AREA CENTRO 1
Archivo General de Indias.
HISTORIA
Archivo General de Indias
Paralelamente
al funcionamiento de la Casa de la Contratación,
en 1543 quedó constituido en Sevilla el Consulado de Mercaderes, también
conocido en la documentación de la época como Universidad de Mercaderes. La
institución nació para defender los intereses de los comerciantes vinculados al
tráfico con las Indias. En los documentos sevillanos del siglo XVI se la
menciona frecuentemente como Casa Lonja, mientras que numerosos viajeros
europeos la denominaron simplemente la Bolsa de Sevilla. Ya en el siglo XIX, el
edificio sería conocido sobre todo por albergar el Archivo General de Indias.
La creación del
Consulado supuso una importante reducción de las competencias que hasta
entonces ejercía la Casa de la Contratación sobre los asuntos mercantiles.
Desde entonces, buena parte de los pleitos civiles y litigios comerciales
pasaron a ser resueltos por el propio Consulado, cuyas principales ordenanzas
quedaron fijadas en 1556.
En esta
poderosa corporación estaban representados todos los comerciantes autorizados a
tratar con las Indias, siempre que no fuesen extranjeros ni dependientes de
firmas foráneas. Sus recursos económicos procedían principalmente de la “avería”,
un impuesto o seguro marítimo obligatorio que gravaba las mercancías destinadas
al comercio americano. Esta contribución permitía financiar la organización de
armadas encargadas de proteger las flotas de Indias frente a corsarios y
piratas, especialmente franceses e ingleses, cuya actividad constituía una
amenaza constante para la navegación atlántica.
Precisamente
para garantizar una mayor seguridad marítima, el Consulado impulsó el sistema
de “flotas”, obligando a los barcos que viajaban entre España y América a
navegar agrupados bajo protección militar. Este modelo sustituyó
progresivamente al sistema de navíos sueltos y se convirtió en una de las bases
del monopolio comercial sevillano durante los siglos XVI y XVII.
En sus primeros
años, el Consulado careció de sede propia y compartió dependencias con la Casa
de la Contratación. La actividad mercantil se desarrollaba habitualmente en las
Gradas de la Catedral de Sevilla, e incluso dentro del propio templo cuando el
mal tiempo impedía negociar al aire libre. Aquella situación generó frecuentes
abusos con las consiguientes protestas por parte de las autoridades
eclesiásticas. El arzobispo Cristóbal de Rojas denunció ante Felipe II la
“indecencia y poca conveniencia” de aquellos tratos comerciales celebrados
junto al recinto sagrado, donde no era raro ver entrar cabalgaduras y
mercancías. Para evitar este
ingreso de cabalgaduras, el Cabildo eclesiástico acordó el 19 de enero de 1565 poner cadenas alrededor de la Catedral.
Para solucionar
este problema, Felipe II decidió promover la construcción de una lonja
permanente destinada exclusivamente a las contrataciones mercantiles. El nuevo
edificio se levantó en un espacio situado entre la Catedral, el Real Alcázar y
la Casa de la Contratación, es decir, en el auténtico centro político,
religioso y económico de la Sevilla imperial, pues el monarca pretendía crear
un edificio representativo que alejase definitivamente las actividades
mercantiles del interior de la Catedral.
Para ello fue
necesario reorganizar una amplia zona urbana ocupada anteriormente por casas,
almacenes y dependencias menores vinculadas al Cabildo catedralicio, junto a la
Herrería Real parte de la Casa de la Moneda y el hospital de
la Cruz, fundado en 1543 por Pedro Pecador, seguidor de San Juan de Dios, también
conocido como el hospital de las Tablas, debido a la sencillez de sus camas,
formadas por tarimas de madera.
