domingo, 16 de agosto de 2026

ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA

General Polavieja.

Camilo García de Polavieja y del Castillo (Madrid, 1838-1914), conocido como el general Polavieja, fue uno de los militares españoles más destacados de la segunda mitad del siglo XIX. Su larga trayectoria estuvo vinculada a las campañas militares de España en África, Cuba y Filipinas, así como a la reorganización del Ejército y, en sus últimos años, a la política y a los estudios históricos. Su figura, compleja y controvertida, quedó especialmente marcada por la crisis colonial de 1898 y por el movimiento regeneracionista que surgió tras la pérdida de las últimas posesiones españolas de Ultramar.

Hijo de Camilo José García de Polavieja, comerciante gaditano, y de María de los Ángeles del Castillo, nacida en México, recibió una educación que transcurrió entre Madrid, Málaga, Alcoy y el Reino Unido. La ruina económica de su padre le obligó a regresar a España cuando tenía diecisiete años y a buscar su futuro en la carrera militar.

General Polavieja fotografiado por Kaulak en la Esfera (ver) (CC BY 3.0)

Su bautismo de fuego tuvo lugar en la Guerra de África de 1859-1860. Participó en acciones como Castillejos, donde destacó por su actuación en el paso de Cabo Negro y obtuvo el empleo de sargento primero, y posteriormente estuvo presente en las batallas de Tetuán y Wad Ras. En esta última resultó herido, iniciando así una larga trayectoria militar caracterizada por su participación directa en numerosos conflictos y por una sucesión de ascensos y condecoraciones.

Tras su paso por África fue destinado a las Antillas. En Cuba participó en las operaciones desarrolladas durante la Guerra de los Diez Años y posteriormente desempeñó diferentes responsabilidades militares. También intervino en la ocupación española de Santo Domingo. Una herida sufrida en Cuba le produjo una ligera cojera que conservaría durante el resto de su vida. De regreso a la Península, combatió durante el convulso Sexenio Democrático contra los movimientos cantonales y, posteriormente, contra los carlistas en Cataluña y el norte de España.

Uno de los episodios más importantes de su carrera tuvo lugar en Cuba entre 1879 y 1880, durante la llamada Guerra Chiquita. Polavieja organizó una intensa campaña militar y de información para hacer frente a la insurrección. Prestó especial atención a la organización de las tropas, la intendencia y la sanidad, al tiempo que creó una amplia red de información que incluía al Ejército, la Guardia Civil y los representantes consulares. La campaña terminó con la pacificación de la provincia, aunque sus métodos fueron considerados posteriormente por algunos historiadores como excesivamente duros.

Más tarde fue destinado a Filipinas, donde alcanzaría una notoriedad aún mayor. Allí tuvo que enfrentarse a la revolución independentista y adoptó una política de gran dureza. Durante su mandato se produjo el proceso contra José Rizal, intelectual y principal figura del nacionalismo filipino, que fue ejecutado en 1896. La responsabilidad de Polavieja en aquella decisión ha sido objeto de diferentes interpretaciones históricas: mientras algunas fuentes la presentan como una consecuencia de su política represiva, otras han señalado que pudo incluso desaconsejar la ejecución.

De regreso a España, Polavieja ocupó importantes cargos, entre ellos el de capitán general de Andalucía, responsabilidad que desempeñó hasta enero de 1888. Su vinculación con Sevilla fue además de carácter familiar: en 1885 contrajo matrimonio con María de la Concepción Castrillo y Medina, perteneciente a una familia sevillana.

Sin embargo, fue la crisis de 1898 la que transformó profundamente su imagen pública. La pérdida de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y las islas Marianas provocó una profunda conmoción en la sociedad española. Polavieja se presentó entonces como una alternativa al sistema político de la Restauración y publicó el 10 de septiembre de 1898, en el periódico El Heraldo, una carta-manifiesto en la que defendía un programa de reformas inspirado en el regeneracionismo. Propugnaba la renovación de la Administración, una mayor descentralización y el abandono de las prácticas políticas que consideraba responsables de la decadencia del país. Su propuesta encontró apoyos especialmente entre determinados sectores de la burguesía catalana.

Durante aquellos años llegó a convertirse en una de las figuras políticas más populares del país. Su proyecto, sin embargo, no consiguió consolidarse como una alternativa política estable. El llamado “polaviejismo” combinaba elementos regeneracionistas, conservadores, católicos y militaristas, reflejando las contradicciones de una sociedad española que buscaba respuestas a la crisis del 98.

En el ámbito militar desempeñó también importantes responsabilidades. Con la reforma del Ejército y la creación del Estado Mayor Central fue nombrado jefe de este organismo, dedicado a estudiar la defensa del territorio. En 1906 pasó a presidir el Consejo Supremo de Guerra y Marina y fue nombrado consejero de Estado. Estos cargos le permitieron recuperar otra de sus grandes aficiones: la investigación histórica. Entre sus trabajos se encuentra Hernán Cortés. Estudio de un carácter.

