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Cartuja de Jerez de la Frontera. 2026.
Historia
La Cartuja de Santa María de la Defensión constituye uno de
los grandes conjuntos monumentales de Jerez de la Frontera y, por extensión,
uno de los testimonios más relevantes del patrimonio histórico y artístico de
la provincia de Cádiz.
Situada a unos 5 kilómetros del núcleo urbano, en una colina en el margen
derecho del río Guadalete, su historia se
encuentra estrechamente vinculada a la tradición religiosa de Jerez, a la Orden
Cartujana y a los acontecimientos políticos y militares que marcaron la evolución
de la ciudad desde la Baja Edad Media.
Vista
aérea de la Cartuja
Sus orígenes
se sitúan en el lugar conocido como “El Sotillo”, que la tradición relaciona
con una batalla librada en 1369, la “Batalla del Salado” o “Batalla de
la Defensión”, entre las fuerzas cristianas y
musulmanas. Según la tradición local, la victoria cristiana fue atribuida a la
intercesión de la Virgen María. Por eso, en su honor, se levantó una pequeña
ermita dedicada a Nuestra Señora de la Defensión. Este santuario se convirtió
con el tiempo en el origen espiritual del futuro monasterio y explica la
advocación de Santa María de la Defensión que recibiría la Cartuja.
Grabado de la
Cartuja de Jerez (ver) (CC BY 3.0)
Aunque el germen de la Cartuja de Santa María de la
Defensión hay que situarlo, por lo que hemos comentado, en el año 1369, su fundación estuvo ligada a Álvaro Obertos de Valeto,
caballero jerezano de ascendencia genovesa perteneciente a una familia
vinculada a la defensa de Jerez después de la conquista cristiana de la ciudad
en 1264. Sin descendencia, Obertos de Valeto decidió destinar su patrimonio a
fines religiosos y caritativos y promovió la llegada de la Orden Cartujana a
Jerez. Su proyecto tomó forma durante la década de 1470, cuando se escogió
definitivamente El Sotillo como emplazamiento del monasterio. La fundación
suele situarse en 1475, aunque algunas tradiciones señalan fechas anteriores
para el inicio de la iniciativa.
Los primeros monjes cartujos, procedentes de la Cartuja
de Santa María de las Cuevas de Sevilla, llegaron a Jerez en 1476. Desde ese
momento comenzó una larga etapa de desarrollo de la comunidad y del conjunto
arquitectónico. Cuando Álvaro Obertos de Valeto murió en 1482, una parte
importante de las dependencias principales ya se encontraba construida. El
fundador fue enterrado en la iglesia, donde su sepultura recuerda el origen de la
institución.
AQUI IACE EL NOBLE CAVALLERO ALVARO OBERTOS DE VALETO VEZINO
QUE FUE DSTA CIBDAD DE XEREZ DE LA FRONTERA FUNDADOR I DOTADOR DESTE MONASTERIO
DE CARTUXA FALLECIO AÑO DE MILCCCCLXXXII
El Monasterio fue incorporado a la
Orden del Capítulo General de Grenoble, celebrado el año 1484 y nombrado prior
a don Alonso de Abrego, que lo era de Cazalla.
La construcción de la Cartuja se prolongó durante los
siglos XV y XVI. El núcleo inicial respondió a los principios de la
arquitectura gótica tardía. Con el paso del tiempo, el monasterio fue
incorporando nuevos espacios y elementos decorativos que modificaron su aspecto
original.
Durante el siglo XVI y las primeras décadas del XVII se
completaron y enriquecieron numerosas dependencias, y posteriormente se
añadieron retablos, pinturas, esculturas, yeserías y otros elementos propios de
los gustos renacentistas y barrocos.
El resultado fue un complejo monástico de gran riqueza
artística, compuesto por la iglesia, claustros, sala capitular, refectorio,
sacristía, dependencias de los religiosos y amplios espacios destinados a la
explotación agrícola y ganadera.
La vida
cartujana se caracterizaba por la oración, el silencio y el aislamiento, pero
la comunidad llegó a administrar un extenso patrimonio rural. Las tierras,
huertas, instalaciones agrícolas y ganaderas permitieron a los monjes
desarrollar una importante actividad económica. Entre sus explotaciones
adquirió especial fama la cría de caballos, caballos de pura sangre españoles, vinculada
con el origen y la tradición del conocido “caballo cartujano”, que hoy siguen
siendo criados
por la Yeguada de la Cartuja o Hierro del Bocado.
El esplendor artístico alcanzó uno de sus momentos más
destacados durante los siglos XVII y XVIII. La Cartuja recibió obras de algunos
de los artistas más importantes de la época, entre ellos Francisco de Zurbarán,
Martínez Montañés, José de Arce, Pedro Roldán o Esteve Bonet.
Sin embargo, la historia del monasterio también estuvo
marcada por períodos de crisis. Durante la Guerra de Sucesión española, a
comienzos del siglo XVIII, la zona de Cádiz sufrió las consecuencias de las operaciones
militares de las fuerzas angloholandesas, pues la flota atacó a las poblaciones
de Cádiz, Rota, Puerto de Santa María y Puerto Real, en el año 1702.
Más grave sería la situación durante la invasión
napoleónica. En 1810, ante la llegada de las tropas francesas, los cartujos
abandonaron temporalmente el monasterio y buscaron refugio en Cádiz. El
edificio fue ocupado por militares y sufrió saqueos, daños y una importante
pérdida de bienes muebles y obras de arte.