Así nació la
Lonja de Mercaderes, levantado entre 1585 y 1598, una de las obras más
destacadas de la arquitectura civil del Renacimiento español. El proyecto fue
diseñado por Juan de Herrera, arquitecto de El Escorial y máximo representante
del clasicismo herreriano. Las obras comenzaron en 1583 y fueron dirigidas
inicialmente por Juan de Minjares, continuándolas posteriormente Alonso de
Vandelvira y Miguel de Zumárraga, quien introdujo algunas modificaciones
respecto al diseño original, especialmente en el sistema de cubiertas y abovedamientos
de la planta superior. La construcción se prolongó durante varias décadas,
hasta quedar esencialmente concluida hacia 1646.
Azulejo
El
cronista sevillano Diego Ortiz de Zúñiga
dejó constancia de la inauguración del edificio en sus Anales de Sevilla,
señalando que el 14 de agosto de 1598 comenzaron oficialmente las
contrataciones en la nueva Lonja, cuando
la planta baja, se supone, ya estaba terminada. Sobre la
portada principal se colocó una inscripción que recordaba que Felipe II había
mandado construir aquel edificio “a costa de la Universidad de los Mercaderes”,
subrayando así el protagonismo financiero del Consulado en la obra: “El católico y muy alto y poderoso don Pheliphe Segundo
rey de las Españas mando hazer esta lonja a costa de la Universidad de
Mercaderes, de la cual hizo administradores perpetuos al prior y cónsules de la
dicha Universidad. Comenzose a negociar en ella en 14 días del mes de Agosto de
1598 años”.
Durante los
siglos XVII y comienzos del XVIII, la Lonja acogió la intensa actividad
comercial vinculada al tráfico con las Indias. En sus salas se cerraban
contratos, se registraban cargamentos, se negociaban seguros marítimos y se
reunían los cargadores a Indias, protagonistas del comercio atlántico
sevillano. Sin embargo, pese a la magnificencia de la nueva sede, muchos
comerciantes continuaron utilizando las gradas de la Catedral para sus
negocios, manteniendo una costumbre profundamente arraigada.
Con el paso del
tiempo, además, el papel económico de Sevilla comenzó a transformarse. La
ciudad dejó de exportar principalmente productos andaluces y pasó a actuar como
gran centro distribuidor de manufacturas europeas destinadas a América. Los
miembros del Consulado sevillano se convirtieron entonces, en gran medida, en
representantes y comisionistas de importantes casas comerciales extranjeras,
aunque siguieron defendiendo con firmeza el monopolio sevillano del comercio
americano, incluso cuando las limitaciones del puerto interior del Guadalquivir
empezaban a evidenciar el progresivo declive de la ciudad frente a Cádiz.
La segunda
mitad del siglo XVII trajo consigo una profunda decadencia política y comercial
del imperio español, circunstancia que afectó directamente a la actividad de la
Lonja. El golpe definitivo llegó en 1717, cuando la Casa de la Contratación y
la sede principal del comercio ultramarino fueron trasladadas a Cádiz. En
Sevilla permaneció únicamente una Diputación de Comercio, mientras que el gran
edificio de la Lonja comenzaba a perder la función para la que había sido
concebido.
A lo largo del siglo XVIII el inmueble conoció usos muy
diversos. Bartolomé Esteban Murillo fundó
allí la Academia Pública de Pintura, con la participación
de destacados artistas barrocos, entre otros, Francisco de Herrera el Mozo y Juan
de Valdés Leal, una de las instituciones artísticas más importantes de
la Sevilla barroca. De aquella época aún se conservan algunos “vítores”
pintados sobre las fachadas.
Con el paso del
tiempo y la pérdida de actividad institucional, algunas zonas del edificio
llegaron incluso a utilizarse como casa de vecinos. Varias familias ocuparon
antiguas oficinas y salas comerciales adaptándolas como residencias
improvisadas, circunstancia que alteró parcialmente ciertos espacios interiores
y evidenció el deterioro sufrido por el edificio durante aquellos años de
decadencia.