En 1910 alcanzó finalmente la dignidad de capitán general, después de haber permanecido durante más de veintinueve años como teniente general. Ese mismo año fue enviado a México como embajador extraordinario y plenipotenciario con motivo de las celebraciones del primer centenario de la independencia mexicana. Como reconocimiento a su trayectoria y a los servicios prestados a la Corona, Alfonso XIII le concedió el título de marqués de Polavieja.

Su interés por la historia culminó con su ingreso en la Real Academia de la Historia, donde ocupó la medalla número 34 desde 1912. En su discurso de ingreso defendió la necesidad de que España conociera y reivindicara su propia historia, especialmente su actuación en América. Su concepción de la historia estaba estrechamente relacionada con su visión patriótica y con el deseo de contrarrestar las interpretaciones negativas de la presencia española en el continente americano.

Camilo García de Polavieja murió en Madrid el 15 de enero de 1914, a consecuencia de una enfermedad cardíaca, y fue enterrado dos días después en la Sacramental de Santa María.

La presencia de su nombre en el callejero sevillano recuerda así a un personaje estrechamente relacionado con la historia política y militar de la España de la Restauración. General, capitán general de Andalucía, protagonista de las guerras coloniales y figura destacada del regeneracionismo posterior al desastre de 1898, Polavieja encarna algunas de las contradicciones de aquella época: la defensa de la tradición imperial junto al deseo de modernizar el Estado, el prestigio militar junto a la intervención política y una intensa preocupación por la historia nacional. Su recuerdo en Sevilla se vincula, además, a los años en que ejerció como máxima autoridad militar de Andalucía y a sus relaciones familiares con la ciudad.

Calle General Polavieja

ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA

Ramón de Bonifaz.

Ramón de Bonifaz, conocido también como Ramón de Bonifaz y Camargo, fue un marino, mercader y hombre de armas del siglo XIII, considerado tradicionalmente el primer almirante de Castilla y una figura fundamental en la conquista cristiana de Sevilla. Su lugar de nacimiento continúa siendo objeto de debate entre los historiadores, aunque la documentación medieval lo vincula estrechamente con Burgos, donde aparece ya establecido desde las primeras décadas del siglo XIII. La tradición lo ha presentado asimismo como uno de los principales artífices de la creación de la Marina Real de Castilla.

Retrato de Ramón Bonifaz. Anónimo. Siglo XIX. Óleo sobre lienzo. 98,5 x 79,5 cm. Museo Naval de Madrid (ver) (CC BY 3.0)

Su nombre quedó unido para siempre a la historia de Sevilla en 1247, cuando el rey Fernando III le confió la organización y dirección de una flota destinada a colaborar en el largo asedio de la ciudad, entonces capital del poder almohade. Bonifaz tuvo que reunir hombres y embarcaciones en los puertos del Cantábrico, especialmente en las Cuatro Villas de la Costa —Laredo, Castro Urdiales, Santander y San Vicente de la Barquera—, reforzando posteriormente su escuadra durante el recorrido hacia el sur. Llegó a reunir trece naves de vela y cinco galeras construidas expresamente para la empresa a expensas de la Corona.

Ramón Bonifaz, Alcalte. Miniatura del Libro de la Real Cofradía de los Caballeros del Santísimo y de Santiago, fol. 23 recto, año 1338. (Archivo de la Real Cofradía de los Caballeros del Santísimo y de Santiago, Catedral de Burgos. Wikipedia).(ver) (CC BY 3.0)

La armada alcanzó la desembocadura del Guadalquivir a comienzos de agosto de 1247, después de una navegación difícil que puso a prueba la experiencia marinera de Bonifaz. Allí tuvo que enfrentarse a las embarcaciones musulmanas que intentaban impedir su avance y a los refuerzos enviados desde el norte de África. Una vez dominado el curso del río, la flota cristiana pudo cooperar con el ejército de Fernando III y facilitar el paso de las tropas hacia la margen derecha del Guadalquivir. Esta operación resultó esencial para intensificar el ataque sobre Triana y completar el cerco de Sevilla.

El principal obstáculo para el avance de la flota era el famoso Puente de Barcas, que comunicaba Sevilla con Triana y permitía mantener las comunicaciones y el abastecimiento de la ciudad desde el Aljarafe. La estructura estaba formada por embarcaciones unidas mediante gruesas cadenas y constituía una auténtica barrera para las naves cristianas. Mientras el puente permaneciera intacto, Sevilla podía continuar recibiendo víveres y mantener abierta una vía fundamental de comunicación.

