ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA
Los Diteros.
El ditero fue uno de los personajes más característicos de
la Sevilla popular y de la Andalucía de la posguerra. Su figura surgió en un
contexto marcado por la escasez, el racionamiento y las enormes dificultades
económicas que siguieron a la Guerra Civil española. En una sociedad donde
muchas familias carecían de liquidez para adquirir incluso los bienes más
básicos, estos vendedores ambulantes desempeñaron una función que trascendía la
mera actividad comercial, convirtiéndose en una auténtica red de crédito
popular basada en la confianza y en el conocimiento directo de los vecinos.
Oficios antiguos: Los diteros. (ver) (CC BY 3.0)
El nombre de ditero procede de la palabra “dita”,
denominación que recibía cada uno de los pequeños plazos en los que se
fraccionaba el pago de las mercancías. En otras regiones españolas eran
conocidos como teleros o ropavejeros, pero en Sevilla el término ditero acabó
identificando a estos comerciantes que recorrían semanalmente los barrios y
corrales de vecinos ofreciendo ropa, telas y multitud de artículos para el
hogar. Su actividad fue especialmente intensa entre las décadas de 1940 y 1970,
aunque en algunos pueblos andaluces sobrevivió hasta finales del siglo XX.
El Ditero. Personaje del ayer sevillano en un corral de
vecinos (ver) (CC BY 3.0)
El ditero visitaba periódicamente las viviendas cargado con
una maleta o un fardo repleto de mercancías: vestidos, faldas, camisas, ropa
interior, sábanas, manteles, hules, cortinas, paños para el sofá, mantas,
utensilios de cocina e incluso pequeños muebles o electrodomésticos. La familia
elegía aquello que necesitaba y se comprometía a abonarlo poco a poco mediante
pequeñas cantidades semanales o mensuales. Cada pago recibía el nombre de dita
y quedaba anotado en una libreta de cartón con tapas de anillas, símbolo del oficio.
En sus páginas aparecían los nombres de los compradores, los artículos
adquiridos, los importes satisfechos y las cantidades pendientes, todo ello
escrito a mano.
No existían contratos escritos ni garantías jurídicas. Todo
descansaba sobre el valor de la palabra, el conocimiento personal y la
reputación tanto del vendedor como del comprador. El ditero conocía la
situación económica de cada familia, sabía cuándo el cabeza de familia había
encontrado trabajo o cuándo atravesaban una mala racha. Esa cercanía le
permitía mostrar una flexibilidad impensable en las modernas entidades
financieras. Si una familia no podía afrontar un pago, bastaba muchas veces con
una explicación sincera para aplazar la siguiente dita. Aunque el vendedor
obtenía un pequeño beneficio mediante un recargo que solía rondar el diez por
ciento sobre el precio del artículo, su actitud estaba frecuentemente marcada
por la comprensión y la paciencia.
La llegada del ditero constituía todo
un acontecimiento en los corrales de vecinos sevillanos. Su visita estaba tan
perfectamente organizada que muchos conocían el día y la hora aproximada en que
aparecería. Por esa puntualidad algunos recibieron los apodos humorísticos de “Longines2
o “Omega”, en alusión a conocidas marcas de relojes. Sin embargo, aquella
puntualidad también despertaba cierto temor entre quienes llevaban retraso en
los pagos. Todavía permanece en la memoria colectiva el grito que anunciaba su
presencia por los patios y galerías:
“¡El
diteroooooo!”
Ese aviso provocaba escenas pintorescas
en caso de dificultades económicas. Algunas vecinas fingían no encontrarse en
casa, enviaban a los niños a responder que sus madres habían salido o
prolongaban cualquier excusa para evitar el encuentro. El ditero, acostumbrado
a estas situaciones, regresaba la semana siguiente con la misma serenidad y con
la inseparable libreta bajo el brazo.
Más allá de
estas anécdotas costumbristas, la importancia social del ditero fue enorme.
Durante la posguerra muchas familias carecían de acceso al crédito bancario,
reservado prácticamente para determinados sectores sociales. Gracias a estos
vendedores pudieron vestir a sus hijos, renovar la ropa de cama, adquirir
utensilios de cocina o comprar un televisor, una lavadora o un pequeño mueble
sin tener que desembolsar de una sola vez cantidades imposibles de reunir. En
cierto modo, el ditero representó una forma primitiva de financiación al
consumo, muy semejante a los actuales sistemas de compra a plazos, aunque
sustentada exclusivamente en la confianza mutua y en el trato humano.
Con el desarrollo económico de las
décadas de 1960 y 1970, la expansión de los grandes almacenes, la
generalización del crédito bancario y, posteriormente, la aparición de las
tarjetas de crédito, la figura del ditero comenzó a desaparecer. Las nuevas
formas de financiación, mucho más impersonales y reguladas, sustituyeron
progresivamente aquel modelo basado en la palabra y en la relación directa con
el cliente. A diferencia de las actuales entidades financieras, el ditero
conocía personalmente a quienes atendía y, en muchas ocasiones, prefería
esperar antes que poner en peligro la economía doméstica de una familia.
Hoy el ditero
forma parte de la memoria sentimental de la Andalucía popular. Su figura
simboliza una época de privaciones, pero también de solidaridad cotidiana y de
relaciones humanas construidas sobre la confianza. Aunque su recuerdo suele ir
acompañado de escenas humorísticas y de la imagen del cobrador que recorría
incansablemente los patios de vecinos, lo cierto es que desempeñó una función
esencial en la supervivencia de miles de hogares durante algunos de los años
más difíciles del siglo XX. En la libreta donde anotaba las modestas ditas no
solo quedaban registradas deudas y pagos: también se escribía, semana tras
semana, una pequeña parte de la historia social de Andalucía.
El ditero con su libreta bajo el brazo y sus mercancías (ver) (CC BY 3.0)
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