La nave de la Epístola
Al acceder a la Capilla de la Universidad, el
visitante descubre un espacio de planta de cruz griega, una solución
arquitectónica poco frecuente en los templos sevillanos, en la que los cuatro
brazos poseen idéntica longitud y convergen en un amplio crucero libre de
obstáculos, cubierto con una bóveda baída con linterna. Las naves laterales,
cubiertas con bóvedas de pañuelo, permanecen compartimentadas mediante muros,
comunicándose con el espacio central a través de amplios vanos.
Vista de
la nave de la epístola desde los pies
Bóveda
baída con linterna
Bóvedas
de pañuelo
Sobre
la puerta de acceso a la nave de la Epístola puede contemplarse una cartela con
indulgencias concedidas a quienes rezaran ante las imágenes allí veneradas,
testimonio de la intensa vida devocional que caracterizó a este templo. A ambos
lados de la inscripción se disponen dos pequeños lienzos de San Cosme y san Damián.
Zona de la puerta
de acceso a la nave de la Epístola
Cartela
con indulgencias
Pequeño
lienzo de San Cosme y san Damián
Pequeño lienzo de San Cosme y san Damián
Visita
del rey Alfonso XIII
Al atravesar el umbral de la nave de la Epístola, el muro de
los pies está presidido por un interesante lienzo de grandes dimensiones que
representa la Anunciación. Aunque se desconoce tanto su autor como su fecha de
ejecución, la composición sigue los modelos iconográficos propios de la escuela
sevillana, con claras influencias del ambiente pictórico murillesco, tan
difundido durante los siglos XVII y XVIII.
Muro
de los pies
Anunciación
Flanqueando este espacio se encuentran dos delicadas
esculturas de tamaño académico que representan a san Joaquín y santa Ana
enseñando a la Virgen María en su infancia. Ambas imágenes, realizadas por un
escultor anónimo durante la primera mitad del siglo XVIII, destacan por la
elegancia de sus proporciones y por la serena expresión de sus rostros,
respondiendo plenamente al gusto barroco sevillano por las escenas familiares
de la vida de la Virgen.
Santa
Ana enseñando a la Virgen María en su infancia
San
Joaquín
Completan este sector de la nave varios lienzos
devocionales, entre ellos un Crucificado y un San Jerónimo penitente, obras
concebidas para favorecer la meditación y la oración.
Crucificado
San
Jerónimo penitente
Uno de los conjuntos escultóricos más valiosos de esta nave
es la Virgen de Belén, situada sobre una sencilla peana de mármol rojo. Se
trata de una magnífica escultura en barro cocido policromado, de
aproximadamente 1,30 metros de altura, realizada durante la primera mitad del
siglo XVI dentro del círculo artístico de Pietro Torrigiano (ver). Su composición
reproduce el modelo creado por el escultor florentino para el
monasterio jerónimo de San Jerónimo de Buenavista, conservado actualmente en el
Museo de Bellas Artes de Sevilla.
Pared
Virgen
de Belén
Detalle
Detalle
La trayectoria histórica de esta escultura ha sido
especialmente significativa. En 1619 presidía el altar de las reliquias de la
antigua iglesia de la Anunciación, instalada en la primitiva sacristía del
templo. Posteriormente fue trasladada a un pedestal junto a la escalera de la
Casa Profesa de los jesuitas y, más tarde, regresó nuevamente a la iglesia de
la Anunciación, ocupando distintos emplazamientos próximos al crucero, al
sepulcro de Catalina de Ribera e incluso al altar mayor. Tras la importante
restauración realizada en 1993 bajo la dirección técnica del profesor Arquillo,
la imagen fue instalada en el lugar que ocupa actualmente, escoltada por dos
magníficos ángeles lampadarios del siglo XVIII, atribuidos a Benito de Hita y
Castillo, cuya refinada talla contribuye a realzar la solemnidad del conjunto.
Ángel
lampadario
Detalle
Detalle
La cabecera de la nave está ocupada por el retablo
barroco-rococó dedicado a la Virgen de la Angustia, una de las advocaciones más
queridas por la Hermandad de los Estudiantes desde su fundación en 1924.
Durante los primeros años, la corporación rindió culto a una Dolorosa donada
por uno de sus hermanos, sustituida en 1931 por una imagen de candelero
realizada gratuitamente por el escultor Antonio Bidón Villar. Sin embargo,
aquella talla no terminó de satisfacer plenamente las aspiraciones de la
hermandad, que buscaba una imagen capaz de expresar con mayor intensidad el
dolor de María ante la muerte de Cristo.
