lunes, 24 de agosto de 2026

EXCURSIONES

Cartuja de Jerez de la Frontera. 2026.

Historia

La Cartuja de Santa María de la Defensión constituye uno de los grandes conjuntos monumentales de Jerez de la Frontera y, por extensión, uno de los testimonios más relevantes del patrimonio histórico y artístico de la provincia de Cádiz.

Situada a unos 5 kilómetros del núcleo urbano, en una colina en el margen derecho del río Guadalete, su historia se encuentra estrechamente vinculada a la tradición religiosa de Jerez, a la Orden Cartujana y a los acontecimientos políticos y militares que marcaron la evolución de la ciudad desde la Baja Edad Media.

Vista aérea de la Cartuja


Sus orígenes se sitúan en el lugar conocido como “El Sotillo”, que la tradición relaciona con una batalla librada en 1369, la “Batalla del Salado” o “Batalla de la Defensión”, entre las fuerzas cristianas y musulmanas. Según la tradición local, la victoria cristiana fue atribuida a la intercesión de la Virgen María. Por eso, en su honor, se levantó una pequeña ermita dedicada a Nuestra Señora de la Defensión. Este santuario se convirtió con el tiempo en el origen espiritual del futuro monasterio y explica la advocación de Santa María de la Defensión que recibiría la Cartuja.

Grabado de la Cartuja de Jerez (ver) (CC BY 3.0)

Aunque el germen de la Cartuja de Santa María de la Defensión hay que situarlo, por lo que hemos comentado, en el año 1369, su fundación estuvo ligada a Álvaro Obertos de Valeto, caballero jerezano de ascendencia genovesa perteneciente a una familia vinculada a la defensa de Jerez después de la conquista cristiana de la ciudad en 1264. Sin descendencia, Obertos de Valeto decidió destinar su patrimonio a fines religiosos y caritativos y promovió la llegada de la Orden Cartujana a Jerez. Su proyecto tomó forma durante la década de 1470, cuando se escogió definitivamente El Sotillo como emplazamiento del monasterio. La fundación suele situarse en 1475, aunque algunas tradiciones señalan fechas anteriores para el inicio de la iniciativa.

Los primeros monjes cartujos, procedentes de la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla, llegaron a Jerez en 1476. Desde ese momento comenzó una larga etapa de desarrollo de la comunidad y del conjunto arquitectónico. Cuando Álvaro Obertos de Valeto murió en 1482, una parte importante de las dependencias principales ya se encontraba construida. El fundador fue enterrado en la iglesia, donde su sepultura recuerda el origen de la institución.

AQUI IACE EL NOBLE CAVALLERO ALVARO OBERTOS DE VALETO VEZINO QUE FUE DSTA CIBDAD DE XEREZ DE LA FRONTERA FUNDADOR I DOTADOR DESTE MONASTERIO DE CARTUXA FALLECIO AÑO DE MILCCCCLXXXII

El Monasterio fue incorporado a la Orden del Capítulo General de Grenoble, celebrado el año 1484 y nombrado prior a don Alonso de Abrego, que lo era de Cazalla.

La construcción de la Cartuja se prolongó durante los siglos XV y XVI. El núcleo inicial respondió a los principios de la arquitectura gótica tardía. Con el paso del tiempo, el monasterio fue incorporando nuevos espacios y elementos decorativos que modificaron su aspecto original.

Durante el siglo XVI y las primeras décadas del XVII se completaron y enriquecieron numerosas dependencias, y posteriormente se añadieron retablos, pinturas, esculturas, yeserías y otros elementos propios de los gustos renacentistas y barrocos.

El resultado fue un complejo monástico de gran riqueza artística, compuesto por la iglesia, claustros, sala capitular, refectorio, sacristía, dependencias de los religiosos y amplios espacios destinados a la explotación agrícola y ganadera.

La vida cartujana se caracterizaba por la oración, el silencio y el aislamiento, pero la comunidad llegó a administrar un extenso patrimonio rural. Las tierras, huertas, instalaciones agrícolas y ganaderas permitieron a los monjes desarrollar una importante actividad económica. Entre sus explotaciones adquirió especial fama la cría de caballos, caballos de pura sangre españoles, vinculada con el origen y la tradición del conocido “caballo cartujano”, que hoy siguen siendo criados por la Yeguada de la Cartuja o Hierro del Bocado.

El esplendor artístico alcanzó uno de sus momentos más destacados durante los siglos XVII y XVIII. La Cartuja recibió obras de algunos de los artistas más importantes de la época, entre ellos Francisco de Zurbarán, Martínez Montañés, José de Arce, Pedro Roldán o Esteve Bonet.

Sin embargo, la historia del monasterio también estuvo marcada por períodos de crisis. Durante la Guerra de Sucesión española, a comienzos del siglo XVIII, la zona de Cádiz sufrió las consecuencias de las operaciones militares de las fuerzas angloholandesas, pues la flota atacó a las poblaciones de Cádiz, Rota, Puerto de Santa María y Puerto Real, en el año 1702.

Más grave sería la situación durante la invasión napoleónica. En 1810, ante la llegada de las tropas francesas, los cartujos abandonaron temporalmente el monasterio y buscaron refugio en Cádiz. El edificio fue ocupado por militares y sufrió saqueos, daños y una importante pérdida de bienes muebles y obras de arte.