Cuando los religiosos pudieron regresar, encontraron un
conjunto muy deteriorado. Muchas dependencias habían sido utilizadas para
alojar tropas y numerosas obras habían desaparecido.
La destrucción y dispersión del patrimonio artístico
continuaron posteriormente con la desamortización de 1835. La supresión de las
comunidades religiosas provocó la salida definitiva de los cartujos y el paso
del monasterio a manos del Estado. La Cartuja perdió entonces buena parte de su
patrimonio, al tiempo que se enajenaron o desaparecieron diversas propiedades y
elementos vinculados históricamente al complejo.
La dispersión de las obras de Zurbarán constituye uno
de los episodios más dolorosos de esta etapa. Algunas se conservan actualmente
en el Museo de Cádiz, mientras que otras forman parte de colecciones del
Metropolitan Museum of Art de Nueva York, el Museo de Grenoble o el Museo
Nacional de Poznan.
A pesar de su deterioro, la importancia histórica y
artística de la Cartuja fue reconocida relativamente pronto. En 1856 fue
declarada Monumento Nacional, una distinción excepcional en aquella época, que
contribuyó a proteger el conjunto de una desaparición definitiva.
Entre quienes desempeñaron un papel fundamental en esta
recuperación destacó el arquitecto Francisco Hernández-Rubio, nombrado
arquitecto conservador en 1898. Durante las primeras décadas del siglo XX
dirigió numerosas intervenciones destinadas a consolidar y restaurar el
monumento. Entre ellas se encuentran los trabajos realizados en las cubiertas
del refectorio y de la iglesia, la restauración de la sala capitular y de la
zona del ábside y la sacristía, además de una profunda intervención en el
claustro grande.
Los trabajos de restauración permitieron además
realizar descubrimientos arqueológicos de interés. En 1927, durante unas obras
en el claustro grande, apareció una excepcional vasija hispanoárabe decorada
con reflejos metálicos. La pieza, de gran tamaño y notable calidad, fue
considerada una muestra extraordinaria de la cerámica hispanoárabe relacionada
con los llamados vasos de la Alhambra. Su descubrimiento puso de manifiesto que
la historia del lugar era anterior incluso a la fundación del monasterio y que
el entorno del Guadalete había formado parte de un espacio de gran relevancia
cultural durante la Edad Media. La pieza se conserva actualmente en el Museo
Arqueológico Nacional.
La recuperación de la Cartuja adquirió una nueva
dimensión después de la Guerra Civil. En 1948, gracias a la iniciativa de
diferentes personas vinculadas a Jerez, entre ellas Manuel María González
Gordon, y al apoyo del cardenal Pedro Segura y de la comunidad de la Cartuja de
Miraflores, los cartujos regresaron al monasterio. Comenzó entonces una nueva
etapa de presencia de la Orden, acompañada por trabajos destinados a devolver
al edificio su carácter religioso y a mejorar sus condiciones de conservación.
Durante la
segunda mitad del siglo XX continuaron las intervenciones arquitectónicas y de
restauración. El objetivo ya no era solamente reparar los daños estructurales,
sino recuperar en la medida de lo posible la imagen histórica del conjunto.
La
segunda presencia cartujana se prolongó durante más de medio siglo. Finalmente,
debido principalmente a la falta de vocaciones, los monjes abandonaron la
Cartuja a comienzos del siglo XXI, entre 2001 y 2002. La marcha de la comunidad
puso fin a más de cinco siglos de presencia cartujana, aunque no supuso el
final de la vida religiosa del monasterio.
En 2002 se
instalaron en el recinto las Hermanas de Belén, una comunidad religiosa
femenina dedicada a la contemplación. Su presencia permitió mantener el
carácter espiritual del lugar y garantizar su cuidado durante las décadas
siguientes. Las religiosas permanecieron en la Cartuja hasta marzo de 2024,
cerrando así una nueva etapa en la dilatada historia del monumento.
La Cartuja de Santa María de la Defensión es, en
definitiva, mucho más que un edificio religioso. Es el resultado material de
más de cinco siglos de historia y reúne en sus muros las huellas de diferentes
épocas: la memoria medieval del lugar, la espiritualidad de los cartujos, el
esplendor artístico de los siglos XVI y XVII, las destrucciones provocadas por
las guerras y la desamortización, los esfuerzos de conservación del siglo XX y
la continuidad de su dimensión religiosa en tiempos recientes.
La cruz que permanece en sus jardines y el lema
tradicional de la vida cartujana, Stat crux dum volvitur orbis —“la Cruz
permanece mientras el mundo gira”—, expresan de manera simbólica la continuidad
de un lugar que ha sobrevivido a guerras, abandonos, expolios y transformaciones
históricas. Hoy, la Cartuja sigue siendo uno de los grandes referentes del
patrimonio jerezano y gaditano, un espacio en el que la memoria de siglos
permanece viva.
Cruz
de la Defensión
Portada
La portada de la Cartuja de Santa María de la Defensión
constituye uno de los elementos arquitectónicos más destacados del conjunto
monumental. Situada en el acceso principal al recinto, entre la vegetación que
rodea el antiguo monasterio, esta construcción monumental fue realizada en 1571
por el arquitecto jerezano Andrés de Ribera y constituye uno de los ejemplos
más significativos del Renacimiento clasicista en Jerez de la Frontera.