Retablo
de la Virgen de la Angustia
La solución llegó con la incorporación de la actual Virgen
de la Angustia, magnífica obra de Juan de Astorga (ver) realizada en 1817. La
escultura pertenecía a la desaparecida Hermandad del Desprendimiento de Cristo,
Santísimo Cristo de las Virtudes y Dulce Nombre de María, conocida popularmente
como la Cofradía de los Pescadores, establecida en la iglesia de San Isidoro.
Astorga, uno de los grandes imagineros del neoclasicismo sevillano, logró
imprimir en esta Dolorosa una extraordinaria mezcla de elegancia, dulzura y
profundo sentimiento, convirtiéndola en una de las imágenes marianas de mayor
calidad artística conservadas en la ciudad.
Virgen
de la Angustia
Detalle de la cara
Detalle de la cara
Junto al retablo se encuentra una
imagen moderna de san Juan Evangelista, realizada en 1976 por el escultor
sevillano Juan Abascal Fuentes, que acompaña simbólicamente a la Virgen en su
dolor, siguiendo el relato evangélico.
San Juan Evangelista
Detalle del rostro
Detalle de un pie
Nave Central
Antes de llegar al presbiterio, el
visitante se sitúa en el corazón de la capilla, el amplio espacio central que
articula la planta de cruz griega del edificio. Sobre él se eleva una magnífica
bóveda vaída, una de las soluciones arquitectónicas más elegantes del
Renacimiento tardío, que se ilumina gracias a una linterna abierta en su parte
superior. La luz natural desciende desde lo alto y baña el crucero, acentuando
el carácter solemne del templo y dirigiendo la mirada hacia el altar mayor,
verdadero centro espiritual de la capilla.
Cubierta del crucero
El Altar Mayor está ocupado por un
elegante retablo neoclásico, realizado durante el siglo XIX, de líneas sobrias
y equilibradas que permite centrar la atención en la imagen que preside el
conjunto: el Santísimo Cristo de la Buena Muerte (leer mas). En los laterales dos ángeles lampareros.
Presbiterio y Altar Mayor
Ángel lamparero
Nos encontramos ante una de las cumbres
absolutas de la escultura barroca española. El Santísimo Cristo de la Buena
Muerte fue tallado en 1620 por Juan de Mesa y Velasco, el más brillante
discípulo de Juan Martínez Montañés y uno de los mayores imagineros del Siglo
de Oro.
La obra fue encargada por una hermandad de sacerdotes establecida en la
Casa Profesa de los Jesuitas, anexa a la iglesia de la Anunciación. El contrato
firmado con el escultor resulta especialmente interesante, pues no menciona aún
la advocación de la Buena Muerte y obliga al artista a realizar “dos imágenes
de escultura, la una con Cristo Crucificado y la otra una Magdalena abrazada al
pie de la Cruz, de madera de cedro, ambas de estatura ordinaria humana”. El
paradero de aquella imagen de Santa María Magdalena continúa siendo hoy un
misterio.
La primera referencia documental que
denomina a esta imagen como Cristo de la Buena Muerte
aparece en 1725, con motivo de la fundación de una congregación que adoptó dicha
advocación.
Más de dos siglos después, en 1926, tan solo dos años después de la
creación de la Hermandad de los Estudiantes, el Crucificado realizaría por
primera vez su estación de penitencia por las calles de Sevilla, iniciando una
de las páginas más brillantes de la Semana Santa hispalense.
Durante siglos la autoría de esta
excepcional escultura permaneció atribuida a Juan Martínez Montañés, debido a
la enorme influencia que el maestro ejerció sobre su discípulo. La cuestión
quedó definitivamente resuelta en 1983, cuando la imagen sufrió un
desafortunado accidente durante su traslado desde esta capilla hasta la iglesia
de la Anunciación para la celebración de su quinario. Al desprenderse la cabeza
fue necesario acometer una profunda restauración dirigida por el profesor
Francisco Arquillo. En el interior de la talla apareció un documento manuscrito
con la inscripción latina: «Ego feci Joannes de Mesa,
anno de 1620» («Yo lo hice, Juan de Mesa, año de 1620»). Este
hallazgo constituyó la prueba definitiva de su autoría y permitió devolver la
obra al escultor que realmente la concibió. Resulta inevitable lamentar que
Juan de Mesa falleciera prematuramente, con tan solo cuarenta y cuatro años,
dejando una producción relativamente escasa y permaneciendo durante mucho
tiempo injustamente eclipsado por la fama de su maestro.