Cuando los religiosos pudieron regresar, encontraron un conjunto muy deteriorado. Muchas dependencias habían sido utilizadas para alojar tropas y numerosas obras habían desaparecido.

La destrucción y dispersión del patrimonio artístico continuaron posteriormente con la desamortización de 1835. La supresión de las comunidades religiosas provocó la salida definitiva de los cartujos y el paso del monasterio a manos del Estado. La Cartuja perdió entonces buena parte de su patrimonio, al tiempo que se enajenaron o desaparecieron diversas propiedades y elementos vinculados históricamente al complejo.

La dispersión de las obras de Zurbarán constituye uno de los episodios más dolorosos de esta etapa. Algunas se conservan actualmente en el Museo de Cádiz, mientras que otras forman parte de colecciones del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, el Museo de Grenoble o el Museo Nacional de Poznan.

A pesar de su deterioro, la importancia histórica y artística de la Cartuja fue reconocida relativamente pronto. En 1856 fue declarada Monumento Nacional, una distinción excepcional en aquella época, que contribuyó a proteger el conjunto de una desaparición definitiva.

Entre quienes desempeñaron un papel fundamental en esta recuperación destacó el arquitecto Francisco Hernández-Rubio, nombrado arquitecto conservador en 1898. Durante las primeras décadas del siglo XX dirigió numerosas intervenciones destinadas a consolidar y restaurar el monumento. Entre ellas se encuentran los trabajos realizados en las cubiertas del refectorio y de la iglesia, la restauración de la sala capitular y de la zona del ábside y la sacristía, además de una profunda intervención en el claustro grande.

Los trabajos de restauración permitieron además realizar descubrimientos arqueológicos de interés. En 1927, durante unas obras en el claustro grande, apareció una excepcional vasija hispanoárabe decorada con reflejos metálicos. La pieza, de gran tamaño y notable calidad, fue considerada una muestra extraordinaria de la cerámica hispanoárabe relacionada con los llamados vasos de la Alhambra. Su descubrimiento puso de manifiesto que la historia del lugar era anterior incluso a la fundación del monasterio y que el entorno del Guadalete había formado parte de un espacio de gran relevancia cultural durante la Edad Media. La pieza se conserva actualmente en el Museo Arqueológico Nacional.

La recuperación de la Cartuja adquirió una nueva dimensión después de la Guerra Civil. En 1948, gracias a la iniciativa de diferentes personas vinculadas a Jerez, entre ellas Manuel María González Gordon, y al apoyo del cardenal Pedro Segura y de la comunidad de la Cartuja de Miraflores, los cartujos regresaron al monasterio. Comenzó entonces una nueva etapa de presencia de la Orden, acompañada por trabajos destinados a devolver al edificio su carácter religioso y a mejorar sus condiciones de conservación.

Durante la segunda mitad del siglo XX continuaron las intervenciones arquitectónicas y de restauración. El objetivo ya no era solamente reparar los daños estructurales, sino recuperar en la medida de lo posible la imagen histórica del conjunto.

La segunda presencia cartujana se prolongó durante más de medio siglo. Finalmente, debido principalmente a la falta de vocaciones, los monjes abandonaron la Cartuja a comienzos del siglo XXI, entre 2001 y 2002. La marcha de la comunidad puso fin a más de cinco siglos de presencia cartujana, aunque no supuso el final de la vida religiosa del monasterio.

En 2002 se instalaron en el recinto las Hermanas de Belén, una comunidad religiosa femenina dedicada a la contemplación. Su presencia permitió mantener el carácter espiritual del lugar y garantizar su cuidado durante las décadas siguientes. Las religiosas permanecieron en la Cartuja hasta marzo de 2024, cerrando así una nueva etapa en la dilatada historia del monumento.

La Cartuja de Santa María de la Defensión es, en definitiva, mucho más que un edificio religioso. Es el resultado material de más de cinco siglos de historia y reúne en sus muros las huellas de diferentes épocas: la memoria medieval del lugar, la espiritualidad de los cartujos, el esplendor artístico de los siglos XVI y XVII, las destrucciones provocadas por las guerras y la desamortización, los esfuerzos de conservación del siglo XX y la continuidad de su dimensión religiosa en tiempos recientes.

La cruz que permanece en sus jardines y el lema tradicional de la vida cartujana, Stat crux dum volvitur orbis —“la Cruz permanece mientras el mundo gira”—, expresan de manera simbólica la continuidad de un lugar que ha sobrevivido a guerras, abandonos, expolios y transformaciones históricas. Hoy, la Cartuja sigue siendo uno de los grandes referentes del patrimonio jerezano y gaditano, un espacio en el que la memoria de siglos permanece viva.

Cruz de la Defensión

Portada

La portada de la Cartuja de Santa María de la Defensión constituye uno de los elementos arquitectónicos más destacados del conjunto monumental. Situada en el acceso principal al recinto, entre la vegetación que rodea el antiguo monasterio, esta construcción monumental fue realizada en 1571 por el arquitecto jerezano Andrés de Ribera y constituye uno de los ejemplos más significativos del Renacimiento clasicista en Jerez de la Frontera.