Vista
general de la portada de la Cartuja de Santa María de la Defensión
La portada fue concebida como una estructura exenta,
separada del edificio monástico, y responde a una concepción monumental
inspirada en los modelos de la arquitectura clásica. Su composición recuerda a
un gran arco triunfal, por lo que no se trata simplemente de una puerta
funcional, sino de una construcción destinada a marcar la separación entre el
mundo exterior y el ámbito espiritual de la comunidad cartujana.
El cuerpo principal presenta cuatro grandes columnas dóricas
de fuste acanalado, dispuestas en dos parejas a ambos lados del acceso central.
Sobre ellas se desarrolla un entablamento de inspiración clásica, organizado
mediante triglifos y metopas. La utilización del orden dórico, caracterizado
por su sobriedad y robustez, refuerza el carácter monumental de la portada y
los principios propios del clasicismo renacentista.
En el centro se abre un amplio vano de medio punto que
conduce al interior del recinto. Dentro de este espacio se encuentra la
verdadera puerta de acceso, formada por dos grandes hojas de madera con
elementos metálicos de bronce.
Vano
con arco de medio punto
Detalle
de un llamador
La decoración distingue la portada de otros ejemplos de
arquitectura religiosa más recargados. Escudos, elementos vegetales, florones,
vanos decorativos y pequeñas formas semiesféricas de cerámica vidriada
introducen variedad ornamental sin romper la claridad de la composición
arquitectónica. El resultado es un equilibrio entre decoración y estructura que
responde plenamente al gusto renacentista por la armonía y la proporción.
Detalle
de escudo
La parte superior incorpora además un programa escultórico
de carácter religioso. La representación de Dios Padre ocupa una posición
destacada, mientras que otras figuras vinculadas a la espiritualidad del
monasterio completan la composición. Entre ellas aparecen la Virgen María, san
Bruno, fundador de la Orden Cartujana, y san Juan Bautista. Estas imágenes
contribuyen a expresar el significado religioso de la entrada y recuerdan al
visitante que, tras atravesar la portada, comienza un espacio dedicado a la
oración, el recogimiento y la vida contemplativa.
La presencia de san Bruno, fundador de la Orden Cartujana,
establece un vínculo directo entre la arquitectura del acceso y la comunidad
que durante siglos habitó el monasterio. La Virgen, conecta la portada con la
advocación de Santa María de la Defensión, y san Juan Bautista forma parte de
un repertorio iconográfico frecuente en la tradición cristiana y monástica.
Detalle
de la parte superior
La elección de un lenguaje arquitectónico de
inspiración clásica en pleno siglo XVI refleja también la evolución artística
de la propia Cartuja. El monasterio había nacido en el contexto del gótico
tardío, pero a medida que avanzó su construcción fue incorporando las nuevas
tendencias renacentistas.
Andrés de Ribera, arquitecto vinculado estrechamente a
Jerez, desempeñó un papel destacado en la arquitectura de la ciudad durante el
siglo XVI. Esta portada convierte la entrada de la Cartuja en una obra
fundamental para comprender la introducción y consolidación de los modelos
renacentistas en la arquitectura jerezana.
La portada deja atrás el paisaje exterior y conduce
hacia un conjunto en el que se suceden patios, claustros, dependencias
monásticas, espacios ajardinados y edificios religiosos. De este modo, la obra
de Andrés de Ribera funciona como una puerta monumental de transición y como
introducción visual a la riqueza artística de Santa María de la Defensión.
La Capilla de los Caminantes
Una vez se atraviesa la portada principal,
se accede al Atrio del Rosario, espacio que presta acceso a la Capilla de los
Caminantes.
La Capilla de los Caminantes, que estuvo dedicado a Nuestra Señora del Rosario, es una pequeña
construcción religiosa levantada a mediados del siglo XVIII, concebida para
atender las necesidades espirituales de quienes llegaban al monasterio y,
especialmente, para la celebración de la Eucaristía en los días festivos. Su
carácter funcional explica, en buena medida, la sencillez de su arquitectura,
organizada en una sola nave precedida por un amplio atrio o porche formado por
arcos de medio punto.
Exterior de la Capilla de los Caminantes
Interior de la Capilla de los Caminantes
Detalle del Altar Mayor tras la reja
Detalle de la puerta del lado del evangelio con los elementos
de la pasión: Cruz, Lanza, hisopo, columna, flagelo, escalera, martillo,
tenazas, gallo
Detalle de la puerta del lado del evangelio con el escudo de
los cartujos
El porche, además de servir como antesala de la capilla,
ofrecía refugio a los visitantes y se relacionaba con los espacios destinados a
la atención de huéspedes y caminantes.
Un elemento de especial interés situado
en este porche es un mural cerámico dedicado a la Virgen de la Merced, patrona
de Jerez de la Frontera y otro dedicado al Santísimo Cristo de la Defensión. Las
obras introducen en este espacio de arquitectura sobria el color y la riqueza
ornamental propios de la tradición cerámica andaluza, al tiempo que establece
un vínculo entre el recinto cartujano y la profunda devoción mariana de la
ciudad.