El 3 de mayo de 1248 se produjo el episodio que la tradición convirtió en la gran hazaña de Bonifaz. Aprovechando las condiciones favorables de viento y marea, dos de las naves de mayor porte de la flota fueron preparadas para embestir el puente. Sus proas fueron reforzadas para soportar el impacto y las embarcaciones se lanzaron contra la estructura. El choque de la primera nave hizo estremecerse el puente, mientras que el segundo impacto terminó por quebrarlo. La nave en la que se encontraba Bonifaz fue precisamente la que culminó la ruptura.

La rotura del puente tuvo consecuencias decisivas. Sevilla y Triana quedaron definitivamente aisladas de una de sus principales vías de abastecimiento y los defensores perdieron la posibilidad de recibir nuevos socorros por aquella ruta. Aunque la resistencia musulmana continuó durante varios meses, el cerco cristiano pudo estrecharse hasta hacer inevitable la capitulación. Finalmente, el rey Axataf entregó Sevilla a Fernando III el 23 de noviembre de 1248. La conquista de la ciudad puso fin a la etapa almohade y abrió un nuevo capítulo en la historia sevillana.

La importancia de Bonifaz no terminó con la conquista. La experiencia adquirida durante el asedio demostró a la Corona castellana la necesidad de disponer de una fuerza naval permanente. En este contexto se desarrolló la Marina Real de Castilla y se impulsó la construcción de instalaciones navales en Sevilla. Las posteriores Atarazanas Reales, levantadas en el Arenal durante el reinado de Alfonso X, serían una consecuencia de aquella nueva importancia estratégica del Guadalquivir y de Sevilla como puerto marítimo y fluvial.

Como reconocimiento a sus servicios, Fernando III nombró a Ramón Bonifaz almirante de Castilla en 1250. El título lo convirtió en la máxima autoridad naval de la Corona y consolidó su condición de fundador de una tradición militar marítima que tendría una enorme importancia en la expansión castellana. Sin embargo, los grandes esfuerzos realizados durante la organización de la primera marina de guerra castellana terminaron afectando a su salud, por lo que solicitó retirarse a Burgos. Allí continuó desempeñando diversas funciones relacionadas con la administración de las rentas reales de los puertos castellanos. Murió en Burgos en 1256.

Su memoria quedó ligada durante siglos a la conquista de Sevilla. Fue enterrado en el monasterio de San Francisco de Burgos, fundado por él, donde su sepulcro llevaba una inscripción que lo recordaba como “primer Almirante de Castilla” y destacaba su participación en la conquista de Sevilla. El monasterio desapareció posteriormente, destruido durante la Guerra de la Independencia y demolido en el siglo XIX.

Monumento a San Fernando en la Plaza Nueva

Detalle del Almirante Bonifaz llevando en su mano derechas las cadenas del puente de barcas

La huella de aquella gesta también quedó incorporada a la heráldica de numerosas localidades del norte peninsular que participaron en la expedición. En los escudos de Cantabria y de localidades como Santander, Laredo, Comillas o Santoña aparecen representaciones relacionadas con la Torre del Oro y una nave que rompe las cadenas del Guadalquivir, evocando la intervención de las naves cántabras en la conquista de Sevilla. La tradición conserva incluso en Laredo una sección de las antiguas cadenas, junto a una reproducción de la nave atribuida a Bonifaz; dichas cadenas fueron trasladadas temporalmente a Sevilla en 1984 con motivo de la exposición La Torre del Oro y el río de Sevilla.

En Sevilla, su recuerdo permanece además en el callejero. En 1845 el Ayuntamiento sustituyó la antigua denominación de la vía por la de Bonifaz y, en 1876, añadió el título de Almirante, dando lugar al nombre de calle Almirante Bonifaz que ha llegado hasta nuestros días. De este modo, la ciudad reconocía la trascendencia de aquel marino que, al frente de su escuadra, desempeñó un papel decisivo en el acontecimiento que cambió para siempre la historia de Sevilla. En la propia calle puede contemplarse también su escudo heráldico, aunque actualmente se encuentra parcialmente oculto por el toldo de un establecimiento.

Calle Almirante Bonifaz con parte de su escudo

ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA

Gaspar Melchor de Jovellanos.

Gaspar Melchor de Jovellanos (Gijón, 1744-Puerto de Vega, 1811) fue una de las figuras más destacadas de la Ilustración española. Jurista, escritor, pensador y político, dedicó buena parte de su vida a promover la modernización económica, educativa y cultural de España, defendiendo la necesidad de superar los privilegios y las estructuras que dificultaban el progreso del país. Entre sus obras más importantes destacan el Informe sobre la Ley Agraria y la Memoria sobre la educación pública.