Vista general de la portada de la Cartuja de Santa María de la Defensión

La portada fue concebida como una estructura exenta, separada del edificio monástico, y responde a una concepción monumental inspirada en los modelos de la arquitectura clásica. Su composición recuerda a un gran arco triunfal, por lo que no se trata simplemente de una puerta funcional, sino de una construcción destinada a marcar la separación entre el mundo exterior y el ámbito espiritual de la comunidad cartujana.

El cuerpo principal presenta cuatro grandes columnas dóricas de fuste acanalado, dispuestas en dos parejas a ambos lados del acceso central. Sobre ellas se desarrolla un entablamento de inspiración clásica, organizado mediante triglifos y metopas. La utilización del orden dórico, caracterizado por su sobriedad y robustez, refuerza el carácter monumental de la portada y los principios propios del clasicismo renacentista.

En el centro se abre un amplio vano de medio punto que conduce al interior del recinto. Dentro de este espacio se encuentra la verdadera puerta de acceso, formada por dos grandes hojas de madera con elementos metálicos de bronce. 

Vano con arco de medio punto

Detalle de un llamador

La decoración distingue la portada de otros ejemplos de arquitectura religiosa más recargados. Escudos, elementos vegetales, florones, vanos decorativos y pequeñas formas semiesféricas de cerámica vidriada introducen variedad ornamental sin romper la claridad de la composición arquitectónica. El resultado es un equilibrio entre decoración y estructura que responde plenamente al gusto renacentista por la armonía y la proporción.

Detalle de escudo

La parte superior incorpora además un programa escultórico de carácter religioso. La representación de Dios Padre ocupa una posición destacada, mientras que otras figuras vinculadas a la espiritualidad del monasterio completan la composición. Entre ellas aparecen la Virgen María, san Bruno, fundador de la Orden Cartujana, y san Juan Bautista. Estas imágenes contribuyen a expresar el significado religioso de la entrada y recuerdan al visitante que, tras atravesar la portada, comienza un espacio dedicado a la oración, el recogimiento y la vida contemplativa.

La presencia de san Bruno, fundador de la Orden Cartujana, establece un vínculo directo entre la arquitectura del acceso y la comunidad que durante siglos habitó el monasterio. La Virgen, conecta la portada con la advocación de Santa María de la Defensión, y san Juan Bautista forma parte de un repertorio iconográfico frecuente en la tradición cristiana y monástica.

Detalle de la parte superior

La elección de un lenguaje arquitectónico de inspiración clásica en pleno siglo XVI refleja también la evolución artística de la propia Cartuja. El monasterio había nacido en el contexto del gótico tardío, pero a medida que avanzó su construcción fue incorporando las nuevas tendencias renacentistas.

Andrés de Ribera, arquitecto vinculado estrechamente a Jerez, desempeñó un papel destacado en la arquitectura de la ciudad durante el siglo XVI. Esta portada convierte la entrada de la Cartuja en una obra fundamental para comprender la introducción y consolidación de los modelos renacentistas en la arquitectura jerezana.

La portada deja atrás el paisaje exterior y conduce hacia un conjunto en el que se suceden patios, claustros, dependencias monásticas, espacios ajardinados y edificios religiosos. De este modo, la obra de Andrés de Ribera funciona como una puerta monumental de transición y como introducción visual a la riqueza artística de Santa María de la Defensión.

La Capilla de los Caminantes

Una vez se atraviesa la portada principal, se accede al Atrio del Rosario, espacio que presta acceso a la Capilla de los Caminantes.

La Capilla de los Caminantes, que estuvo dedicado a Nuestra Señora del Rosario, es una pequeña construcción religiosa levantada a mediados del siglo XVIII, concebida para atender las necesidades espirituales de quienes llegaban al monasterio y, especialmente, para la celebración de la Eucaristía en los días festivos. Su carácter funcional explica, en buena medida, la sencillez de su arquitectura, organizada en una sola nave precedida por un amplio atrio o porche formado por arcos de medio punto.

Exterior de la Capilla de los Caminantes

Interior de la Capilla de los Caminantes

Detalle del Altar Mayor tras la reja

Detalle de la puerta del lado del evangelio con los elementos de la pasión: Cruz, Lanza, hisopo, columna, flagelo, escalera, martillo, tenazas, gallo 

Detalle de la puerta del lado del evangelio con el escudo de los cartujos

El porche, además de servir como antesala de la capilla, ofrecía refugio a los visitantes y se relacionaba con los espacios destinados a la atención de huéspedes y caminantes.

Un elemento de especial interés situado en este porche es un mural cerámico dedicado a la Virgen de la Merced, patrona de Jerez de la Frontera y otro dedicado al Santísimo Cristo de la Defensión. Las obras introducen en este espacio de arquitectura sobria el color y la riqueza ornamental propios de la tradición cerámica andaluza, al tiempo que establece un vínculo entre el recinto cartujano y la profunda devoción mariana de la ciudad.

Mural cerámico dedicado a la Virgen de la Merced

Mural cerámico del Santísimo Cristo de la Defensión

Según los últimos estudios, se considera que el conjunto es el resultado de una profunda reforma de época barroca de la primitiva ermita medieval de “El Sotillo”.