Mural cerámico
dedicado a la Virgen de la Merced
Mural cerámico del
Santísimo Cristo de la Defensión
Según los últimos estudios, se considera que el conjunto es
el resultado de una profunda reforma de época barroca de la primitiva ermita
medieval de “El Sotillo”.
Justo a la izquierda de la capilla se sitúa el Patio de la
Hospedería con una escultura de mármol de san Bruno, fundador de la Orden
Cartuja, realizada en 1761 por Pedro Laboria, uno de los escultores más
destacados de la Andalucía del siglo XVIII. La presencia del santo en este
ámbito de recepción adquiere un particular significado, pues recuerda la
identidad espiritual de la Cartuja y la austeridad contemplativa que
caracterizó la vida de sus moradores.
Patio
de la Hospedería
San
Bruno
Detalle
de san Bruno
La
Capilla de los Caminantes constituye así un espacio de dimensiones modestas,
pero de considerable valor histórico y ambiental. Su función de acogida, su
relación con la antigua hospedería, el patio de tradición mudéjar, la escultura
de san Bruno y el mural de la Virgen de la Merced permiten comprenderla no como
una construcción aislada, sino como parte de un ámbito concebido para recibir
al visitante y ponerlo en contacto, desde el primer momento, con el universo
espiritual y artístico de la Cartuja de Jerez.
Iglesia
Al cruzar el umbral de la puerta de entrada
de la Cartuja, se descubre un amplio espacio, el Atrio de la Iglesia, que
precede a la portada de la Iglesia. Deambular por este espacio contemplando la
portentosa fachada de la Iglesia favorecía la reflexión desde la soledad
interior de la presencia divina.
La iglesia de la Cartuja de Jerez de la Frontera constituye
uno de los espacios más significativos del antiguo monasterio y uno de los
mejores ejemplos de la arquitectura religiosa jerezana. Su construcción se
inició en los siglos XV-XVI, dentro de la tradición del gótico tardío, aunque a
lo largo del siglo XVII experimentó una profunda transformación que incorporó
un rico lenguaje barroco, especialmente visible en su monumental fachada. El
templo fue concebido de acuerdo con las particulares necesidades de la vida
cartujana, en la que la liturgia, el silencio y la separación entre las
distintas comunidades que integraban el monasterio determinaban la organización
del espacio.
La fachada principal, levantada entre 1662 y 1667 según las
trazas del hermano cartujo Pedro del Piñar, es una de las grandes creaciones
del barroco andaluz. El propio Piñar intervino también en las cresterías de la
iglesia y del refectorio, mientras que el programa escultórico de la portada
fue ejecutado por el escultor sevillano Francisco de Gálvez.
Concebida como si fuera un gigantesco retablo de piedra,
presenta tres calles, varios cuerpos superpuestos y un ático, articulados
mediante columnas corintias, pilastras, entablamentos partidos y curvos y una
abundante ornamentación de carácter vegetal y geométrico.
Fachada
principal
El conjunto se levanta sobre un basamento decorado con
escudos y motivos florales. Jarrones, frisos, molduras y elementos
arquitectónicos se suceden con una densidad ornamental característica del
barroco.
Detalle
de escudos y motivos florales en el basamento
Los nichos acogen las imágenes del programa escultórico
realizado por Gálvez. En el cuerpo inferior destaca la imagen de la Inmaculada,
en el centro, y en las calles laterales cuatro santos cartujos.
Cuerpo
inferior de la portada
Inmaculada
Santo
cartujano
En el cuerpo medio destaca un gran rosetón que da luz al
interior del templo con santos cartujos en las calles laterales.
Cuerpo
medio de la portada
Detalle
de santo cartujano
En el cuerpo superior destaca la figura de san Bruno,
fundador de la Orden Cartuja. La fachada no se limita, por tanto, a resolver
monumentalmente el acceso al templo: funciona como una auténtica
portada-retablo en la que arquitectura, escultura y simbolismo religioso se
integran para proclamar la importancia espiritual de la Cartuja.
Cuerpo
superior de la portada con san Bruno
A ambos lados, las fachadas laterales presentan una
arquitectura mucho más sobria, articulada mediante muros y contrafuertes. En la
cabecera se eleva la torre del reloj, rematada por un friso de triglifos y
metopas y una espadaña con un vano de arco peraltado, acompañada por
balaustradas. El contraste entre la severidad de los paramentos laterales y la
exuberancia de la portada hace que esta última adquiera todavía mayor
protagonismo dentro del conjunto monástico.
Para el cartujo la iglesia de su monasterio es la Jerusalén celestial,
el sacro lugar donde tiene lugar el culto divino y el rezo de las horas más
importantes del breviario.
El interior responde estrictamente a la organización
litúrgica de los cartujos. Se trata de una nave única, larga y elevada,
cubierta mediante bóvedas de crucería y dividida en distintos tramos.
Su disposición establece una clara separación entre los
diferentes grupos que participaban en la vida religiosa del monasterio. En la
zona más próxima a la entrada se situaban los fieles y trabajadores vinculados
al servicio de la comunidad; a continuación, se encontraba el espacio destinado
a los hermanos legos y, finalmente, junto al presbiterio, el coro reservado a
los padres cartujos. Esta división permitía celebrar los oficios manteniendo la
separación propia de la vida contemplativa de la Orden.
