ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA
Francisco de Rioja.
Francisco de Rioja ocupa un lugar singular en la
historia cultural de Sevilla. Poeta, humanista, erudito y eclesiástico, nació
en la ciudad en 1583 y murió en Madrid en 1659. Su trayectoria vital estuvo
estrechamente vinculada a la Corte de Felipe IV y, sobre todo, a la figura del
conde-duque de Olivares, pero su fama posterior se debe principalmente a su
obra poética, en la que la belleza de la naturaleza se convierte en una
profunda meditación sobre la fugacidad de la existencia.
Nacido en el seno de una familia de origen modesto, fue
bautizado el 22 de noviembre de 1583 en la iglesia de Omnium Sanctorum. Desde
muy joven se encaminó hacia la carrera eclesiástica y recibió una sólida
formación en Teología y Humanidades. Llegó a dominar el latín, el griego y el
hebreo y desarrolló una extraordinaria actividad intelectual. Sus intereses
fueron muy amplios: la teología, la historia, la literatura, la filosofía, la
arqueología y también las artes plásticas. Su erudición le permitió relacionarse
con algunos de los principales círculos intelectuales de la Sevilla de
comienzos del siglo XVII.
Entre ellos destacó el entorno del pintor Francisco
Pacheco, auténtico centro de la vida artística y literaria sevillana. Rioja fue
uno de los hombres de confianza intelectual de Pacheco, quien recurrió a sus
conocimientos para cuestiones relacionadas con la iconografía y la teoría
artística. De esta colaboración nació, entre otros trabajos, el discurso en
defensa de la representación de Cristo crucificado con cuatro clavos, una
cuestión que interesaba especialmente a Pacheco y que tendría también
importancia en la obra de su yerno Diego Velázquez. Los escritos de Rioja
fueron recogidos por Pacheco en sus Tratados de erudición de varios autores y
utilizados posteriormente en su Arte de la pintura.
Su prestigio literario comenzó a extenderse muy pronto.
Mantuvo relaciones con escritores de la talla de Miguel de Cervantes, Lope de
Vega y Juan Pérez de Montalbán. Cervantes lo elogió en su Viaje del Parnaso y Lope
de Vega le dedicó una conocida epístola en La Filomena. Rioja formaba parte,
por tanto, de aquella brillante tradición intelectual sevillana heredera de
Fernando de Herrera y vinculada a la llamada escuela sevillana de poesía.
Su vida experimentó un cambio decisivo en 1621, cuando
Felipe IV llegó al trono y Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, alcanzó una
posición dominante en la Corte. La amistad entre ambos se había iniciado años
antes en Sevilla y Olivares reclamó a Rioja para que se trasladara a Madrid.
Allí se convirtió en uno de sus colaboradores más cercanos, actuando como
consejero, redactor y bibliotecario personal. Su conocimiento de las letras y
su capacidad intelectual hicieron de él una figura de considerable influencia
en los círculos cortesanos.
A lo largo de los años siguientes acumuló importantes
responsabilidades. Fue nombrado cronista de Su Majestad y, en 1634,
bibliotecario real de Felipe IV. También formó parte del Consejo de la Suprema
Inquisición, después de haber ejercido como inquisidor del tribunal sevillano.
Llegó incluso a desempeñar funciones relacionadas con la interpretación
iconográfica de las obras destinadas al Real Sitio del Buen Retiro. De este
modo, detrás del poeta que posteriormente recordaría la historia literaria
existió un personaje de gran peso en la administración cultural y política de
la Monarquía Hispánica.
En 1640, ante las graves dificultades políticas
provocadas por las rebeliones de Cataluña y Portugal, Rioja participó en la
defensa intelectual de su protector. Su Aristarco fue una de las obras
destinadas a responder a las críticas contra el conde-duque. Sin embargo, la
caída de Olivares era ya inevitable y en enero de 1643 fue obligado a abandonar
el poder. Rioja lo acompañó inicialmente en su destierro a Loeches. Cuando el
antiguo valido fue trasladado posteriormente a Toro, Rioja decidió regresar a
Sevilla.
La vuelta a su ciudad natal significó para él un largo alejamiento
de la Corte. Instalado cerca del convento de San Clemente el Real, disfrutó de
una existencia retirada y dedicada a sus intereses intelectuales.
Sin embargo, en 1654 regresó a Madrid como agente del
cabildo sevillano. Allí permaneció hasta su muerte, ocurrida el 8 de agosto de
1659.
El Ayuntamiento
de Sevilla quiso perpetuar la memoria de este ilustre hijo de la ciudad. En
1845 acordó dedicarle una calle, y en 1869 el nombre de Rioja se hizo extensivo
a toda la vía, denominación que ha llegado hasta nuestros días. La calle se
convierte así en un pequeño homenaje urbano a uno de los intelectuales
sevillanos más destacados del Siglo de Oro.