Justo a la izquierda de la capilla se sitúa el Patio de la Hospedería con una escultura de mármol de san Bruno, fundador de la Orden Cartuja, realizada en 1761 por Pedro Laboria, uno de los escultores más destacados de la Andalucía del siglo XVIII. La presencia del santo en este ámbito de recepción adquiere un particular significado, pues recuerda la identidad espiritual de la Cartuja y la austeridad contemplativa que caracterizó la vida de sus moradores.

Patio de la Hospedería 

San Bruno

Detalle de san Bruno


La Capilla de los Caminantes constituye así un espacio de dimensiones modestas, pero de considerable valor histórico y ambiental. Su función de acogida, su relación con la antigua hospedería, el patio de tradición mudéjar, la escultura de san Bruno y el mural de la Virgen de la Merced permiten comprenderla no como una construcción aislada, sino como parte de un ámbito concebido para recibir al visitante y ponerlo en contacto, desde el primer momento, con el universo espiritual y artístico de la Cartuja de Jerez.

Iglesia

Al cruzar el umbral de la puerta de entrada de la Cartuja, se descubre un amplio espacio, el Atrio de la Iglesia, que precede a la portada de la Iglesia. Deambular por este espacio contemplando la portentosa fachada de la Iglesia favorecía la reflexión desde la soledad interior de la presencia divina.  

La iglesia de la Cartuja de Jerez de la Frontera constituye uno de los espacios más significativos del antiguo monasterio y uno de los mejores ejemplos de la arquitectura religiosa jerezana. Su construcción se inició en los siglos XV-XVI, dentro de la tradición del gótico tardío, aunque a lo largo del siglo XVII experimentó una profunda transformación que incorporó un rico lenguaje barroco, especialmente visible en su monumental fachada. El templo fue concebido de acuerdo con las particulares necesidades de la vida cartujana, en la que la liturgia, el silencio y la separación entre las distintas comunidades que integraban el monasterio determinaban la organización del espacio.

La fachada principal, levantada entre 1662 y 1667 según las trazas del hermano cartujo Pedro del Piñar, es una de las grandes creaciones del barroco andaluz. El propio Piñar intervino también en las cresterías de la iglesia y del refectorio, mientras que el programa escultórico de la portada fue ejecutado por el escultor sevillano Francisco de Gálvez.

Concebida como si fuera un gigantesco retablo de piedra, presenta tres calles, varios cuerpos superpuestos y un ático, articulados mediante columnas corintias, pilastras, entablamentos partidos y curvos y una abundante ornamentación de carácter vegetal y geométrico.

Fachada principal

El conjunto se levanta sobre un basamento decorado con escudos y motivos florales. Jarrones, frisos, molduras y elementos arquitectónicos se suceden con una densidad ornamental característica del barroco.

Detalle de escudos y motivos florales en el basamento

Detalle de escudos y motivos florales en el basamento

Los nichos acogen las imágenes del programa escultórico realizado por Gálvez. En el cuerpo inferior destaca la imagen de la Inmaculada, en el centro, y en las calles laterales cuatro santos cartujos.

Cuerpo inferior de la portada

Inmaculada

Santo cartujano

Santo cartujano
Santo cartujano
Santo cartujano

En el cuerpo medio destaca un gran rosetón que da luz al interior del templo con santos cartujos en las calles laterales.

Cuerpo medio de la portada

Detalle de santo cartujano

Detalle de santo cartujano

En el cuerpo superior destaca la figura de san Bruno, fundador de la Orden Cartuja. La fachada no se limita, por tanto, a resolver monumentalmente el acceso al templo: funciona como una auténtica portada-retablo en la que arquitectura, escultura y simbolismo religioso se integran para proclamar la importancia espiritual de la Cartuja.

Cuerpo superior de la portada con san Bruno

A ambos lados, las fachadas laterales presentan una arquitectura mucho más sobria, articulada mediante muros y contrafuertes. En la cabecera se eleva la torre del reloj, rematada por un friso de triglifos y metopas y una espadaña con un vano de arco peraltado, acompañada por balaustradas. El contraste entre la severidad de los paramentos laterales y la exuberancia de la portada hace que esta última adquiera todavía mayor protagonismo dentro del conjunto monástico.

Detalle de la espadaña

Para el cartujo la iglesia de su monasterio es la Jerusalén celestial, el sacro lugar donde tiene lugar el culto divino y el rezo de las horas más importantes del breviario.

El interior responde estrictamente a la organización litúrgica de los cartujos. Se trata de una nave única, larga y elevada, cubierta mediante bóvedas de crucería y dividida en distintos tramos. 

Detalle de la bóveda de crucería

Su disposición establece una clara separación entre los diferentes grupos que participaban en la vida religiosa del monasterio. En la zona más próxima a la entrada se situaban los fieles y trabajadores vinculados al servicio de la comunidad; a continuación, se encontraba el espacio destinado a los hermanos legos y, finalmente, junto al presbiterio, el coro reservado a los padres cartujos. Esta división permitía celebrar los oficios manteniendo la separación propia de la vida contemplativa de la Orden.