Como es característico en los
crucificados del escultor cordobés, la imagen presenta unas dimensiones
ligeramente superiores al tamaño natural. Cristo aparece muerto en la cruz,
sujeto mediante tres clavos sobre un madero de aspecto arbóreo. La anatomía
está tratada con un extraordinario rigor, fruto de un profundo conocimiento del
cuerpo humano, pero al mismo tiempo suavizada por una idealización clásica que
evita cualquier exceso dramático. La cabeza, vencida sobre el pecho, transmite
serenidad y aceptación del sacrificio redentor, mientras que el modelado de la
musculatura, las venas, las manos y los pies revela la extraordinaria maestría
técnica de Juan de Mesa.

Santísimo Cristo de la Buena Muerte
Detalle del rostro
Detalle del rostro
Detalle de los pies
Detalle de los pies
Especialmente llamativo es el paño de
pureza, una de las señas de identidad del escultor. Se dispone con un elegante
movimiento y aparece sujeto mediante una cuerda anudada sobre la cadera derecha,
dejando visible parte de la silueta del cuerpo y aportando dinamismo a una
composición dominada por el equilibrio y la armonía. Todo ello convierte la
imagen en un magnífico ejemplo de la perfecta síntesis entre el naturalismo
barroco y la belleza ideal heredada del clasicismo.
Detalle del paño de pureza
No es extraño que los historiadores del
arte consideren esta talla una de las obras maestras de la imaginería
universal. La propia Hermandad de los Estudiantes recoge en su página oficial que
los especialistas coinciden en señalarla como una de las creaciones más
clásicas de Juan de Mesa, la más cercana a los modelos de Martínez Montañés y,
al mismo tiempo, una de las esculturas más perfectas jamás realizadas dentro de
la imaginería barroca.
Finalmente,
cerrando el eje de la nave principal hacia los pies del templo, se localiza el
cancel de madera de la puerta de entrada que sustenta en su parte superior la
tribuna del Coro.
Detalle de los pies
del templo
Detalle del coro con
el órgano
La nave del Evangelio
Regresamos nuevamente al espacio
central de la capilla y nos dirigimos ahora hacia la nave del Evangelio,
situada a la izquierda del altar mayor. Al igual que sucede en la nave de la
Epístola, este ámbito conserva un interesante conjunto de obras pictóricas y
escultóricas que testimonian la intensa vida religiosa que desarrolló la
antigua Universidad de Sevilla y, anteriormente, la Real Fábrica de Tabacos.
Sobre la puerta que comunica con la
nave opuesta puede contemplarse una cartela en la que se recogen las
indulgencias concedidas a los fieles que rezasen ante las imágenes veneradas en
este templo. Este tipo de inscripciones, muy habituales entre los siglos XVII y
XVIII, reflejan la importancia que la Iglesia concedía a determinadas prácticas
devocionales y el deseo de fomentar la oración mediante la concesión de
beneficios espirituales. La cartela aparece enmarcada por pinturas dedicadas a
la vida, milagros y martirio de los santos Cosme y Damián, médicos y patronos
de los cirujanos, cuya presencia recuerda los estrechos vínculos históricos
entre la antigua Universidad y los estudios de Medicina.
Zona de puerta de acceso a la nave del Evangelio
Cartela
con indulgencias
San
Cosme y san Damián
San Cosme y san Damián
Pila de
agua bendita
En el tramo de los pies de la nave
destaca un gran lienzo con la representación de la Adoración de los Pastores, una
composición de marcado sabor murillesco, probablemente realizada por un
seguidor del gran maestro sevillano o copiada de alguno de sus modelos más
difundidos. Flanquean este cuadro dos esculturas colocadas sobre peanas: una
imagen de San Antonio de Padua, fácilmente reconocible por el hábito
franciscano y el Niño que suele portar entre sus brazos, y otra
tradicionalmente identificada con Santiago el Mayor, representado como apóstol.
