos. La familia elegía aquello que necesitaba y se comprometía a abonarlo poco a poco mediante pequeñas cantidades semanales o mensuales. Cada pago recibía el nombre de dita y quedaba anotado en una libreta de cartón con tapas de anillas, símbolo del oficio. En sus páginas aparecían los nombres de los compradores, los artículos adquiridos, los importes satisfechos y las cantidades pendientes, todo ello escrito a mano.

No existían contratos escritos ni garantías jurídicas. Todo descansaba sobre el valor de la palabra, el conocimiento personal y la reputación tanto del vendedor como del comprador. El ditero conocía la situación económica de cada familia, sabía cuándo el cabeza de familia había encontrado trabajo o cuándo atravesaban una mala racha. Esa cercanía le permitía mostrar una flexibilidad impensable en las modernas entidades financieras. Si una familia no podía afrontar un pago, bastaba muchas veces con una explicación sincera para aplazar la siguiente dita. Aunque el vendedor obtenía un pequeño beneficio mediante un recargo que solía rondar el diez por ciento sobre el precio del artículo, su actitud estaba frecuentemente marcada por la comprensión y la paciencia.

La llegada del ditero constituía todo un acontecimiento en los corrales de vecinos sevillanos. Su visita estaba tan perfectamente organizada que muchos conocían el día y la hora aproximada en que aparecería. Por esa puntualidad algunos recibieron los apodos humorísticos de “Longines2 o “Omega”, en alusión a conocidas marcas de relojes. Sin embargo, aquella puntualidad también despertaba cierto temor entre quienes llevaban retraso en los pagos. Todavía permanece en la memoria colectiva el grito que anunciaba su presencia por los patios y galerías:

“¡El diteroooooo!”

Ese aviso provocaba escenas pintorescas en caso de dificultades económicas. Algunas vecinas fingían no encontrarse en casa, enviaban a los niños a responder que sus madres habían salido o prolongaban cualquier excusa para evitar el encuentro. El ditero, acostumbrado a estas situaciones, regresaba la semana siguiente con la misma serenidad y con la inseparable libreta bajo el brazo.

Más allá de estas anécdotas costumbristas, la importancia social del ditero fue enorme. Durante la posguerra muchas familias carecían de acceso al crédito bancario, reservado prácticamente para determinados sectores sociales. Gracias a estos vendedores pudieron vestir a sus hijos, renovar la ropa de cama, adquirir utensilios de cocina o comprar un televisor, una lavadora o un pequeño mueble sin tener que desembolsar de una sola vez cantidades imposibles de reunir. En cierto modo, el ditero representó una forma primitiva de financiación al consumo, muy semejante a los actuales sistemas de compra a plazos, aunque sustentada exclusivamente en la confianza mutua y en el trato humano.

Con el desarrollo económico de las décadas de 1960 y 1970, la expansión de los grandes almacenes, la generalización del crédito bancario y, posteriormente, la aparición de las tarjetas de crédito, la figura del ditero comenzó a desaparecer. Las nuevas formas de financiación, mucho más impersonales y reguladas, sustituyeron progresivamente aquel modelo basado en la palabra y en la relación directa con el cliente. A diferencia de las actuales entidades financieras, el ditero conocía personalmente a quienes atendía y, en muchas ocasiones, prefería esperar antes que poner en peligro la economía doméstica de una familia.

Hoy el ditero forma parte de la memoria sentimental de la Andalucía popular. Su figura simboliza una época de privaciones, pero también de solidaridad cotidiana y de relaciones humanas construidas sobre la confianza. Aunque su recuerdo suele ir acompañado de escenas humorísticas y de la imagen del cobrador que recorría incansablemente los patios de vecinos, lo cierto es que desempeñó una función esencial en la supervivencia de miles de hogares durante algunos de los años más difíciles del siglo XX. En la libreta donde anotaba las modestas ditas no solo quedaban registradas deudas y pagos: también se escribía, semana tras semana, una pequeña parte de la historia social de Andalucía.

El ditero con su libreta bajo el brazo y sus mercancías (ver) (CC BY 3.0)