A los pies, reservado para los trabajadores del monasterio, destacan dos importantes altares, uno de ellos procedente del antiguo Convento de la Merced Descalza de Sanlúcar de Barrameda; y un segundo, copia del anterior, que albergan dos importantes pinturas del siglo XVII, una Sagrada Familia atribuida a Sebastián de Llanos y Valdés, y una Exaltación de la Santa Cruz, de Francisco de Herrera “El Viejo”.

Pila Bautismal

Retablo de la Sagrada Familia

Pintura de la Sagrada Familia

Exaltación de la Santa Cruz

Uno de los elementos más sobresalientes del templo es la reja que separa el ámbito de los legos del coro de los padres. Realizada en 1673 por los maestros sevillanos Marcos de la Cruz y Francisco de la Chica, constituye una magnífica muestra de la rejería barroca. Más allá de su función material, la reja expresa visualmente la jerarquización del espacio litúrgico y conduce la mirada hacia el ámbito reservado a los monjes profesos.

Reja

Detalle de la parte superior de la reja coronada con una cruz

Le sigue un recinto en el que destaca la sillería del siglo XVII adosada a los muros y la presencia de dos retablos gemelos, uno de ellos con un lienzo atribuido a Lucas Valdés. Del mismo modo que entre sendos retablos se encuentra la Portada de Entrecoros, de 1538, caracterizada por una profusa decoración plateresca con un programa iconográfico donde aparecen la imagen de San Jerónimo y la Asunción de la Magdalena, escenas bíblicas, evangelistas, ángeles portando guirnaldas o los relieves de San Bruno, San Hugo de Lincoln, San Antelmo de Belley y San Hugo de Grenoble. Constituye una pieza excepcional para comprender la riqueza artística que alcanzó la Cartuja antes de la gran renovación barroca del siglo XVII.

Sillería de los legos

Portada de Entrecoros con dos retablos gemelos

Detalle de uno de los retablos

La Misa Conventual y el canto del Oficio son el núcleo de celebración litúrgica de los cartujos. Para su correcta disposición el interior de la iglesia los padres tenían asignado un sitial específico dentro del coro.

El coro de padres alberga una de las obras maestras de la escultura en madera del Renacimiento español. La magnífica sillería, realizada a mediados del siglo XVI, se compone de cuarenta y dos sitiales. Su ejecución se ha relacionado con los escultores Cristóbal de Voisín y Jerónimo de Valencia. Los asientos aparecen separados por columnas abalaustradas y presentan respaldos profusamente tallados, con representaciones de apóstoles, santos, mártires y fundadores de órdenes religiosas. Junto a estos temas religiosos aparecen grutescos, motivos militares, instrumentos musicales y diversas alegorías, demostrando la extraordinaria riqueza del repertorio decorativo renacentista.

La sillería se apoya sobre una base de piedra caliza ornamentada con grutescos y escudos relacionados con el fundador del monasterio. En ella se conjugan, por tanto, la exaltación de la vida contemplativa, la memoria de la institución cartujana y un amplio repertorio ornamental propio del Renacimiento.

Coro de padres

Detalles del coro

Detalles del coro
Detalles del coro
Detalles del coro
Detalles del coro

En el antepresbiterio se puede observar la sepultura del fundador del monasterio, Álvaro Obertos de Valeto, y en cada lado dos retablos semejantes.

Sepultura de Álvaro Obertos de Valeto

Retablo del lado de la epístola

Retablo del lado del evangelio

En el presbiterio se encuentra actualmente el retablo mayor, formado por tres cuerpos divididos por columnas corintias y ático, procedente del antiguo convento de la Merced de Sanlúcar de Barrameda y trasladado a la Cartuja en el siglo XX. Se trata de una obra vinculada al retablo realizado por Juan de Oviedo y de la Bandera para aquel convento. Su incorporación al templo jerezano modificó sustancialmente la configuración del presbiterio, al tiempo que permitió conservar un importante conjunto artístico procedente de otro destacado establecimiento religioso de la provincia.

El actual retablo está presidido por Santa María de la Defensión, advocación titular de la Cartuja. La imagen que hoy ocupa el lugar principal fue realizada por José Esteve Bonet a finales del siglo XVIII. Junto a ella se encuentran las esculturas de san Hugo de Grenoble y san Hugo de Lincoln, obras de Pedro Roldán fechadas en 1677 y de San Bruno de José de Arce de 1641). El conjunto se completa con pinturas que reproducen composiciones de Francisco de Zurbarán, realizadas en el siglo XX para sustituir parte de las obras originales.

Retablo Mayor

Detalle del cuerpo inferior del retablo

Detalle del segundo cuerpo del retablo

Detalle del tercer cuerpo del retablo y el ático

La historia del retablo y de sus pinturas refleja, precisamente, las profundas transformaciones sufridas por el patrimonio de la Cartuja. El antiguo conjunto barroco contó con obras de grandes maestros, entre ellas pinturas de Francisco de Zurbarán y de Juan de Roelas. Parte de estas últimas se conservan actualmente en el Palacio Ducal de Medina Sidonia, mientras que las esculturas originales de José de Arce fueron trasladadas a la Catedral de Jerez. Entre ellas se encuentran el apostolado y el Crucificado que preside el altar mayor catedralicio. De este modo, aunque el templo actual no conserva íntegramente su decoración histórica, la dispersión de sus obras permite seguir reconstruyendo la extraordinaria calidad artística que alcanzó la Cartuja.