Gaspar Melchor de Jovellanos. Francisco de Goya y Lucientes. 1798. Óleo sobre lienzo. 205 x 133 cm. Museo del Prado. Sala 036 (ver) (CC BY 3.0)

Su vinculación con Sevilla comenzó en 1767, cuando, después de completar su formación jurídica, fue nombrado alcalde de la Sala del Crimen de la Real Audiencia. Durante los años sevillanos entró en contacto con el ambiente ilustrado que comenzaba a cobrar fuerza en la ciudad y participó en las tertulias promovidas por Pablo de Olavide en los Reales Alcázares. Aquel círculo, frecuentado por intelectuales y reformistas, se convirtió en uno de los principales focos de difusión de las nuevas ideas ilustradas en la Sevilla del siglo XVIII. En estas reuniones Jovellanos tuvo ocasión de presentar su comedia El delincuente honrado, una de las obras más representativas de su producción literaria.

Su actividad sevillana no se limitó al ejercicio de la magistratura. En 1774 fue nombrado oidor de la Real Audiencia y, al año siguiente, participó en la creación de la Sociedad Patriótica Sevillana, de la que ejerció como secretario de Artes y Oficios. Esta institución respondía al espíritu reformador de las Sociedades Económicas de Amigos del País, orientadas a fomentar la agricultura, la industria, el comercio y la educación. La experiencia sevillana contribuyó así a consolidar sus inquietudes económicas y sociales y a ponerle en contacto directo con algunos de los principales representantes de la Ilustración española.

En 1778 se trasladó a Madrid, donde desarrolló una intensa actividad política, jurídica y cultural. Fue miembro de la Real Academia de la Historia, de la Real Academia de San Fernando y de la Real Academia Española, y participó activamente en instituciones destinadas al fomento de la economía y la educación. Su pensamiento reformista quedó especialmente reflejado en el Informe sobre la Ley Agraria, donde defendió la liberalización de la propiedad y explotación de la tierra y cuestionó privilegios que consideraba incompatibles con el desarrollo económico.

La evolución política de España durante los últimos años del siglo XVIII dificultó la aplicación de muchas de sus ideas. Tras un periodo de alejamiento de la Corte, regresó a Asturias, donde continuó trabajando por la modernización del Principado. Impulsó la creación en Gijón del Real Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía, fundado en 1794, concebido como un centro de enseñanza práctica inspirado en los principios de la Ilustración. También estudió las posibilidades de explotación del carbón asturiano y defendió la mejora de las comunicaciones y de las infraestructuras necesarias para favorecer el desarrollo económico.

En 1797 fue nombrado ministro de Gracia y Justicia, desde donde intentó introducir reformas en la administración de justicia y limitar determinados privilegios eclesiásticos. Su permanencia en el Gobierno fue breve y en 1798 tuvo que abandonar el cargo. Poco después, en 1801, fue detenido por orden de Godoy y enviado a Mallorca, donde permaneció encarcelado hasta 1808, primero en la Cartuja de Valldemosa y posteriormente en el castillo de Bellver. Aquellos años de prisión estuvieron marcados por el aislamiento, el deterioro de su salud y una creciente religiosidad.

Liberado tras el motín de Aranjuez, Jovellanos rechazó colaborar con el gobierno de José Bonaparte y se incorporó a la Junta Central como representante del Principado de Asturias. Desde esta institución participó en los esfuerzos políticos destinados a organizar la resistencia frente a la invasión napoleónica y a preparar la convocatoria de Cortes. Cuando las tropas francesas avanzaron por Andalucía, la Junta hubo de abandonar Sevilla y trasladarse a Cádiz. Este episodio explica la segunda gran vinculación de Jovellanos con Sevilla: décadas después de su primera estancia en la ciudad, regresó a ella como miembro de la Junta Central Suprema durante uno de los momentos más dramáticos de la Guerra de la Independencia.

Finalmente, después de una vida marcada por el estudio, la actividad política y la defensa de las reformas ilustradas, Jovellanos murió en Puerto de Vega, Asturias, el 27 de noviembre de 1811, cuando trataba de regresar a su tierra en medio de la guerra y de la presencia de las tropas francesas. Su figura quedó asociada a la defensa de una España más culta, próspera y abierta a las ideas de modernización propias de la Ilustración.

La ciudad de Sevilla quiso perpetuar su memoria dedicándole una de sus calles. La denominación definitiva se estableció en 1845, cuando el Ayuntamiento acordó honrar a quien había mantenido una relación especialmente estrecha con la ciudad durante sus primeros años de actividad pública. El nombre de Jovellanos en el callejero sevillano recuerda así no solo al gran reformista asturiano, sino también la importancia que tuvo Sevilla en su formación intelectual y en la difusión de las ideas ilustradas en la España del siglo XVIII.

Calle Jovellanos