Pies de la nave
Detalle del pie de la nave
Adoración de
los Pastores
Detalle de la Adoración
de los Pastores
San Antonio de Padua
Santiago el Mayor
Avanzando por el muro encontramos uno
de los elementos decorativos más originales de toda la capilla: un magnífico
retablo-marco barroco de la primera mitad del siglo XVIII que alberga una
pequeña pintura anónima de la Virgen sentada con el Niño. Más que un retablo
convencional, se trata de un exuberante marco escultórico donde la talla en
madera alcanza un extraordinario protagonismo. Estípites, roleos, hojarasca,
frutos, cabezas de querubines y pequeños putti se
entrelazan formando un conjunto de gran riqueza ornamental, característico del
barroco sevillano en su etapa final. En la parte superior se dispone un
medallón con la representación de la Santísima Trinidad, mientras que el ático
aparece coronado por una delicada imagen de la Inmaculada Concepción, hoy
lamentablemente mutilada al haber perdido ambas manos.
Retablo-marco
Detalle de la Virgen sentada con el Niño
Los muros de esta nave conservan además
varios lienzos de interés, entre ellos una representación de San Gregorio Magno
y otra de San Agustín, dos de los grandes Padres de la Iglesia latina cuyas
enseñanzas ejercieron una profunda influencia en la teología y en la formación
universitaria durante siglos.
San Gregorio Magno
San Agustín
Crucificado
La cabecera de la nave está presidida
por uno de los conjuntos artísticos más sobresalientes de la capilla: el
retablo de la Virgen de los Remedios.
Se trata del antiguo retablo mayor de la
capilla de la Real Fábrica de Tabacos, trasladado a este lugar tras las
reformas efectuadas en el edificio. Fue contratado en 1762 con el ensamblador
Julián Jiménez y constituye una magnífica obra de transición entre el barroco
tardío y el rococó sevillano.
Cabecera de la nave del evangelio
Su estructura responde al modelo
tradicional de banco, cuerpo principal de tres calles —destacando la central
por su mayor amplitud— y ático. Sin embargo, este último desapareció cuando el
retablo fue trasladado desde su ubicación original, ya que la menor altura de
esta nave impedía su colocación. Con él desapareció también la imagen de San
Fernando que, según la documentación conservada, remataba originalmente el
conjunto.
Uno de los aspectos que hacen
especialmente singular este retablo es su policromía. A diferencia de los
dorados intensos que predominan en la retablística barroca andaluza, aquí toda
la arquitectura aparece lacada en un elegante blanco roto, delicadamente
enriquecido con motivos dorados. Esta refinada combinación cromática, muy
propia del gusto rococó, aporta una extraordinaria luminosidad y delicadeza al
conjunto.
Retablo
Presidiendo la hornacina central se
alza la monumental imagen de la Virgen de los Remedios, antigua titular mariana
de la capilla de la Real Fábrica de Tabacos. Tallada en madera de cedro
policromada, alcanza cerca de dos metros de altura, lo que le confiere una
notable presencia. La Virgen aparece de pie sobre una nube sostenida por tres
querubines, siguiendo la iconografía habitual de esta advocación. Con la mano
izquierda sostiene al Niño Jesús, situado junto al corazón como expresión de su
maternidad divina, mientras extiende la derecha portando un cetro, símbolo de
su condición de Reina del Cielo y dispensadora de gracias. El Niño, completamente
desnudo, representa la pureza, la inocencia y la plena realidad de la
Encarnación.
Virgen de los Remedios
Detalle de la Virgen de los Remedios
A ambos lados de la imagen principal se
sitúan las esculturas de San José con el Niño y San Carlos Borromeo, uno de los
grandes santos de la Reforma Católica surgida tras el Concilio de Trento.
Coronando las columnas laterales aparecen dos elegantes ángeles sedentes que
completan la composición.
San José con el Niño
Detalle de San José con el Niño
San Carlos Borromeo
Detalle de San Carlos Borromeo
Ángel sedente
Todas las esculturas del retablo fueron
realizadas en 1762 por Benito de Hita y Castillo (ver), uno de los imagineros sevillanos más destacados de
la segunda mitad del siglo XVIII.
La nave del Evangelio constituye así un
excelente recorrido por la evolución del arte sacro sevillano entre los siglos
XVII y XVIII. Pintura, escultura y retablística conviven en un espacio de gran
equilibrio, recordando tanto el pasado de la antigua capilla de la Real Fábrica
de Tabacos como la intensa actividad religiosa que durante siglos acompañó a la
Universidad de Sevilla.
El Vía Crucis
El Vía Crucis cerámico de la Capilla de
la Universidad constituye una de las aportaciones artísticas más significativas
incorporadas al templo en época contemporánea. Fue promovido por la Hermandad
de los Estudiantes con motivo de la celebración del LXXV aniversario de su
fundación (1924-1999) y del XXV aniversario de la creación de su cuadrilla de
hermanos costaleros, enriqueciendo el patrimonio de la capilla con una obra que
combina tradición cerámica sevillana, espiritualidad y un profundo simbolismo cofrade.