El vínculo con Zurbarán fue especialmente importante. El pintor extremeño trabajó para la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla y realizó también para la Cartuja jerezana un importante conjunto destinado al retablo y al Sagrario. Algunas de aquellas pinturas se conservan hoy en el Museo de Cádiz, constituyendo uno de los testimonios más relevantes de la relación entre el pintor y la Orden Cartuja.

A ambos lados del presbiterio destacan sendas portadas adinteladas, realizadas en 1743, y coronadas por un frontón sobre el que se colocan esculturas de piedra doradas que representan la oración, la lectura y la meditación.

Portada del lado de la epístola

Portada del lado del evangelio


Detrás del altar mayor se encuentra el Sagrario, procedente también de la Cartuja sevillana de Santa María de las Cuevas. Su estructura, concebida a modo de pequeño baldaquino, se articula mediante columnas salomónicas y se remata con una cúpula sobre pechinas. Su presencia en este lugar recuerda la estrecha relación histórica y artística que existió entre las distintas fundaciones cartujanas andaluzas.

Otro espacio de interés es la sacristía, de origen tardomedieval y posteriormente transformada durante el Barroco. Sus revestimientos de yesería contribuyen a crear un ambiente ornamental acorde con la renovación experimentada por el monasterio durante los siglos XVII y XVIII.

Puerta de salida

La iglesia de la Cartuja de Jerez resume, en definitiva, varios siglos de historia artística y espiritual. Su arquitectura conserva la huella del gótico tardío de los orígenes, mientras que la espectacular fachada de Pedro del Piñar y Francisco de Gálvez manifiesta la plenitud del Barroco. En su interior conviven la excepcional sillería renacentista, la rejería sevillana, la escultura de José de Arce y Pedro Roldán y la memoria de las pinturas de Zurbarán y Roelas. Pero, por encima de su riqueza artística, el templo conserva la esencia para la que fue concebido: un espacio ordenado según la particular liturgia cartujana, donde arquitectura y obras de arte se subordinaban a la oración, el silencio y la vida contemplativa.

Claustrillo

El Claustrillo, también denominado claustro pequeño o claustro monástico, constituye uno de los espacios fundamentales de la Cartuja de Santa María de la Defensión. Situado junto a la iglesia, al exterior de esta y adosado a su muro de la epístola, desempeña una función esencial dentro de la organización del monasterio: comunicar y articular algunos de los ámbitos más importantes de la vida comunitaria de los cartujos, entre ellos el refectorio y las salas capitulares de padres y legos.

Su posición permite comprender mejor la compleja estructura de una cartuja, en la que los espacios destinados a la vida en comunidad conviven con otros concebidos para favorecer el aislamiento y la contemplación individual.

La aparente diversidad de patios, galerías, capillas y dependencias que caracteriza estos monasterios responde, en realidad, a la particular naturaleza de la Orden Cartuja, a medio camino entre la tradición cenobítica y la eremítica.

El Claustrillo representa precisamente el núcleo de la vida comunitaria. En torno a él se disponen algunos de los espacios en los que los religiosos se reunían para las actividades comunes, mientras que los grandes claustros posteriores permitían organizar las celdas individuales de los monjes, concebidas como auténticas pequeñas viviendas dotadas de huerto. De este modo, la arquitectura cartujana establece un equilibrio entre comunidad y soledad, entre momentos compartidos y la búsqueda de aislamiento propia de la espiritualidad de la Orden.

El Claustrillo fue construido entre 1529 y 1531 y presenta una planta aproximadamente cuadrada. Sus cuatro galerías se abren mediante arcos que descansan sobre pilares reforzados con contrafuertes, solución que proporciona al conjunto un carácter sólido y sobrio, propio de la arquitectura tardogótica jerezana, presenta gárgolas como elemento de desagüe y una crestería de pináculos como remate.

Claustrillo

Claustrillo

Detalle de la fuente

Detalle de gárgola

Detalle de gárgolas y crestería

Detalle de la vista del campanario

Las cubiertas presentan nervaduras y el conjunto se enriquece exteriormente con gárgolas destinadas a evacuar el agua de lluvia y una característica crestería rematada por pináculos. A pesar de su función eminentemente práctica, el espacio posee una notable calidad arquitectónica y crea un ámbito íntimo, luminoso y recogido, en contraste con la monumentalidad de la iglesia.

Detalle de las cubiertas

Desde sus galerías se accede a algunas de las dependencias más significativas de la comunidad. Al norte se encuentra el Capítulo de los legos, una estancia del siglo XVI a la que se llega a través de una portada de tradición gótica decorada con el escudo de la Orden. Su interior mantiene igualmente el lenguaje gótico y conserva como uno de sus elementos más destacados un conjunto de cerámica sevillana del siglo XVII, testimonio del importante papel que desempeñó la azulejería en la decoración de los espacios conventuales andaluces.

Aunque sus decisiones no afectaban al conjunto de la comunidad, los hermanos legos, que se ocupaban de las labores manuales y de los asuntos seculares del monasterio, también podían reunirse en común, para lo que tenían destinado este recinto.