A los pies, reservado para los trabajadores
del monasterio, destacan dos importantes altares, uno de ellos procedente del
antiguo Convento de la Merced Descalza de Sanlúcar de Barrameda; y un segundo,
copia del anterior, que albergan dos importantes pinturas del siglo XVII, una
Sagrada Familia atribuida a Sebastián de Llanos y Valdés, y una Exaltación de
la Santa Cruz, de Francisco de Herrera “El Viejo”.
Pila
Bautismal
Retablo
de la Sagrada Familia
Pintura
de la Sagrada Familia
Exaltación de la Santa Cruz
Uno de los elementos más sobresalientes del templo es la
reja que separa el ámbito de los legos del coro de los padres. Realizada en
1673 por los maestros sevillanos Marcos de la Cruz y Francisco de la Chica,
constituye una magnífica muestra de la rejería barroca. Más allá de su función
material, la reja expresa visualmente la jerarquización del espacio litúrgico y
conduce la mirada hacia el ámbito reservado a los monjes profesos.
Reja
Detalle
de la parte superior de la reja coronada con una cruz
Le sigue un recinto en el que destaca la
sillería del siglo XVII adosada a los muros y la presencia de dos retablos
gemelos, uno de ellos con un lienzo atribuido a Lucas Valdés. Del mismo modo
que entre sendos retablos se encuentra la Portada de Entrecoros, de 1538,
caracterizada por una profusa decoración plateresca con un programa
iconográfico donde aparecen la imagen de San Jerónimo y la Asunción de la
Magdalena, escenas bíblicas, evangelistas, ángeles portando guirnaldas o los
relieves de San Bruno, San Hugo de Lincoln, San Antelmo de Belley y San Hugo de
Grenoble. Constituye una pieza excepcional para
comprender la riqueza artística que alcanzó la Cartuja antes de la gran
renovación barroca del siglo XVII.
Sillería
de los legos
Portada de Entrecoros con dos retablos gemelos
Detalle de uno de los retablos
La Misa Conventual y el canto del Oficio son el núcleo de
celebración litúrgica de los cartujos. Para su correcta disposición el interior
de la iglesia los padres tenían asignado un sitial específico dentro del coro.
El coro de padres alberga una de las obras maestras de la
escultura en madera del Renacimiento español. La magnífica sillería, realizada
a mediados del siglo XVI, se compone de cuarenta y dos sitiales. Su ejecución
se ha relacionado con los escultores Cristóbal de Voisín y Jerónimo de
Valencia. Los asientos aparecen separados por columnas abalaustradas y
presentan respaldos profusamente tallados, con representaciones de apóstoles,
santos, mártires y fundadores de órdenes religiosas. Junto a estos temas
religiosos aparecen grutescos, motivos militares, instrumentos musicales y
diversas alegorías, demostrando la extraordinaria riqueza del repertorio
decorativo renacentista.
La sillería se apoya sobre una base de piedra caliza
ornamentada con grutescos y escudos relacionados con el fundador del
monasterio. En ella se conjugan, por tanto, la exaltación de la vida
contemplativa, la memoria de la institución cartujana y un amplio repertorio
ornamental propio del Renacimiento.
Coro
de padres
Detalles
del coro
En el antepresbiterio se puede observar la sepultura
del fundador del monasterio, Álvaro Obertos de Valeto, y en
cada lado dos retablos semejantes.
Sepultura de Álvaro Obertos de Valeto
Retablo del lado de la epístola
Retablo del lado del evangelio
En el presbiterio se encuentra actualmente el retablo mayor,
formado por tres cuerpos divididos por columnas
corintias y ático, procedente del antiguo convento de la Merced de
Sanlúcar de Barrameda y trasladado a la Cartuja en el siglo XX. Se trata de una
obra vinculada al retablo realizado por Juan de Oviedo y de la Bandera para
aquel convento. Su incorporación al templo jerezano modificó sustancialmente la
configuración del presbiterio, al tiempo que permitió conservar un importante
conjunto artístico procedente de otro destacado establecimiento religioso de la
provincia.
El actual retablo está presidido por Santa María de la
Defensión, advocación titular de la Cartuja. La imagen que hoy ocupa el lugar
principal fue realizada por José Esteve Bonet a finales del siglo XVIII. Junto
a ella se encuentran las esculturas de san Hugo de Grenoble y san Hugo de
Lincoln, obras de Pedro Roldán fechadas en 1677 y
de San Bruno de José de Arce de 1641). El conjunto se completa con
pinturas que reproducen composiciones de Francisco de Zurbarán, realizadas en
el siglo XX para sustituir parte de las obras originales.
Detalle
del cuerpo inferior del retablo
Detalle
del segundo cuerpo del retablo
Detalle
del tercer cuerpo del retablo y el ático
La historia del retablo y de sus pinturas refleja,
precisamente, las profundas transformaciones sufridas por el patrimonio de la
Cartuja. El antiguo conjunto barroco contó con obras de grandes maestros, entre
ellas pinturas de Francisco de Zurbarán y de Juan de Roelas. Parte de estas
últimas se conservan actualmente en el Palacio Ducal de Medina Sidonia,
mientras que las esculturas originales de José de Arce fueron trasladadas a la
Catedral de Jerez. Entre ellas se encuentran el apostolado y el Crucificado que
preside el altar mayor catedralicio. De este modo, aunque el templo actual no
conserva íntegramente su decoración histórica, la dispersión de sus obras
permite seguir reconstruyendo la extraordinaria calidad artística que alcanzó
la Cartuja.