La iniciativa nació en 1997 por impulso
del entonces director espiritual de la Hermandad y director del Servicio de
Asistencia Religiosa de la Universidad de Sevilla, el reverendo Juan Manuel del
Río Martín, dentro de los actos de preparación para el Gran Jubileo del año
2000. Como modelo iconográfico se eligió el Vía Crucis celebrado por san Juan
Pablo II en el Coliseo de Roma durante el Viernes Santo de 1993, que introducía
una importante novedad respecto al tradicional recorrido de catorce estaciones:
la incorporación de una decimoquinta estación dedicada a la Resurrección de
Cristo, culminando así el camino de la Pasión con el triunfo definitivo sobre
la muerte.
La obra fue bendecida el 15 de mayo de
1999, tras la celebración del Rosario de la Aurora presidido por la Virgen de
la Angustia. Su ejecución fue confiada al taller Barroco Cerámica, integrado
por los ceramistas Juan Manuel Herrera Suárez y Rocío Almarcha Pardo, formados
en la prestigiosa Escuela de Artesanos Della Robbia de Gelves, centro de
referencia en la recuperación y enseñanza de la cerámica artística andaluza. La
coordinación general y el diseño de las escenas correspondieron al ceramista,
licenciado en Bellas Artes y profesor de dicha escuela, Juan José Lupión
Álvarez, mientras que la pintura de los paneles fue realizada por alumnos del
propio centro bajo su supervisión.
La ejecución de esta obra fue
supervisada directamente por el reverendo Juan Manuel del Río Martín, impulsor
del proyecto, junto con la junta de gobierno de la Hermandad de los Estudiantes
y el entonces decano de la Facultad de Químicas, Vicente Flores Luque. Este
último, profundamente vinculado a la tradición artística trianera, era hijo del
recordado pintor y ceramista Vicente Flores Navarro, quien en su juventud cultivó
con notable destreza el arte de la cerámica. Asimismo, pertenecía a una familia
estrechamente relacionada con este oficio, al estar emparentado con el
prestigioso ceramista Antonio Kiernam Flores, una de las figuras más destacadas
de la cerámica sevillana del siglo XX.
Cada estación está compuesta por una
placa cerámica de aproximadamente treinta por veinte centímetros, realizada
mediante la técnica tradicional del azulejo plano pintado. A pesar de sus
reducidas dimensiones, los paneles destacan por la riqueza cromática, la
expresividad de las figuras y la cuidada composición, siguiendo la mejor
tradición de la cerámica sevillana.
Uno de los aspectos más originales de
este Vía Crucis es su planteamiento iconográfico. En lugar de representar
escenas genéricas de la Pasión, cada estación toma como referencia imágenes
titulares de distintas hermandades penitenciales de Sevilla, convirtiéndose en
un auténtico recorrido por la Semana Santa hispalense y convierte el Vía Crucis
en un verdadero homenaje a la imaginería procesional sevillana.
I. La oración en el Huerto se inspira en el Señor
de Montesión.
II. El
Prendimiento en la Hermandad de la Redención.
III.
La comparecencia ante Caifás en el Soberano Poder de San Gonzalo.
IV.
Las negaciones de San Pedro en el Señor de la Paz del Carmen Doloroso.
V. La
Presentación al Pueblo en el misterio de San Benito.
VI.
La Flagelación y Coronación de Espinas en el Cristo de la Coronación del Valle.
VII.
El camino hacia el Calvario en Nuestro Padre Jesús del Gran Poder.
VIII.
La ayuda del Cirineo en Jesús de las Penas de San Roque.
IX.
El encuentro con las mujeres de Jerusalén en Jesús con la Cruz al Hombro del
Valle
X. La
Crucifixión en el Cristo de la Exaltación.
XI.
La promesa al Buen Ladrón en el Cristo de la Conversión de Montserrat.
XII.
La presencia de la Virgen y San Juan al pie de la Cruz en el Cristo de las
Siete Palabras,
XIII.
La muerte de Cristo se representa mediante el Santísimo Cristo de la Buena
Muerte, titular de la propia Hermandad de los Estudiantes.
XIV.
El traslado al sepulcro toma como modelo el Cristo de la Caridad de la
Hermandad de Santa Marta.
XV.
Finalmente, la Resurrección se inspira en el Señor Resucitado de la Hermandad
de la Resurrección.