Capítulo de los legos

En el lado oriental se sitúa el Capítulo de los padres, o Sala Capitular, espacio destinado a las reuniones de los monjes sacerdotes.

La vida comunitaria de los monjes de la Cartuja requería en ciertas ocasiones la toma de decisiones que afectaban al conjunto de miembros del monasterio. Por norma general, las mismas eran tomadas en este espacio donde se reunían los cartujos profesos, presididos por el padre prior.

Su acceso se realiza mediante una portada manierista de finales del siglo XVI, mientras que el interior conserva una combinación particularmente rica de elementos artísticos de distintas épocas. A la arquitectura gótica se suman revestimientos de cerámica sevillana del siglo XVII, yeserías barrocas realizadas entre los siglos XVII y XVIII y un retablo de época barroca. En el centro de este conjunto destaca la imagen de la Virgen de la Compasión, obra de José Estévez Bonet realizada en 1793, que aporta al recinto un marcado carácter devocional.

Capítulo de los padres, o Sala Capitular

Retablo de época barroca

Junto a la Sala Capitular se encuentran dos pequeños oratorios o capillas gemelas dedicados a San Bruno, fundador de la Orden Cartuja, y a San Juan Bautista. Estos espacios estaban vinculados a la práctica religiosa cotidiana de los monjes y contribuían a multiplicar los ámbitos destinados a la oración y la celebración de misas privadas. 

San Bruno

San Bruno

Otra de las dependencias directamente relacionadas con el Claustrillo es el refectorio, construido entre 1535 y 1537.

Este espacio está destinado a la reunión de la comunidad alrededor de la comida en los días de fiestas, como los domingos y otras solemnidades del calendario litúrgico.

Su acceso se realiza mediante una portada de arco de medio punto y su interior adopta la forma de una amplia nave longitudinal. La estancia, destinada a las comidas comunitarias, presenta una cubierta de compleja nervadura con terceletes y combados, que constituye uno de los elementos arquitectónicos más destacados del recinto. La propia configuración del refectorio refleja la organización jerárquica de la comunidad cartujana, en la que existía una diferenciación entre padres y hermanos legos.

Refectorio

Refectorio

Detalle de las mesas 

Detalle de la vitrina con copia de pintura de Zurbarán (Leer mas)

Detalle del pulpito

El Claustrillo se relaciona asimismo con otros espacios de servicio y residencia. Hacia el este comunica con la zona de la cocina, mientras que por el sur se vincula con el llamado Patio de los Jazmines, en cuyo entorno se encuentran dependencias como la biblioteca y la celda del prior. Esta última, correspondiente al siglo XVII, presenta unas dimensiones considerablemente mayores que las celdas ordinarias, acordes con las necesidades y responsabilidades del superior de la comunidad.

La cocina estaba compuesta por tres grandes bóvedas de crucería y tiene la particularidad de que la central presenta un tiro de amplias dimensiones en su centro por donde se evacuaría el humo de los fogones que se encontraba bajo ella.

Zona de la cocina

Así, el Claustrillo es el espacio que articula los principales ámbitos de la existencia colectiva de los religiosos y, al mismo tiempo, sirve de transición entre la iglesia y el resto del complejo monástico. Más que un simple espacio de paso, constituye el verdadero eje de la vida comunitaria cartujana y uno de los lugares que mejor permiten comprender cómo la arquitectura de este monasterio fue concebida para conciliar dos principios aparentemente opuestos: la convivencia de la comunidad y la soledad espiritual de cada religioso.

Claustro de Legos

El Claustro de Legos constituye uno de los espacios más singulares de la Cartuja de Santa María de la Defensión y responde a la particular organización de la vida comunitaria de la orden cartujana. A este claustro se abrían las celdas de los hermanos legos, religiosos que, sin haber recibido la ordenación sacerdotal, desempeñaban las labores necesarias para el mantenimiento de la comunidad y contribuían con su trabajo a que los padres cartujos pudieran consagrarse con mayor intensidad a la oración, el estudio y la contemplación. La distribución arquitectónica refleja así la estricta separación funcional entre las distintas categorías de religiosos que caracterizaba la vida en las cartujas.

El claustro fue trazado en 1620 por Juan Martínez Montañés y la ejecución de las obras correspondió al maestro Mateo Rodríguez, quien llevó a la práctica las trazas concebidas por Montañés.

El conjunto se articula mediante galerías formadas por arcos de medio punto que descansan sobre columnas. Las galerías se cubren con bóvedas de arista de extraordinaria sencillez constructiva lo que contribuye a imprimir un carácter austero al espacio, con ausencia de una ornamentación excesiva.

Aunque el claustro fue reconstruido en el siglo XX, la intervención respetó esencialmente el diseño histórico, por lo que conserva la concepción arquitectónica atribuida a Martínez Montañés. Esta circunstancia permite apreciar todavía hoy la estructura de un espacio concebido para responder a las necesidades concretas de una comunidad religiosa dedicada a una vida austera y reglamentada.

Claustro de Legos

Detalle del Claustro

Fuente central 

Detalle de la fuente


Más allá de sus valores arquitectónicos, el Claustro de Legos permite comprender la compleja organización interna de la Cartuja de Jerez. En él se hace visible la complementariedad entre los padres y los hermanos legos, como hemos comentado, mientras los primeros desarrollaban fundamentalmente la dimensión contemplativa de la vocación cartujana, los segundos asumían buena parte de las tareas materiales indispensables para la subsistencia de la comunidad. 