El vínculo con Zurbarán fue especialmente importante. El
pintor extremeño trabajó para la Cartuja de Santa María de las Cuevas de
Sevilla y realizó también para la Cartuja jerezana un importante conjunto
destinado al retablo y al Sagrario. Algunas de aquellas pinturas se conservan
hoy en el Museo de Cádiz, constituyendo uno de los testimonios más relevantes
de la relación entre el pintor y la Orden Cartuja.
A ambos lados del presbiterio destacan sendas
portadas adinteladas, realizadas en 1743, y coronadas por un frontón sobre el
que se colocan esculturas de piedra doradas que representan la oración, la
lectura y la meditación.
Portada
del lado del evangelio
Detrás del altar mayor se encuentra el
Sagrario, procedente también de la Cartuja sevillana de Santa María de las
Cuevas. Su estructura, concebida a modo de pequeño baldaquino, se articula
mediante columnas salomónicas y se remata con una cúpula sobre pechinas. Su
presencia en este lugar recuerda la estrecha relación histórica y artística que
existió entre las distintas fundaciones cartujanas andaluzas.
Otro espacio
de interés es la sacristía, de origen tardomedieval y posteriormente transformada
durante el Barroco. Sus revestimientos de yesería contribuyen a crear un
ambiente ornamental acorde con la renovación experimentada por el monasterio
durante los siglos XVII y XVIII.
Puerta de salida
La iglesia de la Cartuja de Jerez resume, en definitiva,
varios siglos de historia artística y espiritual. Su arquitectura conserva la
huella del gótico tardío de los orígenes, mientras que la espectacular fachada
de Pedro del Piñar y Francisco de Gálvez manifiesta la plenitud del Barroco. En
su interior conviven la excepcional sillería renacentista, la rejería
sevillana, la escultura de José de Arce y Pedro Roldán y la memoria de las
pinturas de Zurbarán y Roelas. Pero, por encima de su riqueza artística, el
templo conserva la esencia para la que fue concebido: un espacio ordenado según
la particular liturgia cartujana, donde arquitectura y obras de arte se
subordinaban a la oración, el silencio y la vida contemplativa.
Claustrillo
El Claustrillo, también denominado
claustro pequeño o claustro monástico, constituye uno de los espacios
fundamentales de la Cartuja de Santa María de la Defensión. Situado junto a la
iglesia, al exterior de esta y adosado a su muro de la epístola, desempeña una
función esencial dentro de la organización del monasterio: comunicar y
articular algunos de los ámbitos más importantes de la vida comunitaria de los
cartujos, entre ellos el refectorio y las salas capitulares de padres y legos.
Su posición permite comprender mejor la
compleja estructura de una cartuja, en la que los espacios destinados a la vida
en comunidad conviven con otros concebidos para favorecer el aislamiento y la
contemplación individual.
La aparente diversidad de patios,
galerías, capillas y dependencias que caracteriza estos monasterios responde,
en realidad, a la particular naturaleza de la Orden Cartuja, a medio camino
entre la tradición cenobítica y la eremítica.
El Claustrillo representa precisamente
el núcleo de la vida comunitaria. En torno a él se disponen algunos de los
espacios en los que los religiosos se reunían para las actividades comunes,
mientras que los grandes claustros posteriores permitían organizar las celdas
individuales de los monjes, concebidas como auténticas pequeñas viviendas
dotadas de huerto. De este modo, la arquitectura cartujana establece un
equilibrio entre comunidad y soledad, entre momentos compartidos y la búsqueda
de aislamiento propia de la espiritualidad de la Orden.
El Claustrillo fue construido entre
1529 y 1531 y presenta una planta aproximadamente cuadrada. Sus cuatro galerías
se abren mediante arcos que descansan sobre pilares reforzados con
contrafuertes, solución que proporciona al conjunto un carácter sólido y
sobrio, propio de la arquitectura tardogótica jerezana, presenta gárgolas como elemento de desagüe y una crestería de
pináculos como remate.
Claustrillo
Detalle de la fuente
Detalle de gárgola
Detalle de gárgolas y crestería
Detalle de la vista del campanario
Las cubiertas presentan nervaduras y el
conjunto se enriquece exteriormente con gárgolas destinadas a evacuar el agua
de lluvia y una característica crestería rematada por pináculos. A pesar de su
función eminentemente práctica, el espacio posee una notable calidad
arquitectónica y crea un ámbito íntimo, luminoso y recogido, en contraste con
la monumentalidad de la iglesia.
Detalle de las cubiertas
Desde sus galerías se accede a algunas
de las dependencias más significativas de la comunidad. Al norte se encuentra
el Capítulo de los legos, una estancia del
siglo XVI a la que se llega a través de una portada de tradición gótica
decorada con el escudo de la Orden. Su interior mantiene igualmente el lenguaje
gótico y conserva como uno de sus elementos más destacados un conjunto de
cerámica sevillana del siglo XVII, testimonio del importante papel que
desempeñó la azulejería en la decoración de los espacios conventuales
andaluces.
Aunque sus decisiones no afectaban al
conjunto de la comunidad, los hermanos legos, que se ocupaban de las labores
manuales y de los asuntos seculares del monasterio, también podían reunirse en
común, para lo que tenían destinado este recinto.