Finalmente, en
1785, el rey Carlos III decidió destinar la antigua Lonja de Mercaderes a un
nuevo uso de enorme trascendencia histórica: la creación del Archivo General de
Indias. El proyecto fue impulsado por José de Gálvez, ministro de Indias, y
organizado por el historiador y cosmógrafo Juan Bautista Muñoz. Su finalidad
era reunir en un único lugar toda la documentación relacionada con la
administración española en América y Filipinas, dispersa hasta entonces entre
diversos archivos y dependencias oficiales.
Desde finales
del siglo XVIII comenzaron a llegar sucesivamente los fondos documentales del
Consejo de Indias, la Casa de la Contratación, los consulados mercantiles y
diferentes secretarías de Estado.
Durante los
siglos XIX y XX se llevaron a cabo nuevas reformas destinadas a mejorar la
conservación de los documentos y adaptar el inmueble a las necesidades
archivísticas modernas. Finalmente, en 1987, la UNESCO declaró Patrimonio
Mundial al conjunto formado por la Catedral de Sevilla, el Real Alcázar y el
Archivo General de Indias, reconociendo el extraordinario valor histórico y
artístico de este enclave monumental.
Actualmente, el
Archivo de Indias aloja más de 43.000 documentos de 80 millones de paginas y
unos 8.000 mapas de los territorios de ultramar.
El espacio
destinado a la investigación y a la gestión del Archivo
General de Indias se encuentra hoy fuera del edificio histórico de la
Lonja, aunque adosado a uno de sus laterales. El inmueble conocido como la
“Cilla” fue remodelado para hacer compatibles las tareas administrativas y de
consulta documental con el creciente desarrollo de las visitas públicas y las
exposiciones organizadas en la antigua Lonja de Mercaderes.
Inmueble conocido como la “Cilla”
Este edificio se apoya sobre el paño de
muralla que enlaza el Real Alcázar de Sevilla
con la Torre del Oro. Presenta planta
rectangular, con una estructura organizada en torno a una planta baja
sustentada por pilares y un piso principal articulado mediante columnas,
cubiertos ambos por bóvedas vaídas. A ello se suman dos niveles posteriores,
uno habilitado bajo cubierta y otro subterráneo destinado a sótano.
La comunicación entre la Cilla y la
sede histórica del Archivo se realiza a través de un pasadizo subterráneo que
discurre bajo la calle Santo Tomás. A lo largo de su historia, este inmueble ha
desempeñado funciones muy diversas: perteneció inicialmente al cabildo
catedralicio, fue utilizado desde 1972 por el Ayuntamiento de Sevilla como sede
del Museo de Arte Contemporáneo y, en la actualidad, forma parte de las
dependencias del Archivo General de Indias.
Hoy, el Archivo General de Indias
representa mucho más que un gran depósito documental. La antigua lonja
mercantil promovida por los comerciantes sevillanos, que llegó a convertirse en
academia artística e incluso en casa de vecinos durante épocas de decadencia,
terminó transformándose en el principal custodio de la memoria escrita de la
expansión española en América y Filipinas y en uno de los símbolos culturales
más universales de Sevilla.
CONSTRUCCIÓN
Las capitulaciones entre la Corona y el
Consulado de Mercaderes se habían firmado años antes, pero las obras no
comenzaron realmente hasta la primavera de 1583, entre marzo y abril de ese
año. Tradicionalmente se ha atribuido el edificio únicamente a Juan de Herrera
y a Juan de Minjares, aunque la documentación histórica demuestra que en su
construcción intervinieron numerosos arquitectos y maestros mayores a lo largo
de más de seis décadas de trabajos.
El proyecto original fue trazado por Juan de Herrera, arquitecto de El Escorial y
máximo representante del clasicismo herreriano en España. Herrera concibió un
edificio de líneas severas y monumentales, plenamente acorde con los ideales
renacentistas de equilibrio, proporción y claridad arquitectónica. Frente a la
exuberancia decorativa que más tarde caracterizaría al barroco sevillano, la
nueva Lonja debía transmitir orden, estabilidad y autoridad institucional.
