AREA CENTRO 2
Calle Azofaifo.
La calle
Azofaifo es una de las barreduelas más singulares y evocadoras del Casco
Antiguo de Sevilla. Nace en la calle Sierpes y termina en un fondo sin salida,
conservando el carácter de adarve propio del urbanismo medieval hispalense. Su
estrechez, su trazado quebrado y el silencio que la envuelve contrastan con el
bullicio de la cercana Sierpes, convirtiéndola en uno de esos rincones donde
todavía puede percibirse la estructura de la ciudad de hace varios siglos.
Calle Azofaifo
El nombre de
Azofaifo aparece documentado al menos desde comienzos del siglo XV y ha
permanecido prácticamente inalterado hasta nuestros días. En los documentos
antiguos suele citarse como "barreduela" o "calleja de
Azofaifo", reflejando su condición de pequeño callejón sin salida. Aunque
una antigua tradición afirmaba que el topónimo procedía de un gran árbol de
azofaifo —el jinjolero o azufaifo (Ziziphus jujuba)— que habría existido en
este lugar, no existe ninguna prueba documental que permita confirmar este
origen, por lo que su etimología continúa siendo una incógnita.
La calle
constituye un magnífico ejemplo de lo que en Sevilla se conoce como barreduela
o adarve. Estas vías, cerradas en uno de sus extremos, fueron muy frecuentes en
la ciudad medieval y aún sobreviven varias en el casco histórico. A diferencia
de las calles convencionales, cuyos números pares e impares se distribuyen en
aceras opuestas, las barreduelas suelen presentar una numeración correlativa
debido a su peculiar configuración urbana.
Su recorrido
tiene forma acodada y está dividido en dos tramos, del primero de los cuales
parte otra pequeña barreduela. Este trazado ya aparece reflejado, con ligeras
diferencias, en el plano levantado por Pablo de Olavide en 1771, donde figura
simplemente como una calle sin salida. En el siglo XVII existió probablemente
otro pequeño callejón lateral que fue clausurado por decisión municipal
alegándose razones de moralidad pública. Siglos después, a finales del XIX,
volvió a plantearse el cierre del adarve mediante una cancela tras proyectarse
un nuevo acceso hacia Sierpes, iniciativa que finalmente nunca llegó a
ejecutarse.
El aspecto
actual continúa reflejando el origen medieval de este espacio. Se trata de una
calle exclusivamente peatonal, pavimentada con losas y sin aceras diferenciadas.
Las farolas de fundición sujetas a las fachadas iluminan un caserío formado, en
buena medida, por las traseras y laterales de los edificios de la calle
Sierpes. La estrechez del callejón y la altura de las viviendas generan una
sensación de recogimiento que apenas ha cambiado con el paso del tiempo.
Entre sus
edificios destaca especialmente la casa número 7, proyectada en 1927 por el
arquitecto regionalista Gabriel Lupiáñez para la condesa de Lebrija. Su
elegante fachada de pilastras constituye una de las construcciones más notables
de la calle y en la actualidad alberga un establecimiento hotelero.
La historia
cotidiana de Azofaifo también refleja las desigualdades sociales de la Sevilla
de otros tiempos. La prensa del siglo XIX describía con frecuencia este rincón
como un lugar poco cuidado, donde se acumulaban barro, desperdicios y aguas
sucias. En uno de sus corrales de vecinos residían numerosas familias humildes,
entre ellas lavanderas, jornaleros y otros trabajadores, que compartían las difíciles
condiciones de vida propias de muchas viviendas populares de la época. Un pozo
situado en la calle abastecía de agua tanto a los vecinos como a los aguadores
que recorrían la ciudad.
Sin embargo,
Azofaifo también fue escenario de algunas innovaciones culturales. A comienzos
del siglo XX abrió sus puertas el Cinematógrafo de la Rosa, posteriormente
conocido como Cine Llorens, considerado el primer cine de programación estable
que existió en Sevilla. El poeta Rafael Laffón recordaba aquel primitivo local
donde, durante las proyecciones del cine mudo, un narrador leía en voz alta los
rótulos que aparecían en la pantalla para facilitar su comprensión al público.
Aquel establecimiento llegó a convertirse en un concurrido punto de reunión de
la sociedad sevillana.
Existe además
una interesante hipótesis histórica según la cual este espacio pudo formar
parte en el siglo XVI del célebre jardín botánico y medicinal del doctor
Nicolás Monardes, uno de los médicos y naturalistas más prestigiosos del
Renacimiento español. En aquel jardín se cultivaban numerosas plantas traídas
del continente americano que sirvieron de base para los importantes tratados
científicos publicados por este ilustre sevillano.
Hoy la calle
Azofaifo mantiene un carácter eminentemente residencial, aunque la presencia de
algunos establecimientos hoteleros, pequeños negocios y locales de hostelería
le proporciona cierta actividad durante el día. A pesar de encontrarse a
escasos metros de una de las arterias comerciales más transitadas de Sevilla,
conserva una atmósfera tranquila y casi escondida que permite imaginar cómo
eran las estrechas callejas de la ciudad medieval. Es, sin duda, uno de esos
lugares donde la historia urbana de Sevilla permanece escrita en el propio
trazado de sus calles.
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