Claustro Grande

El Claustro Grande, también conocido como Claustro de Padres, Claustro del Cementerio o Claustro de los Arrayanes, constituye uno de los espacios más amplios e importantes de la Cartuja de Santa María de la Defensión. A su alrededor se disponían las celdas de los monjes, formando un ámbito concebido simultáneamente como lugar de habitación, de contemplación y de enterramiento.

Claustro Grande

Claustro Grande

Su construcción se inició a comienzos del siglo XVI y se prolongó durante buena parte de esa centuria, llegando algunas intervenciones hasta los primeros años del siglo XVII. El resultado es un conjunto de acusada personalidad tardogótica, en el que la sobriedad propia de la arquitectura cartujana convive con una cuidada y abundante decoración.

Las galerías del claustro articulan un gran espacio ajardinado y permiten el acceso a las distintas celdas, que constituyen uno de los elementos más singulares del monasterio.

Galerías

Detalle

Detalle

El claustro recibe también el nombre de cementerio por la función funeraria que desempeñó. En torno a sus galerías fueron enterrados numerosos miembros de la comunidad, de manera que el espacio adquirió un profundo significado espiritual y actualmente pueden contemplarse algunas cruces blancas que recuerdan a cartujos muertos durante su permanencia en el monasterio, junto con la cruz correspondiente a una religiosa de la Orden de Belén.

La presencia de estas cruces hace visible la estrecha relación que, para los cartujos, existía entre la vida terrenal, la oración por los difuntos y la esperanza de la vida eterna.

Detalle del cementerio

Un monje rezando en el cementerio

En torno al claustro se distribuían las celdas destinadas a los padres cartujos. Llegaron a ser veintinueve, identificadas mediante las letras del abecedario, incluyendo las letras ch y ñ, de acuerdo con la antigua tradición de denominación de las dependencias. Cada monje disponía así de un espacio propio en el que podía desarrollar buena parte de su existencia cotidiana sin abandonar el ideal de aislamiento que caracteriza a la Orden de la Cartuja.

La organización de la celda cartujana respondía a la necesidad de proporcionar al religioso todo lo necesario para llevar una vida aislada y prácticamente autónoma. Contaba con espacios destinados al descanso, la oración, el estudio, el trabajo y la alimentación, lo que permitía al monje permanecer largas horas en soledad, saliendo de su celda únicamente para aquellas actividades comunitarias establecidas por la regla.

Cuenta Eguileta que la dieta de los cartujos estaba compuesta de lácteos, huevos, verduras, legumbres y pescado. Jamás comían carne y para contrarrestar esa ‘falta de proteínas’, los cartujos idearon la cría de los galápagos, cuya carne se tenía por pescado. Lo hacían en la galapaguera, que se encuentra en el propio monasterio. Y hacían ayuno todos los viernes del año a base de pan y agua y en la época del gran ayuno, desde el 14 de septiembre hasta el Día de Pascua. El resto del tiempo hacían una sola colación al día y muy frugal. Sólo los domingos y grandes fiestas del calendario litúrgico, los cartujos comían en comunidad en el refectorio.

Las celdas de la Cartuja de Jerez presentan además una configuración arquitectónica particularmente interesante, pues se desarrollan en dos niveles. En la planta baja se encontraban los espacios destinados al trabajo y a la alimentación, junto con un pequeño jardín privado que cada religioso debía cuidar. Estos jardines contribuían a crear un entorno de aislamiento y contemplación, y algunos disponen incluso de miradores desde los que se alcanzan vistas sobre el paisaje del Guadalete. La planta superior estaba reservada fundamentalmente al descanso y a la oración, reforzando la separación entre las diferentes actividades de la jornada.

Comedor de la celda cartujana

Comedor de la celda cartujana

Taller

Utensilios de labranza

Patio

Entre estas dependencias destaca asimismo la celda prioral, destinada al prior, superior de la comunidad. Sus dimensiones son considerablemente mayores que las del resto de las celdas, en consonancia con la función que desempeñaba su ocupante. El prior era la máxima autoridad de la cartuja y tenía a su cargo la dirección espiritual y administrativa del monasterio, por lo que su vivienda constituía un espacio diferenciado dentro del conjunto.

Patio de la Celda Prioral

Patio de la Celda Prioral

Fuente

Detalle de la fuente

La fuente renacentista de jaspón blanco que históricamente se vincula al conjunto de La Cartuja de Jerez se encuentra hoy en día en la Plaza del Mercado (en el barrio de San Mateo), a donde fue trasladada en el siglo XX. Pero en el centro del Claustro Grande se mantiene una magnifica fuente de dos cuerpos.

Fuente

Finalmente, destacamos la presencia de la Botica con vitrinas de diferentes objetos relacionados.

Botica

Detalles

Detalles

Finalmente, podemos comentar que el Claustro Mayor constituye el verdadero corazón de la vida contemplativa de la Cartuja, un lugar donde el espacio construido se convierte en reflejo de la espiritualidad cartujana.

VISITANTES