El primer maestro mayor encargado de
ejecutar la obra fue Juan de Ochoa, que
trabajó entre marzo y diciembre de 1583. Poco después fue sustituido por Juan de Minjares, recién llegado de las obras de
El Escorial, quien dirigió los trabajos hasta su muerte en 1599. Durante
aquellos años participaron también diversos aparejadores, entre ellos Juan
Bautista de Zumárraga, Juan de la Maestra y, especialmente, Alonso de Vandelvira, hijo del gran arquitecto
Andrés de Vandelvira.
La participación de Alonso de
Vandelvira resultó fundamental en esta etapa. Desde 1589 ocupó el cargo de
aparejador y más tarde, en 1610, el de arquitecto mayor de la Lonja. A él se
atribuyen las espléndidas galerías superiores y buena parte del complejo
sistema de cubiertas abovedadas que otorgan al edificio uno de sus rasgos más
característicos.
Para salvar el desnivel del terreno se
construyó sobre amplias gradas, lo que reforzaba todavía más su aspecto
monumental. Su planta, prácticamente cuadrada, alcanza unos cincuenta y seis
metros de lado y se organiza alrededor de un gran patio central porticado. El
conjunto responde con claridad al lenguaje del Renacimiento herreriano: muros
sobrios, ritmo geométrico, predominio de la masa sobre los vanos y una
estudiada combinación de piedra y ladrillo que produce delicados contrastes de
luces y sombras.
La construcción utilizó materiales
procedentes de numerosas canteras de Andalucía y Portugal. Buena parte de la
piedra llegó desde Jerez de la Frontera y San Cristóbal, aunque también se
emplearon mármoles y piedras de Palomares, Puerto Real, Lebrija, Morón, Cádiz,
Espera, Setúbal o Castro Marim. El resultado fue un edificio de enorme calidad
constructiva, enriquecido con mármoles de distintos colores en pavimentos,
escaleras y revestimientos decorativos.
En el interior, Herrera concibió un
espacio inspirado en los grandes modelos clásicos italianos y escurialenses. El
patio central, de doble arquería, presenta cinco arcos de medio punto por cada
lado. Las columnas inferiores son dóricas y las superiores jónicas, evocando el
célebre Patio de los Evangelistas del Monasterio
de El Escorial. En torno a este patio se desarrollan amplias galerías
cubiertas por bóvedas decoradas con casetones geométricos de gran sobriedad y
elegancia.
Sin embargo, las obras sufrieron
importantes dificultades económicas. La crisis que afectó al comercio sevillano
a finales del siglo XVI provocó la paralización de los trabajos entre 1601 y
1609. Cuando la construcción se reanudó, la planta baja estaba prácticamente
terminada y comenzaba a levantarse el cuerpo superior. Alonso de Vandelvira,
que durante aquellos años había marchado a Cádiz para trabajar en sus
fortificaciones, se negó a regresar, por lo que el Consulado nombró nuevo
maestro mayor a Miguel de Zumárraga.
Zumárraga introdujo algunas
modificaciones respecto al proyecto original y dejó una de las piezas más
admiradas del edificio: la escalera que conduce a las azoteas, una elegante
“escalera al aire”, sin caja cerrada, probablemente inspirada en modelos
palladianos venecianos. Esta escalera se cubrió con una singular bóveda
escamada presidida por el monograma JHS, símbolo de Jesucristo, cuya presencia
continúa siendo uno de los elementos más curiosos del conjunto.
Cuando Zumárraga murió en 1629, la
Lonja estaba casi concluida, aunque todavía faltaban remates y elementos
exteriores. Tras él intervinieron Marcos Soto, Juan Bernal de Velasco y
finalmente Pedro Sánchez Falconete, quien
terminó definitivamente el edificio en 1646. Falconete añadió los paseos que
rodean la Lonja y los característicos obeliscos piramidales que coronan las
esquinas de las azoteas, concebidos para reforzar la verticalidad del conjunto
frente a la inmensa mole de la Catedral.