Capítulo de los legos
En el lado oriental se sitúa el Capítulo de los padres, o Sala Capitular, espacio
destinado a las reuniones de los monjes sacerdotes.
La vida comunitaria de los monjes de la
Cartuja requería en ciertas ocasiones la toma de decisiones que afectaban al
conjunto de miembros del monasterio. Por norma general, las mismas eran tomadas
en este espacio donde se reunían los cartujos profesos, presididos por el padre
prior.
Su acceso se realiza mediante una
portada manierista de finales del siglo XVI, mientras que el interior conserva
una combinación particularmente rica de elementos artísticos de distintas
épocas. A la arquitectura gótica se suman revestimientos de cerámica sevillana
del siglo XVII, yeserías barrocas realizadas entre los siglos XVII y XVIII y un
retablo de época barroca. En el centro de este conjunto destaca la imagen de la
Virgen de la Compasión, obra de José Estévez Bonet realizada en 1793, que
aporta al recinto un marcado carácter devocional.
Capítulo de los padres, o Sala Capitular
Retablo de época barroca
Junto a la Sala Capitular se encuentran
dos pequeños oratorios o capillas gemelas
dedicados a San Bruno, fundador de la
Orden Cartuja, y a San Juan Bautista. Estos espacios
estaban vinculados a la práctica religiosa cotidiana de los monjes y
contribuían a multiplicar los ámbitos destinados a la oración y la celebración
de misas privadas.
San Bruno
Otra de las dependencias directamente
relacionadas con el Claustrillo es el refectorio, construido entre
1535 y 1537.
Este espacio está destinado a la
reunión de la comunidad alrededor de la comida en los días de fiestas, como los
domingos y otras solemnidades del calendario litúrgico.
Su acceso se realiza mediante una
portada de arco de medio punto y su interior adopta la forma de una amplia nave
longitudinal. La estancia, destinada a las comidas comunitarias, presenta una
cubierta de compleja nervadura con terceletes y combados, que constituye uno de
los elementos arquitectónicos más destacados del recinto. La propia
configuración del refectorio refleja la organización jerárquica de la comunidad
cartujana, en la que existía una diferenciación entre padres y hermanos legos.
Refectorio
Detalle de las mesas
Detalle de la vitrina con copia de pintura de Zurbarán (Leer mas)
Detalle del pulpito
El Claustrillo se relaciona asimismo
con otros espacios de servicio y residencia. Hacia el este comunica con la zona
de la cocina, mientras que por el sur se vincula con el llamado Patio de los
Jazmines, en cuyo entorno se encuentran dependencias como la biblioteca y la
celda del prior. Esta última, correspondiente al siglo XVII, presenta unas
dimensiones considerablemente mayores que las celdas ordinarias, acordes con
las necesidades y responsabilidades del superior de la comunidad.
La cocina estaba compuesta por tres
grandes bóvedas de crucería y tiene la particularidad de que la central
presenta un tiro de amplias dimensiones en su centro por donde se evacuaría el
humo de los fogones que se encontraba bajo ella.
Zona de la cocina
Así, el Claustrillo es el espacio que
articula los principales ámbitos de la existencia colectiva de los religiosos
y, al mismo tiempo, sirve de transición entre la iglesia y el resto del
complejo monástico. Más que un simple espacio de paso, constituye el verdadero
eje de la vida comunitaria cartujana y uno de los lugares que mejor permiten
comprender cómo la arquitectura de este monasterio fue concebida para conciliar
dos principios aparentemente opuestos: la convivencia de la comunidad y la
soledad espiritual de cada religioso.
Claustro de Legos
El Claustro de Legos constituye uno de los espacios más
singulares de la Cartuja de Santa María de la Defensión y responde a la
particular organización de la vida comunitaria de la orden cartujana. A este
claustro se abrían las celdas de los hermanos legos, religiosos que, sin haber
recibido la ordenación sacerdotal, desempeñaban las labores necesarias para el
mantenimiento de la comunidad y contribuían con su trabajo a que los padres
cartujos pudieran consagrarse con mayor intensidad a la oración, el estudio y
la contemplación. La distribución arquitectónica refleja así la estricta
separación funcional entre las distintas categorías de religiosos que
caracterizaba la vida en las cartujas.
El claustro fue trazado en 1620 por Juan Martínez Montañés y
la ejecución de las obras correspondió al maestro Mateo Rodríguez, quien llevó
a la práctica las trazas concebidas por Montañés.
El conjunto se articula mediante galerías formadas por arcos
de medio punto que descansan sobre columnas. Las galerías se cubren con bóvedas
de arista de extraordinaria sencillez constructiva lo que contribuye a imprimir
un carácter austero al espacio, con ausencia de una ornamentación excesiva.
Aunque el claustro fue reconstruido en
el siglo XX, la intervención respetó esencialmente el diseño histórico, por lo
que conserva la concepción arquitectónica atribuida a Martínez Montañés. Esta
circunstancia permite apreciar todavía hoy la estructura de un espacio
concebido para responder a las necesidades concretas de una comunidad religiosa
dedicada a una vida austera y reglamentada.