Paradójicamente, cuando la Lonja quedó
terminada, Sevilla ya había iniciado su decadencia comercial. El tráfico
americano disminuía y el edificio apenas llegó a utilizarse plenamente para el
fin con el que había sido creado. Con el paso del tiempo, el edificio fue
degradándose hasta convertirse parcialmente en casa de vecinos. Cuando en 1784
el arquitecto Lucas Cintora visitó la
antigua Lonja por orden de la Corona, encontró el interior dividido en
numerosas habitaciones improvisadas para los empleados del Consulado y otras
familias que residían allí.
Poco después, en 1785, el rey Carlos
III decidió dar al edificio una función mucho más trascendental: reunir en un
único lugar toda la documentación relacionada con la administración española en
América y Filipinas. Nacía así el Archivo General de Indias. Para adaptar el
edificio a su nueva función fue necesario desalojar a las once familias que
habitaban la planta alta, derribar tabiques, limpiar techos ennegrecidos y
restaurar las antiguas galerías renacentistas.
Lucas Cintora dirigió además la
construcción de la actual escalera principal y reorganizó los espacios
interiores para transformarlos en grandes salas de archivo. En las galerías se
instalaron monumentales estanterías de roble sobre bancos de mármol rojo,
destinadas a custodiar millones de documentos procedentes de la administración
imperial española.
Desde entonces, el edificio quedó
definitivamente unido a la memoria histórica del mundo hispánico. Su
arquitectura renacentista, austera y majestuosa, terminó convirtiéndose en el
marco ideal para conservar uno de los archivos documentales más importantes del
planeta. Restaurado nuevamente entre 1999 y 2005, el antiguo edificio de la
Lonja de Mercaderes sigue siendo hoy una de las grandes obras maestras de la
arquitectura civil del Renacimiento español y uno de los símbolos monumentales
más destacados de Sevilla.
EXTERIOR
Glorieta Americanista Luis Navarro
Gracia
Delante del Archivo General de Indias
se sitúa la Glorieta Americanista Luis Navarro Gracia ocupando parte de unos
terrenos cargados de historia, vinculados durante siglos al desaparecido
Colegio de Santo Tomás. Este importante conjunto conventual y docente fue
fundado en 1517 por la orden dominica, estableciéndose extramuros de la antigua
Sevilla medieval, en una zona que con el tiempo acabaría integrada en el
corazón monumental de la ciudad. El colegio alcanzó pronto un notable prestigio
intelectual y teológico, hasta el punto de que el emperador Carlos I le
concedió en 1545 el rango de universidad, convirtiéndose así en uno de los
precedentes más destacados de la posterior Universidad de Sevilla. Durante los
siglos XVI y XVII el centro desempeñó un importante papel en la formación de
religiosos, juristas y humanistas, siendo además foco de actividad cultural y
académica de la ciudad.
El edificio permaneció en pie durante
más de cuatro siglos, aunque sus usos fueron transformándose profundamente tras
la Desamortización de Mendizábal de 1835. Con la exclaustración de los
dominicos, el antiguo colegio perdió definitivamente su función religiosa y
educativa, pasando a utilizarse con fines civiles y militares. Sus amplias
dependencias sirvieron como cuartel, almacén y oficinas administrativas,
iniciándose un progresivo deterioro que acabaría desembocando en su
desaparición.
El derribo del antiguo Colegio de Santo
Tomás se produjo finalmente en 1927, dentro del ambicioso proyecto de
modernización urbana impulsado por el Ayuntamiento de Sevilla a comienzos del
siglo XX. La demolición estaba contemplada en el plan de alineación y reforma
de la actual Avenida de la Constitución, diseñado en 1906 por el arquitecto
municipal José Sáez López. Aquella intervención urbanística transformó
profundamente el entorno de la Catedral y del Archivo de Indias, creando
amplios espacios abiertos y nuevas perspectivas monumentales acordes con la
imagen de gran capital regional que Sevilla deseaba proyectar en vísperas de la
Exposición Iberoamericana de 1929.
Sobre parte de los solares resultantes
se proyectaron en 1928 los jardines que hoy conforman la glorieta, diseñados
bajo la dirección del arquitecto Juan José Villagrán. El conjunto responde al
gusto regionalista y paisajístico propio de la Sevilla de la Exposición del 29,
apostando por una composición sencilla y armónica.
El jardín se estructura mediante una
sucesión de arriates geométricos delimitados por setos bajos, organizados en
torno a una fuente central que actúa como eje visual y ornamental del espacio.
La vegetación, cuidadosamente distribuida, suaviza el entorno monumental y crea
un pequeño oasis urbano junto al intenso tránsito de la avenida.
Vista de los jardines y la fuente desde la puerta del Archivo General
de Indias
Vista de los jardines y la fuente desde la Avda. de la Constitución
La fuente
constituye el elemento artístico más destacado de la glorieta. Su origen es
anterior a la creación de los jardines, pues fue concebida inicialmente como
pieza decorativa para uno de los patios interiores del Palacio del Conde de las
Cinco Torres, en Chiclana de la Frontera, en la provincia de Cádiz. En abril de
1928 el Ayuntamiento de Sevilla adquirió la fuente a través de la casa de antigüedades
de Francisco Piñares, incorporándola posteriormente a este nuevo espacio urbano
como parte del embellecimiento de la ciudad con motivo de la Exposición
Iberoamericana.
El conjunto
escultórico se organiza en torno a una alberca poligonal de mármol, en cuyo
centro se eleva un pedestal balaustrado que sostiene una taza circular. Sobre
ella emerge el surtidor principal, formado por una composición de delfines
entrelazados cuyos cuerpos sirven de soporte a los juegos de agua. La
iconografía marina, muy frecuente en las fuentes barrocas y regionalistas
andaluzas, enlaza simbólicamente con la tradición atlántica y americanista de
Sevilla.
Detalle de la fuente
Detalle del surtidor principal
Detalle de un surtidor inferior
La decoración
se completa con varias esculturas animales distribuidas alrededor de la fuente:
dos leones, dos leonas y dos perros colocados sobre pedestales independientes,
reforzando el carácter escenográfico y señorial del conjunto. Tanto la fuente
como las figuras de los leones están realizadas en mármol, mientras que los
perros fueron ejecutados en piedra de distinta factura.
Imagen de la leona
Detalle de la leona
Imagen del león
Imagen de un perro
Imagen del otro perro
Todo ello configura uno de los rincones
más singulares del entorno de la Avenida de la Constitución, donde el recuerdo
del desaparecido Colegio de Santo Tomás convive con el urbanismo monumental
surgido en la Sevilla de comienzos del siglo XX.
Cruz de los Juramentos
En el
lateral del Archivo de Indias, en la calle Fray Ceferino González, se sitúa la
Cruz de los Juramentos, pero este no fue su enclave original. Según los
grabados antiguos se colocó en la fachada principal, en la esquina, en una
plazoleta conocida como “Plaza de la Lonja” (leer mas).
Lateral
del Archivo de Indias
Cruz de los Juramentos
Monumento a Nuestra Señora del Patrocinio
Fechado en 1756, este monumento se alza en la Plaza
del Triunfo, a espaldas del Archivo General de Indias y frente al monumento de
la Inmaculada. Está formado por una columna barroca coronada por una imagen de
Nuestra Señora del Patrocinio, erigida como acción de gracias por la protección
dispensada a Sevilla tras el devastador terremoto de Lisboa del 1 de noviembre
de 1755.
Aquel seísmo
provocó un gran incendio en la capital portuguesa y, poco después, un maremoto
que, aunque sofocó las llamas, arrasó gran parte de la ciudad baja de Lisboa.
Sus efectos también se dejaron sentir con intensidad en Sevilla y en numerosos
templos de la archidiócesis.
El terremoto
ocurrió cerca del mediodía, mientras se celebraba el solemne pontifical de la
festividad de Todos los Santos en la Catedral de
Sevilla, lo que obligó a concluir la ceremonia en el exterior del
templo. En recuerdo de aquel acontecimiento, el Cabildo Catedralicio hizo voto
perpetuo de cantar un solemne “Te Deum” cada 1 de noviembre en acción de gracias,
tradición que continúa celebrándose en la actualidad.
Asimismo, se
acordó levantar un monumento en honor de la Virgen en el lugar exacto donde
finalizaron los oficios divinos de aquel día memorable. La obra fue ejecutada
en 1757 por José Tomás Zambrano. El templete que corona la columna alberga una
imagen de la Virgen con el Niño, conocida indistintamente como Virgen del Triunfo
o Virgen del Patrocinio.
Fachada este del Archivo
de Indias mostrando el monumento de la Virgen del Patrocinio
Detalle del Monumento
Detalle
Virgen del Patrocinio
Exterior del Archivo General de Indias
Archivo de Indias y la Catedral
El edificio se
levanta sobre una amplia plataforma ligeramente elevada respecto al entorno
urbano, rodeada por cadenas, lo que aumenta su presencia visual.
Presenta una
planta cuadrada organizada en torno a un gran patio central, aunque desde el
exterior lo que más llama la atención es la regularidad de sus fachadas y la
pureza geométrica de sus líneas. Frente a la exuberancia ornamental del barroco
sevillano posterior, la antigua Lonja ofrece una imagen austera y racional,
inspirada en la arquitectura italiana renacentista y en los modelos herrerianos
difundidos desde El Escorial.
Detalle del Archivo de Indias
Las cuatro fachadas mantienen una
notable uniformidad. Están articuladas mediante dos cuerpos principales
separados por una imposta corrida, mientras que una elegante cornisa remata el
conjunto.
En la planta baja se abren amplios
vanos rectangulares enmarcados por molduras de piedra, protegidos originalmente
con rejas de hierro.
El piso superior reproduce el ritmo
compositivo mediante balcones sobrios y regularmente distribuidos, concebidos
más para proporcionar iluminación y ventilación que para servir como elementos
ornamentales.
Uno de los rasgos más característicos
del exterior es la sucesión de pilastras adosadas que ordenan verticalmente las
fachadas. Todo el diseño responde a una estricta búsqueda de proporción y
simetría, principios esenciales del Renacimiento.
Detalle del Archivo de Indias
Cara oeste a la Avda. de la Constitución
En las cuatro esquinas, destacan, unos soberbios
pináculos troncopiramidales, sobre los que se sitúan unas hermosas veletas (leer mas).
Detalle de una de las esquinas
Detalle de uno de los pináculos
Detalle de la cruz y veleta
Las portadas, aunque relativamente
discretas en comparación con otros edificios sevillanos de la época, poseen una
elegante monumentalidad. En ellas se aprecia el uso de frontones, columnas y
entablamentos clásicos, siguiendo un lenguaje arquitectónico depurado y
académico. La ausencia de abundante decoración escultórica no supone pobreza
artística, sino una voluntad consciente de transmitir orden, estabilidad y
prestigio comercial.
INTERIOR
La visita al interior del Archivo General de Indias comienza tras franquear la sobria portada renacentista y atravesar el control de acceso instalado en el vestíbulo principal. A la izquierda se abre una de las primeras salas expositivas, donde el visitante puede detenerse a contemplar diversas pinturas y documentos relacionados con la historia de la institución y del comercio con América. La estancia conserva la elegancia arquitectónica del edificio original, destacando especialmente la bóveda que cubre la sala, ejemplo de la sobriedad monumental característica del Renacimiento sevillano de finales del siglo XVI.
Bóveda vaída de la sala adjunta al vestíbulo
Hernán Cortés. Copiado del retrato del Museo del Prado bajo el
título de Hombre desconocido.
Hernán
Cortés
Desde aquí se accede al corazón del
edificio atravesando un arco cerrado por una artística verja de hierro forjado.
Arco que comunica el vestíbulo con el patio
Tras ella aparece el gran patio central, de forma cuadrada con doble arquería, con cinco arcos
de medio punto por lado, siendo las columnas inferiores dóricas y las
superiores jónicas. Distintos autores han querido ver muchas coincidencias
entre este patio y el de los Evangelistas del Escorial, y en otros casos con el
patio del convento de la Caridad de Venecia de Palladio. La luz
natural inunda el recinto y resalta la desnudez ornamental del edificio,
concebido más como un espacio funcional y representativo para los comerciantes
que como un palacio decorativo.
Patio central
El aspecto actual del patio es bastante
distinto al que tuvo durante siglos. En el centro existió originalmente una
fuente rematada por un pináculo semejante a los que coronan las fachadas
exteriores del edificio. Con el paso del tiempo el conjunto fue deteriorándose
hasta quedar únicamente la base del remate. Con motivo de las celebraciones del
IV Centenario del Descubrimiento de América, en 1892 se instaló sobre dicha
base una estatua de Cristóbal Colón,
buscando dotar al patio de una mayor carga simbólica americanista. Décadas
después, en 1965, la escultura fue sustituida por una esfera terrestre debido
al deterioro de la imagen. Finalmente, en 1970 se eliminaron tanto la bola del
mundo como los restos de la antigua fuente, dejando el patio con el aspecto
diáfano y austero que presenta en la actualidad.
Entre las
piezas históricas expuestas en el edificio destaca un impresionante cañón de
bronce fundido en Sevilla perteneciente al célebre galeón Nuestra Señora de
Atocha, nave almiranta de la Flota de Indias. El barco naufragó en 1622 frente
a las costas de Florida tras ser sorprendido por un huracán cuando regresaba a
España cargado de oro, plata, esmeraldas y otras riquezas procedentes de
América. Durante siglos el pecio permaneció perdido bajo las aguas hasta que,
en 1985, el cazatesoros estadounidense Mel Fisher
logró localizarlo gracias, en buena medida, a la información obtenida en los
documentos conservados en el Archivo de Indias. El hallazgo constituyó uno de
los descubrimientos arqueológicos submarinos más famosos del siglo XX. Buena
parte del tesoro recuperado puede contemplarse hoy en el museo marítimo fundado
por Fisher en Florida.
Cañón de bronce
Detalle
Subiendo por la monumental escalera
principal se alcanza la planta alta, donde se encuentran las salas más
importantes de exposición y consulta. La escalera de Lucas Cintora constituye
por sí misma uno de los espacios más bellos del edificio, cubierta por una
magnífica techumbre y decorada con mármoles y elementos clasicistas que
acentúan la sensación de solemnidad.
Escalera principal
Detalle
Bóveda de la escalera
Ya en las galerías superiores, el
visitante descubre las salas donde se exhiben mapas, manuscritos, instrumentos
náuticos y documentos originales relacionados con la administración de los
territorios españoles en América y Filipinas.
Detalle de la cúpula de las esquinas
Destaca la escalera que conduce a las
azoteas, obra de Zumárraga, una elegante “escalera al aire”, sin caja cerrada,
probablemente inspirada en modelos palladianos venecianos. Esta escalera se
cubrió con una singular bóveda escamada presidida por el monograma JHS, símbolo
de Jesucristo, cuya presencia continúa siendo uno de los elementos más curiosos
del conjunto.
Detalle del monograma JHS




















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