Claustro de Legos
Detalle del Claustro
Detalle de la fuente
Más allá de sus valores
arquitectónicos, el Claustro de Legos permite comprender la compleja
organización interna de la Cartuja de Jerez. En él se hace visible la
complementariedad entre los padres y los hermanos legos, como hemos comentado, mientras
los primeros desarrollaban fundamentalmente la dimensión contemplativa de la
vocación cartujana, los segundos asumían buena parte de las tareas materiales
indispensables para la subsistencia de la comunidad.
Claustro Grande
El Claustro Grande, también conocido como Claustro de
Padres, Claustro del Cementerio o Claustro de los Arrayanes, constituye uno de
los espacios más amplios e importantes de la Cartuja de Santa María de la
Defensión. A su alrededor se disponían las celdas de los monjes, formando un
ámbito concebido simultáneamente como lugar de habitación, de contemplación y
de enterramiento.
Claustro
Grande
Su construcción se inició a comienzos del siglo XVI y se
prolongó durante buena parte de esa centuria, llegando algunas intervenciones
hasta los primeros años del siglo XVII. El resultado es un conjunto de acusada
personalidad tardogótica, en el que la sobriedad propia de la arquitectura
cartujana convive con una cuidada y abundante decoración.
Las galerías del claustro articulan un gran espacio
ajardinado y permiten el acceso a las distintas celdas, que constituyen uno de
los elementos más singulares del monasterio.
Galerías
Detalle
El claustro recibe también el nombre de cementerio por la
función funeraria que desempeñó. En torno a sus galerías fueron enterrados
numerosos miembros de la comunidad, de manera que el espacio adquirió un
profundo significado espiritual y actualmente pueden contemplarse algunas cruces
blancas que recuerdan a cartujos muertos durante su permanencia en el
monasterio, junto con la cruz correspondiente a una religiosa de la Orden de
Belén.
La presencia de estas cruces hace visible la estrecha
relación que, para los cartujos, existía entre la vida terrenal, la oración por
los difuntos y la esperanza de la vida eterna.
Detalle
del cementerio
Un
monje rezando en el cementerio
En torno al claustro se distribuían las celdas destinadas a
los padres cartujos. Llegaron a ser veintinueve, identificadas mediante las
letras del abecedario, incluyendo las letras ch y ñ, de acuerdo con la antigua
tradición de denominación de las dependencias. Cada monje disponía así de un
espacio propio en el que podía desarrollar buena parte de su existencia
cotidiana sin abandonar el ideal de aislamiento que caracteriza a la Orden de
la Cartuja.
La organización de la celda cartujana
respondía a la necesidad de proporcionar al religioso todo lo necesario para
llevar una vida aislada y prácticamente autónoma. Contaba con espacios
destinados al descanso, la oración, el estudio, el trabajo y la alimentación,
lo que permitía al monje permanecer largas horas en soledad, saliendo de su
celda únicamente para aquellas actividades comunitarias establecidas por la
regla.
Cuenta Eguileta
que la dieta de los cartujos estaba compuesta de
lácteos, huevos, verduras, legumbres y pescado. Jamás comían carne y
para contrarrestar esa ‘falta de proteínas’, los cartujos idearon la cría de los galápagos,
cuya carne se tenía por pescado. Lo hacían en la galapaguera, que se encuentra
en el propio monasterio. Y hacían ayuno todos los viernes del año a base de pan
y agua y en la época del gran ayuno, desde el 14 de septiembre hasta el Día de
Pascua. El resto del tiempo hacían una sola colación al día y muy frugal. Sólo
los domingos y grandes fiestas del calendario litúrgico, los cartujos comían en
comunidad en el refectorio.
Las celdas de
la Cartuja de Jerez presentan además una configuración arquitectónica particularmente
interesante, pues se desarrollan en dos niveles. En la planta baja se
encontraban los espacios destinados al trabajo y a la alimentación, junto con
un pequeño jardín privado que cada religioso debía cuidar. Estos jardines
contribuían a crear un entorno de aislamiento y contemplación, y algunos
disponen incluso de miradores desde los que se alcanzan vistas sobre el paisaje
del Guadalete. La planta superior estaba reservada fundamentalmente al descanso
y a la oración, reforzando la separación entre las diferentes actividades de la
jornada.
Comedor de la celda
cartujana
Taller
Utensilios de
labranza
Patio
Entre estas dependencias destaca asimismo la celda prioral,
destinada al prior, superior de la comunidad. Sus dimensiones son
considerablemente mayores que las del resto de las celdas, en consonancia con
la función que desempeñaba su ocupante. El prior era la máxima autoridad de la
cartuja y tenía a su cargo la dirección espiritual y administrativa del
monasterio, por lo que su vivienda constituía un espacio diferenciado dentro
del conjunto.
Patio
de la Celda Prioral
Fuente
Detalle
de la fuente
La fuente renacentista de jaspón blanco que históricamente
se vincula al conjunto de La Cartuja de Jerez se encuentra hoy en día en la Plaza del
Mercado (en el barrio de San Mateo), a donde fue trasladada en
el siglo XX. Pero en el centro del Claustro Grande se mantiene una magnifica
fuente de dos cuerpos.
Fuente
Finalmente, destacamos la presencia de la Botica con
vitrinas de diferentes objetos relacionados.
Botica
Detalles
Finalmente, podemos comentar que el Claustro Mayor constituye
el verdadero corazón de la vida contemplativa de la Cartuja, un lugar donde el
espacio construido se convierte en reflejo de la espiritualidad cartujana.